Total Pageviews

Showing posts with label Víctor Manuel Domínguez. Show all posts
Showing posts with label Víctor Manuel Domínguez. Show all posts

Thursday, October 1, 2020

Víctor Manuel Domínguez vs. la UNEAC y sus mafias literarias

El control general que establecen las autoridades cubanas sobre el sistema editorial, los espacios promocionales, las agendas de viaje y cuanto acontezca en el plano artístico-literario en Cuba, reúne a muchos escritores en una especie de mafia que algunos prefieren llamar clan, piña y otras definiciones que significan lo mismo: “Grupos de interés”.

   Aunados por amistad, afinidades estéticas, políticas, generacionales, raza, orientación sexual o sólo por acceder con ventajas a determinada oportunidad editorial, espacio de influencia o prevalencia en el enrarecido mercado literario cubano, los implicados en esta guerra de intereses defienden a como dé lugar los grupos elegidos para su realización personal.

   En un país donde todo se mide por el denominador común de la incondicionalidad al régimen, estos grupos, ungidos de cuantas artimañas les permiten dejar fuera o descalificar a los demás, conviven sin demostrarse pública animadversión, pero a solas se ponen zancadillas, sacan los trapos sucios y se valen de su espacio ganado a cualquier precio para que sus obras, estilos, formas y temas sean referentes literarios en la nación.

   Por eso es que las mafias literarias cubanas, más allá de sus ambiciones o su visión de la literatura nacional, se reparten el control, participan en la presentación de un libro y hasta comparten el jurado de un concurso que sabe de antemano quién ganará, u organizan una antología de cuentos o poemas donde aparecen integrantes de cada grupo a partes iguales, como un pacto de honor entre autores mediocres que velan por los intereses del clan.

   Desde hace años, y en los corrillos de amanuenses, arribistas, creídos y demás integrantes de las diversas tendencias literarias que recorren mojito en mano los jardines de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), entre otros sitios de interés cultural, surgen cuatro denominaciones para “caracterizar” a cada grupo en el abrevadero literario nacional.

   En la  primera, bautizada como Escuela del realismo “sociolista” (también llamado por sus rivales Pene Club), se agrupan machistas y egocéntricos que se autodenominan realistas, “ocupan puestos claves en revistas, editoriales e instituciones promocionales del país, y desprecian al resto de las modalidades de actualidad. Su tótem es Mario Vargas Llosa”.

   Por oposición natural, la segunda se denomina La mafia rosa, y la principal característica de sus correligionarios es la homosexualidad. Defienden la literatura fantástica y el absurdo y sus obras giran en torno al sujeto gay, en busca de un sitio en la sociedad. Se muestran beligerantes, hasta el escándalo, con su contraparte del Pene Club. Su ídolo es Virgilio Piñera.

   La tercera es denominada La colonia negra, porque “agrupa a los individuos de esta raza unidos para hacer valer sus derechos preteridos en una masa mestiza que anhela, a toda costa, pasar por aria, nórdica, eslava o latina, al decir de sus voceros”. Ejercen la literatura como una provocación conceptual, deconstructivista.  Su ángel tutelar es Severo Sarduy.

   En último lugar, La escuela de las mujeres, a quienes los del Pene Club llaman El Clítoris Hall, o Hell, debido a la veleidad de sus demandas, y a un feroz feminismo que preconiza el discurso genérico cual aparato para granjearse áreas de empuje sociocultural, y al ímpetu que emplean con tal de  lograr sus propósitos.  Su ídolo es Simone de Beauvoir.

   Estas y otras calificaciones escuchadas en tertulias, exposiciones y bares; o leídas en polémicas publicitadas en revistas literarias (Yoss), y libros como Cuestiones de agua y tierra (Jesús David Curbelo), nos muestran el panorama interior de una literatura excluyente, dividida y censurada que perdió su influencia en el acervo cultural de la nación.

