Total Pageviews

Showing posts with label Eliades Acosta Matos. Show all posts
Showing posts with label Eliades Acosta Matos. Show all posts

Tuesday, November 8, 2016

Eliades Acosta Matos vs. Haroldo Dilla (4)

Le preocupa a los “académicos amigos”, que no ordenan a Haroldo Dilla, sino que le sugieren suavemente, en quedo coloquio de amor al oído, los cubanos que trabajan honestamente en República Dominicana, reconocidos y apoyados por sus colegas y el pueblo dominicano. Y eso que ya el país de origen de los “académicos amigos” es también “amigo” de la tierra natal que compartimos, aunque desigualmente honremos, Dilla y yo. Olvidemos que él lo fue, hasta que por un decreto sumamente interesante, que ya tendremos a mano, como otros datos de singular interés que lo retratan, se nacionalizó, reconvirtiéndose, por obra y gracia de algún soplo patrio, al parecer recibido directamente, por designio divino, de manos de trinitarios y restauradores. Baste ver la forma oportunista y vacía con que este fantoche se quiere presentar como más dominicano que los nacidos y criados en este suelo, y a los que pretende dar cátedras de historia, democracia y constitucionalismo… desde Chile
   Los amanuenses y plumíferos de alquiler, como este, son movidos a los campos de batalla donde se deciden, según los “académicos amigos”, las principales batallas que pueden afectar al imperio. Estuvo en República Dominicana; ahora ensucia la tierra chilena. ¿Alguien duda que veremos ese rostro de polichinela triste asomar por Río de Janeiro, Quito, Managua o Caracas, y claro, jajajajaja, “desde la izquierda”?
   Como un Quirino de las academias, Haroldo Dilla no es, siquiera un pájaro de mal agüero. Los “amigos académicos” que le pasan bajo cuerda los talking points y la “logística” debían preocuparse, antes que de cursos, libros e integración latinoamericana y caribeña, de por qué, a diferencia de lo que se les ocurriese en los años 50 y 60, cuando enviaban a Polonia, Hungría y Checoslovaquia, giras de jazz “de buena voluntad” para socavar el socialismo, es Rusia quien acaba de dar una lección de moral, cultura y geopolítica inteligente, mandando una orquesta sinfónica a tocar en las mismas ruinas de Palmira donde ISIS colgaba arqueólogos y degollaba “infieles”.

(Haroldo Dilla o de como el Quibú se refocila. 7 días, mayo 2016)

Friday, October 21, 2016

Eliades Acosta vs. Haroldo Dilla (3)

Ya en República Dominicana, Haroldo Dilla se recicló, sacudiéndose las últimas plumas de pavorreal burocrático, pero manteniendo y acrecentando su malevolencia congénita. ¿Cómo sino explicar que cobrase por adelantado al Archivo General de la Nación, RD$80,000, por preparar una exposición sobre Haití y la frontera, que nunca llegó a entregar? Quien me comentó lo sucedido, persona que tuvo relación directa con el caso, lo recuerda como “un canalla”.
   Pero este dechado de probidad, que vive dando lecciones de pulcritud al prójimo y sermonea inmisericordemente a los revolucionarios del planeta sobre cómo ha de ser la revolución popular; que pontifica sin parar sobre el socialismo del que hace mucho renegó, olvidando sus tiempos de autor de manuales doctrinarios sobre el Materialismo Histórico (lo que por cierto, no figura en la bibliografía autorizada que él mismo publica, con jabonosa mano); que alababa la participación popular en Cuba en su libro de 1993, y batía palmas por la democracia cubana ante la agresividad del gobierno norteamericano, en su libro de 1996, no pudo hallar mejor nicho en el mercado de la apostasía que transfigurase en un risible ángel vengador de la izquierda mundial, arremetiendo contra la Revolución, a la que antes jurase amor eterno, y coincidiendo (¡oh, qué extraordinaria casualidad!) con lo peor del pensamiento de la contra ilustrada Cuba, y sus dadivosos arropadores del Norte.
   Nada nuevo bajo el sol. Desde tiempos de la Guerra Fría, los equipos norteamericanos encargados de lo que George Kennan calificó como “guerra política encubierta”, comprobaron que acarrear para ese propósito a resentidos, defenestrados, desertores y apóstatas era mucho más rentable y eficaz que hacerlo con pensadores y escribanos de la derecha hidrófoba. La Directiva de Inteligencia 13 NSC, del 19 de enero de 1950, del Consejo de Seguridad de Estados Unidos, no en vano llevaba un título más que elocuente: “Uso de los desertores soviéticos y de los países satélites fuera de nuestras fronteras”.
   No olvidemos que desde el interior de estos círculos de “disidentes de izquierda” el sistema fabricó al movimiento neoconservador norteamericano, tropa de choque cuasi fascista, clan de poder político endogámico que acompañó en sus agresiones a Reagan y a los Bush, y al que la humanidad deberá “agradecer”, por carambola, la debacle de Afganistán, Libia, Siria e Iraq, y esa metástasis monstruosa que es ISIS.
   Para apuntalar a este nuevo personaje, Dilla ha asumido con esmero, retornando a su sueño dorado de ser la viuda de Robespierre de la perestroika criolla, la fabricación de un irreprochable pedigree izquierdista, y se pasa la vida metiendo cabeza, e intentando hacerse notar como vocero de una tercera línea, una supuesta opción socialista-democrática en la política cubana. Para su desgracia, pocos lo toman en serio, y cuando alguien acepta polemizar con él, como hizo Carlos Alberto Montaner, es para burlarse de sus ínfulas catequizadoras y balbuceos.
   Desde hace mucho Dilla ha sido plantado por sus mentores en el frente contra la Revolución cubana, pero también contra la bolivariana, y todas las fuerzas y movimientos políticos que intenten cambiar, en la práctica y no de boquilla, la injusticia social reinante, y acometer la tarea titánica, no de salón, de construir sociedades más humanas. Su misión incluye, por supuesto, a las fuerzas y figuras políticas dominicanas, especialmente a aquellas que se destaquen por su apoyo y solidaridad con Cuba y Venezuela.

