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Thursday, April 23, 2020

Guillermo Cabrera Infante vs. Nicolás Guillén (3)


Nicolás Guillén es un viejo ruiseñor de emperadores. Comenzó como censor de Prensa de Machado en 1932 y desde entonces no ha dejado de servir a todos los tiranos: con su pluma alegre: encomendó Stalin a la protección de sus dioses afrocubanos, regocijaba a Batista con cuentos verdes narrados en su voz congolesa en los años cuarenta, escribía para Aníbal Escalante y todavía compone letras de guarachas en loa a Fidel Castro. Esto último, sin embargo, no le impidió decirme, en el verano de 1965, en el patio de la Unión de Escritores, bajo un mango en flor, reaccionando a la denuncia que le hizo Fidel Castro en la Universidad cuando frente a los estudiantes lo llamó poeta haragán, acomodado y amigo de la dolce vita, me dijo sotto voce: «Chico, ¡este tipo es peor que Stalin! Porque Stalin se murió y lo enterraron, ¡pero éste nos va a enterrar a todos! Un día se para ahí en la Plaza Cívica y dice que yo soy un contrarrevolucionario, ¡y viene una turba a sacarme de mi casa!»

(Mea Cuba, Plaza y Janés, Madrid, 1992)

Monday, March 9, 2020

Rogelio Llópis Fuentes vs. “Tres tristes tigres”, de Guillermo Cabrera Infante


En último análisis, Tres tristes tigres no puede tomarse más que como una novela sobre los ocios y sobre las aventuras y enredos eróticos del periodista o crítico de cine Silvestre, el actor de televisión Arsenio Cué, el fotógrafo Códac y el mulato bongosero Eribó, durante un período que tiene todas las trazas expresas a la vez que tácitas de corresponder -si bien carece por completo de sus convulsiones históricas- a las postrimerías del régimen de batista. No obstante su condición de personaje de galería, La estrella tiene más vida que todos los demás personajes juntos de la novela, y ninguno puede competir con Bustrófedon en cuanto a proyección fantástica. Los pasajes elegíacos que a Cabrara Infante le inspira la muerte de ambos personajes constituyen momentos memorables. Las diferentes versiones del mismo cuento que ha ideado para “Los visitantes” llegan a abrumar al lector, no menos que el cúmulo de giros, frases y citas en inglés, que tanto aquí como en “Bachata”, campean por sus respetos.
   La sección del libro en que hace su aparición La Estrella es a mi modo de ver el logro más acabado de la narrativa de Cabrera Infante.
   Por lo que respecta a su composición, Tres tristes tigres pone al descubierto, en primer lugar, la malicia literaria de su autor. A una pregunta del novelista español Corrales Egea, en la entrevista publicada en el número 17-18 de la revista Casa, Cabrera Infante responde como sigue: “Sí, estoy trabajando (con rapidez y facilidad y con ganas) en un libro de cuentos, unidos orgánicamente no sólo por el título, sino por una pequeña y desmesurada astucia técnica: están escritos todos en primera persona”. Huelga consignar que el libro al que se refiere el entrevistado es Tres tristes tigres. En otra parte de la entrevista dice: “Formalmente, el libro es un experimento con el habla del cubano”. La ejecución de la novela demuestra que el autor no se ha apartado sensiblemente de sus anunciados procedimientos técnicos. En mi opinión, el experto manejo artístico del habla cubana empequeñece y opaca cualquier otro logro. Pese a todos los hábiles artificios de Cabrera Infante, la novela se resiente de falta de unidad, de desarticulaciones con cierto tufo a estrafalario cajón de sastre. Hasta la página 204, repito, entronca grosso modo con Así en la paz como en la guerra, después predomina la visión y la tónica estilísticas de “retrato del crítico cuando caín”, que vale tanto como decir: la indesmayable influencia de S. J. Perelman.
   Si en algo se parece Tres tristes tigres a Así en la paz como en la guerra es en el cometido estético que se proponen llenar las viñetas. En la novela entrañan revelaciones de carácter generalmente patético hechas al psiquiatra por jóvenes pacientes del sexo femenino; en el libro de cuentos versan sobre la lucha contra Batista y figuran antepuestas a cada uno de los cuentos, que, casi en su totalidad, se hallan insertos en un ámbito de paz civil. En la novela, a diferencia de lo que sucede en el libro de cuentos, el contrapunto no salta a la vista; varias viñetas se quedan cortas en contenido patético, o lo que es peor, lo distorsionan o malogran, y por consiguiente son ahogadas en el contexto o caudal narrativo propiamente dicho, empeñado con invariable tenacidad en pulsar la cuerda humorística.
   Demos por descontado que dicha novela, al rehuir o no poder plasmar un significado de conjunto, válido para la experiencia humana que recrea, entronque con la “antinovela norteamericana”, tal como es definida por Truman Capote, Norman Mailer, Susan Sontag o Norman Podhoretz. Tres tristes tigres es el antípoda de lo que estos narradores y críticos tienen por una antinovela. Su enfoque no es periodístico, y el compromiso ningún papel compone en ella. Por otro lado, la antinovela norteamericana busca su significado en el reportaje interpretativo, o simplemente se propone no tener más significado que el que establezcan los hechos narrados, mientras que el precario o amorfo significado que se desprende de la novela que aquí se comenta, arranca a mi parecer como una sola pieza del esfuerzo creador de la imaginación. En este punto, han sentado plaza los desdoblamientos, los descoyuntamientos o desarticulaciones.
   Ya que a lo largo de toda la novela se ha cargado la mano tan descomedidamente del lado del humorismo, a nadie debe sorprender que su contenido emocional arroje un saldo de liviandades. Un humorista norteamericano desconocido fuera de su país (no creo que haya gozado en vida de notoriedad internacional), Franklyn P. Adams, nacido en 1881, consignó en una de sus tantas crónicas periodísticas que alcanzan un nivel antológico, que el escritor debe valorar más la emoción que el sentido del humor, y que el conflicto entre lo uno y lo otro era cosa frecuente. Para mí, la ausencia de un contenido de ponderable envergadura en el orden de la experiencia humana, excluye en Tres tristes tigres toda posibilidad de arte simbólico o de cualquier otro arte, salvo, desde luego, el mimético en su más ostensible, completa y provechosa acepción.
   Al ceñirse a pintar con largo aliento y vivos colores el clima bachatero, así como las peripecias funambulescas de la vida habanera de los años 50, gozada o entendida como parranda, Cabrera Infante implícitamente destierra de su novela todo simbolismo capaz de trascender los hechos narrados. Entre otras particularidades, buen número de las cuales ya han sido tocadas aquí, las intermitentes y por lo general espumeantes tiradas poéticas y el persistente y llamativo humor “perelmanesco”, compensan con creces tal inexpresividad.

