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Monday, September 7, 2020

Gilberto Padilla Cárdenas vs. la ciencia ficción cubana

Yo leer ciencia ficción cubana no se lo deseo a nadie. ¿Para qué escribir si no puedes usar el término “cefalomo”? Quiero decir que hay un mundo de autores que sodomizan palabras compuestas (“astropuerto”, “geosincronía”, “retroláser”, etc.) y se inventan cosas insólitas (un postperro, por ejemplo) y militan en géneros risibles (fantaciencia, poesía especulativa) y publican libros de portadas dudosas —con letras en WordArt—, formando sagas sobre la destrucción del mundo o el apocalipsis del espacio-tiempo; y me parece muy bien, pero tengo cosas mejores que hacer que sufrir su sintaxis. Porque si hay una historia de la literatura que es la del derribo periódico de los límites de la imaginación narrativa, esa historia no contempla la ciencia ficción cubiche: en su gran mayoría, hecha hoy de peluche y orejitas puntiagudas.

(Tráiganme la cabeza de Carlos Manuel Alvarez. Hypermedia Magazine, marzo 2019)

Wednesday, April 15, 2020

Gilberto Padilla Cárdenas sobre la Generación 0 (2)


Ay, como ven todo esto de la Generación Cero resulta apestosamente romántico: un grupo de escritores que saben que no van a vender más de cincuenta ejemplares —a pesar de intentarlo con muchas ganas— y algunas editoriales que no tienen empacho en publicarlos. Por ejemplo, Abril, Ediciones Loynaz, Extramuros, Unicornio, Oriente, Ediciones Matanzas, etc.: que levanten la mano aquellos que hayan comprado alguna vez un libro de Extramuros. Pues eso. Ya sabemos que las editoriales cubanas son como el Titanic, con la diferencia de que aquí nadie huye, todos siguen y siguen publicando, aunque el barco se hunda.
   Pero necesito unos segundos de reflexión para tratar de explicarles qué diablos pasa con los narradores de la Generación Cero y por qué muchos de sus libros me parecen de una ridiculez inenarrable. Digamos para empezar que se trata de textos que no tienen o no conducen al clímax. O como también se le conoce en el CENESEX: “templar sin venirse”.
   Lo de la Generación Cero es la narrativa tántrica.                                                                 
   “Hay que recordar que la meta del sexo tántrico”, advierte Wikipedia, “no es la eyaculación o el orgasmo, sino potenciar los sentidos mediante besos, caricias y miraditas para que fluya la energía sexual”. Les voy a explicar cómo funciona esto: no funciona. Como dar clases de yoga con una cabra.
   Sin embargo, la crítica literaria cubana lee libros que te empujan a la llamada “eyaculación interior” y cree —salvo raras excepciones: Atilio Caballero (“La Cuban X Generation según Osdany Morales”), por ejemplo— que no hay nada que decir al respecto. No lo comentan Walfrido Dorta & Mónica Simal en su dossier para la Revista Letral; no lo menciona Duanel Díaz en Una literatura sin cualidades; Caridad Tamayo cacheó más de cincuenta escritores cubanos “nacidos a partir de 1977, es decir, de hasta treinta y cinco años” a la hora de preparar Como raíles de punta, y sobre esto ni pío; ni siquiera lo apuntan las yumas Emily A. Maguire y Rachel Price; tampoco dice nada Pardo Lazo en su prólogo, ni una sola palabra sobre no eyacular.
   Me he imaginado a un lector de Cuba in Splinters yendo a por las novelas de la Generación Cero, buscando esa “nuevarrativa” que dice el otro, y encontrándose lo de eyacular en la mente. ¿Qué pensará ese lector? ¿Que la literatura cubana es esta bonhomía?
   El caso es que me puse a buscar en mi biblioteca, con aquellos comentarios y estas reflexiones en la cabeza, un término más adecuado para describir buena parte de la narrativa cubana contemporánea. Un término mejor que aquello de “narrativa tántrica”. Se me ocurrió enseguida la palabra “posdrama”. ¿Qué es el posdrama? Pues si pensamos en una novela como si fuese una maleta (“¿Cómo sabemos lo que tenemos que meter en una maleta?”, apunta David Mamet en Verdadero y falso, “La respuesta es: depende de adónde tengamos que ir”), lo posdramático consiste en narrar todo aquello que no está en función del viaje; lo que dejamos fuera…
   Era eso, en efecto, una literatura jodidamente sinflictiva, inargumental, que no va de nada —más dietario abierto que otra cosa— y que apenas se puede subrayar. Una literatura de escenas, no de argumentos, como un praxinoscopio roto. Porque lo posdramático no aporta nada al panorama literario cubano, al menos no en la Generación Cero; nada que no se pueda describir con palabras como “fracaso”, “aburrimiento”, y, por supuesto, “mediocridad”. Solo entonces es posible entender por qué los narradores cubanos consiguen plata más fácilmente agitando una lata vacía en la puerta del baño de hombres del Sauce, que publicando libros; cuando luego es imposible decir de qué se tratan.
   Qué rompecabezas, ¿no?
   Supongamos que en el siglo XX cubano la novela alcanzó la perfección. Era así como debía hacerse una novela. Capítulos y partes, descripciones y atención a los detalles, casi siempre un narrador en tercera persona que se deja llevar por el estilo indirecto libre; planteamiento-nudo-desenlace, generalmente pocos diálogos y un final climático. Alejo Carpentier, en suma.
   Ahora bien, llega el nuevo milenio. Rostros nuevos entran en escena. Publican libros. Pero, ¿cómo diferenciar a un escritor de la Generación Cero, ya que estamos, de Alejo Carpentier, si ambos tuviesen que narrar la misma fiesta? Carpentier se ocuparía de la fiesta en sí: el ambiente y la música, del ecosistema de la farándula, con los más elaborados protocolos: “de plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados; de plata los platos fruteros, de tres bandejas redondas, coronadas por una granada de plata; de plata los jarros de vino amartillados por los trabajadores de la plata; de plata los platos pescaderos con su pargo de plata hinchado sobre un entrelazamiento de algas…”, algo por el estilo. Un narrador de la Generación Cero, en cambio, narraría no la fiesta en sí, sino cómo se preparó para el dichoso party: los preliminares. Todo ello entreverado con el relato de sí mismo.
   Personalmente, no puedo ya más con tanta gente en Cuba hablando de sí misma. No puedo más con esos personajes que se llaman como el autor, ni con esos cameos generacionales en los libros. Esto ha llevado a que existan novelas cubanas donde la auténtica trama emula la estructura dramática del “Amigo secreto”. Ejemplo al azar: en Papyrus (Osdany Morales) hay cameos de Jorge Enrique Lage y Raúl Flores; en El color de la sangre diluida (Jorge Enrique Lage) asoma la cabeza Adriana Zamora; en Días de entrenamiento (Ahmel Echevarría) sale Orlando Luis Pardo Lazo; en No sabe/ No contesta (Legna Rodríguez Iglesias) entra Jamila Medina; Oscar Cruz y José Ramón Sánchez también se han dado palmaditas de un libro a otro… y que pase el que sigue. Nunca antes las letras cubanas fueron tan claramente un patio de colegio.
   Los libros de esta época son como el juego de las sillas musicales, que se dejó de jugar cuando un puñado de nombres se largó del país, otros ocuparon escaños en la institucionalidad, y un grupo menor se convenció de lo patético de esa conflagración y decidió que con ellos se terminaba la melodía.
   Ahora la Generación Cero lo que celebra es el día del Egresado.
   Los rasgos de esta autoficción narrativa son muchos:
   1) El uso de “lo cubano” como impedimento. Si estos autores fueran de Chicago o de Roma, tendrían más traducciones que ahora lectores. Pero los pobres son de Lawton, de Oriente, de Mayabeque…
   2) ¡Sacar a tu novia por su nombre de pila!
   3) Hacer un crucigrama con tu vida y la de tus amigos.
   4) Ordenar la historia de la literatura cubana de tal modo que la propia obra se vuelva inevitable. Porque ninguno de estos narradores de la Generación Cero tiene demasiados problemas en buscarse abuelo en Guillermo Cabrera Infante, tío en Guillermo Rosales, fratría en Reinaldo Arenas.
   5) Transformar cualquier verbo de acción en tinglado egomaníaco, en fin, en esa tontería que hoy se resume en un selfie.
   Cry me a river!
   Me he imaginado en el futuro perdido dentro de una librería buscando un libro cubano, un poemario o una novela minoritaria; me he imaginado recurriendo al librero para localizarlo, y que me diga, después de cubrir con un ademán medio establecimiento: “Todo esto es Generación Cero, el resto es literatura”.

