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Monday, November 18, 2019

Antonio Rodríguez Salvador vs. Carlos Manuel Alvarez (defendiendo a Retamar)


Recuerdo que cierta polemista se ocupó de abundar atributos de su carrera como autor. Virtudes no precisamente relacionadas con la ficción literaria, sino con textos escritos en esa vertiente de la crónica y el reportaje que dan en llamar Periodismo narrativo.
   Hubo una época en que al Periodismo narrativo se le conocía como Nuevo periodismo, pero el tiempo no perdona y entonces se le cambió el nombre. Según estudiosos, dicha corriente surgió hace unos sesenta años con Rodolfo Walsh y Truman Capote; pero otros, con ojo chusco, apuntan que ya estaba presente en Herodoto, hace veinticinco siglos.
   O sea, el Nuevo periodismo es bastante viejo, pero la polemista me recomendó buscar los novedosos textos de Carlos Manuel, cosa que prometí y finalmente no hice. Sin embargo, un par de días atrás alguien compartió en Facebook un artículo suyo, y entonces me dije: Vaya, he aquí la promesa. Quiero decir, la promesa que hice de leer “la promesa”, y, con la esperanza de disfrutar un periodismo en cuerda literaria, di un clic sobre el vínculo que remitía al diario español El País.
   La buena narrativa tiene la virtud de sumergir al lector en los hechos; uno los vive, de algún modo también los reporta; pero seis párrafos después, no había elementos propios del género. ¿Dónde está el narrador?, me preguntaba.
   Sin narrador no hay periodismo narrativo, pero es que tampoco aparecían técnicas comunes hasta en novicios: ni una mudita espacial, ni una cajita china... Era la mirada del autor mondo y lirondo, sin dialogismo, a puro teque, y con un único propósito: hacernos creer que el recién fallecido intelectual cubano Roberto Fernández Retamar, es un “mal poeta”, un poeta que “no sirve” (sic).
   ¡Vaya estilo! ¡Vaya concepto! ¡Vaya lenguaje de cervecería aplicado a la crítica literaria! ¡Perdónalo, san Borges! Qué diría Alfonso Reyes.
   Pero bien, demos por válido su derecho a la rotundez; solo que ya sabemos por Aristóteles que en materia de argumentación no puede haber refutatio sin probatio. Y que, por Dios, quien ahora se adentra en la crítica literaria no fue vendido como fanático de graderías o portero de club nocturno, sino como promesa de la literatura latinoamericana, según cábalas de un jurado pitoniso.
   Uno espera que luego de esa tremenda afirmación venga la ciencia, sobre todo teniendo en cuenta que muchos académicos y renombrados críticos han fundamentado lo contrario. Hay suficiente literatura pasiva sobre la obra de Retamar, y gran parte de ella, la gran mayoría, lo ubica como uno de los grandes autores latinoamericanos.
   Pero no. Como Carlos Manuel es una promesa, al parecer no tiene por qué cumplir con normas elementales de la crítica literaria. Caso contrario dejaría de ser promesa: ¿Me explico? Vaya, ni acaso atender a reglas clásicas del acto expositivo del discurso, pues del exordium va directo al peroratio, sin atenerse a los beneficios del narratio y el argumentatio. O sea, considera que con el teque y la matraca es suficiente.
   Por usar su mismo recurso beisbolero, en la competencia entre literatura y trivialidad, hasta el noveno inning (perdón, párrafo) de su despacho tenemos el siguiente score: figuras de la dicción, cero; frases hechas, lugares comunes y argumentos ad hominem, once. Una paliza de la vulgaridad contra el arte.
   ¿Para quién escribe este muchacho? Por su lenguaje tabernario podemos conjeturar para quién lo hace. En materia de discurso, existen los llamados registros lingüísticos. Esto significa que un emisor habla de acuerdo con el contexto y el tipo de receptor. ¿Y quién sería ese receptor que a una “promesa de la literatura latinoamericana”, a un excelso prospecto del Periodismo narrativo, obliga a un lenguaje y unos modos de tan baja estofa?
(…)
   Roberto Fernández Retamar es un grande de la literatura porque ahí está su obra para probarlo. Carlos Manuel Álvarez, en cambio, es autor sin mayores méritos más allá de conjeturas y construcciones propias de lo mediático. Le queda muy grande Retamar, porque ya lo avisa un refrán relativo a las promesas: Vale más un “toma”, que diez “te daré”.
   Por último, a Carlos Manuel quizá le convendría entender algo: si su artículo no es ciento por ciento bodrio, si en algún momento contiene verdadera literatura, es porque allí cita varios versos escritos por Retamar. Debería agradecerle esto a Roberto.

