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Monday, August 26, 2019

Andrés Reynaldo vs. Abel Prieto


Abel Prieto no será el rostro de la cultura cubana. Pero sí es su penúltima o antepenúltima palabra. La primera, ya se sabe, es de Raúl Castro.
   Como que en la Cuba oficial y semioficial nadie habla, canta, filma, viaja o escribe sin estar autorizado (aunque de cuando en cuando alguno se finge independiente), no paso por alto el ímpetu y despliegue de citas con que Prieto la ha emprendido de pronto contra Guillermo Cabrera Infante.
   En un artículo publicado el 18 de julio en Granma, Prieto empieza celebrando la consagración de la obra de Fernando Ortiz como Patrimonio de la Nación. Luego, pasa a comparar la cubanidad de Ortiz con la de Cabrera Infante. Prieto cita a Elías Entralgo para establecer que Ortiz es un egregio representante de la "cubanía progresiva" y Cabrera Infante lo es de la "cubanía estacionaria". De Entralgo, destacado colaborador de aquella famosa Universidad del Aire (1932-1952), ¿podrá decirse que en el aire las compuso?
   Al cabo, pareciera que el artículo no va tanto por elevar a Ortiz como por despeñar a Cabrera Infante. Sin transición, sin una cervecita dialéctica que nos ayude a soportar la canícula de su selva epistemológica, Prieto nos dice que Cabrera Infante, "cubanísimo en su narrativa, en su pirotecnia lingüística" es "francamente anexionista de alma y pensamiento". Acto seguido, estampa en el expediente del novelista un cuño con una frase de Ortiz: "cubanidad castrada".
   Otras citas de Ortiz, dentro y fuera de contexto, le sirven a Prieto para inhabilitar a Cabrera Infante. Veamos este fragmento: "No es suficiente, insiste Ortiz, 'tener en Cuba la cuna, la nación, la vida y el porte'. Falta algo más: 'son precisas la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser'. Y diferencia 'la cubanidad, condición genérica de cubano, y la cubanía plena, sentida, consciente y deseada'". Innecesario aclarar que la cubanía plena, sentida, consciente y deseada implica un compromiso revolucionario, incluso con carácter retroactivo, cuya certificación de autenticidad queda en manos de las autoridades castristas. La cubanía, al igual que la calle, es de Fidel.
   Esta es una de nuestras taras intelectuales, agravada por la dictadura. La elaboración en abstracto sobre una esencia nacional sin otro alcance más allá de la frase. Mucho porte y poca sustancia. De este modo, seguimos hablando de la nacionalidad en el siglo XXI con un marco conceptual que ya era pobre a fines del XIX. En algunos casos notables, los fraseadores desconocen el país y/o se acomodan, digamos, a una suerte de iluminada pereza. Nadie se extrañe de que al final la policía termine parándote, en la calle o la eternidad, a ver quién tiene la cubanidad más larga.
   Como ministro de Cultura, Prieto implementó la política del cambio-fraude. Con éxito, debe admitirse. Cada vez son menos los creadores de la Isla que van a la cárcel o recurren al escándalo político. Y cada vez son más los que llevan su jaula a cuestas donde quiera que vayan, con tal de que los dejen salir y entrar a su antojo. Porque no hay nada como salir, posar de heterodoxo y moderado, soltar una pullita contra el embargo y otra pullita contra el exilio, reunir unos chavitos por aquí y una pacotilla por allá, salir a pasear en el yate de algún millonario dialoguero y entrar a vivir como un personaje de carne y hueso entre los fantasmas de un pueblo en ruinas.
   De todo esto, Cabrera Infante fue la antítesis. En vida y obra. Pasó hambre, se le quebrantó la salud, fue sistemáticamente ninguneado y difamado por la izquierda en cualquier tierra que pisara, pero nunca se le agachó a la dictadura. Si vamos a hablar de su obra, ¿hay otra que revele a Cuba y los cubanos con la misma sostenida calidad, con la misma claridad, con la misma originalidad de estilo, con la misma desenfadada lucidez? Se entiende entonces que la lógica totalitaria decrete su expulsión del panteón nacional. Hay que organizarle un acto de repudio con Martí a la cabeza. Es un anexionista. Para colmo, tiene la cubanidad chiquita.
   Imposible pasar por alto el artículo de Prieto. No como testimonio fiscal el día en que todo se venga abajo. Los censores siempre sobreviven. Pero habrá que hacer la crónica, habrá que recordar la triste historia de cómo el adocenamiento, el miedo, la banalidad, la pompa y la agresiva guanajería del castrismo, apoyado en su tradición afín, siguen arrastrando nuestra cultura (¿a dónde si no?) hacia el punto cero.

