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Monday, December 21, 2020

José Prats Sariol enumera las cincuenta ridiculeces de escritores

Primera: Fotografiarse con un librero detrás.

Segunda: Mencionar el reto de la hoja en blanco.

Tercera: Doblar por la otra esquina de las influencias recibidas.

Cuarta: Citar el elogio oral regalado por un autor muerto.

Quinta: Exaltar las infinitas revisiones de un texto.

Sexta: Hacerse el atormentado por editores y traductores.

Séptima: Contar cómo rompió o echó al mar un manuscrito.

Octava: Mirar para el cielo cuando se habla de posteridad.

Novena: Lisonjear los talleres literarios y clases de escritura.

Décima: Echarle la culpa al intelectual orgánico, el contexto y la semiótica.

Undécima: Sonreír ante cualquier parecido con otra obra.

Duodécima: Cambiar la conversación sobre derechos de autor.

Decimotercera: Minimizar el canon como asunto para académicos.

Decimocuarta: Hablar de la genial obra en proyecto.

Decimoquinta: Afirmar con mirada de querubín que el gusto es inefable.

Decimosexta: Elogiar la modestia como signo de talento multicultural.

Decimoséptima: Hacerse el que carece de prejuicios.

Decimoctava: Piropear con un "muy inteligente pregunta".

Decimonovena: Usar más de dos veces "yo".

Vigésima: Citar huraño que la meta es el olvido.

Vigesimoprimera: Poner la experiencia como argumento valorativo.

Vigesimosegunda: Negar que se leen los comentarios recibidos.

Vigesimotercera: Aplaudir al público cuando lo estén aplaudiendo.

Vigesimocuarta: Contar que desde chiquitico leía y escribía.

Vigesimoquinta: No brindar un suculento brindis en la presentación de su libro.

Vigesimosexta: Usar "nosotros" para involucrar al prójimo en alguna opinión.

Vigesimoséptima: Exigirle a los críticos adjetivos trascendentales.

Vigesimoctava: Negar el gusto por los más secretos chismes literarios.

Vigesimonovena: Ensalzar el talento de los escritores emergentes.

Trigésima: No burlarse de las erritas agridulces y los gazapos verdes.

Trigesimoprimera: Quejarse de que la crítica literaria está corrupta o muerta.

Trigesimosegunda: Compadecerse de sí mismo por carecer de tiempo.

Trigesimotercera: Declarar que es apolítico.

Trigesimocuarta: Recitar un poema que todo el mundo conoce.

Trigesimoquinta: Presumir de baños de masa.

Trigesimosexta: Complacer al público con otra lectura.

Trigesimoséptima: Dolerse de la ingratitud de los libreros.

Trigesimoctava: Achacar a la ignorancia que lo ignoren.

Trigesimonovena: Jurar que se basa en hechos reales.        

Cuadragésima: Presumir de sinónimos.

Cuadragesimoprimera: Alabar neofilias, gerontofilias y diversidades.

Cuadragesimosegunda: Extrañarse de que lo tilden de altanero.

Cuadragesimotercera: Aceptar elogios e invitaciones de los políticos.

Cuadragesimocuarta: Expresar que no tiene palabras con qué agradecer.

Cuadragesimoquinta: Preguntar para qué sirve Google.

Cuadragesimosexta: Tramitar premios, honoris causa e hijo ilustre.

Cuadragesimoséptima: Colocarse lejos de machismos y feminismos.

Cuadragesimoctava: Creerse digno de publicar sus obras completas.

Cuadragesimonovena: Declarar que escribe para el pueblo.

Quincuagésima: Escribir cincuenta ridiculeces como si fueran de los demás.

(Cincuenta ridiculeces de escritores. Diario de Cuba, julio 2017)

Monday, August 3, 2020

José Prats Sariol sobre “el cosquilleo narcisista”

Como parece estar de moda la literatura sobre lo que el mismo escritor está escribiendo, viene muy a cuento la satírica frase de Roland Barthes. En esta dirección no muy risueña  —dentro de la que se enzarza el cosquilleo narcisista— un amplio grupo de lectores especulamos que vivimos en una "época tautológica", caracterizada porque una rosa es una rosa, pero sin la belleza del énfasis expresivo.

   Para nosotros una aburrida reiteración hace trivial buena parte de lo que se escribe. Hoy la literatura sobre la literatura indica, más que en épocas anteriores y sin catastrofismos ni histerias virulentas, que muchos autores —más bien escribanos—demuestran no tener nada que decir. O muy poquito. O simplemente sandeces y lamentos, lloriqueos mediáticos.