(Con dos que se quieran… ya tenemos Generación Cero, Hypermedia Magazine, enero 2020)

Friday, March 13, 2020

Orlando Luis Pardo Lazo sobre Gilberto Padilla Cárdenas


Las metaforitas animales están agotadas desde Diáspora(s) y la juancarlosfloridad. Gilberto Padilla tiene que parar. Llegó tarde a todo. No pudo poner una sola acción, sólo palabras. All talk, no action (diría el míocid Donald J. Trump). Entendemos su soledad. Es garcíamarquiana y pázica (y amanerada). Pero no estamos para él, ni tampoco para sus reciclajes de acontecimientos que no vivió en tiempo y forma, excepto como parodia cultural. No lo queremos, porque él no sabe querer, porque él no es la esperanza del mundo. En más de un sentido (y esto no es una crítica sino un encomio, un reconcomio), Padilla es el Amaury Pérez Vidal de la escritura en la Cuba del siglo XXI: porta la razón, pero única y exclusivamente la razón. Y razón sin corazón es carencia constitucional. Ya no estamos allí, nunca estuvimos. Lo proteico y lo prometeico lo espanta. Yo hice un huraco. Si los espectadores no lo habitaron, peor para ellos. Pero el huraco sigue siendo el huraco y yo digo heroicamente hipostasiando.

(publicado en la red, diciembre 2019)

Monday, February 3, 2020

Gilberto Padilla Cárdenas vs. Antonio Rodríguez Salvador


Pasó con “Un turista en el país del proletariado”, obituario de Roberto Fernández Retamar a la cuenta de Carlos Manuel Álvarez. (“¿Para quién escribe este muchacho?”, se lee en una bochornosa réplica de Antonio Rodríguez Salvador, que bien podría ser un heterónimo de aquel Leopoldo Ávila de la revista Verde Olivo. “Por su lenguaje tabernario podemos conjeturar para quién lo hace”, dice, y minutos después, como quien no quiere la cosa, desliza la palabra “CIA”).

(¿Quién necesita un crítico en una isla desierta? Hypermedia Magazine, agosto 2019)

Tuesday, December 17, 2019

Gilberto Padilla Cárdenas sobre la Generación Cero


Pero fue debajo del mosquitero cuando me di cuenta de que para entender la lógica de las generaciones literarias en Cuba, lo más recomendable es olvidarse de todos esos libros insubrayables, de la catarata de antologías; incluso de José Antonio Portuondo (La historia y las generaciones), y ver Animal Planet.
   “¿Qué hacen esos murciélagos?”, pregunta la enfermera de turno, señalando dos animales que parecen estar besándose en una especie de parodia a lo Disney del cortejo humano.
   “Son murciélagos vampiros”, le digo como si estuviera entrecomillado, “uno de ellos está regurgitando sangre dentro de la garganta del otro”.
   “¡Aj! Ojalá no hubiera preguntado”.  
   “Cuando los murciélagos vampiros vuelven de una noche fuera”, dice la voz en off de Morgan Freeman desde el fondo del televisor, “el que ha tenido suerte comparte a veces su cena ambulante con los que están en ayunas. A primera vista parece altruismo, pero un murciélago ahíto solo comparte la sangre con otro con el que tiene un acuerdo recíproco para el caso de que las circunstancias se invirtieran, por lo que en realidad es una estrategia de supervivencia”.
   ¿Acaso no es esta la lógica de la Generación Cero? Ahmel Echevarría regurgitando sangre en la garganta de Dazra Novak; Orlando Luis Pardo Lazo regurgitando sangre sobre sí mismo; Legna Rodríguez Iglesias regurgitando sangre en la garganta de Jamila Medina; Jorge Enrique Lage regurgitando en la garganta de Osdany Morales; Raúl Flores en la garganta de Michel Encinosa; Lizabel Mónica en la garganta de Lia Villares; Oscar Cruz en la de José Ramón Sánchez, Abel Fernández-Larrea en la de…, y así sucesivamente como un poema de Gertrude Stein o un reguetón bellaco.
   (Esta columna no va de eso, pero qué jodido es ser murciélago: defecas bocabajo; solo puedes follar seis semanas al año; toda la colonia entra en celo al mismo tiempo; a las hembras solo les interesa una cosa: tu esperma. Tienen una especie de truco ginecológico para mantenerlo dentro de sus vísceras hasta el momento en que quieren quedarse preñadas. Entonces se van a una cueva semillero en algún lugar caliente —donde solo se permite la entrada a las hembras— para tener sus crías. Su índice de mortalidad infantil es una vergüenza).
   Apelar a la estrategia generacional —en un país que supone que cualquier manuscrito encontrado de Lezama, escrito cuando tenía 13 años, es más interesante que lo que sea que tú y tus amigos publiquen—, le ha dado resultado a esta (de)generación de autores.
   Algo tenían que inventarse, porque ya se sabe que las editoriales cubanas —pastoreadas por el Estado— hacen una especie de coaching insoportable, el coaching de un país que no deja de recordarte lo mal que está el resto del mundo. El Estado cubano es como ese coach motivacional que te dice: “Lo creas o no, eres un escritor con suerte. A tus treinta años te has librado de sufrir las consecuencias del capitalismo salvaje, del mercado, de los contratos denigrantes que firman miles de escritores, de tener dos y tres trabajos nada literarios para sobrevivir; a tus treinta años, además…”, y te sacan un montón de cosas absurdas: la necrofilia, hemorroides, el labio leporino… “Lo creas o no, eres un escritor con suerte porque te has librado de todas esas cosas que hacen a los escritores de otros países desdichados, insatisfechos, quebrados, desesperados…”, aunque no vacilas ni un instante en considerarte a ti mismo un tipo desdichado, insatisfecho, quebrado y desesperado…
   Por cierto, en el prólogo de Cuba in Splinters, Orlando Luis Pardo Lazo narra todo esto que ni Spielberg en Salvar al soldado Ryan.
   Fue debajo del mosquitero cuando me di cuenta de que muchos exponentes de la Generación Cero creen que tienen una obra, pero todo lo que tienen son currículos. Esto   —que sus currículos parecen expedientes de la EIDE Mártires de Barbados— lo pueden comprobar ustedes mismos: Primer Premio de Gimnasia Rítmica, Accésit de Ajedrez, Mención Especial en Nado Sincronizado…, leemos en los expedientes de los deportistas. Primer Premio de Poesía Corcel de Fuego, Accésit El dinosaurio, Mención Especial en el Concurso Internacional de Cartas de Amor Escribanía Dollz…, leemos en las hojas de vida de nuestros escritores.
   ¿Qué tiene que ver una mención en el Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas con la literatura? Nada en absoluto.    
   Hablemos claro: en la nómina de la Generación Cero hay algunos autores —ya ni tan jóvenes ni tan “jóvenas”, como diría Nicolás Maduro— a los que, creo yo, parecía que les gustaba leer, y no sé por qué se impone que si te gusta leer tienes que escribir. ¿Qué relaciona una cosa con otra? A mí me encanta dormir y no por eso me pongo a hacer una cama.
   Cuánto se echa de menos en Cuba aquel concepto que acuñara Cyril Connolly en los años cuarenta del siglo XX: la menopausia del escritor. Era aquello de que un autor podía empezar con grandes ambiciones, con la aspiración atolondrada de hacerle sombra al mismísimo Shakespeare, pero que siempre llegaba un momento en el que tenía que reconocer que su talento no daba para más. Que la historia de la literatura cubana, por ejemplo, no va a cambiar por él.
   Se pueden leer muchos eufemismos sobre la Generación Cero: que si es una “literatura sin cualidades”, que si “nuevarrativa”, que si se trata de una “literatura menor”, de escritores “inadvertentes”, que lo suyo es “no mostrarse como inscripción sino como textualidad efímera”…, pero ¿a qué viene tanta levadura semántica? ¿Se puede reunir más épica de la nomenclatura (“cero”) en una sola palabra? O, dicho de otro modo: ¿se puede acertar más que con Generación Cero? A mí la etiqueta “Generación Cero” —alternativa apocopada del otrora “Generación Año Cero”— me pareció siempre algo más que una declaración de principios o de musculación, puede que sea incluso una petición de benevolencia.
   Seamos benévolos, porque que con la Generación Cero todo es literatura. Oye, ¡todo es literatura cubana! Mi iPhone es literatura, mi Instagram es literatura, mi teta y mi pubis depilado son literatura, mi pene es superliterario, mis preferencias sexuales son literatura, mi disidencia…
   Pero me desvío. Otro dato curioso sobre la tradición literaria cubana, que también aprendí de Animal Planet, es que los koalas recién nacidos se comen las heces de sus madres porque sus intestinos no están preparados para digerir las ramas del eucalipto; hasta que la bacteria que descompone el eucalipto no está firmemente instalada en el cuerpo del bebé, su madre le prepara potitos con su mierda. Es decir, que el koala se desarrolla y se prepara para enfrentarse a su nueva vida comiendo la mierda de su progenitora. No se me ocurre nada mejor para describir el presente de esta Generación en la Isla.
   Las próximas “Maquinaciones”, al igual que el libro de Mark Oliver Everett (Things the Grandchildren Should Know), estarán escritas en plan: “Cosas que los nietos deberían saber sobre la Generación Cero cubana”.
   Literatura —como dirían Residente & Bad Bunny— bien, bien bellacosa.