(Cuba, la UNEAC y sus mafias literarias. Puente a la vista, agosto 2020)

Tuesday, February 25, 2020

Víctor Manuel Domínguez vs. Samuel Feijóo


“El homófobo zarapico”, como calificó un amigo a Samuel Feijóo por su virulenta crítica contra los homosexuales, en el centenario de su natalicio está siendo homenajeado en toda la isla. El autodidacta intelectual revolucionario ocupa cintillos de revistas culturales y de medios de información nacional.
   Nacido en San Juan de las Yeras, Las Villas, el 31 de Marzo de 1914, el denominado escritor polivalente cubano por su incursión en la narrativa, la poesía, el periodismo, la investigación folklórica, la promoción cultural y la creación de revistas como Islas y Signos, Feijóo fue, sin embargo, un represor.
   Calificado como irreverente, inconforme y apegado a la verdad, el escritor mostró una intransigente homofobia y un extremismo revolucionario, que sentaron pautas entre los argumentos empleados por las autoridades cubanas en su cruzada contra toda persona homosexual en el sector cultural del país.
   El autor de las novelas Juan Quinquín en Pueblo Mocho y Tumbaga, del libro Cuentacuentos (Premio UNEAC), de la compilación poética Ser fiel, y del ensayo El negro en la literatura folklórica cubana, en su artículo “Revolución y vicios”, publicado en el diario El Mundo, el 15 de Abril de 1965, señaló:

   (…) este país virilísimo, con su ejército de hombres, no debe ni puede ser expresado por escritores y artistas homosexuales o seudohomosexuales. Porque ningún homosexual representa la revolución, que es un asunto de varones, de puño y no de plumas, de coraje y no de temblequeras, de entereza y no de intrigas, de valor creador y no de sorpresas merengosas”.

   Estas expresiones homofóbicas, sumadas a las de otros intelectuales y funcionarios en el ejercicio del poder cultural y político en Cuba, fueron piedras de toque para que, en un contexto ideológico convulso donde se fraguaba la creación de un “hombre nuevo”, se persiguiera al homosexual.
   Más adelante, en su artículo de marras, el también autor de Camarada celeste, Polvo que escribe, El movimiento de romances del siglo XIX, la antología Sonetos en Cuba, El sensible zarapico, Teatro cubano, y de la exposición de sus pinturas y dibujos en la muestra Kokoriokos y KakafuaKos, agregó:
   “Y la literatura revolucionaria verdadera no es ni será jamás escrita por sodomitas, eso es un fraude más, una superchería de tan bien empiñados vicios (…) No se trata de perseguir homosexuales, sino de destruir sus posiciones, sus procedimientos, su influencia. Higiene social revolucionaria se llama esto”.
   Seis años después del artículo, en El Primer Congreso de Educación y Cultura (La Habana, 1971), se adoptarían como Ley estas y otras expresiones homofóbicas, y decenas de homosexuales vinculados al arte y la literatura, serían perseguidos y separados de las instituciones culturales cubanas.
   No pocos fueron encarcelados, condenados al exilio, al ostracismo, y a la gran mayoría se les prohibió publicar y salir del país durante décadas. Creadores como José Mario, René Ariza, y los hoy Premio Nacional de Literatura Antón Arrufat, César López, y Reinaldo González, fueron víctimas de la exclusión.
   Como colofón de las opiniones vertidas contra la homosexualidad por Samuel Feijóo, basta con las siguientes:

   “Si perdemos por ello (expulsiones) un conjunto de danzas, nos quedaremos sin el conjunto de danza enfermo. Si perdemos un exquisito de la literatura, más limpio queda el aire”.

   No hay dudas de que el homófobo zarapico, Samuel Feijóo, no pudiera anidar en esta otra revolución y otros vicios, que si bien desmonta su teoría marxista y se hunde en la corrupción, el robo, la indisciplina social y la mentira, al menos, y contra su voluntad, reconoce el libre derecho a la orientación sexual.

