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Thursday, December 29, 2016

Luis Cino vs. intelectuales oficialistas y el discurso-panfleto “Palabras a los intelectuales”

Aquellas reuniones se convirtieron en un farragoso monólogo del Comandante, que aunque trataba de mostrarse distendido, no lograba disimular su disgusto por tener que dedicar su tiempo a disciplinar a molestos escritores y artistas, que con sus majaderías,  no acababan de acatar las órdenes de los comisarios aferradamente estalinistas del Partido Socialista Popular (PSP) en metamorfosis.
   Así que para no demorarse en algo que ya duraba demasiado, con la pistola sobre la mesa y Alfredo Guevara a su vera, el Máximo Líder, impuso sin cortapisas las reglas del juego: “Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada.”
   Los asistentes, fascinados algunos pocos, desprevenidos o atemorizados los más, solo atinaron a aplaudir las palabras del Jefe. Y todavía la cultura cubana está pagando las consecuencias.
   El Comandante fue lo suficientemente ambiguo para no precisar el límite exacto entre lo que estaba dentro o fuera de la revolución. Los comisarios se encargarían celosamente de delimitar la frontera en cada caso particular, con grueso creyón de censores y siempre con amplio margen a favor de la paranoia del Jefe o de cualquiera de sus muchos jefecillos, más o menos severos y cultos: Alfredo Guevara, Edith García Buchaca, los tenientes Pavón y Quesada, “Papito” Serguera, Ana Lasalle, Fernando Portuondo,  Roberto Fernández Retamar, Carlos Aldana, Abel Prieto, Iroel Sánchez, Luis Morlote, o la mismísima Prima Ballerina en Jefe, Alicia Alonso, quien hace solo unos días, usó sus influencias para impedir la presentación en el Sábado del Libro de las memorias del bailarín radicado en el exterior Carlos Acosta.
   Desde hace varios años, algunos testaferros intelectuales de la dictadura —intelectuales orgánicos, como suelen ser llamados—, como Abel Prieto, se afanan por explicar que la ordenanza del Comandante del último sábado de junio de 1961 no era tan estricta y dejaba bastante campo a la creatividad artística, ya que según ellos, no era  precisamente “fuera de la revolución”, que es como se recuerda y se cita, sino “contra la revolución”. ¡Como si eso variara en algo los resultados! ¿Se podía estar “fuera de la revolución” sin ser considerado un enemigo y tratado como tal?
   Más de medio siglo de aberradas “políticas culturales” han generado un medio intelectual, donde amén de ciertas poses contestatarias que no van más allá de donde dice peligro y alguna que otra tormenta en un vaso de agua, impera, como en el resto de la sociedad cubana, el miedo, la hipocresía, la simulación y el doble discurso.
   El difuso límite entre el dentro y el fuera de la revolución ha permitido al régimen, además de la censura, la proscripción y la condena al ostracismo de los más rebeldes, su recuperación después de muertos (los casos de Lezama y Piñera), engatusar a ciertos autores exiliados, y también  cooptar para el sistema, siempre que no se pasen de rosca, a ciertos críticos como los directores de cine Sara Gómez, Fernando Pérez y Tomás Gutiérrez Alea —a quien Alfredo Guevara, su principal hostigador, calificó cínicamente, después de muerto, como “un revolucionario difícil”—, los represaliados del Decenio Gris a los que les han concedido como muestra de su rehabilitación  el Premio Nacional de Literatura (Lina de Feria, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat, César López) los tolerados a regañadientes cantautores Pablo Milanés y Carlos Varela, los escritores Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez, etc.
   ¿Ya no se acordará el muy fiel Miguel Barnet,  hoy presidente de la Unión Nacional de Escritores Artistas Cubanos (UNEAC), cuando la jauría licantrópica le cayó encima por escribir La canción de Rachel, en vez de algo como Biografía de un cimarrón, que fuera útil a la revolución?
   Cuando hablan de “las políticas culturales de la revolución” uno no puede dejar de evocar, entre otras barbaridades, los intentos de implantar el realismo socialista en el cine y la literatura, el cierre de Lunes de Revolución y de Ediciones El Puente, el éxodo de los mejores escritores y artistas, el caso Padilla, los grises años 70,  la época en que las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) eran las que premiaban los concursos literarios y los poetas se veían obligados a escribir novelitas policíacas donde los héroes eran los agentones del Ministerio del Interior (MININT) y los chivatos de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR)…