(La Generación Cero y la mierda de los koalas. Hypermedia Magazine, diciembre 2019)

Friday, May 3, 2019

Gilberto Padilla Cárdenas regala libros de Leonardo Padura

Durante los seis últimos años he tratado de extinguir mis 125 ejemplares de Leonardo Padura. Los utilicé para elevar el monitor de mi computadora. Tapé la luz que entraba por los cristales de las ventanas de mi cuarto con algunos. Intenté regalar la tetralogía a mis amigos, pero “las cuatro estaciones” son como las películas de Jean-Claude Van Damme: una la toleras, las demás parecen refritos. Puse anuncios clasificados en revolico. Escribí artículos —con enlaces a mis anuncios— para estimular las ventas. Traté de canjearlos por otros libros que sí me interesaban. Y, de todos modos, la cantidad de ejemplares apenas disminuye.
   De modo que aquí estoy de pronto ante una caja con noventa o cien libros de Padura, libros que deben de costar unos 1000 euros fuera de Cuba. Su autor ha tardado años en escribirlos, la editorial Tusquets han invertido miles de euros en publicarlos, así como innumerables horas en corregirlos y en diseñar sus melancólicas portadas; hasta han desembolsado un poco más de dinero para reeditarlos. Y yo con todas estas ediciones cubanas estorbando en mi clóset…
   Solo me queda apelar a los desconocidos.
   Tú, si buscas libros gratis de Leonardo Padura, ya sabes qué hacer: escríbeme.

(¿Leerías los libros de Padura si fueran gratis? Hypermedia magazine, octubre 2018)

Friday, July 6, 2018

Gilberto Padilla Cárdenas vs. Ambrosio Fornet

En algún punto de ese rancio artículo [El dolorido sentir: Apuntes para una conversación con mis nietos] de Ambrosio Fornet existe una serie de palabras perfectas, serenas y lógicas que yo debo leer para entender por qué mierda alguien lo deja en mi buzón, todos los días durante una semana, a casi cuatro años de su publicación. Suficiente para enloquecer a cualquiera.
   “El dolorido sentir…” es, fundamentalmente, un artículo-denuncia sobre “la hegemonía de los discursos que hoy coexisten (…) en el campo de la crítica literaria y artística cubana”. Es uno de esos artículos preventivos, de esas supuestas bofetadas mentales que cada tanto suenan en este país y que terminan replicadas por todas partes. Los artículos moralizantes son la metadona de los medios cubanos. Un ensayo donde el Premio Nacional de Literatura —un pez viejo y sabio— arremete contra los jóvenes críticos cubanos como una barracuda contra una cucharita de plata.
   “Entre los jóvenes de menos de cuarenta años —sobre todo en los espacios académicos—”, explica Fornet, “parece prevalecer el discurso de la postmodernidad, que opera, como sabemos, sobre una plataforma desterritorializada, por lo que el diálogo con sus voceros se hace sumamente difícil para críticos como yo, acostumbrados a moverse por el territorio nacional, es decir, con los pies en nuestra tierra”.
   Algo extraño y a la postre atractivo de este artículo —aparte de la condición terrícola del autor— es que, al parecer, ha sido redactado desde un profundo desconocimiento de ese mundo académico menor de cuarenta años que critica.
   ¿De dónde saca Ambrosio Fornet que los jóvenes críticos cubanos somos dandis posmodernistas?
   Creo, sinceramente, que Ambrosio Fornet se ha equivocado de generación. Creo que cuando escribe: menores de “cuarenta años —sobre todo en los espacios académicos”, y, para colmo, posesos del posmodernismo, en realidad quería decir Rufo Caballero hace diecisiete años (Sedición en la pasarela. Cómo narra el cine postmoderno, 2001); en realidad hablaba de Roberto Zurbano hace casi un cuarto de siglo (Los estados nacientes. Literatura cubana y postmodernidad, 1996), de Iván de la Nuez hace más de treinta años (“El espejo cubano de la postmodernidad: Más acá del bien y el mal”, 1989), de Emilio Ichikawa hace dos decenios (“La postmodernidad: buscando coordenadas”, 1998), etc.
   Porque, sí, hace más de una década los críticos cubanos se ocuparon del posmodernismo. Era como una rebaja de dos por el precio de uno, algo absolutamente irresistible. Pero alguien tiene que decirle a Fornet que el posmodernismo hoy es para los críticos de mi generación algo tan insignificante como el pedo de un colibrí. Sin efectos especiales. Sin velatorio. The baby is gone.
   Y mientras escribo esto recuerdo una conferencia de Edward Said sobre el racismo latente en los libros de Jane Austen. Él afirmaba que Austen era una escritora rotundamente racista. Pero si no aparece ni un solo negro en todos sus libros, replicó alguien del auditorio. Precisamente por eso, respondió Said. La omisión es la peor forma de racismo. Listo, por ese caminito, Shakespeare es homofóbico y los críticos cubanos somos posmodernistas para Ambrosio Fornet.
   ¿Qué dice Fornet? ¿Qué le preocupa que para sus nietos “lo de la dignidad plena del hombre” no sea más que “el delirio ilustrado de los utopistas de otros tiempos”? En serio, ¿quién le escribe los diálogos?
   Sorprenden algunas otras cosas de su escrito. Sorprende el tono —de Esopo beligerante— que Fornet utiliza para hablar con sus nietos.
   Sorprende su extrema reticencia hacia los términos de la teoría contemporánea —hace pucheros frente al concepto de “capital simbólico” de Pierre Bourdieu; no se traga el arte neomedial—, pero eso no le impidió crear aquel horrible concepto de “cinelitura”. Se cuenta que la primera vez que Fornet usó el término en la EICTV los estudiantes lo miraron como si acabaran de verlo comerse un gato vivo.
   Sorprende además el imperativo de taller literario para narrar la nación. Al parecer, el discurso crítico nacional y el programa Palmas y cañas tienen más cosas en común de las aconsejables.
   Ambrosio Fornet, que tuvo tanto juicio en su momento para ocuparse de nuestra literatura de campaña; cuyas investigaciones sobre el libro en Cuba no han podido ser superadas; cuyas pesquisas sobre la literatura cubana de la diáspora abrieron caminos a dentelladas, ahora está tan desacertado como un meteorólogo nacional.
   Tal vez Fornet debería leerse a sí mismo cuando tenía solo 32 años y le contestaba a José Antonio Portuondo: “creo, como Eliot, que cada generación necesita sus propios críticos, sus propios traductores, su propio público; para interpretar ciertos fenómenos —como para hacer el amor o pilotear un Mig— tener más de cincuenta años es un serio inconveniente”.
   Pero no se entusiasmen demasiado, vean como sigue: “lamento que esta generación no pueda contar con los viejos críticos, aunque solo sea para polemizar en firme con ellos. Porque con críticos extranjeros como [Seymour] Menton no vale la pena […] ¡Y si además de ser malos críticos son gusanos!…”.

(Para una conversación con mis abuelos. Hypermedia Magazine, febrero 2018)

