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Monday, November 18, 2019

Antonio Rodríguez Salvador vs. Carlos Manuel Alvarez (defendiendo a Retamar)


Recuerdo que cierta polemista se ocupó de abundar atributos de su carrera como autor. Virtudes no precisamente relacionadas con la ficción literaria, sino con textos escritos en esa vertiente de la crónica y el reportaje que dan en llamar Periodismo narrativo.
   Hubo una época en que al Periodismo narrativo se le conocía como Nuevo periodismo, pero el tiempo no perdona y entonces se le cambió el nombre. Según estudiosos, dicha corriente surgió hace unos sesenta años con Rodolfo Walsh y Truman Capote; pero otros, con ojo chusco, apuntan que ya estaba presente en Herodoto, hace veinticinco siglos.
   O sea, el Nuevo periodismo es bastante viejo, pero la polemista me recomendó buscar los novedosos textos de Carlos Manuel, cosa que prometí y finalmente no hice. Sin embargo, un par de días atrás alguien compartió en Facebook un artículo suyo, y entonces me dije: Vaya, he aquí la promesa. Quiero decir, la promesa que hice de leer “la promesa”, y, con la esperanza de disfrutar un periodismo en cuerda literaria, di un clic sobre el vínculo que remitía al diario español El País.
   La buena narrativa tiene la virtud de sumergir al lector en los hechos; uno los vive, de algún modo también los reporta; pero seis párrafos después, no había elementos propios del género. ¿Dónde está el narrador?, me preguntaba.
   Sin narrador no hay periodismo narrativo, pero es que tampoco aparecían técnicas comunes hasta en novicios: ni una mudita espacial, ni una cajita china... Era la mirada del autor mondo y lirondo, sin dialogismo, a puro teque, y con un único propósito: hacernos creer que el recién fallecido intelectual cubano Roberto Fernández Retamar, es un “mal poeta”, un poeta que “no sirve” (sic).
   ¡Vaya estilo! ¡Vaya concepto! ¡Vaya lenguaje de cervecería aplicado a la crítica literaria! ¡Perdónalo, san Borges! Qué diría Alfonso Reyes.
   Pero bien, demos por válido su derecho a la rotundez; solo que ya sabemos por Aristóteles que en materia de argumentación no puede haber refutatio sin probatio. Y que, por Dios, quien ahora se adentra en la crítica literaria no fue vendido como fanático de graderías o portero de club nocturno, sino como promesa de la literatura latinoamericana, según cábalas de un jurado pitoniso.
   Uno espera que luego de esa tremenda afirmación venga la ciencia, sobre todo teniendo en cuenta que muchos académicos y renombrados críticos han fundamentado lo contrario. Hay suficiente literatura pasiva sobre la obra de Retamar, y gran parte de ella, la gran mayoría, lo ubica como uno de los grandes autores latinoamericanos.
   Pero no. Como Carlos Manuel es una promesa, al parecer no tiene por qué cumplir con normas elementales de la crítica literaria. Caso contrario dejaría de ser promesa: ¿Me explico? Vaya, ni acaso atender a reglas clásicas del acto expositivo del discurso, pues del exordium va directo al peroratio, sin atenerse a los beneficios del narratio y el argumentatio. O sea, considera que con el teque y la matraca es suficiente.
   Por usar su mismo recurso beisbolero, en la competencia entre literatura y trivialidad, hasta el noveno inning (perdón, párrafo) de su despacho tenemos el siguiente score: figuras de la dicción, cero; frases hechas, lugares comunes y argumentos ad hominem, once. Una paliza de la vulgaridad contra el arte.
   ¿Para quién escribe este muchacho? Por su lenguaje tabernario podemos conjeturar para quién lo hace. En materia de discurso, existen los llamados registros lingüísticos. Esto significa que un emisor habla de acuerdo con el contexto y el tipo de receptor. ¿Y quién sería ese receptor que a una “promesa de la literatura latinoamericana”, a un excelso prospecto del Periodismo narrativo, obliga a un lenguaje y unos modos de tan baja estofa?
(…)
   Roberto Fernández Retamar es un grande de la literatura porque ahí está su obra para probarlo. Carlos Manuel Álvarez, en cambio, es autor sin mayores méritos más allá de conjeturas y construcciones propias de lo mediático. Le queda muy grande Retamar, porque ya lo avisa un refrán relativo a las promesas: Vale más un “toma”, que diez “te daré”.
   Por último, a Carlos Manuel quizá le convendría entender algo: si su artículo no es ciento por ciento bodrio, si en algún momento contiene verdadera literatura, es porque allí cita varios versos escritos por Retamar. Debería agradecerle esto a Roberto.

