Total Pageviews

Showing posts with label Ambrosio Fornet. Show all posts
Showing posts with label Ambrosio Fornet. Show all posts

Friday, January 1, 2021

Fermín Gabor vs. Ambrosio Fornet y Jorge Fornet

Ambrosio Fornet y Jorge Fornet, padre e hijo, han querido resolver el Caso Padilla a la cañona. Son investigadores que hacen cambios en la escena del crimen con tal de que el modus operandi del criminal coincida con el que ellos traían pensado.

   Según averiguaciones suyas, antes de que Heberto Padilla se pusiera a hacer poemas moscovitas el horizonte habanero se encontraba completamente despejado, sin asomo de estalinismo.

   Fue Padilla, sostienen los investigadores Fornet y Fornet, quien vino a complicar las cosas, extrapolando experiencias soviéticas e importando a la isla mercancía averiada.

   Padilla era un exotista. Igual que un siglo antes lo había sido Julián del Casal. Importador de bibelots uno y de abedules el otro. De manera que si a Casal lo habían acusado de afrancesado, a Padilla lo acusaron de sovietizante. O mejor dicho, de estalinizador. Y así fue explicado su caso en la época en que lo detuvieron y estuvo recluido en Villa Marista bajo interrogatorio.

   Cuatro décadas más tarde, Ambrosio Fornet sostuvo que Padilla: "aun bajo el sol tropical se sentía asediado por los fantasmas del estalinismo" ("La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión", Centro Teórico-Cultural Criterio, La Habana, 2007).

   No es superfluo el detalle del sol tropical. De ese sol a plomo se valieron las denuncias de exotismo contra Casal, así que valdría también para denunciar el extraño comportamiento del poeta Heberto Padilla. No obstante, desde los experimentos ópticos de Eliseo Diego en la Calzada de Jesús del Monte es conocido el fenómeno de que la demasiada luz puede formar otras paredes con el polvo. Y para Padilla esas otras paredes coincidieron con las murallas rojas del Kremlin.

   En su libro "El 71. Anatomía de una crisis" (Letras Cubanas, La Habana, 2013), Jorge Fornet habla del Caso Padilla como si de una autoprofecía cumplida se tratara. Coincide el investigador hijo con el investigador padre en que la Cuba de la época no vivía bajo amenaza estalinista. Tal amenaza residía únicamente dentro de Padilla, quien a fuerza de imaginar un estalinismo insular en poemas y conversaciones con diplomáticos y visitantes extranjeros, consiguió que aquel estalinismo fructificara en Cuba.

   O sea, que el poeta resultó capaz de imponer sus fantasmas al Estado revolucionario. Es decir, que todo cuanto ocurrió después de su detención policial, la "autocrítica" y la férrea censura que se iniciara, emanó de Heberto Padilla y estaba concentrado en él. Fue Padilla quien forzó a sus represores, que no querían reprimirlo, a obrar en contra suya.

   Represores a su imán.

   Todo lo anterior conduce a una cuestión mayor, desatendida por los Fornet: la de cómo pudo una sola persona lograr cambios tan grandes en un régimen. O, dicho de otro modo, cómo fue capaz Heberto Padilla de convencer a las autoridades revolucionarias para que se comportaran tan soviéticamente con él y luego con la intelectualidad en pleno.

   Es indudable que un avezado comisario político, un buen perro de presa en su puesto, habría ordenado la detención, reclusión e interrogatorio en Villa Marista de Ambrosio Fornet y Jorge Fornet.

   También habría ordenado que ambos se autocriticaran en público por contrarrevolucionarios. Contrarrevolucionario el padre, contrarrevolucionario el hijo. Porque, con la excusa de exculpar de despotismo a las autoridades revolucionarias, tanto Ambrosio como Jorge ponían en entredicho la fuerza y convicción de esas autoridades, hasta el punto de pretender que un intelectual, no guerrillero, lograba imponerles sus lineamientos.

   ¿Cuál imagen creían Fornet padre y Fornet hijo que el Comandante en Jefe prefería que se diera de él? ¿La de un déspota o la de un mentepollo?