(Algunos tics de T.T.T. Revista Término, No. 4, verano 1983)

Wednesday, January 8, 2020

Norberto Fuentes vs. Heberto Padilla y Guillermo Cabrera Infante


Pero no te olvides, además, que el primer represor de los intelectuales en Cuba fue Heberto Padilla. Escribió un artículo diciendo que a José Lezama Lima había que sacarlo del mapa. Te lo puedo mandar, si quieres. Está escrito en 1959, el mismo año que triunfó la Revolución. Heberto Padilla era un jacobino bajo la sombra de Guillermo Cabrera Infante, que era otro jacobino. Y ellos fueron los primeros represores que tuvo, en el campo intelectual, la Revolución cubana. Después entraron en colisión y les pasó lo que les pasó. Pero ellos fueron los primeros represores. Esa es otra historia que nunca se ha hecho pública.

(Norberto Fuentes: "A mí en Cuba me hicieron verdaderos horrores, pero tenía que resistir", entrevista en Libertad Digital, noviembre 2019)

Tuesday, October 22, 2019

Rafael Rojas vs. Abel Prieto (defendiendo a Cabrera Infante)

La idea de cubanía de Fernando Ortiz no se puede abstraer de su propia ideología, que no era comunista, ni siquiera socialdemócrata, sino estrictamente liberal y republicana. La moral patriótica es un compromiso que, históricamente, puede manifestarse desde múltiples ideologías. De ahí que resulte forzado transferir el patriotismo de Ortiz a cualquier otro, mucho menos al tipo de patriotismo que Abel Prieto y los ideólogos oficiales de la isla quieren difundir en la Cuba del siglo XXI. Ese patriotismo, subordinado a una ideología de Estado que no es marxista, sino autoritaria, es el que opera como una verdadera castración o mutilación de la nacionalidad.
   Abel Prieto usa la letra de Ortiz, y de José Antonio Ramos —cónsul en Filadelfia, profesor de la Universidad de Pennsylvania, protestante, gran admirador de la cultura de Estados Unidos y autor de un todavía útil Panorama de la literatura norteamericana (1935) —, y de Elías Entralgo —seguidor del evolucionismo social de Enrique José Varona y defensor de la Constitución de 1940— para distorsionar su sentido. Así, amparado en la autoridad de tres intelectuales republicanos, decreta, una vez más, la expulsión de Guillermo Cabrera Infante de la cubanía.
   Dice Prieto que «Cabrera Infante era francamente anexionista de alma y pensamiento». Que en su libro Mea Cuba (1993) promovía la adoración por Estados Unidos, que se burlaba de José Martí, que odiaba a la nación cubana, aunque su literatura fuera «radicalmente cubana». En síntesis, lo que dice Prieto es que se puede ser esencialmente cubano en la escritura pero anticubano en la ideología. ¿De veras? ¿Y si fuera al revés? En ese caso, tal vez Prieto sería uno de los escritores emblemáticos de la literatura anticubana contemporánea: un ideólogo nacionalista con una prosa exógena.

(Cabrera Infante o la cubanía. Revista El Estornudo, septiembre 2019)

Wednesday, August 14, 2019

Abel Prieto vs. Guillermo Cabrera Infante (2)


Hay anexionistas rumberos y divertidos, que dominan un picante repertorio de cubanismos, disfrutan el ron, el dominó, un buen tabaco, el café fuerte, ríen con los chistes de Pepito, lloran con un bolero y llevan siempre al cuello una medalla de la Caridad del Cobre. Son practicantes activos de la cubanidad externa; pero están esencialmente ajenos a la cubanía.
   Sé de un caso notable: Cabrera Infante, cubanísimo en su narrativa, en su pirotecnia lingüística, y francamente anexionista de alma y pensamiento. Su colección de artículos Mea Cuba (1992) resulta escandalosamente proyanqui. Hace una crítica feroz, sin fundamento alguno, de todo pensamiento antimperialista que haya surgido en Cuba y en nuestra región. El propio concepto de «América Latina» es para él «un cliché más de la izquierda profesional».
   Descalifica a Martí como un fanático que buscó «la muerte romántica» en Dos Ríos, en «un suicidio calculado». Interpreta la alusión al «Norte revuelto y brutal» como germen de otro «cliché» izquierdista: la dualidad Norte-Sur. Nos recuerda que Cuba está «para siempre a 90 millas de las costas norteamericanas», lo que define nuestro destino y nos condena de modo fatal a la subordinación. «La geopolítica es más decisiva que la política», repite una y otra vez Cabrera Infante. Alguien que usaba su talento y su sentido del humor para jugar literariamente con los signos exteriores de nuestra cultura; pero pertenecía a la especie de la «cubanidad castrada».

(Cubanidad y cubanía, Granma, julio 2019)

Wednesday, November 30, 2016

Nicolás Guillén vs. Guillermo Cabrera Infante

“Tenía las gafas displicentes.
El rictus de sus labios
Anunciaba un cercano mal olor.
¿Y la pequeña barba?

El otro día lo recordé,
Cuando un gran sueño de cemento
(la fábrica que el pueblo alzó en Nuevitas)
Lanzaba por sus libres chimeneas
Su primer humo nuestro.

¿Dónde estaba, qué hacía?
Tal vez
En alguna pequeña
Tertulia ironizaba,
Inmerso en esa atmósfera tan suya,
De comentarios puñalitos
Y navajitas agresiones.

De pronto, lo vi pálido
(¿quién lo trajo?)
Allí mismo,
Caído
En aquel mundo de candor enérgico.
Agitaba los brazos,
Pedía socorro acaso.
Socorro, por supuesto.
Pero aquel mar lo estrangulaba,
En aquel mar se hundía,
Yo vi cómo se hundía.
(Era un alegre torbellino
De puños y canciones.)

