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Wednesday, April 15, 2020

Gilberto Padilla Cárdenas sobre la Generación 0 (2)


Ay, como ven todo esto de la Generación Cero resulta apestosamente romántico: un grupo de escritores que saben que no van a vender más de cincuenta ejemplares —a pesar de intentarlo con muchas ganas— y algunas editoriales que no tienen empacho en publicarlos. Por ejemplo, Abril, Ediciones Loynaz, Extramuros, Unicornio, Oriente, Ediciones Matanzas, etc.: que levanten la mano aquellos que hayan comprado alguna vez un libro de Extramuros. Pues eso. Ya sabemos que las editoriales cubanas son como el Titanic, con la diferencia de que aquí nadie huye, todos siguen y siguen publicando, aunque el barco se hunda.
   Pero necesito unos segundos de reflexión para tratar de explicarles qué diablos pasa con los narradores de la Generación Cero y por qué muchos de sus libros me parecen de una ridiculez inenarrable. Digamos para empezar que se trata de textos que no tienen o no conducen al clímax. O como también se le conoce en el CENESEX: “templar sin venirse”.
   Lo de la Generación Cero es la narrativa tántrica.                                                                 
   “Hay que recordar que la meta del sexo tántrico”, advierte Wikipedia, “no es la eyaculación o el orgasmo, sino potenciar los sentidos mediante besos, caricias y miraditas para que fluya la energía sexual”. Les voy a explicar cómo funciona esto: no funciona. Como dar clases de yoga con una cabra.
   Sin embargo, la crítica literaria cubana lee libros que te empujan a la llamada “eyaculación interior” y cree —salvo raras excepciones: Atilio Caballero (“La Cuban X Generation según Osdany Morales”), por ejemplo— que no hay nada que decir al respecto. No lo comentan Walfrido Dorta & Mónica Simal en su dossier para la Revista Letral; no lo menciona Duanel Díaz en Una literatura sin cualidades; Caridad Tamayo cacheó más de cincuenta escritores cubanos “nacidos a partir de 1977, es decir, de hasta treinta y cinco años” a la hora de preparar Como raíles de punta, y sobre esto ni pío; ni siquiera lo apuntan las yumas Emily A. Maguire y Rachel Price; tampoco dice nada Pardo Lazo en su prólogo, ni una sola palabra sobre no eyacular.
   Me he imaginado a un lector de Cuba in Splinters yendo a por las novelas de la Generación Cero, buscando esa “nuevarrativa” que dice el otro, y encontrándose lo de eyacular en la mente. ¿Qué pensará ese lector? ¿Que la literatura cubana es esta bonhomía?
   El caso es que me puse a buscar en mi biblioteca, con aquellos comentarios y estas reflexiones en la cabeza, un término más adecuado para describir buena parte de la narrativa cubana contemporánea. Un término mejor que aquello de “narrativa tántrica”. Se me ocurrió enseguida la palabra “posdrama”. ¿Qué es el posdrama? Pues si pensamos en una novela como si fuese una maleta (“¿Cómo sabemos lo que tenemos que meter en una maleta?”, apunta David Mamet en Verdadero y falso, “La respuesta es: depende de adónde tengamos que ir”), lo posdramático consiste en narrar todo aquello que no está en función del viaje; lo que dejamos fuera…
   Era eso, en efecto, una literatura jodidamente sinflictiva, inargumental, que no va de nada —más dietario abierto que otra cosa— y que apenas se puede subrayar. Una literatura de escenas, no de argumentos, como un praxinoscopio roto. Porque lo posdramático no aporta nada al panorama literario cubano, al menos no en la Generación Cero; nada que no se pueda describir con palabras como “fracaso”, “aburrimiento”, y, por supuesto, “mediocridad”. Solo entonces es posible entender por qué los narradores cubanos consiguen plata más fácilmente agitando una lata vacía en la puerta del baño de hombres del Sauce, que publicando libros; cuando luego es imposible decir de qué se tratan.
