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Monday, March 19, 2018

Duanel Díaz vs. “Kaleidoscopio”, de Jorge Luis Arcos y “Los años de Orígenes”, de Lorenzo García Vega

Mucho hay aquí de aquellas premisas compartidas por los discípulos de Vitier. Su reivindicación de la “visión integral” tributa de la contraposición origenista de la “visión poética”, unitiva, trascendente, a la perspectiva crítica, analítica; de la visión, en última instancia, a la intelección. Esa dicotomía, tal como la esgrime Arcos, me parece falaz: la crítica es buena o mala, aguda u obtusa, dice algo nuevo o no dice nada nuevo, nos hace pensar o no nos hace pensar, está bien o mal escrita. Escribe Arcos: “Muy diferente, a pesar de tener una severa formación histórica y filosófica, es el caso de la crítica de Rojas, más cortés, más ponderada, más literaria. Rojas comprende más, es decir, participa más en la mirada del otro.”(p.116) “Más literaria”: aquí reaparece la dicotomía origenista, ya no entre la literatura, pagano parque de diversiones, enigmas y juegos, y la poesía, lugar de la Verdad y de los Misterios, como en Vitier; ahora la literatura ocupa el sitio trascendente que antes tenía la poesía, en el otro polo de la axiología sigue estando lo que Arcos llama “una perspectiva eminentemente discursiva”. “Más cortés”: parece que hablara García Marruz –“Sin cortesía los astros no girasen, el techo se nos vendrían encima, el viento entraría desconsideradamente por la ventana alborotando nuestro pobre orden de cosas”. (“Ese breve domingo de la forma”)
   En un evento organizado por Walfrido Dorta en la Facultad de Artes y Letras por allá por 2002 o 2003, Ponte dijo que la crítica había que hacerla “con el cuchillo en la boca”. Prefiero esta idea menos urbana, menos protocolaria, menos diplomática de la crítica, que tiene también su noble prosapia (¿No era Alfonso Reyes quien decía que el crítico era un aguafiestas?) a la de una cortesía que puede derivar en maneras de Juegos Florales, en esa Sociedad de Bombos Mutuos que decía Piñera en alguno de sus ensayos de los cincuenta. Es por eso que decidí incluir en mi libro esas páginas sobre de Los años de Orígenes, aun sabiendo que corría el riesgo de alienarme la simpatía de los admiradores de García Vega, que eran ya, al contrario de lo que ocurría con los de Vitier, cada vez más numerosos. No sé si mi crítica será ponderada; sé que es fundamentada, que no atribuyo a García Vega nada que este no haya escrito. Es flagrante paradoja, en todo caso, que Arcos reclame cortesía y ponderación tratándose de un libro como Los años de Orígenes. ¿Es cortés García Vega con Casal? ¿Es ponderado cuando dice que la tradición cubana es “pobre y escasa? ¿Participa más de la mirada de los otros cuando no reconoce que ningún escritor o pintor cubano haya “superado el marco” o “revelado su circunstancia”?
     Como alternativa a mi crítica, Arcos esgrime también el ejemplo de Ponte, quien “no insiste en El libro perdido de los origenistas en descender a verificar tal o cual dato en Los años de Orígenes” (115). Arcos celebra que Ponte comprenda los “testimonios” de García Vega como ficción, y cita su afirmación de que “da lo mismo si son verdad o mentira algunas de las noticias que sobre otros escritores de Orígenes García Vega da en su libro.”(p.115). Estoy totalmente de acuerdo, pero no es la falta de “fidelidad a unas noticias” lo que yo señalo a García Vega, no es la inexactitud de “tal o cual dato” que me empeño, con académica pedantería, en verificar. En Límites del origenismo no cuestiono en absoluto la parte testimonial del libro –cosa que, como bien dice Ponte, carecería de sentido. Pedirle verosimilitud a las memorias de García Vega es, ciertamente, como pedírsela a las de Arenas, pero hay una diferencia importante entre Antes que anochezca y Los años de Orígenes. Más allá de lo propiamente autobiográfico, este libro presenta una tesis ya no sólo sobre la literatura, sino incluso sobre la historia de Cuba. Cuando Arcos escribe que “el testimonio de García Vega, pese a sus exageraciones, sus amplificaciones erradas, tiene un valor, con respecto al origenismo, que no puede desconocerse y que ningún argumento de Díaz puede aminorar” (112), está obviamente tergiversando mi posición. Insisto: si ese libro, como afirma Arcos, “es testimonio de una vivencia, en primer lugar”, ¿por qué incluyó en él García Vega un ensayo sobre Varona y Sarduy, con quienes no tuvo trato alguno?