Wednesday, May 16, 2018

Gilberto Padilla Cárdenas vs. el Premio Nacional de Literatura

Es complejo: el Premio Nacional, la verdad, no prestigia demasiado. O, mejor dicho, ya no prestigia como antes. (Pienso en la época en la que Lorenzo García Vega lo ganó con Espirales del cuje). De hecho, es más bien un premio político o social o arqueológico. Un premio para decir que damos un premio anual, que el Estado o los ministros saben algo de literatura, son cultos, que han leído a Manuel Cofiño, Marta Rojas o algo así. Un premio que tiene que ver con el presente más que con la posteridad: los ajustes y lobbies y acuerdos y votaciones en cierto modo reproducen la instantánea perfecta de lo que sucede en el país: no country for young men.
   Basta sentarse a conversar con alguien que haya sido jurado en alguna edición (Garrandés o Fowler, por ejemplo) para enterarse una a una de las mezquindades y sacar a la luz rencillas, sabotajes, conspiraciones, complejos etarios, acuerdos bajo la mesa, arbitrariedades y egoísmos varios. La miseria casi documental de cierta intelectualidad que no esquiva el cinismo y que es, en el fondo, un medidor implacable, paródico, para leer la cubanidad. No voy a delatarlos aquí pero luego de escucharlos, y recordando ese penoso Game of Thrones, habría que pensarlo dos veces a la hora de dedicarse a la literatura en Cuba.
   Y mientras escribo esto, recuerdo un juego de mi infancia: el Juego de las Estatuas. Sus reglas, según Rodrigo Fresán, son más o menos así: “uno de los participantes se ubica de espaldas al resto y, de tanto en tanto, se da vuelta de improviso. Ante su mirada de Gorgona, el resto —que tiene que ir avanzando hacia él desde el fondo del paisaje, solo cuando este petrificador no los mira— debe paralizarse en las posiciones más absurdas. Si alguno de ellos tiembla o cae o no puede soportar la súbita pose con gracia y equilibrio es prontamente eliminado. Si alguna de las estatuas logra llegar hasta el monstruo y tocarle la espalda sin haber sido condenado, entonces ganará la partida y ocupará el sitio del fulminante destructor de estatuas. Y volver a empezar”.
   Ahora imaginemos este juego en el contexto intelectual cubano, donde —a juzgar por el Nacional, que lo transforma todo en culebrón: el mundo se divide entre amigos y enemigos del candidato, se retiran saludos, se borra gente de la agenda telefónica y se afilan las dagas—, ganar un premio es, literalmente, ganarle la espalda a alguien.
   ¿La razón? En los últimos años, la literatura cubana parece a lo más un oficio para pícaros, una carrera de funcionarios; una revelación amenizada con el sonido de un espejo quebrándose. Esa carrera (el funcionariado literario), hay que decirlo, algunos la corren y ganan con ventaja. Saben hacerla. Pienso en el caso de Miguel Barnet, ostentando hoy tres presidencias: la de la Unión de Escritores y Artistas (UNEAC), la de la Fundación Fernando Ortiz y la Presidencia de honor de la Sociedad de Perros Chihuahuas de Cuba. Pero me desvío. El Premio Nacional no tiene que ver con el canon sino con el presente, con el poder y los favores concedidos, con la amistad o con los enemigos de los que haya que vengarse.
   (Si uno se introduce en el misterio de las realidades paralelas —una espiral donde descubres que Miguel de Carrión borroneaba Las impuras mientras James Joyce escribía el Ulises—, detecta que el mismo año de la muerte de Gastón Baquero le conceden el Premio Nacional de Literatura a Carilda Oliver Labra —bautizada por Reinaldo Arenas en El color del verano como Karilda Olivar Lúbrico.)
   No es un espectáculo agradable. Pero hay que verlo. Hay que ver los egos incinerarse una y otra vez mientras se arman las guerrillas —urbanas y de emails— y la basura sale a la luz. Por supuesto, es mejor no ganarlo. Reina María Rodríguez estuvo a punto de confesarlo en su discurso de recibimiento (“me costó trabajo escribir algo para este momento, con la conciencia de que obtener un Premio Nacional pueda convertirse en un límite para seguir luchando contra lo que no puedo: escribir mejor y hacer algo por la literatura cubana”). Perderlo da más dignidad literaria, tiene más encanto, más estilo. Uno puede ser candidato eterno al Premio y, en cierto modo, congratularse de ello. Así está José Kozer, derrotado por la geografía. (En uno de sus muchos poemas —la cifra total de poemas de Kozer, más de 10970, parece salida de un cuentamillas—, titulado para colmo de males “Acta”, se lee: “Cuba, candado”. En otro: “Véase como siempre acaba en lo mismo”.) Pero todas sus cicatrices, la sola presencia de aquellos moretones absurdos de tanto pelear y no ganar, termina por revelar respeto.
   Se sabe: no da más dinero, pero se vive más feliz. O, literariamente hablando, con menos enemigos. Porque si te ganas el Premio Nacional te conviertes en carne de cañón. Y luego, cosa extraña: das un mal paso, resbalas y caes y tienen que enyesarte y en el hospital descubren que tienes alguna fatalidad y que te queda poco tiempo. Una catarata de males.
   Así, es mejor esperar que ganar, vivir del prestigio de ser un eterno postergado antes que someterse a la presión de correr en la lista negra que el jurado va a considerar con cierta afectación, con una seriedad política pero no estética. Así, hay veces —sobre todo después de 2011, sobre todo después del Premio a Nersys Felipe— en que uno piensa en que es mejor que no haya Premio; que es mejor que el lector de la literatura local no esté sometido a la pantomima de un espectáculo a ratos tan lamentable como un circo.
   Por supuesto, uno entiende el valor del Premio, pero también comprende el hecho de que hace un buen tiempo se desdibujó en una trama rarísima de acuerdos secretos y maquinaciones extraliterarias. Hay que tomar en cuenta seriamente el Nacional, pero es una seriedad que tiene algo de comedia negra y reguetón. A fin de cuentas, ni Alejo Carpentier ni José Lezama Lima ni Virgilio Piñera son Premios Nacionales de Literatura.

(Kozer, el derrotado. Hypermedia Magazine, julio 2016)

Wednesday, April 18, 2018

Gilberto Padilla Cárdenas vs. la crítica literaria cubana

Desde Yale, el profesor y crítico literario villaclareño Roberto González Echevarría nos recuerda a los ensayistas cubanos que estamos en ruina. “La crítica cubana la hacen burócratas y comisarios, por lo que yo puedo ver”, dice desde la más cerrada, la más claustrofóbica, la más extrema de todas las provincias de Cuba: la famosa provincia número 16, la Cuba de la diáspora.
   Este tipo de declaraciones pertenece a una amplia tradición completamente nacional, la de ubicar en Cuba todas nuestras miserias, postergaciones y olvidos. Es una cosa bíblica.
   Efectivamente, el clima intelectual cubano es provinciano. Lo es porque Cuba es una aldea. Somos lo que siempre hemos sido, taínos irracionales, acallando cualquier debate a golpe de chismes (o “guerritas de e-mails”), siguiendo en manada a algún vejete de turno, destruyendo al que asoma mucho la cabeza, o ejerciendo el matonaje sobre el que disiente. Y no hay razón, en la mente de algún profesor cubano-americano, para que surja entre los náufragos de esta isla desierta otra cosa que unas chalupas para abandonar la playa. Cuando las chalupas son destrozadas por las olas, todos volvemos a revivir el argumento de El Señor de las moscas.
   Pero ver en la crítica literaria cubana, como en la literatura, solo ruinas es justamente hacer gala de lo que una y otra vez nos ha desvalijado como cultura. Ser un profeta de la nada es una muestra viviente de esa flojera intelectual que es la marca de fábrica de la inteligentzia nacional. Es ese el vicio cubano por antonomasia, el descuido escondido tanto en el desánimo como en la hiperactividad, tanto en el entusiasmo acrítico, como en el nihilismo.
   No hay nada, no hay nadie; entonces, no tengo que hacer esfuerzo para entender lo que efectivamente hay. ¿Y espléndidas novelas comoEl último día del estornino, de Gerardo Fernández Fe, o Archivo, de Jorge Enrique Lage, y los cuentos de Osdany Morales, para solo hablar de la narrativa más reciente? ¿Habrá leído González Echevarría un libro como El mapa de sal, de Iván de la Nuez?
   Buenos o malos, los textos cubanos caen casi todos en ese vacío. Pueden tener miles de lectores o ninguno, pero carecen de una lectura. La lectura de un Harold Bloom, una Michiko Kakutani o de un Ignacio Echevarría que, equivocados o no, construyen una jerarquía, ejercen una influencia. Venden.
   El principal problema de los críticos literarios cubanos es que nadie —y cuando digo nadie quiero decir exactamente: ninguna editorial o revista verdaderamente cardinal fuera de Cuba— les hace absolutamente ningún caso. Y ya sabemos —está feo decirlo, pero no hay remedio—, que una notita de cualquier diletante en El País logra vender más ejemplares que el más trabado dossier de La Gaceta de Cuba.
   (Un amplio sector de la investigación psicológica y económica ha demostrado que la gente paga diferentes sumas por el mismo artículo dependiendo de quién lo suministra. El economista Richard Thaler, en su estudio “Cerveza en la playa”, de 1985, demostró que una persona que toma el sol y tiene sed pagaría 2,50 dólares por una cerveza servida en las dependencias de un hotel, pero solo 1,00 por la misma cerveza si esta procede de una tienda de comestibles común. No sé bien cómo relacionar a La Gaceta de Cuba con esa quincalla común, pero la conclusión de Thaler está increíble.)
   Pero me desvío. ¿Dónde están los críticos literarios cubanos? ¿Qué leen? ¿De qué hablan cuando publican en los semanarios extranjeros? ¿Por qué apuestan?
   No lo sé. El oráculo no funciona. La borra de té Lipton en el fondo de la taza no es concluyente. Al parecer, el crítico cubiche vive una disyuntiva: escribe casi exclusivamente sobre muertos y siglos pasados, pero tiene que convertirlos en lo único que no pueden ser: en acontecimientos urgentes. Así, indagan acerca de si Virgilio Piñera montaba o no bicicleta, si Carpentier habló de fútbol, o si Julián del Casal posó alguna vez vestido de mosquetero. Necesitan los almohadones de la tradición. Son nuestros Bartlebys.