(Publicado en Facebook, marzo 2020)

Thursday, April 2, 2020

Antonio José Ponte vs. Pablo Armando Fernández y Ambrosio Fornet


Pablo Armando Fernández es el ejemplo de un escritor censurado que, levantada su prohibición, muestra haber aprendido la lección de servilismo. No es un ideólogo ni un escritor atendible y su única contribución a esa formación del espíritu revolucionario por el que usted me pregunta sería figurar como un cortesano notable. Equivale a uno de aquellos escritores soviéticos con residencia en un moderno edificio moscovita, automóvil, dacha y vacaciones en el Mar Negro, todo ello proporcionado por el régimen.
   Ambrosio Fornet, a quien le han adjudicado una especialización bastante infundada en la narrativa cubana, anunció durante décadas el nacimiento de «la novela de la revolución». Ése fue su modo de servir a las autoridades y la cultura oficial. Su olfato de crítico literario, el que pueda tener, le avisaba de que tal novela vendría, y él estaría allí, en su puesto de partero. Sería el primero en saludarla. ¿No es ése el sueño más preciado para un crítico literario, asistir al nacimiento de un gran fenómeno que hubiera pronosticado?
   Sin embargo, Fornet se mostró como un pésimo pronosticador. Ya Miguel Barnet, dirigiéndose en un poema a Ernesto «Che» Guevara, había escrito: «No es que quiera darte / pluma por pistola, / pero el poeta eres tú». Pablo Milanés había retomado estos versos en una canción suya, y podrían citarse textos por el estilo de Roberto Fernández Retamar y de Cintio Vitier. En ese discurso de las armas y las letras, no sólo salían ganando los hombres de armas, sino que los letrados les cedían también la oportunidad de la escritura.
   ¿Qué era entonces eso de una novela de la revolución? Cualquier intento de escribirla no podría apartarse un ápice de la historia oficial. Un narrador metido en esa tarea no tendría margen ninguno, pues únicamente le correspondería confirmar a Fidel Castro. Y es que la novela de la revolución sólo podía escribirla el líder de la revolución. O, aun peor, la novela de la revolución era Fidel Castro.
   Ambrosio Fornet pedía un imposible: una obra de ficción plena de valores literarios que viniera a confirmar la ortodoxia revolucionaria. No me extraña que no alcanzara a saludarla. Tampoco me extraña que él terminara trasladando su curiosidad hacia las obras de algunos escritores exiliados. De exiliados que no cuestionan la legitimidad del régimen al cual él sirve.

(“El único conflicto: pasar de no escribir a escribir”, entrevista. Cuadernos Hispanoamericanos, febrero 2020)

