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Monday, November 30, 2020

Rafael Rojas sobre Roberto Fernández Retamar

A partir de mediados de los años 60, Ia poesía de Roberto Fernández Retamar, a medida que se subordinaba más y más al poder, fue perdiendo calidad. Ahí están los poemas revolucionarios y pro soviéticos, hoy intrascendemes o rebasados por Ia estética y Ia historia, de Que veremos arder (1970), de Cuaderno paralelo (1973) y de Circunstancia de poesía (1974). Hay, sin embargo, un momento previo a esa burda politización de la poesía en el que Ia lírica de Fernández Retamar ofrece lo mejor de sí. Me refiero al cuaderno Historia antigua (1964), publicado por su amigo Fayad Jamís en Ia editorial La Tertulia y donde poemas como “Arte Poética” se internan en una honda reflexión sobre el acto de Ia escritura, sin otro horizonte valorativo que no sea Ia voluntad, a veces débil, de desentrañiar el misterio de Ia diversidad del mundo.

   Nunca, sin embargo, aquella recurrencia al duelo del sobreviviente, a Ia documentación de Ia culpa del letrado, abandonó Ia poesía de Fernández Retamar. Ahí están los conocidos versos “usted tenía razón, Tallet, somos hombres de transición: sólo los muertos no son hombres de transición” y tantos otros de los años 70 para dar fe de aquel malestar bajo Ia condición del intelectual revolucionario. Habrá que esperar hasta fines de los 80, o más claramente, hasta mediados de los 90, para que Ia poesía de Fernández Retamar recupere un poco, sólo un poco, aquel tono elegiaco y sutil de los años 50. Algunos poemas de Cosas del corazón (1997) y de Aquí (1998) escenifican, como ha señalado Jorge Luis Arcos, una vuelta a Ia mejor tradición de Ia poesía histórica cubana e hispanoamericana, donde el vaivén entre “nostalgia” y “esperanza” producen un discurso sobre “relatividad del conocimiento histórico” desde una “perspectiva poética de lo temporal”.

(Tumbas sin sosiego, Anagrama, 2016)