   Al constatar que mucha escritura apenas logra la remisión a sí misma, también se observa —por elemental derivación lógica— un hiperbólico Yo-yo-mí como quebradiza confesión de titubeo. Avalancha que cae sobre todo entre autoproclamados poetas. Plaga que la facilidad para publicar ha vulgarizado como nunca antes por el globalizado planeta de coronavirus e internet. Al punto y aparte de que hay editores afirmando la existencia de más poetas que lectores de poemas.

   Los escritores locuaces, dentro del masivo fenómeno, dan la verdadera o falsa impresión de tener una personalidad extrovertida y de que se deslizan por el cosquilleo narcisista; con la resbaladiza cáscara de melocotón que Roland Barthes lanzara desde sus cursos universitarios, quizás le comentase a su amigo Severo Sarduy. Aunque no depende del temperamento: se puede ser reservado, guardar bajo un espeso silencio informaciones y opiniones, y a la vez tener un galopante Narciso desbocado por los pastos cerebrales. 

   Se sabe y se repite que los escritores que chapotean en lo autorreferencial son ridículos. No ejercen ninguna contención al ego, procuran hasta sacar cabeza en las fotos de grupo. No luchan por ser pudorosos. … Y muchos, hasta los menos burros, no se dan cuenta de su cosquilleo, de que se ofrecen como suculento manjar para el banquete de críticos lenguaraces. 

   Es increíble cómo se autoengañan al creer que cualquier anécdota personal puede despertar interés, que sus vidas —casi todas tan habituales como las de cualquier comedor de pizzas— van a abrir curiosidades, enigmas fascinantes a desentrañar por un público embelesado.

   Lo peor es que muchos de ellos saben que solo el modo en que se dice —el estilo— es el único que en literatura decide, aunque momentáneamente pueda ser de interés algún comestible achicharrado por la historia o por la trivialidad doméstica: el color de la caquita del hijo o el aburrido aniversario de la revolución cubana, recordar la natilla adornada con merengues por la abuela o el pomposo servilismo del Historiador de la Ciudad de La Habana, el primo machango que salió del closet con un clavel en la oreja o un decreto-ley represivo, la tajante tacañería del padre o la idiotez política de incontables influencers, bloggers y youtubers, ólogos y más ólogos… Tantos "especialistas" armados de insondables atrevimientos y productivas jugarretas, aplaudidos por masas de analfabetos funcionales.

   Pero esto es poco, pasaría por un comprensible modo de subsistir. Cuando se desencadena de verdad la tormenta de somníferos es al escribir sobre el acto de escribir, el trabajo que les cuesta escribir, lo que se piensa cuando se va o se termina de escribir… Y así hasta doblar por la esquina hacia un terraplén que conduce a un basurero lleno de palabras apolismadas, podridas de tanto golpearse unas a otras; inanes, que huelen a crípticos lingüistas franceses, a políticos populistas tabasqueños o catalanes.

   No hace falta ser un psiquiatra vienés para inferir que suele tratarse de gente vanidosa, engreída. La fatuidad no solo los hace ridículos sino tan risibles como grotescos. Recuerdo a un maduro poeta argentino, de Mar del Plata, que contrató un fotógrafo en Madrid para la presentación de su libro de poemas. Las instrucciones fueron precisas: ninguna foto de costado porque se le vería mucho la barriga, ni de arriba porque le clareaba el pelo en la cocorotina, ni mirando para el piso para que no lo acusaran de pesimista… Y así como quince indicaciones, cada una más hollywoodense, hasta la hilarante: "No cobras si me tiras un primer plano". Lo peor vino después, cuando cada poema que leyó estuvo acompañado de un ditirambo, de una detallada descripción de qué lo inspiró, de cómo lo escribió.

   Casi siempre estos especímenes "autorreferenciales" son fáciles víctimas del Poder. Su vanidad los vuelve frágiles. En La Habana de los 90, desolada por la ausencia de la ayuda que hasta entonces llegaba del "campo socialista" —entre croquetas de averigua, apagones cada noche y más represiones—, los caleseros culturales del Caballo —uno de los apodos de Fidel Castro— organizaron un maratón de lisonjas y apologías a ciertos —e inciertos— escritores disgustados con la crisis diaria. La celebración pública de sus cumpleaños, calzada con discursos, medallas y diplomas, harían sonrojarse a un negro mozambiqueño, a un oliváceo nepalés.

