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Wednesday, August 26, 2015

Leopoldo Avila vs. “Escrito en las puertas”, de Antón Arrufat

Antonio Arrufat es portador de una expresión poética vencida por su propia falta de consistencia y veracidad. Hace unos años, reunió una serie de confusos epigramas y dio a la imprenta su primer libro de versos, En Claro. Luego tomó una parte de esos poemas, los unió a otros de parecido tono y dio a la imprenta Repaso Final. Aunque este título parecía ponerle ya punto y aparte (si no punto y final) a una intención poética infortunada, Escrito en las Puertas, publicado recientemente, desmiente aquellas esperanzas. Aquí están de nuevo los mismos poemas con otros que se les parecen mucho, vueltos a coser con tenacidad digna de mejores causas.
   Un sentimiento de temor recorre la obra. Un miedo que estalla en grititos que no conmueven a nadie. (“Me da miedo pensar…” “Tocan a la puerta mientras escribo esta página…” “No, aquí también nos miran”, “Por miedo el hombre construyó una casa…”). Una poesía así, de tonos grises y menores, no justifica la insistencia del autor. Nada aquí se levanta del ras del suelo; ni un solo verso logra trasponer el mundo turbio y pequeño que el autor pretende convertir en poesía. El libro está dividido en varias secciones, algunas con títulos especiales como “Escrito en un Urinario”, “Puertas Cruzadas”, “De nuevo en las Puertas”, etc. En general, es de notar que recoge no sólo las lamentables inscripciones, sino la atmósfera de los curiosos lugares donde quiere encontrar la poesía.
   En una época en que la poesía cubana cuenta con un amplio y valioso grupo de creadores, Escrito en las Puertas no es otra cosa que un mal momento que ha de pasar sin pena ni Gloria.

(Escrito en las Puertas. Verde Olivo, abril 1969)

Wednesday, May 6, 2015

Leopoldo Ávila vs. “Tres tristes tigres”, de Guillermo Cabrera Infante

“Tres Tristes Tigres” es una larga colección de cuentos, pedazos de narraciones, etc, una especie de rompecabezas con el que Caín quiere asombrar al mundo y que con la ayuda de “buenos” amigos, de algún crítico que se ha dejado sorprender y el poderoso impulso de las publicaciones de la CIA, ha logrado, al menos, cierta resonancia. Objetivamente: toda valoración de esta obra está falsificada por el amiguismo y la política. Nadie que la lea puede colocar a Caín junto a García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Fuentes o Carpentier ni aún Asturias. Sólo “Mundo Nuevo”, por cuenta y riesgo de la CIA, puede hacer semejante ubicación. Es una novela sobre La Habana —sobre una parte de La Habana (tres cuadras de una calle: La Rampa, según confesión del autor), una Habana que ha existido, es cierto, pero no la única. Es La Habana de los borrachos, los homosexuales, los toxicómanos y las prostitutas: La Habana de Caín, en una palabra. En relación con Cuba, la novela resulta extemporánea y pedante, aunque haya intentos de captar el habla popular que sean interesantes. Las parodias de los literatos y escritores que incluye, mal hechas, falsas y sin gracia, están además, coronadas por la irreverencia injustificada y cainesca de una parodia de Martí. Sólo quien ha perdido todo concepto de amor a la Patria y a su historia podía haber hecho lo que ha hecho Cabrera con el Apóstol: el equivalente literario de lo que hicieron los marines americanos en la estatua del Parque Central.

(Las respuestas de Caín. Verde Olivo, noviembre 1968)