Thursday, July 23, 2020

Harold Alvarado Tenorio vs. Roberto Fernández Retamar


Ha muerto Roberto Fernández Retamar (La Habana, 1930-2019), el intelectual cicatero del castrismo, en una capital que perpetúa el Periodo Especial tras el colapso de la Unión Soviética y el recrudecimiento del embargo al comienzo de la década de los años noventa.
   Una “ciudad” de moteles y bares saturados de chicas y chicos, que ejercen la trata como un deporte ecuestre, con pudientes viejos y longevas izquierdistas del mundo capitalista y recienvenido que buscan un poco de carne lozana a cambio, no de una plática sobre el marxismo leninismo o la invasión de Bahía de Cochinos, sino de una prenda nueva o unas bragas de playa, o si la carne no está afeada por el hambre y la bareta, 10 euros que alivien la vida triste y fétida, o una cena con pollo en algún Paladar o cien gramos de marisco, o unas zapatillas o si fuera posible un móvil, algo que no esté en la cartilla de racionamiento.
   Ha muerto tras una larga vidorria de viajes, sumisiones, bajezas y persecuciones. Alto, demacrado, con una barba de tres días y la perilla de siempre, la eterna guayabera de la casta tiránica, manchado el rostro por los tropiezos del destino, con paso cansino, como corresponde a un ejemplar de su especie.
   Y el cielo ha llorado. Díaz-Canel, Maduro y Evo, Granma, Sierra Maestra, Prensa Latina, Radio Habana, Bohemia, Trabajadores de Cuba, la Unión de Periodistas con sus directores, vicemandatarios, primeros secretarios y consejeros del despacho han exaltado las virtudes del difunto, elevándole, así, a los altares insignes de la revolución proletaria y la cultura nacional, científica y de masas.
   Otro tanto sus corifeos en la prensa del continente, la primera de todas, la revista Arcadia, órgano oficioso del Ministerio de Cultura de Colombia, en representación de las huestes culturales de FARC/Santos y sus compañeros de viaje Arturo Alape (Premio Casa de las Américas), Álvaro Castillo Granada (Premio a la importación de libros de viejo, lámparas art nouveau y deco, óleos, grabados, vajillas y cubertería de apestados cubanos), Carlos Bastidas (Premio Casa de las Américas), Carmiña Navia (Premio Casa de las Américas), Fernando Rendón (1550 lecturas de sus poemas en 90 países), Hugo Niño (dos veces Premio Casa de las Américas), Isaías Peña Gutiérrez, Jaime Mejía Duque, José Luis Díaz Granados, Juan Cárdenas (Premio Casa de las Américas), Juan Manuel Roca (dos veces Premio Casa de las Américas), Margarita García Robayo (Premio Casa de las Américas), Nelson Romero (Premio Casa de las Américas), Oscar Collazos (empleado de Casa de las Américas, donde escribió calumnias políticas contra Lezama Lima, Cortázar, Vargas Llosa y trató de enlodar a GGM tras la obtención del Rómulo Gallegos), Pablo Montoya (Premio Hugo Chávez y Casa de las Américas), Patricia Ariza (Medalla Haydée Santamaría), Piedad Bonet, (Premio Casa de las Américas y Mariana Garcés, progenitora de un tratado donde una señora empuja a su hijo al suicidio a fin de conceder una entrevista a El Mundo de Madrid), Roberto Burgos (Premio Casa de las Américas), Rodrigo Parra (dos veces Premio Casa de las Américas), Rómulo Bustos, Santiago Gamboa, Santiago García (Medalla Haydée Santamaría) o don Vito Apushana (Premio Casa de las Américas).
   Nómina que estaría inconclusa sin sus peones de brega venezolanos Alberto Rodríguez Carucci, Eddy Rafael Pérez, Edmundo Aray (Medalla Haydée Santamaría), Enrique Hernández d‘ Jesús, Gustavo Pereira, Luis Alberto Crespo, Luis Britto García (cuatro veces Premio Casa de las Américas), Miguel Márquez o William Osuna. Algunos más muertos que vivos. Menos premiados, que mal atendidos, durante los 58 años que estuvo Retamar al frente de esa agencia de sometimiento estalinista que es Casa de las Américas.
   Todavía hay quienes creen que el advenimiento del boom de la literatura de América Latina fue una secuela de la Revolución cubana, la Casa de las Américas y las rediciones de Calibán, el tratado doctrinario de Fernández Retamar. Pero no es cierto. Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma habían premiado con el Formentor, en 1961, a Borges y premiarían o divulgarían, con el Biblioteca Breve de Seix Barral a Carlos Droguett (1959), Carlos Martínez Moreno (1961), Mario Vargas Llosa y Manuel Zapata Olivella (1962), Vicente Leñero, Mario Benedetti y Jorge Edwards (1963), Guillermo Cabrera Infante (1964), Manuel Puig (1965), Carlos Fuentes (1967), Adriano González León (1968), José Donoso y Alfredo Bryce Echenique (1971).
   Entre 1967 y 1976 Barral y Carmen Balcells, que empezó trabajando para él, profesionaliza a los escritores de este lado del mundo y logra excelentes contratos o mudándoles a Barcelona. Un movimiento de varias voces, cruce de solidaridades turbulentas que sucedieron en la ciudad condal, merced al trabajo de editores y agentes literarios que, ante la fragilidad cada vez mayor de la cultura franquista, hizo que cruzaran el Atlántico a la búsqueda, en México, Buenos Aires, La Habana, París y Nueva York, de las voces que había anunciado en 1966 Into the Mainstream: Conversations with Latin American Writers, un libro de Luis Harss con Alejo Carpentier, João Guimarães Rosa, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Miguel Ángel Asturias.
   Casa de las Américas y su cacique Retamar premiará, mientras tanto, entre 1960 y 1976, por dar un ejemplo, a publicistas que conocerán o conocieron el olvido como Alí Lameda, Armando Tejada Gómez, Carlos Bastidas Padilla, Carlos José Reyes, Carlos María Gutiérrez, Daura Olema, Dora Alonso, Félix Grande, Fernando Medina Ferrada, Hernán Miranda Casanova, Jorge Boccanera, Jorge Enrique Adoum, José Soler Puig, Lisandro Otero, Luis Britto García, Manuel Cofiño, Manuel Orestes Nieto, Marcos Yauri Montero, Mario Trejo, Noé Jitrik, Omar Lara, Pablo Armando Fernández, Pedro Shimose, Poli Délano, Roberto Ibáñez, Roberto Sosa, Rolando Hinojosa, Rubén Bareiro Saguier, Tutuna Mercado, etc., pura literatura proletaria, científica y de masas. Por esa razón, nunca les pagaron un centavo por sus libros, como ha seguido haciendo Chus Visor en nuestros días.
   Los encargos de Fernández Retamar tuvieron su principio con la censura oficial de un filme de 14 minutos la primera semana de marzo de 1961. Una película experimental que indignó a Castro y dio pie a la interminable represión contra la cultura y los intelectuales cubanos. Se llamó PM y fue perpetrada por dos jóvenes periodistas a quienes, ante los rumores de una inminente invasión norteamericana a la isla, se les encargó ir en búsqueda de material fílmico que demostrara que el pueblo estaba enfurecido y alerta contra el posible invasor. Regresaron con cuatro minutos que mostraban lo contrario: el pueblo seguía de rumba, La Habana ni era patriótica ni tenía miedo a los yanquis. Decidieron, por tanto, filmar la noche, los paisajes del fandango etílico y la putañería, una pequeña obra maestra del free cinema, tan de moda entonces. La notte y la dolce vita habanera, la fiesta vigilada de las victrolas, las nuevas orquestas y ritmos, con gentes disfrazadas para la fiesta, una ciudad artificial y mundana, de casinos y clubes sociales que desaparecían esos primeros años de comunismo y parecía una secuencia de Soy Cuba de Mijaíl Kalatozov.
   Cuando fueron a exhibirlo en salas de cine dijeron que estaba prohibido y había sido, además, confiscado. Y como protestaran, Castro gritó, poniendo la pistola sobre la mesa del auditorio de la Biblioteca Nacional: Con la revolución todo, contra ella, nada. Filmes, poemas, novelas, pinturas, partituras, coreografías, ensayos debían ser revolucionarios, o al menos parecerlo como la mujer del César. PM no glorificaba al hombre según la estética del realismo socialista; era, más bien, un surrealismo decadente. Y vendrían el Caso Padilla, el ostracismo de Lezama Lima, el exilio de cientos de artistas y escritores, la censura a Neruda, el veto a Borges, la firma de penas de muerte por intentar dejar la isla de cualquier manera, el fomento de la guerra de guerrillas en todas partes, la publicación de biografías de los criminales de guerra latinoamericanos, los chantajes a García Márquez, el veto a todo aquello que no obedeciera al testaferro, etc.
   Roberto Fernández Retamar recibió con agrado el premio de poesía que le ofreció el régimen de Fulgencio Batista en 1952 a los jóvenes intelectuales que escribían una poesía apolítica; graduándose de doctor en Letras y viajando a París, Londres, México y Nueva York, luego que Cintio Vitier, del grupo católico de la revista Orígenes, le incluyera en una lujosa antología pagada por el Ministerio de Educación del tirano.
   Con la llegada de Castro al poder, Fernández Retamar se alejó a grandes pasos de sus vínculos con los escritores de “derechas” que le había patrocinado desde su juventud, como Lezama Lima y Virgilio Piñera, y entró a militar e intrigar seriamente con el proyecto castrista hasta hacerse con un puesto de privilegio dentro del aparato cultural y la política exterior de la nueva tiranía. Fue nombrado consejero cultural en París y de regreso trabajó en la revista Unión, de ahí a gobernar Casa de las Américas luego de urdir una trapisonda contra Antón Arrufat que la dirigía, y con sus propensiones homosexuales, había publicado textos de esa tesitura e invitado a Allen Ginsberg, que luego de varias orgías con drogas, criticó la represión de la mariconería en la isla, como había ocurrido bajo el estalinismo con la visita de André Gide, resumida en Retour de l’URSS, del año 1936. Roberto Fernández Retamar, que tenía buena amistad con el presidente (1959-1976) Osvaldo Dorticós, logró que solicitara a Haydée Santamaría, quien no podía ver al primer magistrado ni en pintura, lo nombrara en el cargo.
   A partir de entonces las libertades civiles y culturales fueron sometidas al creciente autoritarismo. Liquidaron primero Prensa Libre, Diario de la Marina, Bohemia, y más pronto que tarde El Caimán Barbudo y Pensamiento Crítico. Fernández Retamar se convierte en la punta de lanza del radicalismo izquierdista y guerrillero de los intelectuales latinoamericanos, denigrando de todo aquel que no obedece ni se somete al comunismo cubano; persiguiendo incluso, hasta la muerte, a sus enemigos ideológicos y destruyendo el Good Will de revistas como Cuadernos para la Libertad de la Cultura, Mundo Nuevo, Libre, Plural, Vuelta y muchas de las pequeñas publicaciones de los demócratas nacionales.
   En Colombia el principal comisario castrista fue un biógrafo de Tirofijo, que terminó, como le correspondía, en los brazos del santismo, invitado a cuanto convite se organizaba en los conventillos de la inteligencia bogotana, mejor conocida como los learned fools. Otro tanto con Collazos, cuya principal bibliografía son los cientos de fotos donde aparece con grupos de señoras muy entradas en años tomando el té del fin del mundo luego de haberles hecho bordados retratos literarios.
   Roberto Fernández Retamar pasará a la historia de la infamia por sus cientos de felonías: promovió una carta contra Pablo Neruda porque aceptó ir a una reunión del PEN Club norteamericano, presidido por el marido de Marilyn Monroe; pidió a Vargas Llosa que no aceptara trabajar en Princeton porque un escritor alemán notable pero fanatizado se había negado; hizo que se escribieran con seudónimos artículos en Verde Olivo contra Lezama Lima y otros narradores; participó activamente en la siniestra componenda contra Heberto Padilla, a quien obligaron a retractarse públicamente como traidor a la revolución, acusando a otros inocentes; colaboró de manera acuciosa en la transformación de José Martí en un marxista castrista; hizo lo imposible por imponer, desde Casa de las Américas, el concepto guevariano de “hombre nuevo”; obligó a escribir interpretaciones teosóficas de los discursos de Fidel Castro sobre la cultura o la invasión del Congo, Eritrea y Angola; justificó los desvaríos del presidente Allende y colaboró en su destrucción; firmó, como miembro que fue del Consejo de Estado, numerosas penas de muerte; prohijó los debates destructivos entre las varias tendencias de los pensadores de izquierda y persiguió, sin piedad, a todos aquellos escritores y artistas que abandonaron la isla durante los cincuenta años de su mandato.
   No existe, hasta la fecha, documento alguno en el que Roberto Fernández Retamar diga algo sobre los cientos de juicios sumarios y los fusilamientos que presidía Ernesto Guevara, y menos sobre las expropiaciones y las nacionalizaciones de empresas y los bancos norteamericanos, ni los 10.000 cubanos que se refugiaron en 1980 en la Embajada de Perú o los 130.000 que navegaron hasta Miami en las Flotillas de la Libertad, ni el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio de la Guardia, el mayor Amado Padrón y el capitán Jorge Martínez, condenados, según los investigadores, para borrar toda huella del tráfico de drogas de los Castro con la mafia colombiana a través del M-19; ni el hundimiento de un remolcador donde perecieron cuarenta personas y que originó la llamada Crisis de los Balseros, o la condena al grupo de los 75 prisioneros de conciencia, en la Primavera Negra de 2003, a penas entre 13 y 28 años, hacinados en celdas de un metro y medio de ancho por dos de largo, con puertas tapiadas con planchas de acero y retretes sin taza y con desagües que regurgitaban los excrementos.
   Entre ellos estuvo por año y medio el poeta Raúl Rivero, encerrado en una jaula para tigres de circo, expuesto a nubes de mosquitos, atacado por cucarachas y otros insectos, que deterioraron fuertemente su salud. Tras ser liberado, Rivero ha recibido, entre otros premios, el Guillermo Cano, el Ortega y Gasset, el Reporters Without Borders, el María Moors Cabot y el International Press Freedom Heroes. En 2010, Roberto Fernández Retamar también se hizo el de la vista gorda cuando Raúl Castro se vio obligado a liberar a 124 presos políticos, 116 de los cuales ahora viven en España. El mismo año en que 1.830.510 de los obligados electores cubanos se negaron a seguir validando la infamia del castrismo. Este año, HRW ha dicho que en 2017 las detenciones arbitrarias llegaron a 3.706 casos y en los primeros 6 meses de 2018 a 2.024.
   No ha faltado quien diga que todo esto hay que perdonarlo porque a pesar de su envilecimiento y abyección, Roberto Fernández Retamar “fue un gran poeta”. Habrá que verlo. Su poesía está colmada de arquetipos que han usado bardos sin voz para presumir de líricos con coloratura, pero nada van dejando, porque esos tonos y esas voces y esos motivos son identificables en los originales. Varios de esos expertos del camelo lírico fueron Alejandra Pizarnik, Álvaro Mutis, César Dávila Andrade, Claribel Alegría, Ernesto Cardenal, Gonzalo Rojas, Jorge Enrique Adoum, Juan Gelman, Mario Benedetti, Olga Orozco, Raúl Zurita, Roberto Juarroz o Roque Dalton y sin duda Fernández Retamar. Con el agravante de que, en él, con absoluta conciencia del hechizo y la plena lucidez del tramposo, su poesía se fue componiendo como respuesta a cada momento de caída y de culpa. En los que no tuvieron la desgracia de pertenecer a aparatos de partido y poder como la tiranía cubana, o apenas fueron víctimas de los golpes de Estado militares y sus atroces crímenes, las imposturas melódicas sirvieron para alcanzar beneficios luego del derrumbe de estos y el ascenso de sus benefactores, recibiendo canonjías en embajadas, giras diplomáticas y abundante alcoholismo. En Fernández Retamar se trataba de legar, a la urna del destino, al menos unas frases enigmáticas que sugieran que él no quiso firmar esas penas de muerte, que no creía en esa revolución, que le dolía odiar en público a Lezama y a Borges, que ojalá no piensen que fue esa horrible serpiente que mordía a la diestra, pero siempre, y más, a la siniestra.