   Qué rompecabezas, ¿no?
   Supongamos que en el siglo XX cubano la novela alcanzó la perfección. Era así como debía hacerse una novela. Capítulos y partes, descripciones y atención a los detalles, casi siempre un narrador en tercera persona que se deja llevar por el estilo indirecto libre; planteamiento-nudo-desenlace, generalmente pocos diálogos y un final climático. Alejo Carpentier, en suma.
   Ahora bien, llega el nuevo milenio. Rostros nuevos entran en escena. Publican libros. Pero, ¿cómo diferenciar a un escritor de la Generación Cero, ya que estamos, de Alejo Carpentier, si ambos tuviesen que narrar la misma fiesta? Carpentier se ocuparía de la fiesta en sí: el ambiente y la música, del ecosistema de la farándula, con los más elaborados protocolos: “de plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados; de plata los platos fruteros, de tres bandejas redondas, coronadas por una granada de plata; de plata los jarros de vino amartillados por los trabajadores de la plata; de plata los platos pescaderos con su pargo de plata hinchado sobre un entrelazamiento de algas…”, algo por el estilo. Un narrador de la Generación Cero, en cambio, narraría no la fiesta en sí, sino cómo se preparó para el dichoso party: los preliminares. Todo ello entreverado con el relato de sí mismo.
   Personalmente, no puedo ya más con tanta gente en Cuba hablando de sí misma. No puedo más con esos personajes que se llaman como el autor, ni con esos cameos generacionales en los libros. Esto ha llevado a que existan novelas cubanas donde la auténtica trama emula la estructura dramática del “Amigo secreto”. Ejemplo al azar: en Papyrus (Osdany Morales) hay cameos de Jorge Enrique Lage y Raúl Flores; en El color de la sangre diluida (Jorge Enrique Lage) asoma la cabeza Adriana Zamora; en Días de entrenamiento (Ahmel Echevarría) sale Orlando Luis Pardo Lazo; en No sabe/ No contesta (Legna Rodríguez Iglesias) entra Jamila Medina; Oscar Cruz y José Ramón Sánchez también se han dado palmaditas de un libro a otro… y que pase el que sigue. Nunca antes las letras cubanas fueron tan claramente un patio de colegio.
   Los libros de esta época son como el juego de las sillas musicales, que se dejó de jugar cuando un puñado de nombres se largó del país, otros ocuparon escaños en la institucionalidad, y un grupo menor se convenció de lo patético de esa conflagración y decidió que con ellos se terminaba la melodía.
   Ahora la Generación Cero lo que celebra es el día del Egresado.
   Los rasgos de esta autoficción narrativa son muchos:
   1) El uso de “lo cubano” como impedimento. Si estos autores fueran de Chicago o de Roma, tendrían más traducciones que ahora lectores. Pero los pobres son de Lawton, de Oriente, de Mayabeque…
   2) ¡Sacar a tu novia por su nombre de pila!
   3) Hacer un crucigrama con tu vida y la de tus amigos.
   4) Ordenar la historia de la literatura cubana de tal modo que la propia obra se vuelva inevitable. Porque ninguno de estos narradores de la Generación Cero tiene demasiados problemas en buscarse abuelo en Guillermo Cabrera Infante, tío en Guillermo Rosales, fratría en Reinaldo Arenas.
   5) Transformar cualquier verbo de acción en tinglado egomaníaco, en fin, en esa tontería que hoy se resume en un selfie.
   Cry me a river!
   Me he imaginado en el futuro perdido dentro de una librería buscando un libro cubano, un poemario o una novela minoritaria; me he imaginado recurriendo al librero para localizarlo, y que me diga, después de cubrir con un ademán medio establecimiento: “Todo esto es Generación Cero, el resto es literatura”.