(Haroldo Dilla y el duro otoño de las comadrejas. 7 días, mayo 2016)

Thursday, October 6, 2016

Haroldo Dilla vs. Eliades Acosta (2)

Como parte de sus contactos con el gobierno cubano, Mejía ha designado como Coordinador Técnico de una denominada Comisión de Integración a Eliades Acosta, una de las figuras más connotadas en la represión contra los intelectuales críticos en Cuba y artífice de varios actos represivos en eventos internacionales, como ocurrió en la Feria del Libro de Guadalajara. Defenestrado en Cuba por su pobre desempeño funcionarial, Acosta no encontró mejor opción que radicarse en República Dominicana donde el Archivo General de la Nación lo arropó y lo puso a hilvanar algunos relatos históricos sobre la lucha contra la dictadura de Trujillo. Desde aquí, desde sus picoteos en FUNGLODE, y al calor de la embajada cubana, Acosta fue haciendo una relación estrecha con Mejía.
   Ahora este personaje aparece como funcionario del estado dominicano en un área que desconoce -de relaciones internacionales solo tiene a su haber algunos folletines antimperialistas sin valor teórico alguno- y fiel escudero de Miguel Mejía quien, con toda seguridad, hace con esto otro favor al gobierno cubano.
   ¿Cuanto le pagan a Miguel Mejía, a Eliades Acosta y a toda la corte que empieza a aglomerarse en ese ministerio inútil que duplica funciones? ¿Cuanto nos cuesta la infecunda carrera política de gente como Miguel Mejía?
   No pregunto, obviamente, quien les paga. Les paga la sociedad dominicana, la misma que carece de servicios elementales, cuyos niños mueren en los hospitales, cuyos maestros ganan salarios de miseria, y cuyas mujeres son super-explotadas en las extensas zonas francas por salarios miserables.
   Les pagamos nosotros.

(Miguel Mejía y la lumpen-izquierda dominicana.7 días, mayo 2016)