     No se me escapa, sin embargo, que se trata de un ensayo personal, idiosincrático, de gran fuerza expresiva; aunque por momentos la prosa demasiado estilizada de García Vega se vuelve, en mi opinión, casi una caricatura de sí misma. Entiendo, como señala Arcos, que el autor de Los años de Orígenes “no es un ensayista académico ni tampoco un historiador”(p.116), pero me pareció, cuando leí el libro hace varios años, y me sigue pareciendo después de releerlo, que ese delirio de García Vega al que se refiere Arcos  contribuye a oscurecer un poco las tesis principales del libro: “La opereta cubana en Julián del Casal”, por ejemplo, es un ensayo barroco, original, formalmente muy logrado; se encuentra, sin embargo, cerca, incluso demasiado cerca, del discurso revolucionario de aquellos primeros años.
     Echar luz sobre esa cercanía es también tarea de la crítica, y no sólo concentrarse en lo que Arcos llama, con un lenguaje impropio de la crítica creadora que él reivindica, el “hecho literario”. Tampoco Vitier es un ensayista académico ni un historiador; aunque, ciertamente, menos autobiográfico que Los años de Orígenes, Lo cubano en la poesía es un libro intuitivo, nada escolar, que refleja las crisis vitales de su autor, su conversión al catolicismo así como su angustiosa percepción de la situación cubana en esos años cruciales de finales de la década del cincuenta, y hasta el propio Arcos admite ya que se le señale críticamente a Vitier la exclusión de La isla en peso y de parte de la poesía de Guillén. ¿Por qué, entonces, cuestionar un libro que también presenta, mucho más allá de anécdotas personales, toda una tesis sobre la tradición cubana, sería “descender” a lo prosaico? Afirmar, como hace Arcos, que “El crítico profesional, orgánico, aquel que no despliega además una obra de ficción, tiene el deber de tratar de mirar desde la literatura.” (p.117), no es sino una petición de principio. La crítica literaria habla de la literatura, mira a la literatura, y puede hacerlo desde perspectivas muy diversas. Alguien decía que la buena crítica siempre habla de la literatura en relación con otra cosa –la historia, la política o lo que sea; en todo caso, la literatura no es ese mirador cuya altura que garantizaría automáticamente una ganancia de visión crítica. Quizás sea una diosa caprichosa que no se presenta cuando se la invoca tan insistentemente.
     En vez de oponer los nombres de todos aquellos que han elogiado la obra literaria de García Vega, sosteniendo que al no ser yo “creador” –y este término, insisto, tiene siempre cuando lo usa Arcos el regusto del origenismo- no puedo sentir la “oscura filiación” que los creadores sienten hacia García Vega, Arcos debió esforzarse más en refutar los argumentos que ofrezco sobre Los años de Orígenes. Sobre mi señalamiento de que García Vega escamotea la diferencia radical entre el origenismo y autores de la órbita de Lunes de Revolución como Piñera, Sarduy y Padilla, Arcos escribe: es “una problemática en la que no puedo detenerme aquí aunque, hasta cierto punto, comparta la visión de Díaz”.(p.109) Se pregunta uno por qué en un libro tan extenso, lleno de profusas citas y larguísimas notas, él no puede detenerse en ese punto fundamental. Si el objetivo de García Vega con respecto al origenismo es, como apunta Arcos, “enarcar sus límites”, y él quiere convencernos de que “dislates aparte”, García Vega “logra su propósito”, debió refutar mi crítica, pues estos “dislates” no son en modo alguno accesorios.
     Para García Vega la que llama la “generación del areíto verbal”, los escritores y artistas nucleados en Lunes de Revolución, no lograron realmente superar las limitaciones de que adoleció el origenismo. “La Cobra de Severo Sarduy, la cantante de Guillermo Cabrera Infante, los músicos sorprendidos por Sabá en P.M., se extendieron hasta lo expresionista, pero giraban en el vacío. Es que la ternura se había quedado afuera”. (p.255) Es ahí donde me parece que su crítica del origenismo, aunque aparentemente radical, no lo es tanto: al final resulta que todos, o no superan el límite del origenismo, o, como Sarduy, son su continuación. Lo que hace García Vega es justamente lo contrario de “enarcar los límites” del origenismo; extender el ‘mal origenista’ a todo el mundo: para García Vega nadie logra “superar la forma”, pero él nunca explica qué diablos significa “superar la forma”.
     Señalar esto no es ser un sociólogo, un racionalista o un historiador; es, sencillamente, reivindicar la singularidad del texto de Sarduy o Piñera, no ya sus ideas. ¿No están “Vida de Flora” o La isla en peso más allá de la polis origenista, por no hablar de Tres tristes tigres o De donde son los cantantes? De mi lectura del ensayo de García Vega afirma Arcos que “es como si en el fondo le molestara esa clarividencia, imprecisiones halladas aparte”(p.108). Lo que me molesta, por el contrario, es la ceguera de García Vega, en Los años de Orígenes y en su ensayo “La carne de los héroes o en mi jardín pasta René”, publicado en la revista Escandalar en 1982, la injusticia para con otros “poderosos creadores” como son Piñera, Padilla y Sarduy.
