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Monday, August 31, 2020

Roberto Madrigal vs. un documental sobre Lezama Lima

He repetido hasta el cansancio que no me atraen los documentales, ya que, salvo raras excepciones, todos están guiados por los objetivos del realizador, quien edita lo que recopila con el fin de probar su tesis. Por lo general me resultan predecibles, aunque siempre hay unos más predecibles que otros.

   A pesar de sus buenas intenciones, de cuyo lado estoy, el documental Letters to Eloise, de la realizadora cubanoamericana Adriana Bosch, es más de lo mismo. Supuestamente parte de las cartas que Lezama Lima escribió a su hermana Eloísa, quien partiera a un exilio temprano y que fueran publicadas por Verbum en 1998. Pero en realidad, al cabo de unos minutos, las cartas, leídas en inglés por el actor británico Alfred Molina, pasan a un segundo plano.

   El propósito del filme es demostrar la censura y ostracismo que padeció Lezama Lima por parte del gobierno cubano a través de sus esbirros culturales. Para ello utiliza mayormente el testimonio de varias cabezas parlantes, método trillado y convencional del género, intercalando a profesores y especialistas de las dos orillas principales de la cultura cubana. Unos con conocimiento personal de Lezama y otros, estudiosos dedicados a su obra. Bosch trata de balancear la presencia entre los de “aquí” y los de “allá” para supuestamente dar un equilibrio a las opiniones, aunque todos coinciden unánimemente en apoyar las metas de la directora.

   Los primeros cincuenta años de la vida de Lezama se diluyen en los primeros minutos del documental. Mayormente se refieren al personaje y no al ser humano, con algunas pinceladas de sobra conocidas de la vida familiar. Luego se concentra en su vida pública después del triunfo castrista.

   Entre los que tienen un conocimiento personal de Lezama, se encuentran José Prats Sariol, Jesús Barquet, Reynaldo González, Enrique Sainz y César López. Entre los que tienen conocimiento más bien libresco del autor, están Enrico Mario Santí, investigador de su obra, César Salgado y Lillian Guerra, especialistas en su obra, Roberto Méndez, encargado de la edición de 2010 de la valoración múltiple de la obra de Lezama, originalmente publicada en 1970, ambas a encomienda de la Casa de las Américas, Margarita Mateo, destacada crítica literaria residente en la Isla y Antonio José Ponte, quien se especializa más bien en el grupo Orígenes. Para reforzar las opiniones de los especialistas, se contó con la participación de Mario Vargas Llosa, quien conoció a Lezama y que se expresa de forma muy articulada, como siempre, señalando puntos importantes, pero sin aportar nada novedoso ni personal. También aparece el profesor Emilio Bejel.

   Muy poco de nuevo se “documenta” en esta obra. Se hubiera agradecido más presencia del testimonio personal de quienes lo trataron. Aparte de Cesar López, que parece más despistado que otra cosa, y de Emilio Bejel, que se limita a insustancialidades, el resto de los entrevistados está muy bien, con un discurso muy coherente, pero que resulta repetitivo. Demasiado homenaje, demasiada reverencia. No es culpa de ninguno de ellos, sino de la realizadora que impone los límites de la entrevista. Se extrañan testimonios como el que hace Eliseo Alberto en el documental En un rincón del alma.

   En general, no se detalla ninguna crítica directa de Lezama Lima contra el sistema. En las cartas, sus quejas se refieren al deterioro de la familia y a la escasez alimentaria que padecieron todos los cubanos en los momentos en que se escribían. Hay algunas en las cuales expresa su alegría por la publicación de Paradiso, añadiendo incluso que en ningún otro país del mundo se atreverían a publicar una novela de 600 páginas, así como el jolgorio ante la publicación de su poesía completa y la valoración múltiple, en el año 1970, en el cual probablemente se reunió por última vez con tantos amigos.

   El tema del homosexualismo de Lezama se limita a la recapitulación y reinterpretación del capítulo 8 de Paradiso, que alguien señala como su salida del clóset, pero no hay ninguna revelación acerca de su vida personal como homosexual. Su matrimonio con María Luisa, más que de conveniencia, se expone como una concesión al deber familiar, ya que su madre le insistió que lo hiciera.

   Son necesarios entonces los testimonios de los entrevistados para establecer su disidencia política, pero eso no es documento. La película se desvía hacia el caso Padilla, en el cual fue incriminado Lezama y de ahí sigue a la etapa final de su vida, en la cual fue abandonado por muchos a quienes creía eran sus amigos. Se destaca su participación en el jurado que premió al libro de poesía de Padilla en 1968 y en lo que me parece un disparate, la doctora Lillian Guerra, profesora de la Universidad de la Florida, dice que los jurados de los premios en Cuba los escogían los escritores, y que a Lezama lo escogieron por su audacia y honestidad. Discrepo de ello, en Cuba todo lo deciden los comisarios culturales, que precisamente son alérgicos a la audacia y la honestidad, lo que pasa es que no son infalibles.

   Al insistirse que Lezama hacía una literatura que no se ajustaba a los patrones revolucionarios, por elitista y refinada, por además reivindicar los valores tradicionales cristianos de la familia cubana, razón principal por la cual se le fue eliminando paulatinamente, se echa de menos una exploración del papel de las nuevas generaciones de escritores de aquel momento, quienes desde el punto de vista literario también rechazaban la obra de Lezama, y entre quienes se destacaban Padilla y José Baragaño. El primero redactó lo que según Cabrera Infante era un “salvaje ataque contra Lezama, que publiqué en el magazine [se refiere a Lunes de Revolución] que era casi una condena oficial no sólo a la persona sino al arte poético de Lezama. Cuando lo vi publicado, tuve la impresión de que se había soltado una jauría contra un hombre atado”.

   Lezama, en una salida aristocrática, muy a la altura de su persona y de su literatura nunca se dio públicamente por aludido, porque como continúa Cabrera Infante en Mea Cuba en una conferencia patrocinada por la propia revista Lunes de Revolución se limitó a decir refiriéndose oblicuamente al grupo que le atacaba: “…era propio de la juventud cometer excesos, la juventud literaria comete excesos literarios. Lezama era la personificación de la generosidad, en la literatura y en la vida, verboso tanto como generoso”.

   Las escenas recreadas dramáticamente no aportan mucho al documental, se mueven entre la cursilería y el melodramatismo, por suerte son breves. La repetición de la escena inicial de una joven Eloísa alejándose en medio de la lluvia, protegida por una sombrilla y un pañuelo en la cabeza, que mira por encima de su hombro con una sonrisa, mientras se escucha la hermosa, pero también melosa música compuesta por Arturo Sandoval, me parece un excesivo melado cinematográfico.

   En parte el documental está hecho con el público americano en mente y la reunión de opiniones y materiales resulta válida e importante para dar a conocer la obra del poeta más allá de las fronteras que físicamente apenas cruzó. Lezama Lima fue un grande de la literatura cubana que fue víctima de un proceso demoledor al cual inicialmente le dio la bienvenida pero que pronto terminó siendo implacable con él (y con muchos más). Pero en este documental, a pesar de que Lezama tuvo muchos enemigos que nunca se buscó, sitiado por muchas facciones, a quien probablemente mató la tristeza del abandono de sus colegas y la desintegración de su familia, la víctima está demasiado victimizada. El poeta merece admiración, no idolatría.

