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Monday, July 23, 2018

Dean Luis Reyes vs. La Jiribilla, Fernando León Jacomino y Jorge Angel Hernández Pérez

Sin duda, los teóricos de la guerra fría cultural de La Jiribilla no son demasiado originales. Usan los mismos argumentos que en los 90 e inicios de los 2000 usaban en El Caimán Barbudo contra gente como Emilio Ichikawa, Rafael Rojas, Víctor Fowler, Elvia Rosa Castro… y antes usara Leopoldo Ávila en Verde Olivo, que consiste en desacreditar la honestidad de los juicios de los intelectuales que se desaprueba. En poner en entredicho sus intenciones reales. En dibujar una agenda oculta, que siempre termina donde mismo y que, además, nunca ofrece pruebas definitivas.
(…)
   En verdad, sería bueno creer que Pérez no juzga como procede. Que su cargo de hermeneuta titular para interpretar la intervención en los asuntos de la soberanía nacional de potencias extranjeras a través de la utilización de los artistas e intelectuales -ese grupo influenciable, débil, no confiable, nacido con el pecado original de no ser revolucionarios- tenga mayor hondura y alcance. Porque si es él quien va defendernos de semejantes mercenarismos, que Dios nos coja confesados.
   En ese sentido, es un golpe bajo atacar a un hombre por donde es más débil: por su modo de subsistencia. Cuestionar a Arcos su labor docente y por esa vía invocar su despido, sabemos cómo se llama. Al menos en mi barrio tiene un nombre muy feo.
   Si en verdad estuviéramos equivocados, ¿a qué viene esta obsesión de La Jiribilla con desautorizar, acusar? ¿Por qué sugerir que se trata de un movimiento deshonesto para ganar aprecio del enemigo? ¿Será acaso que no hay argumentos sólidos del lado de quien así razona? ¿A qué viene la amenaza de parte de Fernando León Jacomino, director de La Jiribilla, cuando advierte en su texto “Un insulto a Martí concierne a toda nuesta sociedad” que, “si la vocación de libertad expresiva de ese equipo (el de la Muestra Joven) pasa por comulgar con producciones audiovisuales que afrenten a nuestros próceres, resultará muy difícil mantener el diálogo que hasta hoy ha garantizado la continuidad del evento?”
   A menos que yo no me haya enterado aun, este sujeto todavía no preside ni decide en el Instituto de Cine. Los funcionarios que allí están, por cierto, podrían defender a esa “institución de la Revolución Cubana”, que sabe reconocer Pérez, primeramente de oportunistas como ellos. El ICAIC histórico, el de Alfredo Guevara, jamás dejó solos a los cineastas con jauría de cualquier pelaje; ni siquiera ante cuestionamientos venidos de figuras como Blas Roca o el propio Fidel Castro.
   Ya quisiera La Jiribilla contar con la autoridad moral o intelectual necesaria para emprender una vindicación de esa naturaleza. Cuando se trata de una revista que nació inventándose una política cultural de doble rasero, donde luego se manipuló a una mujer como Lina de Feria, y más tarde a Eduardo del Llano en una entrevista a propósito de su corto Monte Rouge; un sitio donde, en medio de la conocida como “Guerrita de los E-mails”, se publicó un informe parapolicial sobre Jorge Luis Arcos, con fotos sacadas de archivos inconfesables; donde, un par de años atrás, un viceministro de cultura usaba el seudónimo de Cristian Alejandro para tirar puyitas sobre, entre otros, Pablo Milanés y los cineastas que luchaban por una Ley de Cine; donde dos periodistas fueron expulsadas por denunciarlo; donde los comentarios que los lectores subimos a los foros desaparecen misteriosamente -todavía sigo esperando que el mío se publique…
   Esa es la idea de Revolución que estos “intelectuales” tienen. Para ellos, no cabe gente que discrepe sin comulgar con la necesidad de ser premiado por… Trump. Hasta ese punto llega su infantilismo intelectual y su necesidad de borrar al oponente demonizando sin ofrecer una sola evidencia a favor de su tesis.
   Donald Trump, que tanto preocupa a Pérez, debe estar muy feliz por ver cómo nos arrancamos las tiras del pellejo por cuestiones que, definitivamente, deberíamos resolver con un diálogo comprometido. No uno en que una parte decide que la otra es “poco ética” por decir la verdad -aunque se esté equivocado, la verdad nunca es no ética. O donde se desoye y fustiga a un grupo de cineastas prestigiosos que piden entablar un diálogo para crear una Ley de Cine. O donde la contraparte vocifera, manotea, amenaza, trata de enviar al patíbulo a un intelectual que reúne más méritos que todos los comisarios de La Jiribilla juntos. En esas condiciones, es lícito pensar que una parte no crea útil entablar diálogo alguno.

