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Friday, March 15, 2019

Ibrahim Hernández Oramas vs. la antología "La generación de los años 50"

Publicada en saludo al 25 aniversario de la revolución, la antología de la generación de los cincuenta es uno de los textos más infestados de ideología que la historia de la literatura cubana recuerde. A mí siempre me ha parecido una suerte de montaje generacional, de entelequia: un libro de ocasión con una carga de oportunismo notable. En el prólogo, escrito por Eduardo López Morales, se elogiaba el incremento de la producción artística en las provincias (como si de una cosecha de papas se tratara), se enfatizaba la correlación dialéctica entre nueva técnica y espíritu nuevo (cualquier cosa que esto signifique), se subrayaba la pertenencia de los poetas al pueblo trabajador y uniformado, se empalmaba, a fin de cuentas, vanguardia política y vanguardia literaria. El tono de la antología debe ser leído en relación a sus intertextos: la diatriba El socialismo y el hombre en Cuba y, en general, toda la atmósfera antiintelectual de la época. Leída en estos términos, La generación de los años cincuenta puede considerarse una especie de tributo al poder, de expiación de ese pecado original, una capitulación en toda regla.
   Friol comenta que la enemistad de uno de los antologadores le valió la exclusión, pero, ese mismo carácter reconcentrado y, como tú dices, singular, de su obra, esa relación oblicua y de vínculos que no se pueden atajar en la superficie tanto con Orígenes como con la generación de los cincuenta, hacen de su poética algo muy difícil de sistematizar, de asimilar a la norma, y más si se trata de asimilarse al tipo de operación ideológica y de legitimación que pretendían los autores de la antología. Esta es una cuestión que analizo con detenimiento en el libro.
   Esa exclusión le debe haber parecido a Friol un gesto más de esa indiferencia con que la industria editorial y la maquinaria ideológica del campo intelectual premiaban su obra. Hay que tener en cuenta que, luego de su primer cuaderno, Alción al fuego, publicado en 1968, pese a que se mantiene escribiendo y enviando manuscritos durante todo ese tiempo, Friol no ve publicado libro suyo en Cuba hasta 1988, cuatro años después de que apareciese esta antología.Visto con cierto cinismo retrospectivo, aunque fueron años de su vida muy complicados, ese ostracismo puede haberle salvado de participar de la adscripción y el entusiasmo que tan magros resultados transpiró en la escritura de sus contemporáneos. Al menos sí se libró, con seguridad, de figurar en la que puede ser la reunión más insulsa de poetas y poemas cubanos: una antología que incluye los poemas adolescentes de algunos mártires de la lucha contra Batista, los poemas infames del funcionario Luis Pavón (junto a, por cierto, los poemas de algunos de los damnificados por su labor de funcionario), los poemas mediocres de poetas mediocres como Alberto Rocasolano, Domingo Alfonso, Carilda Oliver o César López, etc. Una antología que recoge, además, los momentos más bochornosos de algunos poetas que tuvieron luego momentos mucho más atendibles. Recuerdo, por ejemplo, un poema de Rafael Alcides que equiparaba la idea de soledad y ausencia del amante con la imagen de un blúmer rosado abandonado dentro de un escaparate.

(Friol contra los cincuenta. Entrevista a Ibrahim Hernández Oramas. El Nuevo Herald, marzo 2019)

Tuesday, February 19, 2019

Néstor Díaz de Villegas vs. José Martí

Ah, pero Martí, como un Paul McCartney empeñado en cruzar descalzo la cebra de Abbey Road, nos llevó precisamente por ese largo y tortuoso sendero, hacia el destino de mierda que señala con su dedo de mármol desde el pedestal del parque. Si quisiéramos denostarlo realmente, lo llamaríamos “Mármolo”.
   Porque Martí es, positivamente, el autor intelectual de cada desastre ocurrido en Cuba desde el 59, el culpable de todas nuestras desgracias, desde las Escuelas al Campo hasta la Batalla de Ideas. Martí es el escritor fantasma del vademécum totalitario y de cada uno de sus acápites, hasta llegar al capítulo culminante, que es ya el punto y aparte.
   I’m with stupid, debería estar escrito en el pedrusco de Fidel, con una flecha que apuntara al mausoleo martiano. I’m with stupid, debió ser el aviso enorme en la pechera de un pulóver hecho a la medida del Martí de la Raspadura. Porque toda estupidez cubana es martiana.
   Querámoslo o no, admitámoslo o no, Martí y Fidel son un dúo, como Clara y Mario, o Pototo y Filomeno. Por eso, cuando Roberto Smith le sale el paso a la película, en realidad está defendiendo el legado de Manchae’ Plátano, y no el de Ginebrita (hubo insultos peores lanzados contra Mármolo).
   Porque lo que verdaderamente está en juego es la versión revisionista del mojón martiano. No son “los símbolos patrios”, en plural mayestático, los que peligran, sino el símbolo único, el que superó y pulverizó a todos los otros, incluido Martí, hasta el punto de que la sola mención de “Cuba” provoca en los extranjeros la respuesta automática “¡Castro!”.

