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Monday, June 17, 2019

Rafael Rojas vs. Casa de las Américas

En la página electrónica La Ventana de Casa de las Américas, en La Habana, aparece una crítica de mi libro La polis literaria (2018), muy reveladora de la forma en que esa institución cultural rememora su rol protagónico en la pugna de las izquierdas durante la Guerra Fría latinoamericana. Los autores de la reseña no cuentan de qué trata el libro y no objetan sus tesis centrales sino que lo denuestan por sus ausencias bibliográficas, temáticas o ideológicas. Ausencias que, de manera grandilocuente, llaman "agujeros negros", y que no sólo limitarían al libro sino a mi persona, ya que la condición de "contrarrevolucionario" o "enemigo de la Revolución" representa, en ese tipo de textos, una degradación moral. Limitaciones políticas, entiéndase, que según Casa lastran tanto mi trabajo intelectual como mi vida personal.
   Si los autores de la reseña emplearan un lenguaje y un sentido propios, si no reprodujeran tantas frases que hemos leído en otras diatribas similares en La Jiribilla, en la misma Ventana -aunque ya no se encuentran electrónicamente- o en mi expediente en Ecured, podría pensarse que el texto es, plenamente, de una persona. Pero como desde la primera frase ("en su libro más reciente Rafael Rojas continúa su insistente tarea de calumniar a la Revolución Cubana") hasta la última ("parece más que evidente que el agujero negro por excelencia de Rojas es el mal uso que suele hacer de su inteligencia para atacar al proceso revolucionario cubano del país donde naciera"), se repiten las mismas palabras que desde hace décadas se emplean para caracterizar mi obra en la isla, debo entender que se trata de un autor colectivo.
   Como el anónimo habla orgullosamente en nombre de "la Revolución" y de su gobierno, no puedo menos que considerar sus juicios como juicios del Estado cubano, el Ministerio de Cultura o, específicamente, Casa de las Américas, la institución que edita esto que llamamos "reseña". Hay, como comprobará cualquier lector de mi libro, expresiones del editor o editora, que hemos leído, casi textualmente, en Roberto Fernández Retamar y otros intelectuales oficiales de la isla durante medio siglo. Defienden el presente y pasado de la política cultural cubana en bloque, haciendo excepción de un tramo corto de "quinquenio gris", a principios de los 70, ejecutado, según ellos, por unos cuantos "energúmenos".
(…)
   Mi conclusión, después de varias lecturas de la "reseña" que me dedica La Ventana de Casa de las Américas, es que los editores de esa institución todavía no encuentran la mejor manera de narrar su pasado. Hay ahí no sólo desactualización teórica o intelectual sino incapacidad para reconocer errores, aunque sea de forma retrospectiva, y una insaciable voluntad de poder, que se traduce en abiertas contradicciones, cuando no falsedades o equívocos. Quieren presentarse como plurales y democráticos en el pasado, cuando fueron dogmáticos e intolerantes, y aparentar armonía ideológica o traiciones casuísticas en el presente, cuando la memoria y la crítica crecen y se ramifican por las redes del siglo XXI.

(Casa de las Américas: el relato de las marionetas. Blog Libros del crepúsculo, septiembre 2018)

