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Monday, October 29, 2018

Carlos Olivares Baró vs. "Los Caídos", de Carlos Manuel Alvarez

El principal elemento fallido de esta novela se suscribe en que el registro de las voces en primera persona —suerte de monólogo íntimo— es uniforme: no hay diferencias entre un habla y otra. Las pronunciaciones están marcadas por la misma entonación, igual concordancia e idéntica dicción.
   En la recitación inicial (capítulo Uno, “El Hijo”) se produce bruscamente una traslación del yo al sin ninguna justificación: “La idea estúpida de que mi madre se pudo haber caído me hizo perder quién sabe cuánto, tal vez treinta o cuarenta minutos” (primera persona narrativa). Seguido: “No es sólo lo que te toma ir de la litera al puesto del oficial de guardia. Hay también un tiempo entre la primera vez que la idea te ronda y el momento en que decides ejecutarla” (segunda persona narrativa). Mudanza de tono innecesaria: quebrantamiento del ritmo en un alarde técnico gratuito.
   ¿Alegorías de situaciones comunes que se producen en la sociedad cubana de hoy?: ¿jóvenes resentidos en contra de la falsedad? ¿Contraposición de ideales generacionales? ¿Principios arraigados de un padre convencido de los modelos socialistas? ¿La Madre, oportunista profesora que acepta regalos (sobornos) de los padres de sus alumnos? ¿Funcionarios del Partido Comunista en actos y decisiones arbitrarias? ¿Hija que sustrae alimentos del hotel donde labora? ¿Negocios ilícitos de empleados con mercancía robada?
   Sugerente los vértices del rectángulo que establece Álvarez: “El Hijo” / “La Hija” acosados por el presente y “El Padre” / “La Madre” enclavados en reminiscencias del pasado. En esas oposiciones, la historia alcanza instantes de provocativas especulaciones sobre las correspondencias entre dos generaciones confrontadas en la sociedad cubana. Pero, la trama se empantana por la ociosa narratividad que no cuaja. Uno constantemente se pregunta: ¿Cuándo va a ocurrir algo?
   Por momentos, el texto cobra cierta animación gracias a los recursos oníricos que circundan a los personajes (Tres: “El Padre”, “La Hija”). Asimismo, se asoman algunos ademanes que recuerdan el tono del Calvert Casey de Notas de un simulador. La prosa de Álvarez oscila entre la solemnidad y la propensión a un lirismo de presumidas imágenes: “Abre la puerta del dormitorio con el mayor cuidado posible para que los goznes no chirríen” (Uno, “El Hijo”); “[…] por el ventanal de doble hoja entre los balaustres de hierro oxidado…” (Uno, “El Hijo”); “Mi cuerpo como un país que a veces recorro” (Dos, “La Madre”); “Todo el mundo por aquella época olía a fastidio” (Dos, “El Padre”); “[…] por voluntad de Armando, su plan asceta, su plan frugal, su plan hombre nuevo” (Tres, “El Hijo”); “La humanidad no es más que un multitudinario desfile de frustrados, bastardos conducidos al cepo…” (Cuatro, “El Hijo”)…
   Uno se pregunta: ¿dónde quedó el cronista perspicaz, sugerente, insinuante y provocativo de La Tribu. Retratos de Cuba? ¿Dónde el denuedo de los blogs Periodismo de Barrio y Estornudo. Alergias Crónicas? Los caídos, una “novela” donde no pasa nada: “narración” de pasmosa inmovilidad. Oratoria que intenta presumir una elegancia que desemboca en un amaneramiento, a veces, risible. Carlos Manuel Álvarez hace gala de una divagación que roza la frontera del bostezo.

(Una novela caída. Cubaencuentro, octubre 2018)

Wednesday, October 17, 2018

Roberto Madrigal vs. “Plaza sitiada”, de Norberto Fuentes

Fuentes pretende con esta obra, rescribir su papel en la noche del 27 de abril de 1971, en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC, durante la ya más que conocida confesión de Heberto Padilla. Quiere establecer una narrativa que nos lleve hasta ahí y que nos haga entender las razones de su actuación. Supuestamente quiere aclararlo todo, ofrecer información importante hasta ahora desconocida. En realidad, lo que quiere hacer es elevar su papel a la altura que él mismo se percibe y a la vez, desmentir los eternos rumores que corren alrededor de su persona.
   Para los que todavía no se han enterado, durante su famosa “confesión”, orquestada por la Seguridad del Estado tras haberlo tenido preso durante unos cuarenta y cinco días, el poeta Heberto Padilla debía incriminarse como alguien que había “traicionado a la Revolución”, arrepentirse de sus pecados pequeñoburgueses y denunciar a algunos amigos que habían caído en sus mismos errores para que estos subieran al podio, confesaran sus delitos e hicieran acto de contrición. Padilla mencionó a su entonces esposa, la poeta Belkis Cuza Malé, así como a los poetas y escritores Pablo Armando Fernández, Cesar López, Manuel Díaz Martínez y Norberto Fuentes. Los cuatro primeros subieron a la mesa donde estaba Padilla y siguieron el guion al pie de la letra. Fuentes fue la excepción.
   Según el mismo narra, cuando llegó su turno, dijo estar de acuerdo con todo lo dicho por Padilla, que se alegraba de su regreso y que lo importante era seguir adelante. Esa intervención, como también se dice en el libro, no está registrada en ninguna parte y Fuentes solo tiene un vago recuerdo del momento. Personalmente, jamás yo había oído hablar de eso. Ni siquiera de boca de muchos que estuvieron allí presentes, incluyendo a Reinaldo Arenas quien se encontraba sentado al lado de Fuentes.
   Lo que todo el mundo recuerda, y sí está registrado, es lo que Fuentes dice que fue su segunda actuación, que fue negar las acusaciones porque el no tenía que arrepentirse de nada de lo que había escrito porque él era un revolucionario. El consenso general fue que esto también era parte del libreto orquestado por la Seguridad del Estado (aunque cuentan que José Antonio Portuondo se quejó de que Fuentes había echado a perder la “magnífica velada”).
   