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Thursday, September 17, 2020

Ernesto Hernández Busto sobre Lorenzo García Vega

Es curioso cómo los numerosos exégetas y defensores de Lorenzo García Vega no mencionan nunca sus injusticias o errores, como si hubiera que asumir "Los años de Orígenes", la rotunda visión de ese libro, como un todo acrítico. No es mi caso (aunque le tuve cariño a Lorenzo, como casi todo el que lo conoció). Yo, que admiro "Los años de Orígenes", creo que Lorenzo fue injusto a veces. Lo fue, ya lo dije hace tiempo, con Lydia Cabrera, y lo fue, también, con Lezama. El editor Víctor Batista, que en paz descanse, me lo hizo notar alguna vez: detrás del potencial crítico de "Los años..." hay injustos rencores.

   El otro día, en medio de mis ajetreos biográficos, me topé con una pifia de Lorenzo que espero quede demostrada con estas dos imágenes: un fragmento de una entrevista a García Vega donde este asegura que el ascenso a Teniente Coronel del padre de Lezama, José María Lezama Rodda, fue hecho post mortem, para que la viuda pudiera cobrar la pensión, y una foto (algo borrosa, sorry) del nombramiento hecho por Menocal en febrero de 1917. El padre de Lezama murió, como se sabe, en 1919. ¿Por qué García Vega necesitaba defender que Lezama se había inventado lo de Coronel? ¿Por qué esa supuesta certeza suya de que sólo había llegado a comandante (mayor, justo el grado anterior a Teniente Coronel) dentro de la jerarquía militar cubana? Los méritos militares del padre de Lezama están fuera de toda duda, y basta una investigación seria para demostrarlo: participó como oficial en la represión de la "Guerrita de los Negros", en 1912 (por cierto, sin ánimo revisionista, basta de andar diciendo que hubo 3 mil muertos en el bando perdedor de esa guerra); en 1914 mandó a hacer el primer mapa militar de Cuba, y en 1917 tuvo una participación destacadísima y muy documentada en la represión de la "guerrita de La Chambelona". Eso no fue invento de Lezama: la mitología, que la hay, está en otros matices, no en ese historial militar.

(Publicado en Facebook, mayo 2020)

Friday, July 13, 2018

Ernesto Hernández Busto vs. Juan Manuel Tabío

Sólo un crítico o ensayista flojo (y perdone el airado repetidor que insista en mi juicio de valor) es capaz de sostener sin sonrojo que la Austria de la que habla Bernhard es una especie de pretexto estilístico para su humorismo nihilista, o que la Francia de la que opina Bloy es otro más entre sus “rasgos de estilo”. Ese concepto de “estilo” es inane. Y esa idea de la literatura es poco menos que ridícula. Hay un mundo allá afuera, me temo, aunque los devotos del estilo no quieran verlo. En su ficción Bernhard habla de su porción de mundo, y en sus “libelos” Bloy disecciona el suyo. Sobre LGV habría mucho que hablar, pero no creo que tenga sentido polemizar con gente que opina que cualquier asomo prescriptivo, propio de toda crítica, remite de inmediato a “Verde Olivo”.
(…)
Pero ya Tabío no necesita “traductor” ni “embajadores”: él mismo ha ripostado en Rialta diciendo que no hemos leído a Blanchot y excluyendo la ideología de una limitada noción de estilo. Caricatura tras caricatura, cuesta polemizar: nadie, tampoco Duanel, ha querido “subordinar el sentido de la obra, o su condición de legibilidad, a la naturaleza ideológica de un régimen político”, como asegura Tabío. Pero es obvio que los juicios sobre la tradición y la sociedad cubana que Lorenzo escribió en Los años de Orígenes y en El arte de perder no son puros ejercicios de estilo y es perfectamente posible (incluso necesario, diría yo, atendiendo a cierta lógica de nuestro “campo literario”) entenderlos más allá de la acrítica aceptación y reverencia que nuestro “estilólogo blanchotiano” parece recomendar.
   El nihilismo de Lorenzo, su torturada búsqueda de una salida que le permitiera desviarse del origenismo, y hasta ciertas anécdotas vitales lo llevaron a interesantes excesos: su distancia con Baquero o con Lydia Cabrera (en su reveladora entrevista para Exilio) revelan que, en cierto momento, Lorenzo suscribió visiones más propias de la “crítica revolucionaria” que de un representante de la República de las Letras. No es algo exclusivo de LGV: lo hizo Casey también en un ensayo sobre el XIX y Piñera, varias veces. Esos gestos críticos, y esa distancia con la República, fueron muy interesantes, y yo diría que incluso necesarios para compensar ciertos excesos. Pero implicaron también una visión un tanto limitada que sería bueno analizar en profundidad, porque tiene, por cierto, mucha relación con las soluciones literarias (ah, de pronto salta la liebre del estilo) que Lorenzo fue encontrando.
  La idea de una ficción no narrativa (descubrimiento de Raymond Roussel al cual, por cierto, no eran ajenos los origenistas) no es algo de lo que haya que excluir a la fuerza referencias sociales o “ideológicas”, si bien es obvio que el hecho literario va siempre más allá de ellas. El problema de Tabío es que está todavía en esa fase del joven crítico donde se cree que un autor o referencia crítica tiene la Verdad en la mano, y entonces adopta la ridícula pose de arrojar esos nombres como si fueran guantes a sus lectores y posibles objetores. Una soberbia un tanto provinciana que, esperemos se le pase pronto para que siga leyendo con provecho a Lorenzo, Blanchot y tantos otros.

