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Tuesday, January 3, 2017

Haroldo Dilla vs. La Jiribilla y Ernesto Pérez Castillo

En primer lugar hay un artículo de alguien llamado José Sanz donde se usa como testimonio contra el libro de Rafa una supuesta opinión achacada a Vicente Verdú, quien habría confesado públicamente que no había otorgado su voto (como jurado) a este libro por considerarle "una mala guía telefónica". Lo que, de ser cierto, sería una falta monumental de ética y un derroche de arrogancia que sólo merece el desprecio. Y sólo utilizable por quienes, partiendo de un vulgar pragmatismo arropador de la debilidad, perciben al-enemigo-de-mi-enemigo-como-mi-amigo, sea este Verdú, Sadam Husein o Humala.
   Luego llega otro a cargo de Ernesto Pérez Castillo. Se trata de un cuentista no muy imaginativo, pero simpático, y reconozcamos que no ser pesado ya es una ventaja en este mundo. En este caso el articulista traba un combate heroico contra fragmentos de la obra de Rojas, a veces mezclando cosas ininteligibles, a veces adoptando poses heterodoxas y siempre presentando una argumentación muy poco sofisticada, reñida tanto con el castellano como con la teoría.
   Así, el cuentista considera que clasificar a la intelectualidad republicana en liberales, comunistas y conservadores es propio de los textos de la Academia de Ciencias de la URSS, que el término "guerrillero" enaltece en sí mismo a quien lo posee y ningún "malo" puede ser guerrillero, que Ortiz no era liberal porque empleaba comunistas, y que un ejemplo de la afluencia económica de los terroristas exiliados era que podían pagar ¡2 mil dólares! en efectivo a un salvadoreño por poner una bomba en un hotel habanero.
   Y así, un listado interminable de argumentos retozones, todos (recordando al viejo Marx) "por debajo de la crítica" y tras los cuales habría que reconocer que con semejantes enemigos Rafael Rojas no necesita amigos.
   Concluyo con tres consejos aprovechando que soy más viejo que los tres aconsejados:
   A La Jiribilla, que prescinda de esos arrebatos de virtud excesiva, que sólo conducen al pecado. La sociedad cubana, su cultura y sus intelectuales necesitan el otro tipo de cosas que publican y divulgan.
   A Pérez Castillo, que siga ejercitándose en el cuento —digamos que nos cuente qué pasó con Mariceli tras la muerte del casi/doctor— y no haga más "filosofía barata".

(Las lagartijas decapitadas. Cubaencuentro, abril de 2006)

Tuesday, November 15, 2016

Camilo Venegas vs. Guillermo Rodríguez Rivera, en defensa de Haroldo Dilla

Las cosas que dice Guillermo Rodríguez Rivera me suelen importar muy poco. Para mí no es más que un anciano retorcido en las babas de un régimen que agoniza. Nunca fue mi profesor de literatura, me cuentan que en eso sí era muy bueno.
   Hay un chiste suyo que me da mucha risa. Lo he repetido incontables veces. Lo hizo mirando a Buenos Aires de madrugada, desde la ventanilla de un avión. Fue producto de su asombro al ver una ciudad tan iluminada. Es comprensible, venía de La Habana en penumbras.
   Jamás entro a Segunda Cita, me deprime el Silvio Rodríguez actual. Para salvar al trovador que tanta influencia ejerció en mí, me abstengo de la obra de ese Silvio que solo está unos pasos por detrás de Kcho en ridiculez y guataquería. Me enteré de los ataques de Rodríguez Rivera a Dilla Alfonso por un email.
   No me voy a meter en la discusión entre ambos, creo que a Haroldo le sobran razones y talento para desmontar, palabra por palabra, los endebles y enquistados argumentos de Guillermo. Solo me aprovecho del incidente para hacer pública mi admiración por Haroldo.
   Los amigos que nos conocen saben que tuvimos muchas discusiones. Ambos somos muy apasionados y nos dijimos de todo las veces que no nos pusimos de acuerdo en algo. Llegamos incluso a dejar de saludarnos hasta que un día, por Twitter, nos mandamos un abrazo.
   Nuestros desencuentros nunca impidieron, por ejemplo, que yo compartiera las colaboraciones de Haroldo en Cubaencuentro. Estuviera de acuerdo o no con lo que decía, siempre valoré su manera honesta, lúcida e imprescindible de pensar a Cuba.
   Guillermo Rodríguez Rivera, acostumbrado como está a la táctica del régimen cubano de atacar al cuello la reputación de sus adversarios, sugiere que Haroldo Dilla Alfonso es un fascista y que cumple órdenes de Henrique Capriles. (…)
   Esta semana supe que Haroldo y su inseparable esposa se fueron a Chile. Se notará su ausencia en República Dominicana, donde luchó como pocos, en la frontera de la miseria y el olvido, para que los más silenciados e invisibles tuvieran una voz y fueran advertidos.
   Quiero que se entienda bien que, cuando digo esto, no me refiero a su condición física sino a la de sus ideas: Ya quisiera Guillermo Rodríguez Rivera ser un hombre tan derecho como Haroldo Dilla Alfoso.

(Ya quisiera Guillermo Rodríguez Rivera ser un hombre tan derecho como Haroldo Villa Alfonso. Blog El Fogonero, abril 2014)

Tuesday, November 8, 2016

Eliades Acosta Matos vs. Haroldo Dilla (4)

Le preocupa a los “académicos amigos”, que no ordenan a Haroldo Dilla, sino que le sugieren suavemente, en quedo coloquio de amor al oído, los cubanos que trabajan honestamente en República Dominicana, reconocidos y apoyados por sus colegas y el pueblo dominicano. Y eso que ya el país de origen de los “académicos amigos” es también “amigo” de la tierra natal que compartimos, aunque desigualmente honremos, Dilla y yo. Olvidemos que él lo fue, hasta que por un decreto sumamente interesante, que ya tendremos a mano, como otros datos de singular interés que lo retratan, se nacionalizó, reconvirtiéndose, por obra y gracia de algún soplo patrio, al parecer recibido directamente, por designio divino, de manos de trinitarios y restauradores. Baste ver la forma oportunista y vacía con que este fantoche se quiere presentar como más dominicano que los nacidos y criados en este suelo, y a los que pretende dar cátedras de historia, democracia y constitucionalismo… desde Chile
   Los amanuenses y plumíferos de alquiler, como este, son movidos a los campos de batalla donde se deciden, según los “académicos amigos”, las principales batallas que pueden afectar al imperio. Estuvo en República Dominicana; ahora ensucia la tierra chilena. ¿Alguien duda que veremos ese rostro de polichinela triste asomar por Río de Janeiro, Quito, Managua o Caracas, y claro, jajajajaja, “desde la izquierda”?
   Como un Quirino de las academias, Haroldo Dilla no es, siquiera un pájaro de mal agüero. Los “amigos académicos” que le pasan bajo cuerda los talking points y la “logística” debían preocuparse, antes que de cursos, libros e integración latinoamericana y caribeña, de por qué, a diferencia de lo que se les ocurriese en los años 50 y 60, cuando enviaban a Polonia, Hungría y Checoslovaquia, giras de jazz “de buena voluntad” para socavar el socialismo, es Rusia quien acaba de dar una lección de moral, cultura y geopolítica inteligente, mandando una orquesta sinfónica a tocar en las mismas ruinas de Palmira donde ISIS colgaba arqueólogos y degollaba “infieles”.

