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Friday, December 16, 2016

Gilberto Padilla Cárdenas sobre la literatura “selfie” (Wendy Guerra, Pedro Juan Gutiérrez, Leonardo Padura)

La “fotografía de escritor”, un género con el mismo grupo sanguíneo del retrato, facilita también una posible hermenéutica del texto. Parece descabellado y extraliterario, pero funciona. Pensemos en las imágenes de Wendy Guerra desnuda —made in Mordzinski— como una anticipación de su literatura selfie. Vemos esas fotos hermosísimas en Soho y luego tenemos la herramienta precisa para leer Ropa interior. Esos desnudos tienen el rol de asegurarnos un protocolo de lectura. Es más, en algunos casos creo que la literatura de Wendy no es más que un intento desesperado de lucir a la altura de sus propias fotos, de poder habitar aquel imaginario que no se consolida del todo en su prosa. Wendy Guerra escribe con la cámara frontal del iPhone como si su smartphone fuera el espejo de Stendhal.
   Pienso en un escritor como Pedro Juan Gutiérrez, concentrando pavorosamente sus fetiches cosméticos: el ron, el tabaco, los collares religiosos, su tatuaje, la azotea de un país en ruinas (Cartier Bresson habría hecho una fiesta con este muchacho), para fundirse con aquel universo de mártires y héroes amalditados de su Trilogía sucia de La Habana.
   En Leonardo Padura fotografiado en Mantilla, tratando de ser un escritor empático, alguien que escribe desde un barrio parecido al nuestro.

(Literatura selfie. Revista El Estornudo, mayo 2016)