Monday, June 10, 2019

Roberto Madrigal vs. “La transparencia del tiempo”, de Leonardo Padura

En su novela más reciente, La transparencia del tiempo, no se hace esperar para mostrar ese lirismo picúo. Como si no bastara con el título, el libro abre con el siguiente párrafo: "La luz rotunda del amanecer tropical, filtrada por la ventana, caía como el haz teatral proyectado sobre la pared donde pendía el almanaque con sus doce cuadrículas perfectas, distribuidas en cuatro hileras de tres rectángulos cada una".
   No me explico cómo con tanta gente a quienes le agradece consejos editoriales, nadie se atrevió a disuadirlo de ese comienzo. Luego empieza a narrar y esa suerte de narrativa periodística le sale bien, pero para que no nos olvidemos de su lastimosa y, lo repito, ridícula prosa, vuelve a la carga con: "Sus pies han sido los caminos recorridos: de la inocencia a la culpa, de la ignorancia al conocimiento, de la paz a la muerte, del paseo placentero y el pesado acarreo montaraz a la fuga sin retroceso…", y por si no hubiera suficientes clichés, frases hechas y lugares comunes, una página después ataca con: "Un transcurrir que ni siquiera merecía una denominación que implica movimiento…", ante lo cual uno enmudece de tanto sin sentido.
   Estas dos citas se encuentran en las páginas 40 y 41 de la edición de Tusquets.  
   Esta vez parece que a Padura se le agotaron las ideas y le debía trabajo a la editorial, porque La transparencia del tiempo está "basada" (para no mencionar plagiada) en El halcón maltés, la extraordinaria novela de Dashiell Hammett. Menuda pretensión. La única diferencia es que con Conde ya retirado hace más de una década de la policía, al ejercer como una especie de "investigador privado" dentro de las limitaciones de la Isla, el personaje toma más de Philip Marlowe que de Sam Spade, por comportarse más como un marginal, aunque ambos son unos cínicos desilusionados que aún conservan un poco de idealismo.  
   La novela trata sobre el robo de una virgen negra, de valor desconocido y a la que se le atribuye poderes divinos. Se divide en dos relatos. El de la pesquisa detectivesca y la historia de la virgen que nos refiere a la Garrotxa catalana y hasta las últimas cruzadas. La parte detectivesca es legible, aunque muy similar a toda la obra anterior de Padura-Conde, sin ningún aporte temático. Nos regresa siempre a su grupo de amigos y las "excepcionales" comidas que prepara la mamá del Flaco, un ser inmaculado y estereotípico a no más dar y a su mentalidad de adolescente barriotero. Pero la parte de la historia de la virgen es simplemente insoportable y aburrida, además de estar escrita en esa prosa paduriana de lirismo sin brújula. Ya al final yo pasaba esas páginas sin prestar mucha atención.  
   Por mucha admiración que expresan los escritores cubanos por Hemingway, me parece que se relaciona con su aspecto de aventurero, de macho supremo, ignorando siempre su aspecto de "americano feo" (porque por todo lo que he leído de él, como persona, Hemingway debió ser un tipo intratable), ya que ninguno escribe ni lejanamente parecido a él, que si algo era fue un maestro de la prosa precisa y eficiente, que encontraba la belleza en la simplicidad.
   Padura en esta novela sobre todo, hace alarde de un alambicamiento que a veces lo hace perder el objetivo del párrafo y debilita la narrativa. También aburren los homenajitos y referencias a Virgilio Piñera y a Lino Novás Calvo, que se notan traídos por los pelos, guiños inútiles, pataleos de mono amarrado. Junto con La cola de la serpiente, esta novela forma lo peor de la obra de Padura. De una obra por lo general prescindible, La transparencia del tiempo es merecedora del más rápido olvido.  

(La pérdida del tiempo. Blog Diletante sin causa, marzo 2018)

