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Monday, August 31, 2020

Roberto Madrigal vs. un documental sobre Lezama Lima

He repetido hasta el cansancio que no me atraen los documentales, ya que, salvo raras excepciones, todos están guiados por los objetivos del realizador, quien edita lo que recopila con el fin de probar su tesis. Por lo general me resultan predecibles, aunque siempre hay unos más predecibles que otros.

   A pesar de sus buenas intenciones, de cuyo lado estoy, el documental Letters to Eloise, de la realizadora cubanoamericana Adriana Bosch, es más de lo mismo. Supuestamente parte de las cartas que Lezama Lima escribió a su hermana Eloísa, quien partiera a un exilio temprano y que fueran publicadas por Verbum en 1998. Pero en realidad, al cabo de unos minutos, las cartas, leídas en inglés por el actor británico Alfred Molina, pasan a un segundo plano.

   El propósito del filme es demostrar la censura y ostracismo que padeció Lezama Lima por parte del gobierno cubano a través de sus esbirros culturales. Para ello utiliza mayormente el testimonio de varias cabezas parlantes, método trillado y convencional del género, intercalando a profesores y especialistas de las dos orillas principales de la cultura cubana. Unos con conocimiento personal de Lezama y otros, estudiosos dedicados a su obra. Bosch trata de balancear la presencia entre los de “aquí” y los de “allá” para supuestamente dar un equilibrio a las opiniones, aunque todos coinciden unánimemente en apoyar las metas de la directora.

   Los primeros cincuenta años de la vida de Lezama se diluyen en los primeros minutos del documental. Mayormente se refieren al personaje y no al ser humano, con algunas pinceladas de sobra conocidas de la vida familiar. Luego se concentra en su vida pública después del triunfo castrista.

   Entre los que tienen un conocimiento personal de Lezama, se encuentran José Prats Sariol, Jesús Barquet, Reynaldo González, Enrique Sainz y César López. Entre los que tienen conocimiento más bien libresco del autor, están Enrico Mario Santí, investigador de su obra, César Salgado y Lillian Guerra, especialistas en su obra, Roberto Méndez, encargado de la edición de 2010 de la valoración múltiple de la obra de Lezama, originalmente publicada en 1970, ambas a encomienda de la Casa de las Américas, Margarita Mateo, destacada crítica literaria residente en la Isla y Antonio José Ponte, quien se especializa más bien en el grupo Orígenes. Para reforzar las opiniones de los especialistas, se contó con la participación de Mario Vargas Llosa, quien conoció a Lezama y que se expresa de forma muy articulada, como siempre, señalando puntos importantes, pero sin aportar nada novedoso ni personal. También aparece el profesor Emilio Bejel.

   Muy poco de nuevo se “documenta” en esta obra. Se hubiera agradecido más presencia del testimonio personal de quienes lo trataron. Aparte de Cesar López, que parece más despistado que otra cosa, y de Emilio Bejel, que se limita a insustancialidades, el resto de los entrevistados está muy bien, con un discurso muy coherente, pero que resulta repetitivo. Demasiado homenaje, demasiada reverencia. No es culpa de ninguno de ellos, sino de la realizadora que impone los límites de la entrevista. Se extrañan testimonios como el que hace Eliseo Alberto en el documental En un rincón del alma.

   En general, no se detalla ninguna crítica directa de Lezama Lima contra el sistema. En las cartas, sus quejas se refieren al deterioro de la familia y a la escasez alimentaria que padecieron todos los cubanos en los momentos en que se escribían. Hay algunas en las cuales expresa su alegría por la publicación de Paradiso, añadiendo incluso que en ningún otro país del mundo se atreverían a publicar una novela de 600 páginas, así como el jolgorio ante la publicación de su poesía completa y la valoración múltiple, en el año 1970, en el cual probablemente se reunió por última vez con tantos amigos.

   El tema del homosexualismo de Lezama se limita a la recapitulación y reinterpretación del capítulo 8 de Paradiso, que alguien señala como su salida del clóset, pero no hay ninguna revelación acerca de su vida personal como homosexual. Su matrimonio con María Luisa, más que de conveniencia, se expone como una concesión al deber familiar, ya que su madre le insistió que lo hiciera.

   Son necesarios entonces los testimonios de los entrevistados para establecer su disidencia política, pero eso no es documento. La película se desvía hacia el caso Padilla, en el cual fue incriminado Lezama y de ahí sigue a la etapa final de su vida, en la cual fue abandonado por muchos a quienes creía eran sus amigos. Se destaca su participación en el jurado que premió al libro de poesía de Padilla en 1968 y en lo que me parece un disparate, la doctora Lillian Guerra, profesora de la Universidad de la Florida, dice que los jurados de los premios en Cuba los escogían los escritores, y que a Lezama lo escogieron por su audacia y honestidad. Discrepo de ello, en Cuba todo lo deciden los comisarios culturales, que precisamente son alérgicos a la audacia y la honestidad, lo que pasa es que no son infalibles.

   Al insistirse que Lezama hacía una literatura que no se ajustaba a los patrones revolucionarios, por elitista y refinada, por además reivindicar los valores tradicionales cristianos de la familia cubana, razón principal por la cual se le fue eliminando paulatinamente, se echa de menos una exploración del papel de las nuevas generaciones de escritores de aquel momento, quienes desde el punto de vista literario también rechazaban la obra de Lezama, y entre quienes se destacaban Padilla y José Baragaño. El primero redactó lo que según Cabrera Infante era un “salvaje ataque contra Lezama, que publiqué en el magazine [se refiere a Lunes de Revolución] que era casi una condena oficial no sólo a la persona sino al arte poético de Lezama. Cuando lo vi publicado, tuve la impresión de que se había soltado una jauría contra un hombre atado”.

   Lezama, en una salida aristocrática, muy a la altura de su persona y de su literatura nunca se dio públicamente por aludido, porque como continúa Cabrera Infante en Mea Cuba en una conferencia patrocinada por la propia revista Lunes de Revolución se limitó a decir refiriéndose oblicuamente al grupo que le atacaba: “…era propio de la juventud cometer excesos, la juventud literaria comete excesos literarios. Lezama era la personificación de la generosidad, en la literatura y en la vida, verboso tanto como generoso”.

   Las escenas recreadas dramáticamente no aportan mucho al documental, se mueven entre la cursilería y el melodramatismo, por suerte son breves. La repetición de la escena inicial de una joven Eloísa alejándose en medio de la lluvia, protegida por una sombrilla y un pañuelo en la cabeza, que mira por encima de su hombro con una sonrisa, mientras se escucha la hermosa, pero también melosa música compuesta por Arturo Sandoval, me parece un excesivo melado cinematográfico.