(‘i’m with stupid!’: martí habla de su rol en “quiero hacer una película”. Blog N.D.D.V., marzo 2018)

Tuesday, February 5, 2019

Antonio José Ponte vs. Leonardo Padura (3)

Leonardo Padura, que nunca se ha atrevido a denunciar la dictadura que padecen los cubanos, que no da beneficio de mención a la disidencia, que no protesta por el abuso y la represión contra los disidentes, admite, sin embargo, que se banalice a beneficio suyo lo que es ser disidente dentro de una dictadura. Pero si era un chiste..., podría excusarse. Y en efecto, el chiste es Padura.

(Padura, un chiste de Pablo Iglesias. Diario de Cuba, marzo 2018)

Wednesday, January 30, 2019

Norge Espinosa vs. el Premio Nacional de Literatura (en defensa de Delfín Prats)

   Este año acaba de ser galardonada con ese lauro la narradora y poeta Mirta Yàñez. Con ella parece refrendarse la nueva tendencia del premio, concedido en las últimas ediciones a graduados de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. A Margarita Mateo le sucedió Luis Álvarez Álvarez. Y ahora es la autora de El diablo son las cosas y Sangra por la herida la que recibe el honor. No se trata aquí de discutir sus obras: sin dudas ellos han hecho sus aportes. Lo que tampoco nos deja olvidar que este premio no recayó nunca en Samuel Feijoo ni en Rafael Alcides, por no hablar de cubanos residentes en el extranjero, aunque sí se le entregara a un uruguayo radicado en nuestra Isla. La cosa es mucho más compleja y responde al vaivén de otras políticas. Lo cual no es, ni con mucho, exclusivo de este galardón.
   Hace algunos años, siendo ella parte del jurado del Premio de la Crítica Literaria, cuentan que Mirta Yáñez la emprendió contra los poemarios, al grito de “¡hay que castigar a la poesía!”, y en esa edición no obtuvo el lauro poeta alguno. No quiero dejarme llevar por falsos predicamentos, ni creer que esa “maldición penitenciaria” perdure hasta hoy, si es cierta la anécdota que recorrió toda La Habana. Lo que angustia es que, siendo Delfín Prats uno de los mejores poetas vivos de esta Nación, se le siga escurriendo algo que merece completamente. Ganador del David en 1968 con Lenguaje de mudos -uno de esos cuatro o cinco libros altamente conflictivos de aquel año, junto a Fuera del juego (Padilla), Los siete contra Tebas (Arrufat), Condenados del Condado (Fuentes) y Dos viejos pánicos (Piñera), todos premiados y de inmediato merecedores de una fatwa que tardó años en deshacerse-, el libro de Delfín se redujo a pulpa, sobreviviendo unos pocos ejemplares de aquella edición. El poeta también sobrevivió a esas y tantas tribulaciones, cárcel incluida, y a mediados de los 80 comenzó su rehabilitación. Para festejar el ascenso de Icaro recuperó poemas de Lenguaje de mudos, y luego vinieron otros libros. No muchos, porque Delfín es poeta de vida, más que de obra, según quienes creen que la Literatura es ir sumando legajos y páginas en tediosa acumulación. Como a otra eterna postergada, Lina de Feria, mi generación le acogió como a un igual. Delfín es, además, un hombre y un personaje a la vez, ambos memorables. Y de hecho han sacado provecho sus amigos, desde Reinaldo Arenas, fantasma acompañante, y otros de menor talento.
   Lo cierto es que tampoco cerraremos el año con el Premio en las manos de Delfín Prats. Uno de nuestros más capaces poetas líricos. La causa de esa nueva negativa es ambigua, pero nos recuerda las ocasiones anteriores en que también él y quienes le estimamos nos hemos quedado a la espera. Darle el premio acaso sea resucitar su karma de infortunios, tener que sacar a la luz pública las razones de sus silencios editoriales impuestos o elegidos por él mismo, según las épocas. Hablar, ¡horror!, de sus amistades peligrosas con la bohemia habanera de los 60, Arenas y otros no menos perniciosos entre esa galería de outcasts. Y de alguna manera, pedirle el perdón que ya acaso él no necesita, porque ha demostrado estar más allá de todo eso. Antón Arrufat me contaba con su habitual mezcla de gozo y malicia como Roberto Friol, al recibir el premio, gritó para desasosiego de los funcionarios que accedieron a que se le entregase el galardón a ese hombre de casi olvidada poesía católica: “¡Viva Cristo Rey!” ¿Qué gritaría ante las cámaras este holguinero de vida desaforada y compinche de tantas bestias negras?, acaso se pregunten en sus noches de insomnio. Y mientras tanto, todo se retarda.


