Total Pageviews

Showing posts with label Juan Manuel Tabío. Show all posts
Showing posts with label Juan Manuel Tabío. Show all posts

Friday, July 13, 2018

Ernesto Hernández Busto vs. Juan Manuel Tabío

Sólo un crítico o ensayista flojo (y perdone el airado repetidor que insista en mi juicio de valor) es capaz de sostener sin sonrojo que la Austria de la que habla Bernhard es una especie de pretexto estilístico para su humorismo nihilista, o que la Francia de la que opina Bloy es otro más entre sus “rasgos de estilo”. Ese concepto de “estilo” es inane. Y esa idea de la literatura es poco menos que ridícula. Hay un mundo allá afuera, me temo, aunque los devotos del estilo no quieran verlo. En su ficción Bernhard habla de su porción de mundo, y en sus “libelos” Bloy disecciona el suyo. Sobre LGV habría mucho que hablar, pero no creo que tenga sentido polemizar con gente que opina que cualquier asomo prescriptivo, propio de toda crítica, remite de inmediato a “Verde Olivo”.
(…)
Pero ya Tabío no necesita “traductor” ni “embajadores”: él mismo ha ripostado en Rialta diciendo que no hemos leído a Blanchot y excluyendo la ideología de una limitada noción de estilo. Caricatura tras caricatura, cuesta polemizar: nadie, tampoco Duanel, ha querido “subordinar el sentido de la obra, o su condición de legibilidad, a la naturaleza ideológica de un régimen político”, como asegura Tabío. Pero es obvio que los juicios sobre la tradición y la sociedad cubana que Lorenzo escribió en Los años de Orígenes y en El arte de perder no son puros ejercicios de estilo y es perfectamente posible (incluso necesario, diría yo, atendiendo a cierta lógica de nuestro “campo literario”) entenderlos más allá de la acrítica aceptación y reverencia que nuestro “estilólogo blanchotiano” parece recomendar.
   El nihilismo de Lorenzo, su torturada búsqueda de una salida que le permitiera desviarse del origenismo, y hasta ciertas anécdotas vitales lo llevaron a interesantes excesos: su distancia con Baquero o con Lydia Cabrera (en su reveladora entrevista para Exilio) revelan que, en cierto momento, Lorenzo suscribió visiones más propias de la “crítica revolucionaria” que de un representante de la República de las Letras. No es algo exclusivo de LGV: lo hizo Casey también en un ensayo sobre el XIX y Piñera, varias veces. Esos gestos críticos, y esa distancia con la República, fueron muy interesantes, y yo diría que incluso necesarios para compensar ciertos excesos. Pero implicaron también una visión un tanto limitada que sería bueno analizar en profundidad, porque tiene, por cierto, mucha relación con las soluciones literarias (ah, de pronto salta la liebre del estilo) que Lorenzo fue encontrando.
  La idea de una ficción no narrativa (descubrimiento de Raymond Roussel al cual, por cierto, no eran ajenos los origenistas) no es algo de lo que haya que excluir a la fuerza referencias sociales o “ideológicas”, si bien es obvio que el hecho literario va siempre más allá de ellas. El problema de Tabío es que está todavía en esa fase del joven crítico donde se cree que un autor o referencia crítica tiene la Verdad en la mano, y entonces adopta la ridícula pose de arrojar esos nombres como si fueran guantes a sus lectores y posibles objetores. Una soberbia un tanto provinciana que, esperemos se le pase pronto para que siga leyendo con provecho a Lorenzo, Blanchot y tantos otros.

(Comentarios publicados en la red, noviembre y diciembre 2017)

Monday, June 4, 2018

Duanel Díaz vs. Lorenzo García Vega (y Juan Manuel Tabío, Ibrahim Hernández Oramas y Waldo Pérez Cino)

