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Friday, August 14, 2015

Orlando Luis Pardo Lazo sobre Humberto Arenal

En verdad se veía muy viejito, enflaquecido, con su garbo un tanto anglo y ciertos dejos de lord. Un hombre con estilo, en medio del patio central amorfo del Instituto Cubano del Libro.
   Me le acerqué. Hablamos. Fui varias veces a su apartamento en el edificio de Infanta y Manglar. Él siempre cordial para con un principiante tardío, como era yo, elogiando mis “condiciones para contar”. Luego hasta fuimos jurados juntos de otro certamen literario (sus criterios eran demasiados aburguesados a esas alturas de su vida: detestaba el realismo sucio por causas extra-literarias que él consideraba literarias). Todo fue acelerado. Todo consumido en el transcurso de un año. Entonces escribí mi cuento “Réquiem por Humberto Arenal”, ganador de una Mención en el concurso de “La Gaceta de Cuba” (diciembre 2001), y nunca publicado a petición mía.
   Fui y se lo dejé a Humberto Arenal tan pronto como se hizo público el anuncio de mi Mención. Y ese fue el fin.
   Recibí llamadas amenazantes de él y del entonces esposo de su hija. Mi cuento era una mierda ofensiva. Lo insultaba. Me burlaba de su vejez. Lo ridiculizaba en su relación con los muertos. Me metía con su sexualidad. Se me aguaron los ojos (yo estaba en el teléfono público de la bodega de 21 y H, en El Vedado, nunca lo olvidaré). Sentí pena por mí y por él, por la Cuba que nos caería encima, por no poder jugar al límite en un texto donde yo usaba su nombre de puente entre los vivos y los muertos, caricaturizando no sólo su estampa doméstica sino a toda nuestra ciudad literaria, cenotafio de cadáveres cobardes y secreticos insepultos. Creo que su familia influyó en aquella loca lectura.
   La llamada del yerno fue menos dolorosa: sólo me amenazó físicamente y también con denigrarme en público en un programa que él conducía en la televisión nacional. La permanente epidemia de dengue que pulula en La Habana lo impidió o al menos lo disuadió.
   A ninguno le pude pedir ni perdón. Me colgaron. A pesar de mi promesa de no hacerlo público nunca, Humberto Arenal llevó mi cuento a una Comisión de Ética en la UNEAC, aunque entonces yo aún no pertenecía a la UNEAC. Ignoro los resultados, pero al parecer fue favorable a mí. Luego vino su Premio Nacional de Literatura y me alegré secretamente por él. No se lo merecía en un sentido. Pero se lo merecía en muchísimos otros.
   Desde entonces me dediqué a leer a Humberto Arenal (publicó bastante en la última década). Me encontré incluso un ejemplar príncipe de la por él llamada “primera novela publicada en la Revolución”: El sol a plomo. Tenía excelentes cuentos, suficientes para inmortalizarlo en nuestro contexto. Pero sus textos de largo aliento son sin excepción muy muy muy débiles, alguien debió impedírselo (Reinaldo Arenas en El color del verano deja esa tarea en manos de Virgilio Piñera). No opinaré sobre otras zonas de su creación. Como todo intelectual que no provocó una ruptura, su corrección ya no me convoca (no soy su lector, evidentemente, como él tampoco era el lector de “Réquiem por Humberto Arenal”).

(Réquiem por Humberto Arenal. Blog Penúltimos Días, enero 2012)

Thursday, May 8, 2014

Fermín Gabor vs. Humberto Arenal (y la Generación del Cincuenta)

Me alegra enormemente que Humberto Arenal ostente, desde hace unos días, el Premio Nacional de Literatura. No conozco personalmente a Arenal, confieso ser un desganado lector de su obra, pero me alegra que haya sido el elegido. Por diversas razones. La primera, porque este galardón vendrá a calmar los nerviosismos e insomnios de un señor que va a cumplir, en los próximos días de enero, ochenta y cinco años. Y bastante tiene ya un octogenario con los problemas de orina, para soportar, además, otro desvelo que lo haga levantarse a cada rato de la cama.
   Me enorgullece también que el Premio Nacional de Literatura no haya salido de los predios de la Generación del Cincuenta. ¡Es que decir Generación del Cincuenta es decir Premio Nacional de Literatura! ¿Qué otra franja de escritores ha brindado tanta y tanta riqueza a las letras patrias? ¿Qué otro grupo de escritores ha influido más en las nuevas promociones? ¿De cuáles se escuchan sus nombres en las más importantes capitales del mundo? ¿Quiénes como ellos han cultivado, junto a una cubanía raigal, tan refinado cosmopolitismo? ¿Y a quiénes, sino a ellos, debemos transformaciones tan radicales en la novela, el ensayo, la poesía, el teatro, el cuento, la televisión, la ópera, el cabaret y el circo?
   Me complace que Humberto Arenal sea Premio Nacional de Literatura porque, después de la Generación del Cincuenta, que le echen el caldo a los perros.
   Es preciso premiar hasta al más desconocido miembro de esa generación, es necesario recompensar hasta el último balbuceo de tal grupo. ¡Que nadie de la Generación del Cincuenta se quede sin coger cajita! ¡Que nadie de la Generación del Cincuenta salga del cumpleaños sin haberle puesto el rabo al burro! ¡Rocánrol para los pepillos del Cincuenta!
   Estoy feliz de que Humberto Arenal haya agarrado premio porque su obra resulta sumamente desconocida. Y, ¿acaso lo mejor del Nobel no es el impulso que presta a la edición de autores hasta entonces ignotos? El Premio Nacional de Literatura hará por Humberto Arenal lo que el Nobel hace por sus laureados. Publicados los libros suyos con un cintillo pertinente, los lectores se abalanzarán sobre ellos, y la lectura podrá confirmarles lo que sabían ya: no importa si se lee o no se lee, Humberto Arenal siempre será un autor desconocido.

(La Lengua Suelta # 47. La Habana Elegante, segunda época)