(Reproducido en la red)

Wednesday, November 2, 2016

Luis Ortega vs. Guillermo Cabrera Infante y Carlos Franqui

Cabrerita habla de que él era en Cuba "un periodista tal vez con demasiado éxito." Se han muerto todos los testigos. Escribía en Carteles, una revista de circulación muy pobre, una gacetilla de cine, firmada por un tal Caín. Abeles eran los pocos lectores que tenía. Luego cayó en Revolución con su carnal Carlos Franqui. Y aquí viene lo mejor. Cabrera no tiene mala fama por sus pocos libros, que no tienen importancia, sino por los horrores que hicieron Franqui y él en Revolución. Desde convertir los fusilamientos de los primeros tiempos en un espectáculo, con palco y todo, para regocijo de los miembros de su pandilla hasta perseguir a todos los intelectuales y periodistas que ellos creían que les hacían sombra. Jorge Mañach tuvo que irse de Cuba, disgustado, y murió en Puerto Rico en 1961. La pareja de pillos lo obligó a irse de Cuba. A Paco Ichaso lograron meterlo en la cárcel, sin motivo ninguno, y lo sacaron en la portada de Revolución con una P enorme en la espalda. Ichaso murió en México en 1962. Miguel Ángel Quevedo tuvo que exiliarse, perseguido por Cabrera, Franqui y Delanoza. Cabrera, después, con un cinismo increíble, se alababa en un mamotreto titulado Mea-Cuba de haber creado en Cuba una verdadera Inquisición para limpiar el país de la escoria literaria y periodística.
   Al final, después de casi diez años de fechorías, los dos sujetos, Cabrera y Franqui, salieron huyendo. Este último con una fortuna en cuadros y joyas.
   Cabrera Infante ha sido hábil. Para cubrir ese pasado de infamia y hacer que se olviden de la cantidad de gentes que empujaron al paredón, Cabrera se ha inventado una fama siniestra de perseguido por el gobierno de Castro. No hay tal. Nadie lo persigue. Castro ha sido demasiado benévolo con los que desprestigiaron la revolución en los primeros tiempos. Y, en definitiva, ni siquiera sabe quién es el pícaro Cabrera. El hombre recorre el mundo buscando periodistas ingenuos que lo entrevisten. Y que le pregunten cositas literarias cuando, lo cierto es que deberían interrogarlos sobre los crímenes que cometieron aprovechando el desorden inicial de la revolución.
   Lo más gracioso en esta entrevista es la historia que hace Cabrera sobre las gentes que hacen cola en La Habana para alquilar subrepticiamente sus libros y poder leerlos en secreto. "Para poder leer mis libros durante unas horas pagan hasta diez latas de leche condensada," explica. ¿Hasta dónde llega la vanidad de este pobre hombre? En la misma edición de El Mundo aparece un artículo del canario J.J. Armas Marcelo, que contiene elogios extraordinarios sobre este personaje de la picaresca cubana que se llama Cabrera. Increíble.

(Cabrera Infante y sus 10 latas de leche condensada. Publicado en la red, abril 2001)

Thursday, September 8, 2016

Abel Prieto vs. Raúl Rivero y Guillermo Cabrera Infante

Pregunta. Su visita ha coincidido con la lectura de poemas en Madrid de Raúl Rivero.
Respuesta. La entrada triunfal de Rivero ha tenido una repercusión mediática desproporcionada, que no tiene nada que ver con la literatura, ni siquiera con sus ideas. Es una especie de burbuja. Sería muy importante que algo de ese impacto mediático lo tuviera gente que no viene de Cuba. Yo me pregunto si se saben los nombres propios de las personas que han sido torturadas en Abu Ghraib y en Guantánamo, si esos presos políticos escribieron algún poema.
P. ¿No hay espacio en Cuba para un poeta como Rivero?
R. Creo que hay espacio para poetas, escritores, intelectuales de todas las tendencias. La cultura cubana es muy plural. Esta amarga historia con Rivero tiene que ver con servir a una potencia extranjera.
P. ¿Es posible disentir en Cuba sin ser acusado de ser agente de Estados Unidos?
R. Hay mucha gente que discute, hay un debate que no se conoce. Lo que no es legal es trabajar al servicio de la Embajada de EE UU, que nos ha declarado una guerra total.
P. ¿Esto se aplica al resto de escritores y periodistas encarcelados?
R. El único periodista y escritor que conozco que estuvo encarcelado 20 meses fue Rivero.
P. ¿Cómo explica el caso de Guillermo Cabrera Infante?
R. Hay dos Cabreras Infantes. Uno que goza de los cubano y utiliza el lenguaje habanero de forma brillante, ése nos pertenece totalmente. El que simplemente teoriza contra lo cubano y elabora un libro siniestro, que Satanás pondría a leer eternamente al condenado, no nos interesa. Tenemos madurez suficiente para separar lo que es aprovechable de su obra y lo que no tiene sentido difundir.

(“Cuba produce más talento del que se puede emplear”, entrevista. El País, abril 2005)