(El agradecimiento que le debe a Retamar. La Jiribilla, Agosto 2019)

Wednesday, November 13, 2019

Jorge Angel Pérez vs. Teresa Melo


Esta mujer santiaguera que fue “bautizada” con el nombre de Teresa y con apellido Melo es, según el sitio digital Cubadebate, filósofa, aunque no hiciera otra cosa para acercarse a la filosofía que estar sentada en un aula universitaria en la que de vez en cuando examinaban sus saberes sobre filosofía. Yo desconozco sus calificaciones en esa materia, no sé cuál fue el tema de su tesis, pero sí estoy seguro de que jamás escribió, como sí hizo Kant, Crítica Del Juicio y tampoco Crítica De La Razón Pura.
   Dicen en Cubadebate que Teresa es filósofa, sin que antes pensaran que para otorgar tal “distinción” habría que escribir antes “Así hablaba Zaratustra” como hizo Nietzsche para que lo tildaran luego, con muchísima razón, de filósofo. Ella no se devanó los sesos escribiendo la “Fenomenología del espíritu” que consiguió que Hegel fuera imprescindible y muy nombrado siempre que de filosofía se trataba. En fin que hasta hoy no sabemos porque es considerada como filósofa, en una isla donde el calor enorme, el sol ardiente y la indigencia de nuestras mesas a la hora de las comidas, consiguieron que jamás nos naciera un gran filósofo.
   La filosofía no compagina con el calor, la filosofía se da mejor en la nieve que lleva al encierro y la quietud, pero aun así a ella la tildan de filósofa. ¡Cuánta irresponsabilidad Dios mío! ¡Cuánto descalabro! Teresa no es filósofa, ella solo escribió algunos libros de poemas prescindibles. Ella es una santiaguera que se aferró con fuerza a La Habana y que sufrió mucho cuando, y no sabemos por qué, prescindieron de su dirección de la revista Cúpulas que se hacía en el Instituto superior de arte, ISA. Guardo el recuerdo de aquellos días en los que se sujetó a esta ciudad y no quería volver a Santiago y se quejaba hasta el desfallecimiento porque prescindieron, los comunistas claro, de sus servicios como directora de Cúpulas. Recuerdo aquellos días en los que me visitaba con frecuencia en el solar, recuerdo cuánto quería quedarse en La Habana, y no irse a la heroica Santiago de Cuba.
   Y no se fue, permaneció por acá mucho tiempo más sin que hiciera el viaje a la “indómita” Santiago de Cuba. Y esa Teresa escribe ahora en el Granma, a ella, como a Miguel Barnet, le publican un “poema” en el diario del Partido Comunista de Cuba, aunque el periódico no tenga ninguna vocación por la poesía, y desconozco si “por ese enhebro ella cobra”. A Teresa le publican un poema que, según dice un joven amigo, es más “malo” que el de Miguel Barnet, y también le entregan una réplica del machete de Máximo Gómez, y por eso ella ataca y escribe Adentro/Afuera creyendo que hace versos con diatribas. Ella enfrenta a quienes, como ella, defienden a la “revolución” con los que no le hacen loas, y la juzgan.
  Teresa Melo supone que enfrenta al mal y que se sitúa en el “trono del bien”, sin darse cuenta que a ella no le toca ningún trono y que si le tocara, al menos en un juego, cuando en él se siente y mire arriba, descubrirá entonces la espada de Damocles y supondrá que se le viene encima, que si permanece debajo de ella podría caerle justo sobre la cabeza, y dividírsela en dos, y ya no importarán las diatribas que escribiera contra alguien que dice haber querido y que dejó de querer porque escogió un camino contrario al suyo.
   A esta “mujer con machete” le encantan las oposiciones, hacer notar a los contrarios después de situarse en el sitio más conveniente. Lo suyo es: “o adentro o afuera”, le encantan los divorcios, establecer distancias insalvables, atender a esas diferencias que subraya fervorosa. A ella le encanta la oposición, la blanda claro, esa que la lleva a enfrentar a la restauración de la “Sagrada familia” que casi fue devastada por las llamas, con la Amazonía asolada también por el fuego, sin que sea capaz de asumir que tan importante es el cielo como el suelo, sin notar que por tanto palabrerío soso únicamente recibió un comentario de un tal Vitico que dijo: “Muy bonito y profundo”; al parecer Vitico acababa de escuchar al Benny cantando: “pero qué bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas”.
   Esta señora debía apaciguar su espíritu, debía recordar que alguna vez dejó dejo de ser, y no por su voluntad, la directora de la revista Cúpulas, y que también podría quedar atrás su época de mujer con machete, que la espada de Damocles, esa que se empeña siempre en hacer advertencias, podía caerle encima si se mueve un poquitico, y de muy poco servirá que desenfunde su machete, porque la espada es implacable. Ella debería notar, leyéndose claro, que antes tuvo una escritura un poquitín más bondadosa, y que esas exaltaciones, esas bravuconerías “revolucionarias” que se empeñan en denostar, terminarán volviéndola más amarga de lo que ya es, y peor poeta, debí escribir poetisa.
   Ojalá que su intolerancia revolucionaria y partidista, que sus reclamos a los que no comulgan con ella y su revolución, se apacigüen un poco, que se ponga a escribir en paz, que reciba a la poesía y no a las tontas y ridículas diatribas que hoy le hacen rasguñar el papel y hasta su alma. Ella debería ocuparse en lo que realmente empaña a Cuba y a su gente, entender que el Granma no es lugar para la poesía y que lo que allí publica no son poemas. Esta señora debería entender que está propiciando el odio contra quienes, alguna vez, fueron sus colegas de aventura, que sus diatribas exaltan el odio y ponen, a algunos, en la cárcel. Alguien más debería recordarle…, y recordarla, y pensar que su voz es cada vez más grave, y eso no es bueno, que incluso la podría llevar a la afonía, y perder su voz para siempre. Pobre esta mujer que lo está perdiendo todo creyendo que está “adentro”, cuando en realidad está muy “afuera”, muy lejos de la verdad, y aunque parezca panfletario, de la justicia. Esta pobrecilla no volverá a encontrar el camino de la poesía, porque se convirtió en policía, infelizmente ella no comentará en el Granma que Díaz-Canel llegó al Palacio de las Convenciones con el discurso ya escrito, mucho antes de que los diputados se encerraran en las urnas a decidir quién sería el presidente de la república, sin que la “Asamblea nacional” lo hiciera público.