Friday, July 6, 2018

Gilberto Padilla Cárdenas vs. Ambrosio Fornet

En algún punto de ese rancio artículo [El dolorido sentir: Apuntes para una conversación con mis nietos] de Ambrosio Fornet existe una serie de palabras perfectas, serenas y lógicas que yo debo leer para entender por qué mierda alguien lo deja en mi buzón, todos los días durante una semana, a casi cuatro años de su publicación. Suficiente para enloquecer a cualquiera.
   “El dolorido sentir…” es, fundamentalmente, un artículo-denuncia sobre “la hegemonía de los discursos que hoy coexisten (…) en el campo de la crítica literaria y artística cubana”. Es uno de esos artículos preventivos, de esas supuestas bofetadas mentales que cada tanto suenan en este país y que terminan replicadas por todas partes. Los artículos moralizantes son la metadona de los medios cubanos. Un ensayo donde el Premio Nacional de Literatura —un pez viejo y sabio— arremete contra los jóvenes críticos cubanos como una barracuda contra una cucharita de plata.
   “Entre los jóvenes de menos de cuarenta años —sobre todo en los espacios académicos—”, explica Fornet, “parece prevalecer el discurso de la postmodernidad, que opera, como sabemos, sobre una plataforma desterritorializada, por lo que el diálogo con sus voceros se hace sumamente difícil para críticos como yo, acostumbrados a moverse por el territorio nacional, es decir, con los pies en nuestra tierra”.
   Algo extraño y a la postre atractivo de este artículo —aparte de la condición terrícola del autor— es que, al parecer, ha sido redactado desde un profundo desconocimiento de ese mundo académico menor de cuarenta años que critica.
   ¿De dónde saca Ambrosio Fornet que los jóvenes críticos cubanos somos dandis posmodernistas?
   Creo, sinceramente, que Ambrosio Fornet se ha equivocado de generación. Creo que cuando escribe: menores de “cuarenta años —sobre todo en los espacios académicos”, y, para colmo, posesos del posmodernismo, en realidad quería decir Rufo Caballero hace diecisiete años (Sedición en la pasarela. Cómo narra el cine postmoderno, 2001); en realidad hablaba de Roberto Zurbano hace casi un cuarto de siglo (Los estados nacientes. Literatura cubana y postmodernidad, 1996), de Iván de la Nuez hace más de treinta años (“El espejo cubano de la postmodernidad: Más acá del bien y el mal”, 1989), de Emilio Ichikawa hace dos decenios (“La postmodernidad: buscando coordenadas”, 1998), etc.
   Porque, sí, hace más de una década los críticos cubanos se ocuparon del posmodernismo. Era como una rebaja de dos por el precio de uno, algo absolutamente irresistible. Pero alguien tiene que decirle a Fornet que el posmodernismo hoy es para los críticos de mi generación algo tan insignificante como el pedo de un colibrí. Sin efectos especiales. Sin velatorio. The baby is gone.
   Y mientras escribo esto recuerdo una conferencia de Edward Said sobre el racismo latente en los libros de Jane Austen. Él afirmaba que Austen era una escritora rotundamente racista. Pero si no aparece ni un solo negro en todos sus libros, replicó alguien del auditorio. Precisamente por eso, respondió Said. La omisión es la peor forma de racismo. Listo, por ese caminito, Shakespeare es homofóbico y los críticos cubanos somos posmodernistas para Ambrosio Fornet.
   ¿Qué dice Fornet? ¿Qué le preocupa que para sus nietos “lo de la dignidad plena del hombre” no sea más que “el delirio ilustrado de los utopistas de otros tiempos”? En serio, ¿quién le escribe los diálogos?
   Sorprenden algunas otras cosas de su escrito. Sorprende el tono —de Esopo beligerante— que Fornet utiliza para hablar con sus nietos.
   Sorprende su extrema reticencia hacia los términos de la teoría contemporánea —hace pucheros frente al concepto de “capital simbólico” de Pierre Bourdieu; no se traga el arte neomedial—, pero eso no le impidió crear aquel horrible concepto de “cinelitura”. Se cuenta que la primera vez que Fornet usó el término en la EICTV los estudiantes lo miraron como si acabaran de verlo comerse un gato vivo.
   Sorprende además el imperativo de taller literario para narrar la nación. Al parecer, el discurso crítico nacional y el programa Palmas y cañas tienen más cosas en común de las aconsejables.
   Ambrosio Fornet, que tuvo tanto juicio en su momento para ocuparse de nuestra literatura de campaña; cuyas investigaciones sobre el libro en Cuba no han podido ser superadas; cuyas pesquisas sobre la literatura cubana de la diáspora abrieron caminos a dentelladas, ahora está tan desacertado como un meteorólogo nacional.
   Tal vez Fornet debería leerse a sí mismo cuando tenía solo 32 años y le contestaba a José Antonio Portuondo: “creo, como Eliot, que cada generación necesita sus propios críticos, sus propios traductores, su propio público; para interpretar ciertos fenómenos —como para hacer el amor o pilotear un Mig— tener más de cincuenta años es un serio inconveniente”.
   Pero no se entusiasmen demasiado, vean como sigue: “lamento que esta generación no pueda contar con los viejos críticos, aunque solo sea para polemizar en firme con ellos. Porque con críticos extranjeros como [Seymour] Menton no vale la pena […] ¡Y si además de ser malos críticos son gusanos!…”.