Monday, May 9, 2016

Fermín Gabor vs. Eliades Acosta Matos


Vicedirector de la Unión de Historiadores de Cuba y actual director de la Biblioteca Nacional, me cohibiría en grado sumo tratar al primero de estos autores con título que no sea el de doctor. Yo conocía ya algunas de sus opiniones gracias a una antología preparada por Enrique Ubieta (Vivir y pensar en Cuba. 16 ensayistas cubanos nacidos con la Revolución reflexionan sobre el destino de su país, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2002), donde el doctor Acosta Matos atacaba unos intentos de revaluación del autonomismo cubano a la par que acometía la defensa del realismo socialista.
   En esa misma antología un pensador de la agudeza de Fernando Rojas (siempre que le adjudiquemos por error alguna obra de su hermano Rafael) añoraba la gama de productos lácteos que su infancia consumía en paseos por el habanero Parque Lenin. Fernando Rojas destilaba nostalgia de cuño semejante a la de esas viejas tías abuelas recontadoras de meriendas de Ten Cents. “El vaso valía veinticinco centavos, y en los primeros setenta allí vendían la leche sólo por vasos”, rememoraba. (La boca se nos hace agua de pensar en los primeros setenta, recién fracasada la Zafra de los Diez Millones y celebrado el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura.)
   También a Víctor Fowler, presente en dicha antología, lo desvelaban preocupaciones líquidas. No se trataba en su caso del vaso de leche servido en el Parque Lenin, sino de la “Pepsi Light” para la cual, en un día futuro de capitalismo habanero, no le alcanzaría la plata. (¡Qué tortuosa nostalgia la suya capaz de proyectar imposibilidad actual hacia el futuro!)
   La historia nacional cabía entre el vaso de leche de Fernando Rojas y la “Pepsi Light” de Víctor Fowler. A juzgar por los 16 ensayistas nacidos con la Revolu el destino del país consistía mayormente en la añoranza. “¡Ay, qué mal va la cosa”, recuerdo haber dicho, “cuando los ñángaras empiezan a sufrir de nostalgia!”.
   Pero no hagamos esperar más al doctor Acosta Matos, para quien el realismo socialista es un quesito crema del Parque Lenin. En la antología ubietánea el actual director de la Biblioteca Nacional se dolía del saqueo sufrido por los antiguos países comunistas europeos luego de la caída del Muro de Berlín. Según él, el video-clip (“las tambaleantes industrias del video clip”) y la decoración de interiores venían a apropiarse de los códigos visuales del realismo socialista, hurtaban longevidad a la estética favorita del camarada Stalin.
   (Su planteamiento abre diversas interrogantes: ¿por qué entender la apropiación estética como saqueo?, ¿o cómo no admitir entonces que es saqueo a Occidente toda la arquitectura moscovita de la época de Stalin, de un neoclasicismo facilón?, ¿por qué, en lugar de emprender la defensa del constructivismo soviético, cuidarle el culo al realismo socialista?, ¿cómo éste, tan vigoroso, llegó a ser absorbido por lo tambaleante?, ¿y por qué la suma de los artistas eméritos de las repúblicas soviéticas no alcanzó a imaginar ni una emisión de Colorama?)
   Graduado universitario en una alejada república soviética, el doctor Acosta Matos defendía el pundonor bolinski. Autonomista como fue frente a Moscú (ni independencia ni anexionismo), no aguantaba a los que quisieran recordar el autonomismo frente a España.
   Y ahora el penúltimo número de La Gaceta de Cuba publica un texto suyo donde arremete contra todo el que procure algunos rasgos positivos para la República. Responde a una reseña publicada por el investigador Jorge Domingo Cuadriello en número anterior de esa misma revista y, para entender su alcance, es preciso hacer un poco de historia. Dejénme que les cuente, limeños.
   Julio Rodríguez publica a los sesentinueve años de edad un primer libro, una cronología: Noticias de la República. Matrimoniado con la bibliógrafa Araceli García Carranza, Rodríguez recibe ayuda de su esposa para el libro. Y el doctor Acosta Matos, quien se brinda a prologarlo, asegura que el volumen es obra de indudable valor y se deshace en alabanzas del trabajo investigativo efectuado por su autor.
   Luego Jorge Domingo Cuadriello reseña ese primer tomo de Noticias de la República (hay otros por venir) y descubre que en él abundan las imprecisiones, los errores y las meteduras de pata. Y que el tan alabado viaje de su autor a las fuentes bibliográficas resulta muchas veces dudoso.
   Quien recorra las páginas de esa cronología podrá asistir al nacimiento apócrifo de Julio Antonio Mella, verá regresar de la muerte a Aurelio Mitjans, y va a ser testigo de la doble muerte del general Carrillo o del nunca ocurrido asalto y destrucción del periódico Heraldo de Cuba.
   Muchas otras pifias señala el reseñista y descubre además la poca imparcialidad de un acopio en el cual no aparece mención del mayor período de bonanza económica republicana. Es en este punto donde el reseñista Domingo Cuadriello topa con el malhumor del doctor Acosta Matos. ¡Mira que exigir noticia favorable de una edad histórica donde la gente nacía en días equivocados, volvía de la tumba o moría dos veces!
   Incapaz de objetar la mayor parte de las acusaciones del reseñista, el doctor Acosta Matos acude en su defensa a lo melodramático. Varias son las objeciones sentimentales que hace a Jorge Domingo Cuadriello. Que si éste ha atacado en público a una mujer como Araceli García Carranza (¿en privado le hubiese estado permitido?), que si abusa de un hombre que a los sesentinueve años publica su primer libro. Con la conciencia de un asiento de guagua para embarazadas, el doctor Acosta Matos se desvela por mujeres y ancianos. (Vista la edad de su prologado, uno llega a preguntarse por qué éste no esperó a ser aún más defendible, qué lo ha impulsado a tanta precocidad. Pues, publicado a los noventinueve años, su primer libro habría sido más erróneo y disculpable.)
   Por supuesto, donde hay novelón indígena no falta la figura del Apóstol, y el doctor Acosta Matos nos recuerda el martiano apotegma “Criticar es amar” y el sofisma martiano de que cuando se va a morir bien cabe licencia para rimar del peor modo. Vistas así las cosas, un chapucero de 69 años casado con concienzuda bibliógrafa emprende el primero de sus trabajos, mete la pata sin compasión, y es preciso amarlo martianamente.
   Por último, el doctor Acosta Matos no alcanza a comprender a esos críticos que “pudiendo ventilar entre compañeros sus señalamientos escogen la páginas de una revista”. Y de aquí puede sacarse tal vez el más importante precepto entre los suyos: la crítica no tiene por qué llegar a las revistas, no hay por qué publicarla. Cualquier diferencia estética ha de ser ventilada en reunión a puertas cerradas. (De la crítica literaria como asamblea sindical manicheada por la administración.)
   Pacienzudo para examinar las virtudes de una cronología, el investigador Jorge Domingo Cuadriello ha tenido también la cachaza de responder a cada una de las reclamaciones del doctor Acosta Matos. Y en respuesta a las peticiones de crítica amorosa hechas por éste se ha encargado de exhumar la nada cariñosa reseña con que, en 1988 y desde una revista santiaguera, Eliades Acosta Matos (entonces no doctor) saludara la aparición de un libro póstumo de Virgilio Piñera.
   (De esa vieja reseña vaya un cacho: “¿En nombre de qué supuesta libertad de expresión o de creación puede un intelectual aislarse de un mundo en ebullición que diariamente golpea a su puerta clamando también por su aporte en su eterna lucha por la perfección? ¿Puede aceptarse como lógica la autocondena de Piñera al ostracismo, al autoexilio al mundo de la fabulación, suponiendo incluso que no hayan podido ser aceptadas sus propuestas estéticas, en una coyuntura política muy concreta y por todos conocidas?” Fuera cuestión amorosa, el joven Acosta Matos tiene el descaro de tratar de autocensura lo que fue castigo oficial dictado contra Piñera. Y considera búsqueda de perfección a los golpes en la puerta del viejo escritor prohibido. Al parecer, los estetas de Villa Marista venían a pulir alejandrinos al apartamento de Piñera.)
   La Gaceta de Cuba, que publicó la reseña escrita por Jorge Domingo Cuadriello y luego la reseña de reseña a cargo del doctor Acosta Matos, ha decidido interrumpir la polémica cuando estaba poniéndose mejor. Bajo el pretexto de que no agrega nada nuevo, deja sin publicar la respuesta de Domingo Cuadriello.
   Sin revista que la acoja, la entrega última de esta polémica viaja de uno a otro correo electrónico, corre el destino de una nave espacial ida de órbita. Jorge Domingo Cuadriello asegura en ese mensaje electrónico que ya no volverá sobre el tema. Aunque ha pedido al presidente de la Unión de Historiadores de Cuba que se nombre una comisión de historiadores, suerte de cascos azules de la ONU, que sirva de árbitro en la pelea.

(La Lengua suelta # 17. La Habana Elegante, segunda época)

