Se diría que el poemario tiene dos
mitades: la primera, hasta el Canto XI, que resulta un fresco estremecedor y,
en lo esencial, certero, del devenir histórico de la Cuba azucarera hasta los
años veinte de la pasada centuria, realizado con un aliento a la vez épico y
lírico. La segunda, a partir del Canto XII, consiste en una serie de juicios y
advertencias del poeta en relación con las causas —en lo esencial,
psicológicas— que han producido el estado lamentable del agro nacional; entre
ellos se incluyen razones tan peregrinas, como que la penetración del capital
extranjero en los campos de la isla se debe… ¡al hábito campesino de jugar a
los gallos! Agrava esta dirección empequeñecida que toma el libro, la actitud de
dómine del sujeto lírico, que da lecciones al campesino —(Y mi voz tiene algo
de la voz del profeta)”—. Lo inconveniente del tono asumido, la exageración
absolutizadora de la importancia de ciertos rasgos de la psicología social
campesina en la época, disminuyen la eficacia del retrato de costumbres que,
ciertamente, resultan negativas. Tales errores de Acosta incluso dificultan
percibir aciertos en la identificación de fenómenos, como el del
desdibujamiento gradual de rasgos de idiosincrasia cultural, por efecto de un
contacto deformante y una actitud entreguista hacia culturas foráneas, asumidas
como modelos de eficacia y éxito, actitud esterilizante que es denunciada en
versos como: “Ahora vives del préstamo. Hasta el yarey cubano / trocóse en tu
cabeza en sombrero tejano”. Asimismo, el modo en que se formula la crítica, la
debilita, incluso cuando el poeta denuncia mecanismos esenciales de la
politiquería instaurada en el país, cuya proyección discursiva se basa en la
adulación de un pueblo al cual estos mismos políticos desprecian…
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Friday, October 7, 2016
Luis E. Alvarez sobre “La zafra” de Agustín Acosta
Thursday, October 15, 2015
Lorenzo García Vega sobre Agustín Acosta
Pero, vuelvo a decir, años más tarde me encontré con Agustín Acosta. Él, después de ocho años como Senador de la República, se había retirado de la política por falta de público.
Semanas antes, yo le había enviado mi primer libro, Suite para la espera.
Agustín, viejo teósofo, dijo que un libro se justificaba por una sola línea. «Una sola línea que estaría predestinada a ser leída por un solo lector. La línea que el cuerpo astral de ese lector necesitaba», terminó diciendo.
Pero Agustín sentía (y casi no lo podía ocultar) un odio más allá de toda medida por Lezama, y por todo lo que el grupo Orígenes podía significar. Así como, también, Agustín casi no podía ocultar el desprecio que mi recién publicada Suite le merecía (más tarde me enteré que él, al comentar mi libro, le dijo a alguien: «Es un libro de rengloncitos largos y de rengloncitos cortos»).
Aunque, por suerte, ya nada de eso importa. Ya, para mí, lo que importa de aquella tarde en que me encontré con Agustín Acosta, fue que él, aunque despreciando mi oficio, quiso vincularme con Julio Herrera y Reissig.
¿Sería que el viejo teólogo sospechaba mi encarnación uruguaya?
Y era que Agustín, sentado en un viejo sillón cubano, pero en un sillón que, inevitablemente, no dejaba de recordar a un modernista trono asirio, después de mandar a hacer café, me hizo entrar en la tremenda Torre de las Esfinges.
Era un buen recitador Agustín. Era un retórico a todo meter. Por lo que su histrionismo, teniendo como fondo la espléndida claridad de una tarde tropical, me hizo visible tanto el gesto verde del cielo, como la risa del desequilibrio de un sátiro de lubridio enfermo de absintio verde.
Por lo que, sin duda inolvidable fue la tarde. Una tarde para el oficio.
Agustín, para enseñarme lo que era bombardear metáforas de verdad, se metió en la Torre de las Esfinges, pero al poco rato, como él no podía dejar de ser el romántico incurable que era, dejó esa vereda para meterse por la guardarraya folletinesca de la Berceuse Blanca.