(Haroldo Dilla o de como el Quibú se refocila. 7 días, mayo 2016)

Friday, October 21, 2016

Eliades Acosta vs. Haroldo Dilla (3)

Ya en República Dominicana, Haroldo Dilla se recicló, sacudiéndose las últimas plumas de pavorreal burocrático, pero manteniendo y acrecentando su malevolencia congénita. ¿Cómo sino explicar que cobrase por adelantado al Archivo General de la Nación, RD$80,000, por preparar una exposición sobre Haití y la frontera, que nunca llegó a entregar? Quien me comentó lo sucedido, persona que tuvo relación directa con el caso, lo recuerda como “un canalla”.
   Pero este dechado de probidad, que vive dando lecciones de pulcritud al prójimo y sermonea inmisericordemente a los revolucionarios del planeta sobre cómo ha de ser la revolución popular; que pontifica sin parar sobre el socialismo del que hace mucho renegó, olvidando sus tiempos de autor de manuales doctrinarios sobre el Materialismo Histórico (lo que por cierto, no figura en la bibliografía autorizada que él mismo publica, con jabonosa mano); que alababa la participación popular en Cuba en su libro de 1993, y batía palmas por la democracia cubana ante la agresividad del gobierno norteamericano, en su libro de 1996, no pudo hallar mejor nicho en el mercado de la apostasía que transfigurase en un risible ángel vengador de la izquierda mundial, arremetiendo contra la Revolución, a la que antes jurase amor eterno, y coincidiendo (¡oh, qué extraordinaria casualidad!) con lo peor del pensamiento de la contra ilustrada Cuba, y sus dadivosos arropadores del Norte.
   Nada nuevo bajo el sol. Desde tiempos de la Guerra Fría, los equipos norteamericanos encargados de lo que George Kennan calificó como “guerra política encubierta”, comprobaron que acarrear para ese propósito a resentidos, defenestrados, desertores y apóstatas era mucho más rentable y eficaz que hacerlo con pensadores y escribanos de la derecha hidrófoba. La Directiva de Inteligencia 13 NSC, del 19 de enero de 1950, del Consejo de Seguridad de Estados Unidos, no en vano llevaba un título más que elocuente: “Uso de los desertores soviéticos y de los países satélites fuera de nuestras fronteras”.
   No olvidemos que desde el interior de estos círculos de “disidentes de izquierda” el sistema fabricó al movimiento neoconservador norteamericano, tropa de choque cuasi fascista, clan de poder político endogámico que acompañó en sus agresiones a Reagan y a los Bush, y al que la humanidad deberá “agradecer”, por carambola, la debacle de Afganistán, Libia, Siria e Iraq, y esa metástasis monstruosa que es ISIS.
   Para apuntalar a este nuevo personaje, Dilla ha asumido con esmero, retornando a su sueño dorado de ser la viuda de Robespierre de la perestroika criolla, la fabricación de un irreprochable pedigree izquierdista, y se pasa la vida metiendo cabeza, e intentando hacerse notar como vocero de una tercera línea, una supuesta opción socialista-democrática en la política cubana. Para su desgracia, pocos lo toman en serio, y cuando alguien acepta polemizar con él, como hizo Carlos Alberto Montaner, es para burlarse de sus ínfulas catequizadoras y balbuceos.
   Desde hace mucho Dilla ha sido plantado por sus mentores en el frente contra la Revolución cubana, pero también contra la bolivariana, y todas las fuerzas y movimientos políticos que intenten cambiar, en la práctica y no de boquilla, la injusticia social reinante, y acometer la tarea titánica, no de salón, de construir sociedades más humanas. Su misión incluye, por supuesto, a las fuerzas y figuras políticas dominicanas, especialmente a aquellas que se destaquen por su apoyo y solidaridad con Cuba y Venezuela.

(Haroldo Dilla y el duro otoño de las comadrejas. 7 días, mayo 2016)

Thursday, October 6, 2016

Haroldo Dilla vs. Eliades Acosta (2)

Como parte de sus contactos con el gobierno cubano, Mejía ha designado como Coordinador Técnico de una denominada Comisión de Integración a Eliades Acosta, una de las figuras más connotadas en la represión contra los intelectuales críticos en Cuba y artífice de varios actos represivos en eventos internacionales, como ocurrió en la Feria del Libro de Guadalajara. Defenestrado en Cuba por su pobre desempeño funcionarial, Acosta no encontró mejor opción que radicarse en República Dominicana donde el Archivo General de la Nación lo arropó y lo puso a hilvanar algunos relatos históricos sobre la lucha contra la dictadura de Trujillo. Desde aquí, desde sus picoteos en FUNGLODE, y al calor de la embajada cubana, Acosta fue haciendo una relación estrecha con Mejía.
   Ahora este personaje aparece como funcionario del estado dominicano en un área que desconoce -de relaciones internacionales solo tiene a su haber algunos folletines antimperialistas sin valor teórico alguno- y fiel escudero de Miguel Mejía quien, con toda seguridad, hace con esto otro favor al gobierno cubano.
   ¿Cuanto le pagan a Miguel Mejía, a Eliades Acosta y a toda la corte que empieza a aglomerarse en ese ministerio inútil que duplica funciones? ¿Cuanto nos cuesta la infecunda carrera política de gente como Miguel Mejía?
   No pregunto, obviamente, quien les paga. Les paga la sociedad dominicana, la misma que carece de servicios elementales, cuyos niños mueren en los hospitales, cuyos maestros ganan salarios de miseria, y cuyas mujeres son super-explotadas en las extensas zonas francas por salarios miserables.
   Les pagamos nosotros.

(Miguel Mejía y la lumpen-izquierda dominicana.7 días, mayo 2016)

Monday, August 1, 2016

Haroldo Dilla vs. “Antología del pensamiento crítico cubano contemporáneo”, coordinada por Jorge Hernández Martínez

