Total Pageviews

Showing posts with label Lisandro Otero. Show all posts
Showing posts with label Lisandro Otero. Show all posts

Thursday, December 1, 2016

Luis Cino vs. Lisandro Otero y Pablo Armando Fernández

“Mapa dibujado por un espía” es la asfixiante crónica de la desilusión, la decadencia de una ciudad y un modo de vida, el miedo, la simulación, la delación,  la degradación, la inevitable paranoia resultante de no saber quién es quién.
   Muchos de los amigos de Cabrera Infante lo traicionaron después que se exilió,  abjuraron de él. Algunos ya en esa época, en que era poco menos que un secuestrado, se prestaban, por miedo, por envidia, por celos,  por lo que fuera,  a vigilarlo y delatarlo.    Lamentablemente muchos de ellos ya no viven, para que al leer este libro recordaran cómo eran entonces y cómo sus vidas empezaron a transformarse en un infierno,  consecuencia inevitable de haber vendido el alma al Diablo.
   Pienso particularmente en el ya fallecido escritor Lisandro Otero. Uno llega a dudar si el personaje con ese nombre que aparece en el libro, disfrutando de la playa en Varadero, o en la casa de Carlos Franqui o cualquier otro de los amigos communes, compartiendo lo que había, lo poco que iba quedando, y hasta haciendo chistes que los mal pensados podían interpretar como contrarrevolucionarios, es el mismo que unos años después se ahogaba de rencor cuando hablaba de Cabrera Infante.
   Muchas veces  se le escuchó acusar al autor de “Tres tristes tigres” de plagiar a Faulkner. Definía la obra de su antiguo amigo como “trozos de historietas, narraciones truncas, prosa inconclusa sazonada con ejercicios de pastiche, parodias acrobáticas, laberintos gratuitos, pésima y oscura sintaxis, supercherías gratuitas, alguna que otra agudeza, comadreos de aldea, bromas demasiado escuchadas”.
   En plan de Sumo Literato, Otero reprochaba a Cabrera Infante  “una acumulación verbosa y deshumanizada”, que según concluía, “no era verdadera literatura, sino fuegos de artificio”, y decretaba en vano su “anulación por el desarraigo”.
   Hablaba muy mal de Lisandro Otero su encono excesivo y enfermizo contra su antiguo amigo. No puede uno evitar sentir lástima por alguien capaz de sentir tanto resentimiento.
   Pienso también en Pablo Armando Fernández. No logro conciliar la actitud del poeta temeroso luego de ser tronado de su puesto diplomático en Londres, que cuidaba no solo lo que hablaba, sino también el largo de su pelo  y el ancho de las patas de sus pantalones, porque no quería tener problemas, que refiere Cabrera Infante, con la del poeta que presume de su amistad con Fidel Castro, quien lo rehabilitó, dejó que le confirieran el Premio Nacional de Literatura y la correspondiente pensión en divisa y hasta le celebró su cumpleaños 60 por mediación de Miguel Barnet, otro bien rehabilitado.
   El autor de “Los niños se despiden” ha lamentado no haber tenido con Fidel Castro “una amistad en el sentido de compartir el tiempo que para eso se necesita”. Con Cabrera Infante sí tuvo ese tiempo y esa amistad. Y sin condicionamientos onerosos. Tal vez por eso no se ha sumado a los detractores. Solo que prudentemente evita hablar de esa vieja amistad.
   Suelo tropezarme con Pablo Armando Fernández en sus habituales caminatas matinales  por la Quinta Avenida de Miramar. Siempre que nos saludamos, tengo que resistir la tentación de comentarle el tema. Pero no lo hago. No lo haré. Respeto demasiado a los poetas de verdad. No vale la pena molestarlos con  impertinencias.
   Supongo que Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat y los demás amigos de Cabrera Infante que estén vivos,  cuando lean “Mapa dibujado por un espía”, sentirán un salto en la conciencia por no haber sido más dignos y mejores. Tal vez sea tiempo todavía para poner en claro sus cuentas. Al menos con ellos mismos.

(Mapa dibujado por muchos espías. Cubanet, agosto 2014)

Friday, July 8, 2016

Heberto Padilla vs. Lisandro Otero

Fui a los países escandinavos y socialistas, siempre trabajando para el gobierno revolucionario, volví a Cuba en el 66 y me pidieron una opinión sobre una novela que era muy mala, pero que estaba dentro del respaldo a la burocracia que había en Cuba, era de Lisandro Otero, que no tenía ningún don de escritor, pero era un burócrata de la cultura y tenía poder. Se hizo una encuesta en Tres generaciones, y yo salí del criterio general, objeté la calidad de la novela y mencioné la obra de Guillermo Cabrera Infante Tres tristes tigres que me había parecido muy buena y eso me acarreó dificultades.