(Teresa Melo, de la poesía a la policía. Cubanet, octubre 2019)

Friday, November 8, 2019

Zoé Valdés vs. Wendy Guerra (4)


La Quendi Guarra escribió ese librito de mierda titulado 'Dopinga de Revolución', título que según ella homenajea a Lunes de Revolución, queriéndose arrimar a la figura de GCI, quien ni la conoció y si la hubiera conocido la habría despreciado con toda su alma, por enana tapiñada y crica salida del plato.
   Bien, en el libro dicen que cuenta (no leo sus fantocherías) que un actor de Hollywood, puertorriqueño, moreno, alto, se la singó en Cuba hasta casi violarla. Absolutamente todos los abogados y el equipo de Beneficio de la Yegua llamaron a la Agencia de Carmita Carmona Balcells y pidieron la retirada del libro, y pusieron como condición que no se pudiera publicar de nuevo si la autora no cambiaba uno por uno los detalles y datos del personaje que tanto se parecían a él. Dicen que retiraron la novela, ella cambió todo, y han vuelto a editarla. Ahora el personaje es bajito, sueco, aunque también actor de nombre impronunciable de esas películas suecas de las de ahora ... etcétera y demás...
   Sin embargo, ahora anda por Hollywood, que se cuide la mujer de Iñárritu.
   Por cierto, esta tiparraca está fajá con los títulos, porque ese del último: El Mercenario... que no sé qué más... es como para quitarle el único premiecito que se ha ganado. ¿Ganado?

(La esbirra que coleccionaba singantes. Publicado en la red, Agosto 2019)