Su introducción, no por equívoca, deja de ser sincera: una antología de lo que denomina “pensamiento contemporáneo crítico cubano” pero limitado a lo que JH llama “…un grupo de figuras cuya producción intelectual se define por el compromiso consecuente con la reflexión sistemática sobre las problemáticas de ese país y del entorno latinoamericano.” Lo que implica —desde su no explicada óptica— descartar a autores que (cito) “…han abrazado un proyecto de vida que les ha apartado de dicho compromiso (¿?), y se han colocado en posiciones de confrontación con el pensamiento crítico” a los que en algún momento llama neoliberales, en otro derechistas y luego antipopulares. De manera que JH, de un golpe censura toda una vastedad de posicionamientos con un par de etiquetas sonoras y ubica en la parcela de los “enemigos” a todos los que disienten de alguna manera de las estructuras de poder que rigen en Cuba, pues al disentir, dejan de ser pensamiento crítico y además cubano. Lo crítico aquí es justamente lo que no es crítico, es decir un espacio quejoso consentido que adorna al poder establecido y opera, para el exterior, como el típico florero en la ventana en las viejas tretas de espionaje.
   Obviamente esto no es culpa de los autores beneficiados por la selección de JH. Entre ellos hay clásicos del pensamiento radical cubano al estilo de Ernesto Guevara, Carlos Rafael Rodríguez y Raúl Roa. Y ensayistas que ciertamente han acompañado decorosamente algunos momentos de inflexión en el pensamiento social cubano, como son los casos de Fernando Martínez, Aurelio Alonso, Carolina de la Torre, Fernández Retamar y Ambrosio Fornet. Todos ellos constituyen lecturas interesantes y fundamentales para entender la evolución postrevolucionaria cubana, no importa si estamos o no de acuerdo con ellos. Pero sus valores no justifican el criterio sectario y anti-intelectual que identifica al pensamiento crítico cubano con su avenencia fundamental con el sistema político insular. Fuera de ellos hay mucho pensamiento, muy crítico, y obviamente muy cubano. Reconocer esto es muy saludable para una sociedad donde sobran los clivajes y escasean los puentes.
   En realidad la poda desprolija decretada por JH es tan excluyente que no sólo deja fuera a quienes antagonizan al sistema desde el mundo de las ideas —lo cual ya es en sí lamentable— sino también a pensadores y académicos —con obras calificadas y respetables— que solo han aspirado a reformas de un socialismo que han considerado perfectible, pero desde decibeles críticos que seguramente molestan los tímpanos de los oficiales de la ideología. ¿Es posible, me pregunto, hablar de pensamiento social en Cuba sin tomar en cuenta lo producido desde Pensamiento Crítico en los 60, desde el Centro de Estudios sobre América en los 90 y desde Espacio Laical en el presente siglo? Obviamente es posible pero a un alto costo, y JH lo acaba de demostrar regalándonos una verdadera amputación ideológica propia de los tiempos grises.
   Hay finalmente un aspecto que me parece particularmente bochornoso. En un momento en que la intelectualidad cubana comienza a identificarse con la naturaleza transnacional de su sociedad, lo que significa echar a un lado los espantajos de quien-se-fue y quien-se-quedó, la antología se aboca a una visión insularista. Que omite una realidad palpable en los documentos online de cualquier biblioteca importante: fuera de los límites territoriales insulares, los intelectuales cubanos han generado un universo de ideas de altísima calidad, y sin el cual no se completa el pensamiento social crítico nacional.
   Lo curioso es que se trata de un libro que prescinde absolutamente de estos autores, sino que los autores invitados omiten —salvo unos pocos casos en que Jorge Domínguez es citado— todo tipo de referencias a pensadores ultramarinos en el tema tratado, a pesar de que lo que escriben estuvo precedido por obras monumentales de estas personas. Manuel Moreno Fraginals, Carmelo Mesa Lago, Eusebio Mujal, Marifeli Pérez Stable, Levi Marrero, Lidya Cabrera, Velia Cecilia Bobes, Rafael Rojas, Carlos Moore, Alejandro de la Fuente, entre otros muchos, jóvenes y menos jóvenes, vivos y fallecidos, son parte de este pensamiento y obviarlo solo conduce a la mezquindad y al empobrecimiento.
   Y por eso, la antología resulta una obra empobrecida. No quiero dejar de reiterar la riqueza de algunos ensayos que marcaron una época en el pensamiento social. Sin mencionar a los clásicos, ensayos como el de Carolina de la Torre o Ambrosio Fornet tienen todas las credenciales para aparecer en una antología del pensamiento social cubano. Aunque más escrupulosamente académico, creo que el artículo de Mayra Espino es una muestra decorosa. Y con seguridad hay otros de alta calidad que no he podido leer. Pero llamar pensamiento social a las construcciones anecdóticas ideologizadas y los diletantismos de buena parte de los autores me parece deplorable. El libro no trascenderá sencillamente porque es fundamentalmente malo, muy por debajo de otras colecciones similares que ya aparecen en la página de CLACSO. Muy por debajo de lo que es el pensamiento social cubano.

(¿Pensamiento crítico cubano?: una antología deplorable. Cubaencuentro, febrero 2016)

Tuesday, May 17, 2016

Guillermo Rodríguez Rivera vs. Haroldo Dilla

El señor Alfonso Dilla increpa la factura de cartas abiertas, dirigiéndome lo que parece ser una.
   Yo no escribí una carta abierta a Rubén Blades sino apenas un artículo sobre lo que considero una desafortunada intervención del cantautor en la pelea que Venezuela libra por mantener una revolución pacífica que representa a la mayoría de su pueblo, y a la que sus enemigos satanizan, y acusan diariamente, en la televisión y en los periódicos, de secuestrar la libertad de expresión. Dilla exalta la Mesa Democrática que combate la Revolución Bolivariana, pero su jefe, Henrique Capriles fue de los que, con impulso ateniense, intentó asaltar la embajada de Cuba en Caracas, en los días del fallido golpe de abril de 2002.  Publiqué el artículo en el blog de mi amigo Silvio Rodríguez y algunos le atribuyeron la autoría, tal vez para así tener un motivo para atacarlo. Parece no haber nada peor que la ira autoritaria de un “enemigo” del autoritarismo.
   Dilla se revuelve airado contra mi artículo  y, en unas pocas cuartillas, me llama autoritario, sin veracidad en lo que afirmo ni coherencia en lo que argumento, autor de un “ verdadero monstruo de esos que genera la razón autoritaria” y que será un escollo para la república democrática que Dilla augura que aparecerá en Cuba.
   Claro, que en ese paraíso libre e idíllico, no tendrá espacio “una franja de la intelectualidad cubana que ha decidido chapotear en la pobreza de la pobreza”. Además de señalar la hemorragia de adjetivos y descalificaciones que Dilla acumula en unas pocas páginas sin argumentos, no me parece que esta carta electrónica merezca mucha más impugnación.
   En los últimos párrafos, Dilla habla más claro y muestra su voluntad de desacreditar a la Revolución Cubana, en la que sus más cincuenta años han evidenciado los defectos, las carencias. Tanto,  que está revisando a fondo su modelo económico y muchos criterios políticos. Pero esa revolución de los humildes fue el único proceso político latinoamericano que, en los sesenta, contra viento y marea, cuando la República Dominicana fue “democráticamente” ocupada por los marines, resistió el ataque de los patrocinadores de Dilla. Salvador Allende fue derrocado en los setenta por una jefatura del ejército chileno que respondió a las órdenes del ideólogo Kissinger, gran patrocinador del fascismo.
   La izquierda, señor Dilla, no es esa entelequia que usted proclama demagógicamente para enseguida hacerle el trabajo a la derecha, como los carteristas que gritan “al ladrón” mientras ponen el botín a buen recaudo. La izquierda latinoamericana son esos gobiernos democráticamente electos –de Venezuela, de Bolivia, de Ecuador, de Brasil, de Argentina, de Uruguay, de Nicaragua, como lo fueron los derrocados Mel Zelaya y Fernando Lugo, en Honduras y Paraguay–, que saben que la Cuba revolucionaria fue el punto de partida para este cambio de época, la de la segunda independencia. 
   Dilla, arúspice de nuestra futura democracia, afirma que “toda propuesta política –revolucionaria, reformista o conservadora, es susceptible de ser impugnada”. Me imagino que, entre esas impugnaciones Dilla reconoce que, cuando no se pueda ganar en unas elecciones transparentes, se salga a la calle a incendiar y matar. Eso se llama, señor Dilla, “fascio di combatimento”, puesto en acción hace casi un siglo por un viejo demócrata italiano llamado Benito Mussolini y más recientemente por sus alumnos de este lado del mundo. Apoyar eso, así sea lateralmente, es lo que le impugnaba a Blades, que se dirigía a las autoridades venezolanas como si ese no fuera un país en el que esos violentos aspiran  a un poder que no consiguen ganar en elecciones.
   A usted, no cometeré la tontería de impugnárselo: siga tranquilo en su guarimba ideológica. Acaso lo haría si hubiese usted compuesto unas salsas como “Plástico” y “Pedro Navaja”, pero sin tener swing… ¿para qué?
   Hay muchos “demócratas” que lo son hasta que pierden con la democracia. No creo que su libelo abierto merezca mucho más: solo terminar diciéndole que creo que en Cuba, y  también en Venezuela, el pasado  lo van siendo usted y sus poderosos patrocinadores.