Wednesday, August 31, 2016

Enrique Pineda Barnet sobre Guillermo Cabrera Infante

Escribí un cuento que particularmente no me gusta mucho, era muy distinto a lo que yo hacía, muy bucólico, con un final esperanzador y muy soft: “Y más allá la brisa, se perdió en los montes…” A mí me complacía mucho como terminaba, pero en general es una de las cosas que menos me gusta de las que he escrito. Era sobre una campesina que había sido abandonada por su esposo porque era estéril. A raíz de eso, ella se inventaba un hijo de espuma, de cristal, un hijo transparente, y lo veía en todas partes, en la huerta, en la col, por el campo. Cuando vi Milagro en Milán, y comprobé que había un niño que nacía de una col, exclamé: “Mira, mira, eso lo cogieron de mi cuento”.
   El último día de plazo para la entrega, voy a la sede del periódico El País, en la calle Carlos III. Una señora llamada Sol Aguilera, muy correcta, al estilo de las maestras de antes, mulata china, de moño, era quien recepcionaba el premio en el periódico. Ella me dice, no sé si porque nos había visto juntos alguna vez: “¡Qué extraño que Guillermito no haya pasado por aquí! Ya hoy es el último día”. Yo le comenté: “Si yo estaba esperando hasta hoy para venir después de él”. “Pues, mira, que se apure”, insistió Sol. Fue entonces cuando le pregunté si podía traer su cuento. Ella me dijo que sí, pero que si llegaba luego de las tres, debía entrarlo clandestino, pues no podían señalarle que estaba recibiendo obras después de la hora en que vencía el plazo. Salí corriendo, compré en el cine América una revista Life que tenía en la portada a Marlon Brando en su papel de Marco Antonio en Julio César, y fui hasta 27 y G a casa de Guillermo. Llegué y le expliqué que se vencía el plazo del concurso. Él empezó a decirme que había que esperarlo. Un berrinche de esos de los que armaba él. Guardó en la revista el cuento “La mosca en el vaso de leche”. Y lo entregué.
   Al tiempo, llego a la casa un día y al abrir, me encuentro un telegrama que habían pasado por debajo de la puerta. Rompí el sobre y el mensaje decía que yo era el ganador del concurso “Hernández Catá”. Ni siquiera entré a decírselo a mi mamá. Corrí a casa de Guillermo para darle la noticia. Yo, lo juro, no me di cuenta de lo que hacía. Él abrió la puerta, y le dije: “Mira Guille, gané el concurso” y le extendí el telegrama. Lo tomó, lo leyó, me lo devolvió y me dijo: “Me cago en el recontracoño de tu madre”, y me tiró la puerta en la cara. Esa puerta cerró nuestra amistad. Fue como el portazo de Nora en Casa de muñecas. Sólo entonces me percaté de que había ido lleno de felicidad a ver a una persona que estaba aspirando a lo que yo había ganado. Supongo que él se habrá sentido muy mal, que le había provocado muchas contradicciones. Y regresé a mi casa sin parar de llorar. Él podía decir que yo no había entregado su cuento, pero la suerte fue no sólo que Sol lo había inscrito en el concurso, sino que la historia de Guillermo ganó mención, no la primera, sino creo que la tercera. La primera fue una señora ya mayor llamada Renée Potts; la segunda, Conchita García Arzola con un cuento que se llamaba “Mariposas”, y después venía Guillermo. El hecho de que no ocupara el puesto inmediato detrás de mí, me hizo pensar que, de todas formas, no habría ganado el premio, que yo no se lo había quitado.
   Los ganadores siempre publicaban sus cuentos en Carteles o Bohemia o en el periódico El País. Guillermo era secretario de Antonio Ortega, el jefe de redacción de Bohemia, e impidió que me publicaran el cuento en esas revistas. Apareció en el suplemento dominical El País Gráfico, de lo contrario, jamás se hubiera publicado. No le bastó y comenzó entonces una campaña en mi contra, arguyendo que yo había seducido a alguno de los jurados. Yo era un muchacho bonito, con el prototipo de educado y efebito, pero tuve la suerte de que el nombre de cada uno de los integrantes del jurado echaba por tierra la acusación. El presidente de honor era don Fernando Ortiz, el presidente en funciones era Juan Marinello, y los otros integrantes eran los doctores Jorge Mañach, Raimundo Lazo y Francisco Ichaso. El magistrado Antonio Barreras, que era un hombre intachable, corría con la parte legal del concurso.
   Ante la difamación, estos cinco señores me acogieron con cariño, como a un protegido, casi un nieto. Me invitaron a un viaje por Trinidad. Ésa fue mi primera salida de La Habana. Sentados en una glorieta que estaba en el parque frente al Hotel La Ronda, cubierta de jazmines y piscualas como las escenografías de las zarzuelas españolas, hablaron conmigo y me aconsejaron. Parecía una de aquellas escenas de la zarzuela española en que las ancianas de la aldea le aconsejan a la novicia cómo debe comportarse después de casada. Me dijeron algo que no había oído nunca: “Los verdaderos amigos no se prueban en los momentos difíciles como suele decirse. En un mal momento todos vienen a ponerte la mano en el hombro, porque es más fácil compadecer al otro que acompañarlo en la victoria. Cuando uno gana un premio, va a perder siempre algo. Ya sabes que a partir de ahora será así, piensa en eso cada vez que obtengas uno”. Siempre lo he tenido muy presente, y ha sido como una maldición, una desgracia que me persigue.
   Guillermo tenía un círculo de amigos muy cerrado. Era de esa clase de gente que te decía que si eras amigo de él no podías serlo de otro. Y eso me distanció de muchas personas a las que volví a acercarme con los años. Todo aquello me dio mucha vergüenza, y dejé de escribir. No puedo culparlo por eso, pero ésa fue la razón por la cual me retiré un poco y no me propuse continuar como escritor. Un día Franqui lo hizo publicarme en Revolución un cuento que se llamaba “Carta a mi amigo Juan Pérez”. Antes, en Ciclón, Rodríguez Feo me publicó “Camaleón”, pero en realidad, yo dejé de escribir dentro de mí.
   No tuve más contacto con Guillermo hasta el año 61. Ya estaba enrolado como uno de los maestros que irían a la Sierra Maestra, porque quería aportar mi ayuda a la Revolución en algo que no fuera disparar tiros. Hacía tiempo que tenía preparada mi carpeta con mi currículo, mis datos, y un día Fidel hace un llamado de maestros voluntarios desde las cámaras en Tele Mundo, donde está hoy el Canal Educativo. Yo lo estaba viendo en mi casa, en Malecón, a sólo dos cuadras y fui directo para allá. Recuerdo que conmigo estaban Korda y Norka Méndez, porque me habían ido a avisar que ella estaba embarazada. Me le presenté al guardia de la puerta para que se lo diera a Fidel cuando bajara. Cuando llegué a mi casa, me encuentro a Fidel en la televisión recibiendo los papeles y diciendo: “Aquí está el primer maestro voluntario. Se llama Enrique Pineda Barnet, trabaja en Sabatés S.A. y gana mil pesos…” Un día voy caminando por La Rampa y alguien comenta a mis espaldas: “Dicen que te has convertido en una vedette del sacrificio”. Y cuando me viro, era Guillermo, fumando su pipa. Siguió de largo como si nada. Años después, cuando vino a Cuba por la muerte de su madre, voy a comprarme un café en el bar Las Vegas, frente a Radio Progreso, y me lo encuentro allí por casualidad. Le di el pésame y le pregunté por Sabá, a quien yo quería mucho. Conversamos. No lo volví a ver jamás.

