Total Pageviews

Showing posts with label Edmundo Desnoes. Show all posts
Showing posts with label Edmundo Desnoes. Show all posts

Friday, August 21, 2015

Virgilio Piñera vs. Edmundo Desnoes

“No bien puse los pies en el establecimiento del doctor Gil, sentí claramente que era una casa dedicada al tiempo. No vi vestíbulo, no vi salón de espera. Caímos de lleno en el océano temporal. Océano con capacidad para doscientos bloques de hielo. Todos estaban ocupados. Henry me mostró a Edmundo. Lo habín colocado en el compartimiento más bajo de aquella extraña flota. No estaba precisamente incrustado, metido en un bloque, o al menos así me lo pareció. Por lo que el cristal me permitía apreciar, Edmundo, desnudo y azul, estaba sentado sobre un témpano. Este Edmundo, reducido al menor espacio posible, navegando plácidamente por las aguas del tiempo (al menos, eso afirmaba el doctor Gil), debió de haber fracasado en toda la línea para apartarse de modo tan tajante de la sociedad de los hombres. Viéndolo así, desnudo y azul, callado y monstruoso, comprendí que el aburrimiento, los fracasos del alma, la soledad en compañía, lo habían llevado a la estéril solución del bajo cero. Por primera vez, la vida y la muerte se daban la mano, comían en el mismo plato. Suponiendo que le dirigiera la palabra, Edmundo no me respondería, pero, al mismo, tiempo, mis palabras no estarían dirigidas a un cadáver. Edmundo era más inquietante y enigmático que un cadáver.”

(Presiones y diamantes, capítulo V)

Tuesday, November 4, 2014

Reinaldo Arenas vs. “Los dispositivos en la flor”, de Edmundo Desnoes

¿Por qué aparecen cinco discursos de Fidel Castro o aparecen antologadas Celia Sánchez, Haydée Santamaría y no aparece Virgilio? ¿Por qué no aparece tampoco Antón Arrufat? Virgilio no aparece porque le viene un poco a aguar la fiesta a Desnoes. Virgilio representa el miedo. Desde la Revolución hacia acá su obra está condicionada por el acoso, por la persecución; y la visión que quiere dar Desnoes es completamente partidista. Es una antología hecha con toda la astucia de un personaje ladino al servicio del Estado. Borra a Virgilio Piñera e incluye a otras figuras irrelevantes. Selecciona textos de Cabrera Infante y de Sarduy de la etapa en que no disienten de la Revolución. Si se quiere ser imparcial yo estoy de acuerdo en que se antologue incluso al mismo Castro, pero entonces usted tiene que poner también las cartas de Huber Matos desde la cárcel. Se admite que usted no quiera dar una antología exquisita con autores selectos, pero entonces incluya también a esos escritores que están escribiendo en Cuba casi en la piel y sacando clandestinamente a riesgo de sus vidas sus poemas. Decididamente la visión que quiere dar Desnoes de la Revolución es una visión partidista y oficial… Esa antología es una de las tantas infamias que la democracia permite y que los esbirros amparan y yo espero que algún día Desnoes pueda ocupar el sitio que le corresponde quizá con una biografía que se podría llamar “El redactor que llegó del calor”… ¿La publicaría las Ediciones del Norte?

(Rita Virginia Molinero entrevista a Reinaldo Arenas, Unomásuno, abril 1982)