(¿Por qué no se gana Delfín Prats el Premio Nacional de Literatura?, publicado en la red, diciembre 2018)

Monday, October 29, 2018

Carlos Olivares Baró vs. "Los Caídos", de Carlos Manuel Alvarez

El principal elemento fallido de esta novela se suscribe en que el registro de las voces en primera persona —suerte de monólogo íntimo— es uniforme: no hay diferencias entre un habla y otra. Las pronunciaciones están marcadas por la misma entonación, igual concordancia e idéntica dicción.
   En la recitación inicial (capítulo Uno, “El Hijo”) se produce bruscamente una traslación del yo al sin ninguna justificación: “La idea estúpida de que mi madre se pudo haber caído me hizo perder quién sabe cuánto, tal vez treinta o cuarenta minutos” (primera persona narrativa). Seguido: “No es sólo lo que te toma ir de la litera al puesto del oficial de guardia. Hay también un tiempo entre la primera vez que la idea te ronda y el momento en que decides ejecutarla” (segunda persona narrativa). Mudanza de tono innecesaria: quebrantamiento del ritmo en un alarde técnico gratuito.
   ¿Alegorías de situaciones comunes que se producen en la sociedad cubana de hoy?: ¿jóvenes resentidos en contra de la falsedad? ¿Contraposición de ideales generacionales? ¿Principios arraigados de un padre convencido de los modelos socialistas? ¿La Madre, oportunista profesora que acepta regalos (sobornos) de los padres de sus alumnos? ¿Funcionarios del Partido Comunista en actos y decisiones arbitrarias? ¿Hija que sustrae alimentos del hotel donde labora? ¿Negocios ilícitos de empleados con mercancía robada?
   Sugerente los vértices del rectángulo que establece Álvarez: “El Hijo” / “La Hija” acosados por el presente y “El Padre” / “La Madre” enclavados en reminiscencias del pasado. En esas oposiciones, la historia alcanza instantes de provocativas especulaciones sobre las correspondencias entre dos generaciones confrontadas en la sociedad cubana. Pero, la trama se empantana por la ociosa narratividad que no cuaja. Uno constantemente se pregunta: ¿Cuándo va a ocurrir algo?
   Por momentos, el texto cobra cierta animación gracias a los recursos oníricos que circundan a los personajes (Tres: “El Padre”, “La Hija”). Asimismo, se asoman algunos ademanes que recuerdan el tono del Calvert Casey de Notas de un simulador. La prosa de Álvarez oscila entre la solemnidad y la propensión a un lirismo de presumidas imágenes: “Abre la puerta del dormitorio con el mayor cuidado posible para que los goznes no chirríen” (Uno, “El Hijo”); “[…] por el ventanal de doble hoja entre los balaustres de hierro oxidado…” (Uno, “El Hijo”); “Mi cuerpo como un país que a veces recorro” (Dos, “La Madre”); “Todo el mundo por aquella época olía a fastidio” (Dos, “El Padre”); “[…] por voluntad de Armando, su plan asceta, su plan frugal, su plan hombre nuevo” (Tres, “El Hijo”); “La humanidad no es más que un multitudinario desfile de frustrados, bastardos conducidos al cepo…” (Cuatro, “El Hijo”)…
   Uno se pregunta: ¿dónde quedó el cronista perspicaz, sugerente, insinuante y provocativo de La Tribu. Retratos de Cuba? ¿Dónde el denuedo de los blogs Periodismo de Barrio y Estornudo. Alergias Crónicas? Los caídos, una “novela” donde no pasa nada: “narración” de pasmosa inmovilidad. Oratoria que intenta presumir una elegancia que desemboca en un amaneramiento, a veces, risible. Carlos Manuel Álvarez hace gala de una divagación que roza la frontera del bostezo.

(Una novela caída. Cubaencuentro, octubre 2018)

