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Friday, July 10, 2015

Roberto Madrigal vs. “Hablar de Guillermo Rosales” de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco

El pequeño libro sobre Rosales, por el contrario, viene precedido de una caravana de artículos elogiosos de escritores de calidad, generación y visión ideológica tan variada como son Uva de Aragón, Daniel Fernández, Reina María Rodríguez y Matías Montes Huidobro. Este último lo califica de “hipnótico y fascinante” y aunque siento el mayor respeto por la figura literaria y la persona de Montes Huidobro, con quien tuve la suerte de compartir mesa en la feria del libro de Miami durante el lanzamiento de mi novela y de una obra suya, me parece que en este caso su entusiasmo, en el artículo que publicó en Cubaencuentro,  peca, por lo menos, de propagandístico y de tener un gran conflicto de interés, ya que él fue quien escribió el texto de la contraportada.
   Es hasta cierto punto lógico exaltarse con la publicación de una obra sobre alguien que, como llaman Mirabal y Velazco en su libro, pertenece a “un canon alternativo de la literatura cubana”. A la larga, más allá de los propósitos y despropósitos de sus autores los libros se convierten en entidades independientes cuyo alcance sus creadores no controlan. Pero una vez que terminé de leer este libro, no comparto el entusiasmo de los arriba citados.
   El libro, en su conjunto, es bastante mediocre y está lleno de defectos. A pesar de la brevedad de la vida y de la obra de su sujeto, de quien se ha escrito relativamente bastante, no aportan casi nada nuevo.
   Desde el punto de vista biográfico es obvio que poco saben de Rosales. El libro se concentra mayormente en su etapa en la revista Mella, ese órgano de la extrema militancia y del talibanismo cubano de la década de los sesenta. Un periódico que fue un azote de la juventud “diferente” y que se dedicaba a vender a los jóvenes los nuevos valores revolucionarios. Pero inclusive aquí no hay una buena indagación. Toman su nota de presentación, que rezaba “solo cuenta con 16 años. Llegó un día a MELLA, sin más presentación que un interés desbordado por el periodismo”. El problema es que a Mella no se llegaba así como así y es muy probable que haya entrado a esa revista gracias a la relación entre Isidro Rosales, su padre, y Carlos Quintela, entonces director de la publicación, quienes fueron antiguos militantes del partido y la juventud socialista antes de 1959. Tampoco indaga, una vez que salió de Mella, cómo se hizo posible su deambular y qué razones lo desaparecieron del mapa, hasta de la cartografía de sus amigos. Los datos que ofrecen son superficiales y conocidos para todos aquellos que tienen una idea de quien fue Guillermo Rosales y que no iluminan mucho a quienes no lo conocieron. Tampoco entran a analizar las cuestiones políticas que lo llevaron al exilio y en la página 51 dicen que “se fue de repente”, según los autores, su problema en Cuba parece ser de índole personal.
   Sospechosamente, como hizo Velazco en un artículo que publicó para la revista que dirige sobre Esteban Luis Cárdenas, otro escritor marginado y reprimido, las presiones sociales, se acentúan en el exilio. Hacen hincapié en el ninguneo y en el rechazo que la sociedad cubana de Miami le hizo a Rosales. Lo cual es verdad hasta cierto punto, pero hay que destacar que mientras en Cuba solamente publicaba algunos cuentos en semanarios y tras presentar su novela Sábado de Gloria, Domingo de Resurrección (publicada tras su muerte bajo el título de El juego de la viola), se le concedía una recomendación para que su obra fuera publicada, lo que nunca sucedió, en el exilio ganó el premio Letras de Oro con su novela Boarding Home, que luego ha sido traducida al inglés, al francés y al hebreo, y que sobre su obra se ha escrito bastante, entre ello trabajos de Ivette Leiva, Ernesto Hernández Busto y una tesis doctoral de Isabel Ibarra y Rickley Marques, para citar solo algunos. Rosales era un escritor y un hombre difícil. Autodestructivo y contradictorio. Un hombre ajeno al protagonismo y dedicado a su obra, perteneciente a esa cada vez más escasa raza de escritores que no hacen concesiones. Molesto en cualquier contexto, pero no cabe duda de que las consecuencias de esa molestia se pagan más caro en Cuba que en ninguna otra parte y esto lo escamotean los autores.
