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Monday, March 26, 2018

Gilberto Padilla Cárdenas vs. Luis Álvarez

Zapeo entre 50 libros y 200 ensayos —la patética cifra es cortesía de Trabajadores— de Luis Álvarez. (Qué jodida y extravagante es la realidad nacional: resulta que Álvarez ha escrito más que David Foster Wallace, Denis Johnson y David Markson juntos. ¡El “hijo ilustre de la ciudad de Camagüey” ha escrito más que Harold Bloom! Eso pasa con los datos: están por todas partes pero horrorizan al crear estadística. Ejemplo al azar: A Kurt Vonnegut le negaron la beca Guggenheim el mismo año que se la concedieron a Miguel Barnet; de ahí salió aquella pésima novela titulada La vida real). Uno sobre la oratoria martiana. Zap. Un manualito sobre el Caribe en su discurso literario, en coautoría con Margarita Mateo (que casualmente también presidió el jurado del premio). Zap. Una compilación de título grandilocuente: Pensar la cultura en cubano. Zap. Otro sobre Guillén. Zap. Algo llamado Circunvalar el arte. Métodos cualitativos de investigación de la cultura y el arte. Zap.
   Bruce Springsteen tuvo razón al cantar: “Cincuenta y siete canales y nada que ver”.
   Ayer mismo les preguntaba de sopetón a unos amigos bastante cultos si podían recomendar un libro de Luis Álvarez, cualquiera; y no. Al parecer, la literatura cubana ha avanzado a niveles casi esotéricos.
   Miren mi drama: deberían abundar las citas de Álvarez que mostraran su talento como ensayista. ¿Ustedes han encontrado por ahí a alguien que cite a Luis Álvarez? ¿Algo como “En el Caribe, dentro de su turbulencia historiográfica y su miedo etnológico y lingüístico, dentro de su generalizada inestabilidad de vértigo y huracán, pueden percibirse los contornos de una isla que se “repite” a sí misma, desplegándose y bifurcándose hasta alcanzar todos los mares y tierras del globo” (Antonio Benítez Rojo) o “La literatura es […] un arte del tatuaje: inscribe, cifra en la masa amorfa del lenguaje informativo los verdaderos signos de la significación” (Severo Sarduy)?
   ¿Cuál es la gran frase que ha escrito Álvarez entre las más de 1000 páginas que ha escrito? ¿Cuál es su gran libro? ¿Cuál la gran idea? Yo quiero leerla y necesito que los clones del camagüeyano me ayuden, porque soy tan tonto que solo leo “En verdad, Crónicas de lo ajeno y lo lejano, de Rinaldo Acosta —libro inusitado en el magro panorama de la reflexión cubana sobre las corrientes de la literatura más allá de la Isla—, me ha resultado por completo impactante desde que lo leí” o “En los estudios sobre el Caribe, se ha tenido en cuenta la magna obra de Ferdinand Braudel El Mediterráneo, en la que este investigador […]  traza un panorama orgánico y sumamente convincente de la unidad cultural que, por encima de todas las divergencias —lingüísticas, religiosas, culturológicas, económicas, etc.—, constituye el Mediterráneo”.
   Otra cosa que leo es que, al parecer, Luis Álvarez no dejaría Camagüey ni para casarse con Kate Moss.
   “Cuando necesito, no inspiración, sino vitaminas, energía, ganas de trabajar”, anota Ignacio Echevarría en “Monólogo del pistolero”, “leo una o dos horas de Conrad y me dan ganas de seguir siendo escritor. Cuando estoy desmoralizado leo el suicidio de Madame Bovary. Shakespeare me resulta realmente fértil: abres algo al azar y encuentras frases enigmáticas […] Hay autores que te dejan puertas entornadas que tú tienes que abrir”.
   Es duro. Es cruel. Es políticamente incorrecto decirlo, pero yo creo que Luis Álvarez es un ensayista sin estilo. Una puerta cerrada. Para aquellos mentalistas que pierden el sueño tratando de sexuar la escritura —que si literatura femenina, que si literatura gay, que si el falocentrismo—, la prosa del camagüeyano es como los caracoles: hermafrodita.
   Se sabe: esto del Premio Nacional es casi una cuestión de feromonas: elegir provoca en los jurados un subidón de dopamina. Pero, ya que estamos, ¿cómo se elige un Premio Nacional? Una persona X, perteneciente a una institución Y —uso variables para transmitir sensación de rigor— se pasa una semana enviando emails a varias decenas de personas e instituciones (la UNEAC, la Fundación Alejo Carpentier, la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, el Instituto de Literatura y Lingüística, la Casa de las Américas, la Academia Cubana de la Lengua, entre otras) para que postulen a su escritor favorito o pongan puntos a tres que les gustaron mucho. Luego se suma todo eso, se divide, se hace una derivada, se da un salto mortal y se saca una tabla en Excel con cinco o seis autores que todos sabíamos que iban a acabar en esa tablita. (A veces, todo hay que decirlo, llegan a la tablita nombres insólitos como Lina de Feria o Waldo Leyva).
   Es indudable que, cuando la gente vota, se hace democracia; sin embargo, el sufragio no tiene nada que ver con la literatura cubana. La literatura cubana no es lugar para saldar las deudas.
   Da la impresión de que nuestro honorable jurado del Premio Nacional (Margarita Mateo, Marta Lesmes, Marilyn Bobes, Arturo Arango y Enrique Pérez Díaz) no reconoce la literatura nacional, sino que la inventa con un entusiasmo similar al de Phil Collins cantando “El ciclo vital” en El Rey León.