(Entrevista, Periódico de Poesía, invierno 1994. Visto en Neorrabioso Blog)

Wednesday, December 2, 2015

Lisandro Otero vs. Lunes de Revolución, Guillermo Cabrera Infante y Heberto Padilla

Lezama Lima sí recibió algunas agresiones después de 1959, pero no provinieron de ningún sector responsable de la Revolución cubana, sino de un grupúsculo ambicioso de poder que se parapetó en el semanario Lunes de Revolución. No todos, aclaro, estaban contaminados de la misma ansiedad de supremacía; en Lunes hubo intelectuales honestos y la publicación, no obstante "snobismos" y descarríos, sirvió parcialmente a fines de información y difusión cultural.
   El dirigente del grupúsculo era Guillermo Cabrera Infante, y fue uno de sus más fieles discípulos, Heberto Padilla, quien escribió: "¿Qué queda, pues, de Orígenes? ¿Dónde está el gran libro de esa generación? ¿Dónde está la originalidad y madurez de ciertos frutos obtenidos? ¿Dónde está el resumen después de veintidós años de tarea...? No hay nada... Diez poetas se reunieron para modelar una muerte sin grandeza... ¿Qué poema puede escribir hoy Lezama que no recuerde su vieja voz hueca y grotesca?... José Lezama Lima terminó ya... como todos esos poetas mediocres que ha desenterrado la avidez de antólogo de Cintio Vitier, su nombre quedará en nuestras antologías ilustrando las torpezas de una etapa de transición que acabamos de cancelar en 1959."
   Padilla publicó lo que antecede en el número 38 de Lunes de Revolución del 7 de diciembre de 1959, en un artículo titulado La poesía en su lugar. Este fue uno solo de los muchos ataques que Lezama tuvo que soportar. Los integrantes del grupúsculo no tenían historial revolucionario, ninguno podía exhibir una sola acción valerosa durante el difícil período de lucha contra la tiranía y se ensañaban con la inofensiva figura del poeta para demostrar su supuesta combatividad militante. Creían que con estas dentelladas de escualo contra el sólido cetáceo acumulaban méritos, cuando sólo ganaban el desprecio histórico hacia su actitud medrosa.
   El 27 de abril de 1971, después de cierta peripecia, que no es pertinente relatar en este artículo, Heberto Padilla, en una comparecencia pública en la Unión de Escritores, le endilgó a Lezama actitudes y criterios de los cuales el poeta estaba muy distante. Dijo Padilla aquella noche:"...yo sé que puedo mencionar a José Lezama Lima. Lo puedo mencionar por una simple razón; la Revolución Cubana ha sido justa con Lezama, la Revolución Cubana le ha editado a Lezama este año dos libros hermosísimamente impresos... Yo me decía: Lezama no es justo y no ha sido justo, en mis conversaciones con él, en conversaciones que ha tenido delante de mí con otros escritores extranjeros, no ha sido justo con la Revolución." Y seguía hablando de la amplitud de una Revolución que publicaba una obra como la de Lezama que "se basaba en otras concepciones políticas y filosóficas". A Cintio Vitier y Fina García Marruz, que no habían estado presentes, le narraron lo sucedido. El poeta palideció de estupor y sólo pudo murmurar: "!Ese hombre es un canalla!"
   Los que ahora acusan a la Revolución de haber hostigado a Lezama son los mismos que no cesaron en sus conspiraciones y asechanzas contra la figura de Trocadero 162. Pero hay otros ejemplos y razones, motivos y fundamentaciones que nos ayudan a definir mejor a Lezama Lima y sus relaciones con la Revolución cubana.
(…)
   En el gran plan para desacreditar a Lezama, y sus relaciones con la Revolución, se ha llegado a extremos deleznables. Guillermo Cabrera Infante, con su habitual e inescrupuloso afán de notoriedad, llegó a publicar un sórdido artículo donde escarba en las intimidades de la vida personal del poeta. Este acto de rapiña en el patio privado ajeno, esta hazaña de buitre(que no era más que la continuación de los viejos ataques de Lunes de Revolución), tuvo una deplorable caja de resonancia en la revista Vuelta, que dirige Octavio Paz, de cuya amistad siempre se ufanó Lezama.

(Para una definición mejor de Lezama Lima. La Jiribilla, julio 2001)

Thursday, August 20, 2015

(Luis Rogelio Nogueras) vs. Lisandro Otero

Bajo el tímido perfume de esta rosa,
reposa el escritor Lisandro Otero;
perdonadle su estilo chapucero,
perdonadle también su mala prosa.

(Citado por Jesús Díaz en El fin de otra ilusión, Encuentro de la cultura cubana, Nos. 16/17, 2000)