(El agradecimiento que le debe a Retamar. La Jiribilla, Agosto 2019)

Wednesday, October 2, 2019

Carlos Manuel Álvarez vs. Roberto Fernández Retamar


   Con la noticia de su muerte, alguien me preguntó si por fin Retamar servía o no. Le dije, por decir, que pensara en un prospecto que nunca llegó a triunfar en Grandes Ligas y que, siendo beisbolista, pudiendo batear y fildear, aceptó el cargo de coach de tercera.
   Alguien que cumple órdenes, da señas constantemente y transmite las jugadas que piensa otro. Alguien que te indica cuándo tienes que frenar o cuándo puedes seguir, y alguien que, de más está decirlo, siempre mandó a frenar. Le gustaba que la gente estuviera quieta en base.
   Cuando yo llegué a La Habana, con dieciocho años, Casa de las Américas era un templo venerable, un gris edificio arte decó ubicado en Vedado, en calle 3ra y Avenida de los Presidentes. Justo al lado quedaba mi residencia universitaria, veinticuatro pisos de hambre y subversión.
   Todos los días, para llegar a mi cuarto, cortaba camino como tantos. En vez de tomar la acera, me metía por una especie de pasillo que atravesaba la entrada de Casa y miraba para adentro, buscando quién sabe qué.
   La primera vez que vi a Retamar fue en uno de esos peregrinajes de estudiante. Ya rondaba los ochenta, sus pasos eran cortos. Lo rodeaba una cohorte de empleados menores. Iba a montarse en un Lada, se lo llevaban a algún lugar.
   Yo quería con todas mis fuerzas convertirme en escritor. No había, desde luego, escrito nada, pero creía que pasar cada tarde por Casa de las Américas y encontrarme a veces con Retamar en mi camino ya me ayudaba un poco a serlo.
   Era una atmósfera sublimada que yo confundía doblemente. Primero porque la literatura no es algo que venga nunca desde afuera, y segundo porque en los años que yo estudié en La Habana –y así sigue siendo hasta hoy, y así era también desde mucho antes– no había nada que pudiera alejarte más de la literatura que Casa de las Américas.
   La última vez que vi a Retamar, si es que no se trataba de un fantasma, fue hace casi tres meses. Me habían invitado a la feria del libro de Santo Domingo. Entré a un restaurante y él estaba sentado en una de las mesas con más comensales. Fue una presencia incómoda, no me gusta estar en un lugar donde hay gente que trabaja para el estado cubano. Transpiran miedo, son recelosos, siempre tienen que cuidar sus palabras. Todo eso puede olerse si uno tiene el olfato indicado. Es como recordar cuál era tu olor años atrás.
   Salí de allí de inmediato. Retamar llevaba su boina distintiva, para mí ya un emblema del hombre pusilánime, del pensador castrado en buena medida por sí mismo.
   Hay en su obra un poema bisagra muy conocido. Se llama El otro (enero 1, 1959), y está escrito, naturalmente, en el punto de quiebre de la historia, justo en ese instante en que toda la materia nacional conocida hasta el momento está cerca de entrar para siempre en otra dimensión. «¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,/ sus huesos quedando en los míos,/ los ojos que le arrancaron, viendo/ por la mirada de mi cara/?», se lee ahí.