(Un testaferro cultural de Castro. El Nacional, Agosto 2019)

Monday, May 25, 2020

Alejandro González Acosta vs. Roberto Fernández Retamar


Hay mucho para entender y también perdonar en un hombre de su tiempo, quizá demasiado atado a su circunstancia, como Retamar. Pero ningún poeta ni historiador, ningún artista o escritor, pintor o bailarín, músico o titiritero, nunca, pero nunca, ni en Cuba ni en cualquiera otra parte del mundo, puede aceptar bajo ninguna circunstancia estar en un Consejo de Estado cuando ese mismo Consejo, por ley, debe confirmar las penas de muerte, ya sea contra horrendos criminales comunes, o martirizados reos políticos: nunca, nunca, en parte alguna.
   Los poetas, como François Villon, ofrecen el cuello a la cuchilla o penden de la cuerda, pero nunca levantan la horca ni arman la guillotina. Retamar debió excusarse de firmar, o renunciar al cargo, antes que refrendar un papel que le quitaba la vida a tres seres humanos. Y no sólo él, por cierto, pues hubo otros.
   En la imposibilidad de acceder a los originales firmados (custodiados en el Consejo de Estado de Cuba a los cuales no se permite consultar ni reproducir), se sabe que la votación fue —como es costumbre en la Isla— unánime. Y una de las más terribles atribuciones de ese Consejo es refrendar las condenas de muerte. Roberto Fernández Retamar, como Presidente de la Casa de las Américas, fue miembro del Consejo de Estado (y también Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular) en las Legislaturas V, VI y VII, desde 1998 hasta 2013: los hechos lo condenan.

(Roberto Fernández Retamar: el escritor demediado (III). Cubaencuentro, septiembre 2019)

Monday, April 20, 2020

Alejandro González Acosta sobre Roberto Fernández Retamar


Retamar fue un hombre de certezas, sinceras o no, pero siempre rotundas. Como le dijo hace muchos años un cierto Re(c)(p)tor de la Universidad de La Habana a un pariente mío muy querido: “Entre la duda y la Revolución, me quedó con la Revolución”. Y por eso lo expulsó de la Universidad.
   Retamar actuó igual: nunca dudó en una disyuntiva similar. Fue monolítico en su fidelidad, sin titubeos ni vacilaciones, sin una mínima fisura, ni un escrúpulo de conciencia. Cuando tuvo que despedir a un antiguo y querido alumno suyo como Arturo Arango, quien ya se había convertido en amigo y cercano colaborador, lo hizo, “aunque con dolor de su alma”: lo sacó de la Revista Casa porque osó burlarse del mediocre Luis Sexto al adornar su cabeza con un risible y justo gorrito de payaso (el muy añorado Fermín Gabor no me dejará mentir), en un collage destinado a ilustrar la publicación. Dicen que ni lo quiso recibir a pesar de una larga y penosa antesala, y que le negó su real gracia sin siquiera escucharlo. Fue irremediablemente expulsado del paraíso casiano. Posiblemente, después de pasado un tiempo prudencial se hayan arreglado, aunque a “la Casa que es la casa de todos” como le gustaba decir, nunca regresó como funcionario. Fue desterrado a La Gaceta de Cuba, lo cual era una palmaria degradación escalafonaria, y hoy se presenta, entre otras cosas, como script doctor (por lo que he indagado, esto parece ser una combinación de corrector de guiones y ghost writer, pero con más categoría y supongo que mayor sueldo). Pero nada de eso le sirvió con Sexto ni Retamar: La Casa, como Moscú, no cree en lágrimas.
   Porque Retamar fue amigo de sus amigos… siempre y cuando no se apartaran (“desviaran”) del canon revolucionario. Ahí sí desconocía a cualquiera como Pedro a Jesús, tres veces antes de cantar el gallo… y hasta sin gallo.
   Roberto González Echeverría recuerda que al inocuo Severo Sarduy, por el solo hecho de negarse a regresar a Cuba y quedar en modo de mutismo en París, aprovechó para lanzarle varias puyas hirientes en su Calibán (años después autocalificado por él mismo con el propio crítico como “un montón de palabras más o menos airadas”, semejante al mea culpa de Galeano con Las venas abiertas…), que aludían con poco velada homofobia a su “mariposeo neobarthesiano” (en Cuba, se sabe, “mariposa”, “plumas” y “pájaro” son sinónimos de homosexual, como nos apunta RGE).
   Dijo Daniel Bell que “a todos los revolucionarios, tarde o temprano, les llega su Kronstadt”; pero a Retamar no. Nunca dudó, nunca vaciló, nunca tuvo ni la menor dubitación en apoyar decidida y muy combativamente cuanta medida tomara la “revolución” (es decir, su Mandamás Supremo). Fue un perfecto ejemplo de lo que en la Cuba de Castro es un concepto deontológico: la intransigencia revolucionaria, es decir, la miopía o ceguera voluntaria, contra toda lógica y razón, al servicio incondicional de lo que diga el omnímodo y uniquísimo partido. A Retamar no le llegó ni la Lanchita de Regla ni el Remolcador Trece de Marzo: él se quedó firmemente anclado y aferrado en el crucero Aurora y el yate Granma.
   Mientras un escritor o artista mordiera pacientemente el cordobán y acatara las órdenes “de arriba”, “como un escolar sencillo”, y no se metiera en problemas (por ejemplo, pensar y escribir creyéndose libre), ahí estaría él, con la absolutoria palmadita en el hombro, la voz suave y el abrazo protector. Pero si surgía una nube de duda ideológica, por tenue y vaporosa que fuera, si brotaba un gesto incontenible de una cierta rebeldía, aunque fuera muy modosita, o hasta un humor mal orientado e inoportuno (como el suceso del gorrito de Sexto), él se esfumaría, se desvanecería, se fugaría, “rápido y veloz como el celerípede Aquiles”, en un acto de magia escapista: una simbiosis criolla de Fumanchú con Houdini. De ahí el asombro de Lezama por aquel abrazo público, porque sabía que en caso de urgencia ni lo buscaran ni preguntaran por él, como dijo el gran poeta Emilio Ballagas (miembro del jurado que le otorgó el primer premio de su vida, convocado y sostenido económicamente por el gobierno de Batista):
   Si pregunta por mí, traza en el suelo una cruz de silencio y de ceniza sobre el impuro nombre que padezco.
   Si pregunta por mí, di que me he muerto y que me pudro bajo las hormigas…
   Pero debe recordarse que tampoco la vida política cubana resultó para él después de 1959 un valle de rojinegras rosas revolucionarias, y como no fue “monedita de oro”, despertó entre las filas de los viejos comunistas profundas pasiones adversas. Algunos de los más “combativos ñángaras” no le perdonaban su reciente pasado pequeño-burgués y católico. Esto, sumado con la velada amenaza expuesta por el Che Guevara sobre el “pecado original de los intelectuales cubanos”, que —en efecto— no habían hecho nada por la revolución, le hizo buscar prontamente un cobijo protector, que encontró en Haydée Santamaría, quien, a su vez, necesitaba alguien realmente pensante para regentar la empresa de inteligencia transnacional que le había vendido a Fidel Castro, en la forma de una institución llamada Casa de las Américas, ubicada, precisamente, donde antes estuvo el Instituto Cultural Benjamín Franklin de la Embajada de Estados Unidos, que fue desalojado para darle lugar a la flamante entidad revolucionaria.
   Corría un sordo murmullo por los pasillos de la antigua Escuela de Letras, comentando que Mirta Aguirre, la severa, ortodoxa y veterana luchadora comunista, no lo soportaba, a pesar de todos los esfuerzos que hizo Retamar por conquistarla. Lo masticaba, pero no lo tragaba: no le perdonaba, como le comentó a alguien muy cercano, que cuando en Cuba se combatía a Batista, él se fuera a Estados Unidos y Europa en 1955, con una beca oficial (ganada en un concurso presidido por el Ministro de Educación), para vivir “la dolce vita”. Y llegó a jurar (dicen) que mientras ella viviera él nunca ingresaría al Partido Comunista. Y así fue: una vez que murió el 8 de agosto de 1980, cuando se bañaba en Santa María del Mar con una amiga íntima, el paciente objeto de sus iras por fin recibió su anhelado carné rojo que lo certificaba como “comunista diplomado”.
   En realidad, siendo justos, Retamar usó del poder, pero no abusó demasiado de las formas externas del mismo, ni de aquello que el Zángano Mayor definió, con pleno y goloso conocimiento de causa, como “las mieles del poder”. Fue siempre un hombre austero, nada ostentoso, que vestía con sencillez y pulcritud, aunque disfrutaba de una natural distinción, y vivió toda la vida siempre en su misma casa —frente al agradable parquecito vedadense dedicado a Víctor Hugo— y no sé si ésta fue herencia por parte de su esposa Adelaida de Juan, proveniente de una familia pudiente, de origen hispano-belga. Con un porte elegante y dueño de una hermosa voz profunda, tenía una figura quijotesca que acentuaba su cuidada barba de madurez. No decía groserías ni palabrotas, al menos en público, y era de habla suave y persuasiva. En una de las notas necrológicas publicadas ahora en la Isla, la periodista delicadamente advirtió el detalle de su raída guayabera —quizás la única de su ropero— de desvaído color azul, ya casi blanca por tantas lavadas.
   El muy joven y talentoso escritor cubano Carlos Manuel Álvarez, autor de otra nota incisiva de un tono que para algunos será un poco ríspido (El País, Madrid, 28 de julio de 2019), lo recuerda con un retrato bastante decadente y casi decrépito, pero quizás lo conoció al parecer ya muy viejo y achacoso, cuando tenía cerca de 80 años, y no en su época de gloria mundana, que en verdad sí la tuvo.
   Como a todo poeta, la atrajo la gloria, ese intento astuto de algunos para vencer la muerte. Quizá por eso vio en Fidel Castro y Ernesto Guevara sus modelos de eternidad.
(…)
   A pesar de esto, el crítico comunista chileno Hernán Loyola calificó después como un “descarado” a Retamar, por aceptar en 2007 participar como jurado en el premio que lleva el nombre de Neruda. Pero tampoco el agraviado esperó para devolver el golpe en sus memorias Confieso que he vivido (título que otro aludido en ellas, Nicolás Guillén, acotó sabrosamente como Confieso que he bebido), donde se refirió a “la célebre y maligna carta de los escritores cubanos”, un “costal de injurias” y “malversaciones ideológicas”, “engrosado por firmas y más firmas que se pidieron con sospechosa espontaneidad”, por “los comisionados”, “muchos de ellos recién llegados al campo revolucionario”, “remunerados, justa o injustamente por el nuevo estado cubano”, erigidos en “profesores de las revoluciones” y en “dómines de las normas que deben regir a los escritores de izquierda”, redactada “con arrogancia, insolencia y halago”, poniendo “en duda, falsificando o calumniando” contra él, un comunista de solera y con blasones dorados en su preclara, incuestionable, refulgente y prístina ejecutoria revolucionaria:
   …No me toca a mí indagar los motivos de aquel arrebato: la falsedad política, las debilidades ideológicas, los resentimientos y envidias literarias, qué sé yo cuántas cosas determinaron esta batalla de tantos contra uno. Me contaron después que los entusiastas redactores, promotores y cazadores de firmas para la famosa carta, fueron los escritores Roberto Fernández Retamar, Edmundo Desnoes y Lisandro Otero. A Desnoes y a Otero no recuerdo haberlos leído nunca ni conocido personalmente. A Retamar sí. En La Habana y en París me persiguió asiduamente con su adulación. Me decía que había publicado incesantes prólogos y artículos laudatorios sobre mis obras. La verdad es que nunca lo consideré un valor, sino uno más entre los arribistas políticos y literarios de nuestra época.
   Ya dije antes que Retamar le obsequió a Neruda algunas de las más hermosas páginas exegéticas en la lengua, y el chileno en realidad fue bastante mezquino con el cubano: Pablo, que cuando le convino lo mismo le cantó a Fulgencio Batista (según comprobó documentalmente Enrico Mario Santí para muchos que lo negaban), entonces apoyado por el Partido Comunista Cubano, que a José Stalin (ya después de los Procesos de Moscú), y a Fidel Castro, llamó “sargento” a Retamar cuando entre las huestes comunistas Neruda sería todo un “mariscal de campo”; él, que traicionó y hasta golpeó a sus mujeres y abandonó a una hija con taras congénitas, a la que negó su manutención, fue un consumado cortesano y lucró con el poder como nunca llegó a serlo ni hacerlo el mismo Retamar, y quien sí supo sacar provecho material abundante de sus servicios poético-políticos… Neruda fue, aunque nos pese admitirlo, un sujeto realmente vil y miserable; y, sin embargo, también fue autor de poemas inmortales… Así es la poesía y así son los poetas: quizá debido a ello, por las dudas, Platón los desterró de su república.
   Retamar escribió algunos poemas hermosos de versos perdurables y mucha hojarasca de lo que él mismo llamó poesía circunstancial en su “circunstancia de la poesía”. Líneas como “con las mismas manos de acariciarte…”, “fechas que veremos arder…” “En su lugar la poesía…” no sólo las tengo presentes, sino las he empleado a veces como guiños cómplices de grato reconocimiento.
   Pero siendo tan talentoso y culto, es una pena que casi siempre le ganó la ideología: en él, la consigna prevaleció sobre la inteligencia. No fue “un cubano universalmente sencillo”, como dijo de él con gran generosidad Lezama Lima, sino todo lo contrario: complejo y contradictorio, dirían algunos; retorcido, afirmarían otros. Retamar acomodó su pensamiento a la práctica circundante y no al revés, y eso fue desde temprano: promovió el concepto de la “poética trascendentalista” y se arrimó a Heidegger, en La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953), publicado en 1954 (y lo continuó en Idea de la estilística, de 1958). Sobre este concepto, Monseñor Ángel Gaztelu, “El Sacerdote de Orígenes”, me dijo muy divertido en alguna oportunidad: “¡Qué trascendentalismo ni qué nada! Eso es un invento de Bobby: hacíamos poesía existencial cristiana; nuestro referente inmediato era Jacques Maritain y los orígenes hay que buscarlos en San Agustín, Santo Tomás de Aquino, y en Pascal”.