Tuesday, November 5, 2019

Félix Luis Viera vs. Leonardo Padura


El escritor cubano Leonardo Padura (LP), residente en su país, ha visitado en días pasados  al expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, quien guarda prisión por delitos relacionados con sobornos y otros temas.
   Luego de su encuentro en la cárcel con Lula, LP ha hecho circular una declaración en la que expone entre otros criterios: “Desde el inicio de la causa penal contra el ex presidente Lula sospechábamos que se trataba de una estrategia diseñada para inhabilitar el acceso a la contienda electoral al más seguro candidato a la presidencia de Brasil en las elecciones de 2018”.
   Asimismo, avisa LP que el encarcelamiento y permanencia en la cárcel del expresidente brasileño “advierten a las claras que en Brasil se ha producido la ruptura de un sistema de Estado verdaderamente democrático”.
   Es decir, en Brasil no hay una “verdadera democracia”. Uno quisiera saber la opinión de Padura sobre la democracia en un país que le queda mucho más cerca y cuya dinámica él conoce perfectamente, puesto que allí habita: Cuba. ¿Hay elecciones libres en Cuba? ¿Existen más de un partido político? ¿No se hallan todos los medios de información en la nómina del Gobierno? ¿Hay libertad de opinión? ¿No existe la censura?
   Así, a los muchachos de Izquierda que han alabado la declaración de LP sobre el encarcelamiento de Lula, cabría preguntarles: ¿creen ustedes que en Cuba hay una democracia?
   Por otra parte, LP nos hace llegar una muy buena noticia: “he encontrado a un Lula animado, luchador, convencido de sus razones, dispuesto a permanecer en prisión hasta que pueda salir como un hombre libre. Y confiado en que tarde o temprano, la justicia jugará el papel que debe desempeñar”
   “La justicia”… De nuevo una pregunta parecida: ¿el señor LP se ha preocupado por averiguar si en su país existe Justicia?¿Hay justicia en Cuba?
   Y bueno, creo que el par de opiniones más lamentables de la declaración de Leonardo Padura —firmada en Curitiba el 15 de agosto de 2019— sobre el caso Lula, son las que expreso a continuación.
   “Pienso firmemente que en ningún país o bajo ningún sistema, una persona deba ser perseguida, criminalizada, atacada por sus posiciones políticas. Es un derecho universal del hombre tener libertad de opiniones políticas siempre y cuando esas acciones, ideas, posturas no generen manifestaciones de odio, xenofobia, discriminación o persecución de otros individuos”.
   Cualquiera pensaría que LP se refiere al régimen existente en Cuba; pero no: supongo que él alude a lo que ocurre en otros sitios lejos de la Isla. Puesto que en Cuba, debemos suponer, nadie es perseguido, “criminalizado por sus posiciones políticas” y allí se respeta el “derecho universal del hombre [de] tener libertad de opiniones políticas”.  
   Por otra parte, anuncia Leonardo Padura en su declaración la solidaridad con “todos los hombres y mujeres que en el mundo han sufrido y sufren persecución y acoso por defender sin violencia sus ideas sobre la sociedad y el mundo”.
   Así, ¿debemos pensar que el escritor cubano pronto se pondrá de parte de las Damas de Blanco, que salen a protestar llevando como única arma un gladiolo en alto, y resultan golpeadas, a veces salvajemente por las autoridades? ¿Se solidarizará con los cubanos que sufren en las mazmorras por el solo delito de discrepar, sin violencia, contra el régimen existente en la Isla? ¿Propondrá que, entre otros ajustes de la Justicia revolucionaria, el consulado cubano represente a todos los hijos de aquella tierra, no solo a sus afines, de modo que no suceda más que un cubano muera lejos, sin nadie que lo represente, sin bandera, sin patria? En su búsqueda de la Justicia, ¿LP se declarará a favor de aquellos hijos de Martí a los que el régimen les ha prohibido visitar la tierra donde nacieron, aun en los casos en que deban asistir a los funerales de su progenitora?
   En fin, ¿habrá poco, mucho, demasiado cinismo en la declaración de Leonardo Padura que nos ocupa?
   ¿Quién dice sí o no?

(Lula se siente animado. Neo Club Press, agosto 2019)