Wednesday, October 17, 2018

Roberto Madrigal vs. “Plaza sitiada”, de Norberto Fuentes

Fuentes pretende con esta obra, rescribir su papel en la noche del 27 de abril de 1971, en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC, durante la ya más que conocida confesión de Heberto Padilla. Quiere establecer una narrativa que nos lleve hasta ahí y que nos haga entender las razones de su actuación. Supuestamente quiere aclararlo todo, ofrecer información importante hasta ahora desconocida. En realidad, lo que quiere hacer es elevar su papel a la altura que él mismo se percibe y a la vez, desmentir los eternos rumores que corren alrededor de su persona.
   Para los que todavía no se han enterado, durante su famosa “confesión”, orquestada por la Seguridad del Estado tras haberlo tenido preso durante unos cuarenta y cinco días, el poeta Heberto Padilla debía incriminarse como alguien que había “traicionado a la Revolución”, arrepentirse de sus pecados pequeñoburgueses y denunciar a algunos amigos que habían caído en sus mismos errores para que estos subieran al podio, confesaran sus delitos e hicieran acto de contrición. Padilla mencionó a su entonces esposa, la poeta Belkis Cuza Malé, así como a los poetas y escritores Pablo Armando Fernández, Cesar López, Manuel Díaz Martínez y Norberto Fuentes. Los cuatro primeros subieron a la mesa donde estaba Padilla y siguieron el guion al pie de la letra. Fuentes fue la excepción.
   Según el mismo narra, cuando llegó su turno, dijo estar de acuerdo con todo lo dicho por Padilla, que se alegraba de su regreso y que lo importante era seguir adelante. Esa intervención, como también se dice en el libro, no está registrada en ninguna parte y Fuentes solo tiene un vago recuerdo del momento. Personalmente, jamás yo había oído hablar de eso. Ni siquiera de boca de muchos que estuvieron allí presentes, incluyendo a Reinaldo Arenas quien se encontraba sentado al lado de Fuentes.
   Lo que todo el mundo recuerda, y sí está registrado, es lo que Fuentes dice que fue su segunda actuación, que fue negar las acusaciones porque el no tenía que arrepentirse de nada de lo que había escrito porque él era un revolucionario. El consenso general fue que esto también era parte del libreto orquestado por la Seguridad del Estado (aunque cuentan que José Antonio Portuondo se quejó de que Fuentes había echado a perder la “magnífica velada”).
   En su libro, Norberto Fuentes trata de convencernos de que fue algo que salió de él, una actitud verdaderamente desafiante que tomó a todos por sorpresa y que incluso indignó a Fidel Castro, a la vez que quiere hacernos creer que venció a Castro, porque aparte de un ninguneo, no le pudo hacer nada. Sin embargo, no aporta nada más allá de sus propias elucubraciones, pues ese Castro que él tan bien describió en La autobiografía de Fidel Castro, cuando quería deshacerse de alguien no había quien lo detuviera.
   Fuentes siempre tuvo fama de trabajar “para” la Seguridad del Estado, o de ser miembro del Ministerio del Interior. Es una fama merecida pues siempre ha estado trabajando con la policía, el ejército y el Ministerio del Interior, cosa que no niega, al contrario, alardea de ello. Fue muy amigo de altos mandos militares y estuvo presente como reportero de guerra en las campañas del Escambray y de Angola. Fue hombre de confianza de los hermanos Castro y su obra literaria está ligada a esa participación. En este libro se vende como el único héroe de la literatura cubana por lo que dijo la noche de la confesión de Padilla y por su eterna irreverencia que le costó no poder publicar por muchos años. Le da un distante segundo lugar a Reinaldo Arenas. Pero no, Norberto, ignoras que muchos más no fueron solamente ninguneados por lo que escribieron o trataron de publicar fuera del país, sino que fueron apresados y convertidos en no-personas. Sólo te citaré los casos de Manuel Ballagas, René Ariza y Rafael Saumell, que supongo debas conocer bien.