Thursday, October 27, 2016

Leopoldo Lezama Contreras vs. Pedro Juan Gutiérrez

El caso de Pedro Juan Gutiérrez es distinto. Su visión es pesimista y ácida, sus personajes oscuros, quejumbrosos, y viven la dura vida cotidiana de la Cuba de los años noventa. Hasta ahí bien. El problema con Pedro Juan es su actitud política mal asumida y mal aplicada ante los mismos problemas que desarrolla Eliseo. Aunque no se pueden negar sus méritos literarios, la facilidad de crear buenas historias al interior de esa Habana “negra”, nos da la impresión de que el escritor de la Trilogía sucia se valúa en parte por su literatura, pero también por la actitud que toma frente a los problemas de su país. Habíamos dicho que cuando asuntos de orden político se manejan con soltura y sin tanto rigor dentro de la órbita literaria, corren el riesgo de no ser tan legítimas a falta de reflexión y de sustento. En realidad, nos gusta el Pedro Juan que hace una serie de relatos perversos teniendo de telón de fondo la atmósfera dura de los años noventa en Cuba. Literariamente logra salir a flote, ya que es capaz de crear historias de la Habana sucia, la Habana derruida, la violencia, la prostitución, las mujeres sin empleo que terminan jineteando en los sitios turísticos, la droga, la burocracia, la represión, la mentira, el hartazgo de un país donde nada funciona, donde todo está derrumbándose, pudriéndose. Ahora bien, si tomamos al pie de la letra lo que dice Pedro Juan de Cuba, lo primero que nos viene a la mente es, sin duda, qué hace viviendo al interior de la isla. Sin embargo, nosotros leemos literariamente la Trilogía sucia y nos satisface; el problema es que Pedro Juan hace también una crítica explícita y abierta al sistema cubano, es decir, suelta una serie de opiniones políticas, pero en este caso sin ningún sustento, sin respeto alguno, entrando en un ambiente de escisión, lo que obliga a puntualizar algunos asuntos de su libro.
Acaso, el de Pedro Juan hubiera sido un excelente libro de relatos eróticos, si se hubiera concentrado en la elaboración y desarrollo de sus historias perversas. En ese terreno, Pedro Juan tiene la suficiente inventiva y calidad para mantener episodios y episodios de amantes, ex amantes, ex-ex amantes que mal viven en lo que a su juicio es la peor Cuba de la historia. Así, nos hemos divertido con la historia de un hombre que “templa” con una mujer distinta cada semana, que consigue ron y cigarros quién sabe de dónde, que se las ingenia para vivir como un cuasi-beatneak en un país del tercer mundo. Nos hemos divertido con las historias secretas de esa Habana sucia: drogadictos, asesinos, psicópatas…un hombre sin piernas que antes fue un superman con un pene de treinta centímetros que cada noche eyaculaba ante un público que en su primera fila tenía una multitud de homosexuales aventándole dinero. Ese es el Pedro Juan que nos satisface: el que hace pequeñas historias llenas de humor negro, llenas de sarcasmo, de ironía, de irreverencia, de talento literario. No nos llena tanto, en cambio, el Pedro Juan que subordina sus historias a sus opiniones políticas, el que inventa el relato de una viejecita que se murió de espanto cuando se cayó el muro de su casa porque el gobierno no invirtió en el cuidado de sus edificios; o aquella otra del hombre al que le censuraron unas fotos eróticas, cosa que empujó a que su hijo se arrojara a las drogas, o la del homosexual que se suicidó porque no lo aceptaba la sociedad…actos que serían más verosímiles si no estuviera uno pensando en los conflictos que Pedro Juan trae con el sistema. Hay, pues, una subordinación de sus temas a lo político, cosa molesta, ya que hubiera sido más sencillo que expusiera de manera directa lo que piensa de Cuba. ¿De quién es entonces la censura?
   Entonces queda un discurso que no acaba de consolidarse como una gran narrativa, y que tampoco llega a ser una crítica analítica, fundamentada. En Pedro Juan no hay reflexión: hay una “tira mierda” por todas partes, no hay análisis, y sólo se escuchan quejas y quejas, que lo hacen adoptar esa vieja actitud del mártir, del que se otorga valor por estar en contra de lo establecido. Pedro Juan quiere ser un escritor maldito en la Habana de pleno fin de siglo XX, pero eso sólo le incumbe a él: a nosotros nos interesa su literatura y lo que ella ofrece. Y entonces el vagabundeo de sus personajes, sus prácticas libertinas, su actitud rebelde ante el infierno en el que viven, quiere construir la imagen de un héroe anti dogmático y libre, héroe que se regodea en lo grotesco, y que demuestra lo que pasa en su país.

(Cuba. Tonalidades de la disidencia. Revista Círculo de Poesía, noviembre 2010)