(Sobre un libelo abierto. Blog Segunda Cita, marzo 2014)

Wednesday, May 11, 2016

Haroldo Dilla vs. Abel Prieto y Miguel Barnet

El gobierno cubano nunca ha estado interesado en que se fomente diálogo alguno fuera de sus cuarteles. Por eso armó una tropa de condotieros dispuestos a reventar el propio funcionamiento de la Cumbre, y programada para apalear opositores, sea en Atlapa o en el Parque Porras. La intención nunca fue otra: entraron en zafarrancho de combate con las mismas cantaletas autoritarias y desfasadas de siempre.
   Técnicamente casi nadie de esta gavilla de gamberros sin historia puede considerarse sociedad civil, pues son funcionarios estatales, o viejos informantes del MININT que han jugado por décadas a ser sociedad civil con organizaciones protegidas, como es el caso del CIERI, cuyo director por 30 años aparece llamando mercenarios a los opositores y agitando un panfleto con la cara desencajada y la mirada estrábica. Estaban encabezados por uno de los escritores cubanos más frívolo y aparatosamente mediocre, Abel Prieto, cuya filiación estatal es explícita como asesor cultural del General/Presidente Raúl Castro. Las fotos muestran a Miguel Barnet, sobre el cual huelgan los comentarios, empujando una puerta y gritando consignas, cosa que, por cierto, nunca hizo cuando en Cuba se perseguía y encerraba homosexuales en nombre de la moral revolucionaria.
   No es la primera vez que hacen esto. Lo han hecho en LASA en cada congreso, secuestrando un Grupo Cuba que se ha convertido en caja de resonancia de todas las aberraciones oficialistas con el beneplácito asustadizo de todos sus participantes. Lo han hecho en eventos como ferias del libro y presentaciones de intelectuales emigrados. Pero reconozcamos que lo que han hecho ahora rompe con todo lo que quedaba —si algo— de dignidad y decoro.

(La inmundicia cubana en Panamá. Cubaencuentro, abril 2015)

Friday, April 1, 2016

Haroldo Dilla vs. Guillermo Rodríguez Rivera

Las cartas abiertas han sido las hijas venidas a menos del género epistolar. Con las nuevas tecnologías de la comunicación se han masificado. Todo el mundo escribe cartas abiertas, y por eso se ha erosionado la maestría. Y de expresiones literarias han pasado a ser pasquines políticos.
   Obviamente, una carta abierta no es un tratado académico, ni siquiera un ensayo que obliga a referenciar las ideas. Es algo más ligero. Pero por muy ligeras que sean, siempre se agradecen en ellas veracidad en lo que se afirma y coherencia en lo que se argumenta. Y creo que todo esto falló en la carta abierta dirigida a Rubén Blades, escrita por Guillermo Rodríguez Rivera (GRR) y publicada en su blog por Silvio Rodríguez con tanto cariño que muchos pensaron que era de él.
   La admonición de GRR a Rubén Blades es un ejemplo de cómo toda una franja de la intelectualidad cubana ha decidido chapotear en la pobreza de la pobreza. Y ha hecho de sus miserias subjetivas una suerte de retiro virtuoso construido de malos cálculos, mentiras y retóricas edulcoradas. No obstante, no por ello esta carta es intrascendente, pues resulta un verdadero monstruo, de esos que genera la razón autoritaria que prevalece en la sociedad transnacional cubana (no solo en la Isla) y que constituye uno de los más serios escollos que enfrentará la futura república democrática.
   Lo primero que llama la atención en la carta es la maestría de GRR para caricaturizar todo lo que no entiende. Y como no entiende casi nada de lo que afirma, toda la carta es una caricatura. Por ejemplo, se destaca la manera como percibe y trata de explicar lo que es una revolución, sus pertinencias y sus costos, que termina reducida a un pasquín heroico y emotivo sin ningún valor argumental. Y fuera de ella —donde existe una gama de actividades y posicionamientos políticos que ven el cambio de otra manera— simplemente menciona a “las encopetadas damas de la alta sociedad (que) salen a hacerle caridad a los que no tienen justicia”. De manera que para GRR la política aparece dividida en dos bandos: los radicales revolucionarios (entre los cuales me imagino que él se ubica) y los filántropos mojigatos.
   También lo hace cuando se refiere al complejo binomio mayoría/minoría, y en particular cuando trata a esta última como un subproducto de la propia vida. Pero una minoría no es un residuo desechable, sino una parte del mundo que interpelamos, que merece un espacio y que eventualmente puede convertirse en mayoría. Esa es una regla vital de toda democracia.
   Toda propuesta política —revolucionaria, reformista o conservadora— es susceptible de ser impugnada, y solo una visión reaccionaria de la vida puede creer que hay algo que no lo pueda ser, y que quien lo haga merece ser excomulgado. Eso fue lo que los atenienses entendieron cuando inventaron la democracia, y lo que los inquisidores medievales echaron por tierra cuando levantaron cánones divinos. Y esto último es lo que defiende GRR asombrosamente en nombre de una revolución.
   Solo que, y aquí me detengo en los recovecos de la empiria, los conceptos de minoría y mayoría merecen ser tratados con cuidado particular en el caso de Venezuela. Es innegable que Hugo Chávez cultivó una cadena envidiable de triunfos electorales, sobre todo en la época de oro de su proyecto entre 2004 y 2008, pero siempre ganó sobre una minoría consistente superior al 40 %. Pero hace ya un tiempo que no es así, pues la crisis del modelo chavista —acentuada con su muerte— ha ido desgajando los apoyos.
   Y en consecuencia, decir con GRR que el chavismo triunfa con un 60 % es una vulgar mentira que ningún articulista decente se permitiría, no importa cuan flexible sea escribir una carta abierta a un cantante y publicarla en el blog de otro.
   (…) es lamentable el desliz ético que implica mirar hacia el lado, como hace esta franja aquiescente de la intelectualidad cubana, y no observar la verdadera situación de la Isla: una economía decrépita, una política desgastada, una sociedad que se empobrece y una población que decrece. En lugar de esta mirada crítica necesaria —compromiso ineludible de todo intelectual— estas criaturas se deshacen en variaciones de un discurso gastado y conservador sobre utopías, peligros externos, narcisismos sin sentidos, y otras bagatelas especulativas. A pesar de que taxonómicamente se ubican en la izquierda, constituyen los ripios en desbandada de un pensamiento autoritario, retrógrado y contrarrevolucionario.
   Y GRR hace todo esto magistralmente en su breve carta abierta, cuando con una abusiva flexibilidad ética, regresa a la actitud plañidera sobre las intolerancias de Miami (la mejor manera que tienen algunos intelectuales cubanos de no mirar a las intolerancias propias), para lo cual echa mano nada más y nada menos que a aquel incidente en que Oscar de León fue penalizado en el sur de la Florida por cantar en Cuba. Omitiendo que cientos de intelectuales y artistas cubanos no pueden ejercer profesionalmente en su país —en el que nacieron— y algunos ni siquiera pueden visitarlo.
   La buena noticia es que GRR y sus patrocinadores no son parte de un futuro, sino de un pasado. El futuro está en otro segmento intelectual, que despliega una crítica creativa desde las diferentes esquinas de la producción intelectual, sin los atavismos ideológicos y emotivos de una generación que en algún momento nos dijo algo para quedar hoy sepultada en la inopia, por los tiempos y las costumbres.