   Pronto aparecieron infinidad de textos donde el cosquilleo narcisista casi convierte en héroes a cualquier repentista que le hubiera dado por improvisar una temblorosa décima a la resistencia del pueblo, del que el vate formaba parte destacada. Y de nuevo apareció el mismo rasgo, la misma ridiculez: creerse que sus viditas humildes y sumisas habían escalado las Cumbres borrascosas como nuevas Emily Bronte.

   Por supuesto, según se espera, las asociaciones de bombos mutuos de inmediato hicieron sus acostumbradas cosechas. En las redes mediáticas cayeron unos cuantos adoradores de sus ombligos abombados con grotescas hernias académicas y no pocas úlceras trascendentales. Dignos de ser entrevistados por periodistas ignotos, ávidos de abandonar su anónimo correr, ilusionados con que el trampolín de algún escritor que haya obtenido uno de los tantos premios del torrente anual, también los promueva a ellos hacia un lago de lisonjas.

 (El cosquilleo narcisista. Diario de Cuba, mayo 2020)

Friday, January 17, 2020

José Prats Sariol sobre los poetas cubanos


ÚLTIMA HORA. Una jueza de La Pequeña Habana acaba de absolver a casi cien poetas cubanos, acusados de sensibilidad artística y talento poético. La jueza señaló que la banalidad, según las grabaciones escuchadas de los festivales, era un somnífero asequible, sin prescripción médica.

(publicado en la red, enero 2020)