(El escritor sitiado. Cubaencuentro, mayo 2020)

Friday, March 20, 2020

Lezama y Retamar (anécdotas)


Al principio de la Revolución —llamémosla así— Roberto suspendió sus hasta entonces muy frecuentes visitas a Lezama, y de pronto reapareció luego de meses de ausencia, pero vestido de miliciano y tocado con una airosa boina verde olivo. Después de conversar y actualizarse en noticias mutuas, Retamar le mostró sus últimos poemas, que entonces distaban mucho de aquellos otros que solía compartir antes de 1959 en las tertulias del Grupo Orígenes, donde era considerado “el niño prodigio”, y los cuales estaban permeados de intimismo existencialista y “trascendentalismo” como él mismo los llamó en su juvenil —y todavía significativo— ensayo La poesía contemporánea en Cuba (1954).
   Los nuevos poemas que compartió con El Gordo de Trocadero hablaban, muy por el contrario, de milicianos, zafras, bayonetas, balas, granadas, fusiles, batallas… Después de escucharlos, Lezama —supongo que luego de dejar escapar una espesa bocanada de humo de su habano— dijo: “Bobby, esos poemas que traes muestran dos cosas; por una parte, recuerdan algo de la poesía trovadoresca de la corte de Leonor de Aquitania y también cierta poesía amatoria galaico-castellana del siglo XIV, como la de Macías “El Enamorado”… Pero, además, se aprecia que están escritos bajo los efectos del oporto…” Contaba el propio Lezama, apenas aguantando la risa, que Bobby le respondió: “Caramba, Lezama, no conozco bien esa poesía provenzal y no he leído nada de Macías, pero sí le puedo asegurar que nunca he tomado vino de oporto”. “No, Bobby, no —le contestó implacable— no me refiero al oporto que se bebe, sino al oportunismo, muchacho…” Cierta o no, Lezama contaba esa anécdota a quien quisiera escucharla, con algunas variantes y florilegios añadidos según la ocasión.
   Contaba que después de mucho tiempo de evitarlo y eludir un encuentro por ser considerado como “políticamente poco confiable”, finalmente un día se tropezaron en una recepción y, para su sorpresa, Retamar se dirigió resueltamente hacia él atravesando la espesa multitud, y lo estrechó con un fuerte y efusivo abrazo. Cuando se separaron y Retamar se alejó para continuar su ronda de saludos, Lezama comentó traviesamente con su acompañante: “Seguramente ya debo haber mejorado mi reputación política, porque Bobby se ha atrevido a abrazarme en público…”.
   También en La Habana de los 80 corría un chiste —por supuesto, anónimo y susurrado— sobre Retamar: “Él ha sido el único que ha unido a toda la intelectualidad cubana… Todos quieren arrastrarlo por la calle… Pero, al mismo tiempo, los ha dividido… Porque unos quieren arrastrarlo por la Avenida G y los otros por la Calle Tercera…”.

(Anécdotas contadas por Alejandro González Acosta en Roberto Fernández Retamar: el escritor demediado. Cubaencuentro, septiembre 2019)

Monday, July 16, 2018

Antonio Rivero Taravillo vs. la “Poesía completa”, de Lezama Lima

Sin restarle valor como documento literario y filológico, como referencia ya obligada de la bibliografía del escritor cubano y como volumen excelentemente editado (atractiva cubierta, buen papel, cosido, hermosas guardas, elegante tipografía), lo diré ya en este párrafo inicial por si algún posible lector quiere pasar a otra cosa: en mi opinión, Lezama no fue un gran poeta. Sus poemas caen en una verborragia aguda en la que la opulencia, las asociaciones caprichosas de palabras (más que libres, al tuntún) y una neobarroca superficialidad por la que se patina sin vislumbrar su fondo, rara vez deparan un instante de emoción y muy contados deslumbramientos una vez apartado el oropel, que resulta ser casi todo. La almendra de Lezama está en su epidermis. Además, y esto es lo más chocante, cuando quiere usar estructuras tradicionales Lezama tiene una métrica que se desboca a menudo y rompe el isosilabismo más del lado de la desmaña que de la innovación, lo que no parece recomendable en los moldes cerrados, no tanto por el cómputo sino por la víctima de ello: el ritmo. Dice mucho, en definitiva, para no decir nada, y esto, además, de la forma que, por desgracia, no es la mejor. Su poesía es la de un hombre de letras en la que el cultivo, por más que maneje muchas simientes adquiridas en los almacenes de Góngora y de Mallarmé, resulta casi siempre estéril.
   La mayoría de los poemas escritos por Lezama, con la salvedad de sonetos y décimas, que suele integrar en series, son extensos, como sus libros, que –menos el primerizo Muerte de Narciso (1937)– exceden con creces lo que suele ser habitual en el género. Las más de 1.000 páginas del volumen incluyen solo seis títulos publicados en vida o, ya póstumamente, muy poco después de la muerte de Lezama: además del ya mencionado, son Enemigo rumor (1941), Aventuras sigilosas (1945), La fijeza (1949), Dador (1960) y Fragmentos a su imán (1977). Se añaden Sobre el crepúsculo y monstruos del agua e Inicio y escape más varios puñados de poemas no recogidos en libro. La torrencialidad priva a los poemas de esa característica propia de la poesía lírica: la densidad, la esencialidad, la concentración; no habiendo poda, todo se va por las ramas, en las que claro que cantan pájaros, pero el lector –que no es Sigurd en la mitología nórdica– no consigue descifrar su lenguaje. Es cierto que con el tiempo, y con la llegada del castrismo al poder, con el que lo pasó mal el autor, algo de ese regusto barroco cede y se purga, ganando la obra algo en comunicación, pero en general se trata de una poesía hueca, de una facundia tan innecesaria como cargante bajo la espesa capa de purpurina que por otra parte atiende a una sublimación de una sexualidad no aceptada, lo que añade más velos y circunloquios mareantes. Podría aducir numerosísimos ejemplos. En la pág. 362, abierta al azar, este: “El germen desde la cresta del alba, entre las aturdidas / risitas del instante y la discutidora, escarchada francachela / del ancestro, comienza como los pájaros de largas patas, semejantes al bambú que recibe los gritos de los flamencos / y crece monocorde peinado por la brisa de Deucalión.”
   Se libran de esa indigestión palabrera algunas composiciones más íntimas como “La madre” o “Mi esposa María Luisa”. De los poemas dedicados a Juan Ramón Jiménez, Octavio Paz o María Zambrano apenas se salvan, sin embargo, los nombres de estos. En poesía, la imaginación no basta, como no bastan los sentimientos ni la exhibición léxica o, en otros casos, una orientación filosófica o un credo. Que Lezama sea el muy importante autor de la novela Paradiso, que escribiera importantes ensayos y le gustara la poesía y estuviera dotado (y dorado) para ella no basta a redimir este volumen que, desde luego, merece un plausible lugar en las bibliotecas públicas y universitarias, no tanto así en las de los buenos lectores de poesía, a los que quizá no encandile este traje nuevo del Emperador caribeño.

(Purpurina completa. Estado Crítico, febrero 2017)

Wednesday, June 13, 2018

Oscar Cruz vs. el “delirio lezamiano”

Hay un poema breve en La Maestranza, titulado “Lezama / El pacto”, donde queda respondido esto de la relación Poesía-Imago-Historia. Solo decirte que Lezama es y será para siempre un gran maestro, solo que su sistema, tal y como lo planteó y desarrolló en su momento, no me interesa. En la isla existen fundamentalmente dos tipo de delirios: el “delirio Lezamiano” y el “Delirio Habanero”. El segundo es por supuesto, más divertido, más contemporáneo. Se presta más a la descarga. Cientos de cubanos lo prefieren. El primero, es el responsable de que se escriban en toneladas crecientes, tantos malos poemas. Lezama tiene un don importante, y es que anima a las personas a escribir malos poemas, es un estimulante tremendo. Estas personas que al escribir poemas enrevesados, atestados de asociaciones locas y de palabras museables, califican su trabajo como neobarroco y que —hago una aclaración—, nada tienen que ver con el Neobarroco de verdad, véase Severo, Perlonguer, Lamborghini et. al., deberían multarse entre ellos y hacerle una gran escultura al gordo, mínimo en platino, por toda la vida que les ha dado después de muerto. El santo padre los ha cobijado y cobijará de por vida y les servirá de resguardo ante los realismos y todo tipo de experimentación formal o de lenguaje.  En otras palabras, una bendición: Lezama.

(…)

en un panel sobre Lezama
los sabios comenzaron a decir sus naderías:
naderías sepias, naderías
rosas, naderías.
Lezama,
el más gordo que ha vivido
en Trocadero.
Lezama, el más grande que ha roncado
en Trocadero.
Lezama,
el eterno comelón de las perdices.
la obra del occiso
quedaba reducida a sus esfuerzos.
en un panel sobre Lezama
los sabios terminaron de decir sus naderías.
estábamos a siete, lo recuerdo.
las sillas de la sala eran grises.