(A 55 años de las Palabras a los Intelectuales. Cubanet, junio 2016)

Thursday, December 1, 2016

Luis Cino vs. Lisandro Otero y Pablo Armando Fernández

“Mapa dibujado por un espía” es la asfixiante crónica de la desilusión, la decadencia de una ciudad y un modo de vida, el miedo, la simulación, la delación,  la degradación, la inevitable paranoia resultante de no saber quién es quién.
   Muchos de los amigos de Cabrera Infante lo traicionaron después que se exilió,  abjuraron de él. Algunos ya en esa época, en que era poco menos que un secuestrado, se prestaban, por miedo, por envidia, por celos,  por lo que fuera,  a vigilarlo y delatarlo.    Lamentablemente muchos de ellos ya no viven, para que al leer este libro recordaran cómo eran entonces y cómo sus vidas empezaron a transformarse en un infierno,  consecuencia inevitable de haber vendido el alma al Diablo.
   Pienso particularmente en el ya fallecido escritor Lisandro Otero. Uno llega a dudar si el personaje con ese nombre que aparece en el libro, disfrutando de la playa en Varadero, o en la casa de Carlos Franqui o cualquier otro de los amigos communes, compartiendo lo que había, lo poco que iba quedando, y hasta haciendo chistes que los mal pensados podían interpretar como contrarrevolucionarios, es el mismo que unos años después se ahogaba de rencor cuando hablaba de Cabrera Infante.
   Muchas veces  se le escuchó acusar al autor de “Tres tristes tigres” de plagiar a Faulkner. Definía la obra de su antiguo amigo como “trozos de historietas, narraciones truncas, prosa inconclusa sazonada con ejercicios de pastiche, parodias acrobáticas, laberintos gratuitos, pésima y oscura sintaxis, supercherías gratuitas, alguna que otra agudeza, comadreos de aldea, bromas demasiado escuchadas”.
   En plan de Sumo Literato, Otero reprochaba a Cabrera Infante  “una acumulación verbosa y deshumanizada”, que según concluía, “no era verdadera literatura, sino fuegos de artificio”, y decretaba en vano su “anulación por el desarraigo”.
   Hablaba muy mal de Lisandro Otero su encono excesivo y enfermizo contra su antiguo amigo. No puede uno evitar sentir lástima por alguien capaz de sentir tanto resentimiento.
   Pienso también en Pablo Armando Fernández. No logro conciliar la actitud del poeta temeroso luego de ser tronado de su puesto diplomático en Londres, que cuidaba no solo lo que hablaba, sino también el largo de su pelo  y el ancho de las patas de sus pantalones, porque no quería tener problemas, que refiere Cabrera Infante, con la del poeta que presume de su amistad con Fidel Castro, quien lo rehabilitó, dejó que le confirieran el Premio Nacional de Literatura y la correspondiente pensión en divisa y hasta le celebró su cumpleaños 60 por mediación de Miguel Barnet, otro bien rehabilitado.
   El autor de “Los niños se despiden” ha lamentado no haber tenido con Fidel Castro “una amistad en el sentido de compartir el tiempo que para eso se necesita”. Con Cabrera Infante sí tuvo ese tiempo y esa amistad. Y sin condicionamientos onerosos. Tal vez por eso no se ha sumado a los detractores. Solo que prudentemente evita hablar de esa vieja amistad.
   Suelo tropezarme con Pablo Armando Fernández en sus habituales caminatas matinales  por la Quinta Avenida de Miramar. Siempre que nos saludamos, tengo que resistir la tentación de comentarle el tema. Pero no lo hago. No lo haré. Respeto demasiado a los poetas de verdad. No vale la pena molestarlos con  impertinencias.
   Supongo que Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat y los demás amigos de Cabrera Infante que estén vivos,  cuando lean “Mapa dibujado por un espía”, sentirán un salto en la conciencia por no haber sido más dignos y mejores. Tal vez sea tiempo todavía para poner en claro sus cuentas. Al menos con ellos mismos.