Thursday, August 18, 2016

José Prats Sariol vs. el Premio Nacional de Literatura

Una singular forma de entender la nacionalidad caracteriza al Premio Nacional de Literatura que anualmente, desde 1983, otorga el Ministerio de Cultura de la República de Cuba, no a sus nacionales sino a los escritores que viven en el país, con lo que esto implica en cautelas y precauciones.
   Tal requisito ejemplifica la manipulación política, el surgimiento del galardón como capital simbólico –y económico, mediante un estipendio mensual— a trasegar y cabildear desde el poder. Desde ese mismo poder que hace treinta años, cuando Nicolás Guillén lo inaugurara, lo sabía comodín para arreglar su juego: excitar rencillas y chismes, cebar egos, neutralizar disidencias…
(…)
   Antes de 1983 Guillén le sacaba el cuerpo a que lo nombraran Poeta Nacional, recordaba que Bonifacio Byrne y Agustín Acosta ya habían recibido el subdesarrollado —¿Quién es el "poeta nacional" de Francia o de Alemania?...— título honorífico. No lo quería, aunque sí quería —rodeado de guatacas camajanes— un reconocimiento que exaltara su primacía literaria, a partir de su condición de mulato, de sincretismo vivo y valioso, avalado por sus poemas, militancia comunista y Premio Stalin, rebautizado Lenin.
   Muertos Alejo Carpentier (1980), José Lezama Lima (1976) y Virgilio Piñera (1979), bajo la premisa de que los exiliados no eran cubanos, ¿quién mejor que Guillén para inaugurar el nuevo modo de manejar a los escritores?
   Así fue. Hasta hoy sigue igual.
   Porque quién sino un mentiroso —no hay mejor palabra— puede negar la evidencia que debiera avergonzar a muchos de los premiados. Una evidencia triste, patética… Hasta Lisandro Otero —para algunos un agente de la inteligencia cubana en México— tuvo que regresar para recibir el premio que deseaba, quizás puerilmente.
   En 1991 mueren Lydia Cabrera y Enrique Labrador Ruiz. Ese año lo recibió Ángel Augier. Sobran comentarios. ¿Se atrevería alguno de los premiados a negar la obra de Leví Marrero, cuando al morir en 1995 lo recibe Jesús Orta Ruiz "El Indio Naborí"? ¿O la de Gastón Baquero, cuando en 1997, año de su muerte, se lo otorgan a Carilda Oliver Labra? Eugenio Florit muere en 1999, pero mientras César López recibía el premio, no hubo una sola palabra en la prensa que recordara al poeta, traductor, crítico y profesor que enorgullece a los hispanos en los Estados Unidos…
   José Olivio Jiménez murió en 2003, Guillermo Cabrera Infante en 2005, José Juan Arrom en 2007… ¿Hace falta seguir con las engorrosas comparaciones? ¿Quién se atreve a ocultar la verdad, el tosco sectarismo que demuestra cuán enferma está la nación cubana?
   En París vive José Triana… ¿Podrían negar Abelardo Estorino y Antón Arrufat, ambos Premio Nacional de Literatura, que su obra como dramaturgo y poeta es indigna del galardón? En Miami vive Hilda Pereda… ¿Podría negar Nersys Felipe que la literatura infantil de la gran profesora merecería el premio que ella recibió el pasado año?
   Se rumora que a fines de 2013, cuando la comisión se reúna para evaluar las proposiciones —debidamente filtradas—, se le concederá el premio a un "miembro de la comunidad cubana en el exterior". A alguien —como algunos de los que pagan allá sus publicaciones— cuya neutralidad política, ejercida con todo derecho al vivir en países democráticos, evite problemas. Oí mencionar al poeta José Kozer, ya publicado por el Instituto Cubano del Libro.
   Se sabe que el pasado año este tema fue motivo de discusiones, y se sabe que la eliminación de la prohibición contribuirá  a la propaganda de que existe una transición pacífica, a la imagen de "apertura" que sostendrá en el poder a los herederos de los Castro. Otorgar el premio a algún escritor cubano residente fuera de la Isla tendría, además, limitada resonancia en los medios —según un cínico comentario del exministro de Cultura Abel Prieto al director de una revista.
   Está por ver. También está por ver quién lo acepta…
   Pero hay más. Se rumora que poco a poco se concederán homenajes a escritores "desplazados" —así se llama y nos llama Todorov—, como ya se le hizo a Gastón Baquero cuando —después de muerto— le editaron sus poemas.
   Hasta se habla de la publicación de las poesías completas de Heberto Padilla, sin consultar a los familiares que conservan los derechos de autor, aunque no señalan de cuántos ejemplares será la tirada. Lo mismo se dice de El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas, y otros títulos de escritores muertos en el exilio, que, además, tienen textos explícitamente en contra de la dictadura.
   Un escritor residente en la Isla y de visita en el extranjero me habló —cabalgando en pleno delirio desiderativo— de la posibilidad de un regreso, bajo una amnistía —el hoy ansiado borrón y cuenta nueva— donde el único problema iba a ser el dinero para costear libros, revistas, concursos. Y luego se lamentó de que los "resistentes" dentro del caldero —algunos aspirantes al premio— serían relegados.
   Soplan aires de renovación… Para tranquilizar las buenas, las regulares y hasta las malas conciencias, como cualquier periodista podría preguntarle acerca de todo esto a algunos de los premiados más oficialistas, a Barnet, Retamar…
   Tal vez Leonardo Padura, en las palabras de agradecimiento que dentro de unos días pronunciará en la Feria del Libro de La Cabaña, se refiera a esta suave brisa de cambios en la suave patria. O tal vez no.
   Pero hay otro tal vez: se escucha las noches de luna pálida en el caserío de Casablanca, al pie de La Cabaña, entre el chillido de pasar la página o vender libros angolanos y novelas negras de Daniel Chavarría.
   Bajo la luna pálida se oye el lamento de los presos políticos, los gritos de los torturados, el "¡Viva Cuba Libre!" ante el pelotón del Tribunal Revolucionario… Se siente caer a Juan Clemente Zenea, cuando a pocos pasos del salón de premiación fue fusilado en 1871.

(El Premio ¿Nacional? De Literatura. Diario de Cuba, febrero 2013)