(El tamaño de la cubanidad. Diario de Cuba, julio 2019)

Tuesday, August 20, 2019

Alejandro González Acosta sobre Leonardo Padura (2)


Son muchos los escritores de primera fila que han sido cuidadosamente excluidos por esas editoriales que “venden a Cuba”, cuando sus obras no resultan congruentes con esa imagen idílica del desastre cubano: unas ruinas con charme, un discreto encanto del proletariado indigente, una desesperación jocosa, una miseria tres chic, con esos jubilosos negritos bailando la rumba revolucionaria. Y al final una moraleja edificante de que, a pesar de todo, “seguimos siendo revolucionarios y confiando en el futuro”. Esos autores han sido inscritos en una lista negra la cual sospecho que las editoriales más comerciales y hegemónicas intercambian con la puntual eficiencia de los servicios secretos. Guillermo Cabrera Infante lo padeció. Lo sufrió Reinaldo Arenas y hoy muchos lo siguen enfrentando. Zoé Valdés hasta podría dar una conferencia magistral sobre este tema. Pero son muchos, demasiados, los escritores cubanos que se han estrellado contra el muro de las prepotentes editoriales hispanoamericanas las cuales ya decidieron —después de concienzudo estudio de marketing— que el anticastrismo no vende. Pero el castrismo tampoco, pues ya está demodée: necesitan un producto intermedio que juegue críptica y anfibológicamente y exponga lo que cada quien quiera entender. Y para eso, está Padura, toda una industria incesante de novelas ubicadas en ese espacio gris y de luz imprecisa, esa twilight zone, con esos libros del crepúsculo hechos a la medida de casi todos los gustos.
   Padura sabe esto y no quiere arriesgarse. Su nicho puede parecer incómodo, pero es seguro. Y por ello sus editores lo protegen con amoroso cuidado: hoy en sus apariciones públicas, los periodistas convocados –previa cuidadosa selección- resultan advertidos severamente que “el autor no quiere que le hagan preguntas sobre la política cubana”. Los editores velan por su producto.
   “Eso” que pasa en Cuba es la imagen del sueño que no fue, pero que de algún modo sigue ahí, contra toda lógica y razón, para momentánea tranquilidad de “las buenas conciencias”. Siempre es una experiencia regocijante y ya casi única a nivel mundial, disfrutar del “turismo político” que brinda la isla, con sus habitantes esquilmados y sórdidos, joviales y complacientes, y todo esto, además, dentro de un vivificante “baño de sauna revolucionario”: es como tomarse una foto con el último Lobo de Tasmania. Ese parque temático de la izquierda mundial que es Cuba, sin duda resulta mucho más atractivo por su colorido, sabor y musicalidad tropical, que una grisácea Corea del Norte, un desabrido Viet Nam, o una rígida China capitalista …
   En ese sentido, las novelas de Padura pueden ser para estos sujetos unas atractivas y sugerentes guías turísticas de Michelin a la cubana. Se trata de “pasear La Habana” —o su suburbio, Mantilla— de la mano no de Eusebio Leal, (ese consentido Petronio habanero que todavía aplaude jubilosamente untuoso el incendio de las ruinas del Nerón II cubano), sino de Mario Conde: a Padura lo han ubicado, posiblemente a su pesar, en una plaza de cicerone del MINFAR-MINTUR, pero exclusivamente para el área de dólares y euros: no se aceptan ruidosos y rezongantes nacionales indeseables, sólo como parte de la escenografía y en papel de solícitos y joviales tramoyistas.
   Pero esta difícil ubicuidad tampoco le ha resultado fácil al prolífico autor: también desde la siniestra le han venido golpes: el militantísimo argentino harvardiano Atilio A. Borón, lo llamó un “Jeremías” quejumbroso, casi antirrevolucionario: no es raro que le pida al cubano más fidelidad revolucionaria, quien ha sido capaz de exigir al gobierno de Maduro que aplaste violentamente con su ejército bolivariano a la oposición venezolana.
   En tales condiciones, no es justo ni sensato tratar de exigirle al novelista que “le dé patadas a su pesebre”, pues como se dice en buen criollo “no se defeca donde se come”. Sería absurdo lo contrario. Gabriel García Márquez lo advirtió muy bien y desde temprana fecha: cuando declaraba hipócritamente que “escribía para que lo quisieran”, por otra parte, en una sincera confidencia íntima, largó que “la mejor forma de no preocuparse por el dinero es ser millonario”. Y, en efecto, lo fue, abundantemente. Y aún después de muerto, sigue produciendo ganancias, no sólo con sus obras, sino con la venta —¡al odiado país del imperialismo avasallador!— de su biblioteca y archivo. Nunca fue remiso en perseguir honores y beneficios, y además su legendaria avaricia con sus compatriotas para conceder algunas migajas de su fortuna, ya es un tópico de la literatura latinoamericana, como la ceguera de Borges o el frenillo de Carpentier. Nunca ayudó a los jóvenes (ni a los mayores) autores colombianos, a quienes despreciaba llamándolos “parásitos envidiosos”, junto con Colombia, por cierto. Mencionen si quieren un amigo de veras del Gabo desde la juventud. ¿Plinio Apuleyo Mendoza? ¿Álvaro Mutis? A todos los fue abandonando en su incontenible ascenso hacia las cumbres del poder, que tanto le atrajo siempre.
   A la larga, Padura no es ni más ni menos como El Gabo, Balzac, Cervantes y Shakespeare; escribe por la misma razón que ellos, pues es un escritor profesional: además de porque le gusta hacerlo, para vivir. Si además cae algo de gloria, mejor, pues eso hasta ayuda a las ventas y lo cubre con un manto protector para las complejas condiciones en las que escribe.
   No es muy sensato reclamarle tanto esa ambigüedad a Padura, sino más justamente a sus editores, porque a ellos les conviene pues así cobran y ganan más; tomar partido por uno de los lados es perder mercado: ¿por qué hacerlo, entonces? Esa indefinición es parte sustantiva de su éxito, pues, aunque pueda perturbar o inquietar a muchos, en realidad no molesta ni irrita verdaderamente a nadie. Él brinda esa imagen de Cuba que se necesita comercialmente, para proyectarla a nivel internacional por los poderosos editores que lo respaldan e impulsan, quienes a su vez alimentan a un público lector ávido de nostálgico folklorismo revolucionario, aunque atemperado y modulado con las pinceladas del desastre actual. Por otra parte, complace la existencia de alguien que se oponga al “Enemigo Predilecto”, Estados Unidos, el cual al parecer es el triste papel que los “espíritus progresistas” han asignado a los cubanos, sin consultarlos y contra su voluntad. Esos consumidores necesitan que Cuba siga ahí como está, y que Padura escriba de eso como lo hace y que lo haga en Cuba.
   Pero esto no es culpa de Padura, ni de los cubanos. En la distribución de papeles y disfraces del Gran Teatro de Mundo actual, a los cubanos les correspondió ser “alegres, eróticos, bailadores y revolucionarios”, con un fondo musical de maracas y un escenario de playas con mulatas despampanantes. Meliá y Gaviota están plenamente de acuerdo en esto: en cada habitación de los hoteles para extranjeros en Cuba debieran poner, en lugar de una Biblia, un ejemplar de Padura.