(Autoritarismo e inopia de una carta abierta. Cubaencuentro, marzo 2014)

Friday, October 9, 2015

Eliades Acosta Matos vs. Haroldo Dilla (2)

No solo tenía cara de polichinela triste, sino que lo era. A veces, a solas con la almohada, echaba mano a las migajas de decoro que le quedaban, e intentaba justificar los culebreos de su vida. Es verdad que casi nunca tenía ánimos para lanzarse al turbio estanque de su alma, pero cuando pasaba, imaginaba que un hado adverso le había marcado desde la cuna, chupándole la columna vertebral y dejando, como residuo, al invertebrado que era. Sin dudas, se sentía menos gelatinoso cuando soñaba que sobre él pesaba una rara maldición, contra la que nada podía. Y esa idea, por ficticia que fuese, le permitía habitar un día más ese cuerpo, y vivir, sin preocuparse por la obscena ostentación de sus llagas morales.
   Cuando al día siguiente despertaba, estragado por la vigilia y los remordimientos, se reconfortaba ante el espejo ideando la manera en que más efectivamente podría humillar a sus empleados del Instituto Trujilloniano. Porque podría pasar por un ser abyecto para sí mismo, incluso, gritarlo en lo más profundo de su corazón, pero jamás lo admitiría de cara a los demás, sino todo lo contrario: para esos reservaría siempre las poses mayestáticas, las frases recalentadas en su cabeza hasta soltarlas con gravedad de magister, y las poses de  semidios olímpico caído por accidente en esta isla, todo lo que le había ganado a sus espaldas, claro está, el sobrenombre de Don Pomposo.
   Con camaleónica constancia, Don Pomposo cambiaba de credo filosófico como de camisas, siempre oteando la dirección de la brisa que despeinaba en las alturas al Jefe Perínclito. Por algo había sido escogido por este como Presidente del Instituto Trujilloniano, precisamente para darle visos de respetabilidad y rigor intelectual al coro de quienes entonaban bien los estribillos, pero eran incapaces de crear las melodías. Cuando contaba tres veces, por ejemplo, que en un discurso o entrevista, el Generalísimo usaba una misma palabra o esbozaba un mismo concepto, de inmediato escogía al alabardero idóneo para elaborar una retorcida teoría con la que respaldarlo, no importaba si para ello se tuviese que torcer el brazo a los sofistas griegos, emparentándolos  con los iluministas franceses. Lejos de eludir “el ditirambo caluroso”, como había pedido Balaguer al dejar inaugurada la sede de Gázcue, en 1953, Don Pomposo no concebía otra mejor manera de llevar a cabo su misión que no fuese derrochando melcocha, embadurnando con su babeante admiración la figura del fuerte que pagaba sus servicios, y de paso, dejando contaminados para la posteridad, por ejemplo, temas que alguna vez fueron respetables, como el de la frontera binacional, la dominicanidad, la independencia económica, la seguridad social, las relaciones internacionales, pero que después de pasar por el serpentín cortesano del Instituto, salían convertidos en chorizos en almíbar, capaces de repugnar a los más robustos paladares.
   Es cierto que a veces, en un rapto fugaz de decoro freudiano, Don Pomposo apelaba en sus escritos a un lenguaje de la misma izquierda en la que militó en su lejana juventud, cuando formó parte del “Paladión”. En esas periódicas y efímeras reencarnaciones, cometía la osadía senil de llamar “gringos” a los estadounidenses, y de aparentar repugnancia por el mismo capitalismo al  que había entregado su honor hacía mucho. Pero a sabiendas de que hacía equilibrios en el filo de la navaja, y que en lo tocante a ideologías el Jefe no entendía de matices, pronto recobraba su compostura y volvía a su verdadera naturaleza con la furia de una walkiria borracha. Esas rectificaciones iban siempre acompañadas de informes al SIM y a ciertas embajadas curiosas, muy interesadas en saber y combatir lo que pensaban los profesores españoles republicanos que llegaban del exterior, o de panfletos escritos con hiel, donde clamaba porque un autor, o una publicación, fuesen condenados al Index. Y es que Don Pomposo, a fuerza de estudiar el tema de las fronteras, se había convertido en el Aduanero Ideológico de su nuevo amo, velando los contrabandos de palabras, persiguiendo los conceptos prohibidos, detectando, tempranamente, los trasiegos no autorizados de pensamientos e ideas, para evitar que estos floreciesen y pusieran en peligro al régimen, y de paso, su propio otoño bien pagado.
   Y Don Pomposo, cuyo verdadero nombre era Hastroldo Cuasihomérico Pe. Dilland, no solo cambiaba de credo filosófico tornándose positivista, kantiano, roussoniano, keynesiano,  hispanófilo, haitianizante, medieval o renacentista, según las brisas que batiesen las alturas, sino también de nombre y rostro según lo aconsejase la ocasión.  Cuando se entrevistaba con enviados de Harvard o Cornell, se presentaba como Mr. Harold P. Dilland. O si estos andaban de prisa, simplemente como H.P Dilland. Y cuando le tocó viajar a la España franquista, en mayo de 1954, formando parte de la avanzada circense que debía organizar el largamente esperado encuentro de los dos Generalísimos, regaló sus tarjetas de visita hasta a los limpiabotas gitanos y a los porteros sevillanos del hotel Ritz- Carlton de Madrid, en las que figuraba como Haroldo Pelayo Cidcampeador Pe.
   Y fue durante ese viaje a Madrid, que Don Pomposo comprendió que la supervivencia de ejemplares de su fauna dependía de tener patas de gacela, corazón de león y talante de hiena. El contacto con sus colegas franquistas, como Giménez Caballero, Ramón Serrano Suñer, Laín Entralgo, Ridruejo o Foxá, le actualizó en la necesidad de elaborar mitos edificantes, ancestros milagrosos y buscar adjetivos altisonantes para crucificar a los enemigos y elevar a los altares al Jefe. De ellos tomó para la propaganda del Instituto, por ejemplo, el llamar “Adalid Seráfico”, “Vigía de Occidente”, “Timonel de la Dulce Sonrisa” y “Lucecita del Pardo” al  Ínclito Varón de San Cristóbal, sin comprender que el plagio le acarrearía desgracias. Porque Don Pomposo era experto en rezurcir, no en crear. Y cuando empezaron a llegar notas diplomáticas peninsulares con discretas protestas por el uso indebido de epítetos que creaban confusiones en los organismos internacionales, la Secretaría de Relaciones Exteriores no pudo menos que presentar a la de la Presidencia un memo en la que se rogaba, con todo respeto a la Superioridad, que pusiese coto, de alguna manera, a aquellas prácticas, y recomendaba que el Instituto, en fin, debía servir para algo más que para dar jabón y prodigar “ditirambos calurosos”.
   Fue defenestrado sin piedad, acusado del delito de lesa majestad, por haber hecho quedar en ridículo al Jefe, vistiéndolo con las ropas de otro Jefe, como si fuesen de estreno. Quedó en la calle y salió del Instituto llevando en un cajón sus papeles febriles, repletos con los mismos adjetivos que pertenecían a los Laínes franquistas, con los que creyó garantizar que su sol jamás se pondría en el horizonte de la Era. Tuvo que atravesar, con la cabeza baja, y sus movimientos de polichinela triste, por entre los empleados burlones a los que humillaba sin piedad. Se fue sin dejar tras de sí más que el recuerdo de su inagotable capacidad de ridículo y la revelación de que también había estafado a otras instituciones, como luego se supo. Lo último que oyó a sus espaldas al salir, fue una vocecilla expresamente aflautada, para no ser reconocida, que masculló, con el deliberado propósito de herirlo, un  “Adiós, Don Pomposo”.
   Dicen que, desde entonces, se le vio rondando los hoteles donde el Jefe hospedaba a los tránsfugas fugitivos y los dictadores defenestrados de toda América. Les dejaba en la recepción un mismo texto amelcochado, ditirámbico, caluroso y servil, del que solo cambiaba el nombre del destinatario y el del Instituto que les proponía fundar, en sus países de origen, una vez que triunfase la contrarrevolución que les debía restituir el poder, con la santa anuencia, por supuesto, de quienes-tú-sabes. Y cambiaba según el caso, como era de esperar, su propio nombre, el del futuro Presidente del Instituto Peronista, Rojas-Pinillista, Pérez-Jimenista, o Batistiano, los que debían florecer, bajo su certera guía, en Buenos Aires, Bogotá, Caracas, o La Habana.
   Nadie lo tomó en serio, ni se dignó a sacarlo de su miseria. Dejó una especie de papiro interminable con un listado enloquecido de autoalabanzas que debían figurar en su epitafio, y la recomendación, de raíz franquista, de que debía construirse en el país algo parecido al Valle de los Caídos, donde la nación agradecida agruparía los restos de los artífices de lo que denominaba “La Era Gloriosa”. Unos desaprensivos, irreverentemente, usaron los papeles póstumos de Don Pomposo para envolver las botellas de cerveza que los clientes compraban en un colmado.
   No solo tenía la cara de polichinela triste, sino que lo era.
   Hoy nadie lo recuerda.  