Friday, April 29, 2016

Manuel Sosa vs. Eliades Acosta Matos

Habría que comenzar por aclararle que en materia de destrucción de símbolos, ustedes no se quedan atrás de nadie. No ha mucho, ridiculizaron al Símbolo Verdeolivo, exhibiéndole en accionar autómata, frente a un elevador; y luego en insulsa entrevista donde no llegó a juntar dos expresiones lúcidas. Pero entonces, si de símbolos fraternos hablásemos, ¿se refiere al Muro de Berlín, a los mausoleos y estatuas que plagaban el Este comunista, a la ideología que les canalizaban desde el Poliburó y que ustedes acataban sin hacer reparaciones, al menos de estilo? ¿Se refiere usted al símbolo del imperialismo chino que invadió el Tíbet y masacró estudiantes en Tiananmen; al símbolo de la corrupta y hereditaria dictadura norcoreana, a la que ustedes se plegaron, inclusive, en el campo deportivo? ¿Se refiere a esos símbolos?
   En cuanto al Monte de las Banderas, ¿no actuaron ustedes como el marido que construye una cerca para que su mujer no espíe al vecino? Si eso es derrotar la tecnología con símbolos, comienzo a comprender entonces la mentalidad del típico Cornudo. De modo que unos letreros electrónicos, que zafaron la furia de su jefe, habiéndose constituido en provocación "tecnológica", fueron velados de inmediato (fíjese bien, de inmediato, como prioridad del jefe enfadado) y a eso le llaman derrota conceptual del adversario. Por supuesto, así trabaja la ideología del Cornudo, que a la vez decide no llevar la mujer a ninguna fiesta, por temor a que se la enamoren. Y aquí rutila el ejemplo de los boxeadores, convertidos en posesión celosa del esposo guardián: cero participación en la venidera competencia, no vaya a ser que los tienten. ¡Buena manera de aplicar las simbologías y los conceptos, compañero Eliades!
   Leo en su entrevista del Granma una aseveración atrevida: "Usan cualquier arma. Están conscientes que en el terreno de los símbolos, de la cultura, de las ideas, es donde en última instancia se va a dirimir la batalla". Pero, ¿entonces reconocen que al fin y al cabo el Imperio no los va a invadir con aviones y paracaídas, sino que les mantendrá en jaque cultural? ¿Es por eso que se apertrechan de papel y cosmetología ilustrada, para vencer al enemigo a sonetazos, a trovadas, a concursos, a panelazo limpio?
   Lo que usted llama "relectura de las certezas que comparten los cubanos del archipiélago", aparte de ser un almidonado eufemismo, tiene otros nombres que ustedes pretenden desvirtuar: revalorización, discusión, indagación sin trabas. El ejercicio de la libertad no siempre trae resultados que dulcifican el criterio temporal o definitivo al que se pudiera llegar. De modo que un Silvio Rodríguez, por ejemplo, puede generar debates en los que no siempre saldrá ganando su concepto de lo que es la validez musical. Y su Che Guevara, polémico siempre, puede estar sujeto a la valoración más crítica que pueda concebirse. ¿Por qué? Porque nadie escapa a ello, compañero Acosta. Ni Martí, ni Diana de Gales, ni Santa Teresa, ni Hatuey. Taparse los oídos, algo que el gobierno cubano sabe hacer muy bien, no implica que la doxa desaparezca por inconveniente. ¡Ojalá llegue el día en que se permita caricaturizar (ridiculizar) líderes, parodiar los himnos excelsos y escupir los mármoles severos!
   Las singulares concordancias de temas, sobre todo en los blogs que a ustedes les disgustan, no forman parte ni se derivan de una matriz reaccionaria y malintencionada. Son los temas que también los ciudadanos del archipiélago comentan y mantienen sobre el tapete. Sobre esas coincidencias usted ha dicho: "Existe un modo sencillo de percatarse de que no es así: la extraña sincronización en temas, enfoques, conceptos, a veces hasta en las palabras que usan, lo cual denota un origen común. Esa rara unanimidad de quienes escriben desde diversos puntos del planeta, de ningún modo puede ser espontánea". Compañero Eliades, ¿y qué me cuenta del Granma, de Juventud Rebelde y Trabajadores? ¿No dicen todos lo mismo? ¿A quién acusa usted de unanimidad?
   Y otra cosa: cuando afirma que estas personas que así disienten de su versión oficial son bien renumeradas, no olvide que usted es empleado por el Estado. No olvide que su trabajo como jefe de asuntos culturales es pagado por su patrón, al cual defiende como parte de sus quehaceres renumerables. ¡Y qué patrón!
   Déjeme devolverle al plano doméstico, conyugue Eliades, y permítame asegurarle (recuerde que todo esto es simbología) que su esposa no es feliz y que es inútil encerrarla y vendarle los ojos. No vale la pena que se aplique usted mismo la venda y se taponee los oídos. Su esposa ya le traiciona, mentalmente, con el vecino, por muy alta que haya construido la cerca.

(Eliades Acosta y la ideología del cornudo. Blog La Finca de Sosa, septiembre 2007)

Friday, October 9, 2015

Eliades Acosta Matos vs. Haroldo Dilla (2)