   El análisis literario, bastante exhaustivo, que hacen de sus obras sí es interesante, pero adolece del defecto de que no contextualiza su estilo, tanto periodístico como narrativo, con el de los otros jóvenes de su generación. Esto se evidencia como necesario a medida que uno avanza en el texto. Establecen su originalidad sin decir con respecto a qué. Dentro de ese análisis de su obra me parece que también traen por los pelos su comparación con One Flew Over the Cuckoo’s Nest, de Ken Kesey, aunque mencionan que “ha sido señalado por la crítica el parentesco”, sin citar a nadie en concreto.
   Yo me fui de Cuba en 1980 y Rosales marchó antes. Hasta ese momento, nunca se encontró disponible en Cuba una versión española de la obra de Kesey y la película de Forman no se exhibió porque éste se había exilado. Si Rosales, cuyo inglés me consta era deficiente, se encontró con ese libro, fue ya en el exilio, más allá de su etapa de formación, y la película pudo haberla visto en un VHS gastado. Dudo mucho que hubiera tenido un contacto serio con esa obra. Sin embargo, los autores desconocen la influencia que sobre la generación de Rosales tuvo una película que se exhibió en la cinemateca, titulada Marat/Sade (1967) del director Peter Brook, que se convirtió en objeto de culto y llevó a muchos a la lectura casi clandestina de la obra teatral de Peter Weiss titulada La persecución y  asesinato de Jean Paul Marat representada por el grupo teatral de la casa de salud mental de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade, que condujo a casi toda mi generación (y la de Rosales, que es casi la misma) a leer hasta el cansancio al Marqués de Sade, con cuya obra sí tiene muchos puntos en contacto Boarding Home.
   Lo peor del libro son las entrevistas. Principalmente porque se limitan a entrevistar a figuras que han representado o representan la oficialidad cubana (Víctor Casaus, Félix Guerra, Eliseo Altunaga, Silvio Rodríguez) y el único que parece salirse del molde es Norberto Fuentes, porque vive aquí, pero cuya relación con Rosales se limita a la época de la militancia de ambos. No entrevista a nadie que haya conocido a Rosales durante su exilio, y hay muchos, como Manolito Casanova, Nicolás Lara, Orlando Alomá, Juan Abreu, José Abreu, Jesús Barquet y muchos otros, que se encuentran vivos y localizables. No sé si tuvieron que pedir permiso a las autoridades de allá para realizar las entrevistas, pero la visión es muy incompleta. Para colmo, dan la impresión de que Rosales era un esquizofrénico, de lo cual no estoy seguro, ya que por toda la evidencia que el propio libro presenta y de lo que conocí de resonancias de su personalidad, debe haber sido maníaco-depresivo, una enfermedad muy ligada a la creatividad. Permitirle a Norberto Fuentes, sin cuestionarlo, la fanfarronería de diagnosticar a Rosales como esquizofrénico porque tenía “alucinaciones”, característica de muchas psicosis y no definitoria de la esquizofrenia, peca de superficialidad y le hace un flaco favor a la imagen de Rosales.
   El libro también ostenta falta de profesionalidad en el texto en cuanto a que apenas hay referencias y desde el punto de vista editorial no hay un índice ni una presentación. No se identifica con fichas, aunque sean mínimas, a los entrevistados, y aunque es cierto que todo el mundo conoce a Silvio, muy poca gente tiene idea de quiénes son Félix Guerra (oscuro personaje), Eliseo Altunaga e incluso Norberto Fuentes.
   Esta obra descuidada y parcializada puede llegar a convertirse en el arma de Caín para asesinar al sujeto del trabajo o a los autores del libro. El tiempo dirá.