(Número 17: fatal atracción. Diario Libre, 2014) 

Monday, September 7, 2015

Eliades Acosta Matos vs. Haroldo Dilla

Esto que tienen delante es H.P. Dilland. Es cierto que, aunque viene bien vestido y oloroso, sigue repugnando a simple vista por la ostentación que hace de sus llagas morales. También lo es que, por estos días y aún de figurín, a más de uno ha provocado arcadas su gelatinoso continente de lambón inveterado. Pero, ¿qué se la va a hacer? Con eso no pudieron ni padres, ni hermanos, ni amigos, ni maestros, ni el Jefe, que ya es mucho decir. “Algo tenías por dentro…” , se llega a pensar ante tanta abyección flagrante, como rezaba el tango en que un despechado en amores reprochaba a su ex “abacanada”, la dignidad perdida ante el dinero, el poder y el champagne.
   Nos guste o no, esto que tenemos delante es H. P. Dilland, ex especialista en comarcas y fronteras; ex director del Instituo Trujilloniano; exmilitante del Partido Dominicano y antes del Partido Socialista Popular. Desasido de toda pertenencia, relevado de toda lealtad, lo que queda es lo que hay. Ni más ni menos. Y aunque luzca atildado, hemos de ser piadosos, aunque no permisivos, con este derelicto humano que balbucea, se cree un triunfador  que regresa del exilio y alardea de reconocimientos  que solo existen en su triste cerebro, ese que suponemos, aunque a veces dudemos de su existencia, bajo la bóveda craneana que se halla al norte de su cara de polichinela triste.
   Pero esto, lo sabemos bien, que antes se arrastraba, gemía, pedía perdón por su pasado dizque revolucionario, renegaba de sus raíces y amanecía cada día, primero en la fila de potenciales emigrantes  que se formaba ante el Gran Consulado  Imperial, no siempre fue así, aunque, justo es decirlo, solo por fuera. Porque la carroña no pudre de un día para otro, sino que se incuba en lo oscuro, en lo interior, destilando la materia pultácea de su circulación, la que laboriosamente  bruñe,  pule,  conforma y  acumula durante décadas, día a día, hora a hora, minuto a minuto, en el minué perverso de las arañas resentidas, hasta que, en el momento menos pensado, estalla ante cualquier ofensa real o imaginada. Y esa explosión, amigos queridos, marca, por lo general, el último día de Pompeya, o sea, de su honor.
   Ya sabemos que su nombre real, aquí en Santo Domingo, adonde ha regresado bien vestido y pisando fuerte, era Hastroldo Cuasihomérico Pe. Dilland y que  escaló hasta el favor del Jefe, mientras no se pasó de la raya con sus ditirambos, que luego se supo, había copiado de los que Los Laínes  hacían circular en España, en loor al otro Generalísimo. Eso precipitó su caída y era de esperar: el Jefe no pagaba, y pagaba bien, por refritos sino por adulaciones astrales y más que eso, originales.
    En aquel entonces, recordamos, trató de mantenerse a flote, mientras pudo, mendigando a la puerta de los hoteles donde se alojaban los dictadores derrocados de América Latina que, como polluelos, terminaban siempre refugiándose bajo el ala maternal del más duro, recalcitrante y tenaz de todos. Ofertó sus servicios de escribidor a destajo, de adulón desaforado y de alabardero ideológico a Rojas Pinilla, Batista, Perón, Carías y Marco Pérez Jiménez, pero nadie lo tomó en serio. Los más generosos o los más hartos, se limitaron a  arrojarle, en algún día afortunado, unos centavos para la magra pitanza. Y mientras eso sucedía, sus antiguos empleados del Instituto Trujilloniano, a quienes humillaba sin piedad en su edad de gloria, organizaban excursiones a los desfiladeros de su abyección e iban a verlo mendigar, acosándolo con los apodos que habían ideado para él, entre los que descollaban “Don Pomposo”, “Príncipe Chinche” y “Lord Piltrafa”. A veces, también sazonaban los gritos con el lanzamiento de pellas de fango, lo que consideraban un deporte, al que no tardaron en bautizar como “Mata a la rata”.
   Pues bien, por azares del destino, o más bien por su pasado, dizque socialista, H.P. Dilland fue un día fichado por los perspicaces empleados del Gran Consulado Imperial, muy necesitados de apóstatas en tiempos de la Guerra Fría, cuando la más variopinta fauna invertebrada era acarreada, sin piedad, para atacar, denostar, desprestigiar, dividir desde dentro, erosionar, aplastar, machacar y pulverizar a todo movimiento revolucionario, socialista, comunista, progresista, feminista, antirracista, o simplemente, surrealista, dadaísta o cubista de la región. Y de esta extraña manera salvó la vida este experto en rezurcir, no en crear, que nos pasa ahora por al lado, bien vestido, pero indigente contumaz; el mismo que antes se llamaba H. P. Dilland, en Santo Domingo y que hoy, años después, ha regresado del olvido.
   El hado adverso que un día de su lejana infancia le había chupado la columna vertebral, intercedió ahora para salvarlo, quizás por lástima. Terminó desembarcando en Miami, como un náufrago material y casi loco de frustración y rabia, de donde fue llevado a New York para ser instruido en técnicas de rompehuelga y propaganda negra  en la escuela sindical de Jimmy Hoffa. Allí compartió dormitorio con un colombiano llamado José Antonio  Devastación de Osorio y un  peruano, por cierto, buen escritor, al que se conocía como Marqués de Valía Rosa.
   Cierta bonanza económica, pues la traición se suele premiar con largueza, hizo que, poco a poco, fuese regresando la luz a los ojos apagados de H. P. Dilland, de este mismo que ahora se pavonea ante nosotros, como si no lo recordásemos en sus días trágicos. El fuelle de sus pulmones, antes exhausto  de susurrar misericordia, también regresó y con él se levantaron los hombros caídos, apuntalando una apostura que, no sé por qué, aún hoy, conserva un tenue olor a podredumbre. ¿Lo sienten, verdad?
   Como era de esperar, con la recuperación de sus rasgos aparentemente humanos, regresó lo peor de su circulación pultácea que, a su vez, insufló nueva vida a sus ideas más ruines y dio manigueta de continuidad a los instintos que mejor permitían comprender el por qué de las iniciales de su nombre. En lo que llamaba, a boca llena y con gesto de Pierrot enharinado, “su vertical exilio patriótico e insobornable contra la dictadura trujillista”, a la que antes había servido con delectación, H. P. Dilland se fue labrando un título de “pensador marxista”, perteneciente a una tercera vía, dedicándose a descuartizar a sus excompañeros y a la vez, a unos nebulosos “imperialistas”, de quienes cobraba   mesadas bien concretas, por supuesto, bajo cuerda.
   No tuvo límites, desde entonces, su descocada carrera por hacer méritos a los ojos de sus nuevos amos. Llegó hasta a enfilar los cañones, acusando mediante anónimos y denuncias de toda clase, a los mismos funcionarios liberales del Departamento de Estado que le habían facilitado la salida de Santo Domingo y que terminaron declarando ante el “Comité de Actividades Antinorteamericanas”. Denunció también a republicanos españoles a los que frecuentaba, entre ellos a Jesús de Galíndez, a los que calificó de ser inspiradores de una conjura judeo-masónica-bolchevique, con lo que evidenció que seguía robando conceptos tremendistas de Los Laínes, como el buen perro huevero que siempre sería.
   Ya se sabe, queridos amigos, que no hay nada más despreciable que un converso y no porque haya cambiado de parecer, sino porque cree que su legitimidad y seguridad, en las nuevas condiciones de su existencia, si es que a eso podemos llamar, en rigor, existencia, dependen de perseguir a sus antiguos cófrades o correligionarios. De marranos conversos estuvo lleno el Santo Oficio español. Servían de espías, delatores, traductores (como el mismo Greco) de aquellos judíos  de quienes se sospechaban más apostasías en la misma medida en que les crecían los doblones en la bolsa.
   No eran las SS, sino la Policía Judía, la que guardaba el orden interior en el Gueto de Varsovia; la que arrestaba, golpeaba, entregaba a los alemanes y llevaba ordenadamente a los trenes de la muerte a los demás judíos, los que terminarían como montañas de cenizas en las cámaras de gas de los campos de Buchenwald o Auschwitt-Birkenau.
   Esto que ahora intenta deslumbrarnos con su traje de buen paño y su reloj reluciente, es ese mismo H. P. Dilland también un marrano converso. No solo se refocila en sus llagas morales, sino que viene a restregarnos en la cara lo que llama “… su éxito en el exilio antitrujillista”. Como si alguien nos hubiese extirpado la memoria y las bibliotecas no conservasen sus escritos jacobinos de postín, sus denuestos dialécticos contra el mismo amo al que ahora sirve y sus ditirambos casposos de cuando dirigía, con mano de hierro, el Instituto Trujilloniano.
   Fíjense bien: se nos acerca. Y no es casual. Les apuesto que llegará sonriente y urbano, haciendo gala de una bondad que nunca tuvo, de un compañerismo que jamás ha experimentado y de una prodigalidad difícil de creer en un estafador consuetudinario.
   Ya está aquí, nos palmea la espalda, hace chistes, brinda cigarrillos, nos invita a tragos. Dice que se acuerda bien de nosotros, pero que ya lo ha perdonado todo, entre otras cosas, que le llamásemos “Don Pomposo”, “Príncipe Chinche” y “Lord Piltrafa” y también aquellas  “simpáticas sesiones juveniles”, así las llama, de “Mata a la rata”. Cuenta sus éxitos, los hitos de su “heroica lucha antitrujillista en el exilio”, los peligros corridos por la libertad y la democracia, por instaurar en el país un gobierno del pueblo y que garantice la justicia social. Habla como un verdadero revolucionario y se hace casi insoportable su hedor.
   Este mismo H. P. Dilland, el de siempre, nos palmea de nuevo la espalda, como un viejo camarada, nos invita, otra vez , a unas rondas de tragos, sacude la solapa de su traje de buen paño y mira el reloj reluciente. Es entonces cuando hace un  gesto, casi imperceptible, a la patrulla de ocupantes, en la estela de cuya invasión regresó al país.
   “Son estos y no tienen remedio”- les dice, mientras nos  entrega.
   Y es cuando descubrimos en sus ojos el mismo brillo de cuando dirigía el Instituto Trujilloniano.