(En: [Per]versiones de Guillermo Cabrera Infante. La Gaceta de Cuba, agosto 2010)

Wednesday, June 8, 2016

Juan Abreu sobre el Cabrera Infante fabulista

El ensayo de CI, brillante a ratos, es importante para cualquiera interesado en la cultura cubana. Pero. Es lamentable que cuando llega a la parte de la historia que concierne a Reinaldo Arenas, el ensayista opte por la invención. Todo el episodio acerca del intento de rescate de Arenas, organizado por Jorge y Margarita Camacho y un grupo de amigos franceses, es (dicho suavemente) inexacto. No hubo ninguna maleta diplomática con balsa de goma ni red homosexual ni fallo de la embarcación, que jamás llegó a manos de Arenas. Yo llevé a Joris Lagarde, que trajo la (mal) llamada balsa de Francia, a encontrarse con Arenas en el Parque Lenin, y sé lo que digo. Tampoco existieron unos mellizos “femeninos y amables”, que ayudaran a Arenas. Yo y mis hermanos lo ayudamos y si bien es verdad que somos amables (a veces) no somos muy femeninos, francamente.
   ¿Por qué en 1981 y 1984, con Arenas ya fuera de Cuba, Cabrera Infante publicó estas invenciones como si fueran hechos?
   A saber.

(Blog Emanaciones, octubre 2015)

Friday, May 6, 2016

Juan Abreu sobre el Cabrera Infante revolucionario

Con algo de trabajo si no fuera Cabrera Infante a estas alturas lo habría dejado ponerme a leer tabarras revolucionarias (léase fidelistas), cuesta a estas alturas. Pero la formidable prosa de CI. Aunque al servicio de la turba encarnada, el Líder Dios, el Pueblo sabio y hermoso. Santocielo cuánta paparrucha sentimental y panfletaria.
   ¡Lo cubano! Algún día alguien tendrá que explicarme qué coño es eso. Que un hombre como CI no supiera que el Pueblo no existe. Lástima.
   Por otro lado. Cómo ha envejecido toda esa época y cómo se ha vaciado. Leer estas apologías antimperialistas y revolucionarias de CI es como caminar entre ruinas pobladas de fantasmas que no paran de menear sus culos obsoletos, vacuos.
   Y. Claro. No puedo dejar de preguntarme ¿en qué medida esta excelente prosa este talento puesto al servicio de la estupìdez colectiva ayudó a construir la estructura del edificio criminal?
   En qué medida, me pregunto. Y me respondo: en gran medida.

(Blog Emanaciones, octubre 2015)

Thursday, April 7, 2016

Roberto González Echevarría sobre la crítica a sus contemporáneos: Cabrera Infante, Zoé Valdés

Mi canon no es excepcional ni distinto, yo creo que el canon que tenemos con injusticias que se pueden ir resolviendo con el tiempo y al que se han logrado añadir algunos escritores… eso se resolverá. Pero… ahora, los nuevos que van entrando, ahí es donde viene el problema; yo me había impuesto hace años no escribir jamás sobre un escritor vivo, porque un escritor —que si yo fuera más discreto, no diría que fue Guillermo Cabrera Infante— me acusó de escribir más sobre Severo Sarduy que sobre él, que tenía una venita de loco. Entonces yo me dije en ese momento, no escribo más sobre escritores vivos, porque, además, escribí una reseña muy negativa en el New York Times de una escritora dominicana de lengua inglesa, Julia Álvarez, y me dijeron que la agente de esta mujer me estaba buscando, yo no sé si para hacerme algo. Pero, ¿sabes lo que hizo Julia Álvarez?, tuvo una venganza cervantina y muy fina, en su próxima novela, la protagonista es una novelista que está paralizada ante la página en blanco, no puede escribir porque ha sido traumatizada por una reseña de Roberto González Echevarría. Entonces me ha incorporado a su novela. Yo pensé que era peligroso escribir sobre escritores vivos, ¿entiendes? Menciono a otra, ella sabrá por qué lo hizo, pero Zoé Valdés, hace unos meses, en Nueva York —como decimos en Cuba— me tiró un hielo tremendo cuando me le acerqué porque parece, yo no me acuerdo dónde dije algo negativo, o no sé, dudoso, sobre su obra, y me tiró un hielo; estaba molesta conmigo. Pero, ¡qué se va a hacer! Así que yo me siento muchísimo más cómodo escribiendo sobre Cervantes, sobre Calderón, que jamás van a protestar por lo que yo digo.

(Entrevista. Revista Otro Lunes, diciembre 2007)

Wednesday, March 16, 2016

Reinaldo Arenas vs. Guillermo Cabrera Infante (2)