(Con dos que se quieran… ya tenemos Generación Cero, Hypermedia Magazine, enero 2020)

Monday, March 30, 2020

Javier Marimón vs. la Generación 0


Así en seco yo no me leería un ensayo sobre la Generación Cero (si es que por fin eso existe) ni amarrado; primero, porque excepto algún que otro nombre este grupo generacional really really (2 veces) sucks poéticamente hablando, y luego porque la crítica cubana se baja con esos bodrios filológicos aburridos que no hay quien se espante. Como grupo generacional estimo que solo es merecedor de un párrafo, uno breve, para decir que en Cuba existe o existió un grupo tal de personas que escribían lo que ellos pensaban que era poesía, pero en verdad no iba por ahí la cosa. Diablos, a mí me daría verguenza que me asociaran a este grupo, pero ese soy yo, parece que a la gente le gusta eso de pertenecer.

(publicado en la red, diciembre 2019)

Tuesday, December 17, 2019

Gilberto Padilla Cárdenas sobre la Generación Cero


Pero fue debajo del mosquitero cuando me di cuenta de que para entender la lógica de las generaciones literarias en Cuba, lo más recomendable es olvidarse de todos esos libros insubrayables, de la catarata de antologías; incluso de José Antonio Portuondo (La historia y las generaciones), y ver Animal Planet.
   “¿Qué hacen esos murciélagos?”, pregunta la enfermera de turno, señalando dos animales que parecen estar besándose en una especie de parodia a lo Disney del cortejo humano.
   “Son murciélagos vampiros”, le digo como si estuviera entrecomillado, “uno de ellos está regurgitando sangre dentro de la garganta del otro”.
   “¡Aj! Ojalá no hubiera preguntado”.  
   “Cuando los murciélagos vampiros vuelven de una noche fuera”, dice la voz en off de Morgan Freeman desde el fondo del televisor, “el que ha tenido suerte comparte a veces su cena ambulante con los que están en ayunas. A primera vista parece altruismo, pero un murciélago ahíto solo comparte la sangre con otro con el que tiene un acuerdo recíproco para el caso de que las circunstancias se invirtieran, por lo que en realidad es una estrategia de supervivencia”.
   ¿Acaso no es esta la lógica de la Generación Cero? Ahmel Echevarría regurgitando sangre en la garganta de Dazra Novak; Orlando Luis Pardo Lazo regurgitando sangre sobre sí mismo; Legna Rodríguez Iglesias regurgitando sangre en la garganta de Jamila Medina; Jorge Enrique Lage regurgitando en la garganta de Osdany Morales; Raúl Flores en la garganta de Michel Encinosa; Lizabel Mónica en la garganta de Lia Villares; Oscar Cruz en la de José Ramón Sánchez, Abel Fernández-Larrea en la de…, y así sucesivamente como un poema de Gertrude Stein o un reguetón bellaco.
   (Esta columna no va de eso, pero qué jodido es ser murciélago: defecas bocabajo; solo puedes follar seis semanas al año; toda la colonia entra en celo al mismo tiempo; a las hembras solo les interesa una cosa: tu esperma. Tienen una especie de truco ginecológico para mantenerlo dentro de sus vísceras hasta el momento en que quieren quedarse preñadas. Entonces se van a una cueva semillero en algún lugar caliente —donde solo se permite la entrada a las hembras— para tener sus crías. Su índice de mortalidad infantil es una vergüenza).
   Apelar a la estrategia generacional —en un país que supone que cualquier manuscrito encontrado de Lezama, escrito cuando tenía 13 años, es más interesante que lo que sea que tú y tus amigos publiquen—, le ha dado resultado a esta (de)generación de autores.
   Algo tenían que inventarse, porque ya se sabe que las editoriales cubanas —pastoreadas por el Estado— hacen una especie de coaching insoportable, el coaching de un país que no deja de recordarte lo mal que está el resto del mundo. El Estado cubano es como ese coach motivacional que te dice: “Lo creas o no, eres un escritor con suerte. A tus treinta años te has librado de sufrir las consecuencias del capitalismo salvaje, del mercado, de los contratos denigrantes que firman miles de escritores, de tener dos y tres trabajos nada literarios para sobrevivir; a tus treinta años, además…”, y te sacan un montón de cosas absurdas: la necrofilia, hemorroides, el labio leporino… “Lo creas o no, eres un escritor con suerte porque te has librado de todas esas cosas que hacen a los escritores de otros países desdichados, insatisfechos, quebrados, desesperados…”, aunque no vacilas ni un instante en considerarte a ti mismo un tipo desdichado, insatisfecho, quebrado y desesperado…