   Podemos detectar de dónde viene y adónde va Retamar. La contención del poeta letrado le sostiene todavía el pulso al estremecimiento épico, salva al verso de fracasar en la estridencia, pero todo eso va a desaparecer. Retamar va a traficar con el tono elegíaco, a corromperlo en el trasiego diario, convirtiendo su lírica, cargada de esperanza y porvenir, en un sitio de constante expiación cívica.
   En esa monografía programática, El socialismo y el hombre en Cuba, el Che Guevara le endilga a la vieja burguesía cubana una culpa original que Retamar, como hombre ampliamente formado bajo las reglas del viejo orden, va a padecer y a tratar de limpiar más que nadie.
   Hay entonces un punto de ironía y de justicia en el hecho de que en sus coloquiales poemas revolucionarios Retamar sea más burgués que nunca. Con las mismas manos relata su participación en la construcción de una escuela. Ahí cuenta que a pesar de ponerse lo que él entendía como ropas de trabajo, todavía los obreros le dijeron señor.
   Se trataba de un turista en el país del proletariado, alguien de paso que quería parecer cool, convertirse en unos más, y que no tenía la menor idea de cómo vestían los obreros. Es condescendiente y compasivo, ve en esos semejantes a buenos salvajes, y hay una representación primitiva de las acciones y las cosas («Y me eché a aprender el trabajo elemental de los hombres elementales», o «tomé el agua silvestre de los trabajadores»).
   En la revolución, la clase obrera es la nueva aristocracia social. En una actitud típicamente burguesa, Retamar quiere acceder ahí, quiere travestirse con ponderaciones y lisonjas y que lo acepten en la corte del yunque y el cultivo. Pero el único momento revolucionario es el momento pre-revolucionario, y el segundo de la transformación ya ha sucedido, el segundo verdaderamente luminoso está clausurado de modo definitivo para Retamar y los suyos.
   Como sujeto de su clase, Retamar quiere alargar un suceso al que llega, por fuerza, tarde, puesto que es condición dada de la burguesía llegar tarde a las revoluciones modernas. Ese alargamiento tozudo es trágico, inicia y justifica la deriva totalitaria.
   El único puesto que hay entonces para el burgués en el tejido social del nuevo orden no es un puesto de obrero, sino un buró de funcionario. Es lo máximo a que se puede aspirar, una recompensa que castiga. Con su chivo, su boina, su portafolio cargado de poemuchos y papeles administrativos, y su imbatible obediencia y sumisión, Retamar cumplió siempre a pie juntillas lo que la historia tenía deparado para él.
   Con las mismas manos es un poema de 1962. «Pasé por el que será el comedor escolar/ hoy sólo señalado por una zapata», dice su verso décimo. Tantos años después Retamar ha muerto, muchas vidas han pasado, ya no hay burgueses ni obreros, sino sobrevivientes, y ese comedor no ha sido construido todavía.