(Reescribir la historia desde escenarios podridos, entrevista. Hypermedia Magazine, mayo 2016)

Tuesday, December 20, 2016

Juan Bonilla vs. José Lezama Lima

Se caracteriza la obra poética de José Lezama Lima por el dominio de una retórica grandilocuente, tal vez inútil y pretenciosa, por un lenguaje culto y refinado, mendazmente poético, y por el abuso de asociaciones llamativas de palabras –como mandan los cánones gongorinos– y por los frecuentes deslices rítmicos –como desaconsejan los cánones gongorinos.
   No en vano se le ha concedido al cubano el título –nada envidiable– de heredero de la poesía de Góngora. De ahí su apariencia de gran poesía que –lo reconozco– da el pego. No hay peor gran poeta que Góngora, que el Góngora oscuro denunciado por Cascales. A pesar de que el profesor Dámaso Alonso se empeñara en hacer digerible al retórico cordobés y ponerlo al alcance de los alumnos y de los profesores de bachillerato, intentando hacernos creer que Góngora era claro, los medios utilizados por el autor de Hijos de la ira ponían en evidencia que eso de la claridad gongorina no se lo creía ni él mismo. Porque si en efecto Góngora era tan claro ¿para qué perdió Alonso el tiempo en paráfrasis, traduciéndolo en prosa? Se trataba, evidentemente, de una excusa. Góngora era oscuro y sombrío. Los poetas que en su árbol genealógico literario tienen a Góngora como antepasado son tan oscuros y sombríos como él. Lezama Lima es uno de esos poetas.
   El poeta no puede ser sólo un jugador de palabras, ni un ser aburrido que se entretiene barajando las palabras y lanzándolas al aire. El poeta juega solitario delante de los lectores; y ha de atenerse a unas reglas que sólo podrá transformar justificando las innovaciones, desdeñando la gratuidad de una fullería al no sentirse observado, o al despreocuparse de que los que le observan –le leen– también son parte –pero siempre pasiva– del juego.
   No estoy postulando una nueva poesía comprometida. Estoy abominando de una poesía que se jacta de ser artificiosa y que en sus simples artificios yergue su consistencia. Precisamente porque la naturaleza de la poesía le impone artificio, no se ha de empeñar en demostrarlo, excediéndolo, sino ha de buscar lo contrario: tender a la difícil naturalidad para singularizarse. Exceder el artificio está al alcance de cualquiera que se arme de la suficiente dosis de paciencia para aburrir al prójimo y cuente con un mínimo de cultura y con dos o tres diccionarios de sinónimos. Sin claridad no hay naturalidad. Y los versos evanescentes –los de Lezama lo son– no son claros ni naturales.
   A poetas como Lezama Lima –que encima no dominan el ritmo del poema– se les nota demasiado la técnica que utilizan. Y se les nota además que cojean de aquello que hace irresistible a un poema: la autenticidad. Auténtico se puede ver desde la ficción o desde la experiencia: en cualquier caso al lector ambas alternativas se reducirán a un resultado. Depender de recursos meramente retóricos hace que el poema se convierta en un simple ejercicio de fabricación. Poemas en serie, como zapatos o coches.
   Cuando los recursos retóricos privan sobre los demás: abur poesía. Lo peor que le puede suceder a una obra poética (después de que esté influenciada por los novísimos o por la poesía del silencio) es que se le note desde lejos que fue compuesta por mero afán de sorprender. La sorpresa no se busca en poesía, se encuentra. Recursos meramente artificiales difícilmente pueden sorprender. Lezama, un tipo muy culto, fue un jugador de oscuridades, un experimentador del lenguaje. Mas los experimentos sólo sirven en el arte de los cócteles y en la química. En poesía más bien poco. ¿Góngora el gran experimentador? Quizá por eso sea intragable. Juan de Jáuregui, en el Discurso Poético en el que torteó al gongorismo, dijo que “la ciega plebe se alarga en llamar cultos los versos más broncos y menos entendidos”. Lezama no busca que entendamos su poesía, pero pocos lectores habrá que no busquen entender lo que leen (a no ser que esos lectores sean poetas de la estirpe de Lezama). Lo que hoy en día se denomina finústicamente “poesía culta” no suele ser más que un ejercicio vanidoso de pedantería y ostentación repugnante.
   Lezama ¿un maestro? No sé. Más bien un gran vasallo de un vacuo señor. Dos volúmenes contienen todo el plomo de su poesía, de su “gran poesía”. Un festín para profesores con aspiraciones exegéticas, y un coñazo para todo el que busque divertirse, pasarlo bien o emocionarse con la lectura.

(El plomo de la gran poesía, Revista Renacimiento Nº 2, invierno 1989. Visto en Neorrabioso Blog)

Tuesday, October 4, 2016

José Lezama Lima vs. Lorenzo García Vega

Ramona Vega está en N.Y., pero no vive con el hijo, que vive con M. Lindner. Mis relaciones con el hijo se han deteriorado totalmente. No me ha escrito una carta desde que se fue. Es curioso cómo la gente puede borrar amistades de muchos años y olvidar lo que se hizo por ellos. Pero a mi edad las ingratitudes ya no se cuentan ni nos producen el menor accidente melancólico. Son cosas esperadas.

(Cartas a Eloísa y otra correspondencia. Madrid, 2013)

Friday, July 15, 2016

Juan Benet vs. José Lezama Lima

Ah, no, es que Lezama Lima es una fábrica de defectos. Primero, no tiene acento, no suena bien. Y luego, hay algo muy artificioso en Lezama; algo de reelaboración. Parece un escritor francés que complica a voluntad. Porque, realmente, el libro de Lezama es transparente, no es sugerente sino al revés; la palabra oculta la realiza en vez de sugerirla, en vez de trascenderla. Y las posiciones de Lezama tienen mucho de artificio montado, es fácil ver que lo narrado es en cierto modo banal; en cierto modo, recoge una tradición española y americana de profusión de lenguaje pero que no descansa demasiado sobre la realidad. Las aventuras del joven Cemí son las aventuras de Pipo y Pipa en el fondo. Al joven Cemí no le pasa nada en verdad. Tiene dos experiencias homosexuales y tres experiencias eróticas y dos literarias, pero no le pasa nada. Ni el mundo que nos pinta es demasiado misterioso… Comparen ustedes lo que le pasa al joven Cemí con lo que le ocurre al esclavo Ti Noël de Carpentier, con una riqueza y profundidad casi apuntadas, con una economía de gestos y de palabras; y en el otro, a base de tanto abigarramiento, ¿a qué llega en conclusión?, a que un día vio parir a su hermana, y otro día vio cómo unas negras bailaban detrás de un cañaveral, y otro día cómo se masturbaba un cura. Eso lo ha visto todo el mundo.

(Cartografía personal, Cuatro Ediciones, Valladolid, 1997. Visto en Neorrabioso Blog)

Wednesday, January 13, 2016

José Lezama Lima vs. José Rodríguez Feo

Habían pasado ya algunos días que la revista había aparecido, cuando a principios de este abril, el señor José Rodríguez Feo, que es el otro editor de la revista, irrumpe en mi casa, manifestándome que la inserción de sus páginas, le habían producido a él en España, principalmente con Vicente Aleixandre, al que había conocido en un viaje que había hecho últimamente, una situación molesta, y que había que resolver esa situación. Y que, o bien yo escribía en la revista diciendo que él no había conocido sus páginas, o si no él se quedaba con la revista. Es decir, añado yo, que por el hecho de que él ha solventado la parte económica de la revista, se creía con derecho a ponerme fuera de la misma. Comoquiera que ese deseo que él manifestaba no era cierto, pues todo el material de la revista ya lo conocía, le contesté que me negaba a eso, pues era absolutamente falaz ese desconocimiento por él alegado. Y en cuanto a quedarse con la revista le negaba toda autoridad para ello. Pues Orígenes, como usted sabe, no es tan sólo una revista paga por ese señor, sino un movimiento de poesía y cultura, que desde hace años agrupa a escritores nuestros y extranjeros.