Tuesday, October 14, 2014

Guillermo Cabrera Infante vs. “Los dispositivos en la flor”, de Edmundo Desnoes

La supuesta antología de literatura revolucionaría cubana confeccionada por Juan Edmundo Pérez Desnoe (usando su alias de Edmundo Desnoes) y publicada ilegalmente en Estados Unidos es un libro antifonal: sólo sirve para el coro de Castro. Tan intenso es su intento que ha contaminado la crónica de Mariano Aguirre, de EL PAÍS de 13 de diciembre, propia para ingresar en el coro. Dije publicación ilegal porque Edmundo Desnoes, viniendo de un país sin leyes, ha pirateado textos de Severo Sarduy, Calvert Casey, Reinaldo Arenas, Antonio Benítez Rojo y Heberto Padilla, todos escritores en el exilio. También ha robado textos míos y ya le he iniciado su correspondiente acción legal en EE UU por haber infringido allá mi copyright. Pero el libro no es execrable por su piratería descarada, sino por el embozado propósito, aún más nocivo, de tratar de hacerlo pasar por una colección variada, pero imparcial, de literatura cubana cuando no es más que pura propaganda castrista encuadernada para consumo externo. De más está decir que ninguno de los autores exiliados acogidos en la antología pueden ser publicados o siquiera leídos en Cuba.

(Contra Edmundo Desnoes. El País, enero 1982)

Wednesday, September 24, 2014

Edmundo Desnoes sobre Guillermo Cabrera Infante

Guillermo y yo estábamos (y estamos) en polos opuestos de cierta visión del mundo o, si prefieren, de las cosas. Yo busco la inclusión y él prefiere, en su vida y en su obra, la exclusión. Los opuestos se tocan, decía André Gide, y en esa tierra de nadie intento vivir y expresarme. En cualquier situación conflictiva suelo pensar en la posibilidad de que el otro tenga la razón. Es una incertidumbre que disfruto, que me permite ahondar y sobrevivir entre las ruinas.
   Un ejemplo: Guillermo era amigo íntimo de Ramón Alejandro, le dedicó un ensayo a su pintura, pero cuando Ramón aceptó ilustrar un número de Encuentro, Cabrera Infante le cerró las puertas de su amistad. Cuando me exilé y me negué a viajar al otro lado de la luna, a incorporarme a la agresiva y ciega hostilidad a la Revolución, Guillermo decidió atacarme durante una conferencia a la que ambos asistimos en una universidad norteamericana, y sólo bajo presión de los organizadores aceptó eliminar el ataque personal de su charla. Cuando apareció mi antología, Los dispositivos en la flor, donde había incluido tanto autores cubanos viviendo en la isla como en el exilio, Guillermo declaró que incluirlo en el volumen era como incluir a Thomas Mann en una misma antología junto a Hitler. Lo cual probablemente yo hubiera hecho si intentara definir la realidad alemana. Lo cierto es que no le había informado de su inclusión, sea porque durante esos primeros años de mi exilio no pensaba en derechos de autor o porque sabía que se negaría. Fue editorialmente un enorme error pero de una absoluta honestidad intelectual. Creo que los escritores de la isla y los del exilio forman parte del mismo árbol. Hoy muchos cubanos del exilio cultural me consideran un agente del castrocomunismo y, en Cuba, Alfredo canceló mi invitación al Festival de Cine de La Habana cuando publiqué Memorias del desarrollo, donde Fidel aparece como una cabeza de perro en la empuñadura de mi bastón, un bastón en el que me apoyo y con el cual mantengo un diálogo cordial y agresivo.
   En cuanto a nuestra obra alrededor del cine, tanto en la crítica como en la creación, vuelve a expresarse nuestra coexistencia nada pacífica; nada, como dijo Unamuno, se parece más al abrazo que la lucha cuerpo a cuerpo. Cuando se cansó de hacer crítica de cine, me propuso que me hiciera cargo de la tarea y acepté. Inclusive una de mis críticas, “La infancia de Iván”, apareció en la primera plana de Revolución. Mis críticas, desde luego, no merecen recogerse en un libro. Las de Guillermo son ocurrentes, frescas y a veces penetrantes. Siguen teniendo vigencia.
   Donde realmente fracasó Cabrera Infante fue en su afán de escribir un guión de calidad y verlo convertido en una película trascendente. El guión para la película que dirigió Andy García es de una mediocridad bochornosa. Ni siquiera se atrevió, por otra parte, a ver Memorias del subdesarrollo para mejor destruir la narración visual. Y la película, como todos saben, ha sido seleccionada por la crítica internacional como la más importante de todo el cine iberoamericano. Llegó a decir que Titón y yo denigrábamos a Lam porque uno de sus cuadros aparece en el departamento de Sergio. Que estábamos sugiriendo que Lam era un pintor de la burguesía. Y Guillermo sabía que Lam había sido íntimo amigo mío.
   Ya habrán notado la sana o enfermiza competencia entre nosotros. No lo niego. Muerto Guillermo, Padilla y Titón… me siento el principal sobreviviente de mi generación. Como no tengo abuela que hable maravillas de su nieto me veo obligado a celebrarme.
   Resumiendo la valoración antagónica: Cabrera Infante es una de las raíces de nuestra cultura, su uso y abuso de las palabras para exaltar y denigrar, para crear un mundo donde la imaginación, el resentimiento y el humor criollo son un mecanismo de defensa ante un mundo caótico, son ingredientes constantes de nuestra existencia. Guillermo Cabrera Infante es parte inseparable de nuestra identidad (cosa que Guillermo, y tal vez con razón, jamás diría de Edmundo). Guillermo es mucho más auténticamente cubano que yo, pero espero que muchos jóvenes se vean reflejados y expresados cada día más en mi obra y mi pensamiento. Un sueño ridículo e imposible.