Wednesday, May 22, 2019

Anónimo vs. Carlos M. Alvarez

¿Urgencia y precisión? Lo primero lo entiendo. Cada vez que comienzo a leer algo de este niño me cae una urgencia por dejarlo de lado que no veas. ¿Pero precisión? No será por lo que escribe, maestro como es de frases vacías de contenido semántico. Suenan bien si las lees en voz alta, pero no dicen nada.
   ¿Y todavía menciona en voz alta aquel librito del Calendario? Yo fingiría que no lo había escrito. Lo más gracioso que tiene es la dedicatoria a Rosa Miriam Elizalde, testimonio de tiempos en que no era tan vertical. De ahí en adelante todo es cuesta abajo. Sí me divirtió entonces que pretendía ir de personaje y de culto, pero pensaba en aquel momento que Keats y Yeats eran homófonos. Y tiene una de las oraciones más disparatadas y tiernamente cómicas de la literatura cubana. Es en un cuento también sobre el servicio militar (que parece ser lo único que le ha pasado en su vida) donde el protagonista dice que esa experiencia y las guardias nocturnas lo han vuelto “infalible a las películas”. Me desconcertó tanto la frase que fui al diccionario a comprobar que no estaba equivocado y que no había una acepción de “infalible” que desconocía. Pero no, y más tranquilo acepté que aquello era puro cantinfleo.
   Lo demás de la entrevista es ruido. Las opiniones sobre literatura son cómicas y oscilan entre la confusión, el cliché y el disparate. Es muy gracioso lo en serio que se toma a sí mismo. A lo mejor en persona es diferente, pero cuando escribe a CM parecen haberle extirpado el sentido del humor. No hay ironía, no hay distancia, no hay introspección real (lo suyo ha sido siempre el sentimentalismo y la sensibilidad de las señoras mayores de clase obrera). Acaso el problema sea un inexistente sentido del ridículo que lo prohíbe tomar conciencia de las boberías que dice y reírse un poco de sí mismo. Pero el socio, nada, se envuelve en la toga y dispara una sarta de boberías tras otra. Le habrían hecho un favor si cuando comenzaba como periodista no le hubieran mentido que era bueno.

(publicado en la red, septiembre 2018)

Friday, May 3, 2019

Gilberto Padilla Cárdenas regala libros de Leonardo Padura

Durante los seis últimos años he tratado de extinguir mis 125 ejemplares de Leonardo Padura. Los utilicé para elevar el monitor de mi computadora. Tapé la luz que entraba por los cristales de las ventanas de mi cuarto con algunos. Intenté regalar la tetralogía a mis amigos, pero “las cuatro estaciones” son como las películas de Jean-Claude Van Damme: una la toleras, las demás parecen refritos. Puse anuncios clasificados en revolico. Escribí artículos —con enlaces a mis anuncios— para estimular las ventas. Traté de canjearlos por otros libros que sí me interesaban. Y, de todos modos, la cantidad de ejemplares apenas disminuye.
   De modo que aquí estoy de pronto ante una caja con noventa o cien libros de Padura, libros que deben de costar unos 1000 euros fuera de Cuba. Su autor ha tardado años en escribirlos, la editorial Tusquets han invertido miles de euros en publicarlos, así como innumerables horas en corregirlos y en diseñar sus melancólicas portadas; hasta han desembolsado un poco más de dinero para reeditarlos. Y yo con todas estas ediciones cubanas estorbando en mi clóset…
   Solo me queda apelar a los desconocidos.
   Tú, si buscas libros gratis de Leonardo Padura, ya sabes qué hacer: escríbeme.

(¿Leerías los libros de Padura si fueran gratis? Hypermedia magazine, octubre 2018)

Friday, March 15, 2019

Ibrahim Hernández Oramas vs. la antología "La generación de los años 50"