Monday, July 6, 2015

Luis Cino vs. Lisandro Otero

A Lisandro Otero se le desbordaba un resentimiento enfermizo   cuando se refería a Cabrera Infante. Burgués de Miramar,  reprochaba a Cabrera Infante, llegado a La Habana procedente  de Gibara, “el síndrome del salto de clase” y hasta su descapotable de segunda mano.
   Otero no se cansó de acusar a Cabrera Infante  de atragantarse de William Faulkner y “plagiarlo desembozadamente”. Algo digno de analizar si se tiene en cuenta que a inicios de los años 80, luego del esfuerzo por imitar a Alejo Carpentier para escribir “Temporada de ángeles”, Otero se convirtió en un experto en plagios y atragantamientos.
   En  su libro “Disidencias y coincidencias en Cuba” (Editorial José Martí, La Habana, 1984) Otero describía la obra de Cabrera Infante  como “trozos de historietas, narraciones truncas, prosa inconclusa sazonada con ejercicios de pastiche, parodias acrobáticas, laberintos gratuitos, pésima y oscura sintaxis, supercherías gratuitas, alguna que otra agudeza, comadreos de aldea, bromas demasiado escuchadas”.
   Lisandro Otero, en plan de Sumo Literato, reprochaba a Cabrera Infante  “una acumulación verbosa y deshumanizada”, que según concluía, no era verdadera literatura, sino “fuegos de artificio”.
   ¿Quién lo diría luego de las viñetas que tanto recuerdan las de Cabrera Infante que empleó profusamente Lisandro Otero en su trilogía “La situación”, “En ciudad semejante” y “El árbol de la vida”?
   En definitiva, los resabios, pedanterías y prejuicios elitistas de Lisandro Otero siempre influyeron en sus peculiares criterios.   Llamó “apóstata aborrecido” al Premio Nóbel de Literatura Vidia Naipaul, calificó al rock como “aberrante deformación de las formas musicales” y a Elvis Presley como “rey de la payasada para rústicos”.
   Qué no diría Lisandro Otero de Cabrera Infante, a quien no podía ocultar que detestaba, si en favor de Vladimir Nabokov sólo pudo atribuir su destreza con las palabras “a sus muchas patrias y su pertenencia a ninguna”.
   Pero era tanto su encono contra Cabrera Infante, que ni siquiera admitía que el mismo desarraigo del exilio que decía enriqueció literariamente a Nabokov pudiera beneficiar en algo al autor de “La Habana para un infante difunto”. Todo lo contrario. “Cabrera Infante no escapará a la anulación por el desarraigo, ese será el final de su aventura”, auguró Otero.
   Hasta su muerte, Lisandro Otero aseguró que “la obra de Cabrera Infante se extinguiría con los años”.  Me temo que luego de  tanto resentimiento, su alma no pueda alcanzar la paz al comprobar  que la aventura literaria de Guillermo Cabrera Infante, tras su muerte en 2005 en su exilio londinense, apenas se inicia.

(El alma sin paz de Lisandro Otero. Cubanet, octubre 2011)

Thursday, June 25, 2015

Belkis Cuza Malé vs. Lisandro Otero

Pero lo peor vino a partir de su respuesta a El Caimán Barbudo, cuando le pidieron su opinión sobre el libro de Lisandro Otero, La situación. Novela horrible, que había ganado el premio Casa de las Américas. Pero más horrible todavía era su autor, un ser patisambo, mulato con ínfulas de blancura (no es una afirmación racista, que no lo soy, pero era el modo en que este señor se proyectaba en el mundo), mala gente, que era capaz de acabar con cualquiera, agente secreto de la Seguridad del Estado, y además ocupando otras posiciones dentro de la cultura. A finales de los ochenta viajó a Puerto Rico y tuvo el descaro de llamar por teléfono a Heberto para saludarlo. Yo ni le hablé. Pero Heberto era más noble que yo con sus enemigos. Me consta.

(Entrevista a Belkis Cuza Malé. Blog Emilio Ichikawa, septiembre 2008)

Tuesday, September 23, 2014

Lisandro Otero vs. Zoé Valdés

En cuanto al timbre de calidad que imponen las editoriales prestigiosas, sabemos que en los tiempos de la Guerra Fría la categorización que aporta un sello editorial se usó con fines políticos. Autores mediocres fueron publicados profusamente, rodeados de una considerable propaganda mediática, como es el caso de Planeta con Zoé Valdés, por la ácida agresividad demostrada por la autora contra la Revolución Cubana. Muchos escritores estimaron que una manera rápida de avanzar en el orbe editorial era mostrar distintos matices de disidencia. Los hubo que dieron el salto al enemigo esperanzados en poder obtener la ansiada legitimación más por su posición política que por la perfección de su escritura.

(Exito y literatura. Rebelión, octubre 2005)

Monday, September 15, 2014

Enrique del Risco vs. Lisandro Otero

Así incluso Lisandro Otero, antiguo mandarín cultural del castrismo y hoy una especie de fidelista por cuenta propia, decidió por esta vez controlar un poco su viejo rencor por el Infante al fin difunto. Así que si, mientras aún vivía, había llegado a decir entre otras cosas que Cabrera Infante no había “logrado comprender que su acumulación verbosa y deshumanizada no es verdadera literatura”, ahora Otero ha condescendido en decir que Cuba ha perdido con Infante a “uno de sus más ingeniosos, imaginativos y talentosos escritores”. Es sabido que la muerte mejora a la gente una vez que nos podemos librar de su más o menos incómoda presencia. Lo que desconocíamos era que tuviera efectos tan dramáticos en la literatura algo que, al fin y al cabo, no suele ir a la tumba con su autor. Quizás Lisandro haya cambiado de opinión con la esperanza de que algo parecido pase con sus libros pero nos preguntamos ¿Cuántas veces tendrá que morir Lisandro Otero para que sea considerado uno de nuestros más talentosos escritores? Sólo de pensar en hacer los cálculos da vértigo.