Monday, October 3, 2016

Amir Valle vs. Pedro Juan Gutiérrez

Confieso que escribo estas palabras con cierto temor, y ciertas dudas, de parecer injusto. Acabo de leer la entrevista que ha publicado la agencia española EFE y, en muchos momentos, achaco mi estupor al leer tus declaraciones al hecho bastante usual ya de que un periodista elija y publique las partes de las respuestas de su entrevistado que más le convienen o le gustan. Es un mal bastante común, aunque detestable, del periodismo actual.
   Mi estupor nace de nuestra amistad, de mis recuerdos sobre tu opinión en muchas conversaciones acerca de nuestra Habana, nuestra Cuba y sus circunstancias. Nace también mi asombro de saberte un profundo conocedor de la vida de nuestro pueblo, de considerarte un muy serio analista de la siempre convulsa y compleja realidad nacional de nuestra isla.
   De ahí que, y especialmente en los momentos actuales, me resulten superficiales, injustas, evasivas e incluso anacrónicas esas aseveraciones.
   Las considero, además, preocupantes, pues parece ser esa la tónica actual del discurso de nuestros colegas de la cultura. Y digo esto porque en los últimos días, con mayor insistencia luego de la visita de Obama, he leído, visto y escuchado puntos de vista similares en numerosas intervenciones de escritores, artistas e intelectuales de la isla (la mayoría de ellos disfrutando de eventos o estancias en Estados Unidos y otros países gracias al “intercambio cultural” y a los nuevos tiempos de relaciones del mundo con Cuba). Preocupan porque no son estos tiempos para discursos evasivos.
   Imagino que cuando dices que “poco a poco las cosas se van suavizando” en Cuba, te refieras a que hoy hay muchas más permisibilidades, sobre todo en nuestro entorno de la cultura. Pues si bien es cierto que aún hay casos bastante evidentes de represión intelectual y censura, las mordazas con las que el régimen tuvo controlados a los creadores durante décadas han aflojado bastante, como lo demuestra el simple hecho de que algunos colegas que antes sólo murmuraban sus críticas gubernamentales en la más profunda intimidad, hoy “se arriesgan” a hacerlas públicas en escenarios nacionales e internacionales, aunque con la serpéntica agudeza de no enjuiciar a los verdaderos culpables de nuestro desastre nacional.
   Como seguro recuerdas, a ti y a mí, nuestros vecinos de Centro Habana no nos consideraban escritores: “ustedes son de los nuestros”, nos decían, porque nos veían hacer las colas del pan, comprar ron clandestino, vender o comprar en el mercado negro cotidiano alguna que otra cosilla, sentarnos en short en las aceras a conversar con “los aseres del barrio”. ¿Realmente crees que para ellos también “las cosas se van suavizando”? Yo estoy forzadamente condenado a un destierro a miles de kilómetros de nuestras calles Perseverancia y San Lázaro, pero ni un sólo feedback de los cientos que recibo desde Cuba cada día me hacen pensar que hoy la vida es más suave. Todo lo contrario: la miseria es hoy mayor como demuestran las propias cifras oficiales del gobierno, de la oposición y de los organismos internacionales; el abismo entre quienes tienen mucho y quienes muy poco o nada tienen se ha triplicado desde que Raúl Castro comenzó sus reformas; el propio régimen reconoce en sus reuniones “exclusivas” previas al Congreso del Partido que la prostitución, la insalubridad, la depauperación habitacional, la corrupción administrativa son hoy problemas acuciantes, e incluso el estado de la salud, la educación y la seguridad social han sufrido claros retrocesos. Y aunque hoy pueda haber más timbiriches en la isla que permiten a unos pocos cubanos sobrevivir; aunque otros otros pocos se conecten a internet en los puntos