(Mapa dibujado por muchos espías. Cubanet, agosto 2014)

Tuesday, October 18, 2016

Luis Cino vs. Pablo Armando Fernández

Alguna vez Guillermo Cabrera Infante calificó a  Pablo Armando Fernández como “un poeta menor”. Habría que ver qué calificación le hubiera dado de leer “Héroes inmarcesibles” y “Números reveladores”, los dos poemas  para Fidel que añadió Pablo Armando a su crónica en La Jiribilla con motivo del cumpleaños del Comandante.
   Donde hay casi tantos  poetas menores y francamente malos como guatacas, Pablo Armando, que es un hombre agradecido, tiene atenuantes para los adulones versitos y su fidelidad fidelista.
   El poeta lamenta no haber tenido con Fidel Castro “una amistad en el sentido de compartir el tiempo que para eso se necesita”, pero no fue necesario. El Jefe perdonó las debilidades e indignidades de sus tiempos en Lunes de Revolución. Aquellos pecadillos -y otros que no vienen al caso- le costaron ser marcado y condenado al ostracismo durante el quinquenio gris y un poco más allá. Pero andando el tiempo y grande que es esta revolución, Pablo Armando fue rehabilitado, recibió el Premio Nacional de Literatura y la correspondiente pensión en divisas. Y lo que es más: el Comandante le celebró por todo lo alto su cumpleaños 60.
   En su amorosa crónica de La Jiribilla, el poeta recuerda que el  homenaje se debió a la mediación de Miguel Barnet, Celestina de cake y velitas, durante una recepción del Premio Casa de las Américas en el Palacio de las Convenciones, en 1990.
   Ya para entonces, el Máximo Líder sólo reprochaba a Pablo Armando que tomara siempre Johnny Walker en vez de whisky  cubano. Falta no tan grave y que incluso podía servir -junto con el buen inglés que domina- para reforzar su atención a las personalidades yanquis en plan de turismo político en Cuba.
   El cumpleaños se lo celebraron poco después, con bastante whisky y todo lo demás, en el Palacio de las Convenciones. Según el poeta: “fue una fiesta bellísima”. Refiere que cuando el Comandante le preguntó cómo se sentía, le contestó: “soy el hombre más feliz de la Tierra, usted es el que debería tener un cumpleaños como este, pero no tiene un Fidel Castro que se lo haga”.
   Pero como aduladores tiene bastantes, en 1996, Barnet, quien parece disfrutar mucho las fiestas de cumpleaños cuando son de altura, propuso celebrar el cumpleaños 70 del Comandante en casa de Pablo Armando Fernández. Ni decir que el autor de “Los niños se despiden” acogió la idea con entusiasmo.
   No imaginen que fue una fiesta con todos los hierros. Modestos que son ellos, fue más bien un motivito. Hace años habló de aquel cumpleaños en el programa Mesa Redonda el hoy defenestrado Felipe Pérez Roque, que fue invitado a la fiesta porque  por entonces era “el que mejor interpretaba el pensamiento de Fidel”.
   Según Pérez Roque, que no disimulaba su desprecio por el pueblo, especialmente si era de piel oscura, cuando llegaron a casa de Pablo Armando había un apagón y en la calle estaban paradas “unas negras gordas”. El agasajado y sus invitados celebraron con un cake, croquetas, y siempre según Felipito, “ron del malo, de ese que venden en la bodega”.
   El Comandante, luego de compartir un rato con sus amigos, partió raudo porque lo  esperaban a cenar. Como Pablo Armando Fernández estaba sin whisky y producto del apagón tampoco tenía los cubitos de hielo con que aprendió a beberlo en New York, se quedó con las ganas de declamar ante su amado líder los poemas que había preparado para la ocasión. Tal vez sean las mismas rimas, infumables y vomitivas, que 15 años después publicó en La Jiribilla con motivo del cumpleaños del Máximo Líder. No sé qué hubiera dicho Cabrera Infante. Prefiero no imaginarlo.
   Por mi parte, me ofendería si alguien me dedicara semejantes versitos. Lo tomaría como una burla. No sé si el Comandante, que debe estar acostumbrado a las guataquerías, perdone los versitos de Pablo Armando. La poesía no debe ser el fuerte del Líder. Pero, hombre de experiencia, debe saber que a veces en los lances amorosos, el exceso de entusiasmo puede provocar disfunciones y otros desastrosos resultados. También a los poetas. Por muy fieles que sean.