(No hay consuelo, Guillermo. La Habana Elegante, segunda época, 2005)

Wednesday, August 20, 2014

Fermín Gabor vs. Lisandro Otero (2)

La Bella Otero sí que es reconocible. Reconocible es la poesía de Blas de Otero. Y hasta el humor de Carlos Otero parece distinguirse. Pero la novelística de Lisandro Otero, no.
   Severo Sarduy se reconoce de un artefacto suyo a otro. Es reconocible Arenas, pese a lo distinto de sus novelas. También reconocible, en superlativo, lo es Cabrera Infante. Norberto Fuentes too. And Jesús Díaz. Reconocible, por monótono, Eduardo Heras León. Y Senel Paz, gracias a su majomía erótica con un tal David. Lo fue el recién fallecido Carlos Victoria… Hasta  Manuel Cofiño podría ser identificado en la gallinita ciega de la narrativa cubana.
   Pero Lisandro Otero no.

(La Lengua suelta # 48. La Habana Elegante, segunda época)

Thursday, February 20, 2014

Manuel Sosa vs. Lisandro Otero

Aparentemente, tal esquema deja de ser imperturbable con el último en la lista de premiados: Lisandro Otero. Desde hace años éste vive en México, beneficiándose de ese sistema ideal que algunos llaman "Socialismo a Distancia". Solamente una de las dos objeciones ya señaladas se han obviado esta vez: el lugar de residencia. Otero es de esos escritores que no se han desligado del todo del sistema de gobierno en Cuba, y sus afinidades con el mismo son mucho mayores que las discrepancias que haya podido tener alguna vez. Políticamente, Otero siempre ha usado el trapecio como medio de supervivencia. Sus trabajos como articulista traslucen lo inconexo de su credo, su infantilismo político. Sus ataques a Cabrera Infante sólo demuestran su impotencia de rival menor; y como novelista, no será honda la huella que pueda dejar en la literatura cubana.

(La ley del trapecio, Cubaencuentro, enero 2003)