(Un turista en el país del proletariado. El País, julio 2019)

Wednesday, May 22, 2019

Anónimo vs. Carlos M. Alvarez

¿Urgencia y precisión? Lo primero lo entiendo. Cada vez que comienzo a leer algo de este niño me cae una urgencia por dejarlo de lado que no veas. ¿Pero precisión? No será por lo que escribe, maestro como es de frases vacías de contenido semántico. Suenan bien si las lees en voz alta, pero no dicen nada.
   ¿Y todavía menciona en voz alta aquel librito del Calendario? Yo fingiría que no lo había escrito. Lo más gracioso que tiene es la dedicatoria a Rosa Miriam Elizalde, testimonio de tiempos en que no era tan vertical. De ahí en adelante todo es cuesta abajo. Sí me divirtió entonces que pretendía ir de personaje y de culto, pero pensaba en aquel momento que Keats y Yeats eran homófonos. Y tiene una de las oraciones más disparatadas y tiernamente cómicas de la literatura cubana. Es en un cuento también sobre el servicio militar (que parece ser lo único que le ha pasado en su vida) donde el protagonista dice que esa experiencia y las guardias nocturnas lo han vuelto “infalible a las películas”. Me desconcertó tanto la frase que fui al diccionario a comprobar que no estaba equivocado y que no había una acepción de “infalible” que desconocía. Pero no, y más tranquilo acepté que aquello era puro cantinfleo.
   Lo demás de la entrevista es ruido. Las opiniones sobre literatura son cómicas y oscilan entre la confusión, el cliché y el disparate. Es muy gracioso lo en serio que se toma a sí mismo. A lo mejor en persona es diferente, pero cuando escribe a CM parecen haberle extirpado el sentido del humor. No hay ironía, no hay distancia, no hay introspección real (lo suyo ha sido siempre el sentimentalismo y la sensibilidad de las señoras mayores de clase obrera). Acaso el problema sea un inexistente sentido del ridículo que lo prohíbe tomar conciencia de las boberías que dice y reírse un poco de sí mismo. Pero el socio, nada, se envuelve en la toga y dispara una sarta de boberías tras otra. Le habrían hecho un favor si cuando comenzaba como periodista no le hubieran mentido que era bueno.

(publicado en la red, septiembre 2018)

Monday, October 29, 2018

Carlos Olivares Baró vs. "Los Caídos", de Carlos Manuel Alvarez

El principal elemento fallido de esta novela se suscribe en que el registro de las voces en primera persona —suerte de monólogo íntimo— es uniforme: no hay diferencias entre un habla y otra. Las pronunciaciones están marcadas por la misma entonación, igual concordancia e idéntica dicción.
   En la recitación inicial (capítulo Uno, “El Hijo”) se produce bruscamente una traslación del yo al tú sin ninguna justificación: “La idea estúpida de que mi madre se pudo haber caído me hizo perder quién sabe cuánto, tal vez treinta o cuarenta minutos” (primera persona narrativa). Seguido: “No es sólo lo que te toma ir de la litera al puesto del oficial de guardia. Hay también un tiempo entre la primera vez que la idea te ronda y el momento en que decides ejecutarla” (segunda persona narrativa). Mudanza de tono innecesaria: quebrantamiento del ritmo en un alarde técnico gratuito.
   ¿Alegorías de situaciones comunes que se producen en la sociedad cubana de hoy?: ¿jóvenes resentidos en contra de la falsedad? ¿Contraposición de ideales generacionales? ¿Principios arraigados de un padre convencido de los modelos socialistas? ¿La Madre, oportunista profesora que acepta regalos (sobornos) de los padres de sus alumnos? ¿Funcionarios del Partido Comunista en actos y decisiones arbitrarias? ¿Hija que sustrae alimentos del hotel donde labora? ¿Negocios ilícitos de empleados con mercancía robada?
   Sugerente los vértices del rectángulo que establece Álvarez: “El Hijo” / “La Hija” acosados por el presente y “El Padre” / “La Madre” enclavados en reminiscencias del pasado. En esas oposiciones, la historia alcanza instantes de provocativas especulaciones sobre las correspondencias entre dos generaciones confrontadas en la sociedad cubana. Pero, la trama se empantana por la ociosa narratividad que no cuaja. Uno constantemente se pregunta: ¿Cuándo va a ocurrir algo?
   Por momentos, el texto cobra cierta animación gracias a los recursos oníricos que circundan a los personajes (Tres: “El Padre”, “La Hija”). Asimismo, se asoman algunos ademanes que recuerdan el tono del Calvert Casey de Notas de un simulador. La prosa de Álvarez oscila entre la solemnidad y la propensión a un lirismo de presumidas imágenes: “Abre la puerta del dormitorio con el mayor cuidado posible para que los goznes no chirríen” (Uno, “El Hijo”); “[…] por el ventanal de doble hoja entre los balaustres de hierro oxidado…” (Uno, “El Hijo”); “Mi cuerpo como un país que a veces recorro” (Dos, “La Madre”); “Todo el mundo por aquella época olía a fastidio” (Dos, “El Padre”); “[…] por voluntad de Armando, su plan asceta, su plan frugal, su plan hombre nuevo” (Tres, “El Hijo”); “La humanidad no es más que un multitudinario desfile de frustrados, bastardos conducidos al cepo…” (Cuatro, “El Hijo”)…
   Uno se pregunta: ¿dónde quedó el cronista perspicaz, sugerente, insinuante y provocativo de La Tribu. Retratos de Cuba? ¿Dónde el denuedo de los blogs Periodismo de Barrio y Estornudo. Alergias Crónicas? Los caídos, una “novela” donde no pasa nada: “narración” de pasmosa inmovilidad. Oratoria que intenta presumir una elegancia que desemboca en un amaneramiento, a veces, risible. Carlos Manuel Álvarez hace gala de una divagación que roza la frontera del bostezo.