   Por cierto, en el prólogo de Cuba in Splinters, Orlando Luis Pardo Lazo narra todo esto que ni Spielberg en Salvar al soldado Ryan.
   Fue debajo del mosquitero cuando me di cuenta de que muchos exponentes de la Generación Cero creen que tienen una obra, pero todo lo que tienen son currículos. Esto   —que sus currículos parecen expedientes de la EIDE Mártires de Barbados— lo pueden comprobar ustedes mismos: Primer Premio de Gimnasia Rítmica, Accésit de Ajedrez, Mención Especial en Nado Sincronizado…, leemos en los expedientes de los deportistas. Primer Premio de Poesía Corcel de Fuego, Accésit El dinosaurio, Mención Especial en el Concurso Internacional de Cartas de Amor Escribanía Dollz…, leemos en las hojas de vida de nuestros escritores.
   ¿Qué tiene que ver una mención en el Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas con la literatura? Nada en absoluto.    
   Hablemos claro: en la nómina de la Generación Cero hay algunos autores —ya ni tan jóvenes ni tan “jóvenas”, como diría Nicolás Maduro— a los que, creo yo, parecía que les gustaba leer, y no sé por qué se impone que si te gusta leer tienes que escribir. ¿Qué relaciona una cosa con otra? A mí me encanta dormir y no por eso me pongo a hacer una cama.
   Cuánto se echa de menos en Cuba aquel concepto que acuñara Cyril Connolly en los años cuarenta del siglo XX: la menopausia del escritor. Era aquello de que un autor podía empezar con grandes ambiciones, con la aspiración atolondrada de hacerle sombra al mismísimo Shakespeare, pero que siempre llegaba un momento en el que tenía que reconocer que su talento no daba para más. Que la historia de la literatura cubana, por ejemplo, no va a cambiar por él.
   Se pueden leer muchos eufemismos sobre la Generación Cero: que si es una “literatura sin cualidades”, que si “nuevarrativa”, que si se trata de una “literatura menor”, de escritores “inadvertentes”, que lo suyo es “no mostrarse como inscripción sino como textualidad efímera”…, pero ¿a qué viene tanta levadura semántica? ¿Se puede reunir más épica de la nomenclatura (“cero”) en una sola palabra? O, dicho de otro modo: ¿se puede acertar más que con Generación Cero? A mí la etiqueta “Generación Cero” —alternativa apocopada del otrora “Generación Año Cero”— me pareció siempre algo más que una declaración de principios o de musculación, puede que sea incluso una petición de benevolencia.
   Seamos benévolos, porque que con la Generación Cero todo es literatura. Oye, ¡todo es literatura cubana! Mi iPhone es literatura, mi Instagram es literatura, mi teta y mi pubis depilado son literatura, mi pene es superliterario, mis preferencias sexuales son literatura, mi disidencia…
   Pero me desvío. Otro dato curioso sobre la tradición literaria cubana, que también aprendí de Animal Planet, es que los koalas recién nacidos se comen las heces de sus madres porque sus intestinos no están preparados para digerir las ramas del eucalipto; hasta que la bacteria que descompone el eucalipto no está firmemente instalada en el cuerpo del bebé, su madre le prepara potitos con su mierda. Es decir, que el koala se desarrolla y se prepara para enfrentarse a su nueva vida comiendo la mierda de su progenitora. No se me ocurre nada mejor para describir el presente de esta Generación en la Isla.
   Las próximas “Maquinaciones”, al igual que el libro de Mark Oliver Everett (Things the Grandchildren Should Know), estarán escritas en plan: “Cosas que los nietos deberían saber sobre la Generación Cero cubana”.
   Literatura —como dirían Residente & Bad Bunny— bien, bien bellacosa.