(Las “pauras” de Padura [III]. Cubaencuentro, marzo 2018)

Wednesday, August 14, 2019

Abel Prieto vs. Guillermo Cabrera Infante (2)


Hay anexionistas rumberos y divertidos, que dominan un picante repertorio de cubanismos, disfrutan el ron, el dominó, un buen tabaco, el café fuerte, ríen con los chistes de Pepito, lloran con un bolero y llevan siempre al cuello una medalla de la Caridad del Cobre. Son practicantes activos de la cubanidad externa; pero están esencialmente ajenos a la cubanía.
   Sé de un caso notable: Cabrera Infante, cubanísimo en su narrativa, en su pirotecnia lingüística, y francamente anexionista de alma y pensamiento. Su colección de artículos Mea Cuba (1992) resulta escandalosamente proyanqui. Hace una crítica feroz, sin fundamento alguno, de todo pensamiento antimperialista que haya surgido en Cuba y en nuestra región. El propio concepto de «América Latina» es para él «un cliché más de la izquierda profesional».
   Descalifica a Martí como un fanático que buscó «la muerte romántica» en Dos Ríos, en «un suicidio calculado». Interpreta la alusión al «Norte revuelto y brutal» como germen de otro «cliché» izquierdista: la dualidad Norte-Sur. Nos recuerda que Cuba está «para siempre a 90 millas de las costas norteamericanas», lo que define nuestro destino y nos condena de modo fatal a la subordinación. «La geopolítica es más decisiva que la política», repite una y otra vez Cabrera Infante. Alguien que usaba su talento y su sentido del humor para jugar literariamente con los signos exteriores de nuestra cultura; pero pertenecía a la especie de la «cubanidad castrada».