Publicada en saludo al 25 aniversario de la revolución, la antología de la generación de los cincuenta es uno de los textos más infestados de ideología que la historia de la literatura cubana recuerde. A mí siempre me ha parecido una suerte de montaje generacional, de entelequia: un libro de ocasión con una carga de oportunismo notable. En el prólogo, escrito por Eduardo López Morales, se elogiaba el incremento de la producción artística en las provincias (como si de una cosecha de papas se tratara), se enfatizaba la correlación dialéctica entre nueva técnica y espíritu nuevo (cualquier cosa que esto signifique), se subrayaba la pertenencia de los poetas al pueblo trabajador y uniformado, se empalmaba, a fin de cuentas, vanguardia política y vanguardia literaria. El tono de la antología debe ser leído en relación a sus intertextos: la diatriba El socialismo y el hombre en Cuba y, en general, toda la atmósfera antiintelectual de la época. Leída en estos términos, La generación de los años cincuenta puede considerarse una especie de tributo al poder, de expiación de ese pecado original, una capitulación en toda regla.
   Friol comenta que la enemistad de uno de los antologadores le valió la exclusión, pero, ese mismo carácter reconcentrado y, como tú dices, singular, de su obra, esa relación oblicua y de vínculos que no se pueden atajar en la superficie tanto con Orígenes como con la generación de los cincuenta, hacen de su poética algo muy difícil de sistematizar, de asimilar a la norma, y más si se trata de asimilarse al tipo de operación ideológica y de legitimación que pretendían los autores de la antología. Esta es una cuestión que analizo con detenimiento en el libro.
   Esa exclusión le debe haber parecido a Friol un gesto más de esa indiferencia con que la industria editorial y la maquinaria ideológica del campo intelectual premiaban su obra. Hay que tener en cuenta que, luego de su primer cuaderno, Alción al fuego, publicado en 1968, pese a que se mantiene escribiendo y enviando manuscritos durante todo ese tiempo, Friol no ve publicado libro suyo en Cuba hasta 1988, cuatro años después de que apareciese esta antología.Visto con cierto cinismo retrospectivo, aunque fueron años de su vida muy complicados, ese ostracismo puede haberle salvado de participar de la adscripción y el entusiasmo que tan magros resultados transpiró en la escritura de sus contemporáneos. Al menos sí se libró, con seguridad, de figurar en la que puede ser la reunión más insulsa de poetas y poemas cubanos: una antología que incluye los poemas adolescentes de algunos mártires de la lucha contra Batista, los poemas infames del funcionario Luis Pavón (junto a, por cierto, los poemas de algunos de los damnificados por su labor de funcionario), los poemas mediocres de poetas mediocres como Alberto Rocasolano, Domingo Alfonso, Carilda Oliver o César López, etc. Una antología que recoge, además, los momentos más bochornosos de algunos poetas que tuvieron luego momentos mucho más atendibles. Recuerdo, por ejemplo, un poema de Rafael Alcides que equiparaba la idea de soledad y ausencia del amante con la imagen de un blúmer rosado abandonado dentro de un escaparate.

(Friol contra los cincuenta. Entrevista a Ibrahim Hernández Oramas. El Nuevo Herald, marzo 2019)

Tuesday, February 19, 2019

Néstor Díaz de Villegas vs. José Martí

Ah, pero Martí, como un Paul McCartney empeñado en cruzar descalzo la cebra de Abbey Road, nos llevó precisamente por ese largo y tortuoso sendero, hacia el destino de mierda que señala con su dedo de mármol desde el pedestal del parque. Si quisiéramos denostarlo realmente, lo llamaríamos “Mármolo”.
   Porque Martí es, positivamente, el autor intelectual de cada desastre ocurrido en Cuba desde el 59, el culpable de todas nuestras desgracias, desde las Escuelas al Campo hasta la Batalla de Ideas. Martí es el escritor fantasma del vademécum totalitario y de cada uno de sus acápites, hasta llegar al capítulo culminante, que es ya el punto y aparte.
   I’m with stupid, debería estar escrito en el pedrusco de Fidel, con una flecha que apuntara al mausoleo martiano. I’m with stupid, debió ser el aviso enorme en la pechera de un pulóver hecho a la medida del Martí de la Raspadura. Porque toda estupidez cubana es martiana.
   Querámoslo o no, admitámoslo o no, Martí y Fidel son un dúo, como Clara y Mario, o Pototo y Filomeno. Por eso, cuando Roberto Smith le sale el paso a la película, en realidad está defendiendo el legado de Manchae’ Plátano, y no el de Ginebrita (hubo insultos peores lanzados contra Mármolo).
   Porque lo que verdaderamente está en juego es la versión revisionista del mojón martiano. No son “los símbolos patrios”, en plural mayestático, los que peligran, sino el símbolo único, el que superó y pulverizó a todos los otros, incluido Martí, hasta el punto de que la sola mención de “Cuba” provoca en los extranjeros la respuesta automática “¡Castro!”.

(‘i’m with stupid!’: martí habla de su rol en “quiero hacer una película”. Blog N.D.D.V., marzo 2018)

Tuesday, February 5, 2019

Antonio José Ponte vs. Leonardo Padura (3)

Leonardo Padura, que nunca se ha atrevido a denunciar la dictadura que padecen los cubanos, que no da beneficio de mención a la disidencia, que no protesta por el abuso y la represión contra los disidentes, admite, sin embargo, que se banalice a beneficio suyo lo que es ser disidente dentro de una dictadura. Pero si era un chiste..., podría excusarse. Y en efecto, el chiste es Padura.