(La Generación Cero y la mierda de los koalas. Hypermedia Magazine, diciembre 2019)

Monday, December 19, 2016

Yoandy Cabrera vs. “Distintos modos de evitar a un poeta”, antología preparada por Lizabel Mónica

Hay una serie de líneas temáticas, poéticas, escriturales vivas hoy mismo en Cuba que no aparecen en las muestras o en  lo que supuestamente el concepto “generación cero” abarca. Esa parcialidad apunta más a grupo e impide que podamos hablar de generación, pues, como argumenta el poeta Michael H. Miranda, en “la antología Distintos modos de evitar a un poeta, preparada por Lizabel Mónica […] lo que leemos creo todavía no alcanza para definirlo como generación”.
   En el prólogo de Lizabel Mónica a su propuesta de antología (titulada Distintos modos de evitar a un poeta), la propia autora afirma que dicha “antología recoge piezas de los exponentes más notables de entre los poetas jóvenes que comenzaron a publicar a partir del año 2000” (Mónica 6), exponentes más notables entre los que la propia autora se incluye. Semejante afirmación tan rotunda no cuenta con la justificación analítica necesaria en el difuso texto de Mónica. La yuxtaposición de autores en un volumen que no llega a justificarse crítica ni conceptualmente es el resultado de una ya larga tradición en el ámbito insular de acumular textos y nombres sin exponer o justificar consecuente y coherentemente la muestra.
   Falta ese grupo de estudiosos que vaya más allá de lo que repiten dos o tres autores y encuentren, dentro del cúmulo de publicaciones del momento, las líneas temáticas y formales que caracterizan a la lírica cubana escrita entre 1990 y el presente, y que no se conformen con los catálogos casi interminables que desde hace lustros las editoriales cubanas suelen presentar.
(…)
   Las antologías que recogen a los poetas nacidos en la isla a partir de 1970 son más bien catálogos interminables donde no se persigue en absoluto la emisión de un criterio, de una línea temática o investigativa, sino más bien incluir indiscriminadamente a todo aquel que escriba versos y haya nacido en cualquier rincón de la isla. Ha faltado la selección representativa, el análisis, la decantación y en general sigue siendo esta una carencia.
(…)
   El volumen Distintos modos… (que no llega a ser siquiera una antología orgánica ni una propuesta funcional en tanto libro) pudo haber sido “ese gesto”, pero no lo fue. No es cierto que estos autores “permanecen al margen de revistas oficiales y medios de prensa” (según Mónica en la entrevista de Enrisco) ni que los narradores antologados por Orlando Luis Pardo Lazo en Nuevarrativa de la literatura cubana e-mergente sean unos “expulsados o auto-excluidos de algunas instituciones cubanas según sus bizarras biografías”, como asegura Pardo Lazo en su prólogo; todo lo contrario, muchos de ellos aparecen de forma continua y reiterada en las publicaciones periódicas cubanas, que además se hacen eco de sus premios y sus presentaciones. Que sea esta una muestra de “los que han escrito algo en la última pena que valga la pena recordar” no se demuestra con los argumentos contradictorios de Lizabel Mónica. Una afirmación como esta parece más bien apresurada, pueril e imprudente. En realidad, al leer el texto que debió funcionar como prólogo, uno tiene la impresión de que, en lugar de los autores de la muestra, Mónica se refiere a la “generación” que ella desearía o que imagina para el futuro.
(…)
   Aunque algunos estudiosos como Walfrido Dorta declaran que no les interesa el aparataje crítico que se mueve alrededor de estas antologías, a mí sí me preocupa, sin embargo, el modo en que las selecciones son presentadas y explicadas. No por saber quiénes o por qué aparecen o no, algo que a estas alturas considero secundario; sino para constatar hasta qué punto el criterio del antologador se relaciona con su selección. Sigo creyendo que  la principal limitación de estas antologías y muestrarios es querer hacer creer que es una generación lo que es o persigue ser un grupo, o que estos autores son los más representativos de los últimos veinte años (Mónica 6). Esas no me parecen estrategias de promoción válidas ni dignas de tomar en cuenta, en tanto faltan a la verdad y desvirtúan una realidad poética que desborda los gustos y los intereses de unos cuantos. Generalizar toda una promoción en dos o tres características de unos cuantos y reducirlas a “una literatura que se acerca a los nuevos medios” (Mónica 8) sin tener en cuenta la amplísima variedad de intereses formales y conceptuales en el ámbito escritural cubano no me parece un procedimiento analítico atendible, más bien es ese un gesto totalitarista que refleja el mismo totalitarismo que combate.
(…)
   Por otra parte, aglutinar “a los autores, a sus miembros no por edad sino por el año en que estos empiezan a publicar: el 2000” (Mónica en entrevista de Enrisco) es una justificación poco convincente, pues sin duda puede haber y hay autores que comenzaron a publicar en los años noventa y que se relacionan con los que publican a partir del año 2000 tanto formal como temáticamente y de ese modo quedan fuera. Un ejemplo más que ilustrativo de exclusión  por haber publicado su primer poemario en los noventa y no después de 2000 es Javier Marimón, con una fuerte presencia lírica en medios digitales como Facebook, en donde ha publicado directamente muchos de los textos de dos de sus libros en proceso de creación (uno de pequeñas prosas llamadas sinalectas y otro de poemas breves). Marimón explica que “absolutamente todo lo que he escrito en más de un año ha sido escrito directamente en Facebook, a veces los guardo en drafts y los termino luego”. El escritor cubano radicado en Puerto Rico confiesa que “en su casi totalidad los poemas se escriben en el momento” y, gracias a la posibilidad de edición de los post y comentarios en Facebook, “siempre edito los textos una vez publicados, varias veces incluso”. Al pasar unos meses, “recopilo entonces desde Facebook todos los textos y los pego en un documento de word, y a veces los edito de nuevo un poco si es necesario. Así que el proceso es como al revés”. No tener en cuenta a un poeta como Marimón en un análisis poético que priorice lo visual y los mass media dentro del ámbito cubano actual por haber publicado su primer libro antes de 2000 no es nada producente.