(Los críticos cubanos preferirían no hacerlo. Hypermedia Magazine, julio 2017)

Monday, March 26, 2018

Gilberto Padilla Cárdenas vs. Luis Álvarez

Zapeo entre 50 libros y 200 ensayos —la patética cifra es cortesía de Trabajadores— de Luis Álvarez. (Qué jodida y extravagante es la realidad nacional: resulta que Álvarez ha escrito más que David Foster Wallace, Denis Johnson y David Markson juntos. ¡El “hijo ilustre de la ciudad de Camagüey” ha escrito más que Harold Bloom! Eso pasa con los datos: están por todas partes pero horrorizan al crear estadística. Ejemplo al azar: A Kurt Vonnegut le negaron la beca Guggenheim el mismo año que se la concedieron a Miguel Barnet; de ahí salió aquella pésima novela titulada La vida real). Uno sobre la oratoria martiana. Zap. Un manualito sobre el Caribe en su discurso literario, en coautoría con Margarita Mateo (que casualmente también presidió el jurado del premio). Zap. Una compilación de título grandilocuente: Pensar la cultura en cubano. Zap. Otro sobre Guillén. Zap. Algo llamado Circunvalar el arte. Métodos cualitativos de investigación de la cultura y el arte. Zap.
   Bruce Springsteen tuvo razón al cantar: “Cincuenta y siete canales y nada que ver”.
   Ayer mismo les preguntaba de sopetón a unos amigos bastante cultos si podían recomendar un libro de Luis Álvarez, cualquiera; y no. Al parecer, la literatura cubana ha avanzado a niveles casi esotéricos.
   Miren mi drama: deberían abundar las citas de Álvarez que mostraran su talento como ensayista. ¿Ustedes han encontrado por ahí a alguien que cite a Luis Álvarez? ¿Algo como “En el Caribe, dentro de su turbulencia historiográfica y su miedo etnológico y lingüístico, dentro de su generalizada inestabilidad de vértigo y huracán, pueden percibirse los contornos de una isla que se “repite” a sí misma, desplegándose y bifurcándose hasta alcanzar todos los mares y tierras del globo” (Antonio Benítez Rojo) o “La literatura es […] un arte del tatuaje: inscribe, cifra en la masa amorfa del lenguaje informativo los verdaderos signos de la significación” (Severo Sarduy)?
   ¿Cuál es la gran frase que ha escrito Álvarez entre las más de 1000 páginas que ha escrito? ¿Cuál es su gran libro? ¿Cuál la gran idea? Yo quiero leerla y necesito que los clones del camagüeyano me ayuden, porque soy tan tonto que solo leo “En verdad, Crónicas de lo ajeno y lo lejano, de Rinaldo Acosta —libro inusitado en el magro panorama de la reflexión cubana sobre las corrientes de la literatura más allá de la Isla—, me ha resultado por completo impactante desde que lo leí” o “En los estudios sobre el Caribe, se ha tenido en cuenta la magna obra de Ferdinand Braudel El Mediterráneo, en la que este investigador […]  traza un panorama orgánico y sumamente convincente de la unidad cultural que, por encima de todas las divergencias —lingüísticas, religiosas, culturológicas, económicas, etc.—, constituye el Mediterráneo”.
   Otra cosa que leo es que, al parecer, Luis Álvarez no dejaría Camagüey ni para casarse con Kate Moss.
   “Cuando necesito, no inspiración, sino vitaminas, energía, ganas de trabajar”, anota Ignacio Echevarría en “Monólogo del pistolero”, “leo una o dos horas de Conrad y me dan ganas de seguir siendo escritor. Cuando estoy desmoralizado leo el suicidio de Madame Bovary. Shakespeare me resulta realmente fértil: abres algo al azar y encuentras frases enigmáticas […] Hay autores que te dejan puertas entornadas que tú tienes que abrir”.
   Es duro. Es cruel. Es políticamente incorrecto decirlo, pero yo creo que Luis Álvarez es un ensayista sin estilo. Una puerta cerrada. Para aquellos mentalistas que pierden el sueño tratando de sexuar la escritura —que si literatura femenina, que si literatura gay, que si el falocentrismo—, la prosa del camagüeyano es como los caracoles: hermafrodita.
   Se sabe: esto del Premio Nacional es casi una cuestión de feromonas: elegir provoca en los jurados un subidón de dopamina. Pero, ya que estamos, ¿cómo se elige un Premio Nacional? Una persona X, perteneciente a una institución Y —uso variables para transmitir sensación de rigor— se pasa una semana enviando emails a varias decenas de personas e instituciones (la UNEAC, la Fundación Alejo Carpentier, la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, el Instituto de Literatura y Lingüística, la Casa de las Américas, la Academia Cubana de la Lengua, entre otras) para que postulen a su escritor favorito o pongan puntos a tres que les gustaron mucho. Luego se suma todo eso, se divide, se hace una derivada, se da un salto mortal y se saca una tabla en Excel con cinco o seis autores que todos sabíamos que iban a acabar en esa tablita. (A veces, todo hay que decirlo, llegan a la tablita nombres insólitos como Lina de Feria o Waldo Leyva).
   Es indudable que, cuando la gente vota, se hace democracia; sin embargo, el sufragio no tiene nada que ver con la literatura cubana. La literatura cubana no es lugar para saldar las deudas.
   Da la impresión de que nuestro honorable jurado del Premio Nacional (Margarita Mateo, Marta Lesmes, Marilyn Bobes, Arturo Arango y Enrique Pérez Díaz) no reconoce la literatura nacional, sino que la inventa con un entusiasmo similar al de Phil Collins cantando “El ciclo vital” en El Rey León.

(Luis Álvarez gana el Premio Nacional de Literatura por error. Hypermedia Magazine, enero 2018)

Thursday, January 5, 2017

Gilberto Padilla Cárdenas vs. Daniel Chavarría

A pesar del enjambre de reediciones del uruguayo que siempre zumba en la Feria del Libro, ni Adiós muchachos, ni Príapos se encuentran en ninguna librería. Para no hablar de Viudas de sangre (¿alguien se ha detenido en el número de páginas de Viudas…? En la literatura cubana es solo superado por Misiones, de Reinaldo Montero). Es increíble el gusto por el modelo Chavarría. La gente deja de leer a Rubem Fonseca (El gran arte), a Ricardo Piglia (Blanco nocturno), a Cristina Rivera Garza (La muerte me da), para leer a Chavarría. Alguien dirá que si todo el peligro es que los cubanos sigan leyendo a Chavarría, estamos dispuestos a correrlo, y con gusto, pero sucede que es optimista hablar de un mero “peligro”, pues de hecho la situación se congeló, y cientos de cubanos han seguido leyendo sus novelas, intercambiando solo sus novelas de manera endogámica. Y lo peor: se reproducen entre ellos. Han creado un ecosistema: el Chavarría Park, un cantón de lectura incestuosa con el ADN en ámbar del uruguayo. Y ya se sabe —lo notamos por la variedad de malformaciones congénitas en ciertos territorios latinoamericanos— las consecuencias de la redundancia genética: testículos ectópicos, labios leporinos, espinas bífidas, atresias duodenales, etc. Sobre la etiología de estas malformaciones, comenta Umberto Eco en La definición del Arte:

   Uno de los motivos de la deseducación estética del público, proviene del sentido de esa inercia estilística, del hecho de que el lector o espectador tiende a gozar solo de aquellos estímulos que satisfacen su sentido de las probabilidades formales (de modo que solo aprecia melodías iguales a las que ya ha oído, líneas y relaciones de las más obvias, historias de final generalmente “feliz”).

   Creo innecesario aclarar que si esta lógica es cierta, los lectores de Daniel Chavarría dentro de poco serán los espectadores de Tras la huella.
   Cierro con una anécdota. Una vez le escuché comentar a Chavarría que había escrito su novela X (juro que no recuerdo cuál) porque estaba corto de plata. Para mí esa es la mejor declaración de principios estéticos hecha por un Premio Nacional de Literatura: no escribir para sí, ni para la posteridad, ni para el pueblo (whatever that means), sino para los únicos lectores a su altura: los que pagan los derechos de autor.

(Todo Chavarría por un Padura. OnCuba Magazine, julio 2016)

Friday, December 16, 2016

Gilberto Padilla Cárdenas sobre la literatura “selfie” (Wendy Guerra, Pedro Juan Gutiérrez, Leonardo Padura)

La “fotografía de escritor”, un género con el mismo grupo sanguíneo del retrato, facilita también una posible hermenéutica del texto. Parece descabellado y extraliterario, pero funciona. Pensemos en las imágenes de Wendy Guerra desnuda —made in Mordzinski— como una anticipación de su literatura selfie. Vemos esas fotos hermosísimas en Soho y luego tenemos la herramienta precisa para leer Ropa interior. Esos desnudos tienen el rol de asegurarnos un protocolo de lectura. Es más, en algunos casos creo que la literatura de Wendy no es más que un intento desesperado de lucir a la altura de sus propias fotos, de poder habitar aquel imaginario que no se consolida del todo en su prosa. Wendy Guerra escribe con la cámara frontal del iPhone como si su smartphone fuera el espejo de Stendhal.
   Pienso en un escritor como Pedro Juan Gutiérrez, concentrando pavorosamente sus fetiches cosméticos: el ron, el tabaco, los collares religiosos, su tatuaje, la azotea de un país en ruinas (Cartier Bresson habría hecho una fiesta con este muchacho), para fundirse con aquel universo de mártires y héroes amalditados de su Trilogía sucia de La Habana.
   En Leonardo Padura fotografiado en Mantilla, tratando de ser un escritor empático, alguien que escribe desde un barrio parecido al nuestro.

