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Thursday, December 3, 2020

Antonio José Ponte vs. Arturo Arango

Un día me explicó su principal razón para no compartir mi empeño en salir del castrismo. Los dos esperábamos por la comida que preparaba el políglota Desiderio Navarro. Eran platos de otras lenguas para las nuestras, un plato árabe y otro de Europa oriental. Arturo Arango cuestionó qué pasaría si, por buscar cambios políticos tan rotundos, el país llegaba a una situación más insoportable.

   Ya fuera por convicción o por miedo, él no utilizaba el término dictadura, aunque sus expectativas no contemplaban más alternativa a Fidel Castro que otro régimen dictatorial, de derechas.

   Contesté a su pregunta con este acertijo marital: suponiendo que su esposa tuviera un amante y él se enterara, ¿qué iba a hacer? ¿Aguantar los tarros, por miedo a que su siguiente pareja pudiera engañarlo de peor manera?

   Él replicó que no era lo mismo, y tal vez tuviera razón. Quizás mi ejemplo no venía a cuento cuando hablábamos de política, pero lo suyo era, evidentemente, miedo al futuro.

   Ese miedo lo empujó al envilecimiento. Años después de aquella comida compartida, dirigía la Cátedra de Guión en la Escuela Internacional de Cine (EICTV) y fue uno de los que expulsó al profesor Boris González Arenas por hacer periodismo independiente.

   Con el pretexto de evitar posibles atropellos futuros, Arturo Arango era capaz de cometer muy reales atropellos en el presente. Que él dirigiera una cátedra daba la medida de la mediocridad de aquel centro de estudios. Porque mediocres son sus novelas y cuentos, así como los ensayos que ha publicado bajo un mismo título —"Reincidencias", "Segundas reincidencias" y "Terceras reincidencias"—, tal como Valéry y Sartre (no creo que él haya leído al primero) repitieron "Variété" y "Situation" para los suyos.

   En una entrevista reciente, opinó: "Tengo la impresión de que cada vez el Gobierno cubano tiene que actuar más como lo dejan que como quiere, que es algo también que ha pasado históricamente".

   Luego del énfasis que anuncia que nos confesará un impresión (y conste que las impresiones son volátiles y exigen muy atenta escucha), no hace otra cosa que repetir la coartada gubernamental de los impedimentos que vienen del norte. Redoble de tambores en el circo del pensamiento, luces dirigidas hacia el trapecista, para descubrir que entre el aserrín del suelo y el trapecio no hay ni una cuarta de altura.

   Cuando en esa misma entrevista declara: "Yo soy un anticapitalista radical", no puede uno menos que echarse a reír. ¿Radical él, el llorón de la antesala de Roberto Fernández Retamar del que habla Gabor? ¿Anticapitalista él, agradecido de que lo empleen en el extranjero, y no precisamente en Corea del Norte?

   Hay ensayistas con ideas y argumentos poco sorprendentes que se salvan gracias a su poder expresivo, pero este no es su caso. Le preguntan en dicha entrevista acerca de sus miedos, y contesta: "Le tengo pánico a las ranas. Le temo a la muerte". En la cosmología personal de Arturo Arango la libertad ha de aparecer bajo la figura de esqueleto o de rana (...)

   (Del "Diccionario de la Lengua Suelta", de Fermín Gabor, Renacimiento 2020)

Wednesday, August 10, 2016

Arturo Arango sobre ataques oficialistas a Leonardo Padura y Reina María Rodríguez

La escalada es interesante. Cuando Leonardo ganó el Premio Nacional de Literatura, nadie, que yo recuerde, se atrevió a cuestionarlo. Al obtenerlo Reina María, algo hizo clic y saltaron contra los dos (y no solo Guillermo [Rodríguez Rivera] fue al ataque). ¿Qué puede enlazar a Padura con Reina, además de la amistad generacional? Lo más visible, a mi juicio, es que ambos han escrito obras inconformes, adoloridas, críticas, centradas en la Cuba que han vivido. Es una cualidad que comparten con la mayoría de los escritores cubanos. Ellos dos, sin embargo, han ganado con justeza un enorme reconocimiento internacional. Por fortuna, el otorgamiento a Reina del Premio Internacional “Pablo Neruda”, en Chile, llegó a tiempo para acallar los ataques contra ella. Parecería que entonces la artillería recibió la orden de disparar sobre Leo.
   Y de verdad que no me gusta ser paranoico, pero las coincidencias son excesivas.