Monday, December 30, 2013

Lisandro Otero vs. Guillermo Cabrera Infante

Cabría preguntarse dónde y cómo fue colmándose ese pozo insondable del resentimiento de Guillermo Cabrera Infante. ¿Comenzó, quizás, en la loma de Gibara, antigua provincia de Oriente, en el rincón que fue su cuna, donde vivían los desventurados y míseros? Desde su desmantelado infortunio veía las casas de los ricos allá abajo, junto al nivel del mar, abanicadas por la brisa. Cabrera Infante inició allí un trauma de rebelde sin causa y generó un ambicioso anhelo de saltar de clase. Hizo rápido el camino desde sus privaciones extremas a la bien pagada opulencia de los traidores. Pudo haber repetido el idealista señalamiento de Scott Fitzgerald a Hemingway: "los muy ricos son diferentes a nosotros", disuelto por la seca aspereza hemingweyana: "sí, tienen más dinero". En su caso se añadía otro trauma más: habría deseado nacer con la piel blanca y los ojos azules de los privilegiados muchachos burgueses que jugaban junto al mar de Gibara, pero las marcas de su mestizaje las sintió como latigazos infamantes.
   Un amigo le preguntó una vez por qué no utilizaba más, en sus cuentos, las experiencias de su estrecho inicio, y él respondió que la miseria dejaba un sedimento tal de amargura que no era buena siquiera para la literatura. No es la misma respuesta que habrían dado Erskine Caldwell, Rulfo, Gorki o Theodore Dreiser. En realidad, Cabrera Infante no estaba expresando su concepción de la literatura sino su codicia desmedida que ya comenzaba a manifestarse. Los días de Gibara tuvieron su final y la familia llegó a La Habana. Ha confesado que fue en un día de julio de 1941 cuando se mudaron a una cuartería, conventillo o solar de la calle Zulueta 408. De aquellas miasmas irrespirables de su pobreza se escapaba hacia un mundo de iridiscencia artificial, en las lentejuelas de los cabarés y las sórdidas amistades alcohólicas. Ese fue el germen de su fascinación con una óptica distorsionada de aquella Habana de bares, burdeles, celestinas y traficantes de la cual guarda aún una profunda nostalgia y ha dejado huella de indeleble melancolía en cuanta página escribe.
   En La Habana Cabrera Infante fue corrector de pruebas y luego crítico de cine con el seudónimo de Caín, estupendamente escogido, dada su idiosincrasia. Fue un crítico irracional, extravagante y arbitrario que lejos de orientar al público se esmeraba en lanzar los fuegos artificiales de una erudición postiza. Cabrera había ascendido de corrector a crítico entonando cánticos de alabanza a las narraciones de Antonio Ortega, un exiliado español que fue director de la revista Carteles. Ortega hizo también a Cabrera Infante su secretario privado. Juntos pasaban largas noches en dulces conciliábulos mientras Caín le inventaba virtudes a la torpe prosa del español. En algún momento pensó que la pornografía podía ser un lucrativo negocio y Caín se inició en el género con un cuento de abundantes obscenidades que quizás podía traerle la prosperidad. Lo que le aportó fue la cárcel pues fue conducido ante el inflexible juez Mendizábal acusado de ofensas a la moral pública.
   En calidad de crítico de cine fue enrolado en una maratónica excursión de invitados a Nueva York por Mike Todd a la premiere del filme La vuelta al mundo en 80 días. De aquel periplo glamoroso retornó más fascinado que nunca con la frivolidad y el cosmopolitismo como un lechuguino de aldea mareado con el encumbramiento ajeno: ya era el palurdo con ínfulas. El salto de la loma de Gibara a Manhattan fue de difícil asimilación. A su regreso confesó a cuantos quisieron escucharlo que no podría ya vivir sin la burguesía que embellecía el mundo con sus supercarreteras, sus supermercados, sus superiluminaciones.
   Cabrera Infante iba alcanzando las típicas ambiciones del pequeño burgués: logró adquirir un auto convertible, un modelo feo y aporreado, pero era un descapotable, ¡al fin!, como el que poseían los blancos muchachos de sociedad. Alcanzó incluso cierta aceptación como cronista farandulero, que invariablemente hacía publicar desnudos junto a sus crónicas para atraer lectores. Y mientras los cielos se le abrían y un rayo de luz le iba a mostrar el rostro de Dios, llegó la Revolución y la escala de ambiciones que había construido se desplomó, en medio de una gran conmoción que él no podía comprender.
   Es probable que Cabrera Infante hubiese desaparecido muy rápidamente en el torbellino revolucionario de 1959; quizás se hubiese marchado del país en las primeras semanas después de la fuga de Batista de no ser por un antiguo amigo: Carlos Franqui, periodista que guardaba profundos resentimientos contra el viejo Partido Socialista Popular del cual había sido expulsado. Franqui había logrado subir a la Sierra Maestra durante la insurrección y con el triunfo de enero bajó revestido de autoridad política. Pretendió controlar omnímodamente la cultura en la nueva situación social que se estructuraba en Cuba. Desde el periódico Revolución, al cual se vio destinado, maniobró para situar a su protegido Cabrera Infante en la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación. Los viejos compinches se unieron en su ambicioso proyecto de dominar el establecimiento cultural. Cabrera duró poco en el Ministerio de Educación; su carácter ácido, irritante y hosco provocó su fracaso en aquellas funciones y fue despedido rápidamente.
   Caín siempre fue un hombre de una escandalosa desinformación sobre problemas económicos e históricos. Mientras se atragantaba leyendo a William Faulkner -a quien plagiaba desembozadamente-, no podía dominar el análisis político. Siempre fue hedonista antes que racional: vivía por los sentidos y las emociones antes que por el juicio y el examen; era más intuitivo que deductivo. Marx y Engels sólo le servían para hacer chascarrillos y trabalenguas; Hegel era para él sólo un motivo de broma y equívoco. Con este lastre y sus pocas velas, es lógico que diese tropezones en un período de intensas conmociones sociales. En realidad, conocía mucho mejor la última moda veraniega que se usaba en Taormina que los índices de analfabetismo de Bolivia.
   En aquellos tiempos no cesaba de hacerse pasar por un superradical. Gracias a la presiones de Franqui, Caín logró ser incluido en la delegación que acompañó a Fidel Castro en sus viajes por América Latina y Estados Unidos en 1959. Muchos lo recuerdan todavía en aquel avión disfrazado de jacobino, acercándose a los nuevos gobernantes para aconsejarles que se prohibiera la entrada en Cuba de ciertos libros, que se evitara la discusión de ciertas corrientes filosóficas y salpicando su diálogo con frases de Saint Just.
   Uno de los primeros organismos culturales que se creó después del 59 fue el Instituto del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC) y allí también intentó Caín introducirse para saciar su apetito de poder. Alentó pugnas, introdujo rivalidades, pretendió el control del incipiente organismo y su gestión fue disolvente y estéril porque intentó convertir la base potencial del nuevo cine en un feudo personal. De allí también fue expulsado para que el organismo recuperara su salud.