(Roberto Fernández Retamar: el escritor demediado (II). Cubaencuentro, septiembre 2019)

Friday, March 20, 2020

Lezama y Retamar (anécdotas)


Al principio de la Revolución —llamémosla así— Roberto suspendió sus hasta entonces muy frecuentes visitas a Lezama, y de pronto reapareció luego de meses de ausencia, pero vestido de miliciano y tocado con una airosa boina verde olivo. Después de conversar y actualizarse en noticias mutuas, Retamar le mostró sus últimos poemas, que entonces distaban mucho de aquellos otros que solía compartir antes de 1959 en las tertulias del Grupo Orígenes, donde era considerado “el niño prodigio”, y los cuales estaban permeados de intimismo existencialista y “trascendentalismo” como él mismo los llamó en su juvenil —y todavía significativo— ensayo La poesía contemporánea en Cuba (1954).
   Los nuevos poemas que compartió con El Gordo de Trocadero hablaban, muy por el contrario, de milicianos, zafras, bayonetas, balas, granadas, fusiles, batallas… Después de escucharlos, Lezama —supongo que luego de dejar escapar una espesa bocanada de humo de su habano— dijo: “Bobby, esos poemas que traes muestran dos cosas; por una parte, recuerdan algo de la poesía trovadoresca de la corte de Leonor de Aquitania y también cierta poesía amatoria galaico-castellana del siglo XIV, como la de Macías “El Enamorado”… Pero, además, se aprecia que están escritos bajo los efectos del oporto…” Contaba el propio Lezama, apenas aguantando la risa, que Bobby le respondió: “Caramba, Lezama, no conozco bien esa poesía provenzal y no he leído nada de Macías, pero sí le puedo asegurar que nunca he tomado vino de oporto”. “No, Bobby, no —le contestó implacable— no me refiero al oporto que se bebe, sino al oportunismo, muchacho…” Cierta o no, Lezama contaba esa anécdota a quien quisiera escucharla, con algunas variantes y florilegios añadidos según la ocasión.
   Contaba que después de mucho tiempo de evitarlo y eludir un encuentro por ser considerado como “políticamente poco confiable”, finalmente un día se tropezaron en una recepción y, para su sorpresa, Retamar se dirigió resueltamente hacia él atravesando la espesa multitud, y lo estrechó con un fuerte y efusivo abrazo. Cuando se separaron y Retamar se alejó para continuar su ronda de saludos, Lezama comentó traviesamente con su acompañante: “Seguramente ya debo haber mejorado mi reputación política, porque Bobby se ha atrevido a abrazarme en público…”.
   También en La Habana de los 80 corría un chiste —por supuesto, anónimo y susurrado— sobre Retamar: “Él ha sido el único que ha unido a toda la intelectualidad cubana… Todos quieren arrastrarlo por la calle… Pero, al mismo tiempo, los ha dividido… Porque unos quieren arrastrarlo por la Avenida G y los otros por la Calle Tercera…”.

(Anécdotas contadas por Alejandro González Acosta en Roberto Fernández Retamar: el escritor demediado. Cubaencuentro, septiembre 2019)

Wednesday, March 4, 2020

Zoé Valdés vs. Roberto Fernández Retamar


Murió Roberto Fernández ’Reptamar’.
   En mi novela ‘Te di la vida entera’ lo rebauticé como Betamax.
   Mientras viví allá escribió que yo era una gran poeta. En cuanto me largué afirmó lo contrario.
   Creo que fue Pablo Neruda quien escribió aquel verso: “líbranos de retamares y traidores”. Muy merecido, por cierto.
   También me contó María Luisa, viuda de José Lezama Lima, que cuando Retamar le llevó unos poemas a Lezama para que los elogiara, Lezama muy serio le soltó aquello de que “de su poesía emanan unos efluvios de buen licor de Oporto...” Después cuando el otro se había ido se mataba de la risa con aquella carcajada que parecía que borboteaba: “¡...De Oporto, jojojojo, de Oportunismo, jojojojo...!”
   La última vez que lo vi fue durante el Período Especial, en la Óptica de Línea, llevaba los espejuelos de pasta empatados con esparadrapo, la libreta de racionamiento le sobresalía del bolsillo de atrás del pantalón mugroso, y caminaba dando tumbos de medio lado. En eso entró alguien vendiendo no sé qué en el mercado negro, y sin averiguar mucho el autor de ‘Calibán’ se lo arrebató al vendedor. Eran unas empanadas tiesas y verdosas por los costados. Allí mismo se las zampó con un hambre de mil demonios mientras luchaba con la dentadura postiza que le bailoteaba en la boca.
   RFR fue de los firmantes de la Carta a favor del fusilamiento por parte del régimen castrista de tres jóvenes negros en Cuba en el año 2003.
   Lloriqueen, ratas.