(Otra revolución y otros vicios volverían loco a Samuel Feijóo. Cubanet, julio 2014)

Wednesday, September 21, 2016

Víctor Manuel Domínguez vs. Abel Prieto

Abel Prieto cabalga de nuevo. No como el autor de dos novelitas de cuyo nombre no puedo recordarme. Tampoco como el ex presidente de una unión de escritores y artistas vendidos al poder más que libros de autoayuda en feria del libro de la Habana, o de reproducciones de “Naturaleza muerta con caudillo” en una exposición de arte comprometido con quién sabe qué.
   Nunca jamás como aquel ex ministro de cultura, mucho pelo y poca idea, quien declaró que los poetas como Raúl Rivero podían ser encarcelados, pero no aparecían tirados a la orilla de una cuneta cualquiera. Ahora, cual una triste figura política, cabalga como asesor cultural del presidente cubano.
   Como señalara el escritor español Arturo Pérez Reverte en su artículo “Pajinas kulturales”, del libro Con ánimo de ofender: “Cuanto más analfabetos son los políticos –en España esas dos palabras casi siempre son sinónimos- más les gusta salir en las páginas de cultura de los periódicos”.
   Aquí en Cuba sucede también. La diferencia es que acá se fusionan las líneas, y los escritores y artistas son declarados políticos por decreto y analfabetos por sumisión. Nuestros intelectuales-políticos lo mismo escriben o cantan a las autoridades, que firman un documento para enviar inocentes al paredón.
   Por eso no resultan extrañas, aunque sí muy cínicas, las palabras de Abel Prieto al diario español El País, cuando expresó: “La idea de que vivimos en un régimen que controla todo lo que el ciudadano consume es una mentira, una caricatura insostenible en este mundo interconectado”.
   Decir eso de una nación donde sus ciudadanos sólo están interconectados, contra su voluntad, a oficinas de registros, expedientes personales, centros de vigilancia, departamentos de seguimiento y control de la Seguridad del Estado y el Ministerio del Interior, o laboratorios de criminalística, es un blof.
   Resultarían patéticas, si no fueran insultantes, las aseveraciones que ubican a los cubanos en un elevado nivel de conexión internacional, cuando aún no se ha saltado la barrera del agro mercado al fogón, y se censuran películas, prohíben libros, persiguen y decomisan antenas a lo largo y ancho del país.
   Según declaró Abel Prieto a El país, “No vamos a prohibir cosas. La prohibición hace atractivo el fruto prohibido, el oscuro objeto del deseo”. Experiencias tuvimos y tenemos suficientes. Desde la prohibición de escuchar a los Beatles, escribirle a un familiar en el exterior, hasta el acceso a internet.
   Al parecer, entre los lineamientos secretos dictados a sus cuadros por el partido comunista para remendar la nación, se encuentra la obligada lectura del poema Los estatutos del hombre, del brasileño Thiago de Melo, que en uno de sus versos dice: “Prohibido prohibir”. En Cuba, ¿sólo hacia el exterior?
   La realidad es que Abel se contradice. Mientras por una parte asegura que no vamos a prohibir, por otra dice que “jamás vamos a permitir que el mercado dicte nuestra política cultural”, cuando se venden desde los espejuelos de Lennon y la boina del Ché, hasta la partitura del Himno Nacional.
   El escudo estratégico contra la penetración cultural diseñado por Abel (bajo las orientaciones de Caín: el Estado), es que se trabaja contra la banalización y la frivolidad, para que la gente sepa discernir, al parecer, entre los textos “exquisitos” de Baby Lores a Fidel, y los subversivos temas de Los aldeanos.
   Es decir, que disfrazado de una exigencia de calidad, sigue el control absoluto de lo que consumen los ciudadanos. No se les prohibirá, sólo se les dará la opción, por el bien de su nivel de apreciación cultural, de ver o escuchar lo que el ministerio de cultura cubano, asesorado por el del interior, programe.
   Entre las propuestas de Abel contra la banalización y la frivolidad, se encuentra un paquete que incluye películas como el Halcón Maltés y Gandhi, el nuevo cine latinoamericano, el Hamlet de Kennet Branag, y un cóctel sinfónico de Silvio Rodríguez, con la Pequeña serenata diurna, aquella delirante canción de “vivo en un país libre/cual solamente puede ser libre…”
   Además, se podrá disfrutar del cine de Woody Allen y otras propuestas que combina “cosas con densidad cultural y material de entretenimiento”, lejos del racismo y la violencia, como si en los films sobre mambises, guerrilleros y soldados internacionalistas se peleara con pasteles, y en vez de sangre, se derramara merengue.
   El oscuro deseo del control general por parte del Estado está intacto. Más allá de los malabares lingüísticos que realizan por dentro y fuera de Cuba los voceros del gobierno. Y sin negar una mínima brecha (fortuita) en lo que se consume, aún estamos muy lejos de optar en libertad por lo que deseamos.
   Cuando Abel se pregunta en su entrevista con El País, ¿qué vamos hacer con El Quijote?, quizás Marino Murillo y compañía le respondan: Mandarlo a dirigir una cooperativa agropecuaria, asesorado por Sancho y Rocinante. O, cuando más, ponerlo a regenciar el paladar La Dulcinea en la isla de Baratijas.

