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Thursday, May 12, 2016

Leonardo Padura vs. Domingo del Monte (2)

“Encerrado en mi casa estuve por más de una semana, temiendo me sorprendiera una crisis de mi enfermedad, cuando me llegó una carta de Domingo y supe que toda la historia casi increíble que me contara Osés era tan cierta como la salida diaria del sol. En la carta, fechada el 28 de noviembre, en La Habana, él me llamaba ‘Mi querido José María’, y me comentaba que pronto pensaba pasar por Matanzas, aunque no tendría tiempo para verme, pues aunque su palacete quedaba apenas a tres cuadras de mi casa, acá lo aguardaban su esposa y su suegra para ir por una temporada a uno de los ingenios de la familia. También me decía que no era el actual momento el mejor para publicar mis poesías en España, con lo cual se desentendía del trabajo de edición que antes había aceptado. Y, sin explicarme nada de lo que había ocurrido el día de mi llegada, me expresaba: ‘No son menos vehementes los deseos que tengo de hablarte, pues para ello nos darán amplia materia, aunque no sea más que tu malhadado viaje a esta isla, bajo los funestos auspicios que lo has hecho’, y se despedía de mí, clavándome un cuchillo en el corazón: ‘Ángel caído: siempre te quiere con caridad y cariño sin igual, tu constante amigo, Domingo’…¿Debo confesar que lloré, como un niño, al leer aquella carta? Ni siquiera el piadoso insulto de llamarme ángel caído, ni la caridad en que se había convertido su cariño fueron bastantes para que el odio se impusiera al dolor. Ni siquiera su tono de triunfador, o la vanidad de restregarme en la cara sus vacaciones de rico a la sombra de la gran riqueza. Porque aquella misiva estampaba el fin de una turbulenta amistad, que en épocas mejores él luchó por sostener, que en otras yo procuré salvar con mis perdones, pero que ahora, envuelta en una trama mayor, era sacrificada por el potentado Domingo, nuevo dictador y diseñador de destinos, al dios de unos mezquinos intereses políticos ocultos tras cifras de seis y siete ceros. ¿Escribía aquella carta el mismo Domingo que siempre escondió su protagonismo detrás de otros nombres?; ¿el mismo que se jugaba el dinero, la ropa y hasta la vida en una mesa de cartas, una valla de gallos, un juego de dados?; ¿el mismo que repetía las frases de Varela y las hacía pasar como suyas?; ¿el mismo que estaba fundando una literatura sobre una superchería mayúscula y corrompía el talento de quienes lo rodeaban?; ¿el mismo que persiguió a mis mujeres, como un perro sin suerte?; ¿el mismo que acababa de publicar una diatriba contra el Gobierno de Tacón, pero otra vez sin su firma?; ¿el mismo que nunca había sufrido destierro, ni cárcel, ni persecución, porque nunca se atrevió a hacer de frente nada que implicara un riesgo?; ¿el mismo que, en memorial dirigido a la reina de España, se refirió al ideal independentista como ‘ese espantable monstruo’? ¿Era o no el mismo Domingo que veinte años atrás me cedió el paso hacia la cama de una prostituta porque no se atrevía a ser el primero ni siquiera en el amor, y el mismo que un día remoto perdió el control de sus emociones y se lanzó a besarme en los labios? Ángel caído: así me llamaba aquel perpetuo habitante del infierno del miedo, la intriga y la mediocridad. Entonces me enjugué las lágrimas, pues supe que nada podía hacer: ¿era tan terrible mi falta? Eso no importaba ya, porque mis razones no serían oídas y la voz de Domingo era la de los dueños de la historia y mi condena ya estaba decretada. Muchos años tendrían que pasar para que las verdades volvieran a serlo (si tal milagro es posible) y para que la justicia de la historia cayera sobre nuestras pobres cabezas. Y a esa justicia y a la de Dios me remito ahora, confiando en que tal reparación de mi memoria alguna vez sea posible".

(La novela de mi vida. Ediciones Unión, 2008)

Tuesday, March 18, 2014

Leonardo Padura vs. Domingo del Monte

Mientras la isla se removía con ejecuciones y encarcelamientos, Del Monte huyó a Europa, a pesar de que nunca fue formalmente acusado como conspirador y de que, en varias ocasiones, se manifestó públicamente contrario a cualquier intento independentista. En Europa vivió como un príncipe, hasta el fin de sus días.
   En realidad, detrás de aquellas palabras y actitudes de Del Monte se escondían dos poderosas y muy mezquinas razones: la primera, la más peligrosa, era que precisamente Heredia conocía de los pasados devaneos y oportunismos políticos del ahora gran mecenas de la literatura cubana, una historia que provenía de los días lejanos en que Heredia se había enrolado en una conspiración independentista y Del Monte -descubierto aquel complot, ese sí real- se había esfumado del mundo civilizado para ir a esperar el  paso de la tormenta en un pueblo todavía hoy remoto, en el casi despoblado confín occidental de la isla.
   La razón de su actitud de 1836, obviamente, implicaba una estrategia de ocultamiento de pecados propios a través de la exhibición lacerante de posibles deslices ajenos, criticados con acritud en misivas y charlas que, él bien lo sabía, trascenderían al espacio público.  
   La segunda razón es que José María Heredia era considerado por entonces la más importante voz lírica de Cuba, una de las más notables de América y del ámbito de la lengua española, mientras del Monte solo había llegado a ser un pergeñador de versos mediocres. Esta otra motivación, en aquella época y todavía hoy, se llama envidia y se manifiesta a través del odio y sus múltiples explosiones encaminadas a escamotear la grandeza a la que resulta imposible aspirar por méritos propios: un sentimiento que germina silvestre en los mundillos culturales. Y con especial fertilidad en los cubanos, donde resulta más fácil hallar vituperios que elogios. Dentro y fuera de la isla.

(Los profesionales del odio, Blog Café Fuerte, marzo 2012)