   La otra contradicción sustancial que encuentro al confundirse generación con grupo es que se pueda interpretar que dentro de toda una generación “en algún punto de sus meteóricas carreras se han llamado a sí mismos así: Generación Año Cero. Siendo un fenómeno ante todo urbano” (Pardo Lazo en su “Prólogo”). Esta confusión se aclara (o continúa) cuando Jamila Medina se distancia de las posturas que hemos señalado y se refiere a los “años cero” (y no a generación o a grupo) diciendo que no cree “en r/de-generaciones sino en estados poéticos” (Medina 12), además de considerar el fenómeno literario desde los noventa hasta el presente de alcance nacional, diaspórico, sin límites geográficos tampoco (Encinosa) y no “ante todo urbano”, como afirma Pardo Lazo.
   Lizabel Mónica insiste una y otra vez en la importancia de los mass media y su influencia en la literatura cubana actual, y llega a decir que “en los últimos diez años [2002-2012] los jóvenes cubanos han estado expuestos a las mismas referencias globales a que han estado expuestos los jóvenes en otros lugares del planeta” (Mónica 9), a lo que un autor que se encuentra dentro de los antologados como Michael H. Miranda acota: “¿cómo hablar de lo post-mediático en los casos de poetas que viven en el oriente de la Isla en una condición pre-mediática? ¿Y de lo digital, si no se tiene acceso a una computadora o un teléfono celular todavía, no digo ya a un kindle?” Este es un ejemplo del divorcio que evidencio entre algunos de los propósitos programáticos de Lizabel Mónica para hablar del “cansancio de la poesía” y tender a una supuesta hibridez performática entre las distintas artes, que para nada es hoy mismo generalizada en Cuba.
   Michael H. Miranda, además, menciona (con respecto al grupo que pretende englobar el término “generación cero”) que “en cuanto a los peligros, el principal es lo que deja fuera, lo que no se acomoda a los presupuestos fijados y queda en un no-lugar cuando esa propuesta de generación intenta ser canónica. Y el otro es las generalizaciones que terminan entrando en contradicción con los rasgos de esa generación.”
   Las posturas generales de la crítica ante la nomenclatura que debatimos son esencialmente (1) asumir el término “generación cero” sin cuestionarlo o definirlo previamente y, por tanto, sin saber a ciencia cierta a qué se refieren (pues ni los antologadores ni los autores lo tienen claro); o (2) desestimar toda taxonomía y dedicarse a analizar a los autores jóvenes cuyas obras recientes les parecen valederas por sus planteamientos y sus contenidos.
   Pero en cuanto a la taxonomía, creo que los textos de Jamila Medina y Yanelys Encinosa (ya citados) son capitales. En el primer caso, por hacer un amplio y a la vez rápido repaso a las diferentes líneas temáticas y formales de la poesía cubana de los últimos años, y en el segundo por cuestionar la existencia de una “generación cero” con argumentos detenidamente razonados y por dedicarse más bien, no a limitar sectariamente un amplísimo panorama, sino a tratar de establecer un diálogo intergeneracional y a detectar los grandes núcleos de interés de los autores que han comenzado a publicar en las últimas décadas en Cuba.
   La  conclusión a la que personalmente he podido llegar al entrevistar a algunos de los autores que suelen ser englobados en este rubro y al leer los prólogos y paratextos más o menos programáticos que abordan el término “generación cero”, es que no se trata de una generación (si somos rigurosos al utilizar los términos) sino más bien de un grupo hecho a partir de afinidades formales, temáticas o arbitrarias a partir de los propios gustos de los antologadores o con el propósito de dar a conocer fuera de Cuba a una serie de autores que consideran merecen reconocimiento y lectura. Un grupo, eso sí, cuyos integrantes a veces no se identifican como parte del mismo, o les da igual pertenecer o no a él, o consideran los asuntos generacionales “bobadas” y “tonterías”. Quizá, como ha sucedido con el grupo Orígenes, dentro de algunas décadas se utilice el término para hablar de una supuesta y hoy cuestionable “generación cero”, pero actualmente, a partir de lo que piensan los autores y lo que argumentan los prologuistas, el uso del término es ambiguo y difuso, se refiere tanto a un supuesto grupo de autores y amigos (según Pardo Lazo, Amhel Echevarría, entre otros) como a una serie amplísima de “estados poéticos” en época de descentralización y desclasificaciones (según Encinosa y Medina). Estas últimas autoras, cuando quieren dar una mirada panorámica, inclusiva y más amplia de la literatura cubana escrita en las dos últimas décadas se alejan y evitan el término “generación cero”, prefieren hablar de “naturaleza inasible: una fractura que rechaza ser mirada como composición” (Medina 13) o de “multiplicidad” en “sus atmósferas y ambientes, que [de] las definiciones claras de sus actores” (Encinosa).
   La amplia comunidad de autores cubanos pretende indagar, buscar caminos, transitar viejas y nuevas vías, expresarse de distintos modos. No dan nada por encontrado, por absoluto, por verdadero. La propia historia como constructo, su canto mítico, las supuestas “verdades” que en los sesenta parecían incuestionables han caído solas, una a una. Y entre los escombros se mueven, nos movemos, revisamos, cada uno de forma individual muchas veces, dentro y fuera del país. Pues, como asegura el poeta Michael H. Miranda, “la dispersión es completa e in crescendo”.