(publicado en la red, julio 2019)

Thursday, January 23, 2020

Héctor S. Martínez sobre Retamar y Abel Prieto


El primero, padre adoptivo del Calibán chesperiano. El otro, dueño de la patente del gato volador.
   Sobrevivientes ambos. Retamar, de Orígenes y de los 60 que se llevaron a Caín. Y Abel, de cuando se vino Raúl para siquitrillar a los 12 apóstoles.
   Houdinis, Raffles, Lupins; Cintios, Barnets, Paduras.
   Retamar se va, y se queda todo Prieto. A medio camino entre Moñunga (ritual en cazuela), de Tendencia y El miedo a la libertad, de Fromm.
   Abel nació el año en que Bobby sacó aquellos endecasílabos de Elegía de Amor. El bebé de Consolación del Sur con el tiempo también llevaría el pelo así. Endecasilábicamente largo. Y los hombros encogidos, como quien no sabe nunca qué está pasando. Haciéndose el bobby, que es el deporte de los que no van a morir, de momento. Intelectuales con memoria selectiva y conciencia plegable. Porque es mejor no saber. Por eso esconden la cabeza: uno con gorra bolchevique y el otro bajo la chaika Gipsy Kings. ¿Y qué, mi socio? ¿Y qué, mi hermano?
   Robertón, a lo van van y defensor de la globalización socialista, se montó en el rutero caníbal y guerrillero que trajo a Sartre, atropelló a Lezama y luego fue dando bandazos hasta exiliar a Elpidio y poner a Alpidio de ministro. Abelito, contemplando orgulloso cómo uno de sus antiguos viceministros, Rojas, lucha por el título de nuevo Pury en Labana, sin honores ni causas. Se le acumula el trabajo al El Recolector de Datos Ridículos.
   La Casa de las Américas estrena inquilino, en una isla donde hasta el ganador de la lotería presidencial reconoce que la vivienda es el principal problema social. Ironías de la vida: lo dijo en Pinar del Río, donde hay gente evacuada desde los años 80. Una raya más al tigre que obligó a evacuarse hasta a la cultura: etnólogos, músicos, poetas, filósofos, bailarines. Desde Lydia Cabrera hasta Cristinito Hernández. Circunstancia de la amargura por todas partes que amenaza con otaolizar los restos de humedad que dicen todavía quedan.
   Abel entrará a la oficina e imaginará que abre la primera gaveta para leer la carta de su predecesor (probablemente escrita el mismo día que lo nombraron, sabiendo cuán fácil es no estar más). En su lugar, hallará las obras completas de Papito Serguera, y la llave del pantry. Así como la mano precisa de Marcia Leiseca, la vice saliente y sobreviviente cuñada de Camilo, y ´dentro del juego´ desde la época de Padilla, otro bebé de Consolación. Para que vaya todo bonito, ahora que alguien resbaló con la cáscara del plátano en la pared y en su marumaca aérea escuLpió un 349.
   Retamar estará por siempre en nuestros corazones, inFARtándolos, ¿o inFARTándolos? Por siempre en los anales de la Literatura y la Stasi tropical. Prieto, con su cabeza repleta de retamas canosas, escuchará a lo Jay-Z: Blackie is in the buildiiiing. La curva de aprendizaje les enseñó a contorsionarse como Neo para esquivar los proyectiles y asegurar el silencio de los corderos.
   Alumnos aventajados del Ilusionista en Jefe, el maestro de la letra pequeña y la tinta invisible: donde dije digo (güi ar not sóchalist), dije lo que me sale de los cojones (seré marxista-leninista hasta el final de mi vida). Por eso we are the champions, Freddy Mamoncillo…
   … porque a lo rainov, sobrevivir es la orden.
   Mientras sigue sonando el disparo del 45 de Yeyé.

(En el Tíbiri-Tábara. El Señor Corchea, diciembre 2019)

Monday, December 23, 2019

Antonio Villarruel vs. “Calibán”, de Roberto Fernández Retamar


“Calibán” apareció en un momento de durísimo disciplinamiento de artistas y pensadores cubanos, siempre según Rojas. Sin embargo, pese a la inmensa capacidad intelectual de su autor, el libro es un extraño amasijo de nativismo postcolonial con ataques personales a escritores y pensadores. Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes fueron pasados por las armas de la prosa de Fernández Retamar durante sus diversas ediciones. Pero “Calibán” no es un libro insólito por estas razones. Lo es porque ha sido uno de los artefactos ensayísticos más retocados de la literatura latinoamericana.
   Cuando era niño, en mi casa de Quito, había un ejemplar cubano que seguramente no superaba las setenta páginas. Muy distinto del musculoso tomo que encontré en el aeropuerto de La Habana, hace unos ocho años. Fernández Retamar retocaba su obra una y otra vez, dependiendo de las necesidades políticas del gobierno de su país y de las rencillas literarias en las que se inmiscuía. Una de las citas más célebres de “Calibán”, es, de hecho, el “mariposeo neobarthesiano de Severo Sarduy”, que delató, a él y su régimen, como una junta de homófobos ilustrados.
   A medida que Cuba se volvía una parodia de sí misma, Fernández Retamar retocaba su texto para volverlo contemporáneo, aunque el resultado fuera un collage de concordias contextuales. Hay “Calibanes” para todos los gustos: el de 1971 o los de 1987, 1991, 1992, 1993 o 1995, año a partir del que cae en un extraño olvido, tal vez provocado por su anacronismo en pleno Período Especial, que mataba de hambre a la población cubana, o porque sencillamente los estudios postcoloniales se volvieron trending topic para comprender la realidad latinoamericana. Por eso, es imposible afirmar que se leyó el “Calibán”. Podría decirse, más exactamente, que se leyó uno de los “Calibanes” disponibles.
   No es casual que el redescubrimiento de este libro fuera impulsado y legitimado por la universidad estadounidense. En 2003 apareció su versión definitiva, prologada por Fredric Jameson, uno de los teóricos más conocidos en el área de las humanidades anglosajonas. De esta versión hay, hasta donde sé, ediciones argentinas, cubanas y puertorriqueñas. Lo que comenzó como ensayo de revista cultural, terminó como una de las biblias de diversas generaciones de militantes de izquierda, cada cual con el ejemplar que más le convenía.
   Como gesto poético, el mismo año de la última reescritura de su libro más famoso, Fernández Retamar mandó fusilar a tres hombres acusados de robar una “Lanchita de Regla” con que pretendían llegar a los Estados Unidos. De otros gestos similares tiene llena la memoria el poeta y ensayista cubano Antonio José Ponte, quien me los contó detalladamente una más de sus tardes en el exilio.
   El mejor epitafio para esa embarcación de muchachos muertos es justamente un cuarteto que Fernández Retamar escribió en 1962, sin saber de la sentencia que saldría cuarenta años más tarde de su puño y letra: “Eres la forma de nuestra existencia/Eres en que nos afirmamos/Eres la hermosa, eres la inmensa caja/Donde irán a romperse nuestros huesos/ Para que siga haciéndose su rostro”.

(Roberto Fernández Retamar: Calibán en el paredón. La República, agosto 2019)

Monday, November 18, 2019

Antonio Rodríguez Salvador vs. Carlos Manuel Alvarez (defendiendo a Retamar)