Yo carezco de poder, de influencias. No pertenezco a ningún cenáculo o grupo, no soy catedrático de una universidad de élite. Voy, en este caso, contra lo que parece ser el criterio mayoritario, que tiende a celebrar sin reservas Los años de Orígenes. Ocurre, además, que tanto “La persistencia del origenismo” como “Los años de Orígenes: visión y ceguera” son reacciones, a Kaleidoscopio, donde Arcos arremete directamente contra mi lectura del libro de García Vega, y al prólogo de Tabío, que sin nombrarme la deslegitima. La polémica, en ambos casos, no la he empezado yo, aunque ciertamente me ha servido para abundar en aquellas ideas que publiqué primero en Límites del origenismo. Gracias a los detractores de mi crítica a Los años de Orígenes, he ido profundizando en ella, pero todo estaba ya ahí, en ese libro de hace más de una década, así que los que ahora se sorprenden por lo que ven como un brote de dogmatismo no parecen estar muy al tanto de la bibliografía en torno a Los años de Orígenes. Alegar ahora que esta lectura mía equivale a pedir que el libro sea puesto en una lista negra, o que su autor deba ser expulsado de futuros diccionarios de la literatura cubana, mueve a risa. P.M. fue censurado; yo critico Los años de Orígenes –para ser exactos, una parte de este libro híbrido, la que tiene que ver con cierta idea de la literatura cubana, y de lo cubano. Llamo la atención sobre el fundamento marxista de “La opereta cubana de Julián del Casal”. Cito otros ensayos de García Vega, menos conocidos que Los años de Orígenes. Trato de encontrar el sentido que hay detrás de esa retahíla de noes que conforman su visión de la tradición cubana.
   Mis nuevos críticos, en cambio, no sudan. Apenas citan a García Vega. No aportan nada nuevo a la discusión. No se toman el trabajo de refutar mis argumentos. Les basta con deslegitimar mi crítica in toto, tachándola de crimen de lesa literatura. Ibrahim Hernández Oramas califica Los años de Orígenes de novela; no hay más que hablar. La literatura es la literatura es la literatura… Según Waldo Pérez Cino, mi lectura reproduce, aunque sea con signo contrario, ese tipo de crítica centrada en el discurso que padecimos durante décadas. Se diría que, para Pérez Cino, los años noventa y los años cero no existieron. Estamos aún en 1993, reivindicando la autonomía de la literatura frente a comisarios que nos tachan de formalistas y existencialistas… Es el mismo falso argumento que esgrimía Leonardo Padura en una entrevista con la revista Consenso en 2005, al afirmar: “el principal cambio que hace mi generación en la literatura de los 80 es precisamente sacar la ortodoxia política de la literatura, por eso no tiene mucho sentido que volvamos a meterla.” Esa sacralización de lo literario, que en nuestro contexto resulta cuanto menos ingenua, es justo la nueva ortodoxia a la que me refería al final de mi réplica a Tabío.
   Sé que no los voy a convencer. Pero hago mía aquella frase de Beckett que García Vega cita en Son gotas del autismo visual: “Vuelve a fracasar; fracasa mejor”. Sigan ellos en la posición cómoda, ociosa, del señor; defendiendo una literatura que está más que a salvo, que nadie ha amenazado. Vuelvo yo a la faena, a ensuciarme las manos. Un trabajo que no equivale, claro está, a subestimar la obra literaria de García Vega, su narrativa, su poesía y los libros híbridos que escribió después. Aunque no es de mis escritores cubanos favoritos, lo considero un autor importante, y entiendo por qué se ha convertido en una referencia fundamental, casi una figura tutelar, para tantos escritores contemporáneos. Pero lo que me interesa es justamente ese otro García Vega que no tiene que ver en principio con la ficción, el diario o las memorias, y que sus admiradores y aun sus estudiosos han desapercibido bastante: el García Vega crítico de la literatura cubana.
   Sarduy escribió par de ensayos sobre Lezama, presentándose como su heredero. Cabrera Infante escribió semblanzas de los autores que admiraba (Novás Calvo, Piñera, Carlos Montenegro, Lydia Cabrera), y de otros que había llegado a detestar, como Guillén y Carpentier. Arenas escribió “La isla en peso con todas sus cucarachas”, uno de los mejores ensayos que se han hecho sobre Piñera, y “La cultura popular en la actual narrativa latinoamericana”, donde elogió a Sarduy y a Cabrera Infante, y llamó a Carpentier “gran turista francés”. Carpentier escribió el prólogo de El reino de este mundo, polemizando con los surrealistas franceses, no con otros escritores cubanos. Vitier criticó duramente La isla en peso, pero reconoció la grandeza de “Vida de Flora”. Gastón Baquero escribió ensayos elogiosos sobre Casal, sobre Mariano Brull, sobre Lydia Cabrera, sobre Florit.
   Muy distinto, casi único, es el caso de García Vega. Ningún otro escritor cubano ha sido tan poco generoso con los demás escritores cubanos como él. Una explicación sería ese resentimiento que algunos de sus detractores han señalado. Pero no me parece que ello dé cuenta cabal de la visión suya sobre la literatura cubana. García Vega podía estar resentido con Mañach, porque dijo “no entiendo” en Bohemia y fue injusto con los poetas de Orígenes; con Sarduy, porque fue el intermediario de la lectura formalista de Lezama que hizo el boom, la cual a sus ojos, los de García Vega, lo privaba a él de su condición de discípulo del Maestro; podía estar resentido con los de Lunes, porque debieron reconocerlo y en su lugar lo machacaron; podía estar resentido con Carlos Enríquez, porque una vez lo miró con odio en La Habana Vieja. Pero, ¿cómo podría él estar resentido con Enrique José Varona, con Miguel de Carrión, con Julián del Casal? Y las críticas a estos que aparecen en sus ensayos son muy semejantes a las críticas a aquellos. Los contemporáneos reciben el mismo tratamiento que los autores del pasado.