Monday, March 28, 2016

Yoandy Cabrera vs. un apunte crítico [“Mimí Yoyó”] de José Prats Sariol

   3- Quedaría todo mucho más claro en este texto si el autor dijera con títulos, páginas, nombre y apellidos los autores y las obras a las que se refiere. Este tipo de ejemplos en que se dice poco y se esconde más a mí como lector no me funcionan. En un momento del artículo, el autor se refiere claramente a un poema de Orlando Luis Pardo Lazo publicado en Diario de Cuba (aunque no dice el nombre del autor) y en otro caso (cuando se refiere a “algunos de firmas conocidas”) podría referirse a algún poema reciente de Jorge Luis Arcos (“Yo quiero las candelas que se encienden al alba/ Y las frías estepas”, dice el poema de Arcos) y otros autores publicados en DDC. ¿Pero cuál es el miedo de cierta crítica a decir y a nombrar, a ejemplificar con propiedad? A mí me dan más miedo los elogios (que siempre van con título, nombre. apellidos y curriculum del elogiado) que las críticas. Nadie suele ser críptico ni enigmático para elogiar (excepto Virgilio en la Égloga I, siempre hay una excepción), ¿por qué lo somos tanto para hacer una crítica severa si estamos seguros de nuestros argumentos?
(…)
   6- ¿”No se escribe sobre vivencias, el acto de escribir es una vivencia otra”? Desestima el autor de este artículo la relación entre vivencia y creación, entre mundo y logos. Esta idea suya que casi llega a afirmar la autonomía del arte o de la escritura me parece a estas alturas un disparate. Dicen que Ena Lucía Portela no sabe contar nada que no haya vivido o que no haya sucedido a alguien. Eso argumentan algunos para cuestionarla. Pero nadie puede negar que narra estupendamente. Si lo primero es cierto, ahí la tienen como ejemplo: es la mejor narradora de sus contemporáneos y lo que cuenta, supuestamente, es de sus propias vivencias. Habrá que releer “El viejo, el asesino y yo”.
   7- La idea principal del texto crítico que comento está en el abuso extremo que a veces se hace de lo anecdótico y de la primera persona, y en eso lleva razón Prats Sariol. Una pena que su texto vaya a otros extremos que pueden equivocar y oscurecer su propósito.

(Prats Sariol, lo literario y el yo. Blog El Jardín de Academos, noviembre 2014)

Monday, June 1, 2015

José Pratts Sariol vs. Miguel Barnet y la UNEAC

Miguel Barnet tiene razón. Sus palabras en la apertura del VIII Congreso de la UNEAC se adhirieron a la realidad. Sobre todo cuando afirmó que la cincuentenaria organización debe "contribuir a restañar el tejido espiritual de la nación".
   ¿Sabrá el autor el significado de "restañar"? Porque el diccionario es muy preciso: "Volver a estañar, cubrir o bañar con estaño por segunda vez". Y añade en segunda acepción: "Detener una hemorragia o el derrame de otro líquido".
   Tiene, entonces, razón: la oficialista organización restaña, detiene el tejido espiritual de la nación. Porque en efecto: baña con estaño los residuos de la cultura cubana que sobreviven a la devastación. El miembro del Comité Central del Partido Comunista no pudo ser más exacto.
   Estoy muy sorprendido: otras partes de su discurso también se acercaron a lo razonable. Es algo insólito. Digno de archivarse. Confieso que no podía creer sus palabras. Dijo: "La UNEAC es el Moncada de la cultura". ¿Sabrá Miguel Barnet lo que ocurrió en Santiago de Cuba cuando el asalto al cuartel Moncada, aquel 26 de julio de 1953? ¿Habrá leído que Fidel Castro ni siquiera entró al cuartel y se replegó más rápido que un avestruz?
   Porque entonces la UNEAC, honrando la memoria del Moncada, sobre todo la del otrora Máximo Líder, se caracteriza por huir, escapar de los problemas objetivos del país. Es decir, ni siquiera enunciarlos y mucho menos debatirlos sin miedo, sin censura. Si acaso tergiversarlos, posponerlos, manipularlos hacia el futuro, que bien sabían los gallegos bodegueros –como algún personaje de Barnet— que ese "futuro" era un cartel del teatro bufo, que para fiar estaba el mañana…
   Los alrededor de 300 delegados al Congreso —fieles a las palabras de Miguel Barnet, con aliento moncadista— no abordaron la crisis de credibilidad que sufre el Gobierno, el amargo choteo con que le responden los cubanos de a pie ante cada nueva ley que promulga para sobrevivir con el poder y dejárselo a las familias elegidas, es decir, a la elite guerrillera y sus alrededores pragmáticos, con menos escrúpulos que un antiguo hacendado de Birán.
   De sorpresa en sorpresa… Miguel Barnet —al lado de la momia de Machado Ventura— dijo, al parecer sin pestañear: "Comenzó un capítulo nuevo nunca antes transitado por los escritores y los artistas cubanos". Y agregó, aquí sí que con un razonamiento impoluto, sin puto: "No existe en ningún otro rincón de la Tierra una organización como la nuestra".
   Nada que objetar, aunque tal vez en Corea del Norte, aun en China o Vietnam… Pero qué va, como la UNEAC ninguna. Así lo avala Human Rights Watch, cuyos archivos de violaciones cometidas por la Seguridad del Estado contra escritores y artistas cubanos han requerido la adición de más memoria a su disco duro. O las denuncias de Periodistas sin Fronteras —con videos, fotos y documentos— que apoyan ese carácter único que Barnet declamó.
   Y lo del "capítulo nuevo" —si la frase no fuera un cliché— merecería un "sin lugar a dudas". ¿O es que alguien no se da cuenta de hacia dónde van las aperturas al capital extranjero, con más facilidades que las concedidas cuando don Tomás Estrada Palma a las empresas de los Estados Unidos, mientras la Enmienda Platt afeaba a la naciente República? ¡Qué paradoja! ¿O la próxima unificación de monedas, la desaparición de la libreta de racionamiento, los salarios y valores agregados de gerentes y altos funcionarios, no prometen un "capítulo nuevo", inédito, de "marxistas" desigualdades, que se añaden a las impuestas por las remesas, sobre todo contra la población afrocubana?
   Lo que califica de "nuevos escenarios económicos" es un ejemplo de la autenticidad de su discurso. Para la UNEAC —ya se ve— significará en el cercano plazo la pérdida de subvenciones, el cierre de ayuda a miembros desvalidos y un etcétera que merecen, que han sabido ganarse de amanuenses, ujieres.
   Miguel Barnet hace bien en detestar la definición de intelectual que diera Octavio Paz: un marginal que ejerce la razón crítica contra los diversos poderes. Ella no le hubiera permitido un discurso tan razonable, "con confianza (…) en la política cultural de la Revolución". 