(Comentarios publicados en la red, noviembre y diciembre 2017)

Monday, October 31, 2016

Ernesto Hernández Busto vs. Rafael Rojas (3)

Rafael Rojas ha publicado en su blog una reseña del último libro de Duanel Díaz, Palabras del trasfondo. Dice varias veces que se trata de un libro indispensable (cosa que yo también opino), pero expone varios reparos reveladores. Para empezar, le parece “vehemente” y demasiado tajante en su anticastrismo: “En varios momentos del libro se tiene la impresión de que, para él, el valor literario de una novela o un poemario está determinado por su mayor o menor anticastrismo.”
   Esto es una simplificación grosera —de Rojas. Para entender bien esta reseña, uno debe haber leído el libro de Duanel, sobre todos las páginas (86-90) en las que polemiza con el propio Rojas a propósito del significado de un poema de Eliseo Diego, “Pequeña historia de Cuba”, [y del poema “Cuba”]. Allí Díaz demuestra fehacientemente que ese poema acaba con una pregunta retórica que Rojas ha querido convertir, un poco a la cañona, en interrogación inquietante o ambigua.
   Después de leer a Díaz, que desgrana con cuidado el texto (y el contexto), a mí me parece bastante obvio que ese poema de Diego intenta justificar, en realidad, la violencia revolucionaria, como un elemento necesario y hasta creador. No sé hasta que punto sea esto un “pecado” en un escritor (en definitiva, esa posición no está muy alejada, a mi juicio, de aquel “cement of blood” del Vespers de W. H. Auden, y cualquier pretensión mitológica ha convocado siempre un elogio simbólico de la violencia) pero lo que sí me parece ridículo es tratar de negar la evidencia ideológica en nombre de la crítica literaria o de una supuesta ambiguedad —que Rojas extiende, además, ¡a un poema de Antón Arrufat sobre Playa Girón!
   Llevada por una incomprensible prudencia, la posición de Rojas sería, más o menos, la que resume esta cita:
   “La obra intelectual de escritores e historiadores, bajo un totalitarismo, no se puede reducir al testimonio de adhesión al régimen. Ese testimonio no debe ser ocultado a conveniencia, pero sí podría colocarse junto a las distancias que, en dado caso, asume un escritor. Si no quiere caer en la misma confusión totalitaria entre literatura e ideología, la crítica debe estar tan atenta a la conexión como a la desconexión entre ambas esferas.”
   En este extraño espacio de “indecidibles” literarios bendecido por un academicismo deslavazado, la objetividad radicaría en poner una de cal junto a otra de arena, y el crítico debería comportarse como esos periodistas que creen que ser objetivos es recoger dos opiniones contrarias sobre un mismo hecho. Lo cual resulta aquí doblemente ajeno, puesto que ni Rojas ni Duanel Díaz hacen crítica literaria en el sentido más estrecho de la palabra, sino crítica literaria en tanto crítica de la ideología, o ensayos de historia intelectual. Desde ese punto de vista, las conclusiones de Duanel en su último libro parecen más acertadas y mucho mejor sustentadas que las de Rojas.
   Lo que hace realmente indispensable Palabras del trasfondo es que muestra la conexión entre literatura y castrismo bajo una luz objetiva, lejos de falsas ambiguedades críticas y con muchas evidencias que Rojas, lamentablemente, no conoce o ha preferido pasar por alto en sus propios libros sobre este tema.

(Rafael Rojas reseña a Duanel Díaz. Blog Penúltimos Días, noviembre 2009)

Thursday, September 22, 2016

Ernesto Hernández Busto vs. Leonardo Padura (4)

Leonardo Padura comenta sobre una supuesta “extinción de los cubanos”. Demografía, anécdotas, juegos con la cadena, que se dice. El escritor Padura ya ha confesado su alergia a la política. Pero esa alergia se vuelve enfermedad crónica en el periodista, que ha venido consagrando su nacionalismo barato en cuanto artículo consigue publicar —fuera de la isla. Yo no sé si los cubanos se extinguirán, pero el “caso Padura” me lleva a pensar de que lo que sí se extinguió en Cuba es el escritor con valor para llamar a las cosas por su nombre.

(Padura, el cubanazo. Blog Penúltimos Días, mayo 2009)

Thursday, September 1, 2016

Ernesto Hernández Busto vs. Leonardo Padura (3)

“Padura decide quedarse en Cuba para escribir”, dice el titular. Ayer salió algo sobre sus “razones personales, literarias y cubanas” para quedarse en su barrio. Son cosas sintomáticas. En ningún país del mundo los escritores tienen que sumar razones (y sinrazones) para justificar el lugar en el que viven. Y en muy pocas partes presumen hoy de ese nacionalismo ramplón, de pelotero desempleado. El resultado salta a la vista: las novelas de Leonardo Padura son rematadamente malas, con el aire ambicioso del provinciano inseguro y llenas de una realidad falsificada, cuidadosamente retocada para seguir pasando por “producto autóctono” en el mercado español.

(Las razones de Padura. Blog Penúltimos Días, agosto 2010)

Monday, June 27, 2016

Fermín Gabor vs. Ernesto Hernández Busto

Se sabe que Fermín Gabor es un nombre usado del mismo modo que se usa una máscara. Tacharlo de envidioso o de pedante logra, entonces, poco. ¿Acaso no es demasiado delgada una máscara como para sentir envidia? (Hay máscaras de risa o llanto, de susto o de melancolía, de vejez o juveniles, pero ninguna conocida por mí da expresión a la envidia.) Las cosas cambian, empero, desde que se denuncia un rostro tras la máscara, desde que varios anónimos que bien podrían ser Hernández Busto denuncian a Antonio José Ponte.
   El 10 de junio pasado, tres días antes de que aquél colgara la reseña rusa, aparecían anónimas referencias a Ponte entre los comentarios de ese blog. Eran también menciones caprichosas y, al menos en tiburonística, es técnica muy socorrida la de soltar carne y sangre para ver qué tal danzan los tiburones. (No es preciso siquiera incluir el nombre elegido en alguna entrada de blog, basta con dejarlo caer desde el anonimato en la cola de comentaristas, hasta lograr que el molote prorrumpa en chusmerías.)
   ¿Recurre a tales artes Hernández Busto? No podría afirmarlo. Pero en este punto voy a recordar un par de episodios que lo relacionan conflictivamente con el denostado Ponte. En el primero de los episodios, él publica en Madrid su libro Inventario de saldos (vaya título bodeguero), y Ponte hace circular desde La Habana un mensaje electrónico donde anuncia que ese libro tergiversa trabajos suyos, le empeora la expresión cuando lo cita, y le adjudica juicios contrarios a los que sostuviera.
   Incapaz de rechazar tales acusaciones, Hernández Busto aprovecha una entrevista publicada en Encuentro en la Red para ofrecer excusas. Achaca todo a prisa de escritura, se culpa de atolondramiento. No ha existido mala intención de su parte, pero (y he aquí el segundo episodio) en un texto que publicara diez años antes en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, él mismo se encargaba de plagiar un ensayo sobre Julián del Casal escrito por Ponte.
   (El autor de Inventario de saldos ha llegado al extremo de robarse a sí mismo. Deseoso de publicar libro en España, agarró un volumen suyo aparecido en México, le cosió el virgo, y lo hizo pasar por inédito ante el jurado del III Premio Casa de América de Ensayo, que lo premió sin sospechar violadas las bases del concurso. Nada más ha publicado, fuera de ese libro clonado y del que ostenta título bodegueril. Aunque amenaza con una biografía de José Lezama Lima que, a juzgar por los fragmentos publicados, pone en boca de ciertas figuras lo que éstas dejaron por escrito, con lo cual logra diálogos más almidonados que los de Sir Walter Scott.)
   No hay por qué asombrarse entonces de que una novela extrañamente admirada (entusiasmo constreñido entre una neblina desorientadora y una mueca de profundo disgusto) le sirva ahora, junto a  mis observaciones acerca de ella, para cargar otra vez sobre Ponte. Aunque quizás me equivoque al suponerlo entrando en su blog bajo figura de comentarista anónimo… En cualquier caso, puesto que un comentario firmado por él me endilgaba tareas escolares, quiero reciprocarle con las siguientes recomendaciones: “Ernestico, deja de traducir reseñas dedicadas a otros, y haz lo tuyo, mira que el año próximo vas a cumplir cuarenta. Que no te engañe el espejismo de un blog (el tuyo, con lo poco que escribes en él, es más bien un álbum de recortes), y trata, por favor, de que la desesperación curricular no te haga reincidir en latrocinios”. 