(La quijada de asno. Blog Diletante sin causa, septiembre 2013)

Friday, July 3, 2015

Zoé Valdés vs. Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco

No conozco a esos jóvenes, que pueden ser muy simpáticos como todo lo que viene últimamente de allá, que son simpáticos, perfectos, articulados, y hasta seductores; pero me bastó leer ese libro pleno de olvidos y de mentiras (algunas mentiras incluso se la dijeron los escritores del exilio que toda la vida envidiaron a GCI), ¿por qué no comprobar la información con la viuda que es la que lleva su obra, y que estuvo a su lado tanto tiempo, si es que son tan serios investigadores?), por eso no creo en la seriedad de su investigación, no por la simpatía que se desprende de ellos, sino por el contenido de lo que escribieron sobre Guillermo. Aparte, ¿cómo se puede escribir un libro tras otro sobre escritores del exilio, salir y entrar en Cuba, y tener un promotor que entra y sale y recorre el mundo promoviéndolos? Si ahora se quiere dar una versión tibia de los hechos, para poder vender libros, ser famoso, y de paso y lo principal, adulterar la verdad, bueno, allá el que quiera comprársela y creérsela. No yo.
   Yo no me he leído el libro sobre Rosales, vi el teaser de promoción, y ya el hacer hincapié en la antisociabilidad de Guillermo Rosales me pareció deshonesto destacar semejante “atout” por encima del gran escritor que fue. He sido la editora de Boarding Home y de El juego de la viola en Francia, ambos en Actes-Sud, editados en la colección A and Z, y nunca se me ocurrió mencionar que era un antisocial, un loco, ni siquiera mencioné su suicidio, para lograr publicarlo, solamente hablé de la calidad de su obra. Es más, de su vida, pues creo que es mejor conocer su obra, y cómo se fundieron su vida y su obra.
   Dense cuenta que este dúo escribe libros sobre autores que ya han tenido un cierto éxito fuera, como Rosales, dos propuestas cinematográficas están rodando por ahí, de la que yo soy parte, de una de ellas (aunque al parecer están queriendo eliminarme después de haber escrito 7 versiones del guión y de trabajar en esto por más de 10 años, con productoras, productores, y hasta haciendo castings que llegamos a hacer en un momento determinado; la mano negra del castrismo andará por ahí seguramente); y de Guillermo Cabrera Infante, Premio Cervantes, y uno de los más grandes escritores universales cubanos. Precisamente de los escritores que Cuba quisiera tener, de los que quisiera apoderarse, para hacer dinero con su obra. Muertos ambos, claro. Sigan la pista del dinero siempre, no de la academia, ni de la seriedad investigativa. Seriedad cero, o muy poca, tal como fue con el libro de GCI.

(Comentario en su blog, septiembre 2013)

Wednesday, June 24, 2015

Armando Añel vs. Carlos Velazco

Ciertamente, no hace falta ser muy perspicaz para entender lo que está pasando en Cuba y su periferia. ¿Cuándo los directivos de las revistas culturales de la oficialidad cubana se acercarán a estos proyectos independientes con sede en la Isla —Estado de Sats, Omni Zona Franca, el movimiento blogger independiente y un largo etcétera— para ofrecerles apoyo logístico y moral, o denunciarán abiertamente la represión que contra esta cultura alternativa ejerce hoy, en este año 2013, el Estado policial? ¿Cuándo se atreverán a publicar, en las revistas que editan, ensayos tan medulares y pertinentes como Sociedad civil y oposición en Cuba, del totalitarismo al día después o El nuevo periodismo en Cuba: su impacto democratizador? Sus autores viven ahora mismo en la Isla, así que si los tramoyistas de la operación Puente Seguro solo quieren llamar la atención, ¿por qué no los buscan a ellos?
   Pienso, por estos días, en representantes del oficialismo de visita en Miami como el autor del libro Sobre los pasos del cronista. El quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965, premio UNEAC de ensayo (entre otros datos curiosos —habría que escribir un libro para mencionarlos todos—, cabe apuntar que ni siquiera en este caso se premió un ensayo, porque el texto no pertenece a ese género sino a la investigación testimonial). ¿Algo que decir al respecto? Ya basta de traficar con los muertos y los tontos útiles. No se trata de publicar cosas en Cuba, sino de qué cosas se publican en Cuba. No se trata de maximalismos, sino de entender que la consecuencia de jugar eternamente con la cadena es vivir en cadenas. No se trata de hacer política, sino de abrir el espectro a todos los ángulos y enfoques, dando paso a una verdadera pluralidad asumida desde la creación y el cuestionamiento, no desde el camuflaje y la manipulación. Abajo Fidel pero sobre todo, aquí y ahora, abajo sus títeres.