     “Siente la ironía de García Vega, en su juicio sobre Mañach, intelectual con el que Díaz tiene una mayor afinidad” (p.108), afirma Arcos, como si yo estuviera reaccionando sobre todo a la crítica de los “bombines de mármol”, en defensa de esa línea de críticos insensibles hacia el misterio de la creación, los “pesados profesores” y “pasivos archiveros” que decía Lezama. Pero aquí de nuevo el autor de Kaleidoscopio escamotea: Límites del origenismo constituye una reivindicación de esos otros autores que son también “creadores”, Piñera sobre todo, a quien dedico todo un capítulo. No reconocer que estos constituyen algo distinto al origenismo no es una “imprecisión” de García Vega; es una injusticia.
   Mi crítica de “La opereta cubana en Julián del Casal” no se limita a reprocharle a García Vega que no “valore discursivamente las calidades de Casal” (p.112); va a su centro mismo. Arcos rechaza mi idea de que el antinacionalismo de García Vega encubre un nacionalismo, argumento que, sostiene él, lo mismo sería válido para cualquier “reverso”: La isla en peso, por ejemplo. Aquí tergiversa de nuevo el sentido de mi crítica. Lo que yo señalo no es que la crítica de García Vega sea “incompleta”; es que comprenda como características cubanas rasgos que evidentemente no lo son: el hecho de firmar con seudónimo de “Conde”, donde García Vega quiere ver una expresión de la nostalgia cubana por la grandeza perdida, es bastante común entre los escritores modernistas –el mexicano Ramón Gutiérrez Nájera: el Duque Job; el peruano Abraham Valdelomar: Conde de Lemos; incluso, el uruguayo Isidore Ducasse: Conde de Lautréamont. Otro tanto ocurre con el rechazo del campo; ese “impuro amor de las ciudades”, para decirlo con el memorable verso de Casal, caracteriza a parnasianos y decadentes, en Cuba y donde quiera que llegó el influjo de Baudelaire. En lo que García Vega llama “secos prejuicios al tocar el paisaje” no hay nada propiamente cubano. De hecho, hay muchos autores cubanos que se acercaron al campo: Luis Felipe Rodríguez, Eugenio Florit, Carlos Enríquez, Onelio Jorge Cardoso, Samuel Feijóo… Pero claro, a ninguno de ellos García Vega le reconoce nada; reléase el artículo suyo contra Carlos Enríquez en El Nuevo Herald en febrero de 2007, que no es precisamente un modelo de cortesía.
     Arcos podría replicarme que poco importa que haya o no razón en los juicios de García Vega sobre Casal. ¿La hay en la teoría de las eras imaginarias? Yo le respondería que hay una diferencia: los ensayos de Lezama son poéticos, mitopoéticos; este ensayo de García Vega, tan influido por lecturas de Sartre, es un ensayo fundamentalmente crítico, que emprende un trabajo no ya de mitificación sino de ilustración. No se trata de acercarse al misterio de la poesía, sino, en el sentido moderno de la crítica, de echar luz sobre los oscurantismos, de exorcizar “fantasmas”, revelando la “deleznable mitificación con que él [Casal] encubre a su circunstancia” (p.54), borrando de una buena vez esos “restos de un pasado oprobioso y lamentable” que para García Vega hay que saber, “con la iluminación con que hemos podido reconocerlas con motivo de este Centenario, alejarlas también de nuestro vivir.”
   En varios pasajes de ese ensayo de 1963 queda claro que la “iluminación”, ese abrir los ojos a una verdad que anteriormente estaba velada, la “grieta” que se ha abierto, no es otra que la revolución de 1959. Eran los años en que el gobierno preconizaba “más ruralidad y menos urbanidad”, y García Vega lamentaba en Casal su “despego de nuestros campos, aparente afiebramiento por una ciudad copiada de los folletines parisienses”.(p.57), algo que bien pudo haber escrito José Antonio Portuondo en su polémica con Ambrosio Fornet. También la afirmación de la necesidad de conquistar la “cristiana dignidad de la pobreza” se corresponde con el imaginario de la revolución en los años que siguieron a 1959, ese costado franciscano que Carlos Franqui le señalaba al periodista francés Claude Julien (“Nuestra revolución tiene algo de pistolera y algo de franciscana”), y que el acercamiento inicial del ICAIC al neorrealismo italiano refleja muy bien. 