(Cubanidad y cubanía, Granma, julio 2019)

Friday, August 9, 2019

Belkis Cuza Malé vs. Roberto Fernández Retamar


Cuando la historia de una persona está ligada a la política servil del modo en que lo hizo Roberto Fernández Retamar, apoyando a la dictadura castrista, lo menos que podemos decir es la verdad sobre el personaje que acaba de fallecer.
   Murió "con las botas puestas". Ex Miembro del Consejo de Estado, director de La Casa de las Américas, represor oficial de la literatura que no aplaudiera al régimen, aparece ahora en el exilio como un "gran intelectual". Los grandes intelectuales no se venden, amigos.
   Estoy cansada de oír ofensas y comentarios malvados contra HEBERTO PADILLA, pero ahora veo que Retamar ha logrado borrar de un tirón toda su trayectoria abyecta, y el exilio lo "reverencia".
   Pregúntenle a Neruda quién promovió en La Habana, la carta contra él, por el sólo hecho de haber visitado Estados Unidos y ser invitado a la Casa Blanca. Y eso fue a principios de los 60.
   De ahí en adelante Retamar no cesó de manifestarse como un servidor oficial del régimen que esclaviza a Cuba.

(publicado en la red, julio 2019)

Wednesday, August 7, 2019

Juan Abreu vs. Norberto Fuentes (2)


Leo que en su último libro (que no leeré) Norberto Fuentes habla de la cobardía de Padilla. Sobre eso sólo cabe decir que es mil veces mejor ser un cobarde (si es que Padilla lo fue) que un esbirro como Fuentes. Ya sé que Fuentes es un pobre hombre que quiso ser Fidel Castro y se enamoró de Fidel Castro y sigue enamorado de Fidel Castro y el sueño de su vida es que lo hubiera enculado Fidel Castro. Ay, pero no pudo ser, y por eso hoy tenemos que soportar los enormes mamotretos en los que Fuentes quiere ser Fidel Castro. Hay que diferenciar entre el poeta Padilla y Fuentes. Padilla fue una víctima del castrismo, a pesar de su oportunismo y ciertas bajezas (sus ataques a Lezama Lima, por ejemplo), pero Norberto Fuentes fue un esbirro y un agente de la policía cubana y un escritorzuelo al servicio de los asesinos y siempre él mismo aspirante a asesino. Son cosas muy diferentes.
   Yo, por otro lado, estoy convencido de que el ufanarse de Fuentes del bulto de la pistola bajo la camisa, no es más que una manera de compensar por sus dificultades para conseguir una erección. Este tipo de esbirro pistolero y algo mariconazo suele ser con la mayor frecuencia un picha floja.

(Blog Emanaciones, octubre 2018)

Thursday, August 1, 2019

Néstor Díaz de Villegas sobre “La Historia me absolverá”


El batistato es nuestra edad de oro, y La Historia me absolverá, su canon literario definitivo. El personaje más completo, más logrado del batistato, es Fidel Castro. En su noveleta jurídica todavía existían las leyes –y el castigo por infringirlas– pero, sobre todo, existía la idea de una República. En esa obrita está resumida toda la Libertad que pudo amasar y expresar una época de libertinaje. Y también, la crisis, la negación de esa Libertad. El acusado se convierte en acusador, y encarnando al fiscal condenará la época de oro que lo engendró. En lo sucesivo, ya nunca dejará de ser juez y parte, defensa y fiscalía en una sola pieza, tanto para sí como para cada uno de sus súbditos. El salvador de la República que vemos aquí en su momento estelar, durante el desenlace trágico del fin de la Historia, devendrá destructor de la República. Y toda esta riqueza descriptiva, estilística y semiótica, está contenida en un solo panfleto, en un único auto de fé, donde Batista deviene Claudio; Cuba, Gertrudis; Fidel, Hamlet, y Martí, el fantasma del Padre.