   En abril de 1959 Franqui y Cabrera Infante fundaron el magazine Lunes de Revolución, como un suplemento cultural del periódico, y pronto se convirtió en un azote de la cultura cubana. Todo aquel que no se sometiese a las pretensiones hegemónicas de Caín era zarandeado. José Lezama Lima se vio brutalmente embestido. José Ardévol y sus seguidores también sufrieron acometidas. Ardévol había sido un pionero en la introducción de técnicas novedosas de composición y un maestro en la continuación de las tradiciones musicales cubanas. También poseía un pecado imperdonable: había sido generoso en sus limosnas a Cabrera Infante, quien en más de una ocasión sació su estómago vacío en casa del maestro catalán posando como admirativo aprendiz de arte. Muchos intelectuales que no eran revolucionarios, pero que tampoco se oponían a la Revolución, fueron ofendidos por Caín en su desaforado intento de hacer carrera con su extremismo.
   Pero las cosas iban cambiando en Cuba. Los viejos enemigos de Franqui, en el antiguo Partido Socialista, se acercaban peligrosamente al poder y a Caín se le ocurrió un excelente ardid para dificultarles el camino: resucitó el fantasma del estalinismo, se erigió en campeón de la libertad amenazada; nada podía hacerle perder el monopolio omnipotente que pretendía instaurar. Fabricó un incidente para causar alarma entre los intelectuales con un documental intrascedente, titulado PM, que mostraba a cierto lumpen en sus diversiones nocturnas. Fue tal su atizamiento de las dudas que fueron necesarios varios diálogos en la Biblioteca Nacional para lograr alguna certidumbre en el próximo devenir.
   Lunes tuvo algunas virtudes, alentadas por otros intelectuales que también contribuían a su elaboración, pero Caín impulsó el esnobismo y sustituyó la transculturación por el mimetismo. En lugar de servir una puesta al día de la esclerótica cultura heredada dedicó parte de sus energías al ataque festinado, la tontería exótica, la crítica caprichosa. Si se analiza el papel de anteriores publicaciones cubanas como la Revista de Avance, Social, Orígenes y podemos remontarnos hasta Cuba Contemporánea y la Revista Bimestre Cubana, casi todas han servido al desarrollo social en tanto que Caín intentó que Lunes fuese la primera revista cultural que sirviese de dique a un río desbordado para servir su afán caudillista.
   En noviembre de 1961 desapareció el suplemento y con él se eclipsó la última base de poder que le restaba. Con él naufragó su avidez maniobrera, su calculadora apetencia de convertirse en el mandarín supremo de la cultura cubana. Franqui obtuvo que se le enviase de agregado cultural a la embajada cubana en Bruselas. Con motivo del fallecimiento de su madre, Cabrera Infante retornó a Cuba en 1965, por escaso tiempo, y él, que se había criado en la miserable loma de Gibara, súbitamente descubrió el subdesarrollo y se espantó porque el Malecón estaba despintado y porque en los jardines del antiguo barrio aristocrático del Vedado colgaban ubérrimos racimos de platanos en lugar de florecer las rosas. Confesó esta letanía esteticista al diario Primera Plana de Buenos Aires, y a quienes la leyeron -no sólo en Cuba- su voz sonó tan desubicada como la de María Antonieta reclamando su polvera el 14 de julio. Parecía el listado de quejas de un señorito al que no dejan dormir en una mañana de domingo. Recuerdo la estupefacción, expresada por escrito, de David Viñas, Manuel Rojas y Rodolfo Walsh ante tanta frivolidad inconsistente.
   Se marchó del país decidido a seguir el rentable camino de los apóstatas, de someterse a la nueva Roma que le pagaría magníficamente su traición. Su alejamiento de su raíz le agudizó un desequilibrio mental que desde mucho antes se venía manifestando. Fueron necesarios múltiples electro-shocks, pero ni siquiera con eso se le extirpaba su obsesiva malevolencia. Siguió entrometiéndose en la vida privada de muchos con una anonadante falta de escrúpulos y una demostrable mendacidad. Continuó injuriando y caricaturizando a Lezama, a Calvert Casey, a Virgilio Piñera, que había sido su cercano colaborador.
   Entretanto la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos lanzó otra de sus empresas para influir en el área cultural, la revista Mundo Nuevo, y Cabrera Infante no sólo se convirtió en uno de sus asiduos colaboradores sino que en el número 14 de la publicación apareció como su corresponsal en Londres. A partir de ahí comenzó una inexplicable, poderosa, irresistible ascensión hasta elevarlo a niveles propagandísticos similares a los de un detergente o un cantante de rock. Su objetivo había sido logrado aunque el costo fuese fáustico. Disfrazado de actor secundario en un filme de la serie de Charlie Chan: diminutas gafas oscuras, chorreado bigote asiático y aire de bilioso enigmático, Caín comenzó a recorrer el mundo aupado por sus poderosos promotores; se sintió realizado, podía pontificar. Para él Nicolás Guillén no era más que un redactor de letras de canciones a quien "las hordas del Partido Comunista" habían convertido en gran poeta. Afirmaba que Claude Couffon renegaba en privado de Guillén, invirtiendo los elogios que hacía en público. Hasta llegó a asegurar que Couffon había falseado los términos de una entrevista que le hiciera. Alejo Carpentier era, según Caín, el "pájarobobo de la literatura cubana" y solamente había sido publicado y elogiado en Francia gracias a su vieja amistad con Raymond Queneau. Labrador Ruiz y Enrique Serpa, escribió en sus cartas, no eran más que mediocres zurcidores de esperpentos. Se mofaba de Severo Sarduy llamándole "La Grande Severine", por un restaurante homónimo que existía en París. De su amigo Juan Goytisolo afirmaba que su publicación en Gallimard se debía a su relación amorosa con la poderosa editora de esa casa, Monique Lange,ya que la prosa de Juanito era bastante chata. Sobre las visitas de Graham Greene y Jean Paul Sartre a Cuba decía: "esas gentes visitan cualquier cosa con tal de tener un tema de qué hablar".
   En enero de 1971 sostuvimos un encuentro del Consejo de la Revista de la Casa de las Américas con Cortázar, Vargas Llosa, Benedetti, David Viñas y Emmanuel Carballo, entre otros. Durante cuatro días intercambiamos opiniones que por momentos se hicieron muy antagónicas. Cortázar informó del proyecto de revista que se llamaría Libre. Se había discutido durante un encuentro en su casa de Avignon. Recuerdo el énfasis que puso Julio Cortázar al negarse a la participación de Cabrera Infante en aquella empresa. Rechazaba su enconada agresividad; ya era ampliamente conocido el alcance ponzoñoso de su resentimiento.Las novelas de Cabrera Infante están compuestas de narraciones truncas, prosa inconclusa sazonada con ejercicios de pastiche, parodias acrobáticas, laberintos innecesarios, pésima sintaxis, supercherías, comadreos de aldea, bromas escuchadas. De no ser por los poderosos intereses que lo protegen sería un mediocre crítico de cine en Aberdeen, quizás en Manchester. Porque no ha logrado comprender que su acumulación verbosa y deshumanizada no es verdadera literatura, que la pedantería sólo revela al meteco inculto; que las piruetas de léxico y el humor de segunda mano fueron utilizados mucho mejor que él por Jardiel Poncela y W. Fernández Flores y que James Joyce es diferente a Gómez de la Serna porque poseyó una concepción del mundo y del lenguaje.
   Todas las modas son perecederas; los únicos libros que perduran son los que se hacen con autenticidad humanística y de eso hay poco en sus fuegos de artificio que lo han conducido a la desintegración creativa. De ejercicios de estilo está lleno el desván de la literatura. Cabrera Infante no escapará al olvido en que se sumergerá la mayor parte de su obra cuando queden atrás en la historia las pugnas políticas que le han servido de trampolín. Ese será el final de su aventura.