(Para una conversación con mis abuelos. Hypermedia Magazine, febrero 2018)

Friday, November 14, 2014

Francisco Morán vs. Ambrosio Fornet

La lectura de Fornet del llamado Quinquenio Gris es sólo un instante parentético entre la década de los 60 que, afirma, se caracterizó por "su colorido y su dinámica interna", por un "relativo equilibrio" y "el consenso en que se había basado la política cultural" y 1976, año en que se anunció la creación del Ministerio de Cultura, y la designación de Armando Hart para ocupar su dirección. Es en ese momento, exactamente, que Fornet tiene una revelación: "Tuve la impresión de que rápidamente se restablecía la confianza perdida y que el consenso se hacía posible de nuevo". No sólo el Quinquenio Gris y el pavonato han quedado atrás, sino que hasta descubrimos la posibilidad de celebrarlos: "los parametrados llevaron sus apelaciones hasta el Tribunal Supremo y éste dictaminó —caso histórico y sin precedentes—," comenta Ambrosio Fornet, "que la 'parametración' era una medida inconstitucional y que los reclamantes debían ser indemnizados". Además, el Quinquenio Gris "con su énfasis en lo didáctico, favoreció el desarrollo de la novela policíaca y la literatura para niños y adolescentes". Si la cuota de horror no fuera tan grande, uno podría darse el lujo de reír. Pasamos —por los corredores de las redadas de homosexuales y los procesos de parametración— de la persecusión policíaca a la novela policial. Es la Revolución Cubana anticipando la Reality TV. Este tránsito resulta particularmente revelador toda vez que al Fornet referirse a Padilla, también nos sale al paso el contubernio entre el policía y el escritor: "A cada rato oíamos decir que estaba muy activo como consultor espontáneo de diplomáticos y periodistas extranjeros de tránsito por La Habana, a los que instruía sobre los temas más disímiles". El imperfecto sugiere la llegada puntual de los informes, de los chismes, de las denuncias. Y añade: "Y un buen día de abril de 1971 nos llegaron rumores lamentables, que luego se confirmaron como hechos: que había estado preso —por tres semanas, según unos, por cinco, según otros…—; y que iba a hacer unas declaraciones públicas en la UNEAC". Entre aquello que "oíamos decir" y la fecha exacta de los rumores que llegan después, falta algo: ¿es que no se produjo ningún rumor en el momento mismo de la detención de Padilla? Y otra vez, ¿quiénes, qué compañeros eran los encargados de hacer llegar, trasmitir, propagar esos rumores? Pero, a pesar del carácter siniestro de estas memorias; a pesar de los horrores a los que alude Ambrosio Fornet, nada le provoca tanta repulsa como la censura a Ese sol del mundo moral, de Vitier, en 1974, hecho que llega a considerar como crimen "de lesa cultura y hasta de leso patriotismo".
   Hay algo, sin embargo, en que tenemos que darle en parte la razón a Ambrosio Fornet. Según él, "por fortuna" las Palabras a los intelectuales, "ha servido desde entonces —salvo durante el dramático interregno del pavonado— como principio rector de nuestra política cultural". No; esas Palabras han sido el "principio rector" de la política cultural cubana —y nótese el autoritarismo implícito en la noción de rector, que rige—, sin interrupción, desde el momento en que fueron dichas. Así nos explicamos que de aquel encuentro con los escritores e intelectuales cubanos, sólo nos hayan llegado —para no variar— las Palabras de Castro. El título incluso borra a esos mismos intelectuales y escritores como sujetos al inscribirlos como meros receptores, escuchas, de las Palabras a ellos dirigidos. Ambrosio Fornet llama "Filósofos del tiempo detenido o Egiptólogos de la Revolución cubana" a quienes en el extranjero, le preguntan "sobre hechos ocurridos hace treinta o cuarenta años, como si después del 'caso Padilla' o la salida de Arenas por Mariel no hubiera ocurrido nada en nuestro medio". No dice, se le olvida decirlo, que también esas preguntas se están haciendo ahora en Cuba. Prefiere ignorar también que hay quienes —como Reina María Rodríguez y Víctor Fowler al referirse a la desactivación de Ponte de la UNEAC— están preguntando por hechos ocurridos no treinta o cuarenta años atrás, sino más recientemente. Y siguiendo la propia lógica de Ambrosio Fornet, tendremos que suponer, entonces, que la aludida desactivación de Ponte —por no mencionar más que un ejemplo— tuvo lugar bajo el principio rector de las Palabras a los intelectuales. ¿O no? Finalmente, ¿qué habría que objetar o ridiculizar en los "Egiptólogos de la Revolución cubana"? Estudiar la egiptología de la Revolución Cubana ofrece, cuando menos, una ventaja: permite al menos hacernos una idea de cómo tienen lugar los procesos de momificación, y hasta incita el saqueo de las tumbas reales. Quizá sea eso lo que está en juego ahora: la protección de pirámides y mastabas.