(Una novela caída. Cubaencuentro, octubre 2018)

Thursday, September 27, 2018

Carlos Manuel Alvarez vs. escritores de Miami y Amir Valle

A mí me parece que al campo literario cubano es relativamente fácil renunciar. ¿Qué te pierdes? ¿Te pierdes la UNEAC, el Instituto Cubano del Libro, la Casa de las Américas? ¿Te pierdes uno de esos decadentes clubes literarios de Miami, que no han dado jamás un escritor? ¿Quién quiere eso, sinceramente?
(…)
Estamos en una escena donde El último día del estornino, de Gerardo Fernández Fe, una novela que a mi juicio detecta las zonas que la narrativa cubana actual debería explorar, pasa casi desapercibida, y donde un fantoche como Amir Valle, por ejemplo, se cree autor de culto, seguramente porque tiene quién se lo haga creer.

(“Agradezco a Cuba que no haya tenido nada más que ofrecerme”, entrevista. Hypermedia Magazine, septiembre 2018)

Monday, June 25, 2018

Carlos Manuel Alvarez vs. Esteban Morales

No se le puede responder a Esteban Morales (o a la filípica que circula con su nombre), como no se ha podido ni se le va a poder responder nunca a ningún artículo que venga de la militancia gubernamental o sus alrededores, ni podría nadie con un mínimo de respeto por las ideas tomarse en serio los preocupados y ridículos debates por el futuro de Cuba que de tanto en tanto protagonizan en FB y en blogs de poca monta los distintos grupos iletrados que conforman la falsa izquierda nacional (de izquierda no tienen nada), desde los talibanes del patio hasta el exilio amistoso, pasando por los dizque alternativos, gramscianos del copia y pega, filósofos ilustres del wordpress. Es, cuando te mencionan, como si te arrastraran a una pocilga, como si tú estuvieras estudiando cálculo diferencial y viniera un pionero que multiplica con los dedos, con toda su aula detrás, un aula que, de más está decirlo, también multiplica con los dedos, a discutir de matemáticas. Para que tal cosa sucediese, para que pudiera yo tomarme alguna vez el tiempo de responder un ataque disfrazado de artículo como el que ha pergeñado Esteban Morales contra mí y contra mi oped del NYTes, tendría primero Morales que cruzarse de casualidad en su camino con alguna idea mínimamente aguda, algo que, después de tantos años de intento, evidentemente está fuera del rango de sus posibilidades. Y, más alarmante aún, tendría este señor que aprender un par de normas básicas de redacción. No volverse un estilista, que es pedirle demasiado, sino, simplemente, aprender a colocar los signos de puntuación, no poner comas delante de los verbos, controlar el uso desmedido y equivocado del gerundio, acentuar los pronombres interrogativos y no acentuar las conjunciones átonas. O sea, que si le pusiesen delante un examen elemental de Lengua Española, fuese al menos capaz de aprobarlo, y entonces sí, luego, dedicarse a defender a Cuba, o a lo que él entiende por tal. Esa triste enemistad con las palabras, con la gramática y la sintaxis, es algo que a edades tempranas todavía puede encontrar remedio, pero que, y aquí viene la mala noticia para el señor Morales, pasada la adultez ya no tiene solución.