   En parte el documental está hecho con el público americano en mente y la reunión de opiniones y materiales resulta válida e importante para dar a conocer la obra del poeta más allá de las fronteras que físicamente apenas cruzó. Lezama Lima fue un grande de la literatura cubana que fue víctima de un proceso demoledor al cual inicialmente le dio la bienvenida pero que pronto terminó siendo implacable con él (y con muchos más). Pero en este documental, a pesar de que Lezama tuvo muchos enemigos que nunca se buscó, sitiado por muchas facciones, a quien probablemente mató la tristeza del abandono de sus colegas y la desintegración de su familia, la víctima está demasiado victimizada. El poeta merece admiración, no idolatría.

(El escritor sitiado. Cubaencuentro, mayo 2020)

Tuesday, January 28, 2020

Roberto Madrigal vs. César Leante


En fecha relativamente reciente, el antiguo gendarme literario César Leante, al descender de su avión cuando éste hacía una escala técnica en Barajas, decidió embarajar y no retomar el vuelo que lo llevaba con estino a no recuerdo cuál país de la Europa socialista (da lo mismo), y favorecido por la influencia de cierta tendencia errada que existe entre algunos intelectuales y disidentes legítimos, ha realizado una relampagueante transformación ideológica de funcionario de la burocracia cultural castrista a escritor disidente, como todo un Clark Kent antillano.
   Por su obra literaria (de alguna forma hay que llamarla), sus declaraciones oficiales, su trabajo en las instituciones culturales en Cuba, su cargo de censor y algunos comentarios de quienes le conocían de cerca, siempre he tenido a Leante como un oscuro y diligente apologista del estalinismo cultural.
   Este Dr. Jekyll de los laboratorios de Guillén y Retamar, cuyo libro más conocido es nada menos que la laudatoria “Con las Milicias”; que se pasó veinte años de coctel en coctel y de gira propagandística concialiábulos literarios; de lengua y conducta siempre prestas a defender los logros de la Revolución cubana, parece tener el tejido moral hecho con fibras de corcho. Si bien debe aplaudirse su acto definitivo en Madrid, resulta inadmisible que se le incorpore a las filas disidentes y anticomunistas.
   ¿Cómo puede justificar César Leante que mientras Jorge Valls, Armando Valladares y Angel Cuadra se podrían en las mazmorras de Castro, él se apresuraba a tomar el avión para representar la política cultural de la Revolución? ¿Qué excusa puede ofrecer a que cuando Lezama Lima, Virgilio Piñera, René Ariza, Pepe Triana, Oscar Hurtado, Rogelio Llopis y Reinaldo Arenas, entre tantos otros, eran condenados al silencio o al exilio interior, él firmaba cartas y manifiestos, condenaba a Vargas Llosa, o se hartaba de comida en alguna recepción del Cuerpo Diplomático?
   Por supuesto que de nada vale esgrimir el argumento de que en un régimen totalitario, donde el estado es el único amo, todos trabajamos para éste necesariamente. Hay muchas formas de subsistir con mayor o menor dignidad. No se puede comparar el efecto que puede tener sobre el prójimo la tarea de un profesor de inglés, un corrector de galeras, un médico o una simple secretaria de cualquier empresa estatal, con la de un oficial de la Seguridad del Estado o un mercenario ideológico.
   Resulta difícil predecir la conducta de quien se ha acostumbrado a llevar una máscara durante tanto tiempo, cual personaje o actor del teatro griego. Más aún; cuando todavía revela públicamente su dolor ante la posibilidad de que se le excluya orwelianamente de la historia de la literatura cubana que elaboran los vasallos de Castro, y en la cual, eso sí, se había merecido un puesto destacado.
   Ya ha comenzado a mostrar sus cualidades miméticas. Si allá recogió genuflexo las migajas del poder y disfrutó de los pequeños privilegios que se le reservan a la clase dirigente, aquí, en su versión de Mr. Hyde del exilio, aprovecha oportunamente la mano que honesta, pero equivocadamente, algunos le han tendido. Ya apareció, editada por Argos-Vergara, su novela “Los Guerrilleros Negros” que en Cuba le valió el premio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en 1975. Con ella trató de instalarse en una tradición literaria que se desencadenó tras los estudios realizados por Fernando Ortiz, dentro de la cual José Luciano Franco ha realizado valiosísimos aportes, que Lidia Cabrera ha elevado a su máximo exponente narrativo, y que, ya después de la Revolución, explotó con mejor suerte otro payaso obediente, pero más talentoso, Miguel Barnet (quien en nada me sorprendería si algún día se decide también a dar el salto) con su obra “Cimarrón”, y que últimamente se puso de moda como tema en la cinematografía cubana, con los filmes que quedaron bautizados como negrometrajes. Ahora, para su edición española y ante la esterilidad que parece provocarle el choque con la libertad, realizó cambios sustanciales de contenido a la obra (quizás sobre un ejemplar de los que tiró la UNEAC) y ajustó su título al gusto de su nuevo público y lo cambió por “Capitán de Cimarrones” (las palabras “guerrillero” y “negro” no son del buen gusto burgués y menos salidos de la pluma de un cubano). Hubiera elegido mejor si lo hubiera cambiado por "Capitán de Camajanes" o “Capitán de Camaleones”.

(De funcionario a disidente. Revista Término, No. 1, otoño 1982)

Monday, June 10, 2019

Roberto Madrigal vs. “La transparencia del tiempo”, de Leonardo Padura

En su novela más reciente, La transparencia del tiempo, no se hace esperar para mostrar ese lirismo picúo. Como si no bastara con el título, el libro abre con el siguiente párrafo: "La luz rotunda del amanecer tropical, filtrada por la ventana, caía como el haz teatral proyectado sobre la pared donde pendía el almanaque con sus doce cuadrículas perfectas, distribuidas en cuatro hileras de tres rectángulos cada una".
   No me explico cómo con tanta gente a quienes le agradece consejos editoriales, nadie se atrevió a disuadirlo de ese comienzo. Luego empieza a narrar y esa suerte de narrativa periodística le sale bien, pero para que no nos olvidemos de su lastimosa y, lo repito, ridícula prosa, vuelve a la carga con: "Sus pies han sido los caminos recorridos: de la inocencia a la culpa, de la ignorancia al conocimiento, de la paz a la muerte, del paseo placentero y el pesado acarreo montaraz a la fuga sin retroceso…", y por si no hubiera suficientes clichés, frases hechas y lugares comunes, una página después ataca con: "Un transcurrir que ni siquiera merecía una denominación que implica movimiento…", ante lo cual uno enmudece de tanto sin sentido.
   Estas dos citas se encuentran en las páginas 40 y 41 de la edición de Tusquets.  
   Esta vez parece que a Padura se le agotaron las ideas y le debía trabajo a la editorial, porque La transparencia del tiempo está "basada" (para no mencionar plagiada) en El halcón maltés, la extraordinaria novela de Dashiell Hammett. Menuda pretensión. La única diferencia es que con Conde ya retirado hace más de una década de la policía, al ejercer como una especie de "investigador privado" dentro de las limitaciones de la Isla, el personaje toma más de Philip Marlowe que de Sam Spade, por comportarse más como un marginal, aunque ambos son unos cínicos desilusionados que aún conservan un poco de idealismo.  
   La novela trata sobre el robo de una virgen negra, de valor desconocido y a la que se le atribuye poderes divinos. Se divide en dos relatos. El de la pesquisa detectivesca y la historia de la virgen que nos refiere a la Garrotxa catalana y hasta las últimas cruzadas. La parte detectivesca es legible, aunque muy similar a toda la obra anterior de Padura-Conde, sin ningún aporte temático. Nos regresa siempre a su grupo de amigos y las "excepcionales" comidas que prepara la mamá del Flaco, un ser inmaculado y estereotípico a no más dar y a su mentalidad de adolescente barriotero. Pero la parte de la historia de la virgen es simplemente insoportable y aburrida, además de estar escrita en esa prosa paduriana de lirismo sin brújula. Ya al final yo pasaba esas páginas sin prestar mucha atención.  
   Por mucha admiración que expresan los escritores cubanos por Hemingway, me parece que se relaciona con su aspecto de aventurero, de macho supremo, ignorando siempre su aspecto de "americano feo" (porque por todo lo que he leído de él, como persona, Hemingway debió ser un tipo intratable), ya que ninguno escribe ni lejanamente parecido a él, que si algo era fue un maestro de la prosa precisa y eficiente, que encontraba la belleza en la simplicidad.
   Padura en esta novela sobre todo, hace alarde de un alambicamiento que a veces lo hace perder el objetivo del párrafo y debilita la narrativa. También aburren los homenajitos y referencias a Virgilio Piñera y a Lino Novás Calvo, que se notan traídos por los pelos, guiños inútiles, pataleos de mono amarrado. Junto con La cola de la serpiente, esta novela forma lo peor de la obra de Padura. De una obra por lo general prescindible, La transparencia del tiempo es merecedora del más rápido olvido.  