(Sobre los pasos del cronista. Ediciones Unión, 2010)

Monday, September 1, 2014

Enrique del Risco vs. Edmundo Desnoes

Otro reciente cultor del género de las declaraciones es Edmundo Desnoes, un destacado escritor cuya última novela, Memorias del subdesarrollo, fue estrenada tiempo atrás, justo en la tertulia de Domingo del Monte (ciertamente con mucho menos éxito que Cecilia Valdés, aunque en su adaptación al cine tuvo bastante más suerte que su competidora.)
   Desnoes, en medio de las gestiones para presentar una nueva edición de Memorias del subdesarrollo, declaró: La Habana (¿Blues?) “es la única ciudad del mundo que ha envejecido conmigo, a diferencia de otras ciudades mitológicas en las que han crecido nuevos órganos y que han sufrido cirugía plástica”.
   El escritor añadió: “en Cuba he descubierto arrugas en los edificios y paredes desconchadas”, pero “esto no me entristeció, pues las ruinas tienen su belleza”. Eso es realmente consolador para todo el que se pregunte qué sentido tiene el último medio siglo de historia cubana. Y ahí está la respuesta: para que el ex-critor Edmundo Desnoes se sienta mejor con sus arrugas. Si alguien se pregunta por qué Desnoes no regresa a vivir a un país que le ofrece una ventaja tan apreciable, su respuesta no va a ser menos enriquecedora: “Necesito las comodidades del desarrollo y la única intensidad que puedo asimilar es la de un buen roquefort”.

(Despejando la ‘X’ [Alfonso]. Cubaencuentro, junio 2006)