(La casta de Caín. La Gaceta de Cuba, junio 1994)

Tuesday, July 9, 2013

Enrico Mario Santí vs. Lisandro Otero (2)

Como un mal actor atrapado en situación, Lisandro Otero se justifica con argumentos caducos. Sin comprender el presente quiere cambiar su pasado. Observemos su lenguaje, que basta citar para refutar. Todavía piensa, a estas alturas, que Lezama Lima le hubiera dicho a él, Director de Cultura del régimen que lo marginaba, que anhelaba escaparse del país; alberga la ilusión de que, pese a su historial como arquitecto de la cultura represiva del castrismo, no fue colaborador sino un inocente «revolucionario que abrazó una causa»; justifica un llamado «arresto preventivo» de miles de ciudadanos desafectos del régimen como una «necesidad de paralizar la acción posible» que esas mismas personas podrían haber tomado para decidir el destino político nacional; recrea la sangrienta subversión comunista de democracias latinoamericanas, el terrorismo urbano, y la injerencia del castrismo en la vida interna de otros países, como el verter «de sangre de muchos revolucionarios». Pero sin duda su mayor fantasía es que todavía piensa que este intercambio nuestro es un debate sobre «discrepancias ideológicas». Señor Otero, se trata de algo mucho más sencillo: su falta de probidad intelectual.

(Dúplica, Encuentro de la cultura cubana, No. 18, 2000)

Wednesday, June 26, 2013

Lisandro Otero vs. Enrico Mario Santí

Repito la pregunta de Santí, pero refiriéndome a él mismo: ¿se le puede dar crédito a quien comete tantas deformaciones y calumnias, da oídos a tanta patraña, insidias, chismorreos e inexactitudes? Su escrito responde a una nueva campaña de descrédito pues se publicó en dos revistas, una chilena y otra mexicana, antes de aparecer en Encuentro. A la agresión del exilio uno el silencio interno: hasta donde sé ninguna publicación cubana ha divulgado una sola línea sobre la aparición de mis memorias.
   Si queremos ir preparando el terreno para una comprensión inteligente de lo ocurrido en los últimos cuarenta años de nuestra historia, debemos proceder con seriedad y negarnos a dar cabida a los textos injuriosos, imprecisos, que deforman la realidad y la acomodan a la intención hostil de quienes pretenden volver al pasado sin comprender el presente.

(Réplica, Encuentro de la cultura cubana, No. 18, 2000)

Friday, May 24, 2013

Lisandro Otero vs. Enrico Mario Santí y Encuentro

Veo, con sorpresa, que en el número 16/17 de la revista que diriges aparece publicado un panfleto, del señor Santí, en el cual repite las calumnias que tradicionalmente la contrarrevolución más iracunda y extremista ha vertido sobre mí. Con un lenguaje propio de la superada Guerra Fría, con un odio vehemente que recuerda las duras contradicciones de los años sesenta, ese texto no constituye una pieza de crítica literaria sobre mi reciente libro de memorias, sino es una antología de maledicencias, tergiversaciones, infamias y mendacidades que durante algún tiempo la obsesión de algunos fanáticos ha difundido.
   Pudiera aclarar, punto por punto, las imputaciones y demostrar que constituyen imposturas, pero esta agresión no merece el esfuerzo.
   Ese texto forma parte de la nueva campaña y ha sido distribuido profusamente, con una ansiedad propia de iniciativas más dignas. Sé que publicaciones prestigiosas lo han rechazado. Creo que demerita a Encuentro prestarse a esta maniobra del resentimiento y me pregunto qué razones pueden haberte inducido a sumarte a este propósito.