(Literatura selfie. Revista El Estornudo, mayo 2016)

Friday, October 28, 2016

Gilberto Padilla Cárdenas vs. las antologías

Se me ocurre una sola razón para publicar antologías en Cuba: la polémica. En un país donde la literatura es algo que hay que resucitar a diario, hacer una compilatoria —no importa el tema— es un modo más o menos seguro de conseguir algo de revuelo mediático y romper la inercia insular. (Las antologías son “máquinas de hacer prensa”, decía Fogwill.)
   Desde aquel disparate intitulado La generación de los años 50  (Letras Cubanas, 1984) —donde Luis Suardiaz & David Chericián cambiaron a Roberto Friol por Frank País y a Heberto Padilla por Raúl Gómez García, es decir: poetas por patriotas— hay una larga tradición nacional donde las antologías son bombas de racimo en una guerrilla literaria que ha dejado mutilados y muertos en el camino. Escenarios de DotA. Porque hasta la más académica de las compilaciones (pienso en aquellos tomos de Leonardo Sarría, Golpes de agua, sobre la poesía cubana de tema religioso) ha provocado alguna que otra herida en la piel de los autores nacionales. Sin ir más lejos, el poeta Oscar Cruz —gestor de The Cuban Team: los once poetas cubanos— recibía hace un par de meses una florida réplica escrita por Yoandy Cabrera. Varias razones motivaban la ira de Cabrera —“el uso de los artículos determinados (the y los) en el título […] del ejemplar en cuestión”; la autoinclusión de Oscar Cruz “dentro del team con plena consciencia de ser parte de lo que él llama ‘coalición’”; un error de cálculo en la página 9; que Oscar Cruz no explicara o, mejor dicho, no explicara suficientemente bien, según Cabrera, su criterio de selección; que pueda interpretarse que “Oscar Cruz es hoy a la poesía cubana lo que Leo Messi al Barça”—, pero es una ira algo aleccionadora del espíritu del género, las ronchas en la piel sensible de turno. Una dermatitis de contacto.
   Por otro lado, dejando los conflictos aparte, se trata de una curiosa —y algo torpe, a ratos— tradición nacional: nuestras mejores antologías literarias son aquellas que hacen de sus imperfecciones un ejercicio de estilo, capturando estados de ánimos, consignando errores o vanidades y valentías para la posteridad. Hay de todo en eso. Efectos diversos: la voluntad generacional y marketinera de Orlando Luis Pardo Lazo en Cuban in Splinters (O/R Books, 2014); la minuciosa territorialidad de Como raíles de punta (Sed de Belleza, 2012), de Caridad Tamayo, donde el mapa es más importante que el territorio; el karma de superarse a sí mismos de ciertos escritores autocanonizados en Mañana hablarán de nosotros (Dos Bigotes, 2015); el infiernillo provinciano de El sol eterno. Antología de jóvenes poetas holguineros (Ediciones La Luz, 2009), y un largo y generoso etcétera.
   Cada uno de esos textos es una foto sacada a un presente de nuestra literatura. Ahí están sus vicios desechables, flaquezas, mezquindades y horrores. Sus modas. Sus guerras. Sus preferencias sexuales. Están los ejercicios de sobrevivencia, las lecturas del día, las poses y mohines de nuestro pensamiento, de nuestra ficción y poesía. Pero también está otra idea de que las buenas antologías son escrituras sin escritura por parte de los antologadores. Porque no hay nada más osado que escribir una novela o un poemario con la literatura de los otros. ¿Acaso no fue eso lo que hizo Jorge Luis Arcos con la poesía de José Kozer en No buscan reflejarse (Letras Cubanas, 2001)? Hay cierto morbo en eso. Los buenos antologadores son así, gente que es capaz de cortar y pegar la obra ajena como si fuera propia, buscando hilos, oscureciendo e iluminando sentidos, trazando conspiraciones y descubriendo secretos. Armando complots, en suma. (“A un hipotético coleccionista de narrativa cubana contemporánea, ¿qué piezas deberíamos descubrirle? O mejor dicho: ¿hacia qué clase de textos podríamos llevarlo, como se lleva una presa al desfiladero?”, se pregunta Jorge Enrique Lage en La zona & la mezcla, una excelente antología de “novela corta de autor” cubana.) Gente que simplemente supera su silencio con la voz de los otros, que hace de sus obsesiones un kit para armar. Y esa, por cierto, no es una mala consigna y tiene de algo de cuentapropista, de hazlo tú mismo.
Las antologías son como departamentos de solteros: las medias al lado del teclado, la cama sin hacer, las cazuelas mugrientas; uno conoce la intimidad del compilador. Su relojería.
   El desierto bibliográfico cubano está plagado de antologías, compilaciones que mueren y son reemplazadas de inmediato, como si fueran las mascotas que nunca tuvimos. Otros tenían dálmatas o hamsters mientras que nosotros teníamos antologías: una sucesión larguísima de libros (Jorge Luis Arcos llegó a contabilizar nada menos que treinta antologías de poetas cubanos entre 1994 y 1999) que durante más de cincuenta años no cesó, porque, en parte eran, siguen siendo, el regalo preferido de un padre pobre que no sabía qué carajos regalarle a un país de hijos sumamente difíciles de regalar. Así, hay antologías cubanas que son guías telefónicas (pienso enAnuario 1994. Narrativa). Otras que son muestrarios: cuatro blancos, tres negros, un pinareño, dos gays, un travesti, un comunista. Antologías teñidas (Poetas de color, de Francisco Calcagno). Antologías que han desarrollado vida inteligente, con autores democráticamente elegidos por sufragio (El martillo y la hoz y otros cuentos, de Rafael “Isliada” Grillo). Antologías sobre gordas (Ni más ni menos gorda, de Teresa Medina). Antologías superlativas (Los últimos serán los primeros. Antología de los novísimos cuentistas cubanos, de Salvador Redonet). Antologías político-administrativas. Programáticas. Homoeróticas. Antologías cyberpunks. Y mientras escribo esto, recuerdo una página de Meditraiciones, de Jesús David Curbelo: “me he enterado de que están preparando una antología de poetas con trastornos cardiovasculares, la cual, sin duda, inaugurará la escuela poscardiópata en la poesía cubana”.
   Pero digan lo que digan, una buena antología —como la mentada La zona & la mezcla, de Jorge Enrique Lage— siempre es arbitraria e inútil. Un tipo de libro insatisfactorio por excelencia. Siempre irónico. Lleno de errores, de olvidos, de presencias injustificadas. “Una antología”, dice Lage, “si es algo, es la necesidad inmediata de otra antología. Otros autores, otras historias. Otras lecturas”. Tiene razón. Pero una buena antología es también otra cosa: un golpe contra el canon, contra las buenas conciencias de la literatura cubana, esforzadas como están por mantener la cosmética estúpida de nuestro país.

(Talco. Hipermedia Magazine, abril 2016)