(Los puentes de la represión. Neo Club Press, septiembre 2013)

Wednesday, June 10, 2015

Armando Añel vs. “Sobre los pasos del cronista”, de Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal

Denomino operación “Puente Seguro” a un proceso de enmascaramiento y normalización del neocastrismo que está en marcha, por lo menos, desde hace diez años, y que ha sido llamado de múltiples maneras por múltiples autores también desde hace por lo menos una década. En mi caso, lo he traído a colación a propósito de la visita a Miami de los autores del libro Sobre los pasos del cronista. El quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965, no porque pretenda descubrir el agua tibia. El proyecto, la operación, el proceso o como se le quiera llamar –del mismo forma parte el mencionado libro-, tiene, a mi modo de ver, dos objetivos fundamentales:
   • Vender una imagen aperturista de cara al exterior que facilite el reacomodamiento de los herederos del castrismo en la órbita del poder
   • Normalizar el neocastrismo –un régimen del tipo Putin en Rusia o Maduro en Venezuela o China neocomunista— al interior de la Isla, exprimiendo todavía más la naranja de las inversiones y remesas exiliadas
   Dentro de esta normalización cabe apuntar el lavado de cerebro a las nuevas generaciones de lectores residentes en Cuba, a quienes, en este caso particular, se les presenta Cabrera Infante como un defensor del castrismo (el libro mencionado arriba destaca, como ha explicado Enrico Mario Santí en Letras Libres, “las credenciales castristas, revolucionarias, de GCI a partir de los documentos de la época”).

(Cabrera Infante, la UNEAC, el neocastrismo y los viajes a Cuba. Neo Club Press, agosto 2013)

Thursday, April 30, 2015

Roberto Madrigal sobre “Buscando a Caín”, de Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal / vs. Abilio Estévez

Si bien el texto es interesante e imprescindible, hay una omisión que no puedo dejar de mencionar. Al libro lo recorre el hecho de que Caín y Cabrera Infante fueron una ausencia criminal en la cultura cubana de este último medio siglo, pero nadie se atreve a decir con precisión a que se debió. No hay mención ni consideración sobre la política cultural del gobierno ni sobre lo orgánico que esta censura resultaba al proyecto. No soy ingenuo y sé que evitar ese tema debe ser parte del “pacto” por lo cual los organismos que rigen la cultura y la censura en Cuba permitieron la publicación de estos materiales. Velazco, como funcionario él mismo, ya que es el jefe de redacción de la revista Unión debe saberlo muy bien y también conoce los trucos para vadear esos obstáculos. Pero un libro que comienza con la “Advertencia”: La posibilidad latente de que se pierda el pasado, la muerte de los lugares, los objetos, las personas, no hace descabellada la suposición de que todo esto que nos contaron y lo que prefirieron callar, por muy verídico y apegado a la realidad que haya querido ser, algún día podrá leerse como una ficción, hace más obvia esa omisión. Cuando algo o alguien se rescata, se debe ser consecuente y decir de dónde se rescata.
   Peor aún en este caso me parece la introducción de Abilio Estévez, titulada “Testimonio en/desde la ficción”, en la cual este asunto ni se esboza.  Me sorprende esto en un escritor que hace tiempo vive en el exilio y que ha expresado posiciones muy interesantes y valientes. ¿Para qué se prestó a escribir esta introducción si conocía de las limitaciones que se le imponían? O es que se las impuso a sí mismo quizá para recuperar su voz y su sitio en el panteón de la literatura cubana oficializada y no tener que esperar a la muerte para que se le rescate. En realidad, Estévez perdió una gran oportunidad de decir lo que ha dicho muchas veces, o de simplemente negarse a participar. Su introducción no aporta nada al texto y solamente resulta en un apoyo a un proyecto que va más allá de su control y probablemente del de los autores del libro.

(Un texto imprescindible, una omisión imperdonable. Blog Diletante Sin Causa, junio de 2013)