Recuerdo que cierta polemista se ocupó de abundar atributos de su carrera como autor. Virtudes no precisamente relacionadas con la ficción literaria, sino con textos escritos en esa vertiente de la crónica y el reportaje que dan en llamar Periodismo narrativo.
   Hubo una época en que al Periodismo narrativo se le conocía como Nuevo periodismo, pero el tiempo no perdona y entonces se le cambió el nombre. Según estudiosos, dicha corriente surgió hace unos sesenta años con Rodolfo Walsh y Truman Capote; pero otros, con ojo chusco, apuntan que ya estaba presente en Herodoto, hace veinticinco siglos.
   O sea, el Nuevo periodismo es bastante viejo, pero la polemista me recomendó buscar los novedosos textos de Carlos Manuel, cosa que prometí y finalmente no hice. Sin embargo, un par de días atrás alguien compartió en Facebook un artículo suyo, y entonces me dije: Vaya, he aquí la promesa. Quiero decir, la promesa que hice de leer “la promesa”, y, con la esperanza de disfrutar un periodismo en cuerda literaria, di un clic sobre el vínculo que remitía al diario español El País.
   La buena narrativa tiene la virtud de sumergir al lector en los hechos; uno los vive, de algún modo también los reporta; pero seis párrafos después, no había elementos propios del género. ¿Dónde está el narrador?, me preguntaba.
   Sin narrador no hay periodismo narrativo, pero es que tampoco aparecían técnicas comunes hasta en novicios: ni una mudita espacial, ni una cajita china... Era la mirada del autor mondo y lirondo, sin dialogismo, a puro teque, y con un único propósito: hacernos creer que el recién fallecido intelectual cubano Roberto Fernández Retamar, es un “mal poeta”, un poeta que “no sirve” (sic).
   ¡Vaya estilo! ¡Vaya concepto! ¡Vaya lenguaje de cervecería aplicado a la crítica literaria! ¡Perdónalo, san Borges! Qué diría Alfonso Reyes.
   Pero bien, demos por válido su derecho a la rotundez; solo que ya sabemos por Aristóteles que en materia de argumentación no puede haber refutatio sin probatio. Y que, por Dios, quien ahora se adentra en la crítica literaria no fue vendido como fanático de graderías o portero de club nocturno, sino como promesa de la literatura latinoamericana, según cábalas de un jurado pitoniso.
   Uno espera que luego de esa tremenda afirmación venga la ciencia, sobre todo teniendo en cuenta que muchos académicos y renombrados críticos han fundamentado lo contrario. Hay suficiente literatura pasiva sobre la obra de Retamar, y gran parte de ella, la gran mayoría, lo ubica como uno de los grandes autores latinoamericanos.
   Pero no. Como Carlos Manuel es una promesa, al parecer no tiene por qué cumplir con normas elementales de la crítica literaria. Caso contrario dejaría de ser promesa: ¿Me explico? Vaya, ni acaso atender a reglas clásicas del acto expositivo del discurso, pues del exordium va directo al peroratio, sin atenerse a los beneficios del narratio y el argumentatio. O sea, considera que con el teque y la matraca es suficiente.
   Por usar su mismo recurso beisbolero, en la competencia entre literatura y trivialidad, hasta el noveno inning (perdón, párrafo) de su despacho tenemos el siguiente score: figuras de la dicción, cero; frases hechas, lugares comunes y argumentos ad hominem, once. Una paliza de la vulgaridad contra el arte.
   ¿Para quién escribe este muchacho? Por su lenguaje tabernario podemos conjeturar para quién lo hace. En materia de discurso, existen los llamados registros lingüísticos. Esto significa que un emisor habla de acuerdo con el contexto y el tipo de receptor. ¿Y quién sería ese receptor que a una “promesa de la literatura latinoamericana”, a un excelso prospecto del Periodismo narrativo, obliga a un lenguaje y unos modos de tan baja estofa?
(…)
   Roberto Fernández Retamar es un grande de la literatura porque ahí está su obra para probarlo. Carlos Manuel Álvarez, en cambio, es autor sin mayores méritos más allá de conjeturas y construcciones propias de lo mediático. Le queda muy grande Retamar, porque ya lo avisa un refrán relativo a las promesas: Vale más un “toma”, que diez “te daré”.
   Por último, a Carlos Manuel quizá le convendría entender algo: si su artículo no es ciento por ciento bodrio, si en algún momento contiene verdadera literatura, es porque allí cita varios versos escritos por Retamar. Debería agradecerle esto a Roberto.

(El agradecimiento que le debe a Retamar. La Jiribilla, Agosto 2019)

Wednesday, October 2, 2019

Carlos Manuel Álvarez vs. Roberto Fernández Retamar


   Con la noticia de su muerte, alguien me preguntó si por fin Retamar servía o no. Le dije, por decir, que pensara en un prospecto que nunca llegó a triunfar en Grandes Ligas y que, siendo beisbolista, pudiendo batear y fildear, aceptó el cargo de coach de tercera.
   Alguien que cumple órdenes, da señas constantemente y transmite las jugadas que piensa otro. Alguien que te indica cuándo tienes que frenar o cuándo puedes seguir, y alguien que, de más está decirlo, siempre mandó a frenar. Le gustaba que la gente estuviera quieta en base.
   Cuando yo llegué a La Habana, con dieciocho años, Casa de las Américas era un templo venerable, un gris edificio arte decó ubicado en Vedado, en calle 3ra y Avenida de los Presidentes. Justo al lado quedaba mi residencia universitaria, veinticuatro pisos de hambre y subversión.
   Todos los días, para llegar a mi cuarto, cortaba camino como tantos. En vez de tomar la acera, me metía por una especie de pasillo que atravesaba la entrada de Casa y miraba para adentro, buscando quién sabe qué.
   La primera vez que vi a Retamar fue en uno de esos peregrinajes de estudiante. Ya rondaba los ochenta, sus pasos eran cortos. Lo rodeaba una cohorte de empleados menores. Iba a montarse en un Lada, se lo llevaban a algún lugar.
   Yo quería con todas mis fuerzas convertirme en escritor. No había, desde luego, escrito nada, pero creía que pasar cada tarde por Casa de las Américas y encontrarme a veces con Retamar en mi camino ya me ayudaba un poco a serlo.
   Era una atmósfera sublimada que yo confundía doblemente. Primero porque la literatura no es algo que venga nunca desde afuera, y segundo porque en los años que yo estudié en La Habana –y así sigue siendo hasta hoy, y así era también desde mucho antes– no había nada que pudiera alejarte más de la literatura que Casa de las Américas.
   La última vez que vi a Retamar, si es que no se trataba de un fantasma, fue hace casi tres meses. Me habían invitado a la feria del libro de Santo Domingo. Entré a un restaurante y él estaba sentado en una de las mesas con más comensales. Fue una presencia incómoda, no me gusta estar en un lugar donde hay gente que trabaja para el estado cubano. Transpiran miedo, son recelosos, siempre tienen que cuidar sus palabras. Todo eso puede olerse si uno tiene el olfato indicado. Es como recordar cuál era tu olor años atrás.
   Salí de allí de inmediato. Retamar llevaba su boina distintiva, para mí ya un emblema del hombre pusilánime, del pensador castrado en buena medida por sí mismo.
   Hay en su obra un poema bisagra muy conocido. Se llama El otro (enero 1, 1959), y está escrito, naturalmente, en el punto de quiebre de la historia, justo en ese instante en que toda la materia nacional conocida hasta el momento está cerca de entrar para siempre en otra dimensión. «¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,/ sus huesos quedando en los míos,/ los ojos que le arrancaron, viendo/ por la mirada de mi cara/?», se lee ahí.
   Podemos detectar de dónde viene y adónde va Retamar. La contención del poeta letrado le sostiene todavía el pulso al estremecimiento épico, salva al verso de fracasar en la estridencia, pero todo eso va a desaparecer. Retamar va a traficar con el tono elegíaco, a corromperlo en el trasiego diario, convirtiendo su lírica, cargada de esperanza y porvenir, en un sitio de constante expiación cívica.
   En esa monografía programática, El socialismo y el hombre en Cuba, el Che Guevara le endilga a la vieja burguesía cubana una culpa original que Retamar, como hombre ampliamente formado bajo las reglas del viejo orden, va a padecer y a tratar de limpiar más que nadie.
   Hay entonces un punto de ironía y de justicia en el hecho de que en sus coloquiales poemas revolucionarios Retamar sea más burgués que nunca. Con las mismas manos relata su participación en la construcción de una escuela. Ahí cuenta que a pesar de ponerse lo que él entendía como ropas de trabajo, todavía los obreros le dijeron señor.
   Se trataba de un turista en el país del proletariado, alguien de paso que quería parecer cool, convertirse en unos más, y que no tenía la menor idea de cómo vestían los obreros. Es condescendiente y compasivo, ve en esos semejantes a buenos salvajes, y hay una representación primitiva de las acciones y las cosas («Y me eché a aprender el trabajo elemental de los hombres elementales», o «tomé el agua silvestre de los trabajadores»).
   En la revolución, la clase obrera es la nueva aristocracia social. En una actitud típicamente burguesa, Retamar quiere acceder ahí, quiere travestirse con ponderaciones y lisonjas y que lo acepten en la corte del yunque y el cultivo. Pero el único momento revolucionario es el momento pre-revolucionario, y el segundo de la transformación ya ha sucedido, el segundo verdaderamente luminoso está clausurado de modo definitivo para Retamar y los suyos.
   Como sujeto de su clase, Retamar quiere alargar un suceso al que llega, por fuerza, tarde, puesto que es condición dada de la burguesía llegar tarde a las revoluciones modernas. Ese alargamiento tozudo es trágico, inicia y justifica la deriva totalitaria.
   El único puesto que hay entonces para el burgués en el tejido social del nuevo orden no es un puesto de obrero, sino un buró de funcionario. Es lo máximo a que se puede aspirar, una recompensa que castiga. Con su chivo, su boina, su portafolio cargado de poemuchos y papeles administrativos, y su imbatible obediencia y sumisión, Retamar cumplió siempre a pie juntillas lo que la historia tenía deparado para él.
   Con las mismas manos es un poema de 1962. «Pasé por el que será el comedor escolar/ hoy sólo señalado por una zapata», dice su verso décimo. Tantos años después Retamar ha muerto, muchas vidas han pasado, ya no hay burgueses ni obreros, sino sobrevivientes, y ese comedor no ha sido construido todavía.