wifi, etc., también las encuestas (y las simples conversaciones con los cubanos de a pie) indican que el mayor sueño de la mayoría es emigrar para escapar de la asfixia, como han hecho desde fines del 2015 más de 70 mil cubanos en el cuarto mayor éxodo migratorio en estos 57 años de castrismo. Y en este punto, como dato curioso y para aclarar más a qué me refiero cuando hablo de “evasivas”, recuerdo las intervenciones de tres colegas, que han disertado en universidades norteamericanas, y achacan exclusivamente este “exodo” al runrún de que se acabará la Ley de Ajuste Cubano, pero olvidan muy convenientemente aquella máxima: “Cuando un pueblo emigra, sus gobernantes sobran”, de una exactitud innegable, la haya dicho nuestro José Martí, como aseguran algunos, o Margaret Thatcher, como aparece en otras muchas fuentes.
   Cuando dices luego: “Hay que olvidar los rencores y los odios. Yo creo que hay que partir de cero y decir: de aquí, del presente, en adelante. Pero si te pones a pasar cuentas y a pasar facturas es la historia de nunca terminar”, me pregunto: ¿Quién insiste hoy en pasar factura?. El exilio cubano o los afectados económicamente por las leyes “revolucionarias” han cambiado mucho. No vale ya insistir con ese viejo fantasma de que los cubanos exiliados pedirán cuentas a quienes hoy ocupan sus ya irreconocibles e insalvables propiedades. Aunque ciertamente hay pequeños sectores de algún modo más anclados en esas ideas, los cubanos, durante estos 57 años, hemos demostrado, en ambas orillas y en muchas ocasiones, que llegado el momento estamos dispuestos a sentarnos a conversar, olvidando diferencias, con la vista puesta en reconstruir ese país ruinoso que el castrismo sigue empecinado en hundir más, pretendiendo ahora demostrar que “la Revolución” puede continuarse aplicando las leyes típicas del capitalismo que por décadas nos obligaron a combatir. Dejando a un lado que no es justo pedirle a nadie que olvide su dolor, sus muertos, sus vidas frustradas por culpa de un engendro totalitario como el impuesto por Fidel antes y ahora por Raúl, es injusto pedirle a los cubanos que olviden, que no pasen factura, que hagan borrón y cuenta nueva… simplemente porque la mayoría de nosotros (incluso muchas víctimas horrorosamente heridas) ya hemos demostrado que queremos hacerlo. A quien hay que decirle eso –no pedirle, exigirle– es a quienes nos hicieron el daño, a quienes no han pedido perdón por sus errores. Y esos tienen nombres y apellidos: Fidel y su camarilla hasta el 2006, Raúl y su cohorte de militares neocapitalistas, y esos herederos neocastristas que pretenden eternizarse asumiendo con cinismo el batón del poder y preparándose ya para sentarse en el trono o controlar el timón del gobierno desde la sombra.
   Las evidencias, querido Pedro Juan, son aplastantes: la inmensa mayoría de las opiniones del pueblo cubano (el de la isla y el exilio) que se escucharon antes, durante y tras la visita de Obama demuestra que la gente quiere perdonar, dialogar, unirse en las diferencias, tener la oportunidad de construir otro país. Y las únicas voces que siguen ancladas en el rencor, el odio, las divisiones del pasado son precisamente el gobierno de Raúl, sus voceros (esos usuales tontos útiles), la vergonzosa prensa (que insiste ahora mismo en seguir anunciando una guerra que ya Obama, en su cara, les ha dicho que no existe) y, aún peor, ese resucitado Fidel Castro cuya más reciente “reflexión”, que espero hayas leído, parece escrita desde una trinchera de La Habana en plena Crisis de los Misiles. ¿Crees que luego de tanto sufrimiento, de estar tan maniatados durante décadas, de tantas muertes, tanto destierro y tantas mordazas, los cubanos podríamos pronunciar esas absurdas afirmaciones que Fidel Castro cínicamente pone en nuestra boca, olvidando que él nunca, y mucho menos ahora, se ha ganado el derecho a hablar en nombre de nuestro pueblo? ¿Crees  que pedirá perdón y saldrá por su propia decisión de su atrincheramiento en el pasado, el odio y el rencor, alquien que es capaz de afirmar tan cínicamente: “No necesitamos que el imperio nos regale nada (…) Somos capaces de producir los alimentos y las riquezas materiales que necesitamos con el esfuerzo y la inteligencia de nuestro pueblo”?