(La pérdida del tiempo. Blog Diletante sin causa, marzo 2018)

Wednesday, October 17, 2018

Roberto Madrigal vs. “Plaza sitiada”, de Norberto Fuentes

Fuentes pretende con esta obra, rescribir su papel en la noche del 27 de abril de 1971, en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC, durante la ya más que conocida confesión de Heberto Padilla. Quiere establecer una narrativa que nos lleve hasta ahí y que nos haga entender las razones de su actuación. Supuestamente quiere aclararlo todo, ofrecer información importante hasta ahora desconocida. En realidad, lo que quiere hacer es elevar su papel a la altura que él mismo se percibe y a la vez, desmentir los eternos rumores que corren alrededor de su persona.
   Para los que todavía no se han enterado, durante su famosa “confesión”, orquestada por la Seguridad del Estado tras haberlo tenido preso durante unos cuarenta y cinco días, el poeta Heberto Padilla debía incriminarse como alguien que había “traicionado a la Revolución”, arrepentirse de sus pecados pequeñoburgueses y denunciar a algunos amigos que habían caído en sus mismos errores para que estos subieran al podio, confesaran sus delitos e hicieran acto de contrición. Padilla mencionó a su entonces esposa, la poeta Belkis Cuza Malé, así como a los poetas y escritores Pablo Armando Fernández, Cesar López, Manuel Díaz Martínez y Norberto Fuentes. Los cuatro primeros subieron a la mesa donde estaba Padilla y siguieron el guion al pie de la letra. Fuentes fue la excepción.
   Según el mismo narra, cuando llegó su turno, dijo estar de acuerdo con todo lo dicho por Padilla, que se alegraba de su regreso y que lo importante era seguir adelante. Esa intervención, como también se dice en el libro, no está registrada en ninguna parte y Fuentes solo tiene un vago recuerdo del momento. Personalmente, jamás yo había oído hablar de eso. Ni siquiera de boca de muchos que estuvieron allí presentes, incluyendo a Reinaldo Arenas quien se encontraba sentado al lado de Fuentes.
   Lo que todo el mundo recuerda, y sí está registrado, es lo que Fuentes dice que fue su segunda actuación, que fue negar las acusaciones porque el no tenía que arrepentirse de nada de lo que había escrito porque él era un revolucionario. El consenso general fue que esto también era parte del libreto orquestado por la Seguridad del Estado (aunque cuentan que José Antonio Portuondo se quejó de que Fuentes había echado a perder la “magnífica velada”).
   En su libro, Norberto Fuentes trata de convencernos de que fue algo que salió de él, una actitud verdaderamente desafiante que tomó a todos por sorpresa y que incluso indignó a Fidel Castro, a la vez que quiere hacernos creer que venció a Castro, porque aparte de un ninguneo, no le pudo hacer nada. Sin embargo, no aporta nada más allá de sus propias elucubraciones, pues ese Castro que él tan bien describió en La autobiografía de Fidel Castro, cuando quería deshacerse de alguien no había quien lo detuviera.
   Fuentes siempre tuvo fama de trabajar “para” la Seguridad del Estado, o de ser miembro del Ministerio del Interior. Es una fama merecida pues siempre ha estado trabajando con la policía, el ejército y el Ministerio del Interior, cosa que no niega, al contrario, alardea de ello. Fue muy amigo de altos mandos militares y estuvo presente como reportero de guerra en las campañas del Escambray y de Angola. Fue hombre de confianza de los hermanos Castro y su obra literaria está ligada a esa participación. En este libro se vende como el único héroe de la literatura cubana por lo que dijo la noche de la confesión de Padilla y por su eterna irreverencia que le costó no poder publicar por muchos años. Le da un distante segundo lugar a Reinaldo Arenas. Pero no, Norberto, ignoras que muchos más no fueron solamente ninguneados por lo que escribieron o trataron de publicar fuera del país, sino que fueron apresados y convertidos en no-personas. Sólo te citaré los casos de Manuel Ballagas, René Ariza y Rafael Saumell, que supongo debas conocer bien.
   Fuentes tiene tres héroes que idolatra: Fidel Castro, Ernest Hemingway y Tony de La Guardia. De ellos admira principalmente lo que él ve como sus cojones. Todo en Fuentes tiene su raíz en un machismo pueril, que le da por adorar a los hombres de acción, que no vacilan en apretar el gatillo ante quien sea y que viven felices con sus crímenes (sobre todo en los casos de Castro y de La Guardia). Hemingway es un escritor que atrae a lo peor del machismo de los escritores cubanos, ninguno se cansa de repetir que Ava Gardner se bañaba desnuda en Finca Vigía y muchos quieren escribir como él, pero lo cierto es que todo queda en la envidia de los machos, porque la prosa de ninguno y mucho menos la de Fuentes, se acerca ni remotamente a la de Hemingway.
   Prácticamente toda la obra de Fuentes está hecha en relación a estos tres personajes. Con la excepción de Condenados de Condado y Cazabandido, que surgen de su experiencia en las campanas del Escambray, Dulces guerreros cubanos es el fruto de su romántica amistad con Tony de La Guardia, La autobiografía de Fidel Castro de ya se sabe quién, así como Hemingway en Cuba. Con excepción de sus cuentos, que son bastante buenos, todas sus obras son desordenadas, escritas con descuido, llenas de datos inútiles, de guiños personales, incoherentes a rato, inconclusas y dictadas por la sobrevaloración del machismo y el despotismo. Otro desastre que las recorre es el excesivo narcisismo del autor, que no puede evitar insertarse siempre en el centro de las tramas como un protagonista.
   Todos los defectos de sus libros anteriores, pero peor aún, aparecen en este libro. Hay anécdotas innecesarias, usa cubanismos para luego explicarlos en un largo paréntesis, introduce personajes que no tienen nada que ver con el tema, está lleno de datos erróneos, repite situaciones y frases y la narrativa no fluye (trabajo me costó terminar su lectura). Es un libro al cual le sobran más de doscientas páginas. Casi todo lo que cita es de conocimiento público y tiene muy pocas cosas de interés. Me llamó la atención que mencionara abiertamente la pedofilia de Alfredo Muñoz Unsaín, el periodista argentino conocido como Chango y al cual algunos de las jóvenes generaciones, incluso exiliados, veneran, cuando en realidad no fue más que un agente de la Seguridad del Estado.
   En el libro se dedica a despotricar de muchos otros escritores, muchos no inmerecidamente, entre ellos Eduardo Heras León, pero Fuentes no para de ajustar cuentas. También la emprende contra su objetivo más odiado, el exilio cubano de Miami entre el que vive hace más de veinte años.
   Si con este libro trató de limpiarse como agente de la Seguridad del Estado, no convence a nadie, al contrario. No solo recuenta todas sus relaciones militares y policiales, sino que confiesa que en 1981 fue a ver a Luis Pavón, entonces director del Consejo Nacional de Cultura, para proponerle escribir este texto y que se lo publicaran en Cuba, para desprestigiar a Padilla. Tampoco aclara, lo cual lo hace aun más sospechoso, como después de unos cuantos años en silencio, pasó a estudiar en la universidad y luego fue puesto en contacto con Antonio Pérez Herrero y de ahí volvió a ser puesto en posiciones vinculadas al Ministerio del Interior, hasta que se enredó en el famoso caso Ochoa, por su amistad con Tony de La Guardia.
   Tampoco convence a nadie respecto a su ubicación en la literatura cubana. Quiere elevarse a ser un escritor al nivel de Isaac Babel, debido a su libro de cuentos Condenados de Condado, que fue realmente controversial cuando ganó el premio Casa de las Américas en 1968, pero su prosa está más cercana a la de Aleksander Bek y Konstantin Simonov, a quienes también confiesa admirar. En fin, que ni siquiera puede convencernos de que, como escritor, no es más que una apostilla en la literatura cubana de los últimos sesenta años.