(Un turista en el país del proletariado. El País, julio 2019)

Friday, August 9, 2019

Belkis Cuza Malé vs. Roberto Fernández Retamar


Cuando la historia de una persona está ligada a la política servil del modo en que lo hizo Roberto Fernández Retamar, apoyando a la dictadura castrista, lo menos que podemos decir es la verdad sobre el personaje que acaba de fallecer.
   Murió "con las botas puestas". Ex Miembro del Consejo de Estado, director de La Casa de las Américas, represor oficial de la literatura que no aplaudiera al régimen, aparece ahora en el exilio como un "gran intelectual". Los grandes intelectuales no se venden, amigos.
   Estoy cansada de oír ofensas y comentarios malvados contra HEBERTO PADILLA, pero ahora veo que Retamar ha logrado borrar de un tirón toda su trayectoria abyecta, y el exilio lo "reverencia".
   Pregúntenle a Neruda quién promovió en La Habana, la carta contra él, por el sólo hecho de haber visitado Estados Unidos y ser invitado a la Casa Blanca. Y eso fue a principios de los 60.
   De ahí en adelante Retamar no cesó de manifestarse como un servidor oficial del régimen que esclaviza a Cuba.

(publicado en la red, julio 2019)

Tuesday, July 23, 2019

Alejandro Armengol vs. Roberto Fernández Retamar

Retamar tuvo el “don” de cumplir a la perfección varios objetivos del centro de poder en Cuba— objetivos que trascendían las ideologías en juego en los inicios y luego internacionalmente— el cual necesitaba para ello de un instrumento idóneo, que permitiera el empleo del socorrido puño con guante de seda.
   Desde el 1 de enero de 1959 inició ese camino con un poema fechado en ese día: “Los sobrevivientes”:

   Nosotros, los sobrevivientes,
   ¿a quiénes debemos la sobrevida?
   ¿quién se murió por mí en la ergástula,
   quién recibió la bala mía,
   la para mí, en su corazón?
   ¿sobre qué muerto estoy yo vivo…?

   Con estos versos Retamar establece en la literatura cubana el complejo de culpa dentro de sus creadores por no haber participado con las armas en la lucha contra Batista; complejo que luego se ampliaría con el concepto de compromiso intelectual, primero en su versión sartreana y luego bolchevique. Aquí se anticipa al Che Guevara, que luego expresará igual opinión, incluso más a las claras, en “El hombre y el socialismo en Cuba”: el pecado original de los intelectuales cubanos es que no son verdaderos revolucionarios.
   “Calibán”, esta vez como ensayo, cumple igual objetivo en 1971, al aparecer por los mismos días que el funesto Congreso de Educación y Cultura que oficializa lo que luego se llamó el quinquenio gris que en realidad fueron años negros.
   En ese ejercicio como instrumento del poder Retamar fue más que nuestro Gorki o Ehrenburg (papel propio de Carpentier): el ejemplo de intelectual católico en sus orígenes, de clase media y formación en el extranjero convertido en funcionario-comisario de la dictadura del proletario.
   En lo específicamente literario, a la poesía cubana le hizo un daño momentáneo con la llamada poesía coloquial, pero ese, por supuesto, fue un mal menor.

(El sobreviviente. Publicado en la red, julio 2019)

Friday, December 30, 2016

Angel Santiesteban vs. Roberto Fernández Retamar y Laidi Fernández de Juan

Se sabe de intelectuales que han vendido sus almas al diablo. Ese es el caso de Retamar. Y quizá lo que no supieron quienes leyeron aquel primer post, fue que expresé mis críticas con dolor, porque una vez me dijo que, desde hacía años, heredaba las amistades de sus hijas, y que me consideraba su amigo. Pero, una vez que publiqué en mi blog lo que pensaba al respecto, fui tachado de la lista de “bienvenidos” a sus fiestas familiares, algo que acepté con orgullo porque no quería compartir con asesinos.
   A su vez, cuando en la UNEAC comenzaron a recoger aquellas firmas de apoyo al fusilamiento, como suele suceder ante esos llamados oficialistas, muchos, casi la mayoría, fueron a estampar su nombre en aquel cobarde documento, aunque luego, en la sala de mi casa, dijeran que no deseaban firmar, pero que el miedo a que “nos enseñen los instrumentos” (el modo en que estos “intelectuales” se refieren en silencio a la represión oficial), los inducía a traicionar sus pensamientos, sus verdaderos credos. Negarse a estampar su firma de apoyo a tan sádico crimen era, para ellos, algo similar al suicidio. Por mi parte, es obvio, cuando me hicieron la respectiva llamada desde la oficina de la Asociación de Escritores solicitando mi firma, dije que me negaba y recuerdo que la funcionaria escuchó en total silencio mi desacato a la dictadura, seguro que para informarlo después; o, al menos, para no verse involucrada en mi diatriba en caso de ser escuchada.
   Todos los que conocemos a Laidi Fernández de Juan, sabemos que idolatra a su padre, como corresponde hacer a los buenos hijos, por supuesto, y en este caso, a partir de que publicara yo dicho post criticando a su padre, comenzó desde su pináculo oficialista una persecución implacable contra mi persona. Se olvidó de los cumpleaños sorpresivos que me dedicó, de sus cartas de amor por el correo Cubarte ─antes de que me lo clausuraran─, de sus dedicatorias en los libros en las cuales me exaltaba como uno “de los pocos caballeros que conoce”, entre otros lances que “no quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo. La luz del entendimiento me hace ser muy comedido”, cuando quiso que la llevara al río.
   Lo cierto es que, como la dama soez que hoy encarna ─y quienes la conocen me darán la razón, pues saben que fuma, bebe y dice palabrotas como un arriero─, trepadora del oficialismo y ventajista que siempre ha sido, comenzó su labor de sátrapa en mi contra, en contubernio con la Seguridad del Estado, Abel Prieto y Retamar, quienes fueron en mi caza y esperaron el mejor momento. Querían más sangre, la mía ─en alguna parte leí que, una vez que se prueba, se sufre un síndrome de vampirismo, e imaginé a Retamar deleitándose con la mía─. Pero más allá de cualquiera de mis imaginaciones, ese absurdo proceso me hace recordar siempre las acusaciones y persecuciones contra Hannah Arendt, cuando cuestionó el papel de los “consejos judíos” en el holocausto. Y, como ha he dicho, Laidi Fernández comenzó a intrigar en mi contra. Y, junto a ella, hasta los amigos y conocidos, temerosos, pues por salvar sus traseros o hacerle la corte al régimen, son capaces de denunciar a sus propias madres.
   A los pocos días de que la dictadura me llevara a prisión, ya tenían previsto un “Encuentro contra la Violencia de Género”, que estaba ubicado en el mejor lugar del guión: una vez que terminó la Feria Internacional del Libro en La Habana y partieron los extranjeros, me citaron para que ingresara en prisión, y justo en ese momento, cuando comenzara la protesta internacional contra mi encarcelamiento, salían aquellas “Damas de la UNEAC”, como se les llamó, recogiendo firmas para apuntalar esta injusticia perpetrada por el régimen.
   El clan de los Retamar, como he denunciado en ocasiones anteriores, fue el gran promulgador de aquella recogida de firmas en mi contra. El viejo, instigó en los predios de la Casa de las Américas, donde funge como Director vitalicio, ─algo tiene que cobrar por ensuciarse las manos, además de estar emulando con los Castro, como si fuera una apuesta de quién dura más en sus poderes. También es sabido que usó a esa institución cultural para convencer a algunos intelectuales extranjeros, que sí se dejaron engañar y los acompañaron en aquella campaña injusta, pese a que en internet estaban (colgadas en mi blog y circulando en cientos de sitios webs y medios sociales) todas las pruebas de mi inocencia.
   Y hubo también, triste es decirlo, personas que firmaron sin conocer nada sobre el asunto, y siguiendo ciegamente solo el rumor de la oficialidad, que en realidad a cualquier costo político necesitaba acallar mi voz luego de las dos Cartas Abiertas que escribí al dictador Raúl Castro, y de mis acciones públicas en defensa de los derechos y libertades que deberíamos tener según se establece en la Carta Magna de Derechos Humanos de la ONU.
   Esas “Damas” eran mujeres que nunca han condenado las golpizas salvajes que asestan los órganos represivos de la dictadura a las Damas de Blanco, pero el colmo es que tampoco defendieron a Ana Luisa Rubio, cuando fue golpeada salvajemente y sus fotos con el rostro desfigurado fueron exhibidas en todas la redes del mundo, incluyendo la cubana: no se conmovieron ni siquiera porque era miembro del gremio al ser una actriz popularmente conocida. Volvieron a callar, en un acto de vergonzoso cinismo, porque para ellas los abusos del gobierno no son violaciones. Ellas solo funcionan cuando la dictadura le da luz verde, como animales amaestrados para agredir al recibir la orden de atacar.
   También son públicamente conocidos los miedos del viejo lobo cuando Fidel Castro lo mandaba a citar para que acudiera a Palacio. Dicen que Retamar se enfermaba del estómago. No era para menos, seguro temeroso de que el tirano hubiera decidido infringirle algún castigo. Estoy seguro de que la vida y la historia le pasará la cuenta al poeta, sobre todo por su cobardía, que es su gran enfermedad; la misma enfermedad de todos aquellos que se alían al poder para salvaguardar sus traseros.
   Alguien me comentó hace pocos días que había visto en la calle a Laidi Fernández y que cierta maldad se le estaba reflejando ya en el rostro, al punto de parecer una bruja. Ese, estoy seguro es el resultado devastador del peso de conciencia, en caso de poseerla, por todos los planes sucios que se cocinan en su casa.
   También puede ser consecuencia de saberse una escritora inflada, inventada, pues ha ganado los premios literarios que ostenta en su currículum únicamente por la presión de su padre a los jurados. Eso es conocido públicamente por el gremio de escritores. Y todos aquellos que han participado junto a ella en esos concursos, lo sufrieron, aunque prefieran callarlo porque sería enfrentar a todo el poder de ese apellido y la oficialidad que representan y ejercen. Además de las presiones de su padre para que su Laidi fuera aceptada en los medios culturales cubanos, a la oficialidad le convenía la cuota de cobardía que llevan en sangre, pues inferían que sería una aliada más para sus actos ruines, como efectivamente luego ha sido. Pero si ella tiene algún talento es el de conseguirse algunos beneficios extra, brincando de cama en cama de funcionarios y de cuanta persona con poder se le pare delante, si ese poder le interesa a ella para su autopromoción.
   Conozco una anécdota convincente, contada en primera persona. Alguien que aún trabaja en la Casa de las Américas hizo una antología de mujeres que escribían el género de cuento. Y, cuando se supo la noticia, fue convocado a la oficina de Retamar. El crítico, sin saber de qué se trataba aquella convocatoria, acudió presuroso pues de todas maneras era su jefe y fue recibido por la secretaria. Apenas segundos después, se vio, intrigado, frente al Director.
   ─Me han dicho ─comenzó Retamar─ que estás preparando una antología de mujeres narradoras.
   El hombre movió la cabeza, confirmando, aún extrañado, pues no tenía la más remota idea del interés de su jefe.
   ─También me han dicho que usted no escogió ningún cuento de Laidi ─dijo, con cierta suspicacia─. En cambio, sí seleccionó un cuento de la escritora Mylene Fernández ─y lo miró con arrogancia─; ellas son muy amigas, ¿sabe?
   El antologador no entendía qué estaba sucediendo. De hecho, no sabía quién era la tal “Laidi” que a la sazón Retamar mencionaba, pues recuerden que en el inicio de su “carrera literaria” utilizaba su verdadero nombre: Adelaida.
   ─Pues mi hija no tendrá ningún inconveniente ─le hizo saber Retamar con la mayor autoridad─ en que usted sustituya el cuento de Mylene y ponga el suyo… Ni Mylene tampoco, se lo aseguro; son muy amigas, ya le dije.
   Me contó el antologador que, de inmediato, a su cabeza llegó, silenciosa, una pregunta: en aquellas condiciones ¿continuaba su interés por seguir laborando en la Casa de las Américas?, y se respondió que sí, con lo cual sólo le quedaba un camino: remplazar los cuentos o pedir la baja de la institución.
   Todo terminó con un movimiento afirmativo de cabeza y se retiró. Y así fue que apareció un cuento de Laidi Fernández en aquella antología.
   Pero esto es solo una de las tantas maniobras de papá Retamar para que reconozcan a su niña. Nadie olvida tampoco lo ocurrido en el concurso David y el disgusto entre los participantes, cuando en realidad el premio, según la calidad del libro, lo merecía Michel Perdomo, que luego descubrió que su libro ni siquiera había sido leído por el jurado amigo del viejo poeta. Esa vez, por suerte, no le admitieron sus fullerías para potenciar a su Laidi.
   El viejo poeta no fue capaz de protestar ante los otros miembros del Consejo de Estado, al que pertenecía, y no se negó a estampar su firma de muerte para aquellos jóvenes que merecían vivir, que eran hijos de otras madres y padres que luego sufrieron y padecen hasta lo indecible aquel horrible acto. Manchó así su imagen para la posteridad. En lo particular, no creo que unos buenos versos borren el color de la sangre.
   No hay que olvidar que cuando unos vándalos agredieron a su hijo en la barriada de El Vedado, donde viven, Laidi se olvidó de los lazos de intereses que la unen a la dictadura y saltó como una loba escribiendo una declaración de ataque al sistema que hizo pública sabiendo que su sangre es intocable. Como ya es costumbre, la gente apoya al totalitarismo mientras no se siente perjudicado directamente, sin importarle que otros sí lo sean. Pero luego, a los dos días, cuando bajó el nivel de enervación y lo releyó, pues ya los funcionarios que ella bien conocía le habían conversado al respecto sobre su mala decisión de criticar al Estado, rescribió el texto para aflojarlo, y volvió a publicarlo con la nueva versión.
   Esta es la calidad de mis enemigos. Estos son los sabuesos de la tiranía que me tocaron. Cubiertos de bajeza, de falta de amor propio que presionaron cuanto y a cuantos pudieron por dañarme. Solo por expresar mi pena ajena con la poesía de Retamar, al caer sobre un artista la culpa de haberse cubierto las manos, y el alma, de sangre joven e inocente.