(Luis Álvarez gana el Premio Nacional de Literatura por error. Hypermedia Magazine, enero 2018)

Friday, October 7, 2016

Luis E. Alvarez sobre “La zafra” de Agustín Acosta

Se diría que el poemario tiene dos mitades: la primera, hasta el Canto XI, que resulta un fresco estremecedor y, en lo esencial, certero, del devenir histórico de la Cuba azucarera hasta los años veinte de la pasada centuria, realizado con un aliento a la vez épico y lírico. La segunda, a partir del Canto XII, consiste en una serie de juicios y advertencias del poeta en relación con las causas —en lo esencial, psicológicas— que han producido el estado lamentable del agro nacional; entre ellos se incluyen razones tan peregrinas, como que la penetración del capital extranjero en los campos de la isla se debe… ¡al hábito campesino de jugar a los gallos! Agrava esta dirección empequeñecida que toma el libro, la actitud de dómine del sujeto lírico, que da lecciones al campesino —(Y mi voz tiene algo de la voz del profeta)”—. Lo inconveniente del tono asumido, la exageración absolutizadora de la importancia de ciertos rasgos de la psicología social campesina en la época, disminuyen la eficacia del retrato de costumbres que, ciertamente, resultan negativas. Tales errores de Acosta incluso dificultan percibir aciertos en la identificación de fenómenos, como el del desdibujamiento gradual de rasgos de idiosincrasia cultural, por efecto de un contacto deformante y una actitud entreguista hacia culturas foráneas, asumidas como modelos de eficacia y éxito, actitud esterilizante que es denunciada en versos como: “Ahora vives del préstamo. Hasta el yarey cubano / trocóse en tu cabeza en sombrero tejano”. Asimismo, el modo en que se formula la crítica, la debilita, incluso cuando el poeta denuncia mecanismos esenciales de la politiquería instaurada en el país, cuya proyección discursiva se basa en la adulación de un pueblo al cual estos mismos políticos desprecian…

(Ochenta y cinco años de La Zafra de Agustín Acosta. Cubaliteraria, septiembre 2011)

Thursday, January 23, 2014

Luis E. Álvarez Álvarez sobre Cintio Vitier

Este criterio de Vitier está marcado por la misma convicción rechazadora con la cual, en el mismo libro, se asoma el ensayista a poetas de los cuales, por una u otra razón, se siente muy distante, tales como Gertrudis Gómez de Avellaneda o Emilio Ballagas. Comprensible que respondan sus juicios a la perspectiva poética de Orígenes, pero que no le permiten una valoración sopesada: medir una producción literaria por su consonancia o no con parámetros pre-establecidos —una poética, una ideología, un sentido del estilo, unas preferencias temáticas—, es un riesgo, para no decir, una grave falta, en la que se ha incurrido en la historia de la literatura cubana, desde el rechazo de ciertos críticos ante la renovadora poesía modernista de Julián del Casal, hasta la negación a ultranza, en un momento determinado de las décadas del sesenta y el setenta, de la propia poética de Orígenes, injustamente negada también desde los puntos de mira del coloquialismo. No, el equilibrio crítico exige otra manera de mirar los hechos literarios. Si Orígenes halló una gran fuerza en su sentido trascendente de considerar la patria, en su concentración profunda en lo insular y sus avatares, y finalmente, en el trascendentalismo como visión integradora, Virgilio Piñera, en verdad su contemporáneo y, en un momento determinado, su compañero de viaje,optó por una alternativa por completo opuesta.

(En torno al poeta Virgilio Piñera, Cubaliteraria, mayo 2012)