(La lengua Suelta # 42, La Habana Elegante, segunda época)

Friday, March 18, 2016

Andrés Reynaldo vs. Néstor Díaz de Villegas y Ernesto Hernández Busto

Parece mentira que apenas unas horas despues de haber fallecido Carlos Victoria se publique la repugnante nota de Nestor Diaz de Villegas.
   No menos responsabilidad que Nestor tiene Hernandez Busto, a quien hasta el dia de hoy considere un hombre de ideas.
   Duele ver que el espiritu de frivolo y escatologico bochinche no acaba de morir entre nosotros.
   Recuerdo con estupor la admiracion que Carlos Victoria sentia por Nestor.
   En cuanto a Hernandez Busto, sirva el caso para ilustrarle que no solo en Miami el mal gusto y la idiotez canibal del cubano suelen hallar cabal expresion.

(comentario publicado en la red, Blog Penúltimos Días, octubre 2007)

Thursday, February 18, 2016

Ernesto Hernández Busto vs. Encuentro (2)

Más allá de su indiscutible labor de mérito cultural, las sucesivas versiones de Encuentro, incluyendo la actual (que muestra síntomas evidentes de ruptura con varias de las personas que hasta el otro día se rasgaban las vestiduras para defender al proyecto de cualquier crítica) trazan la trayectoria de un proyecto que sólo se concebía a sí mismo dentro del mundo de la subvención. “La revista Encuentro –dicen en su despedida— ha sido muy afortunada al contar con medios procedentes de instituciones políticas y culturales del más diverso signo, interesadas en apoyar una iniciativa basada en el debate democrático y el respeto al otro y no en la descalificación y el enfrentamiento sistemáticos. Si los patrocinadores han persistido en su apoyo ha sido gracias, no sólo al empeño de sus fundadores y del reducido grupo editorial, sino, y sobre todo, gracias a la maestría y la generosidad de cientos de colaboradores que han alimentado el proyecto…”. Elegante, pero inexacto. El proyecto Encuentro recibió millones, y nunca explicó la manera en que se gastaba ese dinero, incluso cuando se hicieron públicos varios reclamos en tal sentido y se difundieron algunos indicios de malversación y nepotismo. Tal opacidad —que se mantiene hasta hoy— fue acompañada por exclusiones, censuras y silencios editoriales de muy variado signo. Lo de la “generosidad” de los colaboradores es una manera de decir que costaba mucho cobrar lo poco que pagaban (a los que no estaban en plantilla). Lo que ha quedado ahora es un panorama confuso de litigios, impugnaciones, reclamos y nuevas búsquedas de subvenciones.

(“Encuentro” se despide. Blog Penúltimos Días, junio 2010)

Thursday, December 3, 2015

Ernesto Hernández Busto vs. Armando Añel

Hay un libreto.
   El que se salga, o bien tiene “problemas de personalidad”, o bien está “desorientado”.
   Pero sin duda “lo más recomendable” es repetir todos al unísono.
   “Dejemos por un día la creatividad a un lado.”
   Bueno, en lo que a este señor toca, hace mucho que dejó la creatividad a un lado y se olvidó de recogerla. Ahora sólo le queda el casco y la mala idea, que se diría.
   Con esa gente, ni a la esquina.

(Una invitación de Armando Añel, o cómo razona un oportunista. Blog Penúltimos Días, mayo 2009)

Wednesday, November 11, 2015

Rafael Rojas defiende su libro “La vanguardia peregrina” de Ernesto Hernández Busto, Pablo de Cuba Soria y Duanel Díaz