Monday, August 15, 2016

Gilberto Padilla Cárdenas vs. “Diálogo con mi sombra”, de Pedro Juan Gutiérrez

En esas aguas mansas, Diálogo con mi sombra —una auténtica joya del kitsch— luce bastante menos problemático. Uno descubre, por ejemplo, que Pedro Juan Gutiérrez es un pésimo entrevistador de sí mismo. Que se comporta como un obseso de su propia mitología. Que sus recuerdos de infancia son dignos de Conan el bárbaro: “Nos metíamos nadando, en unos canales inmensos, con mangle rojo en las orillas. Y por el lado de nosotros nadaban los caimanes y los manatíes”. Que es tal vez el narrador cubano vivo más leído por la gente que no lee ni el periódico. Que comenzó a escribir cuentos a los 44 años porque a esa edad ya era imposible hacer lo de Rimbaud —a los 19 años, con una precocidad genial, el poeta francés ya había escrito toda su obra—, pero todavía podía hacer lo de Anthony Burgess: triunfar después de los cuarenta. Que convierte las obviedades biológicas en genialidades de culebrón: “Yo, de adolescente, todavía no escribía, me masturbaba”. Que su perfil es exactamente igual al de Rubem Fonseca. Que escribe libros donde las cifras revelan más que las palabras. Que cinco de sus novelas cortan Centro Habana en pedacitos y la sirven en bandeja como un sushi. Que piensa y actúa como si el Premio Calendario no existiera: “No está bien publicar un libro a los veintitantos y después no saber qué más puedes escribir porque no tienes experiencia vital, simplemente”. Que se dice a sí mismo todas las noches: no soy un escritor de best seller, no soy un escritor de best seller, “soy un long seller”. Que tal vez Pedro Juan sea el más perfecto publicista de sí mismo (“Escribo desde la experiencia personal. De un modo exhibicionista. Es un striptease. Me desnudo ante el lector. Y lo seduzco”). Y que cada cierto tiempo, siguiendo una gramática misteriosa, utiliza la interjección “uff” —toda una visión de un escritor adulto.
   Pero —alerta de spoiler—, a diferencia de James Ellroy (que investiga y recrea en My Dark Places, sin ocultar nada, los últimos días de vida de su madre violada y estrangulada en 1958 y cuyo asesino jamás fue descubierto), de Roman Polanski (que narra en Roman by Polanski cómo un buen día recibió la noticia de que su mujer, la actriz y modelo estadounidense Sharon Tate, había sido salvajemente apuñalada —16 veces— y colgada del techo —a dos semanas de dar a luz— por acólitos de Charles Manson), de Paul Auster (que escribió La invención de la soledad para desentrañar el supuesto suicidio de su abuelo paterno, Harry Auster, asesinado, ni más ni menos, que por su propia abuela), a Pedro Juan Gutiérrez no le ocurre absolutamente nada en Diálogo con mi sombra. Es aburridísimo. Un autobombo espeluznante. No es que haya que sugerir de paso que fracasar, morir asesinado o ser adicto es la opción más literaria de todas, pero lo más emocionante que hace Pedro Juan es llevar la estadística de su propia obra y tener sexo con superabuelas de 80 años.
   Si algo queda claro después de leer Diálogo con mi sombra, es que Pedro Juan Gutiérrez no es Charles Bukowski —que inventó dos tercios del llamado dirty realism—, y que ni siquiera es Pedro Lemebel, a pesar de intentarlo con muchas ganas en la portada. (Basta ver las cubiertas de los libros cubanos para saber de qué va cada una de nuestras editoriales. A la rápida: Letras Cubanas lucha, preferiblemente, por medio de artistas plásticos muertos o en decadencia; Arte y Literatura hace usos dudosos o impresentables del photoshop; en la José Martí campea el mal gusto; Tablas Alarcos prueba con los colores estridentes; Unión usa todos los anteriores y no se decide por ninguno.) Pedro Juan Gutiérrez juega así, en el libro, a enturbiarse más que aclararse. Como en aquella película de Christopher Nolan, Inception, con un argumento tan inextricable que los personajes tenían que detener la acción para explicar que todo se trataba de un sueño dentro de otro sueño, en Diálogo con mi sombra leemos cosas como esta: “Estoy conviviendo con Pedro Juan desde septiembre de 1994, cuando, juntos, empezamos a escribir Trilogía sucia de La Habana […] No somos amigos, ni hermanos, ni amantes, ni compañeros de viaje, ni colegas de esquizofrenia. No. Yo soy yo. Y él es mi sombra. […] Y además, ha encontrado su propia sombra: John Snake. […] Pedro Juan Gutiérrez tiene su sombra, que es Pedro Juan y este engendró su propia sombra que es John Snake”. Sentarse para comprenderlo. El Bukowski tropical —así lo bautizó un editor español— se vende como laberinto, pero en realidad es una línea recta.
   La idea es corrosiva, pero creo que Pedro Juan Gutiérrez es el último exponente de un modelo de literatura cubana que está agotado como género; cierta literatura cardinalmente habanera, donde la única fuerza de gravedad es la necesidad; esa clase de narrativa hiperrealista que fue un boom hace veinte o veinticinco años, quedando por estos días —con la venia de las editoriales extranjeras— congelada como un artefacto de época. Ficciones —ahora sin riesgo— que alguna vez necesitamos para construirnos una imagen de país terminal. Y si Trilogía… es un libro del hambre (“Me quedé solo […]. Sin muebles, sin dinero, sin comida, sin nada”), Diálogo con mi sombra está escrito con el estómago lleno: “Lo cierto es que cada vez me alejo más de ese caribeño insoportable, machista y grosero. Y me acerco más a los otros dos [Pedro Juan]. El sofisticado y el místico ganan espacio”.
   Para terminar, la sensación extraña de que Pedro Juan Gutiérrez es un exoesqueleto armado con lugares comunes, párrafos repetidos, algo de porno; un tipo que suda historias; que no puede dejar de narrarse, como si ese fuera su único destino: ser persona o personaje, encarnarse en ficción, hacerse mentira.
   Confesión: a pesar de todo, uno disfruta Diálogo con mi sombra —porque es un libro engreído, tremendista y lo suficientemente ridículo como para pasar un buen rato—, del mismo modo que disfruta las malas películas de terror.

(La biopausia. Revista El Estornudo, abril 2016)

Thursday, June 30, 2016

Gilberto Padilla Cárdenas sobre el Premio Nacional de Literatura

Imaginemos una película de dos partes. En la primera hay un grupo de candidatos. Es diciembre. O enero. Da lo mismo. Hay un jurado. Testosterona. Estrógeno. Pasa lo que no tiene que pasar. Lo irremediable. Se hacen grupúsculos impares. Conciliábulos. Intentan ser discretos pero al final todo se sabe. Alguien se entera. Una llamada o un email. La discusión dura dos horas y media de una película de tres. Se elige un ganador. Besos y música de fondo (algún tema de José María Vitier). Termina la primera parte de la película.
   La segunda parte es la que menos nos interesa. El eco en todas las revistas cubanas. La hagiografía. Una nueva sección en la Gaceta de Cuba. En ese lapso el naciente Premio Nacional es acuchillado y sobrevive, es estrangulado y sobrevive, es apaleado y sobrevive. Le sacan fotos. Incluso alguna gigantografía. Naturalmente, la fotogenia no tiene nada que ver con la buena literatura. (Pienso en Thomas Pynchon, el escritor norteamericano con más fama de recluido e invisible: la casi única foto que se le conoce es la del anuario del college. La foto de un nerd.) Pero hay en todo ello una lección interesante: en cierto modo, la danza del Premio Nacional puede ser relatada como una liturgia vaticana: la tensión, los rumores, el humo blanco en los jardines de la UNEAC, las nominaciones inútiles de las instituciones, las habladurías de algunos periodistas sobre el supuesto vínculo de la Semana de Autor de la Casa de las Américas, el secretismo de la Academia Cubana de la Lengua, terminan recordando todos los años al método de elección de un nuevo Papa. Porque sí, algunos de nuestros Premios Nacionales de Literatura huelen más a conspiración de pasillo. A susurro. A cónclave. A ensalmo. A velas encendidas. A Giordano Bruno quemándose en la hoguera. A una novela de Dan Brown, a fin de cuentas. De ahí que sería interesante que este año, gane quien gane, aconteciera con el Premio Nacional lo mismo que pasó luego del cónclave que eligió a Benedicto XVI, cuando unos cardenales filtraron a la prensa lo que sucedió en la elección; todos esos tira y encoge que convirtieron a Ratzinger en Papa.
   Como lector, pienso que por acá falta una versión taquigráfica de las broncas del jurado del Premio Nacional de Literatura. Una versión estenotipia que no esquive el resentimiento; la intimidación; el sociolismo; las anécdotas intercambiables como sexo rápido; los criterios de algunos ensayistas donde suena la insensatez a todo volumen. Esas actas serían, cómo no, un best seller, un libro negro, un verdadero testimonio al filo de la combustión.
   Por supuesto, no sé quién podría publicar tal libro. Qué casa editorial cubana se atrevería a transformar toda esa grasa en literatura, todo ese montón de personalidades –“los grandes escritores disertando/ con camisas de hilo”, como dice Oscar Cruz– en tiro al blanco.
   Los lectores que se llevaron las manos a la cabeza de asombro con Polémicas culturales de los 60 –un libro publicado con un delay de cuarenta años–, no sabrían cómo asimilar tanto presente sin la correspondiente taquicardia. Porque en Cuba no estamos acostumbrados a ser contemporáneos. No hay inmediatez editorial. Vivimos en una especie de flash back. Levemente anacrónicos. Nuestro tiempo es el tiempo de las narraciones de Proust. (El pasado es a los editores cubanos lo que los ponis, estribos, arcos y flechas eran a los mongoles.) Esa sería, parafraseando a Jorge Luis Borges, la supersticiosa ética de las editoriales cubanas. Oyeron que el presente está contraindicado y demorarán veinte o treinta años en publicar las polémicas de hoy; aun cuando no hay ninguna razón para suponer que probablemente los desacuerdos que se originen esta tarde sean menos excelentes que los que se produjeron hace cien años. En realidad, puede haber buenas razones para esperar exactamente lo contrario.
   No estaría mal que pasara eso este año. Que publicaran las verdaderas actas del jurado. Sin hervir. Sin hipoclorito. Hemos estado esperando, año tras año, que le otorguen el Premio Nacional de Literatura a José Kozer, y, obvio, nos corresponde también enterarnos de la enjundia. De la discusión. Quién votó a quién, qué le interesaba, qué odiaba, cuáles pactos podrían haber quedado detrás del asunto. Por supuesto, algunas amistades quedarán rotas. Alguien estará despotricando de ese libro en alguna parte. Alguien hará el papel de Víctor Mesa en las últimas temporadas, guardando su traje de gala, manteniendo a su equipo en el dugout, pensando en todas esas fiestas del mañana que no llegarán, prendiendo el televisor semanas después para ver el documental de Julita Osendi sobre el ganador. No es agradable. La elección –porque sí– de un Premio Nacional de Literatura todos los años tampoco lo es.
   Demasiadas vacantes.