Se trataba de una loca de aspecto hórrido fruto de una extraña hibridez, mezcla de india, china, negra y española. Pero esa mescolanza no había culminado en un producto terminado, en un chino aterciopelado, en un mulato batoso, en un jabao de labios sensuales, en un negro de monumentales dotes... Nada de eso, querida, aquella loca –por alguna parte la habrás visto, aunque eres bruta, pues ella se promueve más que una estrella de cine– tenía la configuración de un sapo asustado o de un pingüino de vientre prominente. Era, como todo ser mediocre, vanidoso y estaba poseído por un orgullo que a ciencia cierta ni él mismo sabía cuál era la causa, pues en él (o en ella, como prefieras) no había ni talento, ni gracia, ni belleza, sino (resumamos) todo lo contrario: su cuerpo era redondo y achatado en los polos y su cabeza era como una fruta cósmica abollada por el golpeteo de los aerolitos. Todo en él (recontrarresumamos) tenía la apariencia de un sijú condenado a mil años de insomnio.
   Dada su cuádruple condición de nativo jibareño, estaba atado a su terruño, de donde todo el mundo, al ver aquel fenómeno, había salido huyendo (en el pueblo sólo hay una hilandería abandonada propiedad de H.P. Lovecraft) y por lo mismo él (o ella) quería desprenderse de aquel origen que consideraba un estigma y hacerse un personaje mundano y cosmopolita. Por último, las melopeas que entonaba públicamente a favor de Fifo y los informes secretos contra Fifo que suministraba a la embajada china, más los contrainformes que mandaba sobre aquellos informes a la embajada de Chile, le permitieron establecerse en Londres, tal vez con la esperanza de que la niebla ocultase su repugnante presencia. Allí este escriba costumbrista en tono menor se casó con un mulato rumbero de gran peluca erizada que se disfrazaba de travesti durante la vida social y de este modo fungía como esposa del escritor. Desde luego este escritor, como todos los escritores cubanos de su generación, era extremadamente cobarde y como no había tenido el coraje de acompañar a Fifo en su campaña montañosa ya remota, vivía sólo para adorarlo. Ella (o él), como todos los escritores de su generación, lo imitaban y secretamente tenían fantasías eróticas con el gran jefe. Así, por ejemplo, H. Puntilla estaba fascinado porque una vez Fifo le había dado una bofetada. La Inmunda Desnoes decía haber quedado “traspasada” por el verbo revolucionario de Fifo, y la Jibaroinglesa recordaba con meloso encanto la forma de caminar de Fifo. Atraviesa de dos pasos todo un salón, comentaba arrobada mientras sus ojos miopes se inundaban de temblorosas lagañas.
   Desde luego que Fifo estaba informado (como lo estaba de casi todo) de la descocada pasión de la Jibaroinglesa por su persona.
   Por eso, luego de mantenerlo en el olvido por unos treinta años, permitió que aquel amasijo de razas inconclusas se enrolase en la comitiva oficial que el Gobierno de la Gran Bretaña enviaría a su palacio en conmemoración del cincuenta aniversario de su revolución triunfante y boyante. La comitiva la presidía, como ya lo dijimos (o no), la princesa Dinorah desnuda; detrás venían grandes damas de la corte, embajadores, ministros, marquesas, maquillistas, chulos, jefes de protocolo y todo lo que puede moverse alrededor de una puta en gloria. Aún más atrás y casi ciego, apoyándose en el brazo de su marido travestido, venía la Jibaroinglesa. Traía en su deteriorada memoria un chistecito con el cual pensaba hacer reír al comandante. Pero cuando él (o ella) y su fiel bastón iban a trasponer la puerta, la misma se cerró con violencia dejándola afuera junto (¿pero ya no lo dijimos?) con unos fotógrafos. En medio de la confusión y el estruendo, mientras era fatídicamente fotografiada, la Jibaroinglesa perdió los espejuelos. Ciega y desesperada, se quedó aferrada a su bastón travestido en espera de que la dejasen entrar. Pero eso nunca ocurrió. Cada vez que una comitiva retrasada era recibida, imponentes porteros alejaban a patadas a la Jibaroinglesa. Esas patadas tenía que dármelas el propio Fifo y no sus subalternos. Se quejaba la Jibaroinglesa y agregaba: Aquí me quedaré toda la vida. A Fifo no le gusta la literatura de vodevil, le gritaba desde dentro la Paula Amanda, alias Luisa Fernanda, mintiendo, pues a Fifo en realidad no le gustaba ningún tipo de literatura, salvo la que él mismo hacía.
   El dolor que sintió la Jibaroinglesa minó su cuerpo horripilante. Allí mismo le dieron varios infartos y cayó presa de una suerte de locura senil que le hacía decir todo tipo de disparates. Temiendo por su vida, el travestido la arrastró hasta el grupo de los despechados que esperaban a un costado del palacio a que se les reconociese como invitados oficiales. Pero considerándose superior a todos los despechados, no firmó ningún documento de protesta.

(El color del verano. Tusquets, 1999)

Friday, February 5, 2016

Reinaldo Arenas vs. Guillermo Cabrera Infante

Esta cabrona cabra que veis, cubrida, pobre y sin ubres, es una cobra que vive para el cobre. El cabrero la cubre y ella cobra y se abre porque es cabrera y no le importa que el mundo se escalabre. Ella, aun en quiebra, quiere salir triunfante con sus cobros sin perturbarla que el cabrón siga adelante. Sus ínfulas la justifican diciendo que es Infante.

(El color del verano. Tusquets, 1999)

Tuesday, January 12, 2016

Roberto González Echevarría vs. Guillermo Cabrera Infante

Para honra suya, no se dejó Sarduy envenenar ni por el odio ni por el deseo de venganza. Tampoco permitió que Cuba y sus problemas monopolizaran su atención y saturaran su obra, como otros escritores cubanos. De éstos, Guillermo Cabrera Infante es el más patético. Paradójicamente la ruptura con el régimen es lo único capaz de dar a su obra la vigencia que podría hacer posible un éxito de librería. Pero el tiempo es cruel, y los escándalos políticos de hoy no interesan a nadie mañana. Así, Mea Cuba (1992), está lleno de desplantes, desatinos y disparates sobre incidentes y personajes felizmente olvidados. Este vivir de lo que se odia no se lo permitió Sarduy jamás. El resentimiento no ha producido gran literatura...

(Citado por Lisandro Otero en La Gaceta de Cuba, junio 1994)

Wednesday, December 2, 2015

Lisandro Otero vs. Lunes de Revolución, Guillermo Cabrera Infante y Heberto Padilla