(Publicado en la red, abril 2018)

Tuesday, January 3, 2017

Haroldo Dilla vs. La Jiribilla y Ernesto Pérez Castillo

En primer lugar hay un artículo de alguien llamado José Sanz donde se usa como testimonio contra el libro de Rafa una supuesta opinión achacada a Vicente Verdú, quien habría confesado públicamente que no había otorgado su voto (como jurado) a este libro por considerarle "una mala guía telefónica". Lo que, de ser cierto, sería una falta monumental de ética y un derroche de arrogancia que sólo merece el desprecio. Y sólo utilizable por quienes, partiendo de un vulgar pragmatismo arropador de la debilidad, perciben al-enemigo-de-mi-enemigo-como-mi-amigo, sea este Verdú, Sadam Husein o Humala.
   Luego llega otro a cargo de Ernesto Pérez Castillo. Se trata de un cuentista no muy imaginativo, pero simpático, y reconozcamos que no ser pesado ya es una ventaja en este mundo. En este caso el articulista traba un combate heroico contra fragmentos de la obra de Rojas, a veces mezclando cosas ininteligibles, a veces adoptando poses heterodoxas y siempre presentando una argumentación muy poco sofisticada, reñida tanto con el castellano como con la teoría.
   Así, el cuentista considera que clasificar a la intelectualidad republicana en liberales, comunistas y conservadores es propio de los textos de la Academia de Ciencias de la URSS, que el término "guerrillero" enaltece en sí mismo a quien lo posee y ningún "malo" puede ser guerrillero, que Ortiz no era liberal porque empleaba comunistas, y que un ejemplo de la afluencia económica de los terroristas exiliados era que podían pagar ¡2 mil dólares! en efectivo a un salvadoreño por poner una bomba en un hotel habanero.
   Y así, un listado interminable de argumentos retozones, todos (recordando al viejo Marx) "por debajo de la crítica" y tras los cuales habría que reconocer que con semejantes enemigos Rafael Rojas no necesita amigos.
   Concluyo con tres consejos aprovechando que soy más viejo que los tres aconsejados:
   A La Jiribilla, que prescinda de esos arrebatos de virtud excesiva, que sólo conducen al pecado. La sociedad cubana, su cultura y sus intelectuales necesitan el otro tipo de cosas que publican y divulgan.
   A Pérez Castillo, que siga ejercitándose en el cuento —digamos que nos cuente qué pasó con Mariceli tras la muerte del casi/doctor— y no haga más "filosofía barata".

(Las lagartijas decapitadas. Cubaencuentro, abril de 2006)