(Una ponencia gris: las artes de embalsamador de Ambrosio Fornet. Encuentro en la red, Feb. 2007)

Thursday, June 12, 2014

Fermín Gabor vs. Ambrosio Fornet (2)

De haber sido bailarín de profesión, lo suyo habría sido el danzón sin salir del ladrillito. Si artista plástico, algún conceptualismo que desaconsejara el caballete. Dedicado a diseñar edificios, la coartada de Mies van der Rohe: "Less is more". Como chef, la cocina al vacío. Modisto, la doctrina de Diana Vreeland en Harper's Bazaar: "La elegancia es negación". (No resulta díficil, dado lo poco practicado de su arte, imaginarle cualquier otro destino: Ambrosio es la cuquita perfecta.)
(…)
   Desde hace varios años la consigna oficial privilegia el ahorro de papel: luego de un Jaime Sarusky, de una Graziella Pogolotti, de un Leonardo Acosta, de un Humberto Arenal, de un Luis Marré, premian a Pocho. No es descabellado suponer que la gente del Ministerio (no me refiero al de Cultura ni al del Interior, sino a la sinergia entre ambos) procura establecer una mitología del silencio.
   No perdamos tiempo, pues, en disquisiciones (que si Sarusky no es mal periodista... que si Pogolotti fue excelente profe... que si Acosta tocaba la batería o el saxo... que si Arenal tiene una hija actriz... que si Marré fue interés erótico de Virgilio Piñera... que si Fornet es buen consejero editorial...). Preguntémonos, mejor, qué se ha premiado en la ausencia de obra del último galardonado. Preguntemos por le silence de Ambroise.
   De entrada, queda descartada la hipótesis del estilismo y el rigor que castra. ¿Estilista él? Cualquier página suya podría publicarse como artículo de Pedro de la Hoz (por citar un ejemplo), sin que nada ocurriera.  A nadie la daría un yeyo, ni siquiera a Pedro de la Hoz.
   Tampoco es de creer que la mucha lectura le haya pasmado obra. Quien habla de lo muy leído que es Ambrosio no ha tenido nunca un modesto armarito con volúmenes ni gastó foto suya en carné de biblioteca. Fornet va por la vida tan apertrechado de lecturas como cualquier mortal puede estarlo de música: unos estribillos heredados de los padres, buena parte del cancionero de la edad pepilla y dos o tres éxitos posteriores escapados del cuarto de los hijos. Lo suyo es de temboteca: Flaubert, Faulkner, Carpentier, los muchachones del Boom, los becaditos Seneles, y paren de contar.

(La Lengua Suelta # 57. La Habana Elegante, segunda época)

Friday, April 26, 2013

Ambrosio Fornet sobre su “Quinquenio Gris”

No tengo reparos en pedirles disculpas a tantos compañeros que, habiendo sufrido en carne propia los abusos del pavonato —el más cruel de los cuales fue sin duda su muerte civil como profesionales, a veces por períodos prolongados— consideran que el término Quinquenio Gris no es sólo eufemístico sino incluso ofensivo, porque minimiza la dimensión de los agravios y por tanto atenúa la responsabilidad de los culpables. La mayoría de esos compañeros —no todos “parametrados”, por cierto, algunos simplemente “castigados” por sus desviaciones ideológicas, las que se corregían trabajando duro en la agricultura o en una fábrica— proponen la alternativa de Decenio Negro. Respeto su opinión, pero yo me refería a otra cosa: a la atmósfera cultural que he venido describiendo, en la que además se programó el entusiasmo revolucionario y lo que había sido búsqueda y pasión se convirtió en metas a cumplir. Si los indicadores cambian, es lógico que las fronteras cronológicas y las pigmentaciones cambien también. Si en lugar de definir el pavonato por su mediocridad lo defino por su malignidad, tendría que verlo como un fenómeno peligroso y grotesco, porque no hay nada más temible que un dogmático metido a redentor y nada más ridículo que un ignorante dictando cátedra. Hay hechos del período —incluso de finales del período— que pueden considerarse crímenes de lesa cultura y hasta de leso patriotismo, como lo fue el veto que en 1974 se le impuso a la publicación en Cuba de Ese sol del mundo moral, de Cintio Vitier, un ensayo martiano y fidelista que explica como pocos por qué la inmensa mayoría de los cubanos se enorgullecen de serlo. Como buenos guardianes de la doctrina, los censores advirtieron de inmediato que no era una visión marxista de la historia de Cuba. Así que apareció primero en México que aquí; de hecho, aquí demoró veinte años en publicarse, no sé si por inercias dogmáticas o por simple desidia editorial.