   Fuentes tiene tres héroes que idolatra: Fidel Castro, Ernest Hemingway y Tony de La Guardia. De ellos admira principalmente lo que él ve como sus cojones. Todo en Fuentes tiene su raíz en un machismo pueril, que le da por adorar a los hombres de acción, que no vacilan en apretar el gatillo ante quien sea y que viven felices con sus crímenes (sobre todo en los casos de Castro y de La Guardia). Hemingway es un escritor que atrae a lo peor del machismo de los escritores cubanos, ninguno se cansa de repetir que Ava Gardner se bañaba desnuda en Finca Vigía y muchos quieren escribir como él, pero lo cierto es que todo queda en la envidia de los machos, porque la prosa de ninguno y mucho menos la de Fuentes, se acerca ni remotamente a la de Hemingway.
   Prácticamente toda la obra de Fuentes está hecha en relación a estos tres personajes. Con la excepción de Condenados de Condado y Cazabandido, que surgen de su experiencia en las campanas del Escambray, Dulces guerreros cubanos es el fruto de su romántica amistad con Tony de La Guardia, La autobiografía de Fidel Castro de ya se sabe quién, así como Hemingway en Cuba. Con excepción de sus cuentos, que son bastante buenos, todas sus obras son desordenadas, escritas con descuido, llenas de datos inútiles, de guiños personales, incoherentes a rato, inconclusas y dictadas por la sobrevaloración del machismo y el despotismo. Otro desastre que las recorre es el excesivo narcisismo del autor, que no puede evitar insertarse siempre en el centro de las tramas como un protagonista.
   Todos los defectos de sus libros anteriores, pero peor aún, aparecen en este libro. Hay anécdotas innecesarias, usa cubanismos para luego explicarlos en un largo paréntesis, introduce personajes que no tienen nada que ver con el tema, está lleno de datos erróneos, repite situaciones y frases y la narrativa no fluye (trabajo me costó terminar su lectura). Es un libro al cual le sobran más de doscientas páginas. Casi todo lo que cita es de conocimiento público y tiene muy pocas cosas de interés. Me llamó la atención que mencionara abiertamente la pedofilia de Alfredo Muñoz Unsaín, el periodista argentino conocido como Chango y al cual algunos de las jóvenes generaciones, incluso exiliados, veneran, cuando en realidad no fue más que un agente de la Seguridad del Estado.
   En el libro se dedica a despotricar de muchos otros escritores, muchos no inmerecidamente, entre ellos Eduardo Heras León, pero Fuentes no para de ajustar cuentas. También la emprende contra su objetivo más odiado, el exilio cubano de Miami entre el que vive hace más de veinte años.
   Si con este libro trató de limpiarse como agente de la Seguridad del Estado, no convence a nadie, al contrario. No solo recuenta todas sus relaciones militares y policiales, sino que confiesa que en 1981 fue a ver a Luis Pavón, entonces director del Consejo Nacional de Cultura, para proponerle escribir este texto y que se lo publicaran en Cuba, para desprestigiar a Padilla. Tampoco aclara, lo cual lo hace aun más sospechoso, como después de unos cuantos años en silencio, pasó a estudiar en la universidad y luego fue puesto en contacto con Antonio Pérez Herrero y de ahí volvió a ser puesto en posiciones vinculadas al Ministerio del Interior, hasta que se enredó en el famoso caso Ochoa, por su amistad con Tony de La Guardia.
   Tampoco convence a nadie respecto a su ubicación en la literatura cubana. Quiere elevarse a ser un escritor al nivel de Isaac Babel, debido a su libro de cuentos Condenados de Condado, que fue realmente controversial cuando ganó el premio Casa de las Américas en 1968, pero su prosa está más cercana a la de Aleksander Bek y Konstantin Simonov, a quienes también confiesa admirar. En fin, que ni siquiera puede convencernos de que, como escritor, no es más que una apostilla en la literatura cubana de los últimos sesenta años.