   No se trata, entonces, de habituales recelos de los escritores hacia otros escritores, de los desencuentros propios de la vida literaria. Verlos así, como anécdota, restándoles importancia, es perder de vista su carácter sistemático, y su tendencia a la generalización. Incluso cuando se dirige a sus bestias negras, Virgilio Piñera y Carlos Enríquez, la crítica de García Vega tiende siempre hacia lo más general. No es Casal, es los escritores de La Habana Elegante. No es Miguel de Carrión o José Antonio Ramos, es la primera generación republicana. No es Mañach o Carpentier, es la segunda generación republicana. No es Sarduy o Padilla, es la “generación del areíto verbal”. Si convenimos en que es sólo a partir de la década de 1880, cuando en revistas como La Habana Elegante y La Habana Literaria la literatura emerge como cosa estética, diferenciada de la política y la crítica de costumbres, que existe tradición literaria en Cuba, habrá que reconocer que, con la excepción de algunos escritores de la generación de los ochenta, los del grupo Diáspora(s), García Vega impugnó a todas las generaciones que conforman esa tradición. Cambian los autores, los géneros literarios y las generaciones; el reparo es siempre el mismo: no superaron su circunstancia, no llegaron a conjurar el reverso, no pudieron ir más allá de lo puramente verbal…
   Por variar un poco, voy a citar ahora “José Antonio Ramos en el ensayo”, publicado en la revista Exilio en 1971. Hay en Ramos, dice García Vega, “una extraña imposibilidad para agarrar la circunstancia” (p.113). Insiste: “quedaba aprisionado en los vicios que pretendía erradicar de su circunstancia, así como no había en los narradores cubanos de su generación un serio intento por penetrar en la situación que pretendían describir” (p.114). Remata: el caso de José Antonio Ramos es “ejemplificativo de las limitaciones y vicisitudes de nuestra literatura” (p.118) Leer por vez primera estas frases tiene un cierto efecto de déjà vu: las hemos encontrado en otros escritos de su autor. Pero este ensayo sobre José Antonio Ramos, seguramente escrito en Cuba cuando García Vega trabajaba en el Instituto de Literatura y Lingüística, contiene un pasaje muy significativo, que vale la pena citar completo: “Ramos individualista. Héroes nietzscheanos… No podemos zafarnos de la tentación de acudir a un texto: se trata de los estudios sobre Literatura popular de Gramsci, donde se nos dice: "De todos modos me parece que se puede afirmar que una gran parte de la sedicente “superhumanidad” nietzscheana tiene como único origen y modelo doctoral no a Zaratustra, sino a El Conde de Montecristo de A. Dumas".” (p.117)
   Esta crítica gramsciana de lo folletinesco parece ser una clave importante de Los años de Orígenes. En los Cuadernos de la cárcel leemos: “La novela de folletín sustituye (y favorece al mismo tiempo) el fantasear del hombre del pueblo, es un verdadero soñar con los ojos abiertos. Se puede ver lo que sostienen Freud y los psicoanalistas sobre el soñar con los ojos abiertos.” (Literatura y vida nacional, Lautaro, Buenos Aires, 1961, p.129) No es sólo, entonces, la idea del folletín de los años treinta, el romanticismo de los héroes comunistas como Martínez Villena, sino la idea de soñar con los ojos abiertos: eso, la crítica de eso, es fundamental en Los años de Orígenes. García Vega, a quien le interesaban los sueños con los ojos cerrados, lo propiamente onírico, arremete contra el ensueño característico del tipo de literatura popular que en Cuba tuvo su epítome en El derecho de nacer, pero que podría subyacer también, aunque no lo pareciera, en la “alta literatura”. Así como Gramsci desmitifica a muchos nietzscheanos, que en realidad estarían más influidos por Sue y Dumas que por Nietzsche, él desmitifica a Casal y a los origenistas como folletín culto, aunque no se trate en este caso del superhombre, sino de la “falsa grandeza venida a menos”, de la “mentira poética”, vista como equivalente del sentimentalismo compensatorio de la literatura popular, de ese tipo de mitos que las ficciones pulp manufacturan para consumo de las masas.
   “José Antonio Ramos en el ensayo” vuelve a situarnos, entonces, a García Vega en un marco de referencias marxista, el mismo que ya encontrábamos en “La opereta cubana de Julián del Casal”. Leídos juntos, el ensayo sobre Casal, el ensayo sobre Miguel de Carrión y el ensayo sobre José Antonio Ramos parecen esbozar un radicalísimo proyecto crítico que recuerda al que para la narrativa argentina llevara a cabo Viñas en Literatura y realidad política: “una lectura política de la literatura de nuestro país entendida como un texto único, corrido, donde la burguesía argentina habla”. (Literatura argentina y realidad política, Jorge Álvarez, Buenos Aires, 1970, p.10) García Vega no era, desde luego, un marxista como Viñas, pero sí ofreció en estos ensayos críticos una idea de la literatura cubana como un texto continuo donde la pequeña burguesía cubana habla, o más bien fracasa en su intento de expresión. Fracasa por defecto o por exceso, pero siempre fracasa: no logra “agarrar la circunstancia”.
   ¿Qué hay detrás de este reparo sino la Revolución, entendida como la posibilidad –que no la garantía– de superar las “contradicciones” de la tradición literaria cubana? Es justo a comienzos de los sesenta que García Vega empieza a escribir ensayos; primero el prólogo a la Antología de la novela cubana y las notas que introducen los capítulos de novelas; luego “Miguel de Carrión en la metáfora”, publicado en 1961, “La opereta cubana de Julián del Casal”, escrito en ocasión del centenario del poeta en 1963, y finalmente “José Antonio Ramos en el ensayo”. Pero hay un cambio significativo, una solución de continuidad, entre el prólogo aquel y estos tres ensayos. Aunque termina con una larga cita de Sartre, el prólogo de la Antología es lezamiano: “sujeto metafórico”, “espacio contrapunteado”, “centro reminiscente”. En la línea de aquella crítica basada en el “razonamiento reminiscente” que preconizaba Lezama en su conferencia sobre Casal, García Vega ensaya “una manera de penetrar, por los momentos de indecisión, o de escaso relieve, que ha tenido nuestra literatura; salvando así, el dibujo que, a contrapelo de su insuficiencia, han trazado los que se han manifestado dentro de ella.” Intenta captar, a pesar de la pobreza o la escasez, “la tendencia o movimiento hacia una integración.” (Antología de la novela cubana, Dirección General de Cultura, Ministerio de Educación, La Habana, 1960, p.9)
