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Wednesday, January 30, 2019

Norge Espinosa vs. el Premio Nacional de Literatura (en defensa de Delfín Prats)

   Este año acaba de ser galardonada con ese lauro la narradora y poeta Mirta Yàñez. Con ella parece refrendarse la nueva tendencia del premio, concedido en las últimas ediciones a graduados de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. A Margarita Mateo le sucedió Luis Álvarez Álvarez. Y ahora es la autora de El diablo son las cosas y Sangra por la herida la que recibe el honor. No se trata aquí de discutir sus obras: sin dudas ellos han hecho sus aportes. Lo que tampoco nos deja olvidar que este premio no recayó nunca en Samuel Feijoo ni en Rafael Alcides, por no hablar de cubanos residentes en el extranjero, aunque sí se le entregara a un uruguayo radicado en nuestra Isla. La cosa es mucho más compleja y responde al vaivén de otras políticas. Lo cual no es, ni con mucho, exclusivo de este galardón.
   Hace algunos años, siendo ella parte del jurado del Premio de la Crítica Literaria, cuentan que Mirta Yáñez la emprendió contra los poemarios, al grito de “¡hay que castigar a la poesía!”, y en esa edición no obtuvo el lauro poeta alguno. No quiero dejarme llevar por falsos predicamentos, ni creer que esa “maldición penitenciaria” perdure hasta hoy, si es cierta la anécdota que recorrió toda La Habana. Lo que angustia es que, siendo Delfín Prats uno de los mejores poetas vivos de esta Nación, se le siga escurriendo algo que merece completamente. Ganador del David en 1968 con Lenguaje de mudos -uno de esos cuatro o cinco libros altamente conflictivos de aquel año, junto a Fuera del juego (Padilla), Los siete contra Tebas (Arrufat), Condenados del Condado (Fuentes) y Dos viejos pánicos (Piñera), todos premiados y de inmediato merecedores de una fatwa que tardó años en deshacerse-, el libro de Delfín se redujo a pulpa, sobreviviendo unos pocos ejemplares de aquella edición. El poeta también sobrevivió a esas y tantas tribulaciones, cárcel incluida, y a mediados de los 80 comenzó su rehabilitación. Para festejar el ascenso de Icaro recuperó poemas de Lenguaje de mudos, y luego vinieron otros libros. No muchos, porque Delfín es poeta de vida, más que de obra, según quienes creen que la Literatura es ir sumando legajos y páginas en tediosa acumulación. Como a otra eterna postergada, Lina de Feria, mi generación le acogió como a un igual. Delfín es, además, un hombre y un personaje a la vez, ambos memorables. Y de hecho han sacado provecho sus amigos, desde Reinaldo Arenas, fantasma acompañante, y otros de menor talento.
   Lo cierto es que tampoco cerraremos el año con el Premio en las manos de Delfín Prats. Uno de nuestros más capaces poetas líricos. La causa de esa nueva negativa es ambigua, pero nos recuerda las ocasiones anteriores en que también él y quienes le estimamos nos hemos quedado a la espera. Darle el premio acaso sea resucitar su karma de infortunios, tener que sacar a la luz pública las razones de sus silencios editoriales impuestos o elegidos por él mismo, según las épocas. Hablar, ¡horror!, de sus amistades peligrosas con la bohemia habanera de los 60, Arenas y otros no menos perniciosos entre esa galería de outcasts. Y de alguna manera, pedirle el perdón que ya acaso él no necesita, porque ha demostrado estar más allá de todo eso. Antón Arrufat me contaba con su habitual mezcla de gozo y malicia como Roberto Friol, al recibir el premio, gritó para desasosiego de los funcionarios que accedieron a que se le entregase el galardón a ese hombre de casi olvidada poesía católica: “¡Viva Cristo Rey!” ¿Qué gritaría ante las cámaras este holguinero de vida desaforada y compinche de tantas bestias negras?, acaso se pregunten en sus noches de insomnio. Y mientras tanto, todo se retarda.