Tuesday, March 24, 2015

Manuel Díaz Martínez vs. Leopoldo Avila

En noviembre de aquel año, 1968, un fantasma apareció en las páginas de Verde Olivo. ¿Quién era Leopoldo Ávila? Nadie lo sabía. Aún hay conjeturas sobre la identidad del amanuense que se ocultaba tras ese seudónimo (la más insistente señala a Luis Pavón, entonces pendolista de Raúl Castro), aunque la voz que le dictaba, que es lo importante, fue reconocida en el acto como la del máximo poder. El ectoplasma en cuestión pronto hizo célebres sus ataques personales y sus monsergas doctrinarias sembradas de anatemas y con fuerte olor a proletkult y Santo Oficio. Leopoldo Ávila firmó artículos rabiosos contra Padilla, Virgilio Piñera, Antón Arrufat, Rogelio Llopis, Cabrera Infante... En algunas de sus diatribas no falta el anatema de homosexual. Pocas veces fue objetivo, como cuando me calificó de autor irrelevante dentro de la narrativa cubana. Su bilis fundamentalista lo desborda cuando viene a decir lo mismo de Piñera y Cabrera Infante.
   El artículo de Leopoldo Ávila “Sobre algunas corrientes de la crítica y la literatura en Cuba” se publicó en Verde Olivo el 24 de noviembre de aquel año. Era la sinopsis del dogma gubernamental sobre la literatura y, en consecuencia, la horma para los escritores cubanos. En él se concretaba circunstanciadamente el impreciso apotegma cesáreo “Dentro de la revolución: todo; contra la Revolución ningún derecho”. Gracias a este artículo los escritores de la isla supimos, por fin, qué era lo que desde la ventana de Castro se veía dentro de la revolución y qué afuera. Debimos agradecer que se nos facilitara este plano de áreas minadas. A pesar del carácter programático del texto, el más pretencioso de los que nos asestó, la gaseiforme entidad predicadora hizo espacio en él para meter capirotazos nominales: “Cabrera [Infante] es un tallador de la CIA. Con Severo Sarduy y Adrián García [Hernández] trazan desde el extranjero el camino de la traición...”

(El caso Padilla: crimen y castigo. Encuentro de la cultura cubana, Nos. 4/5, primavera-verano, 1997)

Friday, January 23, 2015

Leopoldo Ávila vs. Antón Arrufat

Hace algún tiempo Antón Arrufat es conocido en los círculos literarios por sus majaderías, su carácter variable, y en fin, una serie de cosas y cositas de distinta índole, que no vienen al caso. Lo que importa es que también y sobre todo, se le conoce como autor de más de uno de esos poemitas “extraños”, que, si se les analiza bien no tienen nada de extraños: son simple y llanamente hostiles al proceso revolucionario.
   Antón es del grupo de Lunes uno de los más versátiles. Empezó a darse a conocer en la revista “Ciclón”, donde junto a algún artículo de seriedad (como el ensayo sobre Villena, de Portuondo) se unía siempre esa actitud huracanada que Feo y Piñera (los flamantes editores) en unión de Cabrera dieron y dan a muchas cosas suyas. Más tarde estuvo en los Estados Unidos, regresando a Cuba en 1959 para unirse al grupo mencionado. Como tenían papel y una editorial, Antón llovió sobre las páginas del magazine y se editó sus libritos con una frecuencia obstinada. Si bien en poesía no conseguía el nivel de la gran poesía, ni en teatro , el del gran teatro, ni en cuento el de la gran prosa, Antón tenía amigos. Y eso ya basta.
   El problema de ahora es que Antón se fue a la guerra.
   Pero hay antecedentes que es bueno recordar. De Lunes pasó a la revista “Casa”. Allí publicó a su gente ampliamente. Llegó al colmo cuando dio a conocer el poema “Envío”, de José Triana cuyo contenido era la inversión sexual descrita en sus detalles más groseros. Antón salió de la revista, dedicándose a asesorar a grupos teatrales y otras actividades literarias. Tres años después manda una obra al Concurso de la Unión. En el tribunal el voto José Triana, junto al de dos extranjeros (uno de ellos, por lo menos, absolutamente desconocedor de la realidad cubana y la realidad de Antón) lo premia, frente al digno voto particular por motivos ideológicos de Raquel Revuelta y Juan Larcos.
   Los siete contra Tebas es la entrada en la guerra de Antón Arrufat. Si hasta ahora se le conocía por sus ambiguos poemitas, ahora quiso ser claro como el agua. El resultado es, lógicamente, bastante turbio.
   (…)
   ¿Qué cree este señor? ¿Que le vamos a celebrar la gracia? ¿Que le vamos a representar su obra; dejar que Piñera o Rodríguez Feo salgan a cargarla de elogio? No, esta guerra nuestra es de veras, no es un juego. No es una lucha entre hermanos que ha sido alentada por gente soberbia y ambiciosa; es una lucha contra el imperialismo sin tregua posible, y el que venga a tomar la Ciudad no va a encontrar lloronas que digan “tercos, tercos, tercos” ni que se pregunte qué libertad perdemos. Sino un pueblo que sabe defender la libertad que tiene, a costa de todo, y sabrá vencer.
   Este sinuoso fabulista, hasta ahora, nunca se había atrevido a tanto. Su acto de mayor audacia fue aquella publicación de “Envío”, de que hablábamos al principio. Pero ahora dice y aclara. Si en algún momento ha intentado publicar otras cosas contra-revolucionarias, siempre alguien —con buena intención, a ver si Antón cambiaba— le aconsejaba amistosamente. Y Antón guardaba su poemita. Pero ahora por su cuenta y riesgo se va a la guerra con armadura y todo. A la guerra contra la Revolución. Y ahí sí que no. Ni grupitos que lleven la obra al extranjero con dinero de la Revolución ni vuelos a capitales europeas. Aquí no celebramos las insolencias aunque vengan de un señor tan mínimo. Aquí no aplaudimos la infamia, porque la Revolución se hizo contra la infamia. Aquí no levantamos pedestales a la mentira, porque la Revolución se hizo con la verdad. Y además, no desprecie tanto al pueblo, no crea que el pueblo no va a entender sus ataques groseros y aristocratizantes. El pueblo los entiende y los rechaza. No van a pasar inadvertidas sus insolencias mientras él se ríe del pueblo detrás de la cortina. Eso no va a volver a pasar.
   Quédese quieto, tome sus pastillas, tranquilícese. Pero por favor no venga a estas alturas con sus descarados ataques. Que no está la magdalena para tafetanes.