(Los versitos de la fidelidad fidelista de Pablo Armando. Cubanet, septiembre 2011)

Thursday, August 27, 2015

Luis Cino vs. Daniel Chavarría

Admira tanto a Fidel Castro, que confiesa que a veces, en algunas recepciones, se ha puesto impertinente y ha abusado de su paciencia (que nadie imaginaría tan grande). Con varios tragos de más, después de una cena en el Palacio de la Revolución, le espetó al Máximo Líder su teoría del vampirismo energético; luego le dijo que, en su opinión, era un error negar su condición de dictador, sólo que a la usanza de la República Romana, como Cincinato o Fabio Máximo.
   En otra ocasión, en una casa de protocolo, desquiciado ante la presencia del Jefe, se arrodilló, y con los brazos abiertos, le pidió abrazarlo. No conforme, todavía de rodillas y con los brazos en cruz, como un penitente (o una tiñosa), le imploró: “Déjeme darle un beso, Comandante”.
   Daniel Chavarría explica el efecto de Fidel Castro sobre él: “Supongo que así como su oratoria enardece y moviliza a la muchedumbre en la Plaza, también me enardece a mí, pero con efectos insólitos, como el de trastornarme e inducirme a decir sandeces”.
   De sandeces, en especial cuando habla de Cuba y los cubanos, están llenas las memorias de Daniel Chavarría. Por eso me disgustó tanto el libro. Sospecho que el Comandante, que tiene tantos adulones que se saben comportar, si leyó el libro, tampoco le agradó.

(El amor cubano de Daniel Chavarría, Blog Asociación Pro Libertad de Prensa, noviembre 2009)

Monday, July 6, 2015

Luis Cino vs. Lisandro Otero

A Lisandro Otero se le desbordaba un resentimiento enfermizo   cuando se refería a Cabrera Infante. Burgués de Miramar,  reprochaba a Cabrera Infante, llegado a La Habana procedente  de Gibara, “el síndrome del salto de clase” y hasta su descapotable de segunda mano.
   Otero no se cansó de acusar a Cabrera Infante  de atragantarse de William Faulkner y “plagiarlo desembozadamente”. Algo digno de analizar si se tiene en cuenta que a inicios de los años 80, luego del esfuerzo por imitar a Alejo Carpentier para escribir “Temporada de ángeles”, Otero se convirtió en un experto en plagios y atragantamientos.
   En  su libro “Disidencias y coincidencias en Cuba” (Editorial José Martí, La Habana, 1984) Otero describía la obra de Cabrera Infante  como “trozos de historietas, narraciones truncas, prosa inconclusa sazonada con ejercicios de pastiche, parodias acrobáticas, laberintos gratuitos, pésima y oscura sintaxis, supercherías gratuitas, alguna que otra agudeza, comadreos de aldea, bromas demasiado escuchadas”.
   Lisandro Otero, en plan de Sumo Literato, reprochaba a Cabrera Infante  “una acumulación verbosa y deshumanizada”, que según concluía, no era verdadera literatura, sino “fuegos de artificio”.
   ¿Quién lo diría luego de las viñetas que tanto recuerdan las de Cabrera Infante que empleó profusamente Lisandro Otero en su trilogía “La situación”, “En ciudad semejante” y “El árbol de la vida”?
   En definitiva, los resabios, pedanterías y prejuicios elitistas de Lisandro Otero siempre influyeron en sus peculiares criterios.   Llamó “apóstata aborrecido” al Premio Nóbel de Literatura Vidia Naipaul, calificó al rock como “aberrante deformación de las formas musicales” y a Elvis Presley como “rey de la payasada para rústicos”.
   Qué no diría Lisandro Otero de Cabrera Infante, a quien no podía ocultar que detestaba, si en favor de Vladimir Nabokov sólo pudo atribuir su destreza con las palabras “a sus muchas patrias y su pertenencia a ninguna”.
   Pero era tanto su encono contra Cabrera Infante, que ni siquiera admitía que el mismo desarraigo del exilio que decía enriqueció literariamente a Nabokov pudiera beneficiar en algo al autor de “La Habana para un infante difunto”. Todo lo contrario. “Cabrera Infante no escapará a la anulación por el desarraigo, ese será el final de su aventura”, auguró Otero.
   Hasta su muerte, Lisandro Otero aseguró que “la obra de Cabrera Infante se extinguiría con los años”.  Me temo que luego de  tanto resentimiento, su alma no pueda alcanzar la paz al comprobar  que la aventura literaria de Guillermo Cabrera Infante, tras su muerte en 2005 en su exilio londinense, apenas se inicia.