(Carta publicada en la red, mayo 2014)

Monday, January 18, 2016

Arturo Arango vs. el prólogo de Eduardo López Morales a “La generación de los años 50”

Tengo la impresión de que, luego del Coloquio, muchos de los escritores que ya podían ser considerados mayores, aquellos que, además, habían sido peor tratados durante los arduos 70, comenzaron a gozar de un reconocimiento que los fue instalando en el reino de los intocables. Como parte de esa estrategia de recolocación leo la antología La generación de los años 50, preparada por Luis Suardíaz y David Chericián, y, sobre todo su prólogo, debido a Eduardo López Morales. Presentada como acto de consolidación generacional, resulta un gesto tardío, a destiempo. El afán legitimador, en cambio, es claro en la insistencia de López Morales por deshacer algunos de los argumentos desde los que había sido juzgado ese conjunto heterogéneo de poetas: lo improcedente del sentido de culpa por la no participación directa en la lucha revolucionaria (“este análisis no puede afrontarse con simplificaciones pseudopolíticas, con sospechosos complejos de culpa o con demagógicas lamentaciones”)y lo inadecuado de oponerles el ejemplo de quienes entregaron su vida o renunciaron al ejercicio de la literatura (“La Revolución no exige en absoluto esta renuncia, salvo en aquellos que desempeñan un papel imprescindiblemente protagónico en la conducción política”); la revaloración de la labor intelectual como trabajo (“el arte es un trabajo concreto que se materializa en un tiempo de trabajo concreto con un producto concreto para un tipo particular de consumo espiritual”), y, por último, la defensa ante los ataques de la generación de El Caimán.
   Situado en esa perspectiva, no es extraño que el prólogo insista en descalificaciones sobre la poesía de los autores agrupados en torno a Orígenes (“algunos de los [poetas] mayores en calidad y edad, asqueados por la corrupción republicana y alienados por sus limitaciones de clase e ideológicas, se esforzaban en conservar una tradición nacional cada vez más mitificada en una metapoesía que tarde o temprano se convertiría en su contrario, porque no se puede inventar un país y una cultura divorciados de las realidades que los nutren”); y también contra los de Lunes... (“No por azar quienes propugnaron desde Lunes de Revolución esta guerra aventurera y demagógica bajo la cobertura de la palabrería izquierdista traicionaron más tarde, para convalidar de nuevo el apotegma leninista que describe la esencia del oportunismo”), desconociendo que, al contrario de lo que asegura, de los escritores que trabajaron en el suplemento o colaboraron asiduamente en él permanecían en Cuba, o murieron aquí, señaladamente, su jefe de redacción, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat, José Álvarez Baragaño (incluidos en la antología), Virgilio Piñera, Oscar Hurtado, Humberto Arenal, y Raúl Martínez, su director artítico, entre otros. Si invirtiéramos como el consabido guante la aseveración de López Morales, todo el mal de Lunes... estaría concentrado sólo en dos personas: Cabrera Infante y Padilla, los únicos del “cogollito”, como lo llamaba Virgilio, que murieron en el exilio.
   También, como se hizo habitual en este tipo de ensayos, se expone un conjunto de deberes y normativas, ya desde lo que se ofrece como el canon para la poesía cubana anterior a esta generación: Villena, Guillén, Pedroso, Félix Pita, Navarro Luna (no Lezama, no diego, jamás Piñera), pueden brindar “un asidero espiritual, literario y político para [los poetas de la Generación del 50]”; ya desde la expresión misma de obligaciones y renuncias: “La búsqueda de la comunicación [...] debe ser la divisa fundamental de nuestra literatura”, así como “para humanizar la poesía”, es necesario abandonar “las búsquedas crípticas de una nacionalidad remisible a camafeos geográficos, telúricos o supuestamente ubicados más allá de las contingencias ‘políticas’ (o sea, adscritas a una política particular de alienación pequeño y medioburguesa)”.
   En este ensayo introductorio se cita, y admite, aquel dictamen del prólogo a Poesía joven de Cuba: “toda generación está obligada no sólo a continuar, sino a reempezar la poesía”. Sin embargo, él mismo asigna a la que llama segunda generación de la Revolución deberes que, además de mostrar un paternalismo intolerable, parecen salidos de un programa educativo o político, y no de un ensayo sobre la poesía contemporánea cubana:

   consolidar y superar dialécticamente lo logrado, someter a examen y análisis sus propias proyecciones, estudiar el proceso cultural de nuestra nación para asumir críticamente las líneas nodales que se corresponden con sus leyes constitutivas, [...], y aprender, como ya han hecho sus más prometedores y valiosos integrantes, que esta nueva sociedad en la que viven día a día concita y exige los esfuerzos y heroísmos colectivos, porque cada generación puede exhibir en nuestro país las realizaciones que ha contribuido a materializar, y se requiere la interacción enriquecedora de jóvenes, maduros y “viejos”

(“Con tantos palos que te dio la vida...”, conferencia publicada en la red, 2007)

Wednesday, December 30, 2015

Arturo Arango vs. el “tojosismo”

Salvo honrosísimas excepciones, la poesía cubana del período exhibe un muestrario de libros desustanciados, vanos, esencialmente despolitizados, incluso oportunistas. Era el tipo de poesía, de literatura, oficialmente promovida y, como ya he dicho, la ausencia de escritores motivó la apresurada búsqueda de nuevos nombres con que llenar los espacios que quedaron vacíos. Aún a riesgo de repetirme, debo decir que esa búsqueda condujo a la invención de poetas que no lo eran, que intentaron aprovecharse de la revoltura del río, y también a la promoción de jóvenes a quienes les correspondía aparecer justamente en ese instante. La mayoría de ellos (de nosotros) no tardó en entrar en contradición con quienes dirigían instituciones culturales y órganos de promoción literaria. Se suele tomar como el ejemplo más demostrativo de la poesía hecha en esos años aquella tendencia que fue graciosamente bautizada como tojosismo, una poesía de asunto y ambiente rurales, que solía idealizar personajes del campo, y que recreaba sobre todo momentos de la infancia del sujeto lírico. Creo, sin embargo, que es necesario distinguir dos posiciones al respecto: una es la de poetas que por formación, por sensibilidad, incluso por lecturas, comenzaron a hacer el tipo de literatura que les era necesaria (pienso en autores como Roberto Manzano y Alex Pausides), y otra, la instrumentación que hicieron de esa tendencia quienes estaban encargados de promover a los jóvenes. En verdad, ese tipo de poesía venía como anillo al dedo a aquellos que tenían como propósito alejar la literatura de las contradiciones, las angustias, las inconformidades de la contemporaneidad, y por eso el tojosismo también fue el refugio de no pocos oportunistas.

(“Con tantos palos que te dio la vida...”, conferencia publicada en la red, 2007)

