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Friday, December 11, 2020

Reynaldo González sobre su libro “Siempre la muerte, su paso breve”

Esa novela tiene una historia azarosa. Al escribirla temí porque hicieron recogidas de homosexuales y yo tenía un personaje gay, Silvestre —que se da como la verdolaga—, revolucionario a su manera. Le apliqué los primeros cortes, para aligerarla antes de que fuera a la imprenta. De los jurados, el peruano José María Arguedas se había encariñado con el argumento y pedía información, preocupado.

   Publicaron la novela porque ganó y eso estaba en las bases del concurso, pero no la mimaron, sino lo contrario. Toparon con ese personaje, demasiado para entendederas cortas. ¡Quién ha visto eso, el revolucionario es puro y duro como el mármol!, se estremeció una pechugona profesora universitaria, en el rol de viuda de Robespierre, con licencia para matar. Silvestre resultó un clavo en el zapato de quienes ansían ponerle moldes a la vida. Y un agravante de tijeretazos dados por mí, a ver si componía el desarreglo, pero no reduje la culpa. Mi empeño se explicaba en el ambiente represivo que perseguía al “pecado contra natura” (“no es contra natura porque está en natura”, argumentaba airado Lezama Lima), y más inquina despertó con la rauda traducción de Gallimard y las ediciones en Polonia y Alemania, países amigos o enemigos según las volteretas de ocasión. Vi con claridad que el mayor pecado era el héroe gay, presencia imperdonable.

   La novela pagó culpas del autor, o el autor de la novela y nos sobrevino el silencio. Era, además, una polémica silenciada, que pasaran por debajo de la mesa y los ofendidos mudos. Que autoridades extranjeras no conocieran el desatino. Incluso las llamadas “rectificaciones” posteriores quisieron travestirlas porque hasta en los países más mierderos se sabe que son una bestialidad. Luego a las presuntas rectificaciones intentaron dorarlas como conquistas sociales. Hubo un funcionario que quemó los muñecos del Teatro Nacional de Guiñol convencido de que extirpaba el mal del liberalismo proimperialista. ¿Qué habría escrito Freud de ese incendiario? Yo temía comentar la situación en cartas a mis amigos extranjeros. Una paranoia nada incierta controlaba el menor descuido.

   Después de varias operaciones ortopédicas y de 30 años, la novela apareció discretamente en librerías cubanas. Ya no estaba en Cuba (es hábito) una asesora de arma blanca cuyo “informe de lectura” empavorece. Lo guardo como reliquia ejemplar de una sanguinaria en acción. El techo me vino a la cabeza hasta 10 años después. Había purgado una pena que deseaban convertir en operación publicitaria de título “quinquenio gris”, cariciosa con el error oficial y rigurosa con las víctimas que escalaron el Everest en patines. Dejé constancia de esos tartamudeos en la edición reciente de la novela, que al fin salió como fue escrita, con los párrafos culpables y el maricón Silvestre, quien hizo justicia, aromatizado como una pomarrosa.

(Mis obras cuentan mis pasos, de ninguna me arrepiento, entrevista con Carlos Espinosa, Cubaencuentro, agosto 2020)

Monday, March 2, 2015

Fermín Gabor vs. Reynaldo González

Reynaldo González por esta vez, los festejos organizados en su natal provincia han rebasado todo lo ocurrido antes. Pues le ha tocado develar, en plena vida, una tarja que conmemora su venida al mundo. En Ciego de Ávila, en la fachada de la casa de su infancia. (El hotel “Pernik” de Holguín tiene una habitación donde cabe la gloria de Pablo Armando Fernández, lo mismo que la de Hemingway en el habanero “Ambos Mundos”.) 
   En varias comparecencias televisivas Reynaldo González ha pretendido que esa tarja recién develada cubra el territorio nacional. Llama ensayos a los artículos que ha escrito y, dotado en lo más mínimo para los primores de la lengua, se ha metido (como Rosita en traje de sirena o Carilda de geisha) en disfraz de clásico del Siglo de Oro con el fin de pujar una novela histórica. 
   Del mismo modo en que se saca de la casa la basura, saca un librito de sonetos eróticos. 
   Durante buen tiempo crítico del actual ministro de cultura, no más le aflojaron el premiete, Reynaldo González sigue y persigue al ministro por todas partes. Le ríe las gracias y los pujos indistintamente (Abel Prieto hace chistes con la misma frecuencia que un candidato presidencial norteamericano), le recoge el pelo, le alcanza las pastillitas. 
   González, lo mismo que Carilda, prefiere olvidar sus disgustos anteriores y se adentra en la fiesta. Pues andaba necesitado de tarja y de cariño. Fue gozador de buen destino juvenil para ser tronado luego, y ahora intenta retomar su juventud por cualquier medio, procura continuar carrera. Igual que el resto de sus compañeros de generación, reunidos en el proyecto “Buena Vida Social Club” que patrocina el Ministerio de Cultura.