     Asimismo, la visión absolutamente negativa de la República que ofrece García Vega, no ya en su ensayo de 1963 sino en el libro de 1978, es bastante consonante con el discurso revolucionario. Para el autor de Los años de Orígenes, todo era “ceniza”, no había nada rescatable. Es cierto que esto reproduce la crítica, justa en su momento, de los editoriales de Orígenes a la corrupción política y la desidia de la cultura oficial, pero lo hace a la altura de finales de los setenta, cuando la terrible experiencia del castrismo podía haber modificado la mirada sobre aquella República que no era, ciertamente, el paraíso que decía Lydia Cabrera, pero tampoco el desierto que pinta García Vega. En algunas de sus cartas de los setenta el propio Lezama añora aquellos tiempos; García Vega insiste sin embargo, ya en el exilio, en desconocer toda solución de continuidad entre el clima opresivo de la República y la dictadura. Para el autor de Los años de Orígenes, lo horrible no es tanto el castrismo como Cuba misma, una tradición cubana que el castrismo, si no consuma, tampoco interrumpe.
     El juicio de García Vega sobre la República se replica en su rotunda afirmación de la “carencia de tradición intelectual que siempre padeció nuestro país” (89). Él recuerda que ningún origenista, cuando envió sus libros de poemas a Regino Boti, tuvo acuse de recibo, y en esa falta de reconocimiento encuentra, de nuevo, algo específicamente cubano, que contrasta con el caso de México, donde los escritores establecidos sí eran amables y generosos con los autores noveles. Así, si el ridículo Casal que nos presenta García Vega no pudo ser la tradición, Boti y Poveda tampoco pudieron. Pero es que Luis Felipe “no pudo ser la tradición”. Pero es que Miguel de Carrión y Carlos Loveira tampoco pudieron. Pero es que “La revista de avance, con su respetable vanguardismo, y su desigual calidad, no llegó a encarnar en la realidad histórica del país” (p.90) Pero es que tampoco los pintores: “Recordemos la bohemia de Ponce y Víctor Manuel, así como el caso del pintor Carlos Enríquez. Pero estos pequeños grupos, pintorescos y exóticos, no chocaron del todo con el áspero tapujo de su circunstancia.” (123) (énfasis mío)
     Esta acumulación de noes y de peros desemboca en una de las grandes falacias de Los años de Orígenes: hablar de “la pobre, y escasa, tradición cultural cubana” (300). De hecho, una obra como esta de García Vega es impensable en un país con una tradición pobre o escasa; ¿en qué otro país caribeño o centroamericano se ha producido un libro semejante? Aunque dice una y otra vez que no hubo tradición en Cuba y que la República no fue más que una factoría, Los años de Orígenes es una prueba fehaciente de lo contrario. Arcos, acaso, me concederá que sí, que en estos reparos llevo razón, pero que se trata de la obra de un delirante, de esa “fatalidad” de la creación que no alcanzo a comprender. Le replicaría yo que este delirio de García Vega es demasiado calculado, este loco demasiado cuerdo, su delirio, más que una fatalidad, podría ser un truco para pasar gato por liebre: García Vega reconoce, sí, que Orígenes fue un grupo “pequeño burgués y reaccionario”, pero acto seguido intenta demostrar que no había más opción que ese grupo, lo cual es falso, pues en los cuarenta había grupos de izquierda, hubo un Labrador Ruiz, hubo un Novás Calvo, no era la revista Orígenes el único espacio donde un joven escritor podía desarrollar su vocación. Quien tiene verdadera “voluntad de marginalidad” no necesita, además, integrarse en ningún grupo.
     Otro tanto ocurre con la “nostalgia de la antigua grandeza perdida” (p.124). García Vega extrapola la experiencia de su familia y de su cenáculo a toda la tradición nacional: así como todo es Orígenes, todo es folletín de lo venido a menos. Sorprendentemente, Arcos afirma, a propósito de la refutación de García Marruz en La familia de Orígenes (“No, Lorenzo, el verdadero tema de Orígenes no fue la grandeza perdida sino la pobreza irradiante”), que “García Vega no arguye que ese tópico sea el centro o el tema fundamental de Orígenes sino simplemente que es un síntoma que padeció, como antes Casal” (p.124) Esta afirmación suya es completamente infiel al espíritu y la letra de Los años de Orígenes; pues si Casal no fue, según García Vega, más que una señalada instancia de “ese capítulo borroso que, al arruinarse, han personificado todas las familias burguesas cubanas, y donde el recuerdo de su antiguo esplendor económico iba tomando la piel de toda una aristocracia mohosa de fantasmones desvencijados” (p.40), y al mismo tiempo “Casal fue el ídolo del preciosismo origenista” (p.105), es evidente que para García Vega radica ahí, en la cuestión de la ruina familiar, el meollo de Orígenes. Sobran los pasajes del libro que así lo demuestran.