(Antón se va a la guerra, Verde Olivo, noviembre 1968)

Monday, January 5, 2015

Leopoldo Avila vs. “La vuelta a la manzana”, de René Ariza

Se trata de un juego escénico en el que se manejan temas ya conocidos en el teatro cubano: la crisis de la autoridad paterna, los problemas de la educación en el hogar, la rebelión de los hijos contra los padres, etc. Todo esto echando mano a recursos bien gastados, a través de una estructura previsible desde la primera escena.
   Pero lo trágico de la obra no está en sus caídas formales, sino en las dificultades que tiene el lector para captar lo que se propuso Ariza. Y estas dificultades nacen del propio texto, insinuante e impreciso en aquellas cuestiones que parecen haber motivado esta obrita “triunfante”. No obstante sus oscuridades, hay cosas que se ven bastante claras. A Ariza le repugna, por ejemplo, el Servicio Militar, que es, en la obra, sólo un medio por el que el carácter impositivo de uno de los padres frena al hijo, ni más ni menos que una escuela de curas. Pero sucede que el autor es cubano y que la obra no está escrita ni se representa, ni surge ni se premia en Constantinopla. Y aquí el Servicio Militar es una necesidad que nuestra juventud acepta y en la que participa con entusiasmo. Estamos levantando y defendiendo un pequeño país revolucionario muy cerca del más taimado, cruel y criminal de los enemigos. ¿No es claro que nuestros jóvenes y no sólo ellos, todo el pueblo, tiene que aprender a defenderlo? Al amparo de una sugerida crítica al machismo ―un lío que nuestros teatristas se han buscado desde “Electra Garrigó” para acá y que uno no sabe de dónde han sacado― en realidad Ariza bate la entereza de carácter y las virtudes combativas de nuestro pueblo, mantenidad y desarrolladas por la Revolución. Y como contrapartida, la blandenguería levanta su pabelloncito ilusorio, atribuída como característica a nuestra juventud. Los padres son tercos, impositivos, delirantes. Los jóvenes son blandos, vacilantes, endebles. De más está decir que con sólo una vuelta a la manzana de cualquier ciudad de Cuba Ariza podía encontrar una realidad bien distinta.
   La obra es sinuosa y tras su falta de franqueza no se encuentra sino la resurrección de un mundo que ya va desapareciendo de nuestra sociedad. Más que un heraldo del futuro, la triste obrita de Ariza, lo que apuntala es el pasado.

(La vuelta a la manzana, Verde Olivo, octubre 1968)