Thursday, December 25, 2014

Carlos Velazco vs. Enrico Mario Santí

Pero no fue hasta ser recientemente asaeteados por Enrico Mario Santí, que hemos decidido decir “basta”, sin importarnos cuanto nos cueste. Más que nada, al comprobar la impunidad que sienten individuos como él, dedicados a perpetuar una ensoñación aberrada, asumiendo roles (que como toda interpretación, resulta actuación) en un drama que, atemperado por nuestro carácter nacional, tiene mucho de sainete.
(…)
   Una amiga escritora me aconsejó que en caso de contestarle a Enrico Mario Santí, concibiera una respuesta de “altura”. Pero después de acusárseme de agente de la Seguridad del Estado cubana, o cuando menos, de escritor al servicio de esta, y más aún, viniendo esto de un Santí, santo pontífice de la literatura cubana, debo por ende entonces asumir que soy yo un demonio. Y como demonio al fin, reclamo la parte que me corresponde, y no pueden exigírseme valores éticos que me han sido negados de antemano.
(…)
   Decir de las ventajas de Elizabeth Mirabal y mías a la hora de investigar en Cuba, por encima de las de Enrico Mario Santí en Estados Unidos, es cosa de risa. Ninguna de las hemerotecas cubanas que revisamos durante la tesis, entiéndase Instituto de Literatura y Lingüística y Biblioteca Nacional, contaba con la colección completa de las publicaciones que nos interesaban. No solo investigar en Cuba resulta arduo, por la carencia bibliográfica, por la limitada conectividad a internet, hay que preocuparse igualmente, o más, de qué manera llegas a la biblioteca, esperar que ese día haya electricidad y permanezca abierta. Un tránsito por el Purgatorio, y todo, para que al final ni siquiera tengamos la certeza de alcanzar el Paraíso, porque donde menos se le espera, aparece un Santí, envestido de legionario celestial portando su espada justiciera.

(Viejo jardín de las Delicias o Un tema para El Greco, Cubaencuentro, marzo 2012)

Wednesday, September 10, 2014

Carlos Velazco vs. Zoé Valdés

¿Podríamos tomar en serio las andanadas de Zoé Valdés? Y aclaro que no comparto el criterio extendido de que ella sea una orate o una loca. En lo absoluto; su ciclo vital ha demostrado ser cualquier cosa menos eso. ¿En qué tema espinoso se enfrascaba Zoé Valdés en Cuba, qué riesgo intelectual corría? Supo en cambio escoger siempre muy bien sus parejas, parejas que le permitieran ascender en el ambiente cultural cubano, llegando incluso a figurar como una “viuda alegre del ICAIC”, al ganarse la condición de protegida de Alfredo Guevara, que lo fue, aunque hoy le pague con el único cambio que sale de su monedero político: la ingratitud. Me detengo en esta figura, porque de un momento a otro deberá cambiar la actitud de los cubanos hacia Zoé Valdés, cuando se haga evidente que es alguien que se propone en todo momento eclipsar cualquier debate serio o acercamiento entre de los cubanos de distintas partes. Resulta curioso que al más mínimo anuncio de diálogo, siempre aparece un oportuno texto de Zoé Valdés tejiendo la utopía de ese lejano día en que las cosas serán como tienen que ser, con el fin de preservar un statu quo, convidando a la inmovilidad frente a quienes toman cartas en el asunto y se proponen hacer todo el bien que esté a su alcance.

(Viejo jardín de las Delicias o Un tema para El Greco, Cubaencuentro, marzo 2012)

Monday, August 4, 2014

Enrico Mario Santí vs. Carlos Velazco

Pero la sordera es nuestro deporte nacional, el narcisismo nuestro pasaporte. Los cubanos nunca nos equivocamos: nadie nos puede enseñar nada… Por eso Velazco se limita a repetir lo que nos tiene acostumbrados la llamada oficialidad cultural cubana: todos los de acá somos unos malagradecidos, resentidos e histéricos. Yo en particular abrigo un “sentimiento profundamente mercantilista y pragmático” que intenta “perpetuar un sinsentido del que sac(o) tantos dividendos”. Reseñar un libro, hacer críticas razonadas, se vuelven escándalos. La patada me la sé de memoria. Y como vemos, lo mismo da Santí que Zoé Valdés que Carlos Espinosa; Letras libres que cubaencuentro. Pim pum fuera: ¡que se vaya la gusanera!
   Textos como los de Velazco, que por desgracia veremos proliferar en días venideros —y no precisamente sobre la peregrina reseña mexicana de un libro publicado hace dos años sobre un autor cubano exilado hace casi medio siglo― son síntoma de las guerritas culturales que hoy están en pie en Cuba en vista de las llamadas transiciones y reformas. Según Velazco yo lanzo saetas. Las suyas, en cambio, serán, lo verán, boomerang.