Monday, October 28, 2019

Antonio José Ponte vs. Lourdes González


Cacica editorial holguinera, González reconoce que practica, practicó y practicará la censura. "Desde que dirijo la editorial he censurado todo lo que como directora de una editorial debo censurar", contesta a una pregunta del entrevistador. "Sí, todo. Pero, además, eso jamás me ha quitado el sueño. Siempre he dormido muy bien, muy cansada, extenuada de un día fatigoso. No solo he censurado, sino que seguiré haciéndolo. Es una de mis labores".
   Y para dejar claro que se refería a la censura política, agrega: "También la mala calidad la he censurado siempre con mucho ahínco. Lo seguiré haciendo". Es decir, ella veta lo que haya que vetar por razones políticas y, como cualquier editor en cualquier editorial del mundo, vela por la calidad literaria.
   Durante décadas la censura de la literatura cubana descansó en su soberbia ideológica. Operaba con celo de utopista, en nombre de la sociedad futura que describían los discursos oficiales y que anunciaba la vulgata marxista-leninista. No ofrecía explicaciones, nadie llegaba a pedírselas, y apenas dejó ejemplos de comisarios políticos explayándose. Uno de ellos, de fines de los años 70, incluía a Alfredo Guevara declarando a jóvenes intelectuales de la llamada Comunidad Cubana en el Exterior los motivos para censurar a Virgilio Piñera.
   Con el paso del tiempo, fue perdiendo vigor ideológico y sus razones se redujeron a los de un achicador ante una vía de agua. Y si antes los comisarios no daban la cara, menos lo harían ahora, faltos de mística. Es por eso que resulta tan interesante, no solo que alguien reconozca hoy la práctica de la censura, sino que aporte argumentos para su legitimación. 
   Lourdes González combina sus servicios al oficialismo con un pequeño negocio propio. Tuvo una paladar y ahora renta una habitación de su casa. Es, además de comisaria política, cuentapropista. De sus negocios propios ha llevado y lleva cuentas, y le toca amarrarse a un presupuesto en la editorial que dirige. No es, por tanto, una desconocedora del funcionamiento empresarial. Conoce, al menos, rudimentos de economía, y su legitimación de la censura es economicista.
   "El libro en Cuba no es autofinanciado, es presupuestado. Son cosas que a la gente se le olvida", afirma.
   Si su frase sobre cuánto ha censurado y cuán dispuesta está a seguir censurando remite a la del comandante Ernesto "Che" Guevara sobre la persistencia de los fusilamientos, esta última recuerda aquel lema interno de una campaña electoral de Bill Clinton: "Es la economía, estúpido".
   González ha encontrado la raíz económica de la censura política. La gente no lo sabe o se le olvida, pero ella lo tiene claro. No del todo, sin embargo. Porque es de suponer que cuando habla de una actividad presupuestada estará refiriéndose a una actividad subvencionada, a la que la administración pública apoya con dinero pese a no ser negocio que arroje ganancias. Y si era eso lo que quería decir, esta es su lógica: el hecho de que la industria del libro en Cuba sea de propiedad estatal y el precio de los libros resulte barato por subvencionado, autoriza a prohibir obras y autores. El Estado lo paga todo y, por tanto, tiene todo el derecho a imponer las leyes del juego. Es la economía, estúpidos.
   De esta argumentación que gira alrededor de más o menos gratuidades, se ha abusado muchísimo a propósito de la salud pública y la educación. Es chantaje muy gastado ya. Y falso: supone que el Estado es quien crea la riqueza que luego distribuye, y pasa por alto las evidencias de que lo barato del libro va combinado con bajísimos sueldos, restricciones alimentarias, doble moneda, decrepitud de las ciudades, impuestos indirectos sobre artículos de primera necesidad, ventajismo cambiario, jubilaciones miserables y un largo etcétera de penurias.
   No es el Estado, sino la población, quien crea riqueza y quien permite crear riqueza a partir de la miseria en que vive. Es la población trabajadora, y no el Estado, quien asegura que el libro sea barato. Contrario a lo que Lourdes González sostiene, no es que exista censura porque el Estado tiene a su cargo la industria editorial, sino que el Estado se hizo cargo de la industria editorial para imponer totalmente la censura. Y veta autores y libros, no por imperativo económico, sino por la única legitimación con que cuenta, que es la fuerza bruta. Así, censura del mismo modo que se organizan actos de repudio, se arrastra a Damas de Blanco, se carga con los manifestantes LGBTI o se impide entrar al país a los cubanos que resultan incómodos. Por puro ejercicio del poder. Para no perderlo.
   El restaurante que alguna vez ella tuvo se llamó "Paradiso". Le puso así por la novela lezamiana. "Sigo siendo literaria incluso en mis negocios", se halaga a sí misma. Pero resulta tan literaria como esa moda oficialista que se cobija en autores antiguamente censurados y que da la medida del vacío ideológico en que esos comisarios se mueven. Faltos de leyendas propias, no tienen más alternativa que aprovechar la mansión y el prestigio de una Dulce María Loynaz, por ejemplo. O fundan un rincón de trovadores y, en lugar de homenajear la obra de Silvio Rodríguez u otro de sus músicos, lo bautizan como "El Patio de Baldovina", por la criada de una novela lezamiana. Únicamente así se explica la necesidad de incluir a Arenas y Cabrera Infante, magníficos escorias, en una antología del oficialismo.
   Se trata de coquetería de esbirros, encantados de tener sobre el buró el retrato de alguna antigua víctima famosa. Y no cabe duda de que, de exigirlo la ocasión, alguien como Lourdes González no habría tenido reparo en supliciar a ese mismo Lezama Lima que aprovechó y homenajeaba en su paladar. Habría bastado la coincidencia de un original de autor tan problemático, ciertas instrucciones llegadas desde instancias superiores (en el caso de Lezama Lima, desde Seguridad del Estado, como quedó demostrado en los archivos de la Stasi) y ella en tanto censora solícita. En su conducta se juntan varios tiempos: la comisaria y represora política y la pequeña emprendedora capitalista, la apelación a un gran escritor silenciado y el silenciamiento de otros escritores en nombre de ese mismo poder.
   Celebré hace dos años que fueran publicadas las memorias impostadas de Alberto Garrandés, y celebro que se publique esta entrevista de Lourdes González. Creo, sin embargo, que los lectores habríamos tenido más si Reynaldo Aguilera, el entrevistador, hubiera repreguntado. En cuanto a su entrevistada, a diferencia de un Garrandés a quien no tenía sentido pedirle nada, habría que pedirle a Lourdes González que vaya más lejos, hasta desechar esa coartada falsa y sentimental del sacrificio del Estado sostenedor del libro, y asuma que ella opera sin necesidad de coartada alguna. Que es criminal y punto.