(Barnet tiene razón. Diario de Cuba, abril 2014)

Wednesday, April 1, 2015

Raúl Hernández Novás vs. José Prats Sariol

En el sangriento campo de batalla
se oye ¡prats! ¡prats! formar tremenda bulla
que hace que el flojo pusilánime huya
para que no lo alcance la metralla.

Y en la cocina, donde está la olla
junto al caldero, el jarro y la botella,
se oye también ¡prats! ¡prats! la bulla aquella,
inseparable, como la cebolla…

Y al escuchar la alocución tan tuya
que proferiste con palabra bella
de la memoria de Navarro brilla,

Oh Pepe ¡Prats! —perdóname la pulla—,
quiero saber si tu onomatopeya
es la de un pedo o de una trompetilla…

(Soneto al crítico  Prats Sariol. Blog Efory Atocha, May. 2013)

Wednesday, March 25, 2015

José Prats Sariol vs. poesía cubana actual (2)

Como este apunte no pretende ser costumbrista, sino flecha de crítica literaria, me limito a sus efectos en poemas, cuentos, novelas, ensayos; aunque en entrevistas y memorias quizás se justifique un poco. La risa que como primera reacción causa, se convierte en sospecha —no siempre certeza— de mediocridad.
   Pasa de psicopatología —en sus múltiples variaciones—  a texto fallido, que pretendió ser literatura, connotar. Resbala en el fango ególatra, se encharca en la feria de las vanidades, se ensucia de arrogancia. Y Mimí Yoyó, para colmo, ni cuenta se da. Cree que el escaparate de su abuela en el antiguo Central Delicias va a ser de universal interés, y dedica un capítulo de su novela a describirnos —muy lejos del embrujo de Marcel Proust en sus descripciones— hasta un par de medias que la pobre mujer tejió a su nieto.
   Un santiaguero —víctima del mismo virus— no se quedó atrás para ofrecerse de somnífero, cuando en una novela dedicó no sé cuántas páginas —no sé, porque ahí la dejé— a una conversación sobre la relevancia de su obra en un café chino, junto a amanuenses adoradores de Alá a la puesta del sol.
   No creo que Pascal tuviera razón cuando afirmó que el yo es odioso. Cioran lo caracterizó muy bien. La seguridad en uno mismo, la satisfacción ante algún reconocimiento, por supuesto que alienta, anima... Pero a los Mimí Yoyó los encabrita y dispara. Así como a los que luchan por lo que llaman "llegar", "ser reconocidos", "famosos". Unos y otros caen por el mismo precipicio, que mientras no trasciende a sus obras, aunque resulta la mayoría de las veces cargante, uno lo excusa porque el enfermo es talentoso, pero tuvo una recaída, y qué se le va a hacer, el pobre.
   Porque hay escritores de obras relevantes que —una pena— han sido víctimas de su ego. Menos mal que sin afectar la calidad expresiva, como se dice de Juan Ramón Jiménez, aunque lo demuestra en su polémica con Luis Cernuda.
   Últimamente —también aquí en DIARIO DE CUBA— he leído poemas infectados de Mimí Yoyó.  No siempre, desde luego, he podido llegar al verso final. Algunos de firmas conocidas dan la impresión de que el autor ha confundido lo elemental: no se escribe sobre vivencias, el acto de escribir es una vivencia otra, que transforma su motivo temático, que vale por cómo lo dice. Nada más.
   ¿A quién le puede interesar una carnicería en Lawton si una larga enumeración, más bien un inventario, agrede la inteligencia, al carecer de curvas ascendentes o descendentes o mixtas, imprescindibles en el tan difícil recurso retórico de enumerar, para colmo gastado por el coloquialismo para oligofrénicos de Ernesto Cardenal?