Debo, por último, referirme a una distorsión puntual que leo en los comentarios, por demás, agudos, de Ernesto Hernández Busto y Pablo de Cuba Soria, y que aparece también en un texto de Duanel Díaz, en Potemkin, sobre La vanguardia peregrina, que dejo para el final, por tratarse, no de una reseña, sino de una descalificación. Ambos reseñistas reprochan que en el libro sea “incluido” Antón Arrufat como escritor de aquella vanguardia exiliada, sin ser un autor vanguardista ni exiliado. Pero es que Antón Arrufat no aparece nunca como autor vanguardista o exiliado en La vanguardia peregrina. Varias veces en el libro e, incluso, en el texto de contraportada, se dice que los seis autores estudiados son los aquí mencionados y en un momento se habla de un séptimo, Octavio Armand, que inicialmente pensé analizar, pero que por haber producido su obra más experimental, en los 80 en Nueva York, quedaba fuera del periodo que intentaba reconstruir.
   Antón Arrufat y su obra son comentados como piezas clave de la recepción de Virgilio Piñera en Cuba, un fenómeno que, a mi juicio, es buena muestra de la “diálectica de la tradición” en la cultura cubana contemporánea. El ensayo “La prole de Virgilio”, así como el excurso final, “El mar de los desterrados”, son los que desarrollan más plenamente los otros dos conceptos del libro -tradición y exilio-, por lo que me pareció conveniente incluirlos. Cuando se habla de Arrufat en el prólogo de La vanguardia peregrina es para señalar que en él encuentro una lectura de la tradición literaria nacional, con fricciones y armonías, semejantes a las que experimentaron algunos de los escritores exiliados en los 60. Hernández Busto y Cuba Soria tuercen el argumento, atribuyéndome presentar a Arrufat como un vanguardista más, en un plano de equivalencia estética con los otros escritores estudiados, lo cual nunca se sostiene o sugiere en el libro. Cuba Soria llega, incluso, a preguntarse, “si está Arrufat”, por qué no incluir también a otros poetas de la isla –algunos posteriores a aquella generación-, como César López, Rafael Alcides, Reynaldo González y Lina de Feria.
   Esas injustificadas demandas de inclusión o exclusión demuestran, una vez más, la ansiedad del canon que invade la crítica literaria cubana. Hay algo arcaico y tradicionalista en esa manera de pensar la literatura, aunque se exprese a través de la disputa por establecer quién es el escritor “más” o “verdaderamente” vanguardista. Es tal la ansiedad por canonizar que los temas específicos de un libro de ensayo sobre seis escritores cubanos –la errancia o el nomadismo en Tejera, el “mariposeo” post-estructuralista en Sarduy, la muerte y el sexo en Casey, Orígenes y lo "siniestro cubano" en García Vega, las meta-ficciones de Campos o el mecanismo poético de la lectura en Kozer- no se discuten. Lo que se discute, en resumidas cuentas, es quiénes, entre esos escritores, valen o no la pena según la soberana estimativa literaria del crítico.
   La misma distorsión, en relación con Antón Arrufat,  aunque expuesta en un lenguaje descalificador, cercano al libelo colegial, aparece en el texto de Duanel Díaz. Si dejamos a un lado el insulso reproche de “name dropping”, por parte de un académico que también cita y recita, se atiene a rígidos marcos teóricos y tampoco hace crítica literaria, ni historia intelectual sino interpretación ideológica de la literatura, aunque con frecuentes apelaciones neopositivistas al "error" o a la "equivocación" en el saber cultural. Si obviamos, agrego, la abierta tergiversación –como cuando afirma que en el ensayo “Mariposeo sarduyano” se identifica el “barroco de la Revolución” de Sarduy con la ideología oficial cubana- , o el deliberado equívoco –decir que confundo “modernism” y “vanguardia”, siendo todos los escritores cubanos que estudio posteriores y críticos del “modernism”- el principal reproche de Díaz sería que La vanguardia peregrina y, de paso, otras dos obras anteriores, El estante vacío y La máquina del olvido, son libros desechables porque no son “orgánicos” y aparentan serlo.
   El lector interesado puede ir a la nota de presentación de La máquina del olvido, donde se especifica que los ensayos ahí reunidos fueron publicados en distintas revistas iberoamericanas, o a la Introducción de El estante vacío, para comprobar que esos volúmenes se presentan como lo que son: libros de ensayos. La vanguardia peregrina, en cambio, fue pensada como un volumen orgánico –aunque no formalmente académico- y debo su idea, en buena medida, a Pío Serrano, quien en 2010 me invitó a escribir el prólogo de Huir de la espiral de Nivaria Tejera en la editorial Verbum, donde se expone el proyecto del libro, y a Jorge Herralde, que inicialmente pensó publicarlo en Anagrama. En todo caso, la historia del ensayo occidental está llena de maravillosos libros inorgánicos, que no cito por aquello del “name dropping”…. Por ahora.

(La vanguardia peregrina y sus críticos. Blog Libros del crepúsculo, agosto 2014)

Monday, November 2, 2015

Ernesto Hernández Busto sobre “La vanguardia preregrina”, de Rafael Rojas

Ya luego, en las páginas y casos que siguen, esta noción de vanguardia se desdibuja un poco. Corresponde, en efecto, a las escrituras de Sarduy y García Vega, y a una zona de la poesía de José Kozer, pero sirve menos para caracterizar las obras de Calvert Casey (¿basta insistir en la muerte y el sexo para ser vanguardista?) o Julieta Campos, cuya inicial fascinación por el noveau roman dejó paso a otra prosa más clásica e integradora.
   Más que ajustarse fielmente a los términos del guión inicial, los casos analizados por Rojas exhiben contrapuntos variables de esos rasgos (vanguardia, exilio, tradición), hasta el punto de incluir en su análisis a un escritor no exiliado —ni vanguardista—, Antón Arrufat, que aquí aparece no sólo como depositario de méritos congénitos (heredero de Piñera como Sarduy se declarase de Lezama; fundador de una “prole de Virgilio” donde se cuestiona la tradición) sino como una suerte de héroe secreto de su generación.
   Ese recuento de “la prole de Virgilio” es el momento más flojo del volumen: está pintado con brocha gorda. La historia del revival de Piñera a finales de los 80 y principios de los 90 merecía un estudio más detallado. En otras ocasiones, la tendencia académica de Rojas al name dropping le tiende trampas y sume al lector en perplejidades: ¿cómo se coló, por ejemplo, Eudora Welty, en la lista de “los neovanguardistas estadounidenses”, junto al poeta George Oppen, “pasando desde luego por Wallace Stevens o Paul Celan”? Y ¿qué necesidad hay de echar a perder el inteligente análisis de la obra de Kozer y su sugerente metáfora del “catafalco vacío” para exhibir arsenal teórico y emparentarlo con Le pli, la teorización de Deleuze sobre Leibniz y el barroco?