(Cartas [1939-1976]. Editorial Orígenes, 1979)

Tuesday, December 1, 2015

Lorenzo García Vega sobre Lezama Lima y Orígenes

Sentíamos y yo siento que estábamos frente a algo. Pero todo eso tiene que estar unido a una pasión crítica. Se ha formado un gran desorden con Orígenes, una mitologización enloquecida donde las mentiras ruedan.
   Ahora se habla de la butaca donde Lezama trabajaba, que ha sido sacada de Cuba y vendida en el extranjero. Yo solo vi allí un sillón y una madera de estudiante. Yo nunca vi butaca ninguna, y dicen que se llevaron una butaca.
   La falta de crítica, mal hispanoamericano, es el gran fallo de Orígenes. "Si hay una tarea urgente en la América hispana, esa tarea es la crítica de nuestras mitología históricas y políticas", dice Octavio Paz. También dice Paz: "la corrupción del lenguaje, la infección semántica se convirtió en nuestra enfermedad endémica. La mentira se volvió constitucional, consubstancial".
   La poesía no nos aliviará de esto. Hay una mentira poética como hay una mentira política, así como hay caudillos poéticos, como hay caudillos políticos. Es que la poesía no da para tanto. La poesía puede hacer la crítica, con mayúsculas.
   Volvemos a la deshumanización del arte. Lezama se indignó con esta tesis. No podía aceptar que el poeta fuera un mero artesano. No me gusta hacer crítica, sino paso a paso. Crítica como un rendimiento de lo poco que puedo hacer con la creación. Temo convertir mi crítica en una crítica en mayúsculas, y terminar devorado por una retórica.
   Lezama se ha convertido en un elefante, en un elefante blanco. Tiene vividores y negocios editoriales, butacas que se venden. Creo que alguien dijo que la tradición no era continuidad porque está construida con rupturas. A veces Cintio presenta como eternas, como continuidad, una serie de rupturas, convertidas en remiendos. Cuenta el cuento de Orígenes como una historia de teatro. Se sabe que es una mentira; pero se sabe que no es una mentira. Pero la revolución castrista hizo que la obra de teatro de Orígenes se convirtiera en total mentira.

(“La tremenda mentira que hay en el mito de Orígenes”; entrevista con Enrico Mario Santí. Diario de Cuba, Jun. 2012)

Monday, September 21, 2015

Lorenzo García Vega vs. Cintio Vitier, Eliseo Diego, Dulce María Loynaz, Lezama Lima, Angel Gaztelu, Gastón Baquero…

A mí me parece una desvergüenza total lo que Cintio y Eliseo han escrito y dicho sobre la revolución castrista. No puedo menos que afirmar que es una desvergüenza, repito.
   Hubo una total separación entre lo que se es y lo que se quería ser. Se era un hombre ambicioso, éramos ambiciosos, como todos los hombres, deseosos de ser reconocidos en literatura. Pero como eso no se podía, se hacía lo que la zorra con las uvas: no me gustan porque no las puedo alcanzar.
   Yo creo que un poco de eso había en nosotros, tenemos que reconocerlo. Ambición teníamos. Éramos un grupo mítico, separados de la literatura. Eso es lo que le sucede a todos los literatos y no es nada nuevo. Lo especial en Orígenes es que, por las dificultades tremendas que teníamos, no podíamos alcanzar el triunfo. Luchamos mucho y realizamos una labor muy valiosa, eso fue una gran verdad. Éramos merecedores, en un medio hostil y eso fue una gran realización. Pero tuvimos la gran falla crítica de no analizarnos en muchas cosas.
   A fuer de no ser triunfadores, nos vestimos con una ética romántica de rechazo que era una mentira. Nos disfrazamos como héroes románticos que desprecian el triunfo. Me acuerdo que Cintio decía: "Gracias a Dios que vivimos en un país donde no existe la literatura". Pero cuando llegó el desbarajuste del castrismo y de verdad tuvimos que enfrentarnos a la realidad, en muchos de nosotros, algo de conquistar el triunfo literario, el héroe romántico se convirtió en una máscara un tanto ridícula.
   Se dio, pues el absurdo de que convertimos en telenovela lo que en verdad habíamos sido. Habíamos sido un grupo decente en un medio chusma y desvergonzado que hicimos una obra seria en medio del desprecio. Pero como teníamos que disfrazarnos de héroes románticos y no podíamos ver la realidad, sobrevino lo grotesco y la farsa. Como hijo de buen vecino, como humanos literatos que somos, aceptamos las prebendas que el castrismo podría traernos: Eliseo y El Caimán Barbudo.
   Pero como la mentalidad  de la época de la resistencia y ética romántica nos había hecho sentir que éramos diferentes, al pactar con Castro, con el demonio bendito, seguimos con lo que ya era un mito folletinesco: héroes católicos-románticos, videntes de cúpulas absurdas.
   Fuimos, paradójicamente, los farsantes de lo que había sido cierto. Vivimos, por segunda vez, como comedia, lo que antes pudiera haber sido tragedia. Ridiculizamos nuestros mejores méritos.
   Todo esto, repito, sostenido por un romanticismo a toda mecha: Lezama hablaba de la moral de las excepciones. ¿Qué significa eso? Significaba en su caso que se podía ser bugarrón, escribir Paradiso y sentirse inocente. Significaba que el poeta podía escribir sobre el Che Guevara y considerarse que estaba fuera de la política. Significaba que se podía elogiar a Dulce María Loynaz, esa momia que sirvió para el rejuego castrista con los negociantes españoles, y haber pensado durante los años de Orígenes que la Dulce María Loynaz era ilegible, como en efecto lo consideraban.
   La moral de las excepciones fue la moral de la irresponsabilidad. Esto podría pasar en la Cuba anterior a Castro, cuando no había historia. Pero después que el gángster entró en la historia y Cuba empezó a sonar, había que afrontar las cosas críticamente y no escribir los abominables panfletos como Ese sol del mundo moral.
   Cintio fue culpable, respondo. Lo que hizo, una desvergüenza. ¿Cómo lo juzgo? No lo juzgo. Trato de cuestionar, lo más honestamente que pueda, el pasado origenista. Es lo único que se puede hacer. Pero, desgraciadamente, no solo fue Cintio y ese asturiano cazurro que siempre fue Eliseo, sino también Lezama, con sus vacilaciones edipianas, y el cura Gaztelu, metido en una abominable entrevista con el G-2, donde no tenía por qué estar.
   Ni Gastón Baquero, el origenista que nunca fue origenista. Pero que después de un pasado político aborrecible, se prestó al merengue de la reconciliación; las dos orillas, con los ñángaras o infelices que quedan allá.

(“La tremenda mentira que hay en el mito de Orígenes”; entrevista con Enrico Mario Santí. Diario de Cuba, Jun. 2012)

Thursday, June 11, 2015

José Lezama Lima vs. Emilio Bobadilla

Claro está, señores, que un verdadero crítico jamás se produce en esa forma. Constantemente oímos en Ventura Pascual Ferrer la frase “garrote”, “garrotazo”, y desgraciadamente esta crítica ha tenido continuadores en la crítica de Valbuena, de Leopoldo Alas, de Emilio Bobadilla, que era la crítica de gazapos y faltas gramaticales. Porque en realidad cuando un poeta tiene esos gazapos, pues hay que tolerarlo, porque la gran poesía no sabe de la gramática y la gramática sí sabe de la gran poesía. Podemos observar, por ejemplo, que si revisamos algún texto de Bobadilla se muestra siempre frenético en contra de Rubén Darío, y a muchos poetastros de su época los disculpa. En realidad, cuando se llega a esas alturas ya no hay gazapos ni hay faltas gramaticales.

(Fascinación de la memoria. Letras Cubanas, 1993)

Tuesday, April 21, 2015

Heberto Padilla pasa lista: Belkis Cuza Malé, Pablo Armando Fernández, César López, José Yanes, Norberto Fuentes, Manuel Díaz Martínez, Lezama Lima, David Buzzi...