(“Plaza sitiada”: la idolatría, el egocentrismo y el afán de protagonismo. Cubaencuentro, septiembre 2018)

Wednesday, December 21, 2016

Roberto Madrigal vs. Guillermo Rodríguez Rivera (2)

Como aterrados copistas medievales, han saltado en defensa de la identidad cultural y de una confusa cubanidad, distinguidos amanuenses oficiales como Graziella Pogolotti, Ambrosio Fornet, Aurelio Alonso y Abel Prieto, entre otros pesos completos de la burocracia cultural. Son los que más destaca la prensa de allá y la de acá, sin embargo, me resultó de gran interés un reciente artículo del profesor Guillermo Rodríguez Rivera, aparecido en el blog Segunda Cita, del cantante Silvio Rodríguez, del cual es colaborador habitual el docente, titulado La cultura en los tiempos que corren, en el cual va más allá de defender la cultura con definiciones abstractas y términos grandiosos, como hacen los anteriormente mencionados, aquí se dedica a redefinir el papel del censor y de la censura en esta batalla.
   Es un artículo que no puede pasarse por alto por varias razones. En primer lugar por aparecer en el blog de Silvio, lo cual le da un carácter de siniestro prestigio y autoridad crítica, ya que se sabe que este es un blog maquillado de aperturista, pero siempre dispuesto a la defensa frontal e inequívoca del sistema, y porque además es probablemente el blog más leído, de todos los blogs apoyados y permitidos por la nomenclatura, dada la inconcebible y persistente popularidad del cantante.
   En segundo lugar porque Rodríguez Rivera, aunque muy olvidado en el parque Jurásico de la isla, es todavía un dinosaurio que ruge con utilidad y que se ha vuelto una especie de ortodoxo racional. Además, el profesor es mucho mejor escritor que Fornet y Prieto, aunque injustamente no goce del mismo prestigio. Fundador de El Caimán Barbudo, fue por un tiempo un buen poeta y un hombre lúcido por cuyas gracias sufrió censura. Fue también, mucho antes que Padura, un exitoso escritor de novelas policiales.
   Después de tener que abandonar la nave caimanera, se sabía en La Habana que tanto él como Luis Rogelio Nogueras, Raúl Rivero y otros, eran los autores de unos epitafios apócrifos de los escritores cubanos. Muy bien escritos y muy mordaces. Pero parece que para poder salir del fango ha tenido (o ha optado), que vender su alma al diablo y enmascararse con las ajenas convicciones del poder.
   En el artículo que me ocupa, comienza recordando el período heroico de la fundación de El Caimán Barbudo, elogia la figura de Haydée Santamaría y obvia mencionar muchos de los fatales episodios represivos del período para saltar al llamado “quinquenio gris” (que ahora tiene la culpa de todo y lo quieren presentar como un traspiés histórico ya superado).
   Tras mencionar la censura sufrida por él y otros caimaneros, durante ese período, pasa a rescatar el “carácter inclusivo de la orientación cultural de 1961”, o sea del famoso discurso de Fidel Castro, conocido como Palabras a los intelectuales. Culpa el “caso Padilla” a la funesta ejecutoria del teniente Luis Pavón como presidente del Consejo Nacional de Cultura, sin mencionar que Pavón no solamente fue nombrado a ese puesto por las máximas autoridades del gobierno, sino que era un hombre de confianza y un favorito de Raúl Castro. Convenientemente olvida mencionar que el caso Padilla había empezado mucho antes de la confesión, en realidad en 1968, cuando fue premiado. Eso sucedió a raíz de la Ofensiva Revolucionaria de ese año, cuando Castro y su pandilla se habían consolidado en el poder, un poco después de los juicios de la Microfracción, sucedido en el otoño de los comunistas viejos, en 1967. Además, el presidente del Consejo Nacional de Cultura en ese momento era Eduardo Muzio, afectuosamente conocido como Muzziolini.
   En su diatriba, culpa a la confesión de Heberto Padilla por el destino sufrido por Lezama Lima, aunque menciona lo injusto de ello, que por supuesto fue culpa del ambiente cultural del “quinquenio gris”. Por cierto, que entre los epitafios cuya posible autoría puede atribuirse al profesor, hubo uno sobre Lezama que decía: “Jamás viajó ni a Nueva York ni a Roma/ José Lezama Lima, vida vana,/entre nosotros, en su vieja Habana/se dedicó a escribir, mató el idioma”. No tiene por qué abochornarse de ello, pero no hay dudas que fue una pequeña contribución a la penosa situación del poeta.
   Luego salta a los problemas creados durante el concierto reclamando la liberación de los Cinco, en el Protestódromo del malecón, causados por las alocuciones “fuera de lugar” de Robertico Carcassés. Tras lo cual salta al más reciente caso del cineasta Juan Carlos Cremata, censurado con motivo de la puesta en escena que dirigió de la adaptación de la obra “El rey se muere”. Una obra de Eugene Ionesco, escrita y representada por primera vez en 1962, pero en la cual los gobernantes cubanos se sintieron aludidos. Comenta incluso el “inaceptable exilio” de Cremata, como si este no tuviera derecho a hacer con su vida lo que le venga en gana. Claro, allá ese derecho no existe todavía.
   La receta del profesor Rodríguez Rivera no es la flexibilización ni la eliminación de la censura, sino su refinamiento. Ofrece el consejo de que todo eso (lo de Carcassés y lo de Cremata) se pudo haber evitado con medidas de censura profiláctica. Se pregunta la razón por la cual se dejó participar a Carcassés en el evento y por qué nadie se dio cuenta del problema de la obra teatral antes de que se estrenara.
   Culpa de lo anterior a la incultura de los encargados de la censura, a quienes llama “funcionarios encargados de aprobar el hecho cultural”. O sea, propone la formación de censores cultos y políticamente probados que puedan utilizar los bozales con eficiencia.
   Tras cincuenta y siete años de castrismo, y ya todo un decenio de raulismo, lo que propone la intelectualidad oficial cubana es un “quinquenio gris” refinado, la censura con efectividad, la censura profiláctica. Es lógico, cuando los represores de ese ayer siguen siendo los gobernantes de hoy. Esos parecen ser los cambios que se piden en el campo cultural.