(Persistencia del origenismo. La Habana Elegante, segunda época, 2013)

Monday, March 5, 2018

Jorge Luis Arcos vs. Duanel Díaz

Pero tanto Lezama como García Vega, más allá de sus imaginarios, de sus relatos ideológicos, son poderosos creadores. Quiero decir que, más allá o más acá del gusto personal, de las afinidades o de las repugnancias literarias, Lezama y García Vega crearon un cuerpo literario resistente. Y es con esta zona con la que otros creadores sienten una oscura filiación, por muy polémica que esta pueda ser. Este, ciertamente, no es el caso de Díaz, que tiende siempre a acercarse al hecho literario como reservorio de ideas claras y distintas, pero que no encarna tampoco una visión integral, porque el ensayista se centra casi siempre en el cuerpo de ideas de su objeto de estudio y no, en el caso de los escritores, en su obra o en su gesto literario.

(En Kalidoscopio, citado por Duanel Díaz en su artículo “Persistencia del origenismo”, La Habana Elegante, segunda época, 2013)

Friday, May 27, 2016

Jorge Luis Arcos vs. Ernesto Baquero

He leído con interés y consternación el artículo Descenso a los infiernos, de Ernesto Baquero. Con interés, porque la poesía cubana siempre ha sido mi pasión como crítico y como lector. Con consternación, por sus peligrosas inferencias y generalizaciones que transfieren las innegables estrategias de manipulación y representación de la política cultural cubana a la imagen y calidad de un género literario. Y, por si fuera poco, porque pone como ejemplos de "pésimos poemarios" y como reflejo de aquella estrategia oficial al menos a tres excelentes poemarios de tres notables poetas insulares: Figuras de tormenta, de Mario Martínez Sobrino, El maquinista de Auschwitz, de Víctor Fowler, y Esta tarde llegando la noche, de Luis Lorente —también cita Cántaro inverso, de Pedro Péglez, que no conozco.
   Al ser tres libros premiados, el autor infiere que lo fueron "en detrimento de otros cuadernos donde sus autores hacen gala de un verdadero discurso poético o esgrimen el estilete de la crítica social para diseccionar una realidad que los excluye". Inferencia esta de Ernesto Baquero muy grave de ser cierta —aunque no dudo que pueda suceder—, pero muy vulnerable porque esos tres libros de poesía, que corresponden a tres generaciones y a tres poéticas diferentes, son precisamente ejemplos de libertad creadora; el de Víctor Fowler, incluso, para nada ajeno a una muy profunda crítica social.
   Ninguno de estos tres poemarios contiene alabanza a política alguna. Tampoco se les puede exigir que contengan denuncias políticas. Sólo se plantean ser fieles a sus proyectos poéticos y cosmovisivos, en los cuales algún lector sagaz podrá constatar cuánto infierno portan.
   No creo que sea necesario recordar que ninguna poesía es mejor o peor por esgrimir o no "el estilete de la crítica social para diseccionar una realidad". Pero, además, por paradójico que resulte, mucha de la poesía de más calidad publicada en Cuba desde fines de la década de los ochenta hasta el presente, y sobre todo por las promociones más jóvenes de poetas, no sólo produjo un cambio cosmovisivo en la norma poética hasta entonces vigente, el conversacionalismo, sino que ofreció uno de los testimonios más complejos de una realidad en profunda crisis de valores, a la vez que expresó diversos registros estilísticos.
   Comparto con Ernesto Baquero sus preocupaciones ideológicas, que hace muy bien en expresar valientemente desde Cuba; pero no puedo compartir, al menos en este caso, sus inferencias literarias particulares. Ninguna historia, por terrible que sea, "reduce a escombros (…) la poesía cubana". Ello no sucedió en la Colonia ni en la República, ni afortunadamente en la revolución.
   Lo más que puede hacer, como sucedió en la década del setenta, es silenciarla un tiempo. Pero ella se sigue escribiendo y esos tres libros son, al menos para este crítico, lector y poeta, ejemplos de "un verdadero discurso poético". Al menos sobre dos de ellos he escrito sendos comentarios críticos que deben publicarse próximamente en la revista Encuentro. A ellos, y sobre todo a aquellos libros, remito al lector interesado.
   Pero, además, ¿toda verdadera poesía no comporta necesariamente un órfico "descenso a los infiernos"?
   Por último, esa mezcla de acertada crítica social y política con una desafortunada crítica poética no favorece para nada a aquellos creadores y poetas que dentro de la Isla —e incluso desde el infierno— intentan expresar con libertad, dignidad y, sobre todo, calidad poéticas su palabra dada. Recuerdo ahora lo que le confesaba Kafka a Milena: "Nadie canta con voces más puras que aquellos que lo hacen desde el más profundo infierno. Lo que tomamos como cantos de ángeles es su cantar".

 (Voces desde el infierno. Cubaencuentro, enero 2006)

Friday, April 22, 2016

Jorge Luis Arcos sobre “Rex”, de José Manuel Prieto

Sin embargo, la expectativa que crea es muy alta, acaso demasiado ambiciosa: nada menos que puedan confluir las dos tramas: el mundo alto, casi cosmogónico, metafísico, aristocrático del Libro y el Escritor, con el mundo bajo, melodramático, pícaro o rufianesco que conforma la otra trama de la novela. Pero, como sí sucede en El nombre de la rosa, por ejemplo, aquí todo falla; la trama se torna demasiado enfática y hasta previsible, y este lector, fascinado en un principio, terminó aburrido, y a duras penas, la lectura de la novela.
   Claro que cuando escribo este duro juicio final, tengo que advertir que lo hago, sobre todo, motivado por lo grande que fue mi caída como cándido lector. ¿Tratará también de eso la novela: la derrota de un lector tradicional? Una prosa a menudo brillante, una desenvoltura ensayística poco común, una capacidad narrativa casi de estirpe cuántica (por su capacidad para crear una urdimbre casi microscópica), una atmósfera, a ratos, de indudable raíz poética, un sabio manejo de la ironía, y un derroche de sabiduría metanarrativa, también a la luz de una crítica a una tradición canónica, hacen de la lectura de este libro una experiencia singular.