(“Plaza sitiada”: la idolatría, el egocentrismo y el afán de protagonismo. Cubaencuentro, septiembre 2018)

Thursday, September 27, 2018

Carlos Manuel Alvarez vs. escritores de Miami y Amir Valle

A mí me parece que al campo literario cubano es relativamente fácil renunciar. ¿Qué te pierdes? ¿Te pierdes la UNEAC, el Instituto Cubano del Libro, la Casa de las Américas? ¿Te pierdes uno de esos decadentes clubes literarios de Miami, que no han dado jamás un escritor? ¿Quién quiere eso, sinceramente?
(…)
Estamos en una escena donde El último día del estornino, de Gerardo Fernández Fe, una novela que a mi juicio detecta las zonas que la narrativa cubana actual debería explorar, pasa casi desapercibida, y donde un fantoche como Amir Valle, por ejemplo, se cree autor de culto, seguramente porque tiene quién se lo haga creer.

(“Agradezco a Cuba que no haya tenido nada más que ofrecerme”, entrevista. Hypermedia Magazine, septiembre 2018)

Tuesday, September 18, 2018

Antonio José Ponte vs. Alberto Garrandés (3)

Entre 1995 y 1998 —o 1999, según sea la fuente—, Garrandés fue editor jefe de la redacción de narrativa de la editorial Letras Cubanas del Instituto Cubano del Libro. En 1997 fue censurada en esa editorial, por razones políticas,  Naturaleza muerta con abejas. La mera cronología indica responsabilidad de Garrandés en tal prohibición, aunque su grado de responsabilidad resulte discutible. Según versión suya, fue la presidencia del Instituto del Libro quien determinó que no se publicara la novela, mientras que él mostró cierta resistencia a tal prohibición.
   Omar González presidía el Instituto del Libro. Aire de luz, publicada en 1999, seguramente fue preparada uno o dos años antes. Es decir, recién ocurrida la censura de la novela de Atilio Caballero. Llama la atención entonces que, entre los mejores cuentistas del siglo XX, aparezca antologado allí Omar González.
   El breve prólogo, donde se reconoce que tuvieron que quedar fuera muchos autores, menciona “la mirada original” del cuentista Omar González. He consultado diversas antologías del género sin encontrarlo representado en ellas, y estoy seguro de que, fuera de Aire de luz, no habrá ninguna que lo ubique en lugar tan meritorio. Adular al escritor encontrable en el comisario Omar González tuvo que serle útil a Garrandés para conservar su puesto de funcionario y hacerse perdonar su tibio desempeño como censor. Aprovechó también la ocasión para adularse a sí mismo y colar en la antología un cuento propio, mientras que desestimó a Atilio Caballero, a quien antologaría una década más tarde, cuando hubiera pasado ya el peligro.
   Garrandés se ha referido a las negociaciones con censores que se viera obligado a entablar en Letras Cubanas. A la luz de este ejemplo, donde la novela de Atilio Caballero termina prohibida y no aparece cuento suyo en la antología de cuentística del siglo XX, mientras que Omar González es tomado en serio como narrador y Garrandés consigue autoantologarse y proteger su puesto, me pregunto si el principal beneficiario de tales negociaciones no sería, antes que cualquier autor o libro en aprietos, su propia persona.
   Las primeras entregas de sus memorias se resistían a mentar a Omar González: era el odio que no osa decir su nombre. Al final terminan mencionándolo como némesis, aunque no dan noticia del narrador a quien, en un gesto tan infrecuente, antologara. Garrandés procura quedar, no como el subordinado servil que mostró ser, sino como un objetor de conciencia ante sus superiores.
   En 2008, la editorial Letras Cubanas publicó la “Colección Conmemorativa 50 Aniversario de la Revolución”. Tal colección supuso, entre otros títulos, un compendio de discursos de Fidel Castro, la reedición del libro de Marta Rojas sobre el juicio del Moncada, un tomo de semblanzas de Vilma Espín, una antología de cuentos de ciencia ficción compilada por Yoss, otra de Marilyn Bobes de cuentos escritos por autoras, más La ínsula fabulante. El cuento cubano en la Revolución (1959-2008), antología preparada por Garrandés.
   Abre este último volumen el cuento “En el gran ecbó”, de Guillermo Cabrera Infante. Ya en ocasión de Aire de luz, Cabrera Infante se había negado a ser antologado en Cuba, pero en 2008 llevaba tres años de muerto y el riesgo de publicarlo en contra de su voluntad debió resultar asumible para Letras Cubanas. Asimismo, Garrandés incluyó un cuento de Reinaldo Arenas que había utilizado ya en Aire de luz.
   La editorial Letras Cubanas se arroga los derechos sobre ambos textos en un acto innegable de piratería. Preguntado por la publicación de ambos autores, Iroel Sánchez reconoció que los herederos de Arenas no habían protestado, en tanto Miriam Gómez amenazaba con litigiar. Iroel Sánchez sucedía a Omar González en la presidencia del Instituto del Libro.
   “Nos amenazó”, dijo de Miriam Gómez. “Solo es un cuento, ¿qué daño puede hacer un cuento?”.
   Incluso en su infamia, él podría tomarse por un comisario poco prejuicioso. Cualquiera antecesor suyo en el Instituto del Libro habría aportado una lista de daños a considerar por la publicación de solo un cuento de Arenas o de Cabrera Infante. Pero ahora la censura cambiaba sus procedimientos: se dejaban de tachar autores y obras en pleno, y el poder de exclusión se reservaba para determinadas obras problemáticas. No existía, por tanto, nada en contra de Cabrera Infante, sino de cierto Cabrera Infante.
   Y sí, las cosas habrían cambiado, pero los nuevos comisarios no ofrecerían la más mínima oportunidad para reclamaciones. No iban a explicarse. Aprovecharían las negativas de los autores exiliados, teatralizarían ese desdén, harían un melodrama del acto de alcanzar al público lector. Era el momento de que los comisarios forjaran su telenovela.