Thursday, October 20, 2016

La Jiribilla vs. todo el mundo

El Nuevo Herald, el vocero más fiel de la facción ultraderechista de Miami,  cuenta en su equipo con los principales redactores y colaboradores de  Encuentro de la Cultura Cubana y de Encuentro en la Red. Muchos de los textos publicados en este periódico aparecen reproducidos frecuentemente en ambas versiones.  Parte de los colaboradores de estos tres medios coincide con los de la Revista Hispano Cubana, vocero de la Fundación Hispano Cubana, entidad que se creó en 1996, en Madrid  —el mismo año en que nació Encuentro—, ante la presencia de conocidas figuras de la contrarrevolución, como Carlos Alberto Montaner; el  entonces presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana, Jorge Más Canosa, y de importantes dirigentes del Partido Popular de España, actualmente en el poder.
   La Revista Hispano Cubana tiene la misma configuración que su homóloga Encuentro: lanzar acusaciones contra Cuba procedentes de cualquier fuente, publicar trabajos tergiversadores sobre la realidad nacional, incitar a la «transición» y especular tendenciosamente sobre el futuro de Cuba.
   Tanto en la Revista Hispano Cubana, como en Encuentro, han aparecido simultáneamente anuncios pagados por el Ministerio de Cultura de España, cuya titular es la esposa de Guillermo Gortázar, presidente de la Fundación Hispano Cubana.   Desde La Habana envían sus escritos a ambas revistas los asalariados de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba (SINA).
(...)
   De esta manera, Radio Martí, El Nuevo Herald, la Revista Hispano Cubana y Encuentrono cesan de intercambiarse elogios y reiterar coordinadamente los mismos temas, elaborando  una especie de tejido que pone una vez  más en evidencia sus conexiones con los propósitos propagandísticos en contra de la Revolución.
   En este orgánico «encuentro» entre medios de difusión con objetivos y fuentes de financiamiento   comunes, los nombres de sus colaboradores se desplazan del uno al otro y reinciden lo mismo en el papel, que en el éter y en las autopistas electrónicas:Alejandro Armengol, José Abreu Felipe, Enrique Patterson y Rafael Rojas, colaboran tanto en El Nuevo Herald, como en  las dos versiones de Encuentro;  Pío E. Serrano y Manuel Díaz Martínez fueron fundadores de Encuentro y pertenecen al consejo editorial de la Revista Hispano Cubana; participan también en el equipo de colaboradores de ambas revistas, Ramón Fernández Larrea, Emilio Ichikawa, Mario Guillot, Felipe Lázaro, Víctor Batista, Madeline Cámara, Wilfredo Cancio Isla y Vicente Echerri; desde Cuba envían sus escritos a esas  publicaciones, instrumentos de la SINA como  Raúl Rivero, Tania Quintero,  Iván García, Manuel Vázquez Portal,  Claudia Márquez  y Oscar Espinosa Chepe; estos mismos asalariados colaboran en Radio Martí, al igual que lo hacen los redactores de Encuentro, Pío E. Serrano (corresponsal de la emisora en España ), Emilio Ichikawa, Alejandro Armengol, Enrique Patterson y Alejandro Ríos.
   En resumen, Encuentro,  en sus versiones impresa y digital, lo mismo que Radio Martí,El Nuevo Herald y la Revista Hispano Cubana, responden íntegramente a los intereses del Gobierno de Estados Unidos y del núcleo ultraderechista de Miami, y todas repiten los esquemas propagandísticos, la agenda y las prioridades  políticas de sus mentores.

(Encuentro total. La Jiribilla, abril 2002)