(El Libro y el Comentarista. Encuentro de la cultura cubana, No. 47, invierno 2007-2008)

Tuesday, August 18, 2015

Jorge Pomar sobre Heberto Padilla/vs. Ernesto Hernández Busto, Pablo de Cuba Soria, Jorge Luis Arcos…

Heberto Padilla, como dije, me desconcertó en Berlín. Era un ser traumatizado, contradictorio, confuso. Polemista como soy, apenas lo contradije, limitándome a escucharlo, con asombro, pero igual con el respeto debido a un hombre que lo merecía. En ese sentido, sostengo que es una falta de respeto hablar de sus "quince minutos de gloria", como hace De Soria, llamar a Belkis “loca” o “tonta”. Y una insólita muestra de insensibilidad hacia el dolor ajeno.
   Si no la hubiesen sometido a tortura psicológica en Cuba y excluido arbitrariamente del homenaje de la AECC a Padilla, no habría ocasión de gastar bitios en la blogósfera con ella y su historia. Sus improperios, que no son más “truculentos” que los de De Soria y Hernández Busto, son también reactivos. Por si fuera poco, Belkis da en el clavo cuando dice, repito: “No hay quien los descifre. La escritura de ellos es lenguaje de entendidos”.
   La frase le viene como anillo al dedo a De Soria, cuyo artículo de marras, amén de abstruso, rebuscado y frívolo, está sobrecargado de citas superfluas. La clasificación escolástica entre poeta "mayor" y "menor" es una extrapolación de las escalas jerárquicas de un régimen de ordeno y mando al campo literario, donde las jerarquías las establece el gusto de cada lector.
   ¿Por qué versos como Por la orilla florenciente / que baña el río de Yara / donde dulce, fresca y clara / se desliza la corriente [...] / iba un guajiro montado / sobre una yegua trotona (El Cucalambé) habrían de ser "menores" que estos otros de Rubén Darío: La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de su boca de fresa, / que ha perdido la risa, que ha perdido el color...? Yo sólo veo una diferencia jerárquica: la alcurnia de la idílica princesa.
   Conque, como exhortaría Encuentro en la Red cuando el tema pasa de insustancial: ¡"A debate", señores catedráticos! Construid y desconstruid cuanto se os antoje. Pero, eso sí, sin metalenguajes derridanos ni citas de autoridades poéticas inapelables. Al grano, como en un examen de fin de curso. Bastará con un manual de rima y métrica española de los usados antiguamente en el bachillerato.
   Por cierto, si mal no recuerdo, en aquellos tratados de preceptiva literaria la distinción entre "versos de arte mayor" (más de diez sílabas) y "versos de arte menor" (hasta ocho sílabas) se reducía a una cuestión de longitud. Ah, y los preceptores consideraban más difíciles a los "de arte menor".
   Pero el dato que le pone la tapa al pomo de las injurias contra la poetisa, es que Jorge Luis Arcos haya tenido el desparpajo de intentar terciar en la disputa a nombre de Encuentro en la Red. Él, que no se ha inmutado en despejar las dudas acerca de su persona y representa a una AECC inasequible al aluvión de críticas de extrema gravedad que se le han planteado, se siente moralmente autorizado a erigirse en juez de Padilla y Belkis, a zanjar el pleito diciendo quiénes se equivocaron en qué, cómo y por qué, situándose, en tono aparentemente conciliador, a mitad de camino entre la pareja y sus críticos. ¡Inaudito!
   Para colmo, lo hace con un texto de malabarista signado a la enésima potencia por esa pedantería de catedrático sofisticado que tanto repugna a la poetisa. (Borges ha de estar revolviéndose en su tumba: las sastrerías de ambas orillas del charco cultural cubano lo usan a porfía, igual para un roto que para un descosido.) No haberse evadido, según Arcos, fue lo que, en última instancia, perdió al poeta, que en definitiva sólo estaba aplicando demasiado al pie de la letra los postulados del “compromiso intelectual” sartreano. ¿En qué quedamos, compromiso o evasión? Palos porque boga y palos porque no boga...
   Padilla, según él, se estrelló contra la "Historia", no contra el poder concreto, implacable, que todos conocemos. La culpa, insinúa, es del "totalitarismo", que los de la AECC no identifican con la Revolución Cubana y, consecuentemente, hacen todo lo posible porque el sucesor logre insuflarle nueva vida a ese cadáver histórico. Así, entre otras ventajas, nunca serían abiertos al público los archivos de la Seguridad del Estado, como sucedió con los de la STASI en la RDA. Y las actas de la Asociación serían incineradas o coninuarían siendo confidenciales.
   Por último, lo de “un escritor que también fue su esposo”, según el comentario de Ernesto en mi blog, sería otro insulto, éste sí “de baja estopa”, si no fuese porque el ofensor parece desconocer la circunstancia de que las asechanzas de la Seguridad del Estado tuvieron mucho que ver en la destrucción de un amor que de otro modo pudo haber durado la vida entera. Sugiero que, si no está en el insight, como creo, le pida disculpas a la “Brujita”.

(Razones para la neurosis y la paranoia en la Diáspora. Blog El Abicú Liberal, julio 2007)

Thursday, April 23, 2015

Jorge Luis Arcos vs. Pablo de Cuba Soria (defendiendo a Heberto Padilla)

Las tesis de Pablo de Cuba Soria son esquemáticamente las siguientes: pondera la poesía de Padilla en El justo tiempo humano, sobre todo dos poemas clásicos, "En la muerte de William Blake" y "Dones", aunque, como advierte Ernesto Hernández Busto, olvida comentar otros textos, típicos de la utopía revolucionaria. En contraste con los poemas nombrados, lamenta la excesiva politización de un libro como Fuera del juego, y, finalmente, ve una caída en los últimos textos de Padilla, de Un hombre junto al mar…
   Creo que si algo tiene de falible el texto de Pablo de Cuba es la ausencia de matices, por lo que su crítica deviene muy categórica y, como resultado, mina parte de la verdad de los enunciados generales. Es engañoso a veces, aunque acaso inevitable, realizar una lectura cronológica de un poeta. Cuando el poeta muere y se cierra su obra, lo que queda es su saldo creador más significativo, más allá de su cronología e, incluso, de concurrentes lecturas generacionales, también, hasta cierto punto, inevitables. Por encima del interés biográfico, de las precisiones contextuales, de las explicaciones generacionales, quedan (o no) ciertamente aquellos textos que, como dijera Borges, sucesivas generaciones de lectores continúan leyendo con inocultable fervor y que, por ello, devienen clásicos, canónicos, etcétera.