¡Inolvidable!
Tan inolvidable fue que, por aquel recital de la Berceuse, ya hace muchos años que le he perdonado a Agustín Acosta el haber despreciado a mi Suite para la espera.
Apareció la mal ceñuda sirvienta española, con el café que el poeta había mandado hacer. Pero con gesto terrible de Dragón modernista, el Poeta, convirtiéndola en Medusa, detuvo a la sirvienta, para así poder continuar con el jolgorio de la Berceuse:
Aspirad su incorpórea levedad de Olaluna!
En sus sienes rutilan transparencias de copo;
y vuelan sus ojeras otoñales de bruna,
como vagas libélulas de una tarde heliotropo.
¡Se acabó lo que se daba! Aquello fue como para alquilar balcones. Pero ya no recuerdo bien como para poder precisar los detalles. Sólo sé que la sirvienta, convertida en Medusa. Sólo sé que la ceñuda española al fin nos sirvió el café. Pero, repito, el hueco negro se ha llevado los detalles.
Ya no hay detalles, pero el hecho importante de aquella tarde fue que, por una de esas cosas extrañas que le pueden suceder a uno, con aquel jolgorio con Berceuse salí convencido de haber visto antes, coronando la casa de Agustín Acosta en Jagüey Grande, a la Torre de los Panoramas.
Salí convencido, después de haber visto al poeta Acosta recitando Herrera y Reissig, que cuando yo, muchos años atrás, en una azotea había arengado a la multitud, también en esa azotea había visto a la Torre del uruguayo.
Nunca había visto la Torre, pero ya sabía que había visto la Torre.
¿Cómo fue eso? ¿Por qué vi, años más tarde, lo que había visto en 1934?
¿Cómo fue eso? ¿Era que el teósofo Agustín Acosta, evocando a Herrera y Reissig, despertó la visión de una anterior, uruguaya encarnación? ¡Váyase a saber!
Lo que sí no hay dudas es que en aquella tarde hubo cosas. Hubo Herrera y Reissig, y pagodas, y oros de Bizancio, y cúpulas góticas, y hasta el demonio bendito.
Acababa uno, ya lo he dicho, de publicar Suite para la espera, aquel libro en que dije: «Apollinaire al agua».
Agustín, despreciador notario de Jagüey, no podía entender que Apollinaire se cayera al agua.
Pero fue lamentable que no entendiera nada, ya que ahora, al evocar el kitsch que Agustín y yo disfrutamos ante la Berceuse, pienso que nos deberíamos de haber unido. Pues, al fin y al cabo, Agustín y yo estábamos enlazados por un kitsch: un kitsch que a él lo llevó a ganar, hasta el punto de llegar a ser Senador de la República, mientras que a mí me condujo al oficio de perder.
(El oficio de perder. México, 2004)
Monday, July 22, 2013
Julio Antonio Mella vs. “La zafra”, de Agustín Acosta
El poema es de “combate”. Su “verso es un aire incendiado que lleva en sí el germen de no se sabe qué futuros incendios”. Pero ahí salta el fallo individualista del motor de su espíritu: “no quiere que se le crea un poeta de muchedumbre”. Bueno, querido amigo; si se ha de combatir, si ha de haber incendios, ¿quién, sino la muchedumbre, es capaz de realizar lo uno y lo otro?
Esta posición, si no es sincera, resulta horrenda; si lo es, dolorosa y lamentable, como la confesión de una enfermedad mortal.
En muchos poetas no es más que una «pose». En otros —¿estará entre ellos Agustín?— un contagioso padecimiento que fue de moda en el siglo pasado y que se contrajo en las lecturas de la adolescencia. O, seamos honrados, ¿esa posición mental de Acosta es debida al pesimismo final de su poema? ¿Será la causa el hecho de que no ve salida para «la patria que canta»? El pesimismo es infundado. No existe en la realidad, como él afirma. Lo que hay es una interpretación no exacta de los hechos, una falta de comprensión total del problema.
(Julio Antonio Mella. Selección de textos, Ruth Casa Editorial, s/f)
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