Friday, March 25, 2016

Fermín Gabor describe una presentación de La Jiribilla

Sábado y suplementos culturales son, como se sabe, una sola cosa. Y el sábado comienza (al menos para mí) con la lectura en pantalla de La Jiribilla. Porque algo me hace sospechar que la suerte del día, y hasta de días sucesivos, depende de lo que traiga ese cajón de sastre que lleva ya dos años de publicación gracias al apoyo de varias instituciones gubernamentales (y cuál no lo es en la isla) cubanas.
   No puede entonces menos que alegrarme el que ahora se alce a vivir en lo táctil, que La Jiribilla aparezca en papel. En La Habana, en un salón de la UNEAC, acaba de presentarse el número cero y la revista en la red ha puesto a disposición de sus lectores lejanos los discursos y un albúm de imágenes. Albúm de época como todos, éste lo es más aún porque parece de fecha muy anterior a este atribulado 2003 que vivimos.
   Para darse cuenta de ello no hay más que recorrer los rostros que en tal presentación ocupaban primera fila. Roberto Fernández Retamar, Abel Prieto, Graziela Pogolotti, Ricardo Alarcón, Antón Arrufat y Carlos Martí sentaditos silla con silla. (En segunda fila Reynaldo González, detrás del ministro, hasta que le den el dichoso Premio Nacional de Literatura, y Marilyn Bobes, quien en una de las fotos luce como su propia abuela. En tercera o cuarta, Ambrosio Fornet, Basilia Papastamatiu y otras hierbas del vergel. Muy pocos escritores y ninguno de menos de cincuenta años.)
   De esa primera fila extraigamos, como en tantos desalojos fotográficos, a Ricardo Alarcón. (Los políticos suelen interesarnos poco.) Retamar, Prieto, Pogolotti, Arrufat y Martí, ¿qué nos dicen tan ilustres cabezas?
   Mejor no intentar aquí el estudio de sus desvaríos (Prieto, por ejemplo, ha vuelto a soltar en entrevista que las leyes del mercado son, para la cultura, peor que los censores de Stalin), sino el de sus apariencias. Y, al respecto, el albúm de imágenes publicadas por La Jiribilla lo está diciendo a gritos: ¡qué mal peladas están esas cabezas!
   Retamar porta cagua, pero se le salen por detrás unas mechas que dan rasquiña. Pogolotti parece una yakuza de película japonesa de serie B (se salva porque es ciega). Con una barba de malvado de aventuras, Martí embaraja lo de su cabeza como embaraja con su cargo lo mal poeta que es. Y a Prieto y Arrufat, sin cagua ni barba ni ceguera, el rayo los parte en descampado. Mirándolos en esa facha uno llega a preguntarse si no los habrá cortado a los cinco la misma tijera. Y entran deseos de ser por un momento (sólo por un momento) Reynaldo González o Marilyn Bobes, espectadores tan privilegiados que alcanzan a mirarlos por detrás.
   Para averiguar a qué obedece ese aire común, tal como si los cinco formaran una banda (dicho en cualquiera de sus posibles sentidos), hemos tenido que recurrir a un barbero especialista en cortes históricos. (Últimamente hemos dado turno de palabra a discutidores de béisbol y ahora a un fígaro: abogamos desde aquí por la masividad de la cultura.) Felo (que así lo llamaré) ha sido en varias ocasiones el encargado de poner las cosas en su sitio. Fue él quien determinó que lo que Nisia Agüero se hace en su cabeza no es más que un Pompadour aplatanado, y lo que hasta hace poco paseaba Rosa Elena Simeón en propio o en peluca, un Arlequín. Y, respecto a los cinco, Felo no tuvo más que echar una ojeada a la foto de La Jiribilla para dictaminar: “Lo que tienen es mulé”.
   “Ahora lo que tengo es mamey”, rezaba un estribillo de la misma época de esos pelados. Coimbre tuvo una china, según Arsenio Rodríguez. Mendó tenía el ritmo upa-upa. Pero, ¿qué es eso de mulé que se aloja en las cabezas hasta dejarlas así? Viene del inglés “mullet” y mi consultado Felo lo explica así: arriba corto, pegado en las sienes y largo por la espalda. O sea, atajé, lo que se dice un McCartney. Felo dixit: un McCartney, un David Bowie glam como Ziggy Stardust, un Lionel Richie, un Abel Prieto. Los ochenta, la ridiculez misma, lo cheo en sí y para sí. Hasta el punto que, según el Oxford English Dictionary, “mullet head” viene a significar “stupid person”.
   Y ahí estaban, con sus distintas longuras, that five mullet heads en la presentación del number cero de The Jiribilla. Y Felo me propuso seriamente que, ahora que vuelven los rumores de que Prieto cesa como ministro, podrían hacerlo presidente de la Asociación Nacional del Mulé tal como Charlton Helston preside la del Rifle. “Hacer de cada pelado un arma de combate”, sería la consigna.
   Y a quien considere exagerada la consigna anterior lo remitimos (aquí Felo metió mano a la recortería de sus archivos) al origen indoamericano del mullet. Pues, según un especialista en culturas autoctónas norteamericanas de la Universidad de Harvard, los indios creían que el espíritu de cada uno reside en su cabellera (siempre hubo poco indio calvo) y el mullet les servía a la vez de alarde y precaución. Corto arriba, el ojo enemigo no podría echarle mal. Largo atrás, escondido tras la nuca, apuntaba al poder de la tierra (Joyce Chang, Mullet mania, en Men’s Fashions of The Times, The New York Times Magazine, spring 2002, pp. 64-66).
   Y si es citado viejo ejemplar de periodiquete yuma, ¿por qué privarnos de hacerlo con nuestro Granma? Según su edición del 7 de junio de este año, el famoso payaso Oleg Pópov se queja de la jubilación que ahora recibe en Rusia. Tuvo en el régimen anterior cuatro órdenes nacionales de mérito, tuvo la orden Lenin y la distinción de artista emérito de la Unión Soviética, viajó por todo el mundo, fue excelente payaso, y ahora lo que le dan es calderilla, humo de samovar.
   Del Granma puede saltarse entonces otra vez a La Jiribilla: uno vuelve al album de fotos y llega a comprender qué hacen peinados del mismo modo, en son de batalla, esos cinco indios de la primera fila. “Un buen payaso necesita cuarenta años hasta que encuentra su cara”, dice Granma que Oleg Pópov afirmó entre sus lamentos.