(Lourdes González, censora y cuentapropista. Diario de Cuba, mayo 2019)

Tuesday, October 22, 2019

Rafael Rojas vs. Abel Prieto (defendiendo a Cabrera Infante)

La idea de cubanía de Fernando Ortiz no se puede abstraer de su propia ideología, que no era comunista, ni siquiera socialdemócrata, sino estrictamente liberal y republicana. La moral patriótica es un compromiso que, históricamente, puede manifestarse desde múltiples ideologías. De ahí que resulte forzado transferir el patriotismo de Ortiz a cualquier otro, mucho menos al tipo de patriotismo que Abel Prieto y los ideólogos oficiales de la isla quieren difundir en la Cuba del siglo XXI. Ese patriotismo, subordinado a una ideología de Estado que no es marxista, sino autoritaria, es el que opera como una verdadera castración o mutilación de la nacionalidad.
   Abel Prieto usa la letra de Ortiz, y de José Antonio Ramos —cónsul en Filadelfia, profesor de la Universidad de Pennsylvania, protestante, gran admirador de la cultura de Estados Unidos y autor de un todavía útil Panorama de la literatura norteamericana (1935) —, y de Elías Entralgo —seguidor del evolucionismo social de Enrique José Varona y defensor de la Constitución de 1940— para distorsionar su sentido. Así, amparado en la autoridad de tres intelectuales republicanos, decreta, una vez más, la expulsión de Guillermo Cabrera Infante de la cubanía.
   Dice Prieto que «Cabrera Infante era francamente anexionista de alma y pensamiento». Que en su libro Mea Cuba (1993) promovía la adoración por Estados Unidos, que se burlaba de José Martí, que odiaba a la nación cubana, aunque su literatura fuera «radicalmente cubana». En síntesis, lo que dice Prieto es que se puede ser esencialmente cubano en la escritura pero anticubano en la ideología. ¿De veras? ¿Y si fuera al revés? En ese caso, tal vez Prieto sería uno de los escritores emblemáticos de la literatura anticubana contemporánea: un ideólogo nacionalista con una prosa exógena.

(Cabrera Infante o la cubanía. Revista El Estornudo, septiembre 2019)

Wednesday, October 16, 2019

Michael H. Miranda sobre la “padurización”


Es muy probable que, en el terreno de la cultura, terminemos acogiendo a nuestro pesar el término “padurización” como etiqueta para los años finales del castrismo, esto es, la asimilación de un status quo donde prevalece la refracción de todo lo que un régimen ha tenido de represivo, totalitario y antidemocrático; la negación de esa faz convertida en antifaz. Así, el intento de normalización de Barack Obama encajaría a la perfección con esa posición del intelectual/escritor acomodado —el “ketman profesional” que describe Milosz— que desde adentro clama por una reforma muy maquillada para esconder toda la vergüenza cómplice bajo el lema de “aquí no ha pasado nada”.