(Sobre exégesis y “años cero”: distintos modos de evitar el rigor. Blog El Jardín de Academos, febrero 2016)

Monday, March 7, 2016

Víctor Manuel Domínguez vs. la antología “Generación Año Cero”

Según un artículo publicado por Luis Leonel León bajo el título Nueva narrativa cubana: una antología de literatura emergente, por primera vez escritores cubanos marginados se publican fuera de la Isla. Esto está muy lejos de la realidad.
   De acuerdo a la entrevista realizada a Orlando Luis Pardo Lazo, escritor, fotógrafo y editor de Generación Año Cero (antología impresa por Sampsonia Way Magazine –City of Asylum/Pittsburgh), dicha compilación es atípica por dos razones: la presencia de autores no oficialistas que residen en su país y de cuentos que el lector cubano no conoce.
   Asimismo, agrega que la mayoría de los autores compilados ha visto sus obras mutiladas, o, como el editor –Pardo Lazo–, están perennemente censurados por sus actividades disidentes. “Otros se autocensuran y no pierden el tiempo de entregarlas a editoriales nacionales, pues los límites de la tolerancia oficial son estrechos y macabros”.
   Sin embargo, Pardo Lazo fue ganador del Premio La Gaceta de Cuba por su cuento Cuban American Beauty (2005) y obtuvo la Beca de Creación Onelio Jorge Cardoso por Un lugar llamado Lili (2006). Además, fue antologado en La ínsula fabulante, el cuento cubano en la revolución (1959-2008).
   En cuanto a lo de oficialistas o no, o de quiénes son mayoría en Año Cero, está por verse. Si acudimos a los currículos de los más conocidos en la antología de marras, estos demuestran que gozan del reconocimiento oficial, que sus obras se publican dentro de la Isla y que, si están perseguidos, es por los premios.
   Con dos ejemplos basta. Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979) es el jefe de redacción de la revista El Cuentero y editor del sello Cajachina del Centro Onelio Jorge Cardoso, institución oficial. Ha sido jurado del Premio Alejo Carpentier, entre otros, y ganador de diversos concursos a nivel nacional. Su obra es muy publicada en Cuba, y abarca el cuento Yo fui un ladrón adolescente de tumbas (2004), Los ojos de fuego verde (2005), El color de la sangre diluida (2007), Vultureffect (2011), y la novela Carbono 14 (2010). Fue antologado en La ínsula fabulante y en Como raíles de punta (2013).
   Otro de los antologados en Año Cero, Amhel Echevarría (La Habana, 1974), goza de igual suerte con editoriales oficialistas. Miembro de la UNEAC, ha publicado los libros de cuentos Esquirlas (2006), e Inventario (2007), y las novelas La Noria, Premio Ítalo Calvino (2012), y Como búfalo ciego al matadero, Premio Novela José Soler Puig (2013), entre otros galardones.
   Es decir, que pese a “no ser oficialistas” son bastante publicados en Cuba, a diferencia de otros escritores que viven en la isla, han sufrido persecución y cárcel, nunca se les ha permitido siquiera visitar una editorial y sus cuentos, poemas y ensayos se publican en el exterior a partir del Concurso El Heraldo.

(Una antología de perseguidos... por los premios. Neo Club Press, noviembre 2014)