(El alma sin paz de Lisandro Otero. Cubanet, octubre 2011)

Friday, March 27, 2015

Luis Cino vs. Abel Prieto

Pelado de frente y melenudo por detrás, cincuentón y eterno adolescente, ministro y escritor, moderado y ortodoxo, canónico y herético, amable y enérgico, civil y militar, culto y popular, rígido y flexible, liberal e intolerante. Las dos mitades del ministro, siempre en esquizoide lucha, deben hacerle las cosas más difíciles aún.

(Abel Prieto y Caín Rivero, Cubanet, May. 2005)

Friday, March 13, 2015

Luis Cino sobre Eduardo Heras León

Este año, para el Premio Nacional de Literatura estaba nominado el poeta Delfín Prats, pero se lo concedieron a Eduardo Heras León.
   Ambos fueron víctimas de los inquisidores durante el Decenio Gris: Delfín Prats por el poemario Lenguaje de mudos, y Heras León por Pasos en la hierba.
   El Premio Nacional de Literatura se ha convertido en una especie de demorado desagravio oficial para algunos de los represaliados y condenados al ostracismo de ayer. Solo que los comisarios tienen sus preferidos a la hora de las rehabilitaciones. Heras León es uno de ellos, y ahora le tocó su turno. De algo le valió no haberse cansado de proclamar que es un escritor revolucionario.
   Heras pertenece a la “generación de la lealtad”, categoría cuasi filosófica inventada por Aurelio Alonso para intentar embellecer el sacrificio de las ilusiones de intelectuales atenazados entre el espanto y la obediencia.
   En mayo de 1971, en el número 46 de El Caimán Barbudo, una nota de resonancias inquisitoriales anunciaba la expulsión de Heras León del consejo de redacción de la revista debido a “las connotaciones de criticismo tendencioso que, amparado en pretendidas posiciones revolucionarias, se evidencian en su libro”.
   El libro en cuestión era “Pasos en la hierba”, hoy considerado junto a “Condenados de Condado” de Norberto Fuentes, y “Los años duros” de Jesús Díaz, clásicos de la llamada “narrativa de la violencia revolucionaria”.
   La edición que hizo Casa de las Américas de “Pasos en la hierba” fue recogida con premura por los comisarios y sus secuaces, y convertida en pulpa.
   Heras León, un idealista ex artillero con buenas dotes de narrador, fue otro más de los que no atinó a distinguir los tenues y volátiles límites del arte dentro de la revolución.
   Sus crudos relatos de la guerra en el Escambray le costaron a Heras ir a parar a una fábrica metalúrgica. Allí tendría que demostrar proletariamente su fidelidad a la revolución. Y entrarle de lleno al más puro realismo socialista con bodrios como Acero.
   “Pasos en la hierba” no se volvió a editar hasta el año 2006.   La imagen de la portada evocaba a otro represaliado, el pintor Servando Cabrera. En la presentación del libro, Heras León sólo atinó a alzar un ejemplar y gritar “gané”.
   Casi nueve años después, confiados de su prudencia y lealtad, los comisarios le han concedido el más importante premio literario de la cultura oficial. Sin exigirle los mea culpas que entonó durante demasiado tiempo. Ya no necesitan flagelaciones ni penitencias. Ahora que “los errores” ya están superados y perdonados -sin que los victimarios pidieran perdón- se puede hablar de incomprensiones, y sin precisar nombres, culpar a extremistas, burócratas y perseguidores de la cultura…Después de todo, según ellos, ya muchos de los inquisidores no están aquí, porque están muertos o fueron a buscar refugio en los acogedores brazos del enemigo. Y de quienes daban las órdenes, ni pío.
   Víctimas ha habido muchas, pero no todas tienen la fidelidad masoquista del Chino Heras y otros similares que afirman que fueron y son revolucionarios. De ahí el premio, que viene a ser la consagración de su rehabilitación.