(¿Por qué no se gana Delfín Prats el Premio Nacional de Literatura?, publicado en la red, diciembre 2018)

Thursday, April 14, 2016

Reinaldo Arenas vs. Delfín Pratts (3)

¡Al fin, Delfín!, a fin de finiquitar su fin, fungiendo como fonfont en fanfarria sin final, finge un sinfín de fines afines, y sin decidirse por fin, frenética y desenfrenada, enfangada y desenfadada, clama sin fundamento, entre un fondo de fandangos, por su desfondamiento.

(El color del verano. Tusquets, 1999)

Thursday, January 14, 2016

Reinaldo Arenas vs. Delfín Pratts (2)

Mientras los pájaros continúan con sus falsos arrumacos, déjenme decirles a ustedes, millares o millones de pajaritas que me leéis (y si no me leen apúrense a hacerlo, que el tiempo apremia), que la Reina de las Arañas, al igual que la Tétrica Mofeta, era oriunda de Holguín, o mejor dicho de los arrabales de Holguín, y que también, como la Tétrica, tenía tres nombres, o mejor dicho, casi cuatro. Su nombre verdadero era Hiram Prats, su nombre literario y social era Delfín Proust (a este nombre, en caso de emergencia, le agregaba un segundo apellido que era Stalisnasky) y su nombre de guerra era desde luego el de la Reina de las Arañas. De esa manera el pájaro protegía sus diversas identidades de acuerdo con el círculo en que se desenvolviera. De manera que ni el mismo Coco Salas, que como todas las locas más fuertes de la Tierra era también de Holguín, había logrado meter a aquella loca en la cárcel, pues legalmente la misma no existía. Con el segundo apellido se hacía pasar por extranjera y también le servía para espantar a los policías prosoviéticos. Además era cierto que Hiram, o Delfín, o la Reina de las Arañas o como diablos quieran llamarla, había estado en la ex madre patria, incluso se comentaba que chapurreaba el ruso y que en esa lengua muerta rendía largos informes a la KGB.
   La verdad es que, siendo muy niño, aquella ninfa campesina había sido becada por Fifo en la entonces URSS para que aprendiese el ruso en la Universidad de Lomonosov, con el académico Popov. Sí, mi amiga, a Lomonosov fue a parar la loca holguinera cuando era todavía una benjamina inconstante, pero muy pronto, en la entonces supersagrada madre patria, la loca dio señales de su superpajarería. Un día casi todo Moscú se estremeció ante el espectáculo sin par otorgado por esta loca rural. Como becado cubano, Hiram había tenido el honor de ser invitado al teatro Bolshoi para que viera El lago de los cisnes. Aún no se sabe de qué artimañas se valió la loca para calentar a un militar ruso de alta graduación que estaba sentado a su lado; quizás el pobre ruso pensó que se trataba de una mujer. El caso es que, en un entreacto, Hiram cargó con el rotundo militar, que era un campesino de Georgia con un bulto gigantesco, para los cortinajes del teatro. Y tras aquellos gruesos cortinajes, la loca empezó a mamar. Retumbó la orquesta, en la escena apareció Maya Plisezcaya bailando el cisne blanco; las cortinas siguieron corriéndose. Al final se descorrieron completamente y todo el público pudo ver a un costado del gran escenario a Hiram Prats mamando enardecidamente el falo del militar georgiano mientras la Plisezcaya batía sus brazos descoyuntados y todo el cuerpo de baile irrumpía en el escenario. Tan imbuidos estaban el militar y la loca en su éxtasis que no se habían percatado de que la cortina se había descorrido y de que estaban ahora en un escenario y ante más de diez mil personas, entre ellas Nikika Kruchov y su esposa, Anastasia Mikoyana. Unas manos de hierro sacaron a toda velocidad a los insolentes. El militar fue fusilado al instante. El pájaro cubano fue deportado para que fuese ejecutado por Fifo. En el barco ruso, que se demoró más de seis meses para llegar a Cuba, la loca cambió de nombre, de voz, de manera de caminar, falsificó setenta documentos oficiales, se arrancó las pestañas, que nunca más le volvieron a salir, y con su nueva cara de majá asustado llegó a Cuba convertida en Delfín Proust Stalisnasky. La versión que ella misma dio al mundo y que la KGB y Fifo acogieron con beneplácito era que Hiram Prats, lleno de arrepentimiento y vergüenza revolucionarios, se había tirado al Mar Negro. La misma Reina de las Arañas contaba, con lágrimas en sus ojos de serpiente, cómo había visto a la loca tirarse al agua mientras entonaba “La internacional”... Con el nombre de Delfín Proust, la loca asistía a las tertulias de Olga Andreu, donde reinaba Virgilio Piñera. Como Reina de las Arañas era conocida por casi todo el mundo en Coppelia, desde Mayra la Caballa hasta la Triplefea. Traquimañera, astuta, horrorosa, siempre dando saltos y moviendo pies y manos al mismo tiempo, no sólo recordaba a una araña sino que cuando era ensartada giraba de tal modo y hacía tales contorsiones que se convertía en una auténtica tarántula. Como si eso fuera poco, el hecho de haber sido descubierta mamándosela tras una tela a un alto militar soviético era prueba de que el pájaro, la terrible araña, tejía unas redes capaces de enredar en ellas hasta un mismo héroe de la gran ex madre patria, Dios mío, y nada menos que de la provincia de Stalin. Stalinista era el pájaro, ya lo veremos más adelante... Por otra parte, y eso es entre tú y yo, mi amiga, la loca era también chivata, además de chismosa, enredadora, bretera, maligna y tejedora de chanchullos. Sus hilos no se sabía a dónde podían llegar. Cuídese de ese pájaro, comadre. Si lo ves, haz la señal de la cruz y huye.