   En los tres ensayos posteriores no se trata ya de hacerse una tradición a partir de fragmentos aprovechables, de llenar un vacío, sino de mirar de otro modo, exorcizar fantasmas, “liberarnos definitivamente de esas fuerzas oscuras que han tenido para nosotros el rostro de lo desvencijado y de lo roto” (“La opereta cubana de Julián del Casal”, Los años de Orígenes, Monte Ávila, 1979, p.58). Por lo que tuvo de radical novedad, de cosa intempestiva, la revolución de 1959 posibilitó a García Vega el distanciamiento, el shock necesario para tomar otra conciencia de la tradición, y verse a sí mismo desde fuera, al otro lado del espejo. Esa noción utópica de una literatura que pudiera agarrar la circunstancia y resolver las contradicciones, cortando de una buena vez el nudo gordiano, no se entiende sin el evento revolucionario, sin el horizonte abierto por el 59. Surge, como Pegaso de la sangre de Medusa, del radical cambio de circunstancia que fue la destrucción de la República.
   Si comparamos los tres ensayos en cuanto al grado de severidad en los reparos, de distanciamiento entre García Vega y el objeto de su crítica, quedaría primero el de Casal, luego el de Carrión, y por último el de Ramos. Pues bien, esta gradación coincide con el canon marxista, que percibía a José Antonio Ramos como una figura de transición desde un anarquismo y antimperialismo eclécticos, lastrado por influencias nietzscheanas, idealistas, al socialismo de inspiración marxista-leninista. García Vega reproduce, siempre con su peculiar estilo que nada tiene en común con la prosa funcional de los doctores marxistas, esta noción: “Pero ahí estaba el camino de Damasco por los últimos años de nuestro ensayista, así como su fe en los valores humanos de una nueva sociedad sin clases.”(p.122) De Casal dice que no hay nada aprovechable; de José Antonio Ramos dice, en cambio, que “conmueve esa humanidad que en él se muestra; esa humanidad que trata de vencer los fallos de su circunstancia con el pesado fondo de una tradición confusa y contradictoria.”(p.122)
   Porque Ramos, en sus últimos años, estuvo “a punto de comprender las palabras que hubieran podido borrar el confuso aparato de conceptos que la sombriedad de su circunstancia le había impuesto; las palabras que le hubieran dado, sin enquistamiento, la poesía de lo humano.”(p.122) Y García Vega concluye con una cita de la carta de San Pablo a los corintios, el célebre pasaje sobre lo imprescindible de la caridad. Este final recuerda, como el final de “La opereta cubana de Julián del Casal” donde llamaba a “conquistar la cristiana dignidad de la pobreza”, al Vitier contemporáneo, el de fines de los sesenta, que ya intenta una suerte de conciliación entre el marxismo y el cristianismo. Es justo la Revolución, la fe en la Revolución, ese huracán que habría venido a redimir una historia hecha de ruina, espejismos y folletín, lo que alienta la noción utópica de una literatura que pudiera captar la totalidad de lo humano.
   Al exiliarse, desencantado del régimen, esa utopía quedó atrás, el castrismo pasó a ser otro episodio más de la “churumbela onírica”, como antes lo había sido la revolución del 30 que entronizara a Batista. Sólo quedó la parte crítica, aquel no que había surgido de un sí. Los años de Orígenes vino a ser un nuevo capítulo de aquel proyecto de revisión radical de la literatura cubana, ya sin la esperanza de una sociedad sin clases, sin la odiosa pequeña burguesía, que lo había sustentado en los años sesenta. Luego el no se fue haciendo cada vez más retórico, previsible, caprichoso, en textos como “Entrevista con Lydia Cabrera” y “La carne de los héroes o en un jardín pasta René”. En este último ensayo reaparece así el reparo lanzado contra Casal, Miguel de Carrión y José Antonio Ramos: “Virgilio no llegó, pese a su Aire frío y, quizás por carecer de antecedentes, a revelar su circunstancia. Consecuencia de esto es que sólo llegara a ser el padre de una generación que se mantuvo en la superficie de un areíto verbal, pero aunque con ello estableció la posibilidad de que se pudieran obtener las piezas -texturas- que servirían para construir un paisaje, existió, y existe, el peligro de que esas piezas se vuelvan un apriori verbal.” (Collages de un notario, p.77)
   Hay aquí una noción fundamentalmente antiestética de la literatura, contraria a todo formalismo, a toda celebración del “placer del texto”. Para este García Vega (que acaso entre en contradicción con el autor de libros como Variaciones a como veredicto para sol de otras dudas y Erogando trizas donde gotas de lo vario pinto), los escritores deberían superar el mero juego de palabras, llegar a captar algo que está fuera del texto. Esta noción, que tenía sentido desde premisas marxistas, se vacía, convirtiéndose en una suerte de petición de principio, cuando no franco disparate, sin aquellas. Ojalá Rialta reedite también estos dos ensayos de la época de Escandalar, junto a “Miguel de Carrión en la metáfora” y “José Antonio Ramos en el ensayo”. Se vería mejor el dogmatismo que comparten, la insólita continuidad entre el García Vega revolucionario y el García Vega exiliado. Y cómo a su vituperio empedernido de la literatura cubana y de Cuba misma subyace, más que una crítica a fondo del castrismo, una imagen caricaturesca, retórica, de la República.