   Durante una entrevista radial miamense, Iroel Sánchez se sirvió de Aire de luz para oponer el empecinamiento rencoroso de unos escritores exiliados a la generosidad institucional revolucionaria. Eran aquellos autores quienes se negaban a publicar dentro de Cuba, no las instituciones quienes les negaban tal derecho. Décadas de censura institucional se transformaban, mediante esta argucia, en cuestión de autocensura del escritor. Los comisarios políticos lavaban sus tijeras, y a partir de ahí cualquier responsabilidad por ausencia sufrida caería sobre los autores.
   Una segunda antología de Alberto Garrandés, La ínsula fabulante, valió a Iroel Sánchez para mostrar cómo la generosidad de las editoriales estatales se imponía al rencor de los autores exiliados, llegando incluso a pasar por encima de albaceas y herederos con el fin de publicarlos. Letras Cubanas ejercía la piratería editorial movida por un desaforado respeto a la literatura.
   Al presentar la “Colección Conmemorativa 50 Aniversario de la Revolución”, el presidente Iroel Sánchez declaró: “Nosotros pensamos, viendo las selecciones que los compañeros hicieron, cuánto le deben a la Revolución incluso aquellos que han renegado de ella, aquellos que sin la Revolución no hubieran alcanzado la relevancia que han tenido, incluso no estarían hoy en el lugar al que algunos han llegado por mucho que renieguen de esa obra”.
   Se refería a Arenas y Cabrera Infante, a quienes antes vejaran con prohibiciones y, ahora, con inclusiones forzadas. Garrandés no los antologaba, los implicaba. Los hundía en el homenaje a un régimen tan totalitario que exigía la solidaridad de sus antagonistas. Arenas y Cabrera Infante aparecen allí como los cabecillas enemigos capturados en los trionfi romanos: contra sus voluntades y esclavizados, convertidos en símbolos a mayor gloria del Imperio.
   “50 Aniversario del Triunfo de la Revolución”, reza un cintillo en la portada de La ínsula fabulante. A inicio y final de ese cintillo, a izquierda y derecha, asoma la estrella que llevaba en sus charreteras el comandante en jefe Fidel Castro. Es de suponer que, en tanto escritor, Garrandés sintiera un respeto filial, cuasi confuciano, por estos dos maestros, Arenas y Cabrera Infante. Pero pudo más en él su vocación de auxiliar de limpieza para comisarios políticos, y dejó asentado que, no importaba a dónde hubiera ido a parar, embajada española o retiro hogareño, seguiría a las órdenes del Instituto del Libro y la censura política.
   Iroel Sánchez se mostró tan orondo como si le hubieran antologado un cuento. “No hay uno solo de los compañeros a los cuales acudimos para que trabajaran en esta colección que haya puesto un pero, o que no lo haya acogido como un honor”, confesó.
Enumeró la tropa a su servicio: “Me refiero a Alberto Garrandés, Yoss, Pedro de la Hoz, Radamés Giro, Marilyn Bobes, Omar Felipe Mauri, Félix Julio Alfonso… entre otros. No hubo uno solo de ellos que no trabajara con pasión e intensidad para cumplir su compromiso con las editoriales, y que no le pusiera a este trabajo la mayor seriedad y el mayor empeño. Creo que eso es una muestra también del compromiso que tienen nuestros intelectuales con la Revolución y con la obra de la Revolución, de la cual indiscutiblemente son parte”.
   No me cuesta imaginar una sonrisa cortesana en el rostro del Garrandés que escuchara desde el público estas palabras. Preveo la coartada a la que vendría a acogerse para justificar sus trapicheos. ¿Acaso no ha afirmado que publicaba en La Jiribilla completamente desentendido de los vulgares ataques de esa publicación? Sostendrá entonces que, al conformar una antología, él se concentra únicamente en el valor literario de los autores, hasta perder de vista la efemérides que dicha antología celebre, e incluso el espinoso asunto de los derechos de autor. (Lástima que esa misma concentración no lo asistiera a la hora de leer a Omar González, que no aparece en La ínsula fabulante porque ya no era el jefe).
   Durante cinco y más décadas, el funcionamiento de la censura política en Cuba ha necesitado de personeros como Alberto Garrandés. Y, por descontado, de convencidos comisarios políticos como Luis Pavón, Omar González, Iroel Sánchez, Abel Prieto y Basilia Papastamatiu, por solo citar aquellos que han ido apareciendo en estas discusiones.
   Luis Pavón alegó que él cumplía órdenes. Garrandés, con una hoja de servicios mucho más modesta, alardea de su “negativa total a la censura” sin por ello resistirse al encargo de homenajear a un régimen basado en la censura y la persecución del pensamiento. Escribe unas memorias para ser felicitado por su honradez y dignidad intelectual, y de algún modo parece haberlo conseguido cuando Atilio Caballero tilda de “hombre cabal” a quien mantuvo su puesto político de editor jefe en una editorial donde se censura, se apea ahora con que luchaba contra la censura y oculta cómo premió al comisario jefe.
   Atilio Caballero menciona la cabalidad de Garrandés y este se apura a aportar avales: “estoy seguro de que sigo siendo (lo sé desde hace mucho, así que no me sorprende volver a enterarme) el hombre cabal que Atilio Caballero cree que soy”.  Le falla el ingenio, se le sale la pomposidad que un memorialista tendría que evitar, pero me ahorraré tratar de sus méritos literarios…
   O es José Prats Sariol quien habla de la dignidad y del talento literario de Garrandés y, en su defensa, recomienda dejar “restas y divisiones” a los “fanáticos y mercenarios de la dictadura”. Dada su propuesta, Prats Sariol pareciera interesado en promover la inexactitud y la flojera de pensamiento. Por amistad o agradecimiento por haber sido recordado, prefiere no colegir que quien se presta a componer una antología para la “Colección Conmemorativa 50 Aniversario de la Revolución” no hace otra cosa que desenvolverse, precisamente, como un “mercenario de la dictadura”.
   Los hechos están a la vista de todo el que hojee estas dos antologías. Contrario a la cabalidad que le regala Atilio Caballero o a la dignidad que le adjudica Prats Sariol, yo creo que Alberto Garrandés es un canalla. Era un canalla antes de empezar a entregar sus memorias y ahora, gracias a ellas, se ha convertido en un canalla hipócrita.