(La lengua suelta # 9. La Habana Elegante, segunda época)

Monday, December 21, 2015

La Jiribilla vs. Emilio Ichikawa

Después de hacer el "niño terrible" de las controversias ideológicas en las revistas de la Isla, después de invitar al mismo Fidel Castro a que liderara, kevorkíanamente, el suicidio de la Revolución, el señor Ichikawa, lozano y sin el menor rasguño, acaba de descubrir que el estado cubano es "totalitario" y solicita asilo político. Hace apenas unos meses que, en el seno de ese "totalitarismo" le acaban de publicar un libro...
   No sé si la envidia, como dice él, es una "institución cubana", pero de lo que no cabe duda es que no deja de ser envidiable la versatilidad de este joven sofista, su gran sentido del right moment y del right place, ese olfato para saber dónde dice peligro y cuál es la música que le gusta a los poderosos de cada estadio "dialéctico". Características comunes a todos estos ex-sargentos ideológicos, que desde la revista Encuentro, sueñan con el reencuentro neocolonial.
   Ichikawa acaba de darle a Miami su bendición teórica, diciendo que es "un laboratorio para pensar las fronteras de la cubanidad". Con eso, los miamenses están más contentos que un boliviano al que le han regalado una gorra de marinero. Pero tiene cierta razón, porque Miami es el costado fronterizo y siniestro de nuestra arquetípica autosubestimación y estradapálmica voluntad de no ser.
   Tanto barullo "filosófico" y citas epatantes, para terminar diciendo los más pedestres lugares comunes de la calle ocho. De Kant y Marx a las infecundas e irrecuperables insipideces del último Mañach, ese "profesor en serio" de manos tan limpias. Eso si es pasar de la tragedia a la comedia, en el 18 Brumario de la posmodernidad.
   Tan sensible ante lo "cursi", el sofista se ha refugiado en la mismísima guarida temporal de la cursilería política y literaria. Su mismo asilo político, sin que nadie le haya tirado un hollejo, es un acto de cursilería melodramática, una afirmación color rosa de su derecho a la reversibilidad... Porque en este hoyo negro de la racionalidad que es Miami todo es posible y reversible: —"Elvis Presley está vivo", "Kennedy nos traicionó", "Fidel está ahí porque los americanos quieren" (¡) y los vicarios (o sicarios) de Cristo oran por la salud expansiva de la economía de mercado. Aquí, lejos de toda floración del cerezo, cualquiera se puede comprar una katana plástica en Toys are us.

(El que no salte es yanqui. La Jiribilla, mayo 2001)