(H.P. Dilland reloaded. Diario Libre, 2014)

Friday, June 5, 2015

Carlos Alberto Montaner vs. Haroldo Dilla (2)

El profesor Dilla, además de declarar que es marxista, se proclama socialista.
   En realidad, esa es una palabra que no dice mucho. ¿Socialista como Fidel Castro, como Bettino Craxi, o como Carlos Andrés Pérez, cuyo partido, Acción Democrática, pertenecía a la Internacional Socialista junto al PRD dominicano de Peña Gómez e Hipólito Mejía?
   ¿Socialista como son los partidos de esa cuerda en Alemania, Holanda o Escandinavia, donde, con frecuencia, gobiernan junto a los liberales o se oponen a ellos?
   Mi impresión es que el profesor Dilla vive en un mundo esquemático de ensoñaciones ideológicas y esloganes que nada tiene que ver con la realidad, o, por lo menos, con la realidad que yo pude observar durante los 20 años que fui vicepresidente de la Internacional Liberal, donde se dan cita 80 formaciones políticas de esa cuerda, y los anteriores 15 en que me integré a los grupos liberales españoles y dejé, felizmente, de ser socialdemócrata, cuando entendí cómo se crea la riqueza, cómo se malgasta, cómo se conserva y cómo se lucha mejor contra la pobreza.
   Aunque a Dilla le sorprenda, quizás porque se pasó su juventud militando en el Partido Comunista de Cuba escuchando, supongo que molesto, consignas vacías e insultos al adversario, y presenciando indignos actos de repudio, el liberalismo no es una ideología en el sentido marxista (realmente hegeliano) del término, y tampoco existe la ideología "neoliberal", palabreja carente de sentido.

(Haroldo Dilla, el marxismo y otros errores. Diario de Cuba, julio 2013)

Monday, May 25, 2015

Haroldo Dilla vs. Carlos Alberto Montaner (2)

Solicito a los lectores que traten de encontrar en nuestros alegatos críticos, una sola de las argumentaciones de Granma sobre el pasado de CAM, tal y como este sugiere y a donde trata de arrimar el asunto, de paso, otra vez, desfigurándolo. Súbitamente CAM me empuja al lado de Granma y convoca la solidaridad de los lectores. Y lo hace porque CAM y Granma son complementarios, y las difamaciones de Granma son parte del capital político de CAM.
   Luego CAM se regodea en un juego retórico en que narra situaciones negativas que se han vivido en Cuba. Y en cada caso, adopta la postura superior e imparcial de un juez que declara no tener evidencias de mi participación culpable. Pero que deja sobre la mesa mi vinculación indirecta por consentimiento. Es una pena. Y sería una doble pena si CAM aspirara a que yo me dedicara a explicar mi vida y mis ideas. Solo puedo decir que cuando miro hacia mi vida pasada veo, como en toda vida, lados malos y buenos. Pero creo que puedo asumir con satisfacción una suma algebraica positiva basada en mis principios y en mis creencias.
   A nadie oculto —no hay motivo para ello— que tengo una formación teórica fuertemente alimentada por el marxismo crítico, diría que soy fundamentalmente marxista, pero no sectariamente marxista. Tampoco oculto mi inclinación política socialista. Solo que ni el marxismo ni el socialismo que reclamo son los muñecos de paja que CAM construye para poder luchar ventajosamente con ellos. CAM nunca contiende con el marxismo o el socialismo, que ni conoce, ni entiende, sino con bagatelas que el mismo diseña para ofertar en los tianguis políticos que merodea.
   Ojalá que CAM pueda hacer con su vida y sus creencias lo que yo puedo hacer las mías. Pero evidentemente no lo hace. Y llega al extremo de negar la existencia de su propia ideología y de reducir al liberalismo político al neoliberalismo económico.