(Asesinos, cómplices y víctimas. Blog Los Hijos Que Nadie Quiso, mayo 2016)

Monday, November 28, 2016

Reinaldo Arenas vs. Roberto Fernández Retamar

Lo de la “falaz Retamar” (por el ensayista cubano Roberto Fernández Retamar) es excelente. Ella es un policía cubano que traicionó a sus amigos más íntimos y los que la ayudaron al principio, desde Lezama hasta el pipisigallo... Una bruja. Pero ya está liquidada, por fea y por mediocre.

(Carta a Néstor Perlongher, Revista Ñ, mayo 2016)

Friday, September 30, 2016

Carlos Alberto Montaner vs. Roberto Fernández Retamar

Poco antes del terremoto de Chile, Roberto Fernández Retamar, a nombre de la Academia Cubana de la Lengua que preside, publicó un ataque furibundo contra la Real Academia Española de la Lengua y el resto de las latinoamericanas, porque las instituciones habían invitado a varios escritores exiliados cubanos al V Congreso de la Lengua que debió celebrarse en Valparaíso el pasado 2 de marzo, evento que fue cancelado ante la catástrofe, aunque las ponencias están siendo recogidas en el website del Congreso. Un cable de France Press interpretó que la incomodidad de este apparatchik de la cultura cubana se debía a que Yoani Sánchez había sido convocada para hablar del papel de las redes sociales en la lucha por la conquista de las libertades, algo que seguramente era cierto, pero la irritación de Don Roberto tenía, además, otras explicaciones.
   Sucede que el Secretario Ejecutivo de todas las academias latinoamericanas, con sede en Madrid, es un exiliado cubano, el Dr. Humberto López Morales, el mejor, más productivo y respetado de los lingüistas cubanos en toda la historia del país, mientras, a propósito del tema, Retamar apenas ha publicado un breve ensayo sobre Estilística, insustancial y anticuado, aunque tal vez no carente de cierta utilidad pedagógica. Sucede, también, que yo estaba invitado al Congreso para dictar una ponencia, precisamente en una sección sobre “Literatura y Cultura en los exilios” que el señor Retamar debió presidir, y tal vez pensó que el contacto conmigo podía perjudicarlo.
   Si me trataba cortésmente, como recomiendan las normas de las personas civilizadas en situaciones de este tipo, la policía política cubana lo hubiera castigado por su “blandenguería” ideológica, y si hubiese elegido una confrontación sonora, con gritos y actos de repudio, como es la costumbre de ese gobierno de energúmenos, los académicos de toda América le hubiesen censurado su impresentable comportamiento. Ante la disyuntiva, Retamar optó por renunciar a viajar a Chile (supongo que a su pesar) y se limitó a denunciar el evento como “anticubano”, adjetivo que el aparato suele usar para descalificar a todo aquel o a todo aquello que se aleje del discurso estalinista del régimen.
Confieso que a mi me hubiera gustado coincidir con Retamar en Chile. Soy un fiel practicante de la cordialidad cívica. Esa es una de las actitudes básicas de cualquiera que crea en las virtudes republicanas. Recuerdo, además, una memorable entrevista en mi piso de Madrid con Lisandro Otero, el anterior presidente de la Academia Cubana de la Lengua, propiciada por JJ Armas Marcelo, el notable novelista español.
   Lisandro llegó a casa con cierta prevención, pero a los cinco minutos la conversación era amistosa y fluida. A los diez, descubrí que sus críticas a la dictadura eran tan severas como las mías, aunque discrepábamos en aspectos marginales. Tal vez, si hubiera tenido la oportunidad de conversar con Retamar, Don Roberto se hubiera quitado la máscara de duro comisario político con la que asusta a los intelectuales cubanos y habría aparecido el poeta amable, dulce y católico de su juventud, o el agradable profesor del Instituto Edison, personaje que suelen recordar sus colegas de entonces con simpatía, asombrados de la sorprendente metamorfosis que ha experimentado.

(Retamar y la cordialidad cívica. Blog Penúltimos Días, marzo 2010)