Thursday, February 12, 2015

Víctor Fowler vs. La Jiribilla

La actividad interesada de un titulista del New York Times (no importa si un vulgar malandrín con deseos de vender más ejemplares, un guardián de la doctrina que introduce en el texto ajeno su ideología personal o un alma solidaria con ese amplio sector al que se le llama los negros cubanos) ha provocado escándalo en aquella zona de la intelectualidad cubana que, de manera habitual, se dedica a los estudios sobre racialidad. La falta de ética que significa cambiar el sentido absoluto de una oración para convertirla en su contrario, no sólo ha rebajado al nivel del suelo el prestigio del mítico periódico, sino que expone el vientre de este tipo de periodismo: un simple libelo con dinero que presentó una tardía excusa formal por el procedimiento únicamente después de la democión de Zurbano de su antiguo puesto como director de la editorial de la Casa de las Américas.
   En Cuba, del lado opuesto de la ecuación y como en un alucinante juego de espejos, las cosas tampoco han ido mucho mejor; primero porque ante la publicación de un texto cuyo título fue considerado ofensivo (“Para los negros cubanos la Revolución aún no ha comenzado”) a nadie se le ocurrió cumplir con el más elemental principio periodístico que enseña a comprobar la noticia. Dicho de otro modo, a la violación de toda ética por parte del titulista del New York Times (quien falsificó el título (“Para los negros cubanos la Revolución aún no ha terminado”), la publicación cubana La Jiribilla responde con una nueva violación de la ética profesional al organizar o dar cabida a una batería de respuestas discursivas (artículos de 8 intelectuales cubanos) sin tan siquiera asegurarse de que la acusación respondía a motivos verdaderos.
   Desde este punto de vista duele tanto como horroriza pensar que (puesto que es algo que pudiera suceder a cualquiera) que hubiese bastado un telefonazo a Roberto Zurbano, autor del texto y –para colmo– colaborador de La Jiribilla misma, para matizar las respuestas. No sólo la publicación no consultó a Zurbano si era cierto o no lo aparecido en el periódico neoyorkino (en particular, el agresivo título), sino que tampoco lo hicieron los que escribieron en su contra, varios de ellos sus compañeros en la lucha contra el racismo en la Cuba de hoy.
   Puesto que, según lo anterior, esta historia comienza con la falsificación de una noticia (la del título) y termina con la ocultación de otra (la de la nota), las cosas suceden de modo que los contrarios se complementan para dañar la profesión del periodismo con resultados particularmente destructivos: ambos órganos de prensa actúan como libelos baratos que implícitamente propone que mentir, en pos de un objetivo ideológico, es una actitud correcta. Además de ello, para que la vergüenza sea todavía mayor, al pasar –en el plazo de horas- de compañeros de lucha de Zurbano a críticos acerbos (e incluso ofensivos) sin que haya mediado la más pequeña comunicación entre ellos (vuelvo a pensar en lo sencillo que hubiese sido rebajar la beligerancia con sólo preguntar a Zurbano si el título era realmente de él), los intelectuales que con tanta presteza le criticaron (en un desagradable bloque rápido) prácticamente han reducido a cero la credibilidad de esa misma lucha antirracista que, con manos en el fuego, juran defender porque no se puede ser un líder ético y no ético a la misma vez.

(Dolor, alegría y resistencia, La Jiribilla, abril 2013)