(La eternidad ante la crítica. Cubaencuentro, julio 2007)

Tuesday, August 12, 2014

Jorge Luis Arcos vs. Jorge Pomar

Le confieso que cuando usted en su primer texto contra Encuentro utilizó mi nombre para tratar de inferir una delirante relación entre Encuentro y la UNEAC, lo primero que pensé, luego de mi natural sorpresa, fue: esta persona no me conoce en lo absoluto. Más allá de la gravedad de sus acusaciones festinadas, sin argumento ni prueba alguna con respecto a mi relación –pero ¿es que esto es posible ahora?- con la UNEAC, y, para colmo, a través de mi persona, del propio Encuentro con esta, me dije: esta persona tiene un prejuicio, se ha construido un estereotipo por el hecho de haber sido yo director de la revista Unión desde enero de 1995 hasta mi salida de Cuba en julio del 2004, donde por cierto trabajaba con dos personas, Enrique Saínz y Horacio García Brito, quienes siempre me hablaron bien de usted en el plano personal.
   Creí, sinceramente, que había -una de dos, o acaso las dos-, o una gran confusión o una muy mala intención de su parte, difamación mediante. Incluso puedo comprender que a usted le moleste el hecho de que, luego de haber dirigido la revista Unión durante diez años, ahora sea miembro del consejo de redacción de la revista Encuentro, con la que colaboro además desde su fundación. Puedo comprender esto como motivo de recelo en una persona que no me conoce, pero no puedo por ello aceptar sus inferencias falsas. La historia no es tan sencilla. Ciertamente, todos, incluido usted, tenemos un pasado insular, ¿qué duda cabe?
   Le digo todo esto para tratar de reconstruir una relación inexistente, y porque en mi soledad me he preguntado muchas veces qué extraño conocimiento o desconocimiento más bien, pueden haber justificado sus inferencias. Sin embargo, me parecieron tan delirantes sus acusaciones que, contra mi natural modo de ser (le confieso), me abstuve de responderle, sobre todo porque hubiera tenido que hablar también en nombre de una asociación, revista, periódico, que creo que rebasan mi caso particular (aunque yo haya sido generosamente aceptado como miembro del consejo de redacción de la revista), y que tienen sus conocidos directores, una muy larga trayectoria en ese proyecto, etc. Mi opinión sobre Encuentro, por ejemplo, la que le compete a mi experiencia personal, más insular que diáspórica, la escribí, por ejemplo, sea cual sea su valor, en “Diez años de Encuentro en Cuba”. Pero no me quedé, no obstante, conforme con mi silencio ante sus acusaciones peregrinas.
   Ahora usted vuelve a relacionarme con sus ataques a Encuentro, a propósito de la reciente polémica en torno a Padilla, y esta vez no voy a quedarme callado, aunque quiero advertirle algo: lamento defraudarlo, pero voy a hablarle a título exclusivamente personal. Sobre todo lo relacionado con Encuentro, repito, sin duda hay personas más competentes, con más responsabilidad y con más experiencia dentro de ese proyecto que podrán satisfacer o no sus expectativas. No es que yo no pueda intentar hacerlo pero, insisto, creo que no me corresponde a mí ni es mi interés en este momento. Por tanto me voy a concentrar (al menos en esta ocasión) en lo que me atañe a mí directamente.
   Trataré de ser breve. Con respecto a sus acusaciones de que yo soy ese delirante vínculo entre Encuentro y la UNEAC, sólo puedo desmentirlo sencillamente. ¿Qué otra cosa puedo hacer ante tan difamante y estrafalaria acusación? ¿Me pide usted acaso que trate de probar mi inocencia? Le repito, usted y yo no nos conocemos, pero menos mal que muchas otras personas me conocen como para no tener que desgastarme en aclararle algo sin fundamento alguno. Sería ridículo de mi parte que intentara siquiera responder algo para lo cual no da ni pruebas ni argumentos, sólo su presunción personal, y ante lo cual me obligaría a referirme a cuestiones que sólo existen en su imaginación o deseo. Si usted, ante cualquier duda, se hubiera dirigido a mí, con mucho gusto habría conversado con usted, y le hubiera aclarado cualquier cosa. Pero no, usted optó por difamar antes que dialogar.
   Por favor, no intente “utilizarme” más para sus fines, sean cuales sean estos. No soy “utilizable”, sencillamente, mucho menos por usted que no me conoce. No soy su comodín ni su pretexto. Siga usted si quiere su batalla contra Encuentro, del que yo soy, efectivamente, voluntaria y conscientemente parte, pero no me mencione más en vano. Eso a quien daña en su reputación es a usted mismo.