(Redefiniendo al censor. Blog Diletante Sin Causa, mayo 2016)

Tuesday, November 1, 2016

Roberto Madrigal vs. Guillermo Rodríguez Rivera

Disfrazado de reparo literario, Rodríguez Rivera lamenta los dos premios más recientes, el entregado el año pasado a Leonardo Padura y el de Reina María Rodríguez ahora. En realidad lo que destila es bilis subterránea por su temor a que con estos dos premios, él y su generación han quedado fuera de competencia. Trata de razonar que estos premios debieron haber ido a figuras como Lina de Feria o Eduardo Heras León, sin mencionarse a sí mismo por falsa modestia y lamenta que todos hayan sido víctimas del quinquenio gris (aquí se incluye) y que no se hayan beneficiado con las rectificaciones. Lo que como buen oportunista no dice es que su generación ya ha estado representada de sobra en este premio en las figuras de Miguel Barnet, Reynaldo González y Nancy Morejón.

(Premios y políticas culturales. Blog Diletante sin causa, enero 2014)

Wednesday, July 6, 2016

Roberto Madrigal vs. Leonardo Padura y Pedro Juan Gutiérrez

Por otra parte el flamante Premio Princesa de Asturias, Leonardo Padura, se presenta en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara y dice que los problemas económicos han limitado la creatividad de los escritores cubanos. ¿Qué es lo que temen? ¿Qué se les acabe el salario de la UNEAC, que ya no resuelva casi nada? Buscan garantizar el apoyo institucional, al menos para buscarse los dólares en el extranjero. Padura y Pedro Juan Gutiérrez, quienes aseguran que jamás les han cambiado una coma en sus obras, no padecen de ese problema. Han reunido bastante dinero porque se les ha permitido publicar en el extranjero a cambio de decir sandeces como esas y otras más.

(La tozuda y morbosa vocación de servilismo de los intelectuales cubanos. Blog Diletante sin causa, diciembre 2015)

Wednesday, June 1, 2016

Roberto Madrigal vs. Leonardo Padura (2)

Padura acaba de recibir el premio Princesa de Asturias de las Letras. Este es un premio que se concede desde 1981 y que tiene pretensiones de competir con el Nobel, porque no se limita a escritores de habla hispana (y se da en una gran diversidad de categorías además de la literatura). Es probablemente uno de los premios más importantes que se conceden en el mundo desde el punto de vista del prestigio. Viene además acompañado de unos saludables 50,000 euros.
   Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Carlos Fuentes, Gunther Grass, Claudio Magris, Paul Auster, Margaret Atwood, Leonard Cohen y Phillip Roth son algunos de los escritores que se lo han ganado. ¿Está Padura en esa liga? Por supuesto que no. Pero también se lo han dado a algunas mediocridades como Carlos Bousoño, Francisco Ayala, Claudio Rodríguez y Antonio Muñoz Molina entre otros. Los premios son así. Por otra parte dicen que Padura se lo ganó al japonés Murakami y al sirio Adonis.   Personalmente, prefiero leerme las aventuras de Mario Conde o las vicisitudes del asesino de Trotski que una página de Kafka en la orilla o un poema de Adonis. Pero ese soy yo.
   El premio se concede en base a que la “labor creadora…represente una contribución relevante a la cultura universal” en el campo de la literatura. Es obvio que Padura tampoco ha logrado eso. En su decisión, el jurado lo premió porque su obra constituye “una soberbia aventura del diálogo y la libertad…es un intelectual independiente de firme temperamento ético…desde la ficción, Padura muestra los desafíos y los límites en la búsqueda de la verdad”. Eso tampoco lo son ni Padura ni su obra.
   No sé cómo funciona el jurado en cuanto a la selección del ganador y no soy proclive a las teorías de la conspiración, pero entre los miembros del jurado, en su mayoría oscuros académicos, destacan el excelente periodista y narrador mejicano Juan Villoro, un bolchevique de salón que compara la obra periodística de Padura con la de Martí y que recientemente declaró que lo “peor que puede suceder es que Cuba se convierta en una sucursal de Miami”, y Carme Riera, una académica y novelista catalana que quiere descastellinizar a Cataluña, que escribió una novela que tiene lugar en Cuba a mediados del siglo XIX y que para horror de los horrores, es bisnieta de Valeriano Weyler.
   Padura es un oportunista habilidoso que se mueve con destreza sobre la cuerda floja de la cultura cubana, bordeando las fronteras de lo permitido. Tiene una obra sólida, por algo su nombre se considera, pero es la elección perfecta, pues representa la supuesta conciencia crítica que el castrismo puede soportar y exhibir ante el mundo como muestra de su tolerancia. Tiene enemigos en Cuba, no puede olvidarse que cuando hace un par de años ganó el Premio Nacional de Literatura le saltaron arriba los perros de presa de la ortodoxia, encabezados por el poeta y profesor Guillermo Rodríguez Rivera con el aval de Silvio Rodríguez. Esto engalana sus vestiduras y son riesgos que Padura ha apostado a correr.
   Hace tiempo decidió escribir “siempre desde Mantilla” porque sabe muy bien que si el detective Mario Conde investigara crímenes en la calle Flagler, nadie lo leería. Con el dinero ganado con su obra puede vivir muy bien en Cuba, pero fuera, tuviera que ejercer otra profesión y no parece estar para eso.
   Más allá de todo lo anterior, ya pertenece y pertenecerá al Olimpo del canon de la literatura cubana. Pero los premios conllevan responsabilidades y uno termina definiéndose según como se comporte públicamente.  Esto no tiene nada que ver con la calidad de su obra, pues si se enjuiciara a los escritores canónicos en base a la moral con la cual conducen sus vidas habría que eliminar casi el 90% de la literatura universal. Para no ir muy lejos, hoy en día jamás se publicarían ni “Alicia en el país de las maravillas” ni “Lolita”, y qué nos haríamos hoy sin ellas.
   Padura, como figura pública (y no me refiero al Padura privado, con quien probablemente pudiera compartir cerveza y conversación ya que, que yo sepa, tenemos en común la afición por el béisbol y por Credence Clearwater Revival), no ha sido más que un sumiso, incapaz de levantar su voz para algo que valga la pena. Es un sobreviviente cultural.
   Ahora mismo otra artista, Tania Bruguera, cuya reputación internacional en las artes está casi a la par que la de Padura, se encuentra acosada por el gobierno debido a su actitud desafiante y a la politización de su obra en un sentido que no conviene a la clase dirigente. No es cómoda. No ha recibido la solidaridad de ningún escritor o artista importante en la isla, ni de muchos artistas cubanos en el exterior. Ha sido mayormente ninguneada o atacada por los medios artísticos y literarios oficiales. Además, se está jugando el pellejo literalmente. ¿Será capaz Padura, con el estatus y el prestigio que le conceden los dos galardones que ha ganado recientemente, de levantar su voz en defensa de la artista? Lo dudo.