(Garrandés, siempre al servicio de la censura. Hypermedia magazine, octubre 2017)

Monday, August 27, 2018

Belkis Cuza Malé vs. Norberto Fuentes (3)

Norberto Fuentes es un agente de la Seguridad del Estado cubano. Estuvo "visitándonos" durante 3 días seguidos la misma semana en que Heberto y yo fuimos detenidos en nuestro apartamento de La Habana. Lo conozco bien, pues trabajamos juntos en los periódicos Hoy y Granma. El no era amigo de Heberto, su presencia en nuestro apartamento tenía el solo objetivo de sacar información directa para la Seguridad antes de la detención. Hay que ser un canalla para prestarse a todo esto de ahora. Lo hace porque la tiranía castrista quiere desprestigiar a Heberto Padilla, aún después de 18 años de fallecido. Y Norberto ha sido usado otra vez por la policía cubana. Su estúpido juicio contra Heberto, acusándolo de que " Padilla quería un papel protagónico, dar conferencias, hacer grandes declamaciones, despachar con la prensa extranjera, ser el superintelectual crítico", no sólo es completamente falso sino lleno de malidicencia.

(comentario publicado en la red, agosto 2018)

Wednesday, August 1, 2018

Andrés Reynaldo vs. Leonardo Padura (2)

En el gran esquema del cambio-fraude, Raúl Castro necesitaba un Frankenstein literario. Ahí estaba el novelista Leonardo Padura. Da igual si lo cosieron y atornillaron con siniestra paciencia a lo largo de las décadas en un sótano del Cimeq (quizás hasta recibió alguna víscera del finado Hugo Chávez) o si lo dejaron una fría mañana en el umbral de la estación de policía de Mantilla, arropado en una raída batica blanca con la insignia del equipo Industriales.
   Lo importante a notar es la construcción fragmentaria y residual de la criatura, sus torpes funciones, las incongruencias de su desarrollo, su díscolo y ladino discurso. Fama, por lo menos, ha logrado. Padura es el rostro de la cultura neocastrista. Primero entre sus pares. Una nueva clase (una subcasta, más bien) de escritores, académicos, pintores, periodistas y músicos que operan bajo un vigilado principio de transgresión retardada. Escriben, pintan, disertan y cantan sobre lo que ayer prohibía la dictadura, justo a partir del momento en que a la dictadura le convenga exhibirlo. Aquí no cabe hablar tanto de estética como de prestidigitación. Se escribe sobre el trotskismo en Cuba sin mencionar a los trostskistas cubanos, perseguidos con saña por Fidel. Llueve azufre sobre un par de difuntos funcionarios que implementaron el Quinquenio Gris en medio de los rigores del Quinquenio Prieto. Kcho le regala al Papa Francisco un Cristo de gastados remos dedicado a los balseros de África. ¡Los balseros de África! La magia, ¿quién lo duda?, también es un arma de la Revolución.
   Así, la proposición de que Padura es un escritor contestatario implicaría el escándalo de la calumnia si no tuviera el andamiaje del disimulo. No nos equivoquemos, Padura es un escritor comprometido, no en un sentido sartreano, sino leninista. La suya no es una posición contra el poder sino con el poder. Para su desventaja, la época ha desgastado el aparato teórico de la dictadura. Ya no hay tierra firme, como en tiempos de Silvio y Pablito, para exaltar la opresión en nombre del futuro. La era ya no está pariendo un corazón sino una empresa mixta entre Odebrecht y la familia Castro. Eso deja a Padura y a tantos otros (y otras) con un espurio manual del oportunista zen del raulismo: el chapoteo para atrás y para adelante, la anticuada voltereta postmoderna, la pose de enfant terrible con una jaba de la UNEAC, la hipótesis a media lengua y la crítica pueril del acontecimiento no significativo en un eterno presente de venta de liquidación.
   Contradictorias carnes componen a nuestro Frankenstein. Esto hace que en Padura se observen a primera vista los dos radicales misterios del ente aludidos por Parménides de Elea: en un mismo espacio y al mismo tiempo Padura es y no es. Es el escritor oficialista que accede al Premio Nacional de Literatura por una novelística consagrada a humanizar a un miembro del Ministerio del Interior y es el compungido autor que se queja de no ser suficientemente publicado en Cuba. Es el solícito recipiente del homenaje de sus lectores en Miami y es el virulento comentarista que va por medio mundo acusando a los exiliados de corruptos, anacrónicos y energúmenos. El hemingüeñano corresponsal de la guerra en Angola y el cabo encargado de trucar el número de los muertos. El conformista con sandalias de hereje. El diletante con pausas de pensador. El pícaro con una coartada humanista.
   Muchos y con frecuencia exóticos son los disfraces de Padura. Pero, Frankenstein al fin y al cabo, animado a renuentes retazos al fin y al cabo, no puede evitar que se le vean las costuras.

(Hecho en Cuba. El Nuevo Herald, marzo 2018)