Wednesday, November 20, 2013

Guillermo Cabrera Infante vs. Edmundo Desnoes

Entre las “aventuras sigilosas” de Lezama está su encuentro con un efebo escribano que los años transformarían en un mal aprendiz de comisario cultural y al que una efímera fama como novelista revolucionario (según ciertos críticos cubanizados) otorgó un nombre y una atención que no merecía. No voy a nombrarlo pero sí quiero contar una de sus primeras salidas oportunistas. Este novelista cuando joven (ya entonces era ambicioso y ambiguo) se acercó adulador a Lezama, quien quedó prendado de su belleza. Es verdad que era falso pero era bello. Alto, esbelto, rubio, de ojos asombrosamente azules, y Lezama, al revés de Virgilio, siempre se dejó admirar por jóvenes bien dotados, mirándolos tal vez como posibles amantes o como futuros discípulos. Un día Lezama llevó al efeboliterario, recién conocido, a una reunión en la finca frutal de un mecenas literario, entonces un poderoso periodista, enérgico y agresivo y rico y no el pobre exilado ecuánime que es Hoy . Era un antiguo colaborador de Orígenes y protector de Lezama. Parecía que el orgulloso poeta no necesitaba padrinos pero siempre estuvo a su merced y los tuvo todopoderosos, innúmeros.
   En la reunión el escritor, el efebo o lo que fuera entonces se sentó a los pies de Lezama, atento al amigo rumor del poeta. En un momento que se quedaron solos, recostado contra las robustas rodillas de Lezama, le dijo: “¡Qué manos más bellas tiene usted, Maestro!” Lezama, que nunca tuvo nada bello, entendió que el elogio a sus morcilludas manos era más bien un avance y decidió invitar a su adulador amigo a dar una vuelta entre la aireada arboleda. En un rincón recoleto Lezama trató (como contó el escritor) de besar los labios de su compañía, que sintió una súbita repulsión incoercible. Es posible que sucediera así pero era un sucedido íntimo. Al poco tiempo este efebo escritor se las arregló para editar una revista efímera en que publicó un cuento que se llamaba “El hombre gordo”. Aquí relataba el incidente, añadiendo a la repulsión física bastante náusea literaria (el existencialismo estaba entonces de moda) y aunque no decía nombres la descripción de Lezama era exacta. Pero no contento con la publicación, el libelista hizo llegar un ejemplar de la revista a Lezama. Tal vez Lezama se sintió herido pero sus gritos fueron como siempre literarios. Sabiendo que el escritor efebo estaba viviendo en casa de un pintor tan chino como mulato y tan talentoso como malévolo, publicó en un próximo número de Orígenes la primera entrega de una novela en clave, verdadera román a Klee, en que describía cómo una blonda criatura púber vivía con un pintor malayo y por las noches del vientre del pintor asiático se desprendía un gusano —que hurgaba en el cuerpo casi albino del huésped para introducirse obsceno. Tal vez ambas historias sean apócrifas pero lo que queda Hoy es la mala literatura de “El hombre gordo” contra la prosa poderosa del relato del pintor malayo, su gusano insidioso y el efebo penetrado, hecho nubil de noche. De ese infierno íntimo surgió público Paradiso.

(Vidas para leerlas, Alfaguara, 1998)

Monday, April 29, 2013

Roberto Valero vs. “Diccionario de la literatura cubana” (1984), y “Los dispositivos en la flor” de Edmundo Desnoes

El Diccionario de la literatura cubana (Letras Cubanas, Habana, 1980) es una obra tan infame como Los dispositivos en la flor "antología de literatura cubana", publicada por Edmundo Desnoes en Estados Unidos (Ediciones Del Norte, 1981). Ambos libros nos muestran el desarrollo del castrismo, no el de la literatura cubana. Tan siniestro es uno como denigrante el otro . .
   Este supuesto "Diccionario de la literatura cubana" es realmente un diccionario de bajezas y astutas maquinaciones y manipulaciones, una media vuelta a la cultura cubana. El mismo peca por omisiones, peca por inclusiones, peca por medias verdades y por mentiras y medias.
   Una de las omisiones más burdas e imperdonables es la de Guillermo Cabrera Infante, autor de uno de los libros básicos de la literatura latinoamericana, Tres tristes tigres. Para Heberto Padilla fue "una de las novelas más brillantes, ingeniosas y profundamente cubanas que hayan sido escritas alguna vez"; para The New York Review of Books: "una de las novelas de mayor ingenio humorístico de la lengua española"; para el diario Le Monde "un libro comparable con los paseos de Borges por los antiguos barrios de Buenos Aires, pero con la turbulencia sulfúrea del Satiricón" ... Pero el gobierno de Fidel Castro no le puede perdonar a Cabrera Infante su actitud rebelde y anticomunista, ni libros como Vista del amanecer en el trópico donde se critican todas las dictaduras cubanas y donde se ridiculiza al mismo Castro, dándole su verdadera dimensión.
   Ahora bien, censura y torpeza generalmente marchan unidas, así a Cabrera Infante se le elimina de la lista alfabética del diccionario, pero se le menciona en las notas al pie de la página o en datos circuntanciales. Misterioso caso de un escritor cubano que no figura como tal en el diccionario de literatura cubana y sin embargo se hacen referencias al mismo en algunas de sus notas ...
   El libro de Desnoes (la vuelta entera) y el diccionario se complementan, no en balde obedecen a iguales jefes. Mientras Desnoes incluye a Calvert Casey, aunque aclara que "después de abandonar la Revolución se suicidó en Roma" (pero no consigna que Haydee Santamaría se suicidó EN CUBA Y El MISMO 26 DE JULIO DE 1980), el "diccionario" lo elimina, pero aparece, por increíble coincidencia, citado en la misma página 69 (Cabrera Infante diría que por ser éste un número cabalístico) ... El "Diccionario de la literatura cubana" al menos por ahora no incluye a Fidel Castro, cosa que sí hace Desnoes en repetidas ocasiones en su "antología literaria" ...