(La lengua suelta # 15. La Habana Elegante, segunda época)

Tuesday, January 13, 2015

Antonio José Ponte vs. Reynaldo González, Leonardo Padura y Senel Paz

Cuando leí el anuncio de que Reynaldo González, Leonardo Padura y Senel Paz iban a juntarse en un panel titulado "Tan cerca y tan lejos. Literatura cubana de autores residentes fuera del país", supuse que esos tres escritores hablarían de libros, citarían nombres, ofrecerían (aunque fuese incompleto o inexacto) un panorama de cuanto publican los escritores exiliados. Sin embargo, las filmaciones del panel que he visto desmienten tal suposición. Antes que de literatura, el debate trata de políticas editoriales. Allí se habla, no de la literatura de autores residentes fuera del país, sino de la gestión de esa literatura desde La Habana. "¿Cómo gestionar la literatura del exilio?", debió ser titulado.
   González, Padura y Paz, ¿desde dónde hablan? Al parecer, ninguno de ellos figura en la mesa como escritor. Actúan, no como lectores de las obras de colegas lejanos (con toda la generosidad o rispidez que quepa en la lectura entre colegas), sino como posibles editores, censores o impresores de esas obras. Consideran los modos de acercar al lector en Cuba libros de exiliados, advierten lo complicado de la gestión: derechos de autor, billetes de avión, invitaciones… Forman, antes que una mesa de debate, una junta de importadores.
   González, Padura y Paz son voceros de la política cultural, comisarios culturales. Aunque afirmar que defienden una ejecutoria oficial de más de medio siglo, sería difamarlos. Hablan institucionalmente, sí, pero en nombre de nuevas costumbres, de una política de acercamiento y no de exclusiones. Lo aclara desde el inicio Reynaldo González: "Dentro de Cuba se está viviendo realmente una búsqueda de cambios saludables para el país". Y puntualiza: "El país implica a todos los cubanos, a la larga".
   Padura lo explica mejor: "Es inadmisible desde cualquier punto de vista considerar que la política o la filiación política de un escritor como un invalidante para su pertenencia nacional". Allí donde González intenta ser esperanzador, Padura se muestra tajante. No admite justificación alguna para las exclusiones, y en un momento del diálogo alude a derechos que están por encima de la actual Constitución. (Senel Paz modera débilmente. Podría aventurarse que hay diferencias entre los de la mesa, aunque ninguno objete al otro, ninguno contradiga abiertamente. El debate arroja, más bien, unanimidades.)

(¿Cómo gestionar desde La Habana la literatura del exilio?, Diario de Cuba, febrero 2012)

Thursday, December 4, 2014

Reinaldo Arenas sobre escritores informantes: José Martínez Matos, Reynaldo González y Miguel Barnet

En aquel atestado yo me di cuenta de que yo era para el gobierno uno de sus grandes enemigos, sencillamente porque yo había escrito una serie de novelas o de cuentos y los había publicado fuera de Cuba, o porque había escrito otros que, aunque no los había publicado, ellos sabían de su existencia. Lo más aterrador de aquel documento, desde luego redactado por la Seguridad del Estado, por el Ministerio del Interior, era que había una serie de informantes que firmaban aquello. Supuestamente ellos pensaron que yo no lo iba a leer. Esta gente que informaba sobre mí de la manera más terrible, diciendo que yo era un contrarrevolucionario terrible, un depravado, todas las cosas más exageradas, esa gente eran mis amigos, eran personas con las cuales yo trabajaba todos los días y que elogiaban incluso mi literatura, me invitaban a su casa a que yo les leyera parte de mis novelas. Puedo citar, por ejemplo, el caso de José Martínez Matos, que es un escritor bastante mediocre, pero que trabajaba conmigo allí en la UNEAC, o el caso de Reynaldo González y varios escritores así, que supuestamente eran mis amigos y a la vez informantes. Todo era una red realmente aterrorizante. Es el caso de Miguel Barnet, que también era uno de los informantes. Era terrible de pronto ver en aquel lugar, en aquel documento, que las personas que yo consideraba mis amigos eran mis peores enemigos.

(Entrevista de Jacobo Machover, en La memoria frente al poder, Publicacions Universidad de Valencia, 2001)

Wednesday, April 3, 2013

Andrés Reynaldo vs. Reynaldo González, Leonardo Padura y Senel Paz

González, Padura y Paz ejemplifican un género de intelectual cubano que paga su cuota de silencio y ambigüedad con tal de permanecer en el establishment sin llegar a disfrutar, dicho sea en su descargo, de un excesivo favor oficial. De visita en el extranjero, si alguien se interesa por saber de qué lado andan, se retuercen en evasivas convulsiones porque ellos, juran una y otra vez, no son políticos. A esta pícara neutralidad panglossiana, que no se atreven a observar en la Isla (en realidad tienen exhaustivas opiniones políticas sobre todo lo que sea castristamente correcto), agregan la desfachatez de acusar de fundamentalistas atascados en el discurso de la Calle Ocho a quienes levantan su voz desde el exilio, tal como la dictadura acusa de mercenarios a quienes la levantan en Cuba.

(No de nuestra parte, Diario de Cuba, febrero 2012)