Wednesday, December 10, 2014

Leopoldo Ávila vs. Guillermo Cabrera Infante y Lunes de Revolución

En 1959, por esa facultad trepadora ya ejercitada en Carteles, se hizo director del primer suplemento literario aparecido con posterioridad al triunfo de la Revolución, su famoso “Lunes”. Era lógico que muchos intelectuales, deseosos de incorporarse al quehacer revolucionario se acercaran a las páginas de esa publicación y era igualmente esperable que ésta despertara interés en el pueblo, ya que el suplemento iba de contrabando en el principal periódico de la Revolución en aquel momento. Sin embargo, pronto se vio y cada semana más claramente, que a Lunes no le quedaba de la Revolución más que las “R” que Cabrera colocaba en cada página, significativamente al revés. Lejos de ayudar al desarrollo de la cultura y el arte en nuestro pueblo, Cabrera se las arregló para crear una capilla de devotos a su persona, rodeados de una cortina de intrigas, ligerezas y maledicencias, que se identificabana entre sí, más que por sus supuestas virtudes literarias, por su conocida extravagancia. Cabrera hacía el magazine para él, no para el pueblo. Aunque en algunos números se publicaron artículos o poemas de gente no adscripta a la piña, en la generalidad de los casos ésta predominaba y aun dentro de ésta, el grado de incondicionalidad hacia el antiguo crítico de películas era determinante. Cabrera, en razón del semanario que dominaba, le hizo daño a la Revolución, engañándola, tratando de meter en nuestra cultura, primero que nadie —hay que reconocérselo— el liberalismo, la tontería, la superficialidad y el individualismo. Furiosamente sectario con su grupo, rechazaba con igual fuerza a un escritor de militancia antimperialista que a un poeta católico de “Orígenes”. Aunque “Lunes” a veces reviviera, en virtud del aliento vitalizador que alguien, a pesar y en contra de su director, lograra impartirle, el semanario desapareció dejando tras sí el agrio sabor de una frustración. Sin embargo, ya había servido para que se hicieran de “un nombre”, utilizando los recursos y la buena fe de la Revolución, gentes como Calvert Casey, Fausto Masó, el propio Cabrera y otros caínes por el estilo, sin otros méritos que los que ellos mismos se atribuían entre sí.

(Las respuestas de Caín. Verde Olivo, noviembre 1968)

Monday, October 27, 2014

Leopoldo Ávila vs. Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy (y Lino Novás Calvo)

Por el camino del ablandamiento ideológico, de la despolitización absoluta se llega a la tontería, pero, a veces, a la contrarrevolución. La Revolución, por ejemplo, no ha exigido ni siquiera intentado borrar de nuestras antologías —ni de nuestra historia— a gente que nos ha traicionado , que ha ido a ponerse de parte del enemigo y tiene alguna obra artística de importancia. Pero hay una jugarreta no inocente que sí no admitimos: la exaltación de traidores, su sutil elevación a nivel de maestros, utilizando recursos transparentes. Levantarle aquí monumentos a un Lino Novás Calvo, por ejemplo, o a Caín, sería peregrino. Llorar como magdalenas sobre sus recuerdos, es arbitrario y poco masculino. Expurgar la novela de Cabrera para analizar si tal parte es más o menos simpática, o tal cuento es aceptable no es tarea nuestra. Cabrera es un tallador de la CIA. Con Severo Sarduy y Adrián García trazan desde el extranjero el camino de la traición con colores rosados a cuanta gente les cae cerca. Nosotros no hemos hecho la defensa de Caín (esa que se haga como se ha hecho, por encargo de la Agencia Central de Inteligencia) sino su radiografía política. Por cierto que la exaltación de la gusanera va siempre o, por lo menos a veces, acompañada del silenciamiento evidente y consciente de algunos autores revolucionarios, aunque se nombre a otros para resguardarse y porque el sol no puede taparse con un dedo.

(Sobre algunas corrientes de la crítica y la literatura en Cuba. Verde Olivo, noviembre 1968)

Thursday, August 7, 2014

Leopoldo Ávila vs. Heberto Padilla (2)

A él, no sólo no se le ha roto la página querida, ni se le ha apedreado la casa, sino que se le ha permitido publicar sus cosas en revistas de la Revolución, que dieron a conocer “En Tiempos Difíciles” y “Discurso del Método”; ambos poemas, además de bastante malos, son francamente contrarrevolucionarios. De esa violenta revolución que él habla, no ha recibido, hasta ahora, más que posibilidades de publicación y pasajes –con todos los gastos pagos– para sus numerosos viajes al extranjero. Esto él lo sabe. Pero él, que lo conocemos, no escribe para nosotros, ni para nuestro pueblo, que sabe la verdad. Escribe en busca de un cartelito en el extranjero que le permita satisfacer su vanidad. Para lograrlo, nada mejor que hacerse el conflictivo, el perseguido, en una sociedad donde, de veras, muy poca gente piensa en él. (En esto del trato al extranjero, Padilla y otros escritores de tercera o cuarta fila como él, aprovechan todas las oportunidades para inflar artificialmente su fama: rodean a los visitantes –escritores, editores, etc.– con tanta avidez como las muchachas del Tuzex rodean a los turistas en la Praga del liberalismo, en busca de una amistad que les asegure una edición, o siquiera un rinconcito o una mención en alguna publicación de caché internacional. Son los tuzeros de nuestros medios intelectuales).