   Tampoco, querido Pedro Juan, ha cambiado nada para bien en el tema de la libertad de opinion y el respeto a los Derechos Humanos. Sé que no eres un hombre apegado a las tecnologías e imagino que sigas sin acceso a internet, como cuando vivíamos en nuestra cuadra en Centro Habana. Sólo así puedo entender que digas que “las cosas se van suavizando. Es un proceso natural de modernización que también se va a ir produciendo, supongo yo, en las estructuras políticas y en las formas de dirigir la sociedad, de que haya más acceso de diferentes opiniones…”.
   En su discurso junto a Obama, Raúl Castro dejó claro que ellos entienden esos temas de un modo muy distinto. Prefieren reprimir, controlar, y por ello hoy sólo permiten aquellos discursos tímidos, nada peligrosos, y usualmente evasivos (es decir, que no apunten a su responsabilidad en el desastre político y económico de nuestra isla), pues así ofrecen al mundo una imagen de tolerancia y de apertura. Por ello, como demuestran los hechos que en miles de sitios de internet envían desde Cuba los opositores y miles de cubanos descontentos, creo que, además de la falta de información por no tener internet o no poder leer otra prensa, eres víctima de la propaganda engañosa del gobierno. O quizás tu vida ya no sea tan activa como años atrás, de modo que puedas verificar que la realidad es otra a la que pintas en esta respuesta. Basta ver la realidad del día a día en Cuba para darse cuenta de que las estructuras políticas siguen intactas en su atrincheramiento ideológico de tiempos de la Guerra Fría; para saber que la represión hoy es tres veces mayor que antes y que los métodos represivos contra la oposición son cada vez más descarados y públicos, pues Raúl ha visto cómo Estados Unidos, la Unión Europea y las instituciones internacionales han puesto a un lado ese tema priorizando los negocios con Cuba; para comprobar cómo, pese a esa represión, los opositores se organizan, se unen, se lanzan a las calles y crean programas que buscan que el pueblo redescubra su derecho a decidir el rumbo que quiere para su país.
   Pero te confieso, querido Pedro Juan, que lo que más me apena es que en todo ese proceso de silenciosa revuelta social, moral y de conciencia que vive hoy Cuba, nuestro gremio, como siempre, prefiere seguir mirándose el ombligo, prefiere acudir a eufemismos que disfracen sus miedos y preserven los ridículos espacios que el monopolio cultural del régimen les permite. ¿Hasta cuándo los intelectuales tendremos que esperar a que nos digan —”no es el momento todavía” (como te han dicho a ti con tu novela Trilogía sucia de La Habana y con la película El rey de La Habana), para que nuestras obras, nuestras opiniones y nuestro papel en la sociedad sea reconocido?