(Políticos por decreto y analfabetos por sumisión. Cubanet, junio 2015)

Monday, March 7, 2016

Víctor Manuel Domínguez vs. la antología “Generación Año Cero”

Según un artículo publicado por Luis Leonel León bajo el título Nueva narrativa cubana: una antología de literatura emergente, por primera vez escritores cubanos marginados se publican fuera de la Isla. Esto está muy lejos de la realidad.
   De acuerdo a la entrevista realizada a Orlando Luis Pardo Lazo, escritor, fotógrafo y editor de Generación Año Cero (antología impresa por Sampsonia Way Magazine –City of Asylum/Pittsburgh), dicha compilación es atípica por dos razones: la presencia de autores no oficialistas que residen en su país y de cuentos que el lector cubano no conoce.
   Asimismo, agrega que la mayoría de los autores compilados ha visto sus obras mutiladas, o, como el editor –Pardo Lazo–, están perennemente censurados por sus actividades disidentes. “Otros se autocensuran y no pierden el tiempo de entregarlas a editoriales nacionales, pues los límites de la tolerancia oficial son estrechos y macabros”.
   Sin embargo, Pardo Lazo fue ganador del Premio La Gaceta de Cuba por su cuento Cuban American Beauty (2005) y obtuvo la Beca de Creación Onelio Jorge Cardoso por Un lugar llamado Lili (2006). Además, fue antologado en La ínsula fabulante, el cuento cubano en la revolución (1959-2008).
   En cuanto a lo de oficialistas o no, o de quiénes son mayoría en Año Cero, está por verse. Si acudimos a los currículos de los más conocidos en la antología de marras, estos demuestran que gozan del reconocimiento oficial, que sus obras se publican dentro de la Isla y que, si están perseguidos, es por los premios.
   Con dos ejemplos basta. Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979) es el jefe de redacción de la revista El Cuentero y editor del sello Cajachina del Centro Onelio Jorge Cardoso, institución oficial. Ha sido jurado del Premio Alejo Carpentier, entre otros, y ganador de diversos concursos a nivel nacional. Su obra es muy publicada en Cuba, y abarca el cuento Yo fui un ladrón adolescente de tumbas (2004), Los ojos de fuego verde (2005), El color de la sangre diluida (2007), Vultureffect (2011), y la novela Carbono 14 (2010). Fue antologado en La ínsula fabulante y en Como raíles de punta (2013).
   Otro de los antologados en Año Cero, Amhel Echevarría (La Habana, 1974), goza de igual suerte con editoriales oficialistas. Miembro de la UNEAC, ha publicado los libros de cuentos Esquirlas (2006), e Inventario (2007), y las novelas La Noria, Premio Ítalo Calvino (2012), y Como búfalo ciego al matadero, Premio Novela José Soler Puig (2013), entre otros galardones.
   Es decir, que pese a “no ser oficialistas” son bastante publicados en Cuba, a diferencia de otros escritores que viven en la isla, han sufrido persecución y cárcel, nunca se les ha permitido siquiera visitar una editorial y sus cuentos, poemas y ensayos se publican en el exterior a partir del Concurso El Heraldo.

(Una antología de perseguidos... por los premios. Neo Club Press, noviembre 2014)