(Texto incluido en El compañero que me atiende, Editorial Hypermedia 2017)

Friday, October 11, 2019

Juan Abreu vs. la Feria del Libro de Miami


Veo el programa de la Feria del Libro de Miami. El programa (en lo que a Cuba concierne) un programa de las dos orillas a la medida de Padura mensajero oficial del castrismo en la cárcel de Lula y en los salones miamenses. Poco a poco la Feria ha ido sucumbiendo a la marea de las dos orillas, de la reconciliación, del pasemos página, o dicho más claramente a la estrategia castrista de colonización. Colonizar Miami, la ciudad de sus víctimas y sus enemigos ha sido para el castrismo una operación crucial que ha rendido sustanciosos frutos. Miles de millones de dólares anuales ordeñados al exilio, por no hablar de lo más importante: la exportación del envilecimiento castrista a Miami. Queda poco ya sin colonizar y el ambiente es de resignación entre las víctimas y de desfachatez entre los triunfales y zafios invasores. No es que Miami fuese nunca una plaza cultural, pero era una plaza moral. Y en lo referente a la cultura, había gente seria, profesional, leída, que continuaba alimentando esa trama de belleza, honor e integridad a la que llamábamos cultura cubana. Hoy ya esa trama ha sido barrida por la vulgaridad castrista, como fue barrida de la isla, deliverada y brutalmente, desde los primeros años. El castrismo no es una ideología, es la zafiedad en el poder. Caen las últimas almenas y la alta Cuba que fue sólo sobrevive en la memoria y en la resistencia de los últimos cubanos libres. Cuando ellos mueran la luz de toda una época se apagará.

(Blog Emanaciones, octubre 2019)

Monday, October 7, 2019

Hypermedia magazine vs. editoriales cubanas

¿Por qué no se ha tomado ya la decisión de clausurar definitivamente las editoriales estatales cubanas que publican literatura cubana contemporánea?

¿No representaría un ahorro para el Estado? ¿Por qué seguir botando dinero de esa manera?

En serio, ¿qué está esperando Miguel Díaz-Canel? Si alguna vez dijo: “Total, todo el mundo censura”, ¿qué espera para decir: “Total, si el 90% de todo eso es mierda”?

¿Y, en ambos casos, no tendría toda la razón?

Unión, Letras Cubanas y compañía, ¿de verdad son sellos editoriales? ¿O no son más que un truco presupuestado para la inflación de egos, para la egoterapia?

En tiempos difíciles, ¿por qué subvencionar a los escritores locales, adultos, no discapacitados, que todavía se pueden buscar la vida? ¿No es mejor —concediendo que algo haya que publicar, para guardar las formas— publicar exclusivamente a los muertos?

¿Para cuándo el apocalipsis zombi en las editoriales estatales cubanas?

(Hypermedia interroga [X]. Hypermedia magazine, octubre 2019)