(La consagración de un rehabilitado. Cubanet, enero 2015)

De tan acostumbrado a resignarse, a Delfín Prats no debe haberle molestado más de la cuenta que desecharan su nominación para el Premio Nacional de Literatura y se lo concedieran a Eduardo Heras León.
   De algún modo tenían que compensar a Heras por la homérica y gástrica tarea de antologar las decimas que escribió Antonio Guerrero en la cárcel, algo que vale mucho más para los comisarios que su buen desempeño al frente del Taller de Narrativa “Onelio Jorge Cardoso”, y ni hablar de “Pasos en la hierba”, que todavía debe causar ronchas a algunos chapeadores anticulturales.

(Delfín Prats: el silencio corrosivo. Cubanet, enero 2015)

Friday, December 19, 2014

Luis Cino vs. Raúl Capote

Capote, en un intento de revivir el realismo socialista en plena posmodernidad, propone crear héroes literarios tomados de la cotidianidad, como por ejemplo, los profesores emergentes. O un personaje como él mismo. Por lo pronto ya tiene un libro escrito sobre sus experiencias como agente. Por suerte para la literatura, advirtió que su publicación puede demorar muchísimo. Explica sin pudor alguno que tiene el libro reposando, “hasta que me digan que puedo publicarlo, si consideran que es literariamente valioso”.  No hizo falta que aclarara quienes hacen tales valoraciones. No deja de ser conveniente que alguien, aunque sea los jefazos de Seguridad del Estado —qué remedio, alguien tiene que hacerlo—, le baje los humos literarios a un escritor tan presuntuoso.

(Un escritor con un ego muy grande, Cubanet, agosto 2011)

Tuesday, December 2, 2014

Luis Cino vs. la UNEAC

En realidad, en sus 50 años de existencia, la UNEAC tiene poco que exhibir que valga la pena. Y no es para menos. Medio siglo de aberrantes políticas culturales que se iniciaron con la advertencia del Máximo Líder a los creadores y artistas de que “contra la revolución, ningún derecho” han generado en Cuba un medio intelectual donde imperan el miedo, la simulación  el doble discurso y la desvergüenza.
   En su último congreso, de tantas quejas, pareció que se iba a acabar el mundo. Hasta se habló de racismo y se creó una comisión al efecto.  Nada para preocuparse. Oportunamente advirtieron desde las alturas que aquello no era la perestroika ni nada que  fuera un poco más allá de un rato de catarsis.
   Los salones, jardines y pasillos de la casona de la UNEAC en El Vedado han sido el escenario ideal para la envidia, los chismes  y las delaciones. También para los panfletos y las declaraciones  viles que se firman sin leer, con manos temblequeantes y cansadas de aplaudir.
   El régimen reclutó sus comisarios culturales entre oportunistas y mediocres para implementar sus políticas culturales, y  utilizarlos en el mangoneo de los jurados de los premios, las revistas, las editoriales, la radio, la TV y los viajes al exterior, en detrimento de sus naturales adversarios: las personas inteligentes.
   Pero también a  intelectuales talentosos  chantajeó o compró con premios nacionales para que olvidaran  el Decenio Gris y comprendieran la utilidad de esforzarse en aplaudir y firmar cuanto documento el régimen les ponga delante.
   Lo que debía ser un sindicato de escritores y artistas, funciona como todos los demás sindicatos del país: cumple precisas orientaciones “de arriba” a través de su presidente, el genuflexo Miguel Barnet,  y el ministro de Cultura Abel Prieto, pelado y con barba por delante, melenudo por detrás, moderado y ortodoxo, según las circunstancias.