(Las provocaciones de Padilla, Verde Olivo, noviembre 1968)

Monday, July 21, 2014

Leopoldo Ávila vs. Heberto Padilla

Padilla se ha replegado en sí mismo, ha revitalizado la vieja capilla, con dos o tres nuevos adherentes, y del joven y prometedor poeta de antes sólo queda una caricatura, bastante lamentable por cierto, clownesca; decidor obstinado de frases supuestamente brillantes, hiriente, anacrónico personaje salido de alguna mala comedia de finales de siglo.

(s/r)

Friday, July 4, 2014

Leopoldo Ávila vs. “El justo tiempo humano”, de Heberto Padilla

Algunas páginas revelaban indudablemente un apreciable nivel poético, pero no todo el libro era así. Otros poemas eran flojos, repetidos, manoseados, a pesar de que a Padilla le había costado nueve años (del 53 al 62) completar las 120 páginas. En realidad, el libro estaba formado por los restos de otros anteriores a la Revolución que no pudo publicar, porque en aquellos tiempos, realmente difíciles, el poeta no tenía las posibilidades editoriales que la nueva sociedad le permite.
   Han llovido seis años sobre el libro. Padilla, hasta ahora, no ha escrito otra obra, aunque ha anunciado varias. Se las ingenia, eso sí, para permanecer en el candelero publicando, de tarde en tarde, un poema en alguna revista o levantando el periscopio con algún viejo poema en antologías seleccionadas por algún amigo o por él mismo.

(Las provocaciones de Padilla, Verde Olivo, noviembre 1968)

Wednesday, February 19, 2014

Belkis Cuza Malé vs. Leopoldo Ávila, los escritores recién emigrados, Pablo de Cuba Soria…

El lenguaje canallesco de Leopoldo Avila es recordado hoy dìa, incluso entre los escritores castristas, como un ejemplo de lo que no puede repetirse. Este personajillo siniestro que algunos creen era el propio Luis Pavón, presidiendo entonces el Consejo Nacional de Cultura; otros, el profesor y ensayista José Antonio Portuondo, y otros, el propio Lisandro Otero, periodista y novelista --que gustaba contar la anécdota del trompón que le propinó Ernest Hemingway en el Floridita habanero, allá por los finales de los cincuenta--, sigue siendo un misterio, aunque ha pasado ya a la historia de la infamia.
   Pero de ese Leopoldo Avila no quiero hablar, sino de éste que nos ocupa hoy, que parece haber aterrizado en Miami. El exilio ha sido desde sus comienzos una estructura endeble, como un edificio compuesto de muchas capas --que van desde lo social a lo idelógico. Un exilio que ha ido acogiendo a todos por igual, que ha visto traiciones de ambas partes, entre los que llegaron primero y los que van llegando con las nuevas oleadas. Un cambia casacas constante, que ha atravesado severas crisis y que en muchas ocasiones ha costado más que mutuos insultos. Quiero referirme a esos "sesudos" cachorros del castrismo llegados al exilio en la última década. Y no importa si son "jovenes", pero odian también al tirano. La mayoría posee un amplio curriculum, han estudiado en las universidades, han viajado al extranjero, han hecho casi lo que les ha dado la gana en la Cuba post muro de Berlin. Casi todos son ensayistas y algunos incursionan en la prosa y hasta en la poesía. Muchos son políglotas, han estudiado en los antiguos países socialistas y e incluso los hay hijos de altos jerarcas del régimen o que estuvieron ligados a la nomenclatura. El sueño ya no es mantenerse en el "exilio de terciopelo" --alejados del mundanal ruido de Hialeah--, sino precisamente ser rompe olas, quinta columnistas dentro del esquema del exilio intelectual. Llegar e imponer virtudes y defectos de una generación crecida al amparo del Ministerio de Cultura de Abel Prieto. Creerse que se las saben todas, como se dice en la Isla. Estar más allá del bien y el mal, dinamitar todo lo que huela a república, y a escritor exiliado, escribir contra ellos, pero nunca contra los escritores oficiales de la isla. Estos personajillos se dedican a interpretar a Cuba como si se tratase de desmontar una obra literaria, y para esto, hacen acopio de un lenguage enrevesado, de críticos ganados por cierta sofisticación europea; todos escribiendo con la misma verborrea de los burócratas del pensamiento marxista pasado por no se sabe cuantas capillitas de desafectos. No hay quien los descifre. La escritura de ellos es lenguaje de entendidos, es decir, se leen los unos a los otros, publican sus libros (que sólo ellos leen entre sí), y suelen agruparse en sus madrigueras del internet. Eso sí, como decía aquel caricaturista cubano en los pasillos de la Unión de Escritores de Cuba, allá por los setenta: "siempre con el poder, pero haciendo bajezas".
   Un tal Pablo de Cuba Soria, con rimbombante nombre, que lo marca ya con mediocre oportunismo, acaba de escribir en El Nuevo Herald (sección Arte y literaratura, julio 8) un artículo contra Heberto Padilla, como poeta y como ser humano. Este Leopoldo Avila, recien llegado al exilio en 2004, es sin duda un claro exponente de todo lo que acabo de decir. Hay que tener la cara de piedra y el corazón lleno de lodo para escribir como lo hace este personaje sin autoridad literaria, un crítico de caricatura, ensayando no sus "quince minutos" de fama, como dice cuando se refiere a Heberto, sino su medio segundo de estupidez. Olvidar el papel protagónico de Heberto en un momento en que todos los intelectuales inclinaban sus cabezas y aplaudían al déspota es sin duda el sueño dorado de la Seguridad del Estado castrista. Olvidar que fue él y no otro, quien le puso el cascabel al gato, parece encomienda de alguien más. Pero hay que reirse si a esto añadimos el atrevimiento de este "enayista" al escribir un "sesudo" artículo diciendo que Heberto Padilla es un poeta menor.
   Precisamente es Heberto Padilla quien, con su extraordinario decir, irrumpe con una poesía nueva, fresca, única, capaz de hacer del lenguaje sucio y gastado de la retórica revolucionaria, un verso no esperado en la lengua castellana, tan dada a ratos a los excesos.