   Si es cierto, como dicen todos esos colegas, que ya se puede hablar, que ya se puede criticar, que ya es posible imponer un criterio diferente al oficial, ¿dónde está la postura unificada de nuestro gremio pidiendo que, de una vez, sea el terreno más propicio para la libertad de opiniones, la diferencia de criterios, el caldo de cultivo de un pensamiento social plural y dialogante que remueva las estructuras hoy arcaicas e ideologizadas que el castrismo ha impuesto a nuestra nación? Si es cierto que hay esa apertura en el terreno cultural: ¿por qué tienes que esperar tú, o Ángel Santiesteban, o Rafael Alcides, o incluso Leonardo Padura, a que un funcionario, bajo un criterio político absurdo, decida que “ya es tiempo” para publicar un libro o poner una película en un cine? No pido a ningún colega que se incinere como me incineré yo hace unos años. Hoy, según muchas visiones, “ya se puede”. Entonces, por sólo poner dos ejemplos de lo que mucho que habría que lograr, ¿dónde están las voces de nuestros colegas exigiendo que (ya que no hay dinero para publicarlos) se deje circular en Cuba los miles de títulos de todos esos autores que han convertido a la literatura y la cultura cubana de la diáspora en uno de los fenómenos más hermosos de resistencia cultural en todo el mundo?; o ¿por qué, al tiempo que disfrutan de los viajes, becas y premios a Estados Unidos mediante el “intercambio cultural” abierto por Obama, nuestros colegas del gremio no exigen al régimen que ese intercambio deje de ser en un sólo sentido y que profesores, escritores, artistas, cubanos de la diáspora o extranjeros que no comulgan con el régimen puedan “intercambiar” con instituciones en la isla?
   Yo también, como tú, quisiera que antes de morir se publiquen en Cuba todas esas novelas mías de la marginalidad social que escribí viviendo allá en tu mismo barrio y que fueron censuradas. Quisiera además que mis lectores cubanos, que por suerte son muchos aunque se vean forzados a leerme clandestinamente, puedan ver esas otras novelas que he ido publicando en estos 10 años de destierro. Pero si estoy insistiendo en que nuestro gremio ocupe de una vez el lugar que debiéramos tener en nuestra sociedad para exigir el cese del monopolio político sobre la cultura cubana, es porque no estoy dispuesto a que publicar en mi país sea una pose teatral del poder político para dar imagen de tolerancia o un “favor misericordioso” de quienes han censurado y siguen censurando hoy a centenares de escritores cubanos en la isla y en el exilio.
   Finalmente, querido Pedro Juan, pienso mucho en esa frase tuya: “Mi lucha continua ha sido escapar de la pobreza total. Y poco a poco se ha ido convirtiendo en el tema de mi obra. No lo escogí yo: fue la pobreza la que me escogió a mí“.
   Como tú dices, a nosotros nos escogió la pobreza, y sus terribles espacios han sido escenario, personaje y tema de nuestras obras. A tu respuesta yo añadiría que lo vergonzoso es que cinco décadas después la pobreza siga siendo nuestro tema en un sistema social que, supuestamente, debía eliminarla. Y aunque vivir diez años en la “locomotora” de Europa me ha llevado a otros asuntos para mis libros, aspiro a que la vida, alguna vez, en referencia a Cuba, me coloque ante otras historias, igual de humanas, aunque quizás no tan desgarradoras como esas de quienes durante 57 años se vieron obligados a vivir en la miseria, la marginalidad y la promiscuidad social en un país que el gobierno le vende al mundo como el paraíso. No quiero que la vida de mi pueblo siga estando signada por esa pobreza que, como muy bien dices, “siempre es sórdida, escatológica, morbosa, aplastante y preocupante”. Y por eso, y para eso, los cubanos debemos llamar de una vez a las cosas por su nombre. Y los intelectuales, que se supone seamos la voz de la sociedad, no podemos seguir mirándonos el ombligo y poniéndole etiquetas dulces a realidades tan duras.
   Espero recuerdes la solidez de nuestra amistad y sepas entender que aunque mis palabras suenen duras (las circunstancias actuales no están para medias tintas, repito), las escribo desde el respeto, la admiración y mi profunda convicción en el valor del diálogo.