Friday, October 2, 2015

Gina Picart vs. Nico Cervantes y la Generación 0

No sé de dónde han sacado algunos jóvenes escritores que son el ombligo del mundo y que los escritores adultos han hecho de acosarlos y envidiarlos el objetivo de sus vidas. Por mi parte, he vivido y escrito mi obra sin que jamás me haya importado ni un micrón la existencia del resto de los escritores cubanos, sea cual sea su grupo etáreo. No sé de dónde sacan los jóvenes escritores, o al menos el joven Nico, a quien no conozco, la teoría del terreno cedido. Yo he mantenido mi vida entera el único terreno que me ha interesado conservar: los dos metros cuadrados del cuarto donde escribí mis diez libros publicados (que nunca nadie me obstaculizó publicar), mis inéditos, mi periodismo y mis ensayos. Donde estudié mis tres carreras y técnicos medios, donde crié a mi hija, y donde he tenido siempre mi templo de estudio, mi cueva, de la que estoy muy satisfecha porque ha provisto todas mis necesidades, y no me ha hecho anhelar expandirme a costa de rapiñar lo que es de otros.
   Comprendo perfectamente (no hay que ser muy inteligente para hacerlo) que la botella de Ciego Montero repleta de mierda que Nico acaba de arrojar al mar es una provocación —más abstrusa que insolente—, y que responder a ella es lo peor que puede hacer la especie de las personas sensatas. Pero ocurre que me desagradan las faltas de respeto, en especial cuando provienen de hormigas contra elefantes. No sé por qué los escritores serios hacen el juego a una camada de pretenciosos. Eso es un gran misterio para mí, pero no tengo tiempo para dedicarme a descifrar tales enigmas. Pudiera ser que en el fondo se tratara de un gran coqueteo de ambas partes. No lo sé, en verdad se me escapa el significado último de todo eso.
   Pero hay unas cosas que yo sí sé, y las sé muy bien: Que la palabra puede crear la apariencia de realidad y hasta ocultar la realidad, lo sabemos todos los que trabajamos con el lenguaje, y yo lo sé doblemente, por escritora y por periodista. Pero la palabra no puede destruir la realidad. Y la realidad de un escritor es que para merecer ese título hay que trabajar durante muchos años, décadas, la vida entera, muy duramente, con más rigor y disciplina que placer. Que el arte es ara, no pedestal. Que convertirse en escritor requiere mucho más esfuerzo que pronunciar discursos idiotas y sin ningún fundamento. Que a un escritor lo hacen, en primer lugar, la sensibilidad y la habilidad para el dominio del lenguaje con que la naturaleza o el ADN lo hayan dotado. En segundo lugar, las renuncias constantes a la espuma de los días para bucear en las profundidades, que es donde está el conocimiento verdadero, que no es y no será nunca repetición altisonante de conceptos ajenos, sino percepción del mundo servida en el altar de la reflexión individual más íntima. Que la escritura no es cosa de gremios, sino oficio de soledad e introspección. Que el éxito del momento no será nunca la última palabra sobre la valía de un artista. Y que la juventud no garantiza más que una mayor inmadurez, arrogancia y necedad para interpretar lo que te rodea, sobre todo cuando falta seso y sobra lengua.
   Parece haber en alguna parte una fábrica de donde están saliendo estos modelos de “jóvenes escritores” que quieren tragarse la isla de un bocado desde la silla del funcionario. Estos androides morosos que pretenden brillar como luceros en un cielo donde todas las demás luminarias hayan sido convenientemente apagadas para asegurar su advenimiento como amos y señores de La Fuerza. Pienso, sinceramente, que ya no puede postergarse por más tiempo el desmontar ese tinglado de marionetas ridículas que se dedican a irrespetar a todo el mundo y a retar a diestra y siniestra, arrojando guantes que aún huelen a biberón.

(Sobre algunos jóvenes escritores cubanos y el panel del Centro Loynaz. Blog Hija del Aire, octubre 2013)

Wednesday, July 15, 2015

Ileana Alvarez vs. la Generación 0

Muchachos todos inteligentes, todos necesarios en el concierto de la poesía cubana, pero jodidos en su ira, en su vacío afán de desacreditar, encerrar, lapidar, borrar, invisibilizar, matar todo lo que no se les parezca, en fin,  frutos de la intolerancia, de la falta de inclusión, de la belleza que significa reconocer lo diferente, la alteridad, no solo como especie de espejo invertido,  sino como condición que valida y enriquece la propia identidad, el ser. No los culpo, son como yo, como mi generación "la escondida", víctimas del despotismo. La vida es más que blanco y negro, yo también negué, pero siempre con respeto, y aprendí más cuando me percaté que lo diferente a ti,  no siempre es lo malo, que lo diferente, incluso te puede superar, y si dialogas con lo diferente, creces. El despotismo cultural de algunos  jóvenes de "la llamada generación cero", por cierto tan aupados a nivel institucional que hasta revista propia tienen, cosa que ni pensar que mi generación podía soñar,  en mi opinión, es peligroso y dañino, y no garantiza, por individualista, y dictatorial, la comunión que necesitamos los intelectuales para fundar la Cuba futura.

(Comentario en la red, octubre 2013)