(La nueva ortodoxia, el marxismo, y la literatura cubana según García Vega. Publicado en la red, ref: incubadorista files, diciembre 2017)

Wednesday, May 9, 2018

Juan Manuel Tabío vs. Duanel Díaz, defendiendo su prólogo de “Los años de Orígenes” (edición de 2017).

Según el razonamiento de Díaz, es una inexcusable arbitrariedad que el prologuista de Los años de Orígenes intente comprender los contenidos de esa obra sólo dentro del universo de sentido (lo que yo encerraba bajo un concepto amplio de estilo) del que se derivan, cuando su autor ha edificado esa obra haciendo justo lo contrario. Retomando el paralelismo que trazaba mi texto entre los casos de García Vega y Léon Bloy, Díaz afirma: “así como los juicios de Bloy sólo adquieren su «sentido cabal» «cuando se entienden exclusivamente en correspondencia con su peculiarísima cosmovisión […]», también los de Lezama adquieren «sentido cabal» cuando se entienden desde su peculiarísima cosmovisión, de modo que la crítica de García Vega –que los entiende en función de algo exterior, esa factoría que sería el reverso de la fiesta innombrable– viene a ser el mejor ejemplo de la «injusticia poética» que dice Tabío.” Otro tanto ocurre, efectivamente, con la larga serie de autores cubanos que son objeto de descalificación en el libro de García Vega: también Carlos Enríquez, Virgilio Piñera y Severo Sarduy (son los ejemplos de Díaz, pero esta nómina podría crecer enormemente) “tienen estilo”, y eso no es un obstáculo para que sean valorados en Los años de Orígenes bajo criterios externos a esa especificidad estilística a la que responden las obras respectivas de Enríquez, Piñera, Sarduy et alii.
   Yo había hablado, ciertamente –y no sin un punto de ironía–, de “injusticia poética” cuando declaraba mis reticencias por esa lectura rectificativa sobre la obra de García Vega cuya validez excluyente reivindica Díaz. En ningún momento, sin embargo, mi prólogo pretendía hacer encajar dentro de un modelo de justicia las lecturas de García Vega sobre Orígenes, sobre la tradición literaria cubana o sobre la propia “idea de Cuba” –la expresión es de Díaz– que ofrece Los años de Orígenes. Antes, al contrario, me interesaba entender cómo los temas que entran en esa obra son sujetos a reducción y reversión, y en general a una distorsión hiperbólica, por la voluntad estilística del autor Lorenzo García Vega. No se trata, entonces, de que me pareciera bien “que García Vega desenmascare a los origenistas” pero menos bien “que se muestre cómo García Vega también da gato por liebre”, como afirma Díaz. La intención de mi prólogo era acercarse a la manera en que esa apropiación (apropiación ciertamente violenta, interesada en tanto implica el acto previo de extirpar los discursos del régimen de sentido dentro del que encuentran su legitimidad) es la estrategia mediante la cual el autor Lorenzo García Vega funda, a su vez, un estilo de poderosa originalidad, en confrontación con Orígenes, con sus demás contemporáneos y con la tradición cultural cubana.
   Y he aquí que justamente Díaz cuestiona que mi prólogo localizara en la plena asunción del artificio la ganancia estilística más relevante de Los años de Orígenes. Díaz se pregunta, en cambio, “si estos señalamientos hacen justicia a la letra y el espíritu de García Vega”, pues “parece que el prologuista estuviera caracterizando la obra de Sarduy; y el propio García Vega criticó en más de una ocasión al autor de Cobra por promover ese tipo de teoría literaria –la independencia del texto, la muerte del autor– que él consideraba una falacia”.
   Más allá de la estremecedora ingenuidad que supone invocar el imperativo de leer una obra exclusivamente de acuerdo con las instrucciones dejadas por su autor a tal efecto, lo cierto es que el propio García Vega nunca se resistió a admitir la importancia que cumple el factor lúdico dentro de su obra, y en El oficio de perder, de hecho, reconoce que la mejor forma de conjurar el escamoteo origenista del artificio radica nada más y nada menos que en “el mantenerse en el puro juego”.
   Pero mi prólogo a Los años de Orígenes situaba “el procedimiento simbólico fundamental en la enfática afirmación de su propio artificio” no a partir de una declaración explícita de su autor, sino de una observación de la relevancia que adquiere en la obra la dramatización de los mecanismos de la ficción, la permanente autorreflexión, su textura muchas veces anárquica y onírica, la parodia y la trepidante colisión entre registros discursivos radicalmente diversos (un “enredo” de novela naturalista con tragedia, de radionovela con ensayo, de gay parade con nékyia).
   Claro que, para Díaz, detenerse en estas consideraciones significa perderse en “generalidades” y “lugares comunes”, incurrir en lo “demasiado fácil”: “¿Quién no ha leído a los formalistas rusos, a Roland Barthes?”, vuelve a preguntarse.
   Díaz habla del “argumento del estilo, de la literatura” como quien delata un ardid sofístico: tal argumento es un pretexto que sólo sirve para eludir el deber de la crítica en relación con Los años de Orígenes, que consiste en corregir la injusticia inherente a la “idea de Cuba” de la que el libro de García Vega es portador. El estilo, desde este punto de vista, es ornato, aquello que estorba y hace menos nítida (menos clara y distinta) esa “idea de Cuba” que el crítico debe aprehender, y reprender.
   Así, una lectura que, al contrario, se acoja a una acepción de estilo no como simple accidente formal del texto sino como esa “cualidad de la visión” de la que hablara Proust (que no leyó a los formalistas rusos, ni a Roland Barthes), una lectura que insista en que las ideas vienen inscritas en la trama textual dinámica y heterogénea de la obra, en que la obra es una unidad más compleja que el conjunto de los temas que contiene, no solamente es errónea porque se agota en vaguedades vacías de sustancia, sino que es moralmente reprobable, porque promueve “una nueva ortodoxia”: se hace cómplice de la injusticia (una injusticia que, por cierto, no sería ya “poética”, sino directamente política) del autor.
   No sorprende entonces que Díaz cuestione también “ese paralelo que hace el prologuista entre criticar los juicios de García Vega sobre la tradición cubana, y rectificar los juicios de Bernhard sobre Austria o los de Bloy sobre la burguesía francesa”. Yo consideraba que la exactitud de los juicios emitidos por García Vega era irrelevante para una valoración literaria de Los años de Orígenes, como es irrelevante para una valoración literaria de la obra de Thomas Bernhard o de Bloy la exactitud de los juicios emitidos por esos autores en sus obras. Esto es, según Díaz, una falacia. Y una falacia que reside no en una condición de la obra de García Vega que impida que sea leída dentro del mismo marco simbólico en el que leemos a Bernhard o Bloy, sino en una circunstancia política: “Lo antiburgués […] no tiene el mismo sentido en sociedades como la austríaca o la francesa, donde la destrucción de la burguesía nacional no ha sido ideología de estado, que en el caso particular de Cuba. Aquí está la cuestión ineludible del castrismo, de la Revolución.”
   O sea que el castrismo ha despojado a García Vega de un privilegio hermenéutico del que Bernhard y Bloy, europeos occidentales, disfrutan.
   Leer la obra atendiendo al contexto en que se produce es saludable; confinar el sentido de la obra, o su condición de legibilidad, dentro de la estrecha literalidad de la ideología de un régimen político, no conduce a precisarlo sino a desterrarlo arbitrariamente del espacio literario y a restringirlo hasta la anulación.
   Pero –se me podrá replicar–, ¿quién no ha leído a Blanchot?