No solo tenía cara de polichinela triste, sino que lo era. A veces, a solas con la almohada, echaba mano a las migajas de decoro que le quedaban, e intentaba justificar los culebreos de su vida. Es verdad que casi nunca tenía ánimos para lanzarse al turbio estanque de su alma, pero cuando pasaba, imaginaba que un hado adverso le había marcado desde la cuna, chupándole la columna vertebral y dejando, como residuo, al invertebrado que era. Sin dudas, se sentía menos gelatinoso cuando soñaba que sobre él pesaba una rara maldición, contra la que nada podía. Y esa idea, por ficticia que fuese, le permitía habitar un día más ese cuerpo, y vivir, sin preocuparse por la obscena ostentación de sus llagas morales.
   Cuando al día siguiente despertaba, estragado por la vigilia y los remordimientos, se reconfortaba ante el espejo ideando la manera en que más efectivamente podría humillar a sus empleados del Instituto Trujilloniano. Porque podría pasar por un ser abyecto para sí mismo, incluso, gritarlo en lo más profundo de su corazón, pero jamás lo admitiría de cara a los demás, sino todo lo contrario: para esos reservaría siempre las poses mayestáticas, las frases recalentadas en su cabeza hasta soltarlas con gravedad de magister, y las poses de  semidios olímpico caído por accidente en esta isla, todo lo que le había ganado a sus espaldas, claro está, el sobrenombre de Don Pomposo.
   Con camaleónica constancia, Don Pomposo cambiaba de credo filosófico como de camisas, siempre oteando la dirección de la brisa que despeinaba en las alturas al Jefe Perínclito. Por algo había sido escogido por este como Presidente del Instituto Trujilloniano, precisamente para darle visos de respetabilidad y rigor intelectual al coro de quienes entonaban bien los estribillos, pero eran incapaces de crear las melodías. Cuando contaba tres veces, por ejemplo, que en un discurso o entrevista, el Generalísimo usaba una misma palabra o esbozaba un mismo concepto, de inmediato escogía al alabardero idóneo para elaborar una retorcida teoría con la que respaldarlo, no importaba si para ello se tuviese que torcer el brazo a los sofistas griegos, emparentándolos  con los iluministas franceses. Lejos de eludir “el ditirambo caluroso”, como había pedido Balaguer al dejar inaugurada la sede de Gázcue, en 1953, Don Pomposo no concebía otra mejor manera de llevar a cabo su misión que no fuese derrochando melcocha, embadurnando con su babeante admiración la figura del fuerte que pagaba sus servicios, y de paso, dejando contaminados para la posteridad, por ejemplo, temas que alguna vez fueron respetables, como el de la frontera binacional, la dominicanidad, la independencia económica, la seguridad social, las relaciones internacionales, pero que después de pasar por el serpentín cortesano del Instituto, salían convertidos en chorizos en almíbar, capaces de repugnar a los más robustos paladares.
   Es cierto que a veces, en un rapto fugaz de decoro freudiano, Don Pomposo apelaba en sus escritos a un lenguaje de la misma izquierda en la que militó en su lejana juventud, cuando formó parte del “Paladión”. En esas periódicas y efímeras reencarnaciones, cometía la osadía senil de llamar “gringos” a los estadounidenses, y de aparentar repugnancia por el mismo capitalismo al  que había entregado su honor hacía mucho. Pero a sabiendas de que hacía equilibrios en el filo de la navaja, y que en lo tocante a ideologías el Jefe no entendía de matices, pronto recobraba su compostura y volvía a su verdadera naturaleza con la furia de una walkiria borracha. Esas rectificaciones iban siempre acompañadas de informes al SIM y a ciertas embajadas curiosas, muy interesadas en saber y combatir lo que pensaban los profesores españoles republicanos que llegaban del exterior, o de panfletos escritos con hiel, donde clamaba porque un autor, o una publicación, fuesen condenados al Index. Y es que Don Pomposo, a fuerza de estudiar el tema de las fronteras, se había convertido en el Aduanero Ideológico de su nuevo amo, velando los contrabandos de palabras, persiguiendo los conceptos prohibidos, detectando, tempranamente, los trasiegos no autorizados de pensamientos e ideas, para evitar que estos floreciesen y pusieran en peligro al régimen, y de paso, su propio otoño bien pagado.
   Y Don Pomposo, cuyo verdadero nombre era Hastroldo Cuasihomérico Pe. Dilland, no solo cambiaba de credo filosófico tornándose positivista, kantiano, roussoniano, keynesiano,  hispanófilo, haitianizante, medieval o renacentista, según las brisas que batiesen las alturas, sino también de nombre y rostro según lo aconsejase la ocasión.  Cuando se entrevistaba con enviados de Harvard o Cornell, se presentaba como Mr. Harold P. Dilland. O si estos andaban de prisa, simplemente como H.P Dilland. Y cuando le tocó viajar a la España franquista, en mayo de 1954, formando parte de la avanzada circense que debía organizar el largamente esperado encuentro de los dos Generalísimos, regaló sus tarjetas de visita hasta a los limpiabotas gitanos y a los porteros sevillanos del hotel Ritz- Carlton de Madrid, en las que figuraba como Haroldo Pelayo Cidcampeador Pe.
   Y fue durante ese viaje a Madrid, que Don Pomposo comprendió que la supervivencia de ejemplares de su fauna dependía de tener patas de gacela, corazón de león y talante de hiena. El contacto con sus colegas franquistas, como Giménez Caballero, Ramón Serrano Suñer, Laín Entralgo, Ridruejo o Foxá, le actualizó en la necesidad de elaborar mitos edificantes, ancestros milagrosos y buscar adjetivos altisonantes para crucificar a los enemigos y elevar a los altares al Jefe. De ellos tomó para la propaganda del Instituto, por ejemplo, el llamar “Adalid Seráfico”, “Vigía de Occidente”, “Timonel de la Dulce Sonrisa” y “Lucecita del Pardo” al  Ínclito Varón de San Cristóbal, sin comprender que el plagio le acarrearía desgracias. Porque Don Pomposo era experto en rezurcir, no en crear. Y cuando empezaron a llegar notas diplomáticas peninsulares con discretas protestas por el uso indebido de epítetos que creaban confusiones en los organismos internacionales, la Secretaría de Relaciones Exteriores no pudo menos que presentar a la de la Presidencia un memo en la que se rogaba, con todo respeto a la Superioridad, que pusiese coto, de alguna manera, a aquellas prácticas, y recomendaba que el Instituto, en fin, debía servir para algo más que para dar jabón y prodigar “ditirambos calurosos”.
   Fue defenestrado sin piedad, acusado del delito de lesa majestad, por haber hecho quedar en ridículo al Jefe, vistiéndolo con las ropas de otro Jefe, como si fuesen de estreno. Quedó en la calle y salió del Instituto llevando en un cajón sus papeles febriles, repletos con los mismos adjetivos que pertenecían a los Laínes franquistas, con los que creyó garantizar que su sol jamás se pondría en el horizonte de la Era. Tuvo que atravesar, con la cabeza baja, y sus movimientos de polichinela triste, por entre los empleados burlones a los que humillaba sin piedad. Se fue sin dejar tras de sí más que el recuerdo de su inagotable capacidad de ridículo y la revelación de que también había estafado a otras instituciones, como luego se supo. Lo último que oyó a sus espaldas al salir, fue una vocecilla expresamente aflautada, para no ser reconocida, que masculló, con el deliberado propósito de herirlo, un  “Adiós, Don Pomposo”.
   Dicen que, desde entonces, se le vio rondando los hoteles donde el Jefe hospedaba a los tránsfugas fugitivos y los dictadores defenestrados de toda América. Les dejaba en la recepción un mismo texto amelcochado, ditirámbico, caluroso y servil, del que solo cambiaba el nombre del destinatario y el del Instituto que les proponía fundar, en sus países de origen, una vez que triunfase la contrarrevolución que les debía restituir el poder, con la santa anuencia, por supuesto, de quienes-tú-sabes. Y cambiaba según el caso, como era de esperar, su propio nombre, el del futuro Presidente del Instituto Peronista, Rojas-Pinillista, Pérez-Jimenista, o Batistiano, los que debían florecer, bajo su certera guía, en Buenos Aires, Bogotá, Caracas, o La Habana.
   Nadie lo tomó en serio, ni se dignó a sacarlo de su miseria. Dejó una especie de papiro interminable con un listado enloquecido de autoalabanzas que debían figurar en su epitafio, y la recomendación, de raíz franquista, de que debía construirse en el país algo parecido al Valle de los Caídos, donde la nación agradecida agruparía los restos de los artífices de lo que denominaba “La Era Gloriosa”. Unos desaprensivos, irreverentemente, usaron los papeles póstumos de Don Pomposo para envolver las botellas de cerveza que los clientes compraban en un colmado.
   No solo tenía la cara de polichinela triste, sino que lo era.
   Hoy nadie lo recuerda.  