(Macramé para el primer aniversario de un blog. Blog Penúltimos Días, julio 2007)

Monday, July 29, 2019

Antonio José Ponte vs. Antón Arrufat y Reinaldo Montero


Para el régimen castrista sería muy útil contar con un PEN Cuba inefectivo o dócil. Admitiéndolo lo menos no gubernamental posible, tendrían otra UNEAC mucho más explotable internacionalmente. Y, puesto que existen el presidente Arrufat y el secretario Montero, queda cerrado el paso a cualquier espontáneo inmanejable empeñado en fundar otra rama habanera de PEN.
   Lo anterior son interrogantes y pronósticos. Queda por ver qué harán Arrufat y Montero, aunque algo de ello puede vislumbrarse ya al examinar la nota de condolencias cursada por ambos.
   Enviada a una lista de direcciones desde el correo privado de Arrufat, la nota no contiene petición de ser publicada y, hasta donde sé, no se intentó publicar en ningún medio. Demos por descontado que no habría hallado beneplácito en la prensa oficial, ¿pero al menos hicieron la prueba Arrufat y Montero? Y, ya que dirigen una organización no gubernamental, ¿por qué no probaron a publicarla en la prensa independiente de la Isla o en la prensa del exilio?
   Tampoco fue publicitada en un sitio propio en la red: no hay dudas de que se trata de una carta pública bastante poco pública. A juzgar por su texto, es la carta pública bastante poco pública de una organización que, si acaso es no gubernamental, es escasamente no gubernamental.
   Arrufat y Montero no reaccionaron de inmediato a la muerte de Miguel Mejides, dejaron pasar más de una semana. Lo que parece haberlos movido a componer su carta de condolencias fue la muerte de Rafael Alcides, el silencio oficial deparado a su muerte. Puesto que los medios oficiales publicaron noticia del fallecimiento de Mejides y silenciaron el de Alcides, la ocasión se prestaba para que PEN Cuba se pronunciara contra la censura política.
   No ocurrió así, no hay en la carta de PEN Cuba referencia a lo impar de la suerte póstuma de ambos autores. A quienes alcanzaran a leer esa carta les tocaba intuir que, al juntar a Mejides y Alcides, se estaba hablando contra la discriminación del segundo. Esa condena no era explícita, sino que había que barruntarla dentro de las maneras alegóricas y submarinas tan usuales en Cuba. Los firmantes de la carta contaban con la suspicacia de sus lectores para no poner en riesgo la buena disposición de las autoridades.
   Virgilio López Lemus fue más osado cuando escribió de Alcides en una publicación oficialista: "Él tuvo el derecho de renunciar a lo que quisiera, nosotros no tenemos derecho a renunciar a él y a su hermosa obra". Su obituario, aparecido en Cubaliteraria, fue uno de los dos publicados por la prensa del régimen. El otro, aparecido días más tarde en La Jiribilla, reproducía un texto publicado por Roberto Manzano en Facebook. (Tanto Cubaliteraria como La Jiribilla son medios dirigidos al exterior, con pocos lectores dentro de la Isla.)
   Puestos a hablar del tema, Arrufat y Montero tenían la obligación de denunciar la censura practicada. Y no es que Rafael Alcides, quien renunció a su membresía de la UNEAC y rechazó el Premio Nacional de Literatura, necesitara de una mención en Granma a la hora de su muerte, sino que los lectores que lo leyeron con fervor (ese fervor con que en los años 80 vi a tantos leer Agradecido como un perro) deberían saber que ha muerto el poeta.
   Se trata principalmente de un derecho de los lectores cubanos, de un derecho a la memoria, y es sobre violaciones como esta, y aún peores, que debería incidir un PEN que funcionara dentro de Cuba.
   Si Arrufat y Montero no sintieron la obligación de pronunciarse abiertamente sobre el tema, demuestran cuán incapaces son para liderar la defensa de unos derechos gremiales que, al incluir también a los lectores, rebasan lo gremial. Pero si, sabedores de su deber, decidieron adoptar un perfil bajo, pronunciarse sibilinamente y ejercer, ahora como presidente y secretario general de una ONG, más disimulaciones que las que ya hacían cada uno por su parte, lo menos caústico que podría afirmarse de ambos es que han reunido sus esfuerzos de dramaturgos para una nueva farsa que los favorezca.