Lezama Lima sí recibió algunas agresiones después de 1959, pero no provinieron de ningún sector responsable de la Revolución cubana, sino de un grupúsculo ambicioso de poder que se parapetó en el semanario Lunes de Revolución. No todos, aclaro, estaban contaminados de la misma ansiedad de supremacía; en Lunes hubo intelectuales honestos y la publicación, no obstante "snobismos" y descarríos, sirvió parcialmente a fines de información y difusión cultural.
   El dirigente del grupúsculo era Guillermo Cabrera Infante, y fue uno de sus más fieles discípulos, Heberto Padilla, quien escribió: "¿Qué queda, pues, de Orígenes? ¿Dónde está el gran libro de esa generación? ¿Dónde está la originalidad y madurez de ciertos frutos obtenidos? ¿Dónde está el resumen después de veintidós años de tarea...? No hay nada... Diez poetas se reunieron para modelar una muerte sin grandeza... ¿Qué poema puede escribir hoy Lezama que no recuerde su vieja voz hueca y grotesca?... José Lezama Lima terminó ya... como todos esos poetas mediocres que ha desenterrado la avidez de antólogo de Cintio Vitier, su nombre quedará en nuestras antologías ilustrando las torpezas de una etapa de transición que acabamos de cancelar en 1959."
   Padilla publicó lo que antecede en el número 38 de Lunes de Revolución del 7 de diciembre de 1959, en un artículo titulado La poesía en su lugar. Este fue uno solo de los muchos ataques que Lezama tuvo que soportar. Los integrantes del grupúsculo no tenían historial revolucionario, ninguno podía exhibir una sola acción valerosa durante el difícil período de lucha contra la tiranía y se ensañaban con la inofensiva figura del poeta para demostrar su supuesta combatividad militante. Creían que con estas dentelladas de escualo contra el sólido cetáceo acumulaban méritos, cuando sólo ganaban el desprecio histórico hacia su actitud medrosa.
   El 27 de abril de 1971, después de cierta peripecia, que no es pertinente relatar en este artículo, Heberto Padilla, en una comparecencia pública en la Unión de Escritores, le endilgó a Lezama actitudes y criterios de los cuales el poeta estaba muy distante. Dijo Padilla aquella noche:"...yo sé que puedo mencionar a José Lezama Lima. Lo puedo mencionar por una simple razón; la Revolución Cubana ha sido justa con Lezama, la Revolución Cubana le ha editado a Lezama este año dos libros hermosísimamente impresos... Yo me decía: Lezama no es justo y no ha sido justo, en mis conversaciones con él, en conversaciones que ha tenido delante de mí con otros escritores extranjeros, no ha sido justo con la Revolución." Y seguía hablando de la amplitud de una Revolución que publicaba una obra como la de Lezama que "se basaba en otras concepciones políticas y filosóficas". A Cintio Vitier y Fina García Marruz, que no habían estado presentes, le narraron lo sucedido. El poeta palideció de estupor y sólo pudo murmurar: "!Ese hombre es un canalla!"
   Los que ahora acusan a la Revolución de haber hostigado a Lezama son los mismos que no cesaron en sus conspiraciones y asechanzas contra la figura de Trocadero 162. Pero hay otros ejemplos y razones, motivos y fundamentaciones que nos ayudan a definir mejor a Lezama Lima y sus relaciones con la Revolución cubana.
(…)
   En el gran plan para desacreditar a Lezama, y sus relaciones con la Revolución, se ha llegado a extremos deleznables. Guillermo Cabrera Infante, con su habitual e inescrupuloso afán de notoriedad, llegó a publicar un sórdido artículo donde escarba en las intimidades de la vida personal del poeta. Este acto de rapiña en el patio privado ajeno, esta hazaña de buitre(que no era más que la continuación de los viejos ataques de Lunes de Revolución), tuvo una deplorable caja de resonancia en la revista Vuelta, que dirige Octavio Paz, de cuya amistad siempre se ufanó Lezama.

(Para una definición mejor de Lezama Lima. La Jiribilla, julio 2001)

Monday, November 30, 2015

Heberto Padilla vs. Guillermo Cabrera Infante (2)

¿Y a quién defendí yo? Yo defendí a Guillermo Cabrera Infante. ¿Y quién era Guillermo Cabrera Infante, que todos nosotros conocemos? ¿Quién era y quién había sido siempre Guillermo Cabrera Infante? Guillermo Cabrera Infante había sido siempre un resentido, no ya de la Revolución, un resentido social poe excelencia, un hombre de extracción humildísima, un hombre pobre; un hombre que no sé por qué razones se amargó desde su adolescencia y un hombre que fue desde el principio un enemigo irreconciliable de la Revolución. Y yo no era ajeno a esas características de Guillermo Cabrera Infante. Y lo primero que hice fue defender a Guillermito, que es un agente declarado, un enemigo declarado de la Revolución, un agente de la CIA, defenderlo contra Lisandro Otero. Defenderlo ¿por qué? Defenderlo en nombre de valores artísticos. ¿Y qué valores artísticos excelentes y extraordinarios puede aportar la novela de Guillermo Cabrera Infante, Tres Tristes Tigres? ¿Qué valores excepcionales, qué contribución excepcional a la literatura puede aportar ese libro que mereciese que yo aprovechase esa ocasión que me brindaba El Caimán Barbudo para atacar a un amigo entrañable?
(...)
   A mí me gustaría que Guillermo Cabrera Infante no fuera un contrarrevolucionario, y me gustaría que su talento estuviese al servicio de la Revolución. Pero, como decía Martí, la inteligencia no es lo mejor del hombre. Y si algo yo he comprendido entre los compañeros de Seguridad del Estado, que me han pedido que no hable de ellos porque no es el tema el hablar de ellos sino el hablar de mí, yo he aprendido en la humildad de estos compañeros, en la sencillez, en la sensibilidad, el calor con que realizan su tarea humana y revolucionaria, la diferencia que hay entre un hombre que quiere servir a la Revolución y un hombre preso por los defectos de su carácter y de sus vanidades.

(Intervención en la UNEAC, Casa de las Américas, Nos. 65/66, 1971)

Thursday, October 22, 2015

Orlando Luis Pardo Lazo sobre “Mapa dibujado por un espía” de Guillermo Cabrera Infante

