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Thursday, December 24, 2020

Javier L. Mora sobre Alberto Garrandés

Cuando el narrador Alberto Garrandés publica un libro como Las potestades incorpóreas (2007), es porque se está inaugurando, y sin que apenas lo hallamos advertido, un nuevo género de novela que se podría denominar como la “novela del aburrimiento”, en cuya diégesis no pasa absolutamente nada entre un punto A y un punto B (o entre un punto A y un punto A’ que ha pasado, antes, por un B), cosa que no habían visto esos sabelotodo grandilocuentes de Vladímir Propp, Víktor Shklovski, Mijaíl Bajtín, etc., etc.

(Relativos [notas sobre literatura cubana III]. Hypermedia magazine, octubre 2020)

Thursday, October 15, 2020

Javier L. Mora sobre el Premio Nacional de Literatura

Cuando no se baraja el Premio Nacional de Literatura entre autores como Delfín Prats, Enrique Saínz, Soleida Ríos, Roberto Manzano o Víctor Fowler, y prefiere dárselo a notables investigadores y prestigiosos profesores de la academia, es porque —ya se sabe— los primeros abandonaron hace mucho el negocio de las letras, y se dedican desde entonces a cualquier cosa (plomería, carpintería, albañilería, etc.), menos a la literatura.

 ***

Cuando no se baraja el Premio Nacional de Literatura —allende el mar— entre autores como José Kozer, Roberto González Echevarría, Jorge Luis Arcos, Daína Chaviano, Antonio José Ponte, Rafael Rojas, etc., es porque estos escritores son esencialmente de Nepal, Centroeuropa, Escandinavia o Tierra del Fuego, que (by chance) escriben sobre Cuba… en español.

(Relativos [notas sobre literatura cubana I]. Hypermedia magazine, diciembre 2018)

Monday, June 15, 2020

Orlando Luis Pardo Lazo vs. Javier L. Mora


Extranjerización, animalia, latinajos y diminutivos (con la plusvalía entre paréntesis de los guiones o barras o, mejor, “palitos”, como diría San LGV). En fin, compañeros poetas, que teniendo en cuenta los últimos sucesos, este muchacho ya está listo para por fin arribar triunfante al atroz año capicúa de 1991 en la poesía cubana y, entonces, otra vez fundar aquella avanzadilla (sin)táctica de guerra llamada Diáspora(s). No hemos hecho nada. Se nos fue la vida hipostasiando, Gordo. Flaco, hemos rimado en el mar. ¡SILVIO RODRÍGUEZ PARA PREMIO NACIONAL DE LITERATURA 2020!

(Comentario publicado en la red, diciembre 2019)

Friday, March 30, 2018

Javier L. Mora vs. la literatura cubana actual

A todo ese conjunto que termina haciendo malos poemas lo agrupo bajo el concepto de “poesía rosa” o “bobería light”. Y no creo que sea solo culpa del sistema editorial cubano: ya los libros llegan siendo malos allí. El problema es más bien de concepción, de definiciones: hay que abolir la idea romántica de que la poesía debe escribirse con frases y palabras “bellas”, de que un buen poema es aquel que ha pasado su tiempo en peluquería. Hay que sacar al poema del salón de belleza y del ambiente bucólico-pastoril en que se encuentra hoy. Hay que quitarle el bisoñé y obligarlo a que muestre la calvicie, la alopecia, para que explique qué puede ser también la mierda de la vida. En una palabra: hay que quitarle al “bardo” el jabón de las manos, sacarlo del tocador y —de prisa, con extrema urgencia— llevarlo a empujones al retrete a que ensucie un poco su pulcritud.
   No todos son malos poetas. Todavía quedan autores de valía, arriesgados, insolentes con el lenguaje y las ficciones del texto. Pero esos, los buenos, no son muchos. Ni siquiera mayoría. No sé… O no queda nada grande, importante que decir, o lo poetas cubanos, como descubrió con tristeza Padilla, ya no sueñan.
(…)
   ¿Apacible? ¡Ni hablar! El campo literario cubano no es una novela de Shólojov. Al contrario, hay de todo: rapiña, trampas, envidias sanas y con cianuro, y todo el mundo tratando de repartir entre sus colegas de equipo el botín. Una especie de Colombia Literaria con su ejército de liberación, sus fuerzas armadas, y un sinnúmero de bandas paramilitares que podríamos llamar “autodefensas”. Abundan los intereses de grupo y los generacionales (pueden darse yuxtapuestos en un mismo colectivo). Ejemplo de lo primero: un grupo aprovecha la presencia de uno de sus integrantes en el jurado de un concurso que virtualmente pondría a su ganador como jurado de la siguiente edición, y ahí van a colarse cada uno de los del piquete como ganadores. Ejemplo de lo segundo: están los mayores que dicen “Eso no es poesía (narrativa, etc.)”, “Eso que dices (haces, escribes) no es correcto”, y los mozalbetes que contestan “¿Ah no? ¡Pues, allá vamos!”, y entonces vienen los artículos, prólogos, revistas, colecciones G, H, I que parecen editoriales independientes, antologías… El santo y la hostia, y las subsiguientes incomodidades de los padres. Y esto ocurre al mismo tiempo que el padrinazgo de ciertos viejos sobre otros jóvenes. (Lo común para un país con tan poca superficie y un alto índice demográfico de escritores, donde todos, irremediablemente, se conocen.)
   Hasta aquí bien. Una fiesta predecible. Pero la cuestión es mucho más profunda. En efecto: los escritores cubanos no tenemos ética. Ninguna. Como tampoco honestidad, valentía, arrojo. Se peca de sensacionalismo, de hipocresía, de comedimiento: nadie arriesga publicando un trabajo en el que explique por qué este o aquel, ese grupo o este otro son buenos o malos escritores, y prefieren vivirlo en el comentario de apartamento y pasillo. No existe el debate (escrito, quiero decir) sobre las diferencias generacionales entre unos y otros, y de las que tanto se habla en bares, tertulias, librerías… Se publica un artículo o una nota en una revista o sitio digital, pero nadie pone mayúsculas, señala nombres, títulos… Ni siquiera en paneles y mesas teóricas: te vas a un panel sobre “Problemas de la literatura cubana actual”, y Padura habla de sus viajes, entrevistas, y compromisos de viajes y entrevistas (!?), y del público —el eminente público lleno de nuestras figuras “notables”— responden con horarios de lavandería, cocina y demás tareas del hogar, y se piden (ojo: con urgencia) biografías para músicos. O sea: nadie pone las tildes en su sitio.
   Conozco la opinión de algunos que dicen —y esto me resulta en extremo divertido— que la Institución ha aupado a este o a aquel fulano y le está haciendo daño, pero no publican un trabajo explicando cómo destruye la intervención “premeditada” de la Institución en estos asuntos.
   En resumen, un diálogo de sordos.
   Eso sí: mucho chisme y pocas ideas teóricas.

(Contra un referente en ruinas, entrevista por Oscar Cruz. Hypermedia Magazine, julio 2016)