(Leopoldo Ávila en Miami, Blog Belkis Cuza Malé, julio 2007)

Monday, October 28, 2013

Leopoldo Ávila vs. “Dos viejos pánicos”, de Virgilio Piñera

Si uno se pregunta de dónde sale tanto miedo y trata de explicarse esta obra, teniendo en cuenta el medio social revolucionario en que se produce, no va a encontrar respuesta posible. Nada más lejos de la Revolución que esa atmósfera, sin salida posible, en que Virgilio Piñera ha volcado sus pánicos. La nueva sociedad no ha influido en la obra, no ha sido por lo menos, entendida, por un autor, que se aferra a viejas frustraciones que carecen de razón. Ni siquiera una ráfaga del mundo nuevo entra en el viejo mundo de Piñera. Su frustración se amarra de tal manera a sí misma que la obra resulta extemporánea, totalmente ajena a nosotros, extraña a esa manera de ser cubanos que Piñera ha defendido alguna vez como características de su teatro.
   Desde este punto de vista, parte hoy, como ayer, de una negación. Es curioso que Piñera, para quien se reclama el honor de haber hecho teatro absurdo antes que Ionesco, ahora repita lo que no es más que el reflejo artístico de una sociedad decadente en medio de nuestra sociedad. Por este camino sólo lograremos en arte el nivel de copiadores asombrados del último grito europeo y ofrecer el contradictorio espectáculo de una Nación en posiciones de vanguardia y un arte a la cola imitadora del arte del decadente capitalismo mundial.

(Dos viejos pánicos. Verde Olivo, octubre 1968. Visto en: La Habana Elegante, segunda época)

Tuesday, May 7, 2013

Leopoldo Ávila vs. Guillermo Cabrera Infante

Caín —el hombre que fue Lunes— de león pelado del arte supuestamente revolucionario se ha convertido en gato del imperialismo. Auqnue se retrata como víctima del sectarismo —“del stalinismo” dice él— a la larga nada más parecido al liberalismo de sus manifestaciones, nada más coincidente con sus puntos de vista que los que hemos oído defender a algún escritor bien atacado de microfacción. Y es que microfacción y contrarrevolución son la misma cosa. Y tal vez, Caín, a pesar de su irrelevancia, por un complejo de causas, le ha hecho un daño a nuestra cultura de que aún muchos no se han despejado. Fue este Mr. Kein el primero en abrir el cauce al individualismo, la vanidad, la superficialidad y la extravagancia en el arte. Contaminó con sus tonterías a más de un trepador que aún sigue dando guerra. Pero es útil analizar este caso y observar cómo siempre actitudes como las suyas terminan en el basurero de la contrarrevolución.

(Las respuestas de Caín. Verde Olivo, noviembre 1968)