(Si es que en verdad ya se puede hablar. Blog A Título Personal, abril 2016)

Monday, August 15, 2016

Gilberto Padilla Cárdenas vs. “Diálogo con mi sombra”, de Pedro Juan Gutiérrez

En esas aguas mansas, Diálogo con mi sombra —una auténtica joya del kitsch— luce bastante menos problemático. Uno descubre, por ejemplo, que Pedro Juan Gutiérrez es un pésimo entrevistador de sí mismo. Que se comporta como un obseso de su propia mitología. Que sus recuerdos de infancia son dignos de Conan el bárbaro: “Nos metíamos nadando, en unos canales inmensos, con mangle rojo en las orillas. Y por el lado de nosotros nadaban los caimanes y los manatíes”. Que es tal vez el narrador cubano vivo más leído por la gente que no lee ni el periódico. Que comenzó a escribir cuentos a los 44 años porque a esa edad ya era imposible hacer lo de Rimbaud —a los 19 años, con una precocidad genial, el poeta francés ya había escrito toda su obra—, pero todavía podía hacer lo de Anthony Burgess: triunfar después de los cuarenta. Que convierte las obviedades biológicas en genialidades de culebrón: “Yo, de adolescente, todavía no escribía, me masturbaba”. Que su perfil es exactamente igual al de Rubem Fonseca. Que escribe libros donde las cifras revelan más que las palabras. Que cinco de sus novelas cortan Centro Habana en pedacitos y la sirven en bandeja como un sushi. Que piensa y actúa como si el Premio Calendario no existiera: “No está bien publicar un libro a los veintitantos y después no saber qué más puedes escribir porque no tienes experiencia vital, simplemente”. Que se dice a sí mismo todas las noches: no soy un escritor de best seller, no soy un escritor de best seller, “soy un long seller”. Que tal vez Pedro Juan sea el más perfecto publicista de sí mismo (“Escribo desde la experiencia personal. De un modo exhibicionista. Es un striptease. Me desnudo ante el lector. Y lo seduzco”). Y que cada cierto tiempo, siguiendo una gramática misteriosa, utiliza la interjección “uff” —toda una visión de un escritor adulto.
   Pero —alerta de spoiler—, a diferencia de James Ellroy (que investiga y recrea en My Dark Places, sin ocultar nada, los últimos días de vida de su madre violada y estrangulada en 1958 y cuyo asesino jamás fue descubierto), de Roman Polanski (que narra en Roman by Polanski cómo un buen día recibió la noticia de que su mujer, la actriz y modelo estadounidense Sharon Tate, había sido salvajemente apuñalada —16 veces— y colgada del techo —a dos semanas de dar a luz— por acólitos de Charles Manson), de Paul Auster (que escribió La invención de la soledad para desentrañar el supuesto suicidio de su abuelo paterno, Harry Auster, asesinado, ni más ni menos, que por su propia abuela), a Pedro Juan Gutiérrez no le ocurre absolutamente nada en Diálogo con mi sombra. Es aburridísimo. Un autobombo espeluznante. No es que haya que sugerir de paso que fracasar, morir asesinado o ser adicto es la opción más literaria de todas, pero lo más emocionante que hace Pedro Juan es llevar la estadística de su propia obra y tener sexo con superabuelas de 80 años.
   Si algo queda claro después de leer Diálogo con mi sombra, es que Pedro Juan Gutiérrez no es Charles Bukowski —que inventó dos tercios del llamado dirty realism—, y que ni siquiera es Pedro Lemebel, a pesar de intentarlo con muchas ganas en la portada. (Basta ver las cubiertas de los libros cubanos para saber de qué va cada una de nuestras editoriales. A la rápida: Letras Cubanas lucha, preferiblemente, por medio de artistas plásticos muertos o en decadencia; Arte y Literatura hace usos dudosos o impresentables del photoshop; en la José Martí campea el mal gusto; Tablas Alarcos prueba con los colores estridentes; Unión usa todos los anteriores y no se decide por ninguno.) Pedro Juan Gutiérrez juega así, en el libro, a enturbiarse más que aclararse. Como en aquella película de Christopher Nolan, Inception, con un argumento tan inextricable que los personajes tenían que detener la acción para explicar que todo se trataba de un sueño dentro de otro sueño, en Diálogo con mi sombra leemos cosas como esta: “Estoy conviviendo con Pedro Juan desde septiembre de 1994, cuando, juntos, empezamos a escribir Trilogía sucia de La Habana […] No somos amigos, ni hermanos, ni amantes, ni compañeros de viaje, ni colegas de esquizofrenia. No. Yo soy yo. Y él es mi sombra. […] Y además, ha encontrado su propia sombra: John Snake. […] Pedro Juan Gutiérrez tiene su sombra, que es Pedro Juan y este engendró su propia sombra que es John Snake”. Sentarse para comprenderlo. El Bukowski tropical —así lo bautizó un editor español— se vende como laberinto, pero en realidad es una línea recta.
   La idea es corrosiva, pero creo que Pedro Juan Gutiérrez es el último exponente de un modelo de literatura cubana que está agotado como género; cierta literatura cardinalmente habanera, donde la única fuerza de gravedad es la necesidad; esa clase de narrativa hiperrealista que fue un boom hace veinte o veinticinco años, quedando por estos días —con la venia de las editoriales extranjeras— congelada como un artefacto de época. Ficciones —ahora sin riesgo— que alguna vez necesitamos para construirnos una imagen de país terminal. Y si Trilogía… es un libro del hambre (“Me quedé solo […]. Sin muebles, sin dinero, sin comida, sin nada”), Diálogo con mi sombra está escrito con el estómago lleno: “Lo cierto es que cada vez me alejo más de ese caribeño insoportable, machista y grosero. Y me acerco más a los otros dos [Pedro Juan]. El sofisticado y el místico ganan espacio”.
   Para terminar, la sensación extraña de que Pedro Juan Gutiérrez es un exoesqueleto armado con lugares comunes, párrafos repetidos, algo de porno; un tipo que suda historias; que no puede dejar de narrarse, como si ese fuera su único destino: ser persona o personaje, encarnarse en ficción, hacerse mentira.
   Confesión: a pesar de todo, uno disfruta Diálogo con mi sombra —porque es un libro engreído, tremendista y lo suficientemente ridículo como para pasar un buen rato—, del mismo modo que disfruta las malas películas de terror.