(La media vuelta, la vuelta entera. Mariel, No. 1, 1983)

Tuesday, March 5, 2013

Edmundo Desnoes vs. Reinaldo Arenas

Pero yo me he aislado bastante precisamente porque al principio Arenas se apareció en una de mis conferencias con un grupo de amigos y el encuentro fue a puñetazos. Arenas me creó un problema serio porque me acusó de ser agente de Fidel Castro para reclutar a intelectuales norteamericanos en el mundo académico para la Revolución en Nicaragua. Fue una acusación que hizo ante la CIA, y me vino a visitar el FBI porque ellos decían que yo no podía tener la posición expresada en la antología, y que yo estaba haciendo un trabajo a favor de la Revolución. El no haber atacado al régimen era índice de que yo estaba trabajando para la Revolución. Y eso fue una acusación tremenda, porque eso me trajo al FBI cuando todavía de la guerra fría. Arenas escribió un ensayo de setenta páginas en una revista llamada Kosmos donde –en un ejemplo del poder de la imaginación sobre la realidad– me acusaba que yo estaba enamorado de Fidel Castro porque yo era lampiño y admiraba la barba de Fidel.
   Pero ese no fue un conflicto real. Yo no fui amigo de él, no tuve relaciones con él. Cuando yo estaba trabajando en el Instituto del Libro facilitamos que él escribiera ensayos y propusimos la publicación de su segunda novela. Pero él me veía como representante del poder, y con un poco del espíritu campesino él me vio con aspecto anglosajón y hay un resentimiento por parte de él. A parte de eso no había razón para su agresividad. Quizás él viera una realidad profunda y lo usó como símbolo en el que mi pasión por Fidel se debía a que yo soy lo opuesto de Fidel. Fidel es un hombre de acción y yo no.

(Entrevista con Edmundo Desnoes, por Denis Berenschot, La Habana Elegante, segunda época, No. 30, 2005)

Friday, February 8, 2013

Reinaldo Arenas vs. Edmundo Desnoes

En cuanto a los personajes descritos en la novela, algunos son intercambiables con los de la llamada “vida real”. Entre los incesantes jugadores de canasta es fácil descubrir al mismo Virgilio Piñera, quien fue asiduo contertulio y aficionado a esos juegos. ¿Y ese Edmundo, funcionario que “frío y azul” yace congelado, no se identifica perfectamente con Edmundo Desnoes, quien cuando Virgilio escribía esta novela era su jefe en el Instituto Cubano del Libro? “Este Edmundo –escribe Virgilio– desnudo y azul sobre un témpano, reducido al menor espacio posible, navegando plácidamente por las aguas del tiempo (al menos así lo afirmaba el doctor Gil) debió haber fracasado en toda la línea para apartarse de modo tan tajante de la sociedad y los hombres. Viéndolo así, desnudo y monstruoso, comprendí que el aburrimiento, los fracasos del alma, la soledad en compañía, lo habían llevado a la estéril solución del bajo cero”… ¿Quién que conozca personalmente a Edmundo Desnoes, no sabe que, además de tener los ojos azules y una configuración poco agraciada (“azul y monstruoso”), sus condiciones morales y su vida fracasada concuerdan cabalmente con la descripción con que Virgilio lo define?…En breve paréntesis podemos agregar que la persona de Edmundo Desnoes ha inspirado negativamente a otros escritores cubanos anteriores y posteriores a Virgilio Piñera: Él mismo aparece metaforizado en Paradiso, de José Lezama Lima, bajo el nombre de “la Margarita tibetana”, descrito entonces por Lezama como un adolescente arribista y lépero, dispuesto a comerciar sus caricias con el maestro. Pero ya En mi jardín pastan los héroes (1981), Heberto Padilla lo camuflagea someramente bajo el nombre de El Inmundo, jefe de traducciones y agente de la Seguridad del Estado de Cuba, a quien el protagonista (Padilla) debe entregarle semanalmente su trabajo. Extraña y casi satánica ironía la del caso Desnoes: habiendo escrito tres novelas no será recordado jamás por ellas, sino por haber figurado como personaje despreciable en tres novelas ajenas. Una prueba más de que la ficción supera la realidad, y la mala ficción.