(De la vanguardia errante. Blog Penúltimos Días, marzo 2014)

Thursday, October 8, 2015

Ernesto Hernández Busto vs. la literatura cubana

José Martí: vehemente
Julián del Casal: frívolo
Regino Boti: rebuscado
Carlos Loveira: localista
Nicolás Guillén: folclórico
José Lezama Lima: ininteligible
Jorge Mañach: didáctico
Cintio Vitier: beato
Eugenio Florit: trivial
Alejo Carpentier: engolado
Virgilio Piñera: deliberado
Eliseo Diego: afectado
Cabrera Infante: digresivo
Reinaldo Arenas: virulento
Fina García Marruz: timorata
Gastón Baquero: grandilocuente
Heberto Padilla: prosaico
Severo Sarduy: grotesco
Guillermo Rosales: descentrado
Lorenzo García Vega: incoherente

Y tres rápidas reflexiones, a manera de postdata:

-Es labor (bastante olvidada) de la crítica literaria dar con la palabra precisa que mejor resume las virtudes —pero también los defectos— de un escritor. Los rasgos enlistados no son defectos personales sino taras de estilo, aunque es posible que en ocasiones muestren también las de la personalidad.

-Un canon puede construirse también a partir de los defectos más sobresalientes de los escritores de determinada tradición. Eso que Harold Bloom acuñó como la “angustia de las influencias” es un proceso identificable también en la genealogía de esas imperfecciones. Escoger un lugar en la tradición es también escoger nuestros defectos preferidos.

-A menudo la línea que separa los grandes defectos de las grandes virtudes de un escritor es borrosa, imprecisa. Casi siempre acaban confundiéndose, y la cualidad definitiva termina siendo cuestión de intensidad, de matices.

(Veinte defectos de la literatura cubana. Blog Penúltimos Días, noviembre 2013)

Tuesday, August 18, 2015

Jorge Pomar sobre Heberto Padilla/vs. Ernesto Hernández Busto, Pablo de Cuba Soria, Jorge Luis Arcos…

Heberto Padilla, como dije, me desconcertó en Berlín. Era un ser traumatizado, contradictorio, confuso. Polemista como soy, apenas lo contradije, limitándome a escucharlo, con asombro, pero igual con el respeto debido a un hombre que lo merecía. En ese sentido, sostengo que es una falta de respeto hablar de sus "quince minutos de gloria", como hace De Soria, llamar a Belkis “loca” o “tonta”. Y una insólita muestra de insensibilidad hacia el dolor ajeno.
   Si no la hubiesen sometido a tortura psicológica en Cuba y excluido arbitrariamente del homenaje de la AECC a Padilla, no habría ocasión de gastar bitios en la blogósfera con ella y su historia. Sus improperios, que no son más “truculentos” que los de De Soria y Hernández Busto, son también reactivos. Por si fuera poco, Belkis da en el clavo cuando dice, repito: “No hay quien los descifre. La escritura de ellos es lenguaje de entendidos”.
   La frase le viene como anillo al dedo a De Soria, cuyo artículo de marras, amén de abstruso, rebuscado y frívolo, está sobrecargado de citas superfluas. La clasificación escolástica entre poeta "mayor" y "menor" es una extrapolación de las escalas jerárquicas de un régimen de ordeno y mando al campo literario, donde las jerarquías las establece el gusto de cada lector.
   ¿Por qué versos como Por la orilla florenciente / que baña el río de Yara / donde dulce, fresca y clara / se desliza la corriente [...] / iba un guajiro montado / sobre una yegua trotona (El Cucalambé) habrían de ser "menores" que estos otros de Rubén Darío: La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de su boca de fresa, / que ha perdido la risa, que ha perdido el color...? Yo sólo veo una diferencia jerárquica: la alcurnia de la idílica princesa.
   Conque, como exhortaría Encuentro en la Red cuando el tema pasa de insustancial: ¡"A debate", señores catedráticos! Construid y desconstruid cuanto se os antoje. Pero, eso sí, sin metalenguajes derridanos ni citas de autoridades poéticas inapelables. Al grano, como en un examen de fin de curso. Bastará con un manual de rima y métrica española de los usados antiguamente en el bachillerato.
   Por cierto, si mal no recuerdo, en aquellos tratados de preceptiva literaria la distinción entre "versos de arte mayor" (más de diez sílabas) y "versos de arte menor" (hasta ocho sílabas) se reducía a una cuestión de longitud. Ah, y los preceptores consideraban más difíciles a los "de arte menor".
   Pero el dato que le pone la tapa al pomo de las injurias contra la poetisa, es que Jorge Luis Arcos haya tenido el desparpajo de intentar terciar en la disputa a nombre de Encuentro en la Red. Él, que no se ha inmutado en despejar las dudas acerca de su persona y representa a una AECC inasequible al aluvión de críticas de extrema gravedad que se le han planteado, se siente moralmente autorizado a erigirse en juez de Padilla y Belkis, a zanjar el pleito diciendo quiénes se equivocaron en qué, cómo y por qué, situándose, en tono aparentemente conciliador, a mitad de camino entre la pareja y sus críticos. ¡Inaudito!
   Para colmo, lo hace con un texto de malabarista signado a la enésima potencia por esa pedantería de catedrático sofisticado que tanto repugna a la poetisa. (Borges ha de estar revolviéndose en su tumba: las sastrerías de ambas orillas del charco cultural cubano lo usan a porfía, igual para un roto que para un descosido.) No haberse evadido, según Arcos, fue lo que, en última instancia, perdió al poeta, que en definitiva sólo estaba aplicando demasiado al pie de la letra los postulados del “compromiso intelectual” sartreano. ¿En qué quedamos, compromiso o evasión? Palos porque boga y palos porque no boga...
   Padilla, según él, se estrelló contra la "Historia", no contra el poder concreto, implacable, que todos conocemos. La culpa, insinúa, es del "totalitarismo", que los de la AECC no identifican con la Revolución Cubana y, consecuentemente, hacen todo lo posible porque el sucesor logre insuflarle nueva vida a ese cadáver histórico. Así, entre otras ventajas, nunca serían abiertos al público los archivos de la Seguridad del Estado, como sucedió con los de la STASI en la RDA. Y las actas de la Asociación serían incineradas o coninuarían siendo confidenciales.
   Por último, lo de “un escritor que también fue su esposo”, según el comentario de Ernesto en mi blog, sería otro insulto, éste sí “de baja estopa”, si no fuese porque el ofensor parece desconocer la circunstancia de que las asechanzas de la Seguridad del Estado tuvieron mucho que ver en la destrucción de un amor que de otro modo pudo haber durado la vida entera. Sugiero que, si no está en el insight, como creo, le pida disculpas a la “Brujita”.