(Padura, los premios y Tania. Blog Diletante sin causa, junio 2015)

Tuesday, February 9, 2016

Roberto Madrigal vs. Leonardo Padura

Ahora que Leonardo Padura parece haberse convertido en la plañidera oficial de la pérdida de los buenos tiempos de la revolución cubana, recordando lo bien que se vivía en los ochenta y minimizando las atrocidades de la UMAP, vale la pena recordar un poco como era la historia cotidiana del individuo que existía envuelto en la narrativa épica de la Historia. Cuando todo lo que se escribía era con mayúscula y las definiciones no aceptaban matices.
   En lo personal puedo recordar algo de la década de 1968 a 1978, cuando tras haber eliminado el último vestigio de oposición interna seria, con el dossier de la “microfracción”, un episodio bastante poco estudiado, Castro consolidaba su poder, desatando la “Ofensiva Revolucionaria” en su discurso del 13 de marzo de1968 hasta que en 1978 comenzaron a regresar los “gusanos” esta vez convertidos en mariposas que cargaban en sus alas maletas de llenas de ropa, la vida en esos tiempos fue difícil y sin opciones.
   Si escuchamos a los bolcheviques nostálgicos, parece haber sido un periodo heroico, en el cual el pueblo se encontraba dedicado por entero a la construcción del socialismo y el hombre nuevo, a las causas internacionalistas y al desarrollo de nuevas expresiones artísticas. Pero la realidad para la gran mayoría, o al menos para mí y mis amistades (decir mi generación sería quizá demasiado pretencioso), era bien distinta.
   La opción de salida del país desaparecía. Los llamados vuelos de la libertad terminarían a finales de 1971 o principios de 1972 (no importa mucho, esto no es un recuento histórico, sino personal) y mucha gente que había solicitado la salida del país, ahora tendrían que quedarse porque se les negaba el permiso o por falta de visa y tenían que reintegrarse a sus trabajos con una inmensa mancha en su expediente. Muchos serían reasignados a trabajos más difíciles. Conozco quienes pasaron de trabajadores de la cultura (músicos, editores) a dependientes o cajeros de cafeterías o a trabajar en la agricultura o la construcción.
   El Caso Padilla nos cayó encima como un inmenso bloque. A partir de ahí, cualquiera que tuviera ideas de dedicarse a la creación literaria, tenía que optar por el pacto o por la gaveta. El pacto era una forma de engavetamiento oficial, porque en realidad muy pocos de los que se resignaban a transar podían publicar. La prensa, las editoriales, el papel y la tinta eran para los militantones. El resto del tiempo era pasárselas huyendo a la vigilancia de los comités, en una época en que si unos amigos se reunían dos o tres noches seguidas o alguien se quedaba a dormir en tu casa más de dos días ello era considerado como actividad subversiva y reportado a las autoridades (a no ser que el presidente del CDR fuera tu amigo y te advirtiera).
   Las posibilidades de viajar al extranjero eran exclusivamente a través de viajes oficiales distribuidos por las autoridades ideológicas de las distintas empresas, tras pasar el intenso escrutinio de la seguridad del estado, lo que reducía esto a un privilegio de muy pocos (deportistas y algunos artistas). O sea, el pueblo se encontraba completamente aislado del resto del mundo. “Contacto con extranjeros” era un delito punible e incluso a muchos técnicos extranjeros de los entonces países socialistas que venían a trabajar a la isla, se les advertía que no establecieran relaciones con los cubanos. Lo supe por mi vecino ruso, que me lo confió mientras miraba para todas partes.
   En los cines se estrenaban unas treinta y cinco películas al año. Lo sé porque un amigo y yo llevábamos la cuenta. El contenido de lo que se proyectaba era estrictamente controlado. La producción nacional de largometrajes era muy limitada y por supuesto sobrecargada de contenido ideológico.
   Los graduados universitarios eran, en su mayoría, ubicados por el Ministerio del Trabajo a conveniencia de este. Además, se seguía una política de enviar a los graduados lejos de su lugar de origen. Por supuesto, antes de eso, entrar en un gran número de carreras era selectivo por motivos políticos, para lo cual se utilizaban los informes de los CDR (cuidado con caerle mal al jefe de vigilancia de la cuadra porque te podía desgraciar la vida). Creo que en esa época comenzó a desaparecer la palabra vocación del diccionario cubano. Uno sobrevivía como podía.
   Obviamente, siendo el ser humano lo que es, siempre algún amigo bien ubicado le resolvía a otro un trabajo o una prebenda. No todos los funcionarios eran monstruos, porque eso es imposible.
   No voy a abundar respecto a la carestía de los más elementales productos de consumo diario, desde papel higiénico (decíamos tener los anos más instruidos del mundo, porque nos limpiábamos con hojas de libros y papel de periódico), desodorante, pasta de dientes y jabón, hasta ropa y comida. Lo que sí era una epopeya era conseguir algo para tener comida hasta fin de mes.
   Estando la prensa plana y la televisiva totalmente controlada, así como las fuentes de datos para cualquier tipo de estudio, ¿Cómo es posible documentar el período? Será y ha sido ya un poco, a partir de obras literarias o filmes concebidos quizá entonces, pero realizados muchos años después, cuando muchos escritores y artistas pudieron huir en masa.
   Ahora que el totalitarismo se disfraza con nuevos ropajes, ya despojados de la significatividad de las mayúsculas, el papel de los amanuenses se reduce y temen enfrentar una realidad a lo cual no están preparados. ¿Será eso lo que extraña Padura?