(¿Quién no ha leído? Rialta magazine, diciembre 2017)

Monday, April 16, 2018

Duanel Díaz vs. “Los años de Orígenes”, de Lorenzo García Vega, y el prólogo a su edición de 2017, de Juan Manuel Tabío

Lo que vengo señalando desde Límites del origenismo (Colibrí, 2005; Hypermedia Ediciones, 2015) es justo el carácter engañoso, deceptivo, del libro de García Vega: crítica del origenismo, es casi una justificación del mismo, en tanto deslegitima a todo otro grupo o posición literaria contemporáneos; crítica del castrismo, ofrece una visión de la República casi tan caricaturesca como aquella que aprendimos en los libros escolares.
   En La Habana de los noventa, cuando un grupo de jóvenes escritores descubrieron Los años de Orígenes, fascinados por esa rara mezcla de ensayo y memorias que traía un Lezama tan distinto al canonizado en aquellos años de rescates nacionalistas, era acaso más difícil reparar en todo ello. Frente a las vacas sagradas del origenismo, García Vega venía a ser el Gran Desmitificador.  Destartalo, mierdanga, rebumbio, churumbela onírica, folletín: claves de una lengua profana, cambolos contra las murallas de la ciudad de la gracia poética, torpedos en la línea de flotación de la “isla infinita”.
   En la batalla que se libraba contra el Vitier de Ese sol del mundo moral (Unión, 1995), y la García Marruz de La familia de Orígenes (Unión, 1997), el libro de García Vega era munición. Y en tiempos de guerra, ya se sabe, no es bueno querellarse o disentir de los aliados.
   Dos décadas después, la coyuntura es otra: el vitierismo parece cosa del pasado, y García Vega, aunque no apropiado ni rescatado por las instituciones cubanas, se ha convertido en un escritor de culto. ¿No recuerdan, algunas de las cosas que se han escrito últimamente sobre él, aquellas formas de evocar a un maestro literario “idolatrando sus idiotas anécdotas, o convirtiendo sus palabras en estereotipias sagradas”, a las que el propio García Vega se refirió con disgusto en “Maestro por penúltima vez”?
   Quizás ahora, cuando por fin una editorial cubana publica Los años de Orígenes (en 1978 lo publicó Monte Ávila; en 2007 fue reditado por una pequeña editorial argentina, Bajo la luna, con el subtítulo, muy apropiado, de “ensayo autobiográfico”) sea mejor momento para distanciarse un poco de la letra de este libro, deteniéndonos en esa idea de lo cubano que podría llegar a resultarnos, por momentos, y por paradójico que parezca, casi tan problemática como la que hallamos en Lo cubano en la poesía.
   Como se cuestionó, y se sigue cuestionando, el fundamental ensayo de Vitier, sin ser este un libro de historia o un árido tratado crítico, podemos cuestionar unas ideas sobre literatura cubana que aparecen no solo en Los años de Orígenes sino también en otros escritos menos conocidos de su autor, como las notas de la Antología de la novela cubana (Dirección Nacional de Cultura, 1960), y los ensayos publicados a comienzos de los ochenta en la revista Escandalar, que echan luz sobre la parte más discursiva del libro, hacen sistema con ella.
   Si García Vega puede decir que la pintura de Carlos Enríquez no es más que “folletín surrealista” y “efectismo pueril”, Fuera del juego “periodismo disfrazado de poesía”, De donde son los cantantes puro origenismo y Piñera, a pesar de su gusto por el absurdo, no logra “superar la Forma”; ¿por qué no podemos relacionarnos con Los años de Orígenes críticamente, como él con Aire frío, De donde son los cantantes o Fuera de juego? ¿Acaso Carlos Enríquez, Padilla, Sarduy y Piñera no tienen estilo?
   A Juan Manuel Tabío le parece bien que García Vega desenmascare a los origenistas, muestre cómo ellos intentan “dar gato por liebre”. Pero no le parece tan bien que se muestre cómo García Vega también da gato por liebre. ¡Que nadie critique nada; solo García Vega puede criticar!
   Los nuevos lectores que gane Los años de Orígenes a raíz de su reedición —jóvenes escritores cubanos que acaso solo conocen el libro de oídas, o alguno que, habiéndolo leído antes a la carrera, en ejemplar prestado, pueda releerlo ahora con detenimiento— han de estar prevenidos: cuestionar los hechos y las opiniones de García Vega sería tan estéril como ponerse a desmentir a Thomas Bernhard o a León Bloy. Sencillamente, no se los puede refutar “mediante la confrontación con una realidad previa, y exterior a ese texto en el que hechos y opiniones vienen dados”.
   ¿No advierte el prologuista que la crítica del origenismo en Los años de Orígenes parte justamente de la confrontación con algo exterior al texto: esa época histórica y social que García Vega rememora, el contexto, lo que él llama “la circunstancia”?