(publicado en la red, mayo 2018)

Monday, February 15, 2016

Carlos M. Alvarez vs. Barnet, Pedro Juan Gutiérrez, y de paso nos vende a Oscar Cruz, poeta manchado de durofrío

Oscar Cruz es, cómo decirlo, el guapo de la poesía cubana. Cualquiera que lea La Maestranza, su último poemario, lo puede comprobar. Con esto no quiero decir que haya habido guapos anteriores y que OC sea el más guapo entre los guapos, es decir, que viene a coronar una tradición, sino que nunca ha habido ninguno y que lo que OC ha hecho es justamente ensanchar las fronteras: permitir que la poesía cubana entre finalmente a un salón que la inmensa mayoría de nuestros poetas ha ninguneado, y que, por otra parte, los pocos que lo han querido abrir, se han topado con que esa puerta no cede por fuera.
   Porque Oscar Cruz está dentro, por supuesto, y esa es la diferencia. Quizás habría que escarbar un poco –Martí, por ejemplo, me parece que tiene lo suyo, o Manzano el esclavo, y su soneto Treinta años– pero no recuerdo ningún caso supremo dentro de la tradición literaria cubana de poeta enojado, de poeta rabioso, pero no rabioso cualquiera, que los hay, sino rabioso fajarín, con la camisa rota, manchada de durofrío, los puños en alto, el labio inferior partido y sangrando.
   Está la barata bravuconería ideológica de muchos conversacionalistas, que le plantaban cara al imperialismo no como si el imperialismo arrasara pueblos, sino como si les hubiera levantado la mujer, o está Barnet, que dice que todos nos vayamos a la mierda, que él está ocupado empujando un país (¿qué pasa?, ¿no arranca el motor?, ¿hay alguien al timón?, ¿o Barnet está empujando un carro que nadie maneja?). Pero nada de esto, como se sabe, es poesía.
   Están esos poemas breves de Pedro Juan Gutiérrez, que pululan por la red, que cualquiera ha leído, y que no los traigo a cuento precisamente por su calidad, sino porque nos ayudan a nombrar por aproximación, ya que todos tenemos una idea más o menos hecha de quién es o qué hace Pedro Juan. Demostrado. Es el típico farfullero. Que no tira un piñazo, que no le da una puñalada a nadie. Que mira desde la ventana de su casa en Centro Habana lo que ocurre en Galeano o en Virtudes y luego va a Miramar o a 17 y H y lo cuenta como si él hubiera sido el protagonista, y los modositos, asustados, se lo creen.

(Un duro de matar. OnCuba magazine, febrero 2015)

Tuesday, February 2, 2016

Carlos M. Alvarez sobre poetas cubanos de los “sesenta”

¿Cuántos de los poetas cubanos que merodeaban los sesenta, que se apuntalaron en los sesenta, podían llevarse ambas mujeres a la cama, cuántos podían asumir un ménage à trois tan virulento, teniendo en cuenta la ninfomanía de estas damas? Retamar no habría podido, estaba, con las mismas manos de acariciar y masturbarse, construyendo una escuela. Jamís, tan tierno, andaba entretenido con los gatos callejeros y el frío de París. Barnet, que no se hubiera topado con dos damas, sino con dos mancebos, esperaba no sé qué, ni una cosa ni otra, ni un hombre ni una mujer, “bajo los signos rotos del cine cantonés”. Padilla se extasiaba mientras Cuzá Malé pintaba un cuadro. Y Delfín Prats celebraba los bucles amarillos que caían sobre la espalda griega de su novio, aunque ahora no sé si la griega era la espalda, o los bucles, o el novio todo. Quien sí no era griego, sino holguinero, era Prats.