(Número 17: fatal atracción. Diario Libre, 2014) 

Monday, September 7, 2015

Eliades Acosta Matos vs. Haroldo Dilla

Esto que tienen delante es H.P. Dilland. Es cierto que, aunque viene bien vestido y oloroso, sigue repugnando a simple vista por la ostentación que hace de sus llagas morales. También lo es que, por estos días y aún de figurín, a más de uno ha provocado arcadas su gelatinoso continente de lambón inveterado. Pero, ¿qué se la va a hacer? Con eso no pudieron ni padres, ni hermanos, ni amigos, ni maestros, ni el Jefe, que ya es mucho decir. “Algo tenías por dentro…” , se llega a pensar ante tanta abyección flagrante, como rezaba el tango en que un despechado en amores reprochaba a su ex “abacanada”, la dignidad perdida ante el dinero, el poder y el champagne.
   Nos guste o no, esto que tenemos delante es H. P. Dilland, ex especialista en comarcas y fronteras; ex director del Instituo Trujilloniano; exmilitante del Partido Dominicano y antes del Partido Socialista Popular. Desasido de toda pertenencia, relevado de toda lealtad, lo que queda es lo que hay. Ni más ni menos. Y aunque luzca atildado, hemos de ser piadosos, aunque no permisivos, con este derelicto humano que balbucea, se cree un triunfador  que regresa del exilio y alardea de reconocimientos  que solo existen en su triste cerebro, ese que suponemos, aunque a veces dudemos de su existencia, bajo la bóveda craneana que se halla al norte de su cara de polichinela triste.
   Pero esto, lo sabemos bien, que antes se arrastraba, gemía, pedía perdón por su pasado dizque revolucionario, renegaba de sus raíces y amanecía cada día, primero en la fila de potenciales emigrantes  que se formaba ante el Gran Consulado  Imperial, no siempre fue así, aunque, justo es decirlo, solo por fuera. Porque la carroña no pudre de un día para otro, sino que se incuba en lo oscuro, en lo interior, destilando la materia pultácea de su circulación, la que laboriosamente  bruñe,  pule,  conforma y  acumula durante décadas, día a día, hora a hora, minuto a minuto, en el minué perverso de las arañas resentidas, hasta que, en el momento menos pensado, estalla ante cualquier ofensa real o imaginada. Y esa explosión, amigos queridos, marca, por lo general, el último día de Pompeya, o sea, de su honor.
   Ya sabemos que su nombre real, aquí en Santo Domingo, adonde ha regresado bien vestido y pisando fuerte, era Hastroldo Cuasihomérico Pe. Dilland y que  escaló hasta el favor del Jefe, mientras no se pasó de la raya con sus ditirambos, que luego se supo, había copiado de los que Los Laínes  hacían circular en España, en loor al otro Generalísimo. Eso precipitó su caída y era de esperar: el Jefe no pagaba, y pagaba bien, por refritos sino por adulaciones astrales y más que eso, originales.
    En aquel entonces, recordamos, trató de mantenerse a flote, mientras pudo, mendigando a la puerta de los hoteles donde se alojaban los dictadores derrocados de América Latina que, como polluelos, terminaban siempre refugiándose bajo el ala maternal del más duro, recalcitrante y tenaz de todos. Ofertó sus servicios de escribidor a destajo, de adulón desaforado y de alabardero ideológico a Rojas Pinilla, Batista, Perón, Carías y Marco Pérez Jiménez, pero nadie lo tomó en serio. Los más generosos o los más hartos, se limitaron a  arrojarle, en algún día afortunado, unos centavos para la magra pitanza. Y mientras eso sucedía, sus antiguos empleados del Instituto Trujilloniano, a quienes humillaba sin piedad en su edad de gloria, organizaban excursiones a los desfiladeros de su abyección e iban a verlo mendigar, acosándolo con los apodos que habían ideado para él, entre los que descollaban “Don Pomposo”, “Príncipe Chinche” y “Lord Piltrafa”. A veces, también sazonaban los gritos con el lanzamiento de pellas de fango, lo que consideraban un deporte, al que no tardaron en bautizar como “Mata a la rata”.
   Pues bien, por azares del destino, o más bien por su pasado, dizque socialista, H.P. Dilland fue un día fichado por los perspicaces empleados del Gran Consulado Imperial, muy necesitados de apóstatas en tiempos de la Guerra Fría, cuando la más variopinta fauna invertebrada era acarreada, sin piedad, para atacar, denostar, desprestigiar, dividir desde dentro, erosionar, aplastar, machacar y pulverizar a todo movimiento revolucionario, socialista, comunista, progresista, feminista, antirracista, o simplemente, surrealista, dadaísta o cubista de la región. Y de esta extraña manera salvó la vida este experto en rezurcir, no en crear, que nos pasa ahora por al lado, bien vestido, pero indigente contumaz; el mismo que antes se llamaba H. P. Dilland, en Santo Domingo y que hoy, años después, ha regresado del olvido.
   El hado adverso que un día de su lejana infancia le había chupado la columna vertebral, intercedió ahora para salvarlo, quizás por lástima. Terminó desembarcando en Miami, como un náufrago material y casi loco de frustración y rabia, de donde fue llevado a New York para ser instruido en técnicas de rompehuelga y propaganda negra  en la escuela sindical de Jimmy Hoffa. Allí compartió dormitorio con un colombiano llamado José Antonio  Devastación de Osorio y un  peruano, por cierto, buen escritor, al que se conocía como Marqués de Valía Rosa.
   Cierta bonanza económica, pues la traición se suele premiar con largueza, hizo que, poco a poco, fuese regresando la luz a los ojos apagados de H. P. Dilland, de este mismo que ahora se pavonea ante nosotros, como si no lo recordásemos en sus días trágicos. El fuelle de sus pulmones, antes exhausto  de susurrar misericordia, también regresó y con él se levantaron los hombros caídos, apuntalando una apostura que, no sé por qué, aún hoy, conserva un tenue olor a podredumbre. ¿Lo sienten, verdad?
   Como era de esperar, con la recuperación de sus rasgos aparentemente humanos, regresó lo peor de su circulación pultácea que, a su vez, insufló nueva vida a sus ideas más ruines y dio manigueta de continuidad a los instintos que mejor permitían comprender el por qué de las iniciales de su nombre. En lo que llamaba, a boca llena y con gesto de Pierrot enharinado, “su vertical exilio patriótico e insobornable contra la dictadura trujillista”, a la que antes había servido con delectación, H. P. Dilland se fue labrando un título de “pensador marxista”, perteneciente a una tercera vía, dedicándose a descuartizar a sus excompañeros y a la vez, a unos nebulosos “imperialistas”, de quienes cobraba   mesadas bien concretas, por supuesto, bajo cuerda.
   No tuvo límites, desde entonces, su descocada carrera por hacer méritos a los ojos de sus nuevos amos. Llegó hasta a enfilar los cañones, acusando mediante anónimos y denuncias de toda clase, a los mismos funcionarios liberales del Departamento de Estado que le habían facilitado la salida de Santo Domingo y que terminaron declarando ante el “Comité de Actividades Antinorteamericanas”. Denunció también a republicanos españoles a los que frecuentaba, entre ellos a Jesús de Galíndez, a los que calificó de ser inspiradores de una conjura judeo-masónica-bolchevique, con lo que evidenció que seguía robando conceptos tremendistas de Los Laínes, como el buen perro huevero que siempre sería.
   Ya se sabe, queridos amigos, que no hay nada más despreciable que un converso y no porque haya cambiado de parecer, sino porque cree que su legitimidad y seguridad, en las nuevas condiciones de su existencia, si es que a eso podemos llamar, en rigor, existencia, dependen de perseguir a sus antiguos cófrades o correligionarios. De marranos conversos estuvo lleno el Santo Oficio español. Servían de espías, delatores, traductores (como el mismo Greco) de aquellos judíos  de quienes se sospechaban más apostasías en la misma medida en que les crecían los doblones en la bolsa.
   No eran las SS, sino la Policía Judía, la que guardaba el orden interior en el Gueto de Varsovia; la que arrestaba, golpeaba, entregaba a los alemanes y llevaba ordenadamente a los trenes de la muerte a los demás judíos, los que terminarían como montañas de cenizas en las cámaras de gas de los campos de Buchenwald o Auschwitt-Birkenau.
   Esto que ahora intenta deslumbrarnos con su traje de buen paño y su reloj reluciente, es ese mismo H. P. Dilland también un marrano converso. No solo se refocila en sus llagas morales, sino que viene a restregarnos en la cara lo que llama “… su éxito en el exilio antitrujillista”. Como si alguien nos hubiese extirpado la memoria y las bibliotecas no conservasen sus escritos jacobinos de postín, sus denuestos dialécticos contra el mismo amo al que ahora sirve y sus ditirambos casposos de cuando dirigía, con mano de hierro, el Instituto Trujilloniano.
   Fíjense bien: se nos acerca. Y no es casual. Les apuesto que llegará sonriente y urbano, haciendo gala de una bondad que nunca tuvo, de un compañerismo que jamás ha experimentado y de una prodigalidad difícil de creer en un estafador consuetudinario.
   Ya está aquí, nos palmea la espalda, hace chistes, brinda cigarrillos, nos invita a tragos. Dice que se acuerda bien de nosotros, pero que ya lo ha perdonado todo, entre otras cosas, que le llamásemos “Don Pomposo”, “Príncipe Chinche” y “Lord Piltrafa” y también aquellas  “simpáticas sesiones juveniles”, así las llama, de “Mata a la rata”. Cuenta sus éxitos, los hitos de su “heroica lucha antitrujillista en el exilio”, los peligros corridos por la libertad y la democracia, por instaurar en el país un gobierno del pueblo y que garantice la justicia social. Habla como un verdadero revolucionario y se hace casi insoportable su hedor.
   Este mismo H. P. Dilland, el de siempre, nos palmea de nuevo la espalda, como un viejo camarada, nos invita, otra vez , a unas rondas de tragos, sacude la solapa de su traje de buen paño y mira el reloj reluciente. Es entonces cuando hace un  gesto, casi imperceptible, a la patrulla de ocupantes, en la estela de cuya invasión regresó al país.
   “Son estos y no tienen remedio”- les dice, mientras nos  entrega.
   Y es cuando descubrimos en sus ojos el mismo brillo de cuando dirigía el Instituto Trujilloniano.