   Y así... Son, se llaman, "líricos". El ego —es patético— los engulle hasta escupirlos. Declaran que son "autobiográficos", pero no se descargan en Facebook, con lo que pasarían inadvertidos. O en chateo con los parientes y amigos. Ah, no. Creen perpetuarse.
   Defienden que se basan en hechos "reales". "Tenía que escribirlo porque me sucedió", le oí a uno en Miami, en el casi desatendido Centro Cultural Español. Por urbanidad no le contesté que me daba igual, que yo no era historiador ni sociólogo, ni multiculturalista ni psiquiatra; apenas un lector de literatura "creativa" —sin que el adjetivo me guste—-, no de documentos, evidencias judiciales, actas de confesiones, defunciones.
   Lo peor es que se trata de una raza insumergible, con sus propias asociaciones de bombos mutuos, que ni medita en lo efímero, en el "polvo" que la herejía de Quevedo quiso "enamorado". Llamarse "poeta" o "escritor" les pone la piel de gallina. Y de nuevo empiezan las toneladas de anécdotas personales, triviales, tontas, cursis... Creen —ya en el delirio— que esperan por ellos.
   Por lo general, estos pacientes ven el acto de escribir como un trabajo fatigoso, no como un placer similar a un buen acto sexual, del que uno puede salir tan feliz como fatigado, sin ni siquiera esperar el aplauso de la pareja, aunque siempre estimula. Lo ven laboralmente, hacia el pago por la mercancía, que desde luego nunca va a ser tan premiada como una zona de su cerebro les indica. Para ellos la enferma mental fue Emily Dickinson —el más grande poeta en lengua inglesa del siglo XIX— porque dedicó sus poemas a las plantas de su pequeño jardín en Amherst y ni siquiera se preocupó de titularlos.
   Por lo general, los Mimí Yoyó suelen subestimar a los demás. Este síntoma los acompaña, es parte de su desafuero egoísta. Recuerdo, y otros asistentes deben recordarlo, a un discreto poeta cubano que, como la fiesta coincidía con el merecido Premio Juan Rulfo a Eliseo Diego, llegó a decir que se trataba de un poeta de segunda fila. No me pude aguantar y le pregunté: "¿Y si Eliseo Diego es de segunda, donde estarás tú?"
   Fanáticos de su ego —id y alter ego van de regalo en el mismo paquete—, llegan a creer trascendente hasta el revoltillo del almuerzo. Tema que enseguida les inspira versos de calidad inefable —hacen un gesto con la mano como si tirarán un beso al público—, admiten los más astutos bajando la cabeza. "El modo en que yo bato las claras con las yemas"... "Yo no sueno el tenedor"... "Yo les echo leche".... "Yo" y "yo".   
   Parte de enfermedad, parte de ignorancia, no saben que la primera persona del singular es la más difícil de adoptar con éxito artístico en cualquier género.  Tampoco que muchas veces los elogian para no leerlos. Ni que a sus espaldas ríen, porque a alguien —malévolos siempre sobran— se le ocurrió encasquetarle el viejo apodo, de exactitud fenomenológica.

(Mimí Yoyó. Diario de Cuba, noviembre 2014)

Thursday, January 15, 2015

José Pratts Sariol vs. la UNEAC

Nada más loco que proponerse salvar a un muerto. Porque basta leer los estatutos de la UNEAC o las discusiones de hace unos días en la asamblea de la Asociación de Cine, Radio y Televisión, para convencerse de que se trata de un enfermo terminal.
   Pero no se trata solo de valorar las venturas y desventuras de la UNEAC en su más de medio siglo de existencia, donde hay desde teatro bufo hasta escenas dignas de Dostoievski y Grossman, Artaud y Beckett… Aunque desde luego que esa valoración es necesaria para la historia de la cultura cubana, desde sus brillos iniciales en los primeros años 60 hasta la nauseabunda mendicidad actual.