Wednesday, October 2, 2019

Carlos Manuel Álvarez vs. Roberto Fernández Retamar


   Con la noticia de su muerte, alguien me preguntó si por fin Retamar servía o no. Le dije, por decir, que pensara en un prospecto que nunca llegó a triunfar en Grandes Ligas y que, siendo beisbolista, pudiendo batear y fildear, aceptó el cargo de coach de tercera.
   Alguien que cumple órdenes, da señas constantemente y transmite las jugadas que piensa otro. Alguien que te indica cuándo tienes que frenar o cuándo puedes seguir, y alguien que, de más está decirlo, siempre mandó a frenar. Le gustaba que la gente estuviera quieta en base.
   Cuando yo llegué a La Habana, con dieciocho años, Casa de las Américas era un templo venerable, un gris edificio arte decó ubicado en Vedado, en calle 3ra y Avenida de los Presidentes. Justo al lado quedaba mi residencia universitaria, veinticuatro pisos de hambre y subversión.
   Todos los días, para llegar a mi cuarto, cortaba camino como tantos. En vez de tomar la acera, me metía por una especie de pasillo que atravesaba la entrada de Casa y miraba para adentro, buscando quién sabe qué.
   La primera vez que vi a Retamar fue en uno de esos peregrinajes de estudiante. Ya rondaba los ochenta, sus pasos eran cortos. Lo rodeaba una cohorte de empleados menores. Iba a montarse en un Lada, se lo llevaban a algún lugar.
   Yo quería con todas mis fuerzas convertirme en escritor. No había, desde luego, escrito nada, pero creía que pasar cada tarde por Casa de las Américas y encontrarme a veces con Retamar en mi camino ya me ayudaba un poco a serlo.
   Era una atmósfera sublimada que yo confundía doblemente. Primero porque la literatura no es algo que venga nunca desde afuera, y segundo porque en los años que yo estudié en La Habana –y así sigue siendo hasta hoy, y así era también desde mucho antes– no había nada que pudiera alejarte más de la literatura que Casa de las Américas.
   La última vez que vi a Retamar, si es que no se trataba de un fantasma, fue hace casi tres meses. Me habían invitado a la feria del libro de Santo Domingo. Entré a un restaurante y él estaba sentado en una de las mesas con más comensales. Fue una presencia incómoda, no me gusta estar en un lugar donde hay gente que trabaja para el estado cubano. Transpiran miedo, son recelosos, siempre tienen que cuidar sus palabras. Todo eso puede olerse si uno tiene el olfato indicado. Es como recordar cuál era tu olor años atrás.
   Salí de allí de inmediato. Retamar llevaba su boina distintiva, para mí ya un emblema del hombre pusilánime, del pensador castrado en buena medida por sí mismo.
   Hay en su obra un poema bisagra muy conocido. Se llama El otro (enero 1, 1959), y está escrito, naturalmente, en el punto de quiebre de la historia, justo en ese instante en que toda la materia nacional conocida hasta el momento está cerca de entrar para siempre en otra dimensión. «¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,/ sus huesos quedando en los míos,/ los ojos que le arrancaron, viendo/ por la mirada de mi cara/?», se lee ahí.
   Podemos detectar de dónde viene y adónde va Retamar. La contención del poeta letrado le sostiene todavía el pulso al estremecimiento épico, salva al verso de fracasar en la estridencia, pero todo eso va a desaparecer. Retamar va a traficar con el tono elegíaco, a corromperlo en el trasiego diario, convirtiendo su lírica, cargada de esperanza y porvenir, en un sitio de constante expiación cívica.
   En esa monografía programática, El socialismo y el hombre en Cuba, el Che Guevara le endilga a la vieja burguesía cubana una culpa original que Retamar, como hombre ampliamente formado bajo las reglas del viejo orden, va a padecer y a tratar de limpiar más que nadie.
   Hay entonces un punto de ironía y de justicia en el hecho de que en sus coloquiales poemas revolucionarios Retamar sea más burgués que nunca. Con las mismas manos relata su participación en la construcción de una escuela. Ahí cuenta que a pesar de ponerse lo que él entendía como ropas de trabajo, todavía los obreros le dijeron señor.
   Se trataba de un turista en el país del proletariado, alguien de paso que quería parecer cool, convertirse en unos más, y que no tenía la menor idea de cómo vestían los obreros. Es condescendiente y compasivo, ve en esos semejantes a buenos salvajes, y hay una representación primitiva de las acciones y las cosas («Y me eché a aprender el trabajo elemental de los hombres elementales», o «tomé el agua silvestre de los trabajadores»).
   En la revolución, la clase obrera es la nueva aristocracia social. En una actitud típicamente burguesa, Retamar quiere acceder ahí, quiere travestirse con ponderaciones y lisonjas y que lo acepten en la corte del yunque y el cultivo. Pero el único momento revolucionario es el momento pre-revolucionario, y el segundo de la transformación ya ha sucedido, el segundo verdaderamente luminoso está clausurado de modo definitivo para Retamar y los suyos.
   Como sujeto de su clase, Retamar quiere alargar un suceso al que llega, por fuerza, tarde, puesto que es condición dada de la burguesía llegar tarde a las revoluciones modernas. Ese alargamiento tozudo es trágico, inicia y justifica la deriva totalitaria.
   El único puesto que hay entonces para el burgués en el tejido social del nuevo orden no es un puesto de obrero, sino un buró de funcionario. Es lo máximo a que se puede aspirar, una recompensa que castiga. Con su chivo, su boina, su portafolio cargado de poemuchos y papeles administrativos, y su imbatible obediencia y sumisión, Retamar cumplió siempre a pie juntillas lo que la historia tenía deparado para él.
   Con las mismas manos es un poema de 1962. «Pasé por el que será el comedor escolar/ hoy sólo señalado por una zapata», dice su verso décimo. Tantos años después Retamar ha muerto, muchas vidas han pasado, ya no hay burgueses ni obreros, sino sobrevivientes, y ese comedor no ha sido construido todavía.

(Un turista en el país del proletariado. El País, julio 2019)