(Razones para la neurosis y la paranoia en la Diáspora. Blog El Abicú Liberal, julio 2007)

Tuesday, June 16, 2015

Ernesto Hernández Busto vs. Leonardo Padura (2)

Leonardo Padura ha hecho declaraciones curiosas a propósito de su nueva novela, titulada “Herejes”. “No soy un hereje porque no he desertado en lo esencial de ninguna fe, más bien no he participado en ninguna fe, ni religiosa ni política”, afirma. “Me considero un heterodoxo —insiste—, uno paga un precio por esa libertad, esa heterodoxia”. Tal vez el escritor exagere un poco, teniendo en cuenta su biografía. Por ejemplo, Padura trabajó en El Caimán Barbudo (entre 1980 y 1983, es decir, en un período de grandes presiones políticas), fue periodista de Juventud Rebelde (entre 1983 y1989), y ha sido Jefe de Redacción de La Gaceta de Cuba (en otro periodo tristemente célebre: 1989-1995). Algunos de los “precios” pagados por Padura: Primera Mención Concurso Latinoamericano de Periodismo José Martí (1988), convocado por Prensa Latina; Premios de Crítica Literaria en las ediciones de 1985 y 1988 del Concurso “26 de Julio”, de la Unión de Periodistas de Cuba; Premio en Artículo del Concurso “Mirta Aguirre”, del Ministerio de Cultura en 1985, entre muchos otros. En 1993, recibión Premio Nacional de Novela “Cirilo Villaverde”, de la UNEAC, por la obra Vientos de Cuaresma. También fue condecorado con la Distinción por la Cultura Nacional y la medalla Raúl Gómez García. Recibió en el 2005 el Nacional de Periodismo Cultural “José A. Fernández Castro” y el de la Crítica Literaria (2011). El año pasado ganó el Premio Nacional de Literatura. Desde luego, el escritor y periodista Leonardo Padura no es un hereje. Pero es posible que tampoco encaje muy bien en la figura del “heterodoxo”.

(Blog Penúltimos Días, septiembre 2013)

Wednesday, February 25, 2015

Ernesto Hernández Busto vs. Ediciones Universal

La librería que ahora quiebra siempre fue la caricatura de una verdadera librería de libros cubanos que nunca ha existido en la llamada “capital del exilio”. A pesar de los esfuerzos que hizo Juan Carlos Castillón durante la época en la que trabajó allí como librero, Salvat nunca ha tenido mucha idea de libros ni de qué es una librería como institución cultural. Se trata, para decirlo rápido, del raro caso de una editorial mantenida por un editor semianalfabeto, listo para publicar a cualquiera que tuviera la chequera pronta.
   Varios de los libros académicos que aparecen en su catálogo no son malos, y algunos de sus autores (los menos) han sido importantes. Pero incluso a los buenos les hizo pagar —en vez de pagarles. La Universal era como la famosa posada española de la que habla Dumas en uno de sus cuadernos de viaje, en la que podías comer de todo… lo que tú mismo llevases. Si el autor era un buen vendedor, vendía. Si sabía de corrección de galeradas o conocía a alguien que supiera corregir tenías un texto sin erratas. Si podía pagar una buena portada conseguía una buena portada; si no, era tristona y fea. Universal era una editorial sin editor y sin oficio, donde los errores eran habituales. Una buena antología de la literatura negra en América Latina se estropeó porque el editor no se molestó en corregir la portada y el subtítulo en vez de decir “Una antología de autores hispanos de origen africano” decía “Una antología de autores hispanos de origen hispano”. En su edición de un libro de Orestes Ferrara la foto de contraportada presentaba a éste, vestido de mambí, con el absurdo pie: “En Tampa a su llegada a Cuba”. La novela de Benigno Nieto, Los paraísos artificiales, en el lomo decía Los paraísos articiales. Uno de sus primeros libros salió con el título Los pobresitos pobres. Debió haber sido, por supuesto, “Los pobrecitos pobres” pero el editor tuvo la ocurrencia de solucionar la errata en portada con una banda superpuesta que decía “SON TAN POBRES QUE NO TIENEN NI ORTOGRAFÍA”. Tacañería con sentido del humor.
   Salvat continuó en el exilio la triste tradición cubana de la vanity press: casi nunca publicó a nadie que no pagase —excepto a Lydia Cabrera, creo. Sacó una gran historia de la arquitectura colonial, bien editada hasta donde llegaba la responsabilidad de los autores, que revisaron a fondo fotos y textos. Desgraciadamente, dejaron en manos del editor, los pies de foto, gracias a lo cual podemos ver fotos de la casa de los “marquezes” de Jaruco, más castizos de lo normal. Su edición de los poemas póstumos de Sarduy, Epitafios, con portada de Ramón Alejandro, ve saltar su numeración de forma inexplicable y siendo un libro de menos de 70 páginas la paginación llega hasta la 132.
   Son apenas algunos de los ejemplos que recuerdo. Cosas que le pasan a cualquiera, dirán quienes no saben mucho del arte de editar y ahora parecen dispuestos a convertir a Salvat en “víctima de las nuevas tecnologías que han provocado que descienda la lectura de los libros impresos” y a la Universal en un “bastión cultural”. Pero la verdad es que las Ediciones Universal son un compendio de chapucería, donde todo se hacía mal para abaratar costos y ganar hasta en lo mínimo. Lo dice alguien que se gastó bastante dinero en sus libros, y se tomaba el trabajo de leerlos. Creo que fue Juan Abreu quien lo retrató (en clave) en una de sus noveletas, donde lo llama “El Flaco” y alude a las condiciones leoninas de sus contratos (con cláusula para editar en Cuba “después de la liberación”).
   Ahora que la Universal se retira, a lo mejor Miami encuentra finalmente el espacio necesario para que aparezca una buena editorial cubana en el exilio, esa que los lectores de la comunidad se merecen.