(Nogueras. OnCuba Magazine, noviembre 2013)

Wednesday, December 23, 2015

Carlos M. Alvarez vs. (Antón Arrufat)

Los albaceas de Virgilio Piñera me desagradan. Son, de todos los albaceas, los que más me desagradan, más incluso que los de Carpentier. Los epígonos fatuos (perdonen la tautología), rápidamente dispuestos a demostrar y a rememorar cualquier tipo de cercanía con el bardo, los escribidores de libros como Virgilio Piñera y yo, o Virgilio Piñera y su afición por la ensalada de vegetales, son quizás unas de las peores secuelas que nos dejó el quinquenio gris: la inmunidad diplomática con que cuentan ciertos defenestrados para publicar todo tipo de cinismo literario que les pase por sus restituidas y lirondas cabezas.
   Han hecho de su rescate un pasatiempo. Motivo de orgullo patrio, que habla sobre nuestros retroactivos modales y sobre nuestra óptima disposición para corregir. Pienso en poetas que aprecio, como Friol, o que amo, como Escobar, y agradezco que ningún verdugo ni ninguna víctima puedan sacarles provecho alguno. Virgilio no es el guía de sus discípulos. Virgilio es su propio guía. Los otros, habitantes del vestíbulo de los ignavos, desmerecen el infierno.

(Virgilio, tacón jorobado. Blog On Cuba, agosto 2014)

Tuesday, November 17, 2015

Carlos M. Alvarez vs. Luis Pavón

Su amarguísima estela como Presidente del Consejo Nacional de Cultura, desde el propio 1971 hasta 1976, devoró cualquier otro rostro. Su encomiable labor de custodia, su rol protagónico en la depuración estalinista del arte y la literatura cubana de la época, tienen un nombre, y este nombre encierra un concepto. El nombre es el pavonato. El concepto es la censura y la opresión, la humillación moral y el aislamiento físico.
   Con el argumento del socialismo, del pueblo y de la Patria, Pavón maniobró, y esa maniobra, a la vuelta, lo dejó sujeto al pavonato. Jamás pudo desprenderse de tan miserable legado. Cuando decimos Pavón, lo más probable es que recordemos a Arrufat, a Arenas, a Virgilio, a Lezama, las víctimas directas y más encumbradas del quinquenio y sus alrededores.
   Desde 1976, con su destitución como comisario cultural, Pavón desapareció. Fue diluyéndose en un provechoso olvido, hasta enero de 2007, justo cuando Impronta, el breve programa de la televisión nacional, dedicado a personas relevantes, decidió brindarle un espacio. En un acto canallesco, aceptó la propuesta. Le pareció que aún merecía un micrófono, y esto, finalmente, debemos agradecérselo. Gracias a su torpeza, y quizás a su egolatría y vanidad, hoy los cubanos con menos de cuarenta años sabemos quién es.
   La simple omisión habría sido recompensa suficiente. Pavón debió saber, o algún familiar debió haberle advertido que no aceptara la invitación de Impronta. Por su bien, no por el nuestro, alguien tuvo que haberle recordado su pasado infame, su rectorado homofóbico e impío, y el estropicio que provocó en la cultura del país. Pero no lo hicieron, y la resurrección de su imagen pública trajo una oleada de reacciones, un pavoroso grito unánime de nuestra comunidad artística y literaria.
   Más que la guerrita de los emails, y más que el posterior ciclo de conferencias sobre el quinquenio, impartido por algunos de los escritores que sufrieron oprobio y marginación, lo que nos demuestra o nos dibuja una idea más o menos exacta de la  magnitud del pavonato fue esa protesta inicial, espontánea, mezcla de miedo y ardor, de estupefacción y rabia. Como diciendo: “¿qué hace este hijo de puta de nuevo aquí?”.