Como era de suponer, no es un libro de Guillermo Cabrera Infante. Por eso mismo Guillermo Cabrera Infante nunca lo publicó.
   Nada de mapas. De espías, nada. Mucho menos, escrito por. Una huella lo delata desde el título mismo: estamos ante un libro que no ha sido escrito, sino dibujado. Divertimientos de diario. Apuntes de preliteratura secuestrados de su gaveta original.
   Da gusto ver cómo la tradición cubana poco a poco se va haciendo de un archivo de "testamentos traicionados", género del que Milan Kundera ha escrito uno de sus mejores libros. De nada vale el esfuerzo estético de dejar afuera la mayor parte de lo que un autor escribe. Quod scripsi, is crisis. Y apenas quedemos imposibilitados de poner nosotros mismos un límite, todo cuanto dejemos atrás será leído con luctuosa —y lucrativa— fruición.
   Mitad por morbo y mitad por aburrimiento, el mundo se resiste a acatar el punto final de nuestra bibliografía. La "voracidad de los biógrafos" de que hablara Virgilio Piñera no espera nada para convertirnos en arqueología. Basta con haber tenido familia, por ejemplo, con habernos distraído solo un instante de nuestra máquina célibe en tanto autor, y Galaxia Gutenberg lanza el boomerang de Mapa dibujado por un espía (2013) sin contar con quien lo cartografió.
   Continúa cronométricamente así el complot bienal de La ninfa inconstante (2009) y Cuerpos divinos (2011). Por supuesto, le asiste todo el democratiquísimo derecho de autor, aunque ya no haya autor autentificable en este libro o dibujo, que pudo ser la obra de cualquiera de sus personajes non-fiction. Al respecto, no me extrañaría una reclamación de plagio por parte de los herederos de Carlos Franqui o Rine Leal.
   Hay que buscar entonces la novela fuera de la novela. Es decir, en su historia, que es siempre la parte no específica de toda literatura. Vivimos vidas excepcionalmente comunes. Cómo contarlas excepcionalmente conforma una cuestión de estilo, que cada novelista llega a intuir pero solo en pasajes discretos de su novelística.
   Mapa dibujado por un espía podría ser entonces una imitación de Guillermo Cabrera Infante. Como un remake de otro Vedado del amanecer en el trópico, esta vez no desde las circunvalaciones de un Ford convertible, sino a ras de las mil y una caminatas a pie. Bitácora de bustrofebodrios, silencios serpenteantes, diálogos de TVC, aquí todos se citan con todos para darse el saludo y decirse enseguida adiós. Quiay, chau. Acumulación de acción desdramatizada que, a falta de sexo —"él" se acuesta con algunas mujeres, pero de manera asexuada, con esa pacatería cubana que el castrismo heredó de los cincuenta—, debió tener otro tipo de clímax: acaso en el gaznatón que este diplomático le sopla sin mediar palabra a su hijita.
   Pero la crueldad aborta enseguida en el costumbrismo y en ese llanto llano de los protagonistas perdedores de Leonardo Padura. De manera que nuestro extranjero en La Habana, que como el de Camus también gravita sobre su madre muerta, detecta a lo sumo cierta negligencia médica y jamás sospecha de un asesinato de Estado contra su progenitora, para forzarlo a quedarse en Cuba junto a su hermano, antes que los dos fueran a desertar de la dictadura (aunque en este mapa aún se infiere que es una Revolución).
   Incluso la autopsia la ejecuta un enemigo suyo que tiene atravesado desde Europa. Pero con carácter de Camus, "él" continúa como si nada, con una indolencia imaginativa que desemboca en la esterilidad de un espía que no mata ni se hace matar. O, en todo caso, las muertes se verificarán en otro tiempo. Como unos pichones de totí y de urraca, así en Gibara como en Bruselas (en Milan Kundera es una corneja la torturada también por infantes). Y como el comandante Alberto Mora, suicida asistido en la decadente década de los setenta, de quien Cabrera Infante transcribe un premonitorio guión tipo Hemingway, que vendría a ser el otro intenso instante de estos 400 golpes de páginas.

(Mapa de un testamento traicionado. Diario de Cuba, enero 2014)

Wednesday, October 7, 2015

Néstor Díaz de Villegas vs. “Tres tristes tigres”, de Guillermo Cabrera Infante

Consideremos ahora el caso de Guillermo Cabrera Infante y Tres tristes tigres. En la introducción a la edición crítica de Cátedra (2010), Nivia Montenegro y Enrico Mario Santí, han revelado un importante aspecto de la estructura de esa obra. "El proyecto atravesó varias etapas y versiones", comienzan diciendo los editores. "En 1964 una versión primitiva, titulada Vista del amanecer en el trópico… gana el Premio Joan Petit-Biblioteca Breve de novela". Esa primera versión, explican Montenegro y Santí, "consistía en el contrapunto entre dos series: la divertida vida nocturna de habaneros en 1958… y las violentas viñetas de la revolución urbana".  La censura franquista interviene, y señala dos problemas fundamentales, uno de tipo moral y otro de tipo político: "1. Continuas alusiones y descripciones eróticas que llegan con bastante frecuencia a lo pornográfico. 2. Pinceladas de la lucha revolucionaria castrista contra el régimen de Batista [sic]".
   De julio a octubre de 1965 Cabrera Infante regresa a Cuba "para enterrar a su madre", y Santí concluye que es "durante esa visita de cuatro meses… cuando comienza a reescribir Vista…, en un intento que coincide en el tiempo con los últimos días de la censura franquista". De vuelta a Europa, Guillermo Cabrera Infante continúa las revisiones y, en mayo de 1966, vuelve a someter la novela a la consideración de los censores. Para entonces las "pinceladas de la lucha revolucionaria" han desaparecido.
   En carta al censor español, Cabrera Infante concede que "las viñetas intersticias y finales han desaparecido, dejando su lugar a una solución lírica en vez de épica, personal en lugar de colectiva, trascendente más que histórica… El libro antiguo era una muestra un tanto fácil de literatura 'comprometida' –compromiso con un tiempo, con una causa y con unos hombres, todos pasajeros".
   En marzo de 1967 sale a la luz la versión censurada y reescrita de Vista del amanecer en el trópico bajo el nuevo título de Tres tristes tigres, primera y única obra de colaboración entre los censores franquistas y una estrella del boom latinoamericano.

(P.M: post mortem. Diario de Cuba, mayo 2014)

Wednesday, September 9, 2015

Nivaria Tejeda vs. Guillermo Cabrera Infante

Recibo sus e-mails referentes al trabajo que preparan sobre GCI por si tengo alguna anécdota personal que pudiera referirles, dando por ejemplo la que mencionan y que considero una fabulación al estilo del bueno de Marré y su humor algo socarrón. A ver si se aclara este malentendido de las serpentinas anécdotas: mi relación con Guillermo se redujo al corto año que coincidimos en la entonces Escuela de Periodismo y fue más bien distante, dado su comportamiento machista que me resultaba particularmente desa­gradable. Tampoco existió la pertenencia a un mismo grupo (mi vía era la poética; la suya, periodística), por lo que nuestros encuentros muy esporádicos se reducían a uno de sus característicos sarcasmos que me lo hacían aún más antipático: “¿Sigues escribiendo poesía?” Convergimos más tarde en los puestos de agregados culturales que nos fueron confiados y también en el mo­mento de abandonarlos, yo primero y él después; pero tampoco hubo comunicación entre nosotros. Y en el terreno literario (ni qué decir), nuestras búsquedas se aproximan únicamente —y así lo ha considerado cierta crítica— en que mi novela Sonámbulo del sol describe la diurnidad habanera y él la nocturnidad.
   Así pues, que se deje de fabular alrededor de lo que Vallejo denomi­naba “la nonada”.

(Sobre los pasos del cronista. Elizabeth Mirabal, Carlos Velazco, Ediciones Unión, 2011)