   Si García Vega hubiera tenido la idea de la crítica que enarbola Tabío, Los años de Orígenes jamás se habría escrito. Porque así como los juicios de Bloy solo adquieren su “sentido cabal” “cuando se entienden exclusivamente en correspondencia con su peculiarísima cosmovisión, que percibe la realidad social de acuerdo con un código simbólico y aun anagógico”, también los de Lezama adquieren “sentido cabal” cuando se entienden desde su peculiarísima cosmovisión, de modo que la crítica de García Vega —que los entiende en función de algo exterior, esa factoría que sería el reverso de la fiesta innombrable— viene a ser el mejor ejemplo de la “injusticia poética” que dice Tabío.
   Justamente, García Vega incorpora la historia, no en el sentido simbólico, poético, de un Lezama o un Vitier, sino en un sentido más bien crítico, desencantado. Orígenes, la República, Cuba. “La aparición del castrismo, y su significación histórica, justifica, por sí solo, el intento de una nueva mirada hacia los años de Orígenes. Pues ahora sí, más que nunca, nuestras palabras deben ser comprendidas como palabras dichas por cubanos, así como comprendidas dentro de un contexto determinado”. (Los años de Orígenes, Monte Ávila).
   Como para Sartre, la crítica para García Vega está siempre “situada”, y desde este punto de vista resalta aún más la falacia de ese paralelo que hace el prologuista entre criticar los juicios de García Vega sobre la tradición cubana, y rectificar los juicios de Bernhard sobre Austria o los de Bloy sobre la burguesía francesa. Lo antiburgués —sea en la dirección más bien nihilista del escritor austríaco o en la ultramontana del francés— no tiene el mismo sentido en sociedades como la austríaca o la francesa, donde la destrucción de la burguesía nacional no ha sido ideología de estado, que en el caso particular de Cuba. Aquí está la cuestión ineludible del castrismo, de la Revolución.
   Es comprensible que, en un ensayo de 1961 sobre Miguel de Carrión, García Vega afirme que la literatura de este, y la de toda su generación, surge “como una ingenua reacción a la desmoralizada complicidad de la alta burguesía cubana con el antimperialismo norteamericano”,   que Carrión reacciona al “implacable equívoco de su circunstancia” con un “escamoteo”, porque “idealizando las posibilidades de la clase media, a través de una hipotética regeneración educacional, propone, tácitamente, el compromiso con los intereses de esas clases dirigentes a quienes su mirada naturalista parecía condenar”. (Cuba en la UNESCO. Homenaje a Miguel de Carrión, septiembre de 1961).
   Esta asimilación de postulados centrales del antimperialismo y del marxismo puede verse como un rasgo de época al que pocos escaparon. Pero es menos comprensible, o más significativo, que en el exilio García Vega apenas reconsidere esas posiciones.
   Junto con las palabras-fetiche (circunstancia, equívoco, escamoteo), hallamos en Los años de Orígenes una crítica acérrima de la burguesía cubana, que no es incompatible con aquella especie del discurso castrista según la cual la burguesía en Cuba había sido inexistente, o por lo menos muy débil, carente de un verdadero proyecto nacional.
   No se trata solo, como sugiere Juan Manuel Tabío, de que en “La opereta cubana en Julián del Casal” García Vega se limite a criticar los pujos aristocráticos de las crónicas de Casal en La Habana Elegante, sin reconocer los valores de su obra poética. Este ensayo, escrito en 1963 y reproducido tal cual en el libro de 1978, comporta una visión radicalísima, revolucionaria, de la tradición literaria.
   Por mucho que García Vega despotrique contra Lunes, “La opereta cubana en Julián del Casal”, que es la semilla (quizás sea mejor decir uno de los focos de la elipse, siendo el otro el impulso memorialístico desatado por la muerte de Lezama) de Los años de Orígenes, está muy cerca del espíritu jacobino del magazine de Revolución.
   García Vega habla de “una nueva tensión”, señala que ya no es posible caer en “la tentación de mirar como él [Casal] lo hubiera hecho”, porque “se nos ha abierto una grieta”. Y, unas páginas más adelante: “Ya, el arrancar sus imágenes, para guardarlas como piezas de nuestro doloroso reverso, no tendría la justificación con que pudimos hacerlo en un pasado no muy lejano”. La nueva tensión, la grieta, es la Revolución; y ella, su nueva perspectiva, fuerza a no ver en Casal y en los escritores de La Habana Elegante sino “la desnuda realidad de una clase social”.
   Esta clase es, desde luego, la pequeña burguesía cubana. Conviene aquí citar in extenso:
   “Nótese que esta clase, si no en su mayor parte, por lo menos en la más significativa de ella, organizó su vida y sus proyectos, no desde su condición —que siempre consideró transitoria, y como racha de mala suerte que la había separado de la riqueza— sino desde su creencia de ser un fragmento desprendido de la alta burguesía por el azar de una ruina, de un pleito complicado, o de cualquiera otra circunstancia”.
      Lo que define a la tradición cubana es, para García Vega, la nostalgia ridícula de la grandeza perdida, la “opereta” de lo venido a menos. En un país así de decadente, ¿no es la Revolución un hecho fatal, necesario, como lo era en la Francia de fines del siglo XVIII? Allá la nobleza parasitaria, con sus risibles pelucas y sus culottes; acá el sueño de una aristocracia que apenas existió, el piano cursilón, los tristes despojos de la ruina familiar.