(La UNEAC agoniza. Diario de Cuba, febrero 2014)

Friday, December 26, 2014

José Prats Sariol sobre Fina García Marruz

Guardo un borroso recuerdo de la conferencia, yo apenas era un adolescente de 17 años. La aguda expositora estaba al cumplir en esos días de abril los 41. Releo para verificar —vivificar— el recuerdo. En efecto, no hay una sola mención en el texto a lo que se llama —y quizás aún existía— la "revolución cubana". Ni siquiera una alusión. Parece que tanto Cintio Vitier como Fina García Marruz, en ese entonces no mostraban aún su fanático apoyo al Gobierno, aunque buscaban algo en los hermanos Castro —ya declarados, aunque no realmente, marxistas-leninistas, ateos confesos— que tributara al romántico ideal martiano. Buscaban…
   "No se pierda de vista —decía Fina— que en Martí todo se tiñe de este fiero eticismo". ¿De qué se han teñido los políticos adictos al castrismo en las últimas cinco décadas? ¿Cuál tinte usan ahora, en 2013, los intelectuales cubanos que se muestran conformes con la perpetuación en el poder de una banda de políticos no solo ineptos, sino carentes de los más elementales escrúpulos?
   Pero la brillantez del análisis que entonces hizo Fina de los versos de Martí mantiene casi todo su esplendor, en la inteligente línea que aprendiera en los autores de la Escuela de Ginebra, sobre todo en Albert Béguin. Basta observar el modo en que rebate algunos juicios sobre la españolidad de su obra y algunos errores apreciativos, sobre todo, de los Versos sencillos. Basta con reflexionar cómo realiza el enlace entre el estudio estilístico y las referencias biográficas; y cuando demuestra que se tratan de "décimas truncas", para considerarlos lo más intenso de su poesía… El ensayo, sencillamente, se  mantiene  entre lo mejor de la crítica literaria hispanoamericana del pasado siglo.
   Lo que crea una penosa, atroz paradoja, cuando repasamos las ideas políticas que ella abrazaría —otra creencia— poco después. Porque resulta difícil suponer que un fuerte talento literario pueda a la vez sucumbir, no dar pie, ante un rudimentario bloque político, para colmo totalitario. Porque citar otros casos de filotiranismo en las principales lenguas occidentales, no le resta asombro a la paradoja.
   ¿Es la misma autora que años después se convertiría, hasta hoy, en una fanática de Fidel Castro, aún tras la humillación en 1971, cuando ella y Cintio Vitier fueron expulsados de la Sala Martí de la Biblioteca Nacional, por considerarlos —en plena sovietización— diversionistas ideológicos, enemigos de la visión materialista dialéctica del pensamiento cubano, de "ese sol del mundo moral" y de la historia del país?
   Ah, el "fiero eticismo" ha desaparecido, como aquel personaje de Proust, como "crear riqueza con la conciencia" y aquellos eslóganes de politiquería barata en los que se envolvieron para mantener el poder.

(¿Fiero eticismo?, Diario de Cuba, enero 2013)

Wednesday, June 5, 2013

José Prats Sariol vs. poesía cubana actual

La confusión, alimentada por vanidades y soberbias pródigas en adjetivos espectaculares, ha roto los diques. Se evita distinguir, sobre todo entre los autores medianeros. El resultado es un bosque reseco donde apenas se ve un árbol sano.
   Y huele peor cuando los argumentos son exógenos: multiculturalismo, géneros discriminados, minorías, disidencias o aquiescencias políticas, topologías, afanes generacionales… Hasta he oído quien defiende a un “poeta” porque fuma marihuana o porque un tío lo violó cuando niño…
   Otros, más cultos, se esconden detrás del biombo deconstructivista, del relativismo como forma de la diversidad evaluativa, de la acusación de elitismo. Como si al lado de Martí y Casal se pudieran poner a los otros veinte poetas  —hoy serían dos mil— modernistas cubanos de fines del siglo XIX.
   El resultado está delante, entre reseñas laudatorias y silencios cómplices: cada día que pasa se publican más poemas, cada día que pasa se leen menos poemas. ¿Paradoja? ¡Qué va! A dos por medio no se distingue un mango de una piedra amarillenta.
   En la poesía cubana actual, como en la de cualquier otro país de habla hispana, el canon duerme. Sueña que al despertarse haya más lectores que poetas.
   Yo, por ahora, leo el primer verso. A veces llego al quinto. Por lo general paso la hoja, lo poncho a la papelera o cierro el blog. No hay tiempo para más.

(Poetas a dos por medio, Blog Emilio Ichikawa, agosto 2009)