(Conferencia, Habana, enero 30, 2007)

Thursday, January 17, 2013

Fermín Gabor vs. Ambrosio Fornet

En estas siete décadas ha escrito bien poco (tres o cuatro libros solamente), lo cual daría a Padura la razón si acaso no nos preguntáramos dónde diablos estará el “A passage to India” de este Forster nacido en Bayamo cuya principal ocupación, además de desmochar parcialmente textos de sus discípulos que deberían ser totalmente desmochados, ha sido anunciar durante años el advenimiento de “la Novela de la Revolución”. 
   Incapaz o desganado para escribir un ejemplo de ésta, su papel ha sido el de comadrona. Pero, al ver que el parto era de elefanta, demorado hasta no ocurrir, ha decidido más recientemente cambiar el chucho y estudia ahora la literatura del exilio. Pasa de pujador de novela ñángara a convertirse en nuestro más ilustre diásporólogo. (En realidad, Fornet se había ocupado antes del exilio literario cubano: puede verse algún ensayito suyo sobre Alejo Carpentier, exiliado en la Embajada de Cuba en París.)
   Es Fornet quien presenta en sociedad habanera a los desconocidos escritores del exilio, él quien les presta reconocimiento. Antiguo propugnador de la novela policíaca revolucionaria donde las Miss Marples cederistas convertían en chatino a cualquier personaje que quisiera largarse del país, ahora su curiosidad es lepideroptológica y de signo contrario: le interesan las mariposas que antes fueron gusanos. Ha convertido una empresa exportadora de novelas revolucionarias en empresa mixta importadora de escrituras del exilio. Y es quien fija en La Habana el precio de la libra en pie de escritor ido.
   Asiduo visitante de universidades norteamericanas, Ambrosio Fornet es la carta obligada que las instituciones oficiales cubanas imponen a esas universidades en sus programas de intercambio. En correspondencia con esto, al terciar en un diálogo ocurrido entre Abel Prieto y un importante profesor universitario cubanoamericano de visita en la isla, cuando tal profesor propuso intercambio de estudiantes entre ambos países, Fornet no esperó por respuesta del Ministro y aseguró que las instituciones cubanas sólo estaban interesadas en que viniesen estudiantes norteamericanos a la isla y no en que fueran cubanos a Norteamérica. (Universidades yumas, sólo para él. Y, de modo aledaño, para su parentela: el hijo y la nuera terminaron estudios en universidades de México.)
   La literatura cubana no cuenta con mayor escritor ágrafo que Ambrosio Fornet. Contemplar, desde la altura de casi ningún libro, esos setenta años de vida transcurrida resulta un triunfo de nuestra haraganería idiosincrática. Nadie como él ha celebrado entre nosotros la siesta mental, y saber que recorre los campus universitarios del norte no puede menos que llenarnos de alegría y de orgullo. 
   Lo mejor suyo, advierten sus discípulos, se obtiene en la amistad cercana. No hay que buscarlo en los libros que se ha negado a escribir lo mismo que un Sócrates. Pocho (que así lo llaman sus cercanos) lo entrega generosamente cuando, después de algún silencio apreciativo y apartando la pipa de sus labios, asevera: “Definitivamente Franz Kafka es el autor de La Metamorfosis”. O en fecha más reciente: “Sostengo que el exilio de Severo Sarduy transcurrió en tierras francesas”. 

(La lengua suelta # 4, La Habana Elegante, segunda época)