   He aquí el punto ciego de la imagen de Cuba que nos deja Los años de Orígenes: al absolutizar su desmitificación de la pequeña burguesía cubana, García Vega desconoce de modo sistemático esa otra parte del país que no tiene que ver con los patricios, sino con los proletarios: los que no proceden ni creen que proceden de una ruina familiar, sino que, como los “debutantes” buscavidas de la novela de Cabrera Infante, carecen de herencia, de abolengo.
   No la Cuba venida a menos sino la que va a más. También cursi, desde luego, pero más en la línea de lo que García Vega considera kitsch norteamericano que del kitsch que él ve como propiamente cubano, porque no entraña ya nostalgia de la nobleza sino voluntad o deseo de progresar, de acceder a la clase media. Un deseo que no se encarna en objetos auráticos, antiguos, sino en artículos de consumo, cosas modernas, como el añorado ventilador de Luz Marina, o el “flú” que quiere desempeñar uno de los negros pintureros de Motivos de son.
   En “La opereta cubana en Julián del Casal” García Vega señala que los escritores cubanos de la clase de Casal no conocieron la verdadera pobreza, “pues su pobreza era la del pequeñoburgués arruinado”, y en otras partes del libro señala a los origenistas como herederos del preciosismo de Casal, pero a aquellos que expresaron en sus obras una pobreza distinta a la del pequeñoburgués arruinado, los ningunea una y otra vez: no pudieron “conjurar el reverso”, no alcanzaron a “revelar su circunstancia”.
   En este punto fundamental, la “verdadera crítica de la razón origenista”, como llama Tabío a Los años de Orígenes, no lo es tanto. Lo es en tanto señala la ruina y el culto a los antepasados en el fondo del origenismo, pero no en tanto sigue desconociendo esa otra parte de la tradición cubana ajena a las familias que nunca tuvieron un piano o un tapiz viejo: la Cuba de La isla en peso y Aire frío, la de los negros de Guillén, los inmigrantes de Novás Calvo, los guajiros de Carlos Enríquez, es no solo el reverso de Orígenes, sino también de Los años de Orígenes.
   Ya sé: no he hablado de la escritura de García Vega, de su hibridez genérica, su gusto por el collage, su autorreferencialidad… No me he “mantenido fiel a la singularidad de su mirada […] es decir al arreglo específico en que dispone y articula los elementos de realidad que componen el mundo fijado por su escritura”. Y ello equivale a desvirtuar el libro porque —este viene a ser el argumento central del prólogo de Tabío—, la verdadera crítica del origenismo aquí no está en lo que se dice del origenismo, en el qué, sino en el cómo, en la “praxis de la escritura”. García Vega consigue romper radicalmente en Los años de Orígenes con la poética origenista, sentando las bases de su obra posterior, una escritura fundada en el “puro juego”, “que encuentra su procedimiento simbólico fundamental en la enfática afirmación de su propio artificio”.
   Me pregunto si estos señalamientos hacen justicia a la letra y el espíritu de García Vega. Parece que el prologuista estuviera caracterizando la obra de Sarduy; y el propio García Vega criticó en más de una ocasión al autor de Cobra por promover ese tipo de teoría literaria —la independencia del texto, la muerte del autor— que él consideraba una falacia.
   Juan Manuel Tabío, que había empezado negando la posibilidad de una lectura alejada de “la urdimbre del texto de Los años de Orígenes”, termina reproduciendo ese tipo de teoría celebratoria del poder subversivo de la escritura: el libro de García Vega vendría a inaugurar “un estilo que no pacta con un Sistema (político, semántico o estilístico), ni se deja sobornar por sus presiones neutralizadoras”, subvierte “los modos petrificados de la institución literaria”, etcétera.
   Me parece que hay algo demasiado fácil en esto. ¿Quién no ha leído a los formalistas rusos, a Roland Barthes? Reivindicando una lectura atenta, volcada solo en la textualidad, el prologuista llega, paradójicamente, a generalidades, ese tipo de lugares comunes que García Vega censurara en su “Paréntesis con un rey desnudo”.
   Aun a riesgo de ser tachado de anticuado o filisteo, sigo reivindicando la necesidad de una crítica más “en situación”. La persistencia del castrismo, y su significación histórica, justifica, por sí solo, el intento de una nueva mirada hacia Los años de Orígenes.
   Más que nunca, nuestras palabras deben ser comprendidas como palabras dichas por cubanos, así como comprendidas dentro de un contexto determinado.
   Es cool celebrar la contracultura. Pero quizás es más necesario empezar a cuestionar la idea de la República y de Cuba misma que ofrece García Vega. Salir al paso a ese debate con el argumento del estilo, de la literatura, acaso no sea más que propiciar una nueva ortodoxia.

(Los años de Orígenes: visión y ceguera. Hypermedia Magazine, diciembre 2017)