(Padura, un chiste de Pablo Iglesias. Diario de Cuba, marzo 2018)

Wednesday, January 30, 2019

Norge Espinosa vs. el Premio Nacional de Literatura (en defensa de Delfín Prats)

   Este año acaba de ser galardonada con ese lauro la narradora y poeta Mirta Yàñez. Con ella parece refrendarse la nueva tendencia del premio, concedido en las últimas ediciones a graduados de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. A Margarita Mateo le sucedió Luis Álvarez Álvarez. Y ahora es la autora de El diablo son las cosas y Sangra por la herida la que recibe el honor. No se trata aquí de discutir sus obras: sin dudas ellos han hecho sus aportes. Lo que tampoco nos deja olvidar que este premio no recayó nunca en Samuel Feijoo ni en Rafael Alcides, por no hablar de cubanos residentes en el extranjero, aunque sí se le entregara a un uruguayo radicado en nuestra Isla. La cosa es mucho más compleja y responde al vaivén de otras políticas. Lo cual no es, ni con mucho, exclusivo de este galardón.
   Hace algunos años, siendo ella parte del jurado del Premio de la Crítica Literaria, cuentan que Mirta Yáñez la emprendió contra los poemarios, al grito de “¡hay que castigar a la poesía!”, y en esa edición no obtuvo el lauro poeta alguno. No quiero dejarme llevar por falsos predicamentos, ni creer que esa “maldición penitenciaria” perdure hasta hoy, si es cierta la anécdota que recorrió toda La Habana. Lo que angustia es que, siendo Delfín Prats uno de los mejores poetas vivos de esta Nación, se le siga escurriendo algo que merece completamente. Ganador del David en 1968 con Lenguaje de mudos -uno de esos cuatro o cinco libros altamente conflictivos de aquel año, junto a Fuera del juego (Padilla), Los siete contra Tebas (Arrufat), Condenados del Condado (Fuentes) y Dos viejos pánicos (Piñera), todos premiados y de inmediato merecedores de una fatwa que tardó años en deshacerse-, el libro de Delfín se redujo a pulpa, sobreviviendo unos pocos ejemplares de aquella edición. El poeta también sobrevivió a esas y tantas tribulaciones, cárcel incluida, y a mediados de los 80 comenzó su rehabilitación. Para festejar el ascenso de Icaro recuperó poemas de Lenguaje de mudos, y luego vinieron otros libros. No muchos, porque Delfín es poeta de vida, más que de obra, según quienes creen que la Literatura es ir sumando legajos y páginas en tediosa acumulación. Como a otra eterna postergada, Lina de Feria, mi generación le acogió como a un igual. Delfín es, además, un hombre y un personaje a la vez, ambos memorables. Y de hecho han sacado provecho sus amigos, desde Reinaldo Arenas, fantasma acompañante, y otros de menor talento.
   Lo cierto es que tampoco cerraremos el año con el Premio en las manos de Delfín Prats. Uno de nuestros más capaces poetas líricos. La causa de esa nueva negativa es ambigua, pero nos recuerda las ocasiones anteriores en que también él y quienes le estimamos nos hemos quedado a la espera. Darle el premio acaso sea resucitar su karma de infortunios, tener que sacar a la luz pública las razones de sus silencios editoriales impuestos o elegidos por él mismo, según las épocas. Hablar, ¡horror!, de sus amistades peligrosas con la bohemia habanera de los 60, Arenas y otros no menos perniciosos entre esa galería de outcasts. Y de alguna manera, pedirle el perdón que ya acaso él no necesita, porque ha demostrado estar más allá de todo eso. Antón Arrufat me contaba con su habitual mezcla de gozo y malicia como Roberto Friol, al recibir el premio, gritó para desasosiego de los funcionarios que accedieron a que se le entregase el galardón a ese hombre de casi olvidada poesía católica: “¡Viva Cristo Rey!” ¿Qué gritaría ante las cámaras este holguinero de vida desaforada y compinche de tantas bestias negras?, acaso se pregunten en sus noches de insomnio. Y mientras tanto, todo se retarda.