(Las cosas como fueron. Blog Diletante Sin Causa, marzo 2015)

Monday, August 10, 2015

Roberto Madrigal vs. Abel Prieto

Aunque en general los miembros del gremio cultural no han perdido el miedo, ni los dirigentes han soltado el garrote, hoy en día, aprovechando los cambios de la política migratoria, muchos artistas, actores, escritores y cineastas se mueven entre Cuba y el extranjero y no solamente han encontrado otros medios para darse a conocer, sino que han logrado otras fuentes de ingreso que les permite independizarse un poco de las migajas que hasta hace poco solamente eran ofrecidas por la UNEAC. Esto puede resultar muy peligroso a la larga, porque les quitaría el control sobre la producción cultural.
   Pero Prieto, Barnet y sus compinches no se rinden, esta es una lucha crucial para ellos y con estos foros y sus declaraciones como: “en ningún momento el Estado va a ceder a los privados la decisión de la política cultural”, dejan claro que ellos y el gobierno, mantienen su visión de que la cultura está íntimamente ligada a la política y a la ideología del Partido. Esto va mucho más allá de los cambios administrativos. Para ellos, la cultura es la lucha política por otros medios. Dosificar y controlar estrictamente lo que consume el pensamiento popular es su objetivo. Los viejos hábitos nunca mueren.
   Personalmente me resulta difícil conciliar la imagen del Abel Prieto que conocí desde muy joven, un tipo irónico, iconoclasta, con un agudo sentido del humor, ocurrente, culto, inteligente y sobre todo contraculturalista con este personaje que hoy defiende tozudamente los viejos y anacrónicos postulados de la cultura estatizada. Es cierto que lo dejé de ver hace más de treinta años, pero esa es la imagen viva que se mantiene en mi recuerdo. Muchas veces conversé con el escritor Carlos Victoria, otro amigo suyo de la misma época, al respecto. Todavía lo comento con un amigo que vive en California, es tema de conversación semanal. Entendemos que la gente cambia y que ese fue el camino que escogió, pero aún no damos con las razones que nos puedan explicar ese desvío.
   El viejo amigo Abel convertido en el bufón principal de la corte, buscando controlar la cultura popular que tanto defendió entonces como cultura de la rebelión. Por supuesto, en su nueva posición, esa cultura que conoce muy bien, le resulta muy peligrosa. La cultura popular no respeta ni perdona el estatus de nadie. Es la cultura de la burla y del instante y eso no va bien con los dictadores y sus aliados.

(Los bufones atacan de nuevo. Blog Diletante Sin Causa, noviembre de 2014)

Friday, July 10, 2015

Roberto Madrigal vs. “Hablar de Guillermo Rosales” de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco

El pequeño libro sobre Rosales, por el contrario, viene precedido de una caravana de artículos elogiosos de escritores de calidad, generación y visión ideológica tan variada como son Uva de Aragón, Daniel Fernández, Reina María Rodríguez y Matías Montes Huidobro. Este último lo califica de “hipnótico y fascinante” y aunque siento el mayor respeto por la figura literaria y la persona de Montes Huidobro, con quien tuve la suerte de compartir mesa en la feria del libro de Miami durante el lanzamiento de mi novela y de una obra suya, me parece que en este caso su entusiasmo, en el artículo que publicó en Cubaencuentro,  peca, por lo menos, de propagandístico y de tener un gran conflicto de interés, ya que él fue quien escribió el texto de la contraportada.
   Es hasta cierto punto lógico exaltarse con la publicación de una obra sobre alguien que, como llaman Mirabal y Velazco en su libro, pertenece a “un canon alternativo de la literatura cubana”. A la larga, más allá de los propósitos y despropósitos de sus autores los libros se convierten en entidades independientes cuyo alcance sus creadores no controlan. Pero una vez que terminé de leer este libro, no comparto el entusiasmo de los arriba citados.
   El libro, en su conjunto, es bastante mediocre y está lleno de defectos. A pesar de la brevedad de la vida y de la obra de su sujeto, de quien se ha escrito relativamente bastante, no aportan casi nada nuevo.
   Desde el punto de vista biográfico es obvio que poco saben de Rosales. El libro se concentra mayormente en su etapa en la revista Mella, ese órgano de la extrema militancia y del talibanismo cubano de la década de los sesenta. Un periódico que fue un azote de la juventud “diferente” y que se dedicaba a vender a los jóvenes los nuevos valores revolucionarios. Pero inclusive aquí no hay una buena indagación. Toman su nota de presentación, que rezaba “solo cuenta con 16 años. Llegó un día a MELLA, sin más presentación que un interés desbordado por el periodismo”. El problema es que a Mella no se llegaba así como así y es muy probable que haya entrado a esa revista gracias a la relación entre Isidro Rosales, su padre, y Carlos Quintela, entonces director de la publicación, quienes fueron antiguos militantes del partido y la juventud socialista antes de 1959. Tampoco indaga, una vez que salió de Mella, cómo se hizo posible su deambular y qué razones lo desaparecieron del mapa, hasta de la cartografía de sus amigos. Los datos que ofrecen son superficiales y conocidos para todos aquellos que tienen una idea de quien fue Guillermo Rosales y que no iluminan mucho a quienes no lo conocieron. Tampoco entran a analizar las cuestiones políticas que lo llevaron al exilio y en la página 51 dicen que “se fue de repente”, según los autores, su problema en Cuba parece ser de índole personal.
   Sospechosamente, como hizo Velazco en un artículo que publicó para la revista que dirige sobre Esteban Luis Cárdenas, otro escritor marginado y reprimido, las presiones sociales, se acentúan en el exilio. Hacen hincapié en el ninguneo y en el rechazo que la sociedad cubana de Miami le hizo a Rosales. Lo cual es verdad hasta cierto punto, pero hay que destacar que mientras en Cuba solamente publicaba algunos cuentos en semanarios y tras presentar su novela Sábado de Gloria, Domingo de Resurrección (publicada tras su muerte bajo el título de El juego de la viola), se le concedía una recomendación para que su obra fuera publicada, lo que nunca sucedió, en el exilio ganó el premio Letras de Oro con su novela Boarding Home, que luego ha sido traducida al inglés, al francés y al hebreo, y que sobre su obra se ha escrito bastante, entre ello trabajos de Ivette Leiva, Ernesto Hernández Busto y una tesis doctoral de Isabel Ibarra y Rickley Marques, para citar solo algunos. Rosales era un escritor y un hombre difícil. Autodestructivo y contradictorio. Un hombre ajeno al protagonismo y dedicado a su obra, perteneciente a esa cada vez más escasa raza de escritores que no hacen concesiones. Molesto en cualquier contexto, pero no cabe duda de que las consecuencias de esa molestia se pagan más caro en Cuba que en ninguna otra parte y esto lo escamotean los autores.
   El análisis literario, bastante exhaustivo, que hacen de sus obras sí es interesante, pero adolece del defecto de que no contextualiza su estilo, tanto periodístico como narrativo, con el de los otros jóvenes de su generación. Esto se evidencia como necesario a medida que uno avanza en el texto. Establecen su originalidad sin decir con respecto a qué. Dentro de ese análisis de su obra me parece que también traen por los pelos su comparación con One Flew Over the Cuckoo’s Nest, de Ken Kesey, aunque mencionan que “ha sido señalado por la crítica el parentesco”, sin citar a nadie en concreto.
   Yo me fui de Cuba en 1980 y Rosales marchó antes. Hasta ese momento, nunca se encontró disponible en Cuba una versión española de la obra de Kesey y la película de Forman no se exhibió porque éste se había exilado. Si Rosales, cuyo inglés me consta era deficiente, se encontró con ese libro, fue ya en el exilio, más allá de su etapa de formación, y la película pudo haberla visto en un VHS gastado. Dudo mucho que hubiera tenido un contacto serio con esa obra. Sin embargo, los autores desconocen la influencia que sobre la generación de Rosales tuvo una película que se exhibió en la cinemateca, titulada Marat/Sade (1967) del director Peter Brook, que se convirtió en objeto de culto y llevó a muchos a la lectura casi clandestina de la obra teatral de Peter Weiss titulada La persecución y  asesinato de Jean Paul Marat representada por el grupo teatral de la casa de salud mental de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade, que condujo a casi toda mi generación (y la de Rosales, que es casi la misma) a leer hasta el cansancio al Marqués de Sade, con cuya obra sí tiene muchos puntos en contacto Boarding Home.
   Lo peor del libro son las entrevistas. Principalmente porque se limitan a entrevistar a figuras que han representado o representan la oficialidad cubana (Víctor Casaus, Félix Guerra, Eliseo Altunaga, Silvio Rodríguez) y el único que parece salirse del molde es Norberto Fuentes, porque vive aquí, pero cuya relación con Rosales se limita a la época de la militancia de ambos. No entrevista a nadie que haya conocido a Rosales durante su exilio, y hay muchos, como Manolito Casanova, Nicolás Lara, Orlando Alomá, Juan Abreu, José Abreu, Jesús Barquet y muchos otros, que se encuentran vivos y localizables. No sé si tuvieron que pedir permiso a las autoridades de allá para realizar las entrevistas, pero la visión es muy incompleta. Para colmo, dan la impresión de que Rosales era un esquizofrénico, de lo cual no estoy seguro, ya que por toda la evidencia que el propio libro presenta y de lo que conocí de resonancias de su personalidad, debe haber sido maníaco-depresivo, una enfermedad muy ligada a la creatividad. Permitirle a Norberto Fuentes, sin cuestionarlo, la fanfarronería de diagnosticar a Rosales como esquizofrénico porque tenía “alucinaciones”, característica de muchas psicosis y no definitoria de la esquizofrenia, peca de superficialidad y le hace un flaco favor a la imagen de Rosales.
   El libro también ostenta falta de profesionalidad en el texto en cuanto a que apenas hay referencias y desde el punto de vista editorial no hay un índice ni una presentación. No se identifica con fichas, aunque sean mínimas, a los entrevistados, y aunque es cierto que todo el mundo conoce a Silvio, muy poca gente tiene idea de quiénes son Félix Guerra (oscuro personaje), Eliseo Altunaga e incluso Norberto Fuentes.
   Esta obra descuidada y parcializada puede llegar a convertirse en el arma de Caín para asesinar al sujeto del trabajo o a los autores del libro. El tiempo dirá.