(Antón Arrufat y Reinaldo Montero por la defensa de los escritores cubanos. Diario de Cuba, julio 2018)

Tuesday, July 23, 2019

Alejandro Armengol vs. Roberto Fernández Retamar

Retamar tuvo el “don” de cumplir a la perfección varios objetivos del centro de poder en Cuba— objetivos que trascendían las ideologías en juego en los inicios y luego internacionalmente— el cual necesitaba para ello de un instrumento idóneo, que permitiera el empleo del socorrido puño con guante de seda.
   Desde el 1 de enero de 1959 inició ese camino con un poema fechado en ese día: “Los sobrevivientes”:

   Nosotros, los sobrevivientes,
   ¿a quiénes debemos la sobrevida?
   ¿quién se murió por mí en la ergástula,
   quién recibió la bala mía,
   la para mí, en su corazón?
   ¿sobre qué muerto estoy yo vivo…?

   Con estos versos Retamar establece en la literatura cubana el complejo de culpa dentro de sus creadores por no haber participado con las armas en la lucha contra Batista; complejo que luego se ampliaría con el concepto de compromiso intelectual, primero en su versión sartreana y luego bolchevique. Aquí se anticipa al Che Guevara, que luego expresará igual opinión, incluso más a las claras, en “El hombre y el socialismo en Cuba”: el pecado original de los intelectuales cubanos es que no son verdaderos revolucionarios.
   “Calibán”, esta vez como ensayo, cumple igual objetivo en 1971, al aparecer por los mismos días que el funesto Congreso de Educación y Cultura que oficializa lo que luego se llamó el quinquenio gris que en realidad fueron años negros.
   En ese ejercicio como instrumento del poder Retamar fue más que nuestro Gorki o Ehrenburg (papel propio de Carpentier): el ejemplo de intelectual católico en sus orígenes, de clase media y formación en el extranjero convertido en funcionario-comisario de la dictadura del proletario.
   En lo específicamente literario, a la poesía cubana le hizo un daño momentáneo con la llamada poesía coloquial, pero ese, por supuesto, fue un mal menor.

(El sobreviviente. Publicado en la red, julio 2019)

Monday, July 15, 2019

Michael H. Miranda vs. Lourdes González

Despreciable el régimen que pone a un escritor en el lugar del censor.
   Y más despreciable todavía el escritor con pompa de funcionario que se sabe impune y muy lejos ya de todo escrúpulo, que tan a gusto se siente cumpliendo esa tan revolucionaria tarea.
   ¿Es el aislamiento cubano lo que lleva a decir esas cosas? ¿O es simplemente una confusión personal?
   Editar en ese país es censurar, está claro. Los cadáveres que la censura cubana ha prodigado han estado a la vista por décadas.
   Pero parece no sólo que el cuartico está igualito, sino que además ahora el escritor-censor ni se esconde ni se calla: quiere su manual, su novela, su lector y su entrevista.   Y que le aplaudan.

(publicado en la red, mayo 2019)

Wednesday, July 10, 2019

Juan Abreu vs. Abilio Estévez

Yo cruzaba la bahía de La Habana, una extensión putrefacta color excremento y aceitada por los desperdicios de los barcos rusos y me apeaba en el embarcadero de Regla para ir a mi trabajo de peón en la termoeléctrica de Tallapiedra. Todos los días. Durante años. Algunos días tenía que ir todo el trayecto con la nariz tapada porque el hedor de las aguas contaminadas era insoportable. Todo el que viajaba en la lanchita de Regla como le llamaban a la vieja embarcación que cruzaba la bahía sabía que una caída en aquellas aguas podía resultar mortal y nos aferrábamos al armatoste temerosos de aquello que llamaban bahía pero que más bien era un inmenso albañal. Y ahora me tropiezo (en un libro de Mark Kurlansky) con una cita del escritor costumbrista Abilio Estévez que habla de la “bahía hermosa, diabólicamente hermosa” refiriéndose a esa misma bahía hedionda que yo cruzaba todos los días para ir a trabajar.
   Nunca he entendido con qué ojo ven la realidad cubana algunos novelistas cubanos pero tampoco voy a aventurar lo que estoy pensando porque va y se ofende Estévez.

(Blog Emanaciones, enero 2019)