(Cónclave. OnCuba Magazine, octubre 2015)

Friday, June 10, 2016

Gilberto Padilla Cárdenas vs. revistas cubanas: Amnios, La Siempreviva

Imprimir una revista como Amnios le cuesta a nuestro país alrededor de 3000 CUC, con su respectivo contravalor en moneda nacional. De estos, al menos la mitad hubiera sido más prudentemente invertida si alguien la hubiera arrojado como volantes desde un avión sobre el río Almendares.
   (…) recuerdo un número de La Siempreviva —una revista que, en más de un sentido, parece estar en desacuerdo con su nombre— que abría con el siguiente rótulo: “La narrativa que viene”. Y acto seguido, nuestros pretendidos escritores del futuro. La lista en sí misma era casi un subgénero de la ciencia ficción: Luisa Campuzano, Astrid Santana, Mayra Montero, Miguel Mejides, etc. Era como estar sentado en un enorme sofá demasiado relleno con tapetes sobre los brazos y el respaldo. Recuerdo que pensé: ¿esta será la literatura cubana del futuro? Me sentí irlandés. Fantástico, hemos descubierto lo que ya sabíamos: la literatura cubana no es eso que muchas veces corre por nuestras publicaciones seriadas. Una cerveza abre más las puertas de la percepción —cuando de literatura contemporánea se trata— que algunas revistas nacionales. Trabajar con esos “documentos” —como se lee en un poema de José Ramón Sánchez— es como “tener una vida sexual a base de pajas”. El número 5 de La Siempreviva, por ejemplo, parece ser un laboratorio de especulación sobre la irrealidad.

(Píldoras. Revista El Estornudo, marzo 2016)

Wednesday, January 6, 2016

Gilberto Padilla Cárdenas vs. “Diario (1951-1957)”, de Alejo Carpentier

(…) su Diario [Letras Cubanas, 2013] es uno de los peores libros que he leído en mucho tiempo. Lo recomiendo justamente por eso. Porque es tan malo que vale la pena leerlo: el ir y venir de un hombre enfrascado en algunas de las opiniones más mezquinas que he conocido; la cara B de un escritor que cambió la literatura cubana para siempre. El Diario de Alejo Carpentier es tan malo que es memorable.
   Lo sabe cualquier narrador: la belleza de la literatura de un gran autor no necesita ser casi descrita, con dos o tres trazos la imaginamos perfectamente; la fealdad en cambio, o la mediocridad, tiene que sernos descrita con precisión, con cuidado, para que la creamos. Eso pretende esta columna.
   Manos a la autopsia: hace más o menos dos años, Diario (1951-1957) irrumpía en nuestro panorama editorial con un cóctel de homofobia, algún que otro chisme de salón y, sobre todo, un montón de escombros deslizándose sobre el despeñadero. Ojo: Les aviso que gran parte de las psicologías interiores de Carpentier parecen sacadas del programa de Oprah: lo vemos lidiando con su ominosa homofobia (“lástima que a veces su humorismo”, nos dice a propósito de Sigi Weissenberg, “responda a un cierto espíritu homosexual que detesto cada vez más [… como] cuando toca el primer pasaje de la Rapsodia de espaldas al piano, con el culo sobre las teclas”); con una idea del amor gay digna de Walt Disney (“yo creía que, al menos, había una recompensa de tipo espiritual, por vías de una mayor comprensión posible entre dos seres más semejantes a lo que son la mujer y el hombre”); con dictámenes literarios que apestan y se descomponen solos (“¿cómo un escritor se permite la osadía de mover un personaje ciego sin haber estado ciego? […] Un escritor consciente solo debe hablar de oficios que ha practicado, de enfermedades que ha padecido, de idiomas que habla, de lugares que ha visitado, de personajes —mujeres sobre todo— que ha conocido íntimamente, lo demás es mala literatura”); subrayando a lápiz frasecitas de André Gide que bien podrían pertenecer a libros de autoayuda (“no es lo que hemos hecho lo que […] lamentamos; sino lo que no hemos hecho y que hubiéramos podido hacer”); y aquí viene lo más interesante de todo: su autocensura. Una mirada a los fragmentos escondidos bajo el colchón por Alejo Carpentier, resucitados gracias al puntillismo y la manía de exactitud de Rinaldo Acosta y los investigadores Armando Raggi & Rafael Rodríguez, es más que suficiente: “Si nos ponemos a ver, los comunistas de las nuevas hornadas negaron a Kafka, a Stravinski, a Schoenberg, a Berg, a Claudel, a Hindemith… A todo el que inventó algo en este siglo”. (Tachado en el mecanuscrito original.) Tiembla el Reino.
   Carpentier saltando la valla de la egolatría: todo el diario está infectado de ese “amor propio” que respiran los superdotados (no hay que olvidar que Alejo Carpentier pertenecía a una secta que se hacía llamar el “Sindicato de la Inteligencia”); cosas del tipo: “me asombra esta comprobación de mi sorprendente memoria”. O esta otra, para un perfil en Myspace: “dudo que muchos hombres de mi edad puedan haber pasado por tantas experiencias humanas, como yo”. También podemos pensar en aquella ocasión en que confiesa que su mayor júbilo —y aquí todos los clones carpenterianos deberían taparse los oídos— era estar desnudo y “sentirse existir” (lo que sea que eso signifique): “Ayer, Navidad. A las 12 y media, desnudo, al sol, junto a la piscina, conocí un momento de joie de vivre (…) Especie de borrachera de ser, de existir, de sentirme existir. Creo que (…) no había conocido un momento de tan absoluto amor a la vida, de tanta fe. Fue durante una hora…”. Da igual. Pero lo cierto es que —y tal vez sea una impresión mía— el Carpentier de Diario (1951-1957) no tiene mucho que ver con ese escritor de estampa, de santoral, que nos han dibujado los acólitos de lo carpenteriano o, incluso, él mismo. (Se sabe: Carpentier controló tanto sus memorias que se convirtió él mismo en un personaje arrancado de sus propias visiones.)
   Nada más sano que la desmitificación. Lo hizo Ricardo Palma con Simón Bolívar en Tradiciones peruanas (véase: “La pinga del Libertador”); Washington Cucurto en su novela 1810, donde José de San Martín baila música tropical, se acuesta indistintamente con hombres y mujeres, y termina desvirgando a su propia hija. En el Diario, Carpentier da perfectamente el casting para macho cabrío: “El 18 —la fecha es exacta— tuve la famosa alarma: se me creyó diabético por un tiempo (…). Los días de depresión moral que pasé durante esa crisis, fueron atroces. Y, sobre todo, porque me creí menguado en mi vigor sexual… Depuis alors, les choses se sont arrangées… et comment! (Desde entonces, las cosas se arreglaron… ¡y cómo!)”. Otro ejemplo pertinente: “…de los famosos amores de Gide solo quedan noches, escasas, dispersas, de voluptuosidad mecánica (algo semejante a lo que he ido a buscar, por higiene, muchas veces, a un prostíbulo)”. Un cortapalos. Cero hagiografía.
   El Diario está lleno de incoherencias: en una entrada del 26 de marzo de 1952, se lee: “soy adverso a la literatura onírica. (Recuerdo mi tremendo aburrimiento —pese a las razones de Desnos— ante las descripciones de sueños que se publicaban en La Révolution surréaliste)”. Pero, apenas unos párrafos después, nos desembucha —fascinado— un sueño húmedo pesadillesco: “… de súbito, comprendo que mi habitación está en tinieblas (…) y que la luz eléctrica se ha encendido en la de al lado. Segundo de terror. Pero, en el acto voy al frente del peligro —¿ladrones?— y encuentro, en la habitación contigua, una desconocida, trigueña, que está comenzando a desnudarse. Recuerdo que tiene los tirantes de las medias sobre los muslos (…) Se justifica con una sola frase: —`Acabo de regresar de los Balkanes´”.
   De numerología y ocultismo: “22—33—17—20. Esa es la ecuación. Con un fuerte acento   —prodigioso— en el 17. Y sin embargo, hay quiebra, interrupción, sobre el 20. Tal vez el ciclo se haya colmado. Raro mecanismo de los números en mi vida”.
   De oraciones que no conducen a ningún sitio: “Ahora comprendo la misteriosa necesidad que me hizo releer toda la picaresca española”.
   Y, por favor, dejemos eso de que no quería publicar su diario para los maestritos rurales: el tipo lo dejó escrito a máquina, con indicaciones al margen, corregido y actualizado y, para aquellos que quieran ir más lejos, pasado en limpio dentro de un sobre.

(El diario de Alejo Carpentier. OnCuba Magazine, junio 2015)