(Las tres tristes trampas de Carlos Alberto Montaner. Cubaencuentro, julio 2013)

Monday, May 11, 2015

Carlos Alberto Montaner vs. Haroldo Dilla

Por mi parte, creo que nunca he conocido personalmente a Dilla y no tengo criterio sobre su persona. He leído algunos artículos suyos que me han gustado y otros que me han parecido parcialmente equivocados o disparatados.
   Me han dicho que fue miembro de la juventud o del partido comunista cubanos, algo que no me consta, pero ese dato, de ser cierto, no lo hace mejor ni peor. Lo mismo sucede con los exnazis, los exfascistas y los expinochetistas. La militancia es cuestión de ideas. Lo que importan son las acciones.
   Siempre hay tiempo y espacio para rectificar los errores juveniles, mientras no se tengan las manos manchadas de sangre, y no hay ninguna evidencia ni sospecha de que Dilla haya participado directamente en la represión y la violación de los Derechos Humanos de nadie cuando formaba parte de esa lamentable dictadura, aunque fuera lateralmente y en los estribos del poco influyente aparato académico cubano.
   Supongo, por el tono de sus escritos, y porque, finalmente, acabó exiliado, que le parecía repugnante la atmósfera de terror que se vivió en la universidad cuando él estudiaba, o cuando era profesor y veía cómo expulsaban y perseguían a algunos de sus compañeros por ser homosexuales o creyentes, y hasta convocaban a actos de repudio para ofenderlos y humillarlos antes de echarlos a la calle condenados a una especie de cruel ostracismo moral.
   Alguien, como él, que cree que la universidad debe tener las puertas abiertas, debió sufrir como una gran afrenta la política excluyente por razones ideológicas de esa institución ("la universidad es para los revolucionarios"), aunque no tengo información de que haya manifestado públicamente su descontento por estos atropellos cuando era estudiante, o luego cuando le tocó participar del claustro de profesores. 
   Si defendió a las víctimas, debe aplaudírsele. Si calló y otorgó, le cabe algún grado de responsabilidad moral en toda esa barbarie, aunque no seré yo quien se lo eche en cara. No es ese mi papel. Creo que dio un buen paso cuando abandonó al régimen, y ya se sabe que las dictaduras totalitarias contienen este deprimente factor de contaminación general que las hace especialmente repulsivas.
   Más que regímenes distintos, las revoluciones totalitarias son un gran charco de inmundicias en el que deben chapotear los partidarios para poder sobrevivir, ascender y mantenerse. Romper con ese lodazal es siempre meritorio y merece aplauso, aunque algunas personas queden parcialmente percudidas y psicológicamente afectadas, especialmente si tienen conciencia crítica.  
   Más curioso me resulta, en cambio, que siga siendo marxista, pero ni siquiera eso, a mi juicio, lo descalifica en el orden personal, pese a lo que implica de terquedad intelectual frente a la experiencia de sus propias vivencias en la marxista "dictadura del proletariado" del manicomio cubano, a lo que se agrega un siglo de barbarie, cien millones de muertos a lo largo del siglo pasado, veinte fracasos en todas las culturas y situaciones y bajo toda clase de líderes. Sencillamente, como dicen en España los más barrocos, hay "personas inasequibles al desaliento", o, como ratificaba el torero, "hay gente pa' to".

(La arrogancia y el error. Diario de Cuba, julio 2013)

Tuesday, May 5, 2015

Haroldo Dilla vs. Carlos Alberto Montaner

El neoliberalismo es una doctrina cuya puesta en práctica no solo ha causado muchos estragos sociales, frustraciones y miserias, sino que ha estado precedido por ellos. Sencillamente, porque sus postulados solo pueden practicarse desde la represión y la inacción social, de lo cual el régimen de Pinochet en Chile —con sus asesinatos, desapariciones y torturas— fue un ejemplo trágico.
   Pero aún así, leer La Acción Humana o El camino a la Servidumbre es siempre un motivo de regocijo intelectual que sugiere que efectivamente hay cuotas de ideas atendibles en una propuesta teórica que coloca al mercado como principio ordenador de la sociedad. Pero como sucede en otros cuerpos teóricos, el argumento neoliberal se degrada cuando cae en manos de divulgadores menos ilustrados que los padres fundadores.
   Y CAM es un ejemplo de esto último, a lo cual se suma su tendencia a opinar sobre lo que no conoce, desfigurar situaciones, ofender a sus adversarios y hacer de su ideología un credo fanático. Como ocurre ahora con los estudiantes chilenos, pero antes con la izquierda latinoamericana que posee brillantes representantes en el continente, y a los que en algún momento llamó —escoltados por otros dos “perfectos amigos”— “los perfectos idiotas”.

(La ignorancia y el cinismo. Cubaencuentro, julio 2013)

Monday, February 2, 2015

Haroldo Dilla vs. Eliades Acosta Matos

Un caso bien conocido es el de Eliades Acosta, un funcionario cubano que tuvo papeles muy destacados en la represión contra intelectuales cubanos, en su país o en terceros, desde sus altas posiciones al frente de la Biblioteca Nacional José Martí o desde una secretaría del Partido Comunista. A su haber, cuenta con la organización de francachelas represivas contra actividades públicas centradas en intelectuales oposicionistas o sobre temas cubanos que no se avenían con las políticas oficiales cubanas.
   Para hacerlo, Acosta ha utilizado el conocido recurso de las bandas de paleros que se agrupan en algunos llamados “comités de solidaridad con Cuba” y que boicotean agresivamente las actividades programadas. El caso más conocido —no el único— fue su participación en la feria del libro de Guadalajara en 2002. Allí organizó todo tipo de vandalismos contra los intelectuales cubanos críticos al régimen en la Isla, y en particular saboteó un panel en que prominentes figuras intelectuales continentales —como el muy marcado caso del izquierdista inclaudicable Roger Bartra— arrebatando los micrófonos a los ponentes, cerrando las puertas y reteniéndoles por más de media hora entre insultos y amenazas a cargo de grupos de fanáticos.
   Destituido de todos sus cargos en Cuba, Acosta no ha encontrado mejor consuelo que asentarse en nuestra media isla a la sombra del Archivo para investigar y escribir con verdadero fervor democrático contra la dictadura… de Trujillo.

(La “solidaridad” con Cuba y la indecencia política. Cubaencuentro, marzo 2014)

Monday, August 26, 2013

Haroldo Dilla vs. la declaración de la UNEAC durante el Pavongate

La regurgitación de la bilis del quinquenio gris fue un balón de ensayo orquestado por el tristemente célebre departamento ideológico, cuyo jefe —un caso prototípico para Lombroso— sabe muy poco de cultura pero mucho de medidas activas de inteligencia. Y lo hicieron exponiendo a la picota pública a tres ancianos que les sirvieron fielmente durante años. Los animales carniceros no entraron al establo, sólo abrieron la puertas para ver cómo reaccionaban los caballos finos. La declaración de la UNEAC cerró nuevamente las puertas, y fue así, con las puertas cerradas que han comenzado las conferencias sobre el quinquenio gris. Es el límite sistémico de nuestros escritores y artistas.
   Estos deben aprender algo que una vez nos alertó un comunista brillante: hoy se llevan a otros, y si no protesto, mañana me llevan a mí. Sobre todo, cuando quedó claro que los inquisidores cubanos ruegan a Dios pero mantienen su pólvora seca.

(El establo de los caballos finos, Cubaencuentro, febrero 2007)