(¿Por qué no se gana Delfín Prats el Premio Nacional de Literatura?, publicado en la red, diciembre 2018)

Monday, October 29, 2018

Carlos Olivares Baró vs. "Los Caídos", de Carlos Manuel Alvarez

El principal elemento fallido de esta novela se suscribe en que el registro de las voces en primera persona —suerte de monólogo íntimo— es uniforme: no hay diferencias entre un habla y otra. Las pronunciaciones están marcadas por la misma entonación, igual concordancia e idéntica dicción.
   En la recitación inicial (capítulo Uno, “El Hijo”) se produce bruscamente una traslación del yo al sin ninguna justificación: “La idea estúpida de que mi madre se pudo haber caído me hizo perder quién sabe cuánto, tal vez treinta o cuarenta minutos” (primera persona narrativa). Seguido: “No es sólo lo que te toma ir de la litera al puesto del oficial de guardia. Hay también un tiempo entre la primera vez que la idea te ronda y el momento en que decides ejecutarla” (segunda persona narrativa). Mudanza de tono innecesaria: quebrantamiento del ritmo en un alarde técnico gratuito.
   ¿Alegorías de situaciones comunes que se producen en la sociedad cubana de hoy?: ¿jóvenes resentidos en contra de la falsedad? ¿Contraposición de ideales generacionales? ¿Principios arraigados de un padre convencido de los modelos socialistas? ¿La Madre, oportunista profesora que acepta regalos (sobornos) de los padres de sus alumnos? ¿Funcionarios del Partido Comunista en actos y decisiones arbitrarias? ¿Hija que sustrae alimentos del hotel donde labora? ¿Negocios ilícitos de empleados con mercancía robada?
   Sugerente los vértices del rectángulo que establece Álvarez: “El Hijo” / “La Hija” acosados por el presente y “El Padre” / “La Madre” enclavados en reminiscencias del pasado. En esas oposiciones, la historia alcanza instantes de provocativas especulaciones sobre las correspondencias entre dos generaciones confrontadas en la sociedad cubana. Pero, la trama se empantana por la ociosa narratividad que no cuaja. Uno constantemente se pregunta: ¿Cuándo va a ocurrir algo?
   Por momentos, el texto cobra cierta animación gracias a los recursos oníricos que circundan a los personajes (Tres: “El Padre”, “La Hija”). Asimismo, se asoman algunos ademanes que recuerdan el tono del Calvert Casey de Notas de un simulador. La prosa de Álvarez oscila entre la solemnidad y la propensión a un lirismo de presumidas imágenes: “Abre la puerta del dormitorio con el mayor cuidado posible para que los goznes no chirríen” (Uno, “El Hijo”); “[…] por el ventanal de doble hoja entre los balaustres de hierro oxidado…” (Uno, “El Hijo”); “Mi cuerpo como un país que a veces recorro” (Dos, “La Madre”); “Todo el mundo por aquella época olía a fastidio” (Dos, “El Padre”); “[…] por voluntad de Armando, su plan asceta, su plan frugal, su plan hombre nuevo” (Tres, “El Hijo”); “La humanidad no es más que un multitudinario desfile de frustrados, bastardos conducidos al cepo…” (Cuatro, “El Hijo”)…
   Uno se pregunta: ¿dónde quedó el cronista perspicaz, sugerente, insinuante y provocativo de La Tribu. Retratos de Cuba? ¿Dónde el denuedo de los blogs Periodismo de Barrio y Estornudo. Alergias Crónicas? Los caídos, una “novela” donde no pasa nada: “narración” de pasmosa inmovilidad. Oratoria que intenta presumir una elegancia que desemboca en un amaneramiento, a veces, risible. Carlos Manuel Álvarez hace gala de una divagación que roza la frontera del bostezo.