Yo estoy seguro de que si yo me levantara aquí ahora y yo señalara los nombres de muchos de los compañeros que iban camino de esa misma situación, esos compañeros serían incapaces de contradecirme, porque esos compañeros saben que estoy diciendo la verdad; porque no sería ni revolucionario de su parte —si es que no han sido detenidos ni lo serán, y porque lo mismo se deben sentir más revolucionarios de lo que yo fui— el desmentirme aquí.
   Porque si yo mencionara, por ejemplo, ahora, a mi propia mujer, Belkis, que tanto ha sufrido con todo esto, y le dijese, como le podría decir, cuánto grado de amargura, de desafecto y de resentimiento ella ha acumulado inexplicablemente durante estos años, en que yo también por una serie de mis defectos de mi carácter la he hecho sufrir, ella sería incapaz de ponerse de pie y desmentirme. Porque ella sabe que yo estoy diciendo la verdad.
   Y lo mismo podría decir de un amigo entrañable, de un amigo que tanto calor de hogar me ha prestado en los últimos tiempos, de un amigo que tantas cosas positivas ha hecho por la Revolución en otros momentos, pero que últimamente se ha mostrado amargado, desafecto, enfermo y triste y por lo mismo  contrarrevolucionario, como es Pablo Armando Fernández. Y yo sé que Pablo Armando, qué está aquí, sería incapaz de levantarse y desmentirme, porque Pablo sabe que muchas veces hemos hablado de estos temas y Pablo se ha mostrado muy triste en relación con la Revolución. Y yo no admitiría, no podría admitirlo, no comprendería que fuera honesto de su parte el que Pablo se parase aquí y me dijese que hay justificaciones para su actitud.
   Y lo mismo, compañeros, podría decir de otro querido amigo como es César López, a quien yo admiro y respeto, que escribió un hermosísimo libro, queridísimo y respetadísimo, que tuvo una mención en la Casa de las Américas, como es El primer libro de la ciudad. Pero es que César López ha hecho conmigo análisis derrotistas, análisis negativos de la Revolución. ¡Qué va a pararse César a contradecirme! Se pondría de pie para decirme que tengo la razón. Además, César López ha llevado a la poesía también esa épica de la derrota. Ha hecho en su último libro una épica de la derrota, de una serie de etapas que la Revolución en su madurez revolucionaria ha sido la primera en superar. César ha retenido los momentos desagradables y los ha puesto en su libro; libro que ha enviado a España antes de que se publicase en Cuba, como es lo correcto, como debe ser la moral de nuestros escritores revolucionarios: publicar antes en nuestra patria y después mandar afuera. Porque es que hay muchos intereses, y en esos intereses intervienen muchos matices no siempre positivos. Y César mandó su libro fuera. Yo mismo hice una nota a José Agustín Goytisolo sobre ese libro. Y yo sé que César, estoy convencido, convencidísimo, de que César López es un compañero honrado, honesto, que sabe que hay que rectificar esa conducta. Estoy convencidísimo que César... ¡qué va a pararse César López a contradecirme! César López se pararía en este momento, se pondría de pie para decirme que tengo la razón. Lo mismo que digo de César lo puedo decir de muchos otros amigos en quienes pensaba, en quienes pensaba, compañeros, porque tuve muchos días, muchísimos, porque los días son largos en un mes. Muchos días para pensar, compañeros. Lo mismo pensaba no sólo en César, pensaba en los más jóvenes, en aquellos escritores que tenían doce o trece años cuando llega la Revolución; escritores jóvenes a quienes la Revolución se lo ha dado todo.
   Por ejemplo, yo pensaba —y voy a decir aquí su nombre, porque le tengo un gran cariño y porque sé que sería incapaz tampoco de contradecirme—, yo pensaba en cuánto se diferencia la poesía de José Yanes, que todos conocemos, de hace dos años, del último José Yanes que todos hemos oído en los últimos poemas, de cuánto se diferencia. Porque Yanes, el poeta que escribió aquel poema a su madre porque se había ido de Cuba a los Estados Unidos, y era un poema lleno de desgarramiento, pues José Yanes reaparecía con una poesía indigna de su edad y de su época, una poesía derrotista, una poesía parecida a la de César también, parecida a la mía, por la misma línea enferma, por la misma línea en que quieren convertir en desgarramiento de lo histórico lo que no es más que un desafecto, compañeros, porque primero hay que hacer la historia y después escribir su comentario.
   Yo pensaba en Yanes y yo sabía, yo estaba convencido... Porque yo decía: qué lástima no poder ir ahora y decirle: ¿Tú no te das cuenta, Yanes? ¿Tú no comprendes que la Revolución a ti te lo ha dado todo? ¿Tú no te das cuenta de que esa poesía no te corresponde, que esa poesía es de un viejo viejísimo? Porque hay viejos con años juveniles —como decía Marinello hablando de Enrique González Martínez en sus ochenta años juveniles. No se daba cuenta, no se daba cuenta Yanes, ese muchacho formidable, inteligente, sensible, que estaba escribiendo una poesía que no se correspondía con él, el joven pobre que había vivido en el barrio de Pocitos, el joven que tiene un dignísimo empleo en La Gaceta de Cuba, a quien la Revolución le ha proporcionado los bienes materiales que tiene —que los tiene—, que tiene un empleo, que escribe, que hace su literatura, que tiene una esposa formidable, inteligente, una doctora en medicina que puede ayudarle a rectificar. Yo me preguntaba: ¿No se da cuenta? Y yo decía: ¡Sí, sí! ¡Sí se va a dar cuenta! ¡Sí, yo quiero hablar! Yo pedía a la Revolución que me dejara hablar, yo necesitaba hablar, yo necesitaba que mi experiencia fuera más allá de mi persona, que esto fuese compartido por aquellos que iban camino de mi propio camino, que buscaban objetivos iguales a los míos, que querían beneficiarse de la Revolución para obtener notoriedad.
   Y yo pensaba en otro joven, en un joven de un talento excepcional, un joven al que quiero mucho y que siempre me ha profesado afecto, que me ha dicho que me tiene afecto y que me admira; en un joven que ha tenido las oportunidades que muy pocos jóvenes de su edad tuvieron; en un joven que conoció de cerca, que tocó de cerca uno de los momentos más serios y más profundos y más ejemplares de nuestra Revolución: la lucha contra bandidos. Yo pensaba en Norberto, en Norberto Fuentes, que acabo de ver hace un momento, no lo había podido ver antes; lo llamé a su casa, pero sonaba el timbre y no respondía nadie.
   Y yo pensaba en Norberto, pensaba mucho en Norberto. ¿Y saben por qué? Yo pensaba en Norberto porque Norberto tuvo una experiencia intelectual y política extraordinaria. Era muy joven en el año 1962 o 1961, sumamente joven. Porque Norberto había hablado conmigo de esa experiencia, con pasión de esa experiencia; y porque yo sentía, recordaba yo allí donde estaba, en Seguridad, cuánta diferencia había entre los cuentos apasionados y llenos de cariño de Norberto por los combatientes revolucionarios, cuánta diferencia había con sus actitudes personales, con las opiniones que él y yo habíamos compartido tanto; él, que había vivido tan estrechamente unido a la Seguridad del Estado; él, en quien la Seguridad del Estado había depositado una confianza absoluta, a quien el organismo de la Seguridad del Estado le había puesto archivos para que hiciese la épica de aquellos soldados que habían combatido las bandas de mercenarios que habían asesinado alfabetizadores y familias enteras de campesinos.
   Y decía: no es justo, por ejemplo; no es justo, no puede ser justo, que Norberto y yo coincidamos tan amargamente en la práctica diaria de la Revolución, cuando él tiene esta experiencia extraordinaria que yo no he tenido.