(La biopausia. Revista El Estornudo, abril 2016)

Wednesday, July 6, 2016

Roberto Madrigal vs. Leonardo Padura y Pedro Juan Gutiérrez

Por otra parte el flamante Premio Princesa de Asturias, Leonardo Padura, se presenta en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara y dice que los problemas económicos han limitado la creatividad de los escritores cubanos. ¿Qué es lo que temen? ¿Qué se les acabe el salario de la UNEAC, que ya no resuelva casi nada? Buscan garantizar el apoyo institucional, al menos para buscarse los dólares en el extranjero. Padura y Pedro Juan Gutiérrez, quienes aseguran que jamás les han cambiado una coma en sus obras, no padecen de ese problema. Han reunido bastante dinero porque se les ha permitido publicar en el extranjero a cambio de decir sandeces como esas y otras más.

(La tozuda y morbosa vocación de servilismo de los intelectuales cubanos. Blog Diletante sin causa, diciembre 2015)

Monday, February 15, 2016

Carlos M. Alvarez vs. Barnet, Pedro Juan Gutiérrez, y de paso nos vende a Oscar Cruz, poeta manchado de durofrío

Oscar Cruz es, cómo decirlo, el guapo de la poesía cubana. Cualquiera que lea La Maestranza, su último poemario, lo puede comprobar. Con esto no quiero decir que haya habido guapos anteriores y que OC sea el más guapo entre los guapos, es decir, que viene a coronar una tradición, sino que nunca ha habido ninguno y que lo que OC ha hecho es justamente ensanchar las fronteras: permitir que la poesía cubana entre finalmente a un salón que la inmensa mayoría de nuestros poetas ha ninguneado, y que, por otra parte, los pocos que lo han querido abrir, se han topado con que esa puerta no cede por fuera.
   Porque Oscar Cruz está dentro, por supuesto, y esa es la diferencia. Quizás habría que escarbar un poco –Martí, por ejemplo, me parece que tiene lo suyo, o Manzano el esclavo, y su soneto Treinta años– pero no recuerdo ningún caso supremo dentro de la tradición literaria cubana de poeta enojado, de poeta rabioso, pero no rabioso cualquiera, que los hay, sino rabioso fajarín, con la camisa rota, manchada de durofrío, los puños en alto, el labio inferior partido y sangrando.
   Está la barata bravuconería ideológica de muchos conversacionalistas, que le plantaban cara al imperialismo no como si el imperialismo arrasara pueblos, sino como si les hubiera levantado la mujer, o está Barnet, que dice que todos nos vayamos a la mierda, que él está ocupado empujando un país (¿qué pasa?, ¿no arranca el motor?, ¿hay alguien al timón?, ¿o Barnet está empujando un carro que nadie maneja?). Pero nada de esto, como se sabe, es poesía.
   Están esos poemas breves de Pedro Juan Gutiérrez, que pululan por la red, que cualquiera ha leído, y que no los traigo a cuento precisamente por su calidad, sino porque nos ayudan a nombrar por aproximación, ya que todos tenemos una idea más o menos hecha de quién es o qué hace Pedro Juan. Demostrado. Es el típico farfullero. Que no tira un piñazo, que no le da una puñalada a nadie. Que mira desde la ventana de su casa en Centro Habana lo que ocurre en Galeano o en Virtudes y luego va a Miramar o a 17 y H y lo cuenta como si él hubiera sido el protagonista, y los modositos, asustados, se lo creen.

(Un duro de matar. OnCuba magazine, febrero 2015)