(Pavón. Blog On Cuba, julio 2013)

Wednesday, April 2, 2014

Carlos M. Alvarez vs. Daniel Chavarría

Daniel Chavarría es un anciano pizpireta: seguro en el escenario, extorsionador carismático que atrae a los oyentes, el hombre que ha epatado cientos de veces, que ya no le preocupa si epata o no, que mide el éxito de sus palabras por las carcajadas que provoquen (sin dudas un magnífico método), que habla de literatura con soltura, un campo que ya ha desactivado de minas, o un campo que nunca las tuvo. El sonido firme de las botas de Chavarría sobre el suelo pedregoso de la literatura retumba e intimida a los miembros del pelotón que siguen moviéndose a ciegas sobre un terreno pantanoso. La literatura: el hueco que succiona.
(…)
   Chavarría desconfía de los jóvenes escritores, declara. Yo también. No creo que haya una fauna más detestable que la de los aspirantes a literatos, corriendo detrás de los editores, desesperados por publicar, colando poemas en revistas, repartiéndose favores, aunándose, catalogándose como generación, ya sabemos. Bueno, hay algo peor que los aspirantes a escritores haciendo carrera, y es esos mismos aspirantes, ya envejecidos o en vías de envejecer, con la carrera hecha, con asiento fijo en la corte.
   Chavarría argumenta que las mejores obras se escriben en la madurez, después de los cuarenta años, que antes de esa edad hay realmente poco que decir. Para apuntalarse, menciona a Quiroga y a Carpentier. Si yo tuviera sesenta años, tomaría el micrófono y, en tono minimalista, solo para desperezarme un poco, para divertirme, le diría: “permiso, Daniel. Apenas dos cosas: Rimbaud, Radiguet.” Pero tengo veinticuatro, cualquiera puede sospechar que, presa de la malcriadez, me he insultado ante la supuesta ofensa. Aunque Chavarría no me ofende. Lo que está diciendo es, supongo, una obviedad de mal lector, o de mal perdedor, a la postre algo inofensivo.
(…)
   Distraído, me lleva unos minutos entender que Chavarría solo está hablando de sí, y que no hay que tomárselo a mal. Solo está recordándose. Dice que cuando llegó a los cuarenta se percató que a los veinte había escrito dos novelas infames, por suerte impublicadas. Comprendo su punto, que no hay que apurarse, que no hay que corromperse, pero igual no es garantía de nada. Tal vez si Chavarría llega a los cien, piense que lo que escribió a los setenta o a los cincuenta fueron novelas menores, inmaduras, las novelas por las que hoy él apuesta, de las que blasona, tras las que se parapeta: Allá ellos, La sexta isla o El rojo en la pluma del loro, no sé.
   Y aquí entro al juego con una opinión simple, después de haberme leído en la adolescencia novela y media suya: la literatura de Daniel Chavarría no va a sobrevivir. Va a morir sin ambages. Ni a sus quince, ni a sus setenta, ni a sus cien, si llega, Daniel Chavarría podrá superar la frontera terrible tras la cual aguardan, ateridos, padeciendo, los textos palpitantes. No lo va salvar ni el Premio Nacional de Literatura ni haber secuestrado una avioneta en su juventud.
   No es, siquiera, un fracaso. Solo hay que asumirlo. Stephen King lo decía recientemente, y me pareció de una valentía extrema. A pesar de lo que muchos consideran, King cree, también como otros muchos, y lo declara en absoluta paz, que su nombre quedará inscrito en la segunda o la tercera línea de la posteridad dentro de la literatura estadounidense, o sea, no quedará inscrito.
   Uno puede prepararse para la gran tarea, o creerse eso, encerrarse en un cuarto como Proust, a engendrar, pero probablemente la única preparación verdadera que existe sea la que te permite asumir lo que asume King (quien vende los millares de ejemplares que no vende nadie y quien sí las tiene todas para pensar que la literatura, lo que conocemos por tal, será benévola consigo). Lo que me molesta de Chavarría es algo que ya sabía desde antes, porque se puede oler, y es que no se preparó nunca para ello.

(Selección natural. Blog On Cuba, febrero 2014)