Wednesday, November 12, 2014

Dean Luis Reyes vs. La Jiribilla, El Caimán Barbudo y Ernesto Pérez Castillo

La Jiribilla, El Caimán Barbudo, han cedido su razón de ser para prestarse a operaciones policiales, cuando se han prestado como tribunas no para las ideas en conflicto, sino para comisarios, represores y torturadores de almas, para oscuras conspiraciones que persiguen enlodar antes que hacer emerger la verdad compleja que surge de la confrontación. Supongamos que la necesidad de deslindar las asunciones políticas de algunos, de decretar su extirpación del campo intelectual nacional (léase, del oficialmente constituido, no del campo de la cultura, que opera por mecanismos diversos y de larga duración), justificase tales represalias públicas. Mas, ¿prestigia eso al campo intelectual que toma venganza? Y cuando se aplica a gente que vive en Cuba, que hace su trabajo dentro de los marcos (acaso no los oficiales, pero sí oficiosos) de la cultura cubana, ¿se gana algo? La propia Jiribilla ha sido escenario de tales abusos de poder en las Rouge; (para el que no hubo respuestas más que deslizar las supuestas disculpas de su autor) o en el reciente trapicheo en torno a Lina de Feria (¡verguenza!: coger para tales cosas a una mujer enferma) y su estancia en Estados Unidos. Ello es moneda corriente en espacios que se precian de acusar al "fascismo corriente". Que tienen el valor para hacer semejantes purgas pero no son capaces de publicar una línea sobre el tema intelectual del mes. Por cosas todavía menores se ha acusado a intelectuales cuya opinión se permite discrepar o salir en defensa de alguna postura no conveniada con esa microfacción. El propio Castillo pudo acusarme de varias cosas años atrás, en las páginas de la revista villaclareña Umbral, partiendo de dos errores que cometí en el citado de El hombre nuevo, de Ernesto Guevara (lo cual hacía en un texto a propósito de la influencia de aquella propuesta en la gestión del imaginario de mi generación, y del cual la revista publicó un fragmento). También entonces usaba como estrategia los links a palabras mías, en las que él suponía me contradecía, o mostraba la pata de "inquisidor". Para ello, invitaba a leer en un texto encontrable en la web cubana, titulado Arte es militancia, un sospechoso credo. El referido texto, publicado por Juventud Rebelde, era el resumen informativo de una sesión con Fidel del Consejo Ampliado de la UNEAC; su título, una síntesis del espíritu de las discusiones. Es decir, no se trataba de un artículo de opinión. Pero no le tembló la mano para manipular entonces. Igual recibió su respuesta, respuesta que los colegas de Umbral no publicaron.

(¿El que calla otorga?: Lecciones del pospavonato. Encuentro en la red, febrero 2007)

Thursday, February 6, 2014

Belkis Cuza Malé vs. La Jiribilla

Supongo que si desean competir con las publicaciones digitales de acá --muy buenas todas, por cierto-- van a tener que afilar el lápiz y dejarse de jiribilladas. Si la cuota de boberías no les alcanza, si el odio les ciega, y la sumisión al dictador los obliga al delirio --como el poema sobre Miami de Miguel Barnet--, mejor se toman un tranquilizante, y de paso le cambian el nombre a la publicación, que más bien debería llamarse La Pacotilla, La Rabadilla, La Jutía, o mejor La Jarretuda, porque de jóvenes (y menos, rebeldes) ya sólo les queda el casco y la mala idea.

(“La Jiribilla” y otros insectos, La Nueva Cuba, mayo 2001)

Wednesday, January 23, 2013

Emilio Ichikawa vs. La Jiribilla

Se puede imaginar lo cómodos que están los periodistas de su plana, lo fácil que es para ellos tomar las señas de la dirección; porque “La Jiribilla” no hace otra cosa que convertir en un frente cultural los fundamentos de la propaganda castrista. Hay figuras destacadas, pero sin lugar a dudas los blasfemos de más mérito son los periodistas Paquita de Armas y Pedro de la Hoz.
   Desde su fundación “La Jiribilla” tiene como objetivo el ataque sistemático al exilio cubano de Miami. No ejercen una crítica inteligente sino hábil, no enérgica sino grosera y vil.
La sección “Pueblo Mocho” tuvo como propósito el ataque sistemático a la obra y la gente de la ciudad de Miami. Les daba lo mismo residentes que viajeros vinculados a ella: Rafael Rojas, Zoe Valdés, Vicente Echerri, Belkis Cusa, entre otros, fueron delictuosamente ofendidos por “La Jiribilla”. O envidiados, que es motivo de lo mismo.
   Desde hace un tiempo, quizás por falta de “rigor revolucionario”, los ataques se han descentrado y han recaído sobre funcionarios del gobierno norteamericano.
   Al suponer que “Pueblo Mocho” es un topónimo despectivo, “La Jiribilla” traiciona uno de los valores básicos que la hicieron surgir: el nacionalismo cultural.
   “Pueblo Mocho”, una semi utopía del escritor Samuel Feijoo, es una comunidad provinciana soporable (si descontamos las barbaridades ecológicas del desmonte). Su trilogía heroica (Jachero, Teresa y Juan Quin Quín) representan valores estables como la amistad, la familia, la honestidad. Valores “universales” que una panda relativista como los que dirigen “La Jiribilla” acaso puedan comprender.

(Blog Emilio Ichikawa, mayo 2008)