Friday, June 21, 2013

Fermín Gabor vs. Arturo Arango

Me acusa, a mí y a otros, de intolerante. Pero, ¿por qué buena razón dejar de atacar a un mazo de escritores oficialistas que ya cuentan en revistas y periódicos y noticieros y editoriales y oficinas con suficiente aplauso y vitoreo? ¿Hay que sumarse al coro de quienes los celebran? ¿Hay que callarse la boca o sudar fiebre por los pasillos roñosos donde circula el chisme? ¿Ser tolerante con la intolerancia política y la mediocridad literaria de quienes protagonizan la escena cultural cubana?
   Ya por el tobogán de las preguntas, ¿quién es verdaderamente Arturo Arango?
   Compartiré con mis lectores la mejor de mis hipótesis: hace unos años era el muy joven director de Casa, revista continental. Roberto Fernández Retamar era su jefe. Un buen día, con ganas de divertirse, de burlar la mediocridad de un periodista llamado Luis Sexto, el joven director confabulóse con algunos de sus subordinados y escondieron los rasgos del mediocre periodista bajo disfraces de payaso. Sacaron un número de la revista con retratos burlados de Luis Sexto.
   Lo escolar de la broma no tiene para mí reproche alguno (¿acaso aquí no las cometo igual?), sí lo insignificante de su elección. ¿Por qué en lugar de un idiota con nombre de rey no ocuparse de muñecón más alto? ¿Por qué no el jefe Retamar, por ejemplo? ¡En lugar de pieza mayor, bajarse con un periodista que nadie recuerda ya! Ubi sunt Ludovicus Sextus.
   No tardó mucho el burlado en reconocer bajo los payasescos rasgos los rasgos propios de su jeta, y exigió reparaciones a la ofensa, visitó a las autoridades pertinentes, hizo de la venganza punto de honra.
   Levantado el escándalo, el joven director de la revista Casa se mostró incapaz de reconocer su participación. Se engurruñó, escondióse, aclaró al jefe Retamar su desconocimiento de una jugarreta armada por subordinados suyos a sus espaldas.
   Pero aumentaron un poco la presión atmósferica y el joven director acabó por reconocer su parte en el complot. Lloró en la oficina del jefe (en la antesala, ya que no lo recibían) peticiones de misericordia. Haría lo que fuera necesario para recuperar la confianza traicionada por él. Se iba a Solentiname de monaguillo de Ernesto Cardenal, bordaría trajes típicos para Rigoberta Menchú.
   Y ahora ese lacrimoso que obrara encubiertamente, que dejara en la estacada a los suyos y mintiera a su propio jefe, es quien llama cobarde y amoral a todo el que se acoja a seudónimo o anonimato. Reencarnado desde hace años como jefe de redacción de La Gaceta de Cuba, asegura que no cometerá el pecado de la descalificación fácil: “evito escribir la palabra ‘cobardía’”. (Seguramente le traería recuerdos personales, remordimientos.)

(La Lengua Suelta # 18, La Habana Elegante, segunda época)

Monday, March 25, 2013

Arturo Arango vs. anónimos

Insisto en que estoy mirando sólo aquella zona, digamos, literaria de esos textos que llegan bajo firmas falsas. Para ser justo, debo reconocer que a muchos de ellos no les falta agudeza y que a veces expresan criterios con los que coincido (ya sabemos, “El diablo no tiene la razón pero tiene razones que vale la pena atender”), aunque en otros casos son chapuceros, tontos y su escritura pésima. Pero más allá de cuestiones de calidad, hay en la propia manera en que existen, en que toman cuerpo, argumentos que me molestan, que me preocupan, sustancialmente. Algo que huele mal.
   Lo primero es su intolerancia política. Como dije antes, se descalifican, sobre todo, escritores cuyo compromiso con la revolución cubana es explícito. Si décadas atrás nos quejábamos de que la izquierda dogmática desestimara figuras valiosas sólo por sus ideas de derechas, o aun por su indiferencia, invertir la ecuación no es menos nocivo y demuestra idéntico sectarismo: ni uno ni otro pueden hacer bien a la cultura, aunque uno y otro lleguen amparados por situaciones de poder o por el espíritu de la época.
   Me molesta también la falta de rigor, la comodidad que se impone con el anonimato (y evito escribir la palabra “cobardía” para no cometer el pecado de la comodidad, de la descalificación fácil, adjetiva). Ya sabemos, desde Barthes y Foucault, que un autor es algo diferente que el nombre de quien escribe. El anónimo se esconde también como autor. No sólo pone su persona, su rostro o su cuerpo mismo a salvo de réplicas, represalias o agresiones sino que está enajenando esa otra parte que le pertenece como autor. Al polemizar con un seudónimo de este tipo, sea el de Leopoldo Ávila o el de Fermín Gabor, lo hacemos contra una ficción, contra una fantasmagoría que terminará escapando (ya lo hemos comprobado en el primero de los casos), contra un cuerpo de ideas sin respaldo, sin historia.

(Anónimos, La Habana Elegante, segunda época)