(Cerró la Universal, Blog Penultimos Días, abril 2013)

Tuesday, January 6, 2015

Ernesto Hernández Busto vs. Leonardo Padura

Hay una gran diferencia entre el elogio de la constancia en el trabajo literario y el elogio de lo excéntrico necesario en la escritura. No tengo nada personal contra Padura, pero como lector hace mucho tomé distancias con lo que escribe. Es más o menos correcto, pero de un registro limitado. Sus últimas incursiones voluntaristas en la novela histórica me parecen una búsqueda de “universalidad” desde un punto de vista demasiado local, como si se llevara el provincianismo en los ojos, y se usara ese “universo” para decir algunas cosas por vía interpuesta. Elogiadas también como libros políticamente valientes (el traslape entre el mundo colonial y el revolucionario en su novela sobre Heredia, La novela de mi vida, o la crítica del stalinismo que se desprende de El hombre que amaba a los perros, resultan fabricaciones premeditadas y sin el vuelo de las grandes novelas históricas. En realidad, lo que me molesta de sus libros es la consideración ramplona de la ficción, que es un tema que comparte con varios de sus compañeros de generación literaria, muchos devenidos (y no es un accidente) comisarios culturales.
   No tengo nada personal contra Padura, y veo con simpatía su indudable triunfo en el mercado editorial europeo. Pero como lector uno tiene todo el derecho a pedir más a la literatura —y a un Premio Nacional sucesivamente demeritado por politiquerías de todo tipo. La simpatía de la carta de Abilio Estévez que cita Padura en su discurso no oculta el hecho, escandalosamente evidente, de que Abilio merece más ese premio que él. Y es un hermoso gesto de amistad esa exaltada carta de felicitación, pero no es, a mi juicio, un gesto de crítica literaria que pueda colocarse a la misma altura.
   Hay un dejo incómodo de falsedad en todo ese discurso y una confusión de planos en esa carta: cierto elogio del stajanovismo (Padura como campeón del duro trabajo literario), cuando en realidad se trata de una obra que justamente no trabaja en lo literario, es decir, que no ha conseguido construir desde el estilo una visión del mundo, y en ese sentido la alusión a Paludes, tal vez la obra más singular del corpus de Gide, vuelve a resultar chocante. Gide fue durante toda su carrera un gran voluntarista, pero trabajó sobre la escritura a otros niveles. Y por mucho que un escritor como Padura “golpee el yunque” no producirá alquimias gideanas: su concepción de lo literario es otra, la de un realismo agostado que en sus peores momentos se convierte en provincianismo endémico. Mucha gente descubre en su novela sobre el asesino de Trotski lo que está mucho mejor escrito en toda la bibliografía de no ficción sobre el estalinismo; el efecto de “denuncia” o de “emoción literaria” pasa aquí por la trampa de darle a la novela encargos vicarios. Y en su literatura más o menos de barrio, con policías complejos y dramas insulares hay falta de originalidad, ausencia de reto, y una concepción del mundo extraída de la masticación apresurada de los códigos de la novela negra. Los diálogos y descripciones de Padura (voy a ahorrarme ejemplos) son muchas veces desmañados, torpes, simplones. Y en su dramaturgia novelesca hay demasiado cine negro y frases hechas. Un gran escritor debe aspirar a más, tiene que crear un mundo, no aplicar herramientas vicarias a ese mundo. Y ese “mundo” no es tanto una geografía, sino un estilo.
   Una literatura se hace con muchos escritores, pero no hay que hacer pasar una cosa por otra. Es fácil tildar de cainitas a los críticos, poniendo el parche antes de que aparezcan en la escena, pero un buen lector sabe que la literatura, la gran literatura, corre por otros cauces, y además del martillo constante existen otras maneras de sacar sus mejores chispas.
   Hay derecho a pedirle más a Padura y a su literatura —y eso no tiene que ver necesariamente con la envidia, como se deduce de la correspondencia entre Estévez y Padura. Las novelas de Padura son parte legítima de lo literario, pero hay todo el derecho a valorarla, sobre todo cuando se sube al podio de la escena nacional. Porque la literatura cubana ha sido siempre más que las sagas de “mariocondes”.
   Ver la crítica negativa como puro cainismo es reducir lo literario a una lógica nacionalista-familiar —o a la del club deportivo—, para no pensar realmente en lo que se hace más allá del amiguismo. Da un poco de pena ajena, en serio, toda esa pompa de clan generacional, todas esas palmaditas en la espalda, pero supongo que es una forma fácil de consuelo para no amargarse el triunfo en ese camino definido como “pletórico de escollos” —una frase de Padura que realmente lo deja a uno pensando.
   Luego está, en otro orden, pero que difícilmente pueda ignorarse, el asunto político. Este es el discurso de un “buena gente”, y no dudo que Padura lo sea; rezuma modestia y nostalgia, y eso siempre queda bien. Pero no deben usarse esas virtudes ni la faible socialidad del “cubaneo” para falsificar en perspectiva una trayectoria. Ese recuento de los 80, presentado un poco como a contracorriente, disfraza un poco el hecho de que Padura siempre ha sido un escritor “integrado” —sobre todo a partir de su “curso de castigo” en el periodismo oficialista. Resulta estimulante que el escritor libre defienda la no pertenencia a capillas, y tenga gestos más o menos valientes como sin duda los ha tenido Padura (compensados, eso sí, con otros de ceguera militante) pero no hay que olvidar que todo esto sale de la boca de un escritor que hasta cierto punto ha consagrado las dudosas virtudes del modelo UNEAC. Que Padura venga a estas alturas a hacer un ditirambo de la editorial UNION, por ejemplo, sólo porque saca todas sus novelas, resultará ofensivo para varias personas. Hay que ser más serio y tener un mínimo de perspectiva histórica: la editorial UNION, que en efecto, saca las novelas de Padura, también ha censurado a troche y moche.