   Y yo decía: si yo pudiera ir y ver ahora, en este momento, a Norberto; si yo pudiera hablarle. Y este era justamente el motor de mi interés, el interés máximo, la insistencia constante en que se me diera esta oportunidad de hablar con mis amigos escritores, de ver estos jóvenes, pensando en gente del valor extraordinario de Norberto, en un hombre que podía poner justamente su estilo conciso, breve, apto para una épica extraordinaria al servicio de nuestra Revolución; en un joven como este que pensaba, sin embargo, que, no sé, la Revolución había construido una especie de maquinaria especial contra él, contra nosotros, para devorarnos, que hablamos tantas veces de esto. Y yo recuerdo que justamente estuvimos un día antes de mi detención juntos, hablando siempre sobre temas en que la Seguridad aparecía como la gente que nos iba a devorar.
   Ah, yo sé perfectamente que Norberto Fuentes se para aquí y sería más feroz que yo en su crítica de esas posiciones, y que sería mucho más brillante en definir las mías, y que sería mucho más lúcido en compartir hoy conmigo la esperanza y el entusiasmo —como lo fuimos ayer en compartir el pesimismo, el derrotismo y el espíritu enemigo de la Revolución—. Y yo sé además que él puede darle a nuestra literatura páginas hermosísimas, y yo sé que él no me va a desmentir de ninguna manera; porque no podría hacerlo, no sería honrado, no sería revolucionario de su parte; él no podría encontrar las justificaciones que muchas veces nos dimos mutuamente de que si no se discutía con nosotros. No, no, eso es injustificable. Nosotros no podemos de ningún modo justificarnos diciendo que el Comité Central nos tiene que llamar para discutir a nosotros. Si somos revolucionarios y lo sentimos, tenemos que estar ahí, al pie de nuestras responsabilidades. Y él ha hecho muchos servicios utilísimos al periodismo nacional y ha dado páginas hermosísimas además a la literatura cubana, y le va a seguir dando esas páginas hermosas. Y si antes se inspiró en un escritor ruso como era babel, yo sé que en el futuro se inspirará más en la vida; y en vez de vivir otra historia, como me decía —no me decía, pero yo sabía, sentía que me decía— Norberto en ealgún momento, en vez de haber vivido otra historia va a vivir su historia, en vez de vivir a Babel va a vivir su experiencia.
   Porque hemos hablado de su última novela, que no prospera, novela en la cual siente inquietud él, novela en la que dice que todavía no acaba de encontrar su forma. Y yo me decía: ¿Y no será esto una exigencia moral, una forma o réplica profunda de su organismo que le dice que, no sé, que de algún modo tiene que replantearse los problemas? Y me decía: ¡Sí!
   Compañeros, la Revolución no podía, no podía tolerar esta situación; yo lo comprendo. Yo he discutido, he hablado días y días, he argumentado con todas las argucias de la palabrería; pero ese cúmulo de mis errores tiene que tener un valor, tiene que tenerlo, tiene que tener un valor ejemplarizante para cada uno de nosotros.
   Yo, por ejemplo, pensaba, recordaba a Manuel Díaz Martínez, y yo decía: cuando muchos jóvenes era políticamente indiferentes, Manuel Díaz Martínez era un militante convencido y radical. Yo decía: ¿cómo es posible que Manuel Díaz Martínez, a quien tanto admiro, a quien tanta amistad debo, a quien tantas muestras de solidaridad tengo que agradecer, cómo es posible que Díaz Martínez se dé a este tipo de actitud desafecta, triste, amargada? Yo sé que esta experiencia mía, compañeros, va a servir de ejemplo, tiene que servir de ejemplo a todos los demás. Yo sé, por ejemplo... No sé si está aquí, pero me atrevo aquí a mencionar su nombre con todo el respeto que merece su obra, con todo el respeto que merece su conducta en tantos planos, con todo el respeto que me merece su persona; yo sé que puedo mencionar a José Lezama Lima. Lo puedo mencionar por una simple razón: la Revolución Cubana le ha editado a Lezama este año dos libros hermosísimamente impresos.
   Pero los juicios de Lezama no han sido siempre justos con la Revolución Cubana. Y todos estos juicios, compañeros, todas estas actitudes y estas actividades a que yo me refiero, son muy conocidas, y además muy conocidas en todos los sitios, y además muy conocidas en Seguridad del Estado. Yo no estoy dando noticias aquí a nadie, y mucho menos a Seguridad del Estado; esas actitudes las conoce la Seguridad del Estado, esas opiniones dichas entre cubanos y extranjeros, opiniones que van más allá de la opinión en sí, opiniones que constituyen todo un punto de vista que instrumenta análisis de libros que después difaman a la Revolución sobre la base de apoyarse en juicios de escritores connotados.
   Yo me decía: Lezama no es justo y no ha sido justo, en mis conversaciones con él, en conversaciones que ha tenido delante de mí con otros escritores extranjeros, no ha sido justo con la Revolución. Ahora, yo estoy convencido de que Lezama sería capaz de venir aquí a decirlo, a reconocerlo; estoy convencido, porque Lezama es un hombre de una honestidad extraordinaria, de una capacidad de rectificación sin medida. Y Lezama sería capaz de venir aquí y decirlo, y decir: sí, chico, tú tienes razón; y la única justificación posible es la rectificación de nuestra conducta.
   Porque, ¿cómo se puede explicar que una Revolución cuyos principios sean el marxismo-leninismo, cómo se puede explicar sino por la amplitud de criterios, por la comprensión extraordinaria que esa Revolución tiene, que publique justamente una obra como la de Lezama, que se apoya en otras concepciones políticas, filosóficas, en otros intereses?
   Yo pensaba en todos estos compañeros. Y además, pensaba mucho allí, mucho, en Seguridad, en esa celda, en esa celda que no era una celda precisamente sombría donde los soldados apenas respondían lacónicamente a nuestras preocupaciones, a nuestras llamadas —como me había dicho el compañero Buzzi, a quien no veo por aquí. ¿Está aquí? Ah, sí, allí está el compañero Buzzi. Y digo esto, y hablo de Buzzi, que si no me quiero referir a sus actitudes es porque Buzzi ha tenido su dolor, y yo no quiero ni agregar aquí ningún dolor al que ya tuvo, y porque sé que él estaba preocupado mientras yo hablaba de que fuese a mencionar su nombre; porque Buzzi es uno de los hombres que más me ha visitado en los últimos tiempos, y es uno de los hombres que cumplió su condena muy bien, es uno de los hombres que estuvo en la Seguridad del Estado. Y yo no vi aquella atmósfera que él me decía. Yo vi compañeros, yo vi soldados cubanos, de nuestro pueblo, cumpliendo cabalmente con su responsabilidad, con un afecto, con un sentido de humanidad, con una constancia en su preocupación por cada uno de nosotros, que era una sanción constante a mi callada previa, anterior y constante.
   Y yo me decía: ¡qué cosa más increíble! Si yo le dijera esto a Buzzi, yo estoy seguro que Buzzi sería el hombre que primero sacaría provecho, el que más urgentemente se pondría a rectificar con mi experiencia; porque Buzzi, meses después de que cumpliera su sanción, obtuvo una mención en La Casa de las Américas —cosa que no impidió la Revolución—, y además de obtener la mención fue publicada su novela, con críticas muy positivas de escritores revolucionarios y de escritores extranjeros, en las Ediciones Unión. Y además, la Revolución no impidió que Buzzi fuera Premio Nacional de Novela, y además no impidió tampoco la Seguridad del Estado que fuese a la Unión Soviética.
   Y yo sé que él, yo sé no, estoy más que convencido de que la actitud de Buzzi en este momento es la de César, es la que vi que fue la de Norberto, es la que sé que es de Pablo Armando, es la de Belkis, es la de Lezama, es la de Manuel Díaz Martínez: es la convicción de que no podemos seguir por este camino y de que tenemos que rectificar esta conducta.