(Una novela caída. Cubaencuentro, octubre 2018)

Wednesday, October 17, 2018

Roberto Madrigal vs. “Plaza sitiada”, de Norberto Fuentes

Fuentes pretende con esta obra, rescribir su papel en la noche del 27 de abril de 1971, en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC, durante la ya más que conocida confesión de Heberto Padilla. Quiere establecer una narrativa que nos lleve hasta ahí y que nos haga entender las razones de su actuación. Supuestamente quiere aclararlo todo, ofrecer información importante hasta ahora desconocida. En realidad, lo que quiere hacer es elevar su papel a la altura que él mismo se percibe y a la vez, desmentir los eternos rumores que corren alrededor de su persona.
   Para los que todavía no se han enterado, durante su famosa “confesión”, orquestada por la Seguridad del Estado tras haberlo tenido preso durante unos cuarenta y cinco días, el poeta Heberto Padilla debía incriminarse como alguien que había “traicionado a la Revolución”, arrepentirse de sus pecados pequeñoburgueses y denunciar a algunos amigos que habían caído en sus mismos errores para que estos subieran al podio, confesaran sus delitos e hicieran acto de contrición. Padilla mencionó a su entonces esposa, la poeta Belkis Cuza Malé, así como a los poetas y escritores Pablo Armando Fernández, Cesar López, Manuel Díaz Martínez y Norberto Fuentes. Los cuatro primeros subieron a la mesa donde estaba Padilla y siguieron el guion al pie de la letra. Fuentes fue la excepción.
   Según el mismo narra, cuando llegó su turno, dijo estar de acuerdo con todo lo dicho por Padilla, que se alegraba de su regreso y que lo importante era seguir adelante. Esa intervención, como también se dice en el libro, no está registrada en ninguna parte y Fuentes solo tiene un vago recuerdo del momento. Personalmente, jamás yo había oído hablar de eso. Ni siquiera de boca de muchos que estuvieron allí presentes, incluyendo a Reinaldo Arenas quien se encontraba sentado al lado de Fuentes.
   Lo que todo el mundo recuerda, y sí está registrado, es lo que Fuentes dice que fue su segunda actuación, que fue negar las acusaciones porque el no tenía que arrepentirse de nada de lo que había escrito porque él era un revolucionario. El consenso general fue que esto también era parte del libreto orquestado por la Seguridad del Estado (aunque cuentan que José Antonio Portuondo se quejó de que Fuentes había echado a perder la “magnífica velada”).
   En su libro, Norberto Fuentes trata de convencernos de que fue algo que salió de él, una actitud verdaderamente desafiante que tomó a todos por sorpresa y que incluso indignó a Fidel Castro, a la vez que quiere hacernos creer que venció a Castro, porque aparte de un ninguneo, no le pudo hacer nada. Sin embargo, no aporta nada más allá de sus propias elucubraciones, pues ese Castro que él tan bien describió en La autobiografía de Fidel Castro, cuando quería deshacerse de alguien no había quien lo detuviera.
   Fuentes siempre tuvo fama de trabajar “para” la Seguridad del Estado, o de ser miembro del Ministerio del Interior. Es una fama merecida pues siempre ha estado trabajando con la policía, el ejército y el Ministerio del Interior, cosa que no niega, al contrario, alardea de ello. Fue muy amigo de altos mandos militares y estuvo presente como reportero de guerra en las campañas del Escambray y de Angola. Fue hombre de confianza de los hermanos Castro y su obra literaria está ligada a esa participación. En este libro se vende como el único héroe de la literatura cubana por lo que dijo la noche de la confesión de Padilla y por su eterna irreverencia que le costó no poder publicar por muchos años. Le da un distante segundo lugar a Reinaldo Arenas. Pero no, Norberto, ignoras que muchos más no fueron solamente ninguneados por lo que escribieron o trataron de publicar fuera del país, sino que fueron apresados y convertidos en no-personas. Sólo te citaré los casos de Manuel Ballagas, René Ariza y Rafael Saumell, que supongo debas conocer bien.