(Carta abierta de Jorge Luis Arcos, Blog El Abicú Liberal, julio 2007)

Friday, April 18, 2014

Ernesto Pérez Castillo vs. Jorge Luis Arcos

Jorge Luis Arcos es uno de los impacientes que quiere ganar ventaja pescando en el río revuelto de los dineros que el gobierno de los Estados Unidos despilfarra a través de la National Endowment for Democracy en su intento por destruir a la Revolución cubana.
   Luego de dar el triple salto fatal que lo llevó, desde su puesto habanero de director de la revista UNIÓN —publicación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba—, a colocarse en medio del consejo de redacción de la propia Encuentro —plataforma de la que se ha valido incluso para sus ataques contra su antiguo maestro Cintio Vitier—, no ha dejado pasar una oportunidad de mostrarse, de marcarse, de señalar hacia sí mismo, levantado su mano entusiasta en el coro de los que claman por las treinta monedas.
   Arcos, que desde que estableció residencia en Madrid se ha aplicado concienzudamente al guión de una supuesta oposición desde una “izquierda democrática”, ha comenzado por el principio. Esto es, la exaltación de un ilusorio pasado republicano en la Cuba de antes de la revolución. En su artículo “Según imagen”, aparecido en Encuentro en la red,  comienza por afirmar: “Hace ya tantos años que en Cuba no hay democracia (más de medio siglo)”.
   Con esto establece Arcos que antes de la revolución esta islita era un paraíso democrático, y santifica las dictaduras de Fulgencio Batista y Gerardo Machado. Solos, esos dos períodos suman la friolera de quince años de represión sangrienta, casi un tercio del lapso pretendidamente “republicano”.
   Del resto, deberemos aceptar que la instauración desde 1902 del fraude electoral como método fue un acto de democracia, que todo el dinero que desapareció del erario público durante aquellos gobiernos fue democráticamente robado, que el abandono en que mal moría la gente de a pie era un olvido democrático, y que Jesús Menéndez y Aracelio Iglesias —por citar solo dos ejemplos— fueron democráticamente asesinados.
   Y es con ese mismo espíritu “democrático” que Arcos arremete contra la Cuba que dejó atrás cuando hizo sus maletas. Así ha querido aumentar su crédito cortando porciones generosas del pastel que imaginó frente a sí tras la aparición en la televisión de la Isla de varios de los responsables de las arbitrarias políticas culturales del llamado “quinquenio gris”. Ni presto ni perezoso, él dictamino sobre la imposibilidad de algún debate entre los escritores e intelectuales cubanos al respecto: “En Cuba, lamentablemente, eso es impensable. Pero, además, ya se sabe la reticencia comprensible a expresar en alta voz las verdaderas opiniones sobre cualquier asunto”. ¿Por qué Jorge Luis Arcos pretende silenciar así a la intelectualidad cubana, taparle la boca, inventar que aquí nadie ha dicho nada?

(La Jiribilla, febrero 2007)

Friday, December 27, 2013

Jorge Luis Arcos vs. Antonio José Ponte

Resulta patético el gesto de quien quiere mofarse del otro, por la sencilla razón de no compartir sus ideas o su estilo de vida o la calidad de un destino diferente; afán negador contra un texto que se propone ofrecer el testimonio de una intensa aventura del espíritu ya cumplida. Pero no hay dudas de que cada quien tiene el derecho de hacer la lectura que quiera o la que sencillamente sea capaz de hacer. Pero las lecturas deberían hacerse –al menos ese es mi criterio personal– para comprender aun lo diferente, en aras de la objetividad del conocimiento, y no para negar “alegremente” lo que no compartimos. Una cosa es no compartir un proyecto de vida, una poética, una estética, una aventura del espíritu, y afirmar, a la vez, ideas y actitudes diferentes, y otra es hacer tan evidente el propósito de negar, a través de la mofa, al otro.

(Veleidad de un estilo. La Gaceta de Cuba, abril 1998)

Thursday, April 11, 2013

Jorge Luis Arcos sobre intelectuales de la isla

Es sencillamente increíble. Tal parece que una parte considerable de los intelectuales cubanos dan por hecho que el régimen actual va a continuar existiendo, y ellos, dentro del mismo, con su variada gama de complicidad, silencio, oportunismo o, incluso, alegre aprobación. Porque aun cuando se rectifique públicamente lo sucedido recientemente, ello no constituiría sino un leve reacomodo dentro de una política cultural en esencia subordinada a un poder totalitario. Pues está muy bien protestar por la resurrección de la imagen de aquel pasado ominoso, pero ¿cómo convivir en el presente con un régimen que coarta diariamente todas las libertades elementales? Peor que olvidar el pasado, es tener amnesia del presente. Aun los más honestos críticos de lo sucedido, demuestran que en el presente ellos mismos continúan sometidos a cierta censura, a un miedo modelado por décadas de represión. Como si lo terrible sólo aconteciera en el pasado, como si el presente no pudiera ser cuestionado...

(Peor que olvidar el pasado es tener amnesia del presente, Cubaencuentro, enero 2007)