(H.P. Dilland reloaded. Diario Libre, 2014)

Monday, February 2, 2015

Haroldo Dilla vs. Eliades Acosta Matos

Un caso bien conocido es el de Eliades Acosta, un funcionario cubano que tuvo papeles muy destacados en la represión contra intelectuales cubanos, en su país o en terceros, desde sus altas posiciones al frente de la Biblioteca Nacional José Martí o desde una secretaría del Partido Comunista. A su haber, cuenta con la organización de francachelas represivas contra actividades públicas centradas en intelectuales oposicionistas o sobre temas cubanos que no se avenían con las políticas oficiales cubanas.
   Para hacerlo, Acosta ha utilizado el conocido recurso de las bandas de paleros que se agrupan en algunos llamados “comités de solidaridad con Cuba” y que boicotean agresivamente las actividades programadas. El caso más conocido —no el único— fue su participación en la feria del libro de Guadalajara en 2002. Allí organizó todo tipo de vandalismos contra los intelectuales cubanos críticos al régimen en la Isla, y en particular saboteó un panel en que prominentes figuras intelectuales continentales —como el muy marcado caso del izquierdista inclaudicable Roger Bartra— arrebatando los micrófonos a los ponentes, cerrando las puertas y reteniéndoles por más de media hora entre insultos y amenazas a cargo de grupos de fanáticos.
   Destituido de todos sus cargos en Cuba, Acosta no ha encontrado mejor consuelo que asentarse en nuestra media isla a la sombra del Archivo para investigar y escribir con verdadero fervor democrático contra la dictadura… de Trujillo.