(Carta a Jesús Díaz, Encuentro de la cultura cubana, No. 18, 2000)

Thursday, March 21, 2013

Enrico Mario Santí vs. Lisandro Otero

No es descabellada la hipótesis de que Otero fue traicionado por las mismas fuerzas que él aprendió a servir. Fue el mismo caso de Arnaldo Ochoa, un año después, devorado por los leones tras su abyecta confesión. Mejor dicho: es el mismo caso de siempre. Después de destituido de la  presidencia de la UNEAC, Otero no cejó en buscar el poder y encontró, a los cuatro años, una oportunidad, acaso sugerida por el propio Aldana, para echarle una mano a una crisis del régimen. Ni él ni Aldana pensaron que los tiros saldrían por la culata. Mucho menos que ellos mismos eran la carnada. Después de echada esa suerte, sólo quedaban dos opciones: quedarse atrapado, como Aldana, o escapar, como Otero. Sólo que Otero, funcionario menor, siempre podía alegar, como de hecho ha ocurrido, que lo que debería cambiar en Cuba “eran los funcionarios, no los dirigentes”, y que él no rompería “sus vínculos con la revolución, pese a las coyunturas propiciatorias a un desgajamiento”. Por eso, una vez que conocemos estas memorias, ¿quién quita que este dirigente no pueda cosechar éxitos aún mayores en su futura carrera?
   En un final, el caso de Otero interesa menos por sus pormenores que por las preguntas que plantea. A saber: ¿Podemos creer a un intelectual con semejante comportamiento? ¿Puede construirse una política a partir de la radical ‘desubicación’ que practica su texto? ¿Puede lograrse, como al parecer él mismo desea, la “generosa conciliación” de la mancomunidad cubana habiendo mutilado la memoria histórica como él lo hace? Para afirmar estas respuestas haría falta asumir una responsabilidad que Otero todavía desconoce. Y aún más, abandonar la premisa que atraviesa su carrera y su memoria: la persistencia de la Utopía. La escribo con mayúscula para resaltar su carácter mítico y, por tanto, manipulable. No la confundo con los valores de generosidad, caridad y fraternidad que a muchos nos interesan. Ni tampoco con la subordinación de la historia y, sobre todo, de vidas de carne y hueso, a justificaciones huecas y, casi siempre, sangrientas.
   Debe ser triste, en efecto, llegar a “los años de la declinación” y descubrir que se ha malgastado la vida negando la realidad. Por eso, lo dejo recordando un viejo refrán: más vale tarde que nunca. Y también con un aviso, hoy por cierto muy de moda en Cuba: No es fácil.

(Mi reino por el caballo: Las dos memorias de Lisandro Otero. Encuentro de la cultura cubana, Nos. 16/17, 2000)

Wednesday, February 13, 2013

Fermín Gabor vs. Lisandro Otero

Lisandro Otero era hasta ahora, además del autor de varias novelas (alguna no del todo deleznable), el protagonista de varios zafarranchos con famosos. Joven periodista capaz de importunar a Ernest Hemingway mientras éste escribía en la barra del Floridita, hubo de aceptarle al norteamericano un puñetazo o el amago de un puñetazo. Recibió menosprecio por parte de Neruda en sus memorias. Y quienes han transitado el epistolario de Ernesto Che Guevara aseguran que la única carta airada y de desprecio que aparece allí va contra Lisandro. Puñetazo, insulto y carta ponzoñosa, Lisandro Otero lo ha aguantado todo. Y ahora suma a su destino de punching bag, el Premio Nacional de Literatura 2002. 
   Gana nuestro mayor premio literario y regresa a la isla luego de años de vida en Ciudad México. Señas de agasajamiento nacional no le faltaron desde hace unos meses: por las librerías habaneras andan como zapatos ortopédicos ejemplares del volumen que recoge cuatro de sus novelas y también ejemplares de una biobliografía suya. Y recién otorgado el Premio, La Jiribilla ha publicado una entrevista donde él habla de su regreso, elogia a Fidel Castro y lo compara con Isabel Tudor, con Octavio Augusto, y nos aclara enseguida: “Puedo decir esto sin temor a ser acusado de adulador, porque mi vida privada al margen de toda actividad pública y sin ninguna dependencia oficial, me permite esta licencia”. 
   Es bueno que Lisandro no muestre temor, porque de tal acusación no va a escaparse. No sólo adulador, sino también chicharrón, guataca y “la-ceniza-Senador”, quiere equivocarnos respecto a su hoja de ruta.  “He residido  muchos años fuera de mi país en Francia, Chile, Gran Bretaña, Rusia, España”, suelta en esa misma entrevista, y he aquí que nos asalta la envidieta y empezamos a preguntarnos si acaso fue con los derechos de autor de sus novelas que pudo permitirse esos lujazos. ¿O fueron sus artículos periodísticos los que le dieron tanta ala?

(La lengua suelta # 5, La Habana Elegante, segunda época)

Wednesday, February 6, 2013

Heberto Padilla vs. "Pasión de Urbino", de Lisandro Otero

Conozco los países socialistas (en algunos he residido algún tiempo); sé de los peligros que la cobardía intelectual pueden acarrear a esta sociedad que es la medida de la justicia y la libertad; pero en la misma medida en que cada uno de nosotros lo haga posible. No puedo, ni debo ocultarle a Lisandro Otero que, después de La situación, cuya importancia he destacado más de una vez públicamente, Pasión de Urbino es un salto a la banalidad, inadmisible a los 35 años.
   Para él se abren además, las dos únicas opciones posibles a su profesión: el destino gris de burócrata de la cultura, que a duras penas podrá escribir divertimentos, o el del escritor revolucionario que se plantea diariamente su humilde, grave y difícil tarea en su sociedad y en su tiempo.

(A propósito de Pasión de Urbino, El Caimán Barbudo, 1967)