(Necesidad de libertad, Ediciones Universal, 2001)

Monday, January 14, 2013

José Lezama Lima vs. Edmundo Desnoes

Le decían El flautista o La monja, pues la imaginación de aquella vecinería ponía motes a ras de parecidos y visibles preferencias. Sus rubios amiguitos, más suspiradamente sutiles, le llamaban La margarita tibetana, pues en alarde de bondad enredaba su afán filisteo de codearse con escritores y artistas. Era de un pálido de gusanera, larguirucho y de doblado contoneo al sentir la brisa en el torcido junco de sus tripillas. Chupaba un hollejo con fingida sencillez teosófica y después guardaba innumerables fotografías de ese renunciamiento. Pero los que lo habían visto comer, sin los arreos teosóficos, se asombraban de la gruesa cantidad de alimentos que podía incorporar, quedándole por su leporina longura una protuberancia, semejante a la hinchazón de uno de los anillos de la serpiente cuando deshuesa un cabrito. Cuando con pausas y ojos en blanco parloteaba con uno de esos escritores a los que se quería ganar, estremeciéndose falsamente le cogía la mano para hacerle la prueba o timbre de su simpatía por las costumbres griegas. Si le aceptaban el lance decía: —Yo lo quiero a usted como a un hermano—. Pero si temía que su habitual cogedera manual engendrase comentos y rechazos, posaba de hombre de infinitud comprensiva y de raíz sin encarnadura. Pero era maligno y perezoso, y sus padres, que lo conocían hasta agotarlo, lo botaban de la casa. Entonces se refugiaba en la casa de un escultor polinésico, que cada cinco meses regresaba para venderle —eran esculturas de un simbólico surrealismo oficioso, que escondían las variantes de argollas y espinas fálicas de los tejedores de Nueva Guinea— a un matrimonio norteamericano, incesantes maniquíes asistentes a conciliábulos tediosos, que poseían una vaquería sanitaria y sus derivados de estiércol químico. En esas reuniones, Martincillo, ladeando las guedejas con provocada inocencia, trataba de colocar dos o tres citas sudadas, diciendo que Plutarco nos afirmaba que Alcibíades había aprendido el arpa y no la flauta, porque temía que se le desfigurasen los labios, y que por eso, venganza propiciada por Apolo, tañedor de la de siete agujeros, el día antes de su muerte había soñado que le pintaban la cara de mujer. Martincillo era tan prerrafaelista y femenil, que hasta sus citas parecían que tenían las uñas pintadas. Estaba por la noche en casa del escultor, que le mostraba unos carreteles churingas, cuando empezó a llover con relámpagos de trópico. De pronto, el polinésico, turbado por su deseos, comenzó a danzar con convulsiones y espasmos, y su pelo se le tornaba en estopa fosforescente. Picado tal vez por el azufre lejano de uno de aquellos relámpagos, se le escapó de su cuerpo una lombriz, que como una astilla se encajó en lo blando del prerrafaelista abstracto. Por la mañana, Martincillo, incurable, con una pinza procuraba extraerse la posesiva lombriz.

(Paradiso, capítulo II)