(El discurso de Padura, Blog Penúltimos Días, febrero 2012)

Wednesday, December 3, 2014

Ernesto Hernández Busto vs. Miguel Fernández y Emilio Ichikawa

Un adjetivo —“arriesgada”—, con el que califiqué aquí la tesis de Rafael Rojas en su último artículo sobre la Revolución cubana, le ha provocado a Miguel Arnaldo Fernández un total de 1700 palabras, repartidas en sendas entregas publicadas en el blog de Emilio Ichikawa. (Ignorando las reglas más elementales de la discusión intelectual, el dueño de ese blog se negó a publicar una breve réplica mía en el mismo sitio. Esa parcialidad es parte de lo que yo llamo “el síndrome del estreno”, y no voy a tomármela demasiado en serio, aunque alerto a quienes allí publican de que un día les podría pasar lo mismo: rabieta de propietario contra las buenas costumbres democráticas del gremio).
(…)
   En un gesto de simpático diletantismo historiográfico, Fernández & Ichikawa también mencionan el “empleo habitual en los círculos de Miami y Union City” del término en discordia. No parece argumento demasiado serio, pero es la agudización de esa tendencia de Ichikawa a malgastar buenas ideas o intuiciones brillantes revistiéndolas de cierta chabacanería epistémica o desaliño teórico, lo que si bien lo acerca saludablemente al cronista o historiador de las costumbres locales, lo separa definitivamente de la historia profesional. Ya Lucien Febvre se ocupó de decir que Michelet es un autor muy interesante, pero que de historiador hay poco en él. Usar lo de “yo tengo un primo que dice” o “aquí se comenta que” para dejar huella en los anales de las ciencias sociales es un método muy discutible, sobre todo en Miami o Union City, donde la gente dice cualquier cosa de cualquiera. En su mejor variante, eso sería periodismo, no historia.

(¿Guerra civil?, Blog Penúltimos Días, octubre 2008)

Thursday, November 6, 2014

Zoé Valdés vs. Ernesto Hernández Busto

Empecemos por decir que conozco muy bien a Ernesto Hernández Busto, lo conozco mejor de lo que él me conoce a mí, a pesar de que tuvimos relaciones desde que eramos jóvenes, yo estaba en aquel momento en una posición ventajosa de fragilidad emocional, lo que hace de todo escritor verdadero un observador potencial. Ernesto Hernández Busto no tuvo en cuenta quién era yo, no le interesaba. Ni le intereso desde el punto de vista intelectual.
   Ernesto Hernández Busto, sin embargo, dice que él es modesto en su comprensión. Lo menos que es Ernesto Hernández Busto es modesto, y de comprender, pues bien, en más de una ocasión ha tenido que reconocer que le han pasado gato por liebre, y no precisamente personas que parecían leales a su trabajo, no digo ya respetuosas, lo que yo sí he sido, pese a su insoportable prepotencia y sus manías de grandeza.
   Yo he sido muy respetuosa, siempre, desde que lo conocí, de su trabajo. No ha sido así a la inversa. Lo que agradezco. Yo jamás cuadré en los ámbitos superintelectualoides de La Habana de los 80 ni de en la de los 90. Yo siempre actué sola, desde el punto de vista intelectual, y jamás me interesó participar en ningún grupo. Nunca necesité de Reina María Rodríguez, como algunos, para brillar, ni de ninguna cabeza líder de aquellos autodenominados ya de por sí líderes intelectuales, bastante provincianos, por cierto. Nunca me obnubiló el brillo, ni la literatura de salón, mucho menos de azotea. Yo iba a mi aire, y no cambiaba un domingo en La Tropical por un recital de poesía del último poeta a la moda de aquel círculo de engreídos

(Blog Zoé Valdés, enero 2011)

Monday, October 6, 2014

Ernesto Hernández Busto vs. Zoé Valdés

Pero no hay arreglo con esta demente: todo lo que no sea ella resulta, inobjetablemente, cosa de la Seguridad del Estado. Un caso lamentable el de Zoe, envuelta cada vez más en los olores escatológicos que convoca.

(Zoe Valdés, la burda. Blog Penúltimos Días, marzo 2010)

Tuesday, September 9, 2014

Antonio José Ponte vs. Ernesto Hernández Busto

Alto y delgado, el rostro recorrido en casi toda su extensión por la nariz, de abundante pelo negro, con gafas de gruesos cristales que en cuanto pudo sustituyó a favor de un mejor diseño (pasó así de las pesadas gafas soviéticas de pasta a la levedad de unos aros metálicos de Armani), la voz con la que discutía de libros y despreciaba a no poca parte de la humanidad era sumamente nasal.
   M. vestía con elegancia y dedicaba a las mujeres una indiferencia estudiada. Ser esquinadas de aquel modo debía despertar en ellas una idea de misterio que personificaban en él, mañoso a la hora de representar al tipo de intelectual. (No quiero decir que exista farsantía suya al respecto: se trata de un muy buen lector y de un pescador ágil de últimas ediciones y noticias literarias.) A no pocas les parecía determinante oír lo intelectual en esa voz de constipado. O mejor, que su voz les negara el acceso a ciertos pensamientos reservados por él para sus paseos solitarios.
   Para la figura elegante y misteriosa que formaba.
   El hecho de que enigma como el suyo fuese rebajado por la gripe desplegaba en las mujeres una nota afectuosa. Y, ganada la presa, M. no tardaba en hacer evidente su desesperación por hallarse junto a ella. Se comportaba entonces como si postergase alguna tarea intelectual imprescindible, bufaba como metido en un embotellamiento.
   A esas alturas, su indiferencia inicial se había convertido en odio. Un odio no menos erotizante.
   (…)
   Volví a encontrar a M. quince años después de recibir aquella carta. Delgado todavía, aún más elegante, su rostro parecía el mismo pese a la rotura de mandíbula que le ocasionara un marido ofendido. (Había atravesado por una minuciosa intervención quirúrgica y un postoperatorio que lo mantuvo semanas alimentándose por una pajita.)
   Me habló de la paliza sin detenerse en pormenores. Ofreció prolijidades clínicas y casi ninguna descripción de la batalla (oyéndolo, supuse lo distinto que habría sido su recuento de haber ganado la pelea). Procuraba llegar lo antes posible al momento en que, desde el hospital, nombraba a un abogado que ejecutaría su venganza.
   “Fue una golpiza merecida”, me aseguraron quienes sabían del asunto.
   M. acostumbraba a acosar a las novias de los amigos. Se sentía tan desesperado frente a las mujeres ajenas como al recibir la noticia de que algún conocido publicaba libro nuevo.
Podía tratarse, incluso, de un simple artículo en una revista de importancia. Él sería el primero en leerlo para hallarle inconvenientes. Criticaba los textos ajenos tan impulsivamente como cortejaba a las mujeres de otros.
   No me asombró entonces que nuestro reencuentro estuviera lleno de suspicacias por su parte. Él la había emprendido, cada uno a su tiempo, contra todos mis libros. Y ahora que me tenia cerca, al alcance de la discusión, no parecía dispuesto a tratar de ningún otro tema.

(La fiesta vigilada. Anagrama, 2007)