(Menos solicitó veloz saeta. Diario de Cuba, marzo 2012)

Tuesday, June 24, 2014

Luis Cino vs. “Sobre los pasos del cronista”, de Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal

Los autores de Tras los pasos del cronista  apelan a  infiernillos de tertulia y habladurías de pasillo para revelar testimonios dudosos  que  hablan bastante mal de quien los refiere, tales como los chismes del cineasta Enrique Pineda Barnet acerca de que Cabrera Infante  envidiaba su talento narrativo (¿?),  Alfredo Guevara contando a su manera las querellas por la posesión de la cultura revolucionaria, o el poeta Pablo Armando Fernández insinuando  que el Infante difunto siempre estuvo enamorado de él (y mal correspondido, no faltara más).
   No hay que tener mucha imaginación para suponer cómo se sentiría Cabrera Infante,  siempre tan orgulloso de estar prohibido en Cuba. Lo entiendo perfectamente. En su lugar, la presentación del libro donde pretenden perder sus pasos, y todo lo que siga, ahora que los comisarios pretenden que vuelven a la normalidad, lo tomaría, más que como un homenaje, como un agravio. Otro más.

(Tras los pasos de los saqueadores de tumbas. Cubanet, septiembre 2011)

Friday, June 13, 2014

Enrico Mario Santí vs. “Sobre los pasos del cronista”, de Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal

Las distorsiones bibliográficas, el torpe recorte de citas, el silenciamiento de fuentes claves, la retórica burocrática (“dictadura”, “Revolución”, “Fidel” son términos por antonomasia) contrastan en cambio con la pericia con que los autores leen los contextos en que se movió GCI. El libro describe en detalle las correderas de Nuestro tiempo, los líos de la Cinemateca, los episodios de Ciclón y El Puente, la polémica de Lunes, la bronca de P. M. y del ICAIC, las peleas en Revolución y la debacle de las llamadas “Palabras a los intelectuales”. Es aquí donde el entrenamiento periodístico de los autores nos lleva a buen puerto. La narración fluye mejor en esos capítulos, aun cuando la pertinencia de algunas secciones resulta cuestionable. GCI no fue un actor importante, por ejemplo, ni en Ciclón ni en El Puente y por tanto esos capítulos suenan a relleno; o mejor dicho, a más pretexto. En cambio, el mayor espacio, y el mejor análisis, aparece en los capítulos sobre el ICAIC, Revolución y las llamadas “Palabras” (pp. 189-278), casi cien páginas, donde GCI desde luego está muy involucrado pero no juega un papel necesariamente central. Sí lo juega, en cambio, y con un papel nefasto, quien pudiéramos llamar el “anti-Guillermo” de estas páginas, Alfredo Guevara, el Gorki de La Habana, aun cuando los autores se abstienen de mencionar quién verdaderamente fue el responsable de todo el desastre ideológico y moral de la época: Fidel Castro. Por eso, si a la impericia del análisis sobre la obra de GCI añadimos el evidente esmero que los autores dedicaron a estas secciones llegamos a la conclusión de que, en efecto, el quehacer intelectual de GCI fue el pretexto –un pretexto desde luego importante– para abordar un tema mucho más caro a las élites intelectuales cubanas: las guerritas intelectuales de La Habana, la lucha por el poder. Aunque no me refiero a las guerras de hace cincuenta años sino a las de hoy. No podría identificar a los actores de esas guerras actuales, que tal vez sea sencillamente una lucha generacional en tiempos de larga, interminable, transición. Pero una lucha de grupos es lo que se desprende de la narración del libro, que usa a GCI, y las antiguas guerras que ocurrieron alrededor suyo, sombra de las de hoy, como pretexto de discusión, como chivo expiatorio de un ritual de poder.

([Per]versiones de Cabrera Infante. Letras Libres, marzo 2012)

Monday, May 19, 2014

Zoé Valdés vs. “Sobre los pasos del cronista”, de Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal

Guillermo Cabrera Infante nunca rompió con Cuba, rompió con el castrismo. Jamás declaró que no quería que los cubanos lo leyeran, al contrario. Recuerdo el amargo dolor de Guillermo cuando me contó que a una maestra santiaguera le habían puesto una multa de 500 pesos por hallarle un libro suyo, noticia que salió publicada en la prensa. Pero Guillermo Cabrera Infante siempre se negó a que la dictadura castrista usara su obra para sus fines criminales y mentirosos.
   Por último, leí algunos capítulos del libro en cuestión que será presentado en Cuba. Me lo mandó una persona desde dentro de la isla, cuyo nombre no puedo dar por razones obvias. Entre los testimonios se encuentra el de Pablo Armando Fernández que se remite a contar que Guillermo estuvo enamorado de él toda la vida, bueno, todo el mundo sabe lo que a Guillermo le gustaban las mujeres, pero no ese tipo de mujer que es Pablo Armando Fernández  —me aclara Miriam Gómez. Enrique Pineda Barnet —qué pena— todavía anda perdido en un viejo premio literario de juventud, su mezquindad no le permite ver la grandeza del Premio Cervantes con el que fue recompensado Guillermo Cabrera Infante y toda su obra.
   La primera esposa del autor de Cuerpos Divinos (donde se menciona a esta señora ampliamente), madre de sus hijas, criadas por el padre y por Miriam Gómez en el exilio, a las que les dieron educación y costosa enseñanza a pesar de su situación económica, desvela momentos de intimidad sensacionalistas que no aportan nada más que chismorreos, en los que ella misma queda muy mal parada, qué lástima que no se dignó a publicar la correspondencia suya con el escritor, donde contaba sus miserias bajo el régimen castrista, y donde le suplicaba que la sacara de Cuba. Pero todo esto verá la luz algún día.

(Guillermo Cabrera Infante y el libro infame. Blog de Zoé Vadés, agosto 2008)

Thursday, March 13, 2014

Carlos Espinosa acerca de “Sobre los pasos del cronista”, de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco

Sobre los pasos del cronista llega a los lectores con un aval que, al mismo tiempo, actúa en su contra. En su cubierta se lee: Premio UNEAC de Ensayo Enrique José Varona 2009. En realidad, no estamos ante un ensayo, sino de una investigación. Acuciosa, seria, como ya he señalado, pero una investigación. El ensayo es otra cosa. Ante todo, posee como característica inherente al mismo su naturaleza subjetiva. Quien lo firma esgrime argumentaciones verosímiles, pero no trata de probar una tesis de manera irrefutable. Lo expresó de modo diáfano el mexicano José Luis Martínez, para quien el ensayo es “una peculiar forma de comunicación cordial de ideas en la cual estas abandonan toda pretensión de impersonalidad e imparcialidad para adoptar valientemente las ventajas y las limitaciones de su personalidad y su imparcialidad”. Esa definición es suficiente para darse cuenta de que se trata de algo bien distinto a lo que Mirabal y Velazco han hecho. Supongo que resulta obvio, pero igual aclaro que con esto no estoy restando valor a su trabajo. Simplemente hago notar que aparece bajo una etiqueta que no le corresponde.
   Sobre los pasos del cronista fue concebido originalmente como la tesis de grado que Mirabal y Velazco redactaron, para graduarse de periodismo en la Universidad de La Habana. Ignoro a qué proceso de reescritura fue sometida antes de presentarla al concurso de la UNEAC. En cualquier caso, como cualquier otro libro debió haber tenido una adecuada edición previa a su envío a la imprenta. En este caso, existían además varias razones para que eso se hiciese. En primer lugar, por tratarse del primer libro sobre Cabrera Infante que ve la luz en Cuba. En segundo, por haber sido galardonado en el premio que convoca esa institución. Y en tercero, por ser la obra con la cual se estrenan dos autores jóvenes, que además no rebasan los veintiséis años.
   Por supuesto, cuando hablo de edición me refiero a algo más que cuidar las cursivas, los entrecomillados y las erratas. Incluso en ese aspecto, Sobre los pasos del cronista no se libra de algunos deslices. El nombre de Eric Bentley aparece como Erich. El apellido de Bertolt Brecht, como Bretch. Asimismo no figura como coautora de la novela Cenizas de Izalco la salvadoreña Claribel Alegría, quien en 1978 obtuvo el Premio Casa de las Américas de poesía. Pero personalmente creo que aspectos como esos se pueden disculpar. Lo que realmente hubiese sido necesario habría sido revisar a fondo el original de Mirabal y Velazco. Haber eliminado algunos fragmentos de una exposición que es, a veces, reiterativa y prolija en información. Haber pulido algunos detalles de la escritura, lógicos en unos autores bisoños. Haber evitado que la consulta de las notas sea tan molesta, colocándolas a pie de página y no al final. En suma, haberle dado el tratamiento cuidadoso que Sobre los pasos del cronista se merecía.

(Un acto de justicia largamente esperado, Cubaencuentro, septiembre 2011)