   Fuentes tiene tres héroes que idolatra: Fidel Castro, Ernest Hemingway y Tony de La Guardia. De ellos admira principalmente lo que él ve como sus cojones. Todo en Fuentes tiene su raíz en un machismo pueril, que le da por adorar a los hombres de acción, que no vacilan en apretar el gatillo ante quien sea y que viven felices con sus crímenes (sobre todo en los casos de Castro y de La Guardia). Hemingway es un escritor que atrae a lo peor del machismo de los escritores cubanos, ninguno se cansa de repetir que Ava Gardner se bañaba desnuda en Finca Vigía y muchos quieren escribir como él, pero lo cierto es que todo queda en la envidia de los machos, porque la prosa de ninguno y mucho menos la de Fuentes, se acerca ni remotamente a la de Hemingway.
   Prácticamente toda la obra de Fuentes está hecha en relación a estos tres personajes. Con la excepción de Condenados de Condado y Cazabandido, que surgen de su experiencia en las campanas del Escambray, Dulces guerreros cubanos es el fruto de su romántica amistad con Tony de La Guardia, La autobiografía de Fidel Castro de ya se sabe quién, así como Hemingway en Cuba. Con excepción de sus cuentos, que son bastante buenos, todas sus obras son desordenadas, escritas con descuido, llenas de datos inútiles, de guiños personales, incoherentes a rato, inconclusas y dictadas por la sobrevaloración del machismo y el despotismo. Otro desastre que las recorre es el excesivo narcisismo del autor, que no puede evitar insertarse siempre en el centro de las tramas como un protagonista.
   Todos los defectos de sus libros anteriores, pero peor aún, aparecen en este libro. Hay anécdotas innecesarias, usa cubanismos para luego explicarlos en un largo paréntesis, introduce personajes que no tienen nada que ver con el tema, está lleno de datos erróneos, repite situaciones y frases y la narrativa no fluye (trabajo me costó terminar su lectura). Es un libro al cual le sobran más de doscientas páginas. Casi todo lo que cita es de conocimiento público y tiene muy pocas cosas de interés. Me llamó la atención que mencionara abiertamente la pedofilia de Alfredo Muñoz Unsaín, el periodista argentino conocido como Chango y al cual algunos de las jóvenes generaciones, incluso exiliados, veneran, cuando en realidad no fue más que un agente de la Seguridad del Estado.
   En el libro se dedica a despotricar de muchos otros escritores, muchos no inmerecidamente, entre ellos Eduardo Heras León, pero Fuentes no para de ajustar cuentas. También la emprende contra su objetivo más odiado, el exilio cubano de Miami entre el que vive hace más de veinte años.
   Si con este libro trató de limpiarse como agente de la Seguridad del Estado, no convence a nadie, al contrario. No solo recuenta todas sus relaciones militares y policiales, sino que confiesa que en 1981 fue a ver a Luis Pavón, entonces director del Consejo Nacional de Cultura, para proponerle escribir este texto y que se lo publicaran en Cuba, para desprestigiar a Padilla. Tampoco aclara, lo cual lo hace aun más sospechoso, como después de unos cuantos años en silencio, pasó a estudiar en la universidad y luego fue puesto en contacto con Antonio Pérez Herrero y de ahí volvió a ser puesto en posiciones vinculadas al Ministerio del Interior, hasta que se enredó en el famoso caso Ochoa, por su amistad con Tony de La Guardia.
   Tampoco convence a nadie respecto a su ubicación en la literatura cubana. Quiere elevarse a ser un escritor al nivel de Isaac Babel, debido a su libro de cuentos Condenados de Condado, que fue realmente controversial cuando ganó el premio Casa de las Américas en 1968, pero su prosa está más cercana a la de Aleksander Bek y Konstantin Simonov, a quienes también confiesa admirar. En fin, que ni siquiera puede convencernos de que, como escritor, no es más que una apostilla en la literatura cubana de los últimos sesenta años.

(“Plaza sitiada”: la idolatría, el egocentrismo y el afán de protagonismo. Cubaencuentro, septiembre 2018)