(La quijada de asno. Blog Diletante sin causa, septiembre 2013)

Thursday, April 30, 2015

Roberto Madrigal sobre “Buscando a Caín”, de Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal / vs. Abilio Estévez

Si bien el texto es interesante e imprescindible, hay una omisión que no puedo dejar de mencionar. Al libro lo recorre el hecho de que Caín y Cabrera Infante fueron una ausencia criminal en la cultura cubana de este último medio siglo, pero nadie se atreve a decir con precisión a que se debió. No hay mención ni consideración sobre la política cultural del gobierno ni sobre lo orgánico que esta censura resultaba al proyecto. No soy ingenuo y sé que evitar ese tema debe ser parte del “pacto” por lo cual los organismos que rigen la cultura y la censura en Cuba permitieron la publicación de estos materiales. Velazco, como funcionario él mismo, ya que es el jefe de redacción de la revista Unión debe saberlo muy bien y también conoce los trucos para vadear esos obstáculos. Pero un libro que comienza con la “Advertencia”: La posibilidad latente de que se pierda el pasado, la muerte de los lugares, los objetos, las personas, no hace descabellada la suposición de que todo esto que nos contaron y lo que prefirieron callar, por muy verídico y apegado a la realidad que haya querido ser, algún día podrá leerse como una ficción, hace más obvia esa omisión. Cuando algo o alguien se rescata, se debe ser consecuente y decir de dónde se rescata.
   Peor aún en este caso me parece la introducción de Abilio Estévez, titulada “Testimonio en/desde la ficción”, en la cual este asunto ni se esboza.  Me sorprende esto en un escritor que hace tiempo vive en el exilio y que ha expresado posiciones muy interesantes y valientes. ¿Para qué se prestó a escribir esta introducción si conocía de las limitaciones que se le imponían? O es que se las impuso a sí mismo quizá para recuperar su voz y su sitio en el panteón de la literatura cubana oficializada y no tener que esperar a la muerte para que se le rescate. En realidad, Estévez perdió una gran oportunidad de decir lo que ha dicho muchas veces, o de simplemente negarse a participar. Su introducción no aporta nada al texto y solamente resulta en un apoyo a un proyecto que va más allá de su control y probablemente del de los autores del libro.

(Un texto imprescindible, una omisión imperdonable. Blog Diletante Sin Causa, junio de 2013)

Wednesday, January 14, 2015

Roberto Madrigal vs. “Esther en alguna parte”, de Eliseo Alberto

No soy adepto a la obra de Eliseo Alberto Diego, en cuya novela homónima se basa el filme, y en este caso, pienso que es una novela repleta de sus peores tics, de su tendencia a una prosa excesivamente lírica que cae con frecuencia en la cursilería. Esto lo hace aún más difícil de trasladar al cine sin caer en el melodrama sacaroso, a pesar de que el novelista, que era un guionista de buen oficio, participó de manera activa en la adaptación de su obra.

(Un desastre por todas partes, Cubaencuentro, marzo 2013)

Thursday, January 1, 2015

Roberto Madrigal sobre Leonardo Padura

A pesar de su dominio del lenguaje y la técnica literaria, Padura, en sus novelas, siempre se queda corto, no trasciende. A su obra parece que le falta algo, es también como una promesa que no se realiza. Es porque escribe con sagacidad para evitar la censura. La suya es una literatura de pacto.

(Premios: docilidad y responsabilidad, Blog Diletante Sin Causa, febrero 2013)