(El medio siglo de la UNEAC, Cubanet, julio 2011)

Tuesday, June 24, 2014

Luis Cino vs. “Sobre los pasos del cronista”, de Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal

Los autores de Tras los pasos del cronista  apelan a  infiernillos de tertulia y habladurías de pasillo para revelar testimonios dudosos  que  hablan bastante mal de quien los refiere, tales como los chismes del cineasta Enrique Pineda Barnet acerca de que Cabrera Infante  envidiaba su talento narrativo (¿?),  Alfredo Guevara contando a su manera las querellas por la posesión de la cultura revolucionaria, o el poeta Pablo Armando Fernández insinuando  que el Infante difunto siempre estuvo enamorado de él (y mal correspondido, no faltara más).
   No hay que tener mucha imaginación para suponer cómo se sentiría Cabrera Infante,  siempre tan orgulloso de estar prohibido en Cuba. Lo entiendo perfectamente. En su lugar, la presentación del libro donde pretenden perder sus pasos, y todo lo que siga, ahora que los comisarios pretenden que vuelven a la normalidad, lo tomaría, más que como un homenaje, como un agravio. Otro más.

(Tras los pasos de los saqueadores de tumbas. Cubanet, septiembre 2011)

Wednesday, January 22, 2014

Luis Cino vs. José Antonio Portuondo

Parece ser que no fue Portuondo, como se sospechó durante décadas, el hombre que con el seudónimo de  Leopoldo Ávila  firmaba los vitriólicos artículos que aparecieron entre 1968 y 1971 en la revista Verde Olivo, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y que preludiaron  el decenio gris, sino el teniente Luis Pavón Tamayo.
   Lo que hizo Portuondo fue reforzarle la pluma al teniente Pavón. Como las pretensiones literarias de Pavón, un oscuro burócrata militar designado como rancheador de intelectuales díscolos, no daban para tanto,  a Portuondo le asignaron la tarea de darle una mano  a la hora de redactar artículos  contra Heberto Padilla, Antón Arrufat, Pablo Armando Fernández y otros escritores.
   Por aquella época, Portuondo, que era un seguidor a ultranza del marxismo-leninismo-stalinista desde los tiempos del Partido Socialista Popular (PSP),  ejercía con entusiasmo su papel de comisario en la domesticación y sojuzgamiento de los intelectuales y la implantación del realismo socialista en la cultura nacional.
   Baste recordar sus ataques a Ciclón y Lunes de Revolución,  su polémica con José Soler Puig a propósito de la novela de la revolución o sus comentarios retrógrados sobre el Salón de Mayo, en 1967,  sobre el cual dijo que era “una de las muestras de cómo todavía no podíamos librarnos por entero de cierto sentido de neocolonialismo intelectual”.
   Para el dogmático Portuondo, lo que denominaba  “arte burgués contemporáneo”, o sea, todo lo que quedara fuera del más puro realismo socialista, era esnobismo, basura, chatarra.
   A  Portuondo, que era director del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias, se le achaca que por motivos políticos omitieran a importantes escritores  del Diccionario de la Literatura Cubana, publicado por la Editorial Letras Cubanas en 1980. Resulta escandaloso constatar que en dicho diccionario faltan, entre otros, los nombres de Guillermo Cabrera Infante, Gastón Baquero, Lino Novás Calvo y Carlos Montenegro, mientras que ciertos autores incluidos, como Jorge Mañach aparecen con el calificativo-coletilla  de “contrarrevolucionarios”.
   No era Portuondo quien tomaba esas decisiones, aseguró  el año pasado a la revista La Gaceta de Cuba, en el número dedicado al centenario de Portuondo, su discípulo y amigo, el ensayista  Miguel Ángel Botalín.
   Según Botalín, Portuondo “fue siempre muy disciplinado, al Partido, a las autoridades, a los superiores, y no siempre se puede ser tan disciplinado…No aprendió a decir que no. Abusaron de él…Le han echado culpas que no tiene”.
   Lo que Botalín no se atreve a decir a las claras, es fácil inferirlo. Demasiado obediente, Portuondo  cedió totalmente su autonomía intelectual para supeditarse  al papel de  teórico y burócrata cultural del castrismo. Esa es su principal  culpa. Y también su expiación, porque es un  papel muy triste.
   En cuanto a las otras culpabilidades que le adjudican, tampoco le son ajenas, por su complicidad en la represión a los intelectuales. Así que costará trabajo convencer a muchos  de que José Antonio Portuondo y Leopoldo Ávila no eran un mismo autor. ¡Pensaban tan parecido!

(¿José Antonio Portuondo o Lepoldo Avila?, Cubanet, septiembre 2012)