(El color del verano. Tusquets, 1999)

Friday, September 25, 2015

Reinaldo Arenas vs. Delfín Pratts

El teniente Gamboa insistía mucho en mi soledad, en que todos mis amigos me habían abandonado y nadie iba a hacer nada por mí. Insistía también en mis relaciones sexuales con Miguel Barniz. Al principio me preguntó cómo estaba mi amante y yo no sabía a quién se refería porque, en realidad, yo había tenido tantos que no podía saber de quién se trataba; entonces, me dijeron que se referían a Barniz y me preguntaron varias cosas acerca de él, incluso bastante íntimas. Siempre, aunque un individuo sea aliado de la Seguridad del Estado, ellos quieren tener todos los elementos posibles sobre esa persona para cuando caiga en desgracia o lo quieran eliminar. En aquel momento, yo no tenía nada que decir de Barniz.
   “¿Y las hermanas Brontë?”, me preguntó una tarde aquel oficial. En ese momento comprendí que una de las personas que había informado sobre mí, durante muchos años era Hiram Pratt; las hermanas Brontë eran los hermanos Abreu, y sólo Hiram Pratt sabía que yo les llamaba cariñosamente de ese modo. El teniente sabía de nuestras reuniones en el Parque Lenín y de nuestra amistad. No me sorprendió demasiado el hecho de que Hiram Pratt fuera un delator; después de vivir todos aquellos años bajo aquel régimen, había aprendido a comprender cómo la condición humana va desapareciendo en los hombres y el ser humano se va deteriorando para sobrevivir; la delación es algo que la inmensa mayoría de los cubanos practica diariamente.
   Supe, al salir de la cárcel, que Hiram Pratt, bajo presión de la Seguridad del Estado, había ido a visitar a casi todos mis amigos averiguando dónde yo estaba escondido, cuando estaba prófugo. También fue a ver a mi madre.
   La noche en que supe que Hiram era un delator, regresé a la celda bastante deprimido.

(Antes que anochezca, Tusquets, 1992)