(Intervención en la UNEAC. Casa de las Américas, Nos. 65/66, 1971)

Monday, January 26, 2015

Virgilio Piñera vs. José Lezama Lima (2)

Pongo a disposición del crítico inteligente mi “Terribilia Meditans”. No podría en modo alguno tachar mi crítica de parcial ni de mal intencionada. Soy un escritor que se limita a exponer con toda honradez su punto de vista acerca de la poesía cubana actual. Cito a José Lezama Lima en particular porque una cabeza de generación siempre será bicéfala: habrá que tenerle en cuenta los aciertos y los errores.
   ¿Puede prohibir un escritor a otro el ejercicio de la crítica literaria? ¿Tiene el señor José Lezama Lima el derecho de prohibirme que su nombre continúe apareciendo en mi revista y bajo un aspecto exclusivamente intelectual?
   ¿Puede calificar mi publicación como una “revista de mierda”?
   Es tan absurda su pretensión que sólo podría tener cumplimiento bajo un terrorismo literario; bajo la República de los Intelectuales Terroristas. A menos que el señor Lezama se estime de esencia divina y no pueda ser discutida su infabilidad. Pero no olvide que el mismo Dios para existir debe estar continuamente en entredicho.
   Califica de “mierda” a mi revista. Yo le contesto con el mismo tono con que respondiera él mismo en Espuela de Plata al cumplir ésta su primer año de existencia: Con la compañía y la colaboración de María Zambrano, Adolfo Fernández Obieta, Roger Callois, Gastón Baquero, Nicolás Calás, Cintio Vitier, Charles Stonehill, Aimé Cesaire y otros, ahuyentaríamos cualquier presunción de indiferencia… Creo que es bastante para desvirtuar esa pretendida mierda que se quiere echar sobre mi cuaderno de poesía.
   Afirma que lo que más le ha dolido es que yo le haya “robado” versos enteros en mis poemas “Los Desastres”.
   Veamos: Yo pongo a libre examen mis tres poemas a fin de que les sean señalados los versos robados a Lezama. Un verso es robado cuando: a) es plagio directo. Como si el Sr. Pérez copiara de Garcilaso textualmente: “Por la oscura región de vuestro olvido…” —b) cuando la misma idea o metáfora es encubierta bajo otras palabras: —Es tu olvido una región oscura donde muero…—
   Pregunto: ¿se dan estos dos plagios en mis “Desastres”? Añado: son cuartetas eneasílabas. Que yo sepa Lezama no ha ensayado este metro jamás. Sus sonetillos “A la Frialdad” son irregularmente octosilábicos. Por otra parte la temática de “Los Desastres” —ostra, murena y hiena—no ha sido utilizada por Lezama en poema alguno suyo. En su “clima” son cosa alejadísima de su manera de ver la poesía. Quiero destacar así mismo que estos poemas forman parte de mi terminado e inédito libro “Las Destrucciones”. Que el propio Lezama leyó en su casa uno de estos “Desastres”. Me refiero al titulado “El Angel”, dedicado al pintor Portocarrero en agradecimiento al dibujo que me diera para mi cuaderno de poesía Las Furias. Tiene fecha de 1941 y está en poder del señor Portocarrero. Que en el mes de septiembre del pasado año de 1942 el señor Baquero me pidió unos poemas para su revista Clavileño y yo le entregué esos tres de la murena, la ostra y la hiena. Que el consejo de redacción  de Clavileño no quiso publicarlos por dos motivos: a) por estimarlos cosa sin mayor importancia poética. b) por ser poemas “fuertes” que no estaban a tono con la estética de Clavileño.
   Afirma que mi reputación intelectual y moral está por los suelos. Bien. ¿Puede decir Lezama en qué fundamenta esta baja acusación? A menos que él estime que mi buen nombre intelectual fue roto en mil pedazos con mi salida de Espuela de Plata. Pero a eso puedo contestar con los dos números de Poeta, con el reconocimiento de la minoría intelectual de La Habana; con las cartas de Alfonso Reyes, Guillermo de Torre, Macedonio Fernández, José Moreno Villa, Roger Caillois, etc., etc.; con mis publicaciones en Clavileño; por fin, con mi absoluta devoción y sacrificio a la poesía. Y todo esto Lezama usted lo sabe muy bien. ¿Recuerda, con motivo del artículo de Carlos Enríquez que Usted me dijo que sólo Usted y yo sabíamos morir fanáticamente por una idea? ¿Y es usted quien me dice que yo estoy desprestigiado intelectualmente?
   En lo que respecta al aspecto moral de mi persona no me interesa. Por axiomática nuestra manera de ser no necesita demostración. Allá los que quieran descargarse. No me importa.
   Esquemáticamente diré que no hubo tal paliza. A pesar de su corpulencia y superioridad física. No veo la galleta por parte alguna. Son testigos de que mi cara no estaba escoriada en lo más mínimo los señores Orlando del Pozo y Andrés Castro y Osvaldo Gutiérrez que me vieron segundos después de la riña grotesca. También los señores René Portocarrero y Milián, con los cuales hablé justamente media hora después. Para mayor abundancia asistí esa misma noche a la Hispano Cubano de Cultura a una conferencia del pintor mejicano Siqueiro Alfaro y en donde todo el mundo pudo comprobar que mi cara no estaba escoriada ni abofeteada.
   Justifica la agresión aduciendo que mi insignificancia intelectual no merecía otro tratamiento. Pero yo le digo que no fue mi insignificancia intelectual lo que le movió a agredirme sino contrariamente mi insignificancia física. Porque si no. ¿Cómo justifica Lezama, por ejemplo, no haber atacado personalmente al señor Justo Rodríguez Santos de quien siempre ha dicho que le ha robado versos y versos de sus poemas? Y también, ¿por qué no atacó personalmente al señor Carlos Enríquez cuando éste publicó su crítica contra Espuela de Plata? ¿Soy yo, acaso, de más bajo nivel intelectual que estos dos señores? ¿Por qué no me probó con hechos y por vía crítica mis plagios y mi mala fe intelectual, expresada según él en la “Terribilia Meditans”? ¿Por qué no cumplió lo que le dijo a María Zambrano, esto es, que se veía obligado a responder a mi crítica? ¿Por qué —según confió al señor Gerardo Brown— dejó a medias la carta que me estaba escribiendo? ¿Por qué descendió al terreno de las querellas personales?
   Hace mucho que yo he superado ese concepto provinciano del “tú te metes conmigo y yo me meto contigo”… Sepa Lezama que yo no tengo en cuenta a su persona ni a rencillas de ningún género cuando me pongo a hacer crítica poética. Que yo sé todo lo que él ha hecho y todo lo que no ha hecho y que esto lo digo y lo diré aún a riesgo de mi propia vida. Que a él, mejor que a nadie, le consta mi probidad intelectual. Que si yo le enjuicio es por la sencilla razón de que no voy a enjuiciar al bodeguero de la esquina. Que yo reconozco (y va dicho explícitamente en las dos “Terribilia Meditans”) su influencia poética sobre todos nosotros. Esto es un lugar común sobre el cual no hay que hacer aspavientos de ningún género. Que si yo efectivamente le hubiese robado versos las ventajas estarían de su parte porque: a) yo sería el caído en descrédito intelectual. b) qué mayor honor para un poeta de saber que se le copia. Todo esto tan sencillo de probar en tres cuartillas ha sido llevado al terreno del escándalo público.

(Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta. Correspondencia 1932-1978, Ediciones Unión 2011)

Wednesday, December 31, 2014

C. A. Aguilera sobre Orígenes y Lezama Lima

Para nosotros la mayor diferencia con Orígenes era conceptual e histórica. Ya que no entendíamos la literatura como la expresión de una nación o una genealogía político-social determinada. Además de que todas aquellas tesis de "lo cubano" ―forjadas sobre todo por Cintio Vitier― o de la Isla como un espacio privilegiado, tal y como creía Lezama, donde el gran fuego que vio desde su barco Colón constituiría un numen eterno y secreto, no solo nos parecían ridículas, sino retrógradas, y para mí especialmente delirantes.
   Ahora, no se puede negar que sobre todo Lezama, con todas sus cursilerías y delirios construyó una gran obra, y lo que es mejor, ese delirio le dio pie para conformar una de las cosas más grandes que ha creado cualquier autor en cualquier parte, su Sistema Poético. Un "coso" absurdo y esquizo, un monstruo, pero por eso mismo una maravilla, algo que ha dejado chiquitico todo, hasta a su propia poesía.

(“Un estilo es una manera de ser exacto”, entrevista, Diario de Cuba, febrero 2013)

Thursday, June 26, 2014

Ernesto Hernández Busto sobre Lezama traductor de Perse (Lluvias)

Más allá de todos los detalles puntuales —que hasta donde sé nadie se ha tomado el trabajo de confrontar, mientras, en cambio, comúnmente se celebra esta traducción como “obra maestra”— la evidencia del contraste es que Lezama no sabía suficiente francés e imaginó a Perse al mismo tiempo que lo traducía. En el fervor creado por un diluvio poético, creyó descifrar las imágenes más allá de los significados.
   Este recurso es particularmente equívoco a la hora de leer a Perse, un poeta de la precisión, con un extensísimo vocabulario, pródigo en sustantivos bien escogidos para bautizar una cosmogonía. Tengo la impresión de que bajo el aguacero poético de Perse, Lezama avanza al buen tuntún, intuyendo una grandeza que su propio oficio no alcanza y resumiéndola para los inexpertos como “configuraciones del azar concurrente”.