(La “solidaridad” con Cuba y la indecencia política. Cubaencuentro, marzo 2014)

Wednesday, January 21, 2015

Alexis Romay vs. Eliades Acosta Matos

Eliades Acosta Matos
a España enfila su vela:
a apostar en la quiniela
y beber vinos baratos.
Hastiado de malos ratos
de la jauría se aleja
y hasta de la Habana Vieja
y sus hermanos chivatos.
Que me engañes bien, chaleco.
que tu manga tiene un hueco.

(Blog Belascoaín y Neptuno, Jul. 2008)

Friday, January 9, 2015

Rafael Rojas vs. Eliades Acosta Matos y Enrique Ubieta

El mecanismo político de esos actos de repudio es el mismo que el de los famosos pogromos del antisemitismo europeo, estudiados por el gran historiador ruso-francés León Poliakov. Una élite ideologizada induce a un grupo de fanáticos a insultar al enemigo público, a cubrirlo de ofensas y calumnias, hasta propiciar un ambiente de odio colectivo que muy fácilmente puede desembocar en la agresión física. Los ponentes de la mesa de Letras Libres (Roger Bartra, Christopher Domínguez Michael, Julio Trujillo, Rafael Rojas y José Manuel Prieto), el domingo 1 de diciembre de 2002, en Guadalajara, entre consigna y consigna, fuimos injuriados por una docena de oradores que arrebató los micrófonos, nos dio la espalda, y nos acusó de ser "cómplices del genocidio" ante la multitud enardecida.
   Un pogromo es inconcebible sin el elemento de espontaneidad que aporta la masa enfurecida. En el caso de este "acto de repudio", dicho elemento fue asegurado por los jóvenes miembros de la oclae (Organización Continental Latinoamericana y Caribeña de Estudiantes), entre los que había no pocos cubanos entrenados en el arte de la oratoria castrista. El liderazgo intelectual y político de la operación, sin embargo, siempre estuvo en manos de un grupo de "periodistas" y funcionarios de la isla, quienes ofrecieron a su público los principales mensajes para el escarnio. Incluso los momentos más cercanos al debate de ideas, en las intervenciones del director de la Biblioteca Nacional de Cuba, Eliades Acosta Matos, y del director de la Cinemateca de la isla, Enrique Ubieta Gómez, estuvieron salpicados de múltiples ofensas personales. Como en todo pogromo, lo importante no era la divergencia ideológica, sino el odio al otro.
   Seguramente, el gobierno cubano había planeado confrontar la presentación del número 25 de Encuentro de la Cultura Cubana, prevista para el 5 de diciembre. La reacción adversa de la opinión pública mexicana, la carta de 28 reconocidos intelectuales —entre los que se encontraban Mario Vargas Llosa, Fernando Savater, Adam Michnik, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis— solicitando garantías de seguridad para la presentación de Encuentro, y las rápidas medidas que en ese sentido tomaron la presidencia y la dirección de la fil, impidieron que se produjera otro acto de repudio. En todo caso, el ataque a Letras Libres, por su violencia verbal, no fue un episodio "insignificante", como luego declararon las autoridades de la isla.

(Las lecciones de Guadalajara. Letras Libres, enero 2013)

Wednesday, April 23, 2014

Eliades Acosta Matos vs. Manuel Sosa

Manuel Sosa, guerrero cultural del exilio cubano, uno de esos inspirados escribas de alquiler que rasgan sus vestales vestiduras al referirse a los infinitos defectos de Cuba socialista, que cierran los ojos pecados del safio patrón que les paga, y al que perdonan por no interesarse mucho en tonterías libertarias, si estas no incluyen las dulces salmodias de las cajas contadoras, ha escrito refiriéndose a la enfermedad de Fidel:  “El Hecho Biológico esperado por medio siglo, no ha ocurrido aún. Nos tocó presenciar una derivación plagada de eufemismos, sangrante, escatológica (…). Al Final, ha sido la Simbología la que ha derrotado al paladín (…). Son los símbolos los que terminan por imponerse”. (…) ¿A qué paraísos inefables estaremos predestinados los cubanos de aceptar la lógica que Sosa nos propone, la que pronostica en la enfermedad de un hombre la derrota simbólica de un pueblo?

(Fidel Castro y los mercenarios culturales del siglo XXI, Blog de Yohandry, Sep. 2010)

Thursday, November 21, 2013

Jorge Salcedo vs. Eliades Acosta Matos

Eliades Acosta Matos,
un hombre de pensamiento
oficial, de gran talento
policial, marxista innato,
reformador del castrato
en castrismo, bailador
social, buen historiador
de historias, crítico impar,
se va a Madrid a salvar
los logros del logrador.

(Blog Salcedo Diario, Jul. 2008)

Friday, May 10, 2013

Eliades Acosta Matos vs. “Un fogonazo”, de Virgilio Piñera

¿Por qué tenemos que aceptar tácticamente, como algo normal y lógico que un escritor cubano, genial y bien preparado como lo fue indudablemente Piñera, viviendo hasta su muerte inmerso en la inmensa manera de un hecho histórico y cultural sin precedentes en la historia de su país como lo es la Revolución Cubana, haya hecho cuentos tan asépticos y descontextualizados como los de Un fogonazo? ¿En nombre de qué supuesta libertad de expresión o de creación puede un intelectual aislarse de un mundo en ebullición que diariamente golpea a su puerta clamando también por su aporte en su eterna lucha por la perfección? ¿Puede aceptarse como lógica la autocondena de Piñera al ostracismo, el autoexilio al mundo de la fabulación, suponiendo incluso que no hayan podido ser aceptadas sus propuestas estéticas, en una coyuntura política muy concreta y por todos conocidas?

(Un fogonazo contra “un fogonazo”, Revista Perfil de Santiago, 1988)