(Releyendo a Saint-John Perse a propósito de una (mala) traducción de Lezama. Blog Penúltimos Días, abril 2009)

Monday, January 20, 2014

José Lezama Lima vs. Emilio Ballagas

Se ha hecho una crítica municipal, limitadísima, ansiosa de alcanzar su finalidad y de hacer sus proclamaciones de acuerdo con sus intereses funcionales. La inexplicable popularidad de que ha disfrutado un poeta homogéneo y sin propia voz, como Emilio Ballagas, se debe sin duda a esa desapetencia revisionista que convierte en un poeta colocado invariablemente al lado de Guillén y de Florit, al que es un simple imitador de Brull, de Neruda –Elegía sin nombre–, un Neruda aguado en Evaristo Carriego, en estos pastiches de Neruda y Cernuda, donde se hace más visible la pobreza de imágenes y la ambigua embestida creadora de este poeta hecho para las simpatías liceístas tanto provincianas como capitalinas. En nuestra opinión ningún poeta como Emilio Ballagas revela las influencias mal asimiladas, las simpatías inconsecuentes, los plagios porque sí, y el atolondramiento por incorporar a su obra las realizaciones técnicas y formales de otros poetas que han ganado en verdad esas posiciones.

(Gracia eficaz de Juan Ramón Jiménez y su visita a nuestra poesía, Verbum, 1937)

Monday, January 6, 2014

Emilio Ballagas vs. José Lezama Lima

Hay algo sobre lo cual me interesa saber también tu opinión. Resulta que no bastó la carga que Suárez Solís propinó a Urrutia para que otro plumífero vuelva por la picada de acusarme de plagiario con toda mala fe. Se trata de un pobre diablo –no sé si lo recuerdas– llamado Lezama Lima. Hay el agravante de que este señor me manifestaba amistad y es el caso que bastó que yo diera mi corto viaje a Europa para convertirse en mi peor enemigo. Es en la revista “Verbum” donde inserta sus perrerías el escritor envidioso y resentido. Estos ataques, esta maldad del cubano medio es lo que hace que se me caigan las alas a los pies y desespere de Cuba hasta el punto de querer abandonarla para siempre a colgar en un rincón mi pluma y mis actividades, aburguesarme, amurallarme, escaparme de la vida amarga y dura por una tangente cualquiera. El pícaro de Lezama sabe hasta qué punto soy un hombre honrado y decente, hasta qué límite mi vida es un sacrificio de superación sin negarme al servicio de los otros, aún de los que no lo merecen. ¿Valdría la pena de coger una yaya y hacerle entrar por la cabeza inoble o que no quiere comprender por el corazón oscuro y soslayado? ¿Vale la pena contestarles? La palabra es viento en el viento y no hay que darle beligerancia a bichos de esta (ininteligible). ¿Habré hecho yo un mal cuando me levanté del anonimato y de la nada a escribir versos diferentes a los que hasta entonces se habrán escrito en Cuba? Si me dicen que los hacía para levantar el odio habría roto mi pluma en pedazos y hubiera dejado la tinta evaporarse del tintero sin tapa...

(Carta a Juan Marinello, 1938)

Tuesday, December 17, 2013

José Lezama Lima sobre la Revista de Avance

Gran parte de su epístola está recorrida por el pro domo suo; muestra usted el orgullo de su ciudad intelectual y enarca la Revista de Avance. Leí sus páginas en mi juventud y las repaso hoy que su fineza y tratamiento me obligan a un colmo de sinceridad. Me pareció siempre un brac-a-brac, producto tal vez de las opuestas sensibilidades de sus directores. Alternaban allí poetas neoclásicos de México con delirantes hirsutos de Chile o Perú; se carecía de una línea sensible o de una proyección. Sus cualidades eran, como usted subraya, de polémica crítica, mas, no de creación y comunicación de un júbilo en sus cuadros de escritores. En sus viñetistas y pintores se confundían Valls, Segura, Gattorno, y Víctor Manuel, propiciando una confusión de actitudes y de valoraciones. Ninguna traducción de Valéry, Claudel, Supervielle, Eliot, o los grandes poetas de aquellos momentos, que serían después de todos los momentos. Hasta Alberto Insúa irrumpía en algunas de sus páginas. Perdóneme usted esta total discrepancia, pero a su sinceridad he querido oponer la mía, cosa de que al final los dos quedemos en paz... al menos con nuestra conciencia crítica. Es innegable que usted manifiesta un sentimiento delicado al amar aún tan apasionadamente esa obra de su juventud.

(Respuesta y nuevas interrogantes. Carta abierta a Jorge Mañach. Bohemia, octubre 1949)

Friday, October 18, 2013

Jorge Mañach sobre los origenistas

Pero también puede muy bien ocurrir, amigo Lezama, que no sea tanto una limitación mía como una extralimitación de ustedes. También es posible que ustedes se hayan forjado un concepto de la poesía demasiado visceral, por decir así, demasiado como cosa de la mera entraña personal, ajena a la sensibilidad de los demás. De viejo es sabido que la poesía ha estado oscilando siempre entre el polo de la expresión y el de la comunicación, y que se ha acercado más al uno o al otro según el humor de los poetas y de los tiempos. Pero en todas las épocas, hasta esta que vivimos, el poeta se sintió en alguna medida obligado a hacer comunicable, en términos de la común experiencia y del común lenguaje, la sustancia misteriosa de sus sueños y las aventuras de su fantasía. Llevaría un espacio, del que ahora no dispongo, el exponer la explicación que me tengo hecha de por qué, a partir de la resaca romántica, el individualismo poético se ha ido exacerbando con el humor mayoritario de nuestro tiempo, hasta dar de sí esos excesos de expresión sibilina, en que el poeta se queda ya casi enteramente sólo con su misterio.

(El arcano de cierta poesía nueva. Carta abierta al poeta José Lezama Lima. Bohemia, septiembre 1949)

Wednesday, October 2, 2013

Heberto Padilla vs. “Enemigo rumor”, de Lezama Lima (y Cintio Vitier)

Un día –en el año cuarenta y uno- cuando los viejos “terribles” de la retórica vanguardista liquidaban sus últimas armas apareció un libro que actualizaba los mismos vicios, Enemigo rumor de José Lezama Lima. No lo culpo de la desgracia de aquellos poemas desmañados, recargados, hechos de viejos cantos ultraístas, valerianos y gongorinos. Cada uno tiene sus limitaciones. Lo imperdonable es que un grupo de gentes aparentemente dotadas para la comprensión de lo poético, confundieran a tal punto la verdad de la poesía.En el año 1941 donde tan claro estaba el panorama universal de la poesía, Enemigo rumor es el salto cien años atrás, y toda la probable estética que se desprendía de sus páginas era la evidencia de que el autor de ellas no había entendido el fenómeno de la poesía contemporánea. Cuando uno repasa las páginas del libro se pregunta cómo es posible que un hombre que tenía detrás el dadaísmo y el surrealismo fuera capaz de incurrir en errores y confusiones tan elementales; pues por más que se esfuerce Cintio Vitier –el hombre que más ha contribuido a confundir la poesía cubana de los últimos tiempos- en demostrar que Orígenes representaba lo realmente distinto de nuestra poesía, cualquier desprevenido, el menos avisado, percibe los compromisos de grupo con la generación precedente; y, en justicia, lo realmente distinto de nuestra poesía lo constituyeron en su momento y a su modo Eugenio Florit, Emilio Ballagas, Mariano Brull, Félix Pita Rodríguez, Navarro Luna y otros, que a pesar de su atraso para incorporarse al movimiento de renovación, al lado de Agustín Acosta y de Pichardo Moya, parecen poetas esotéricos y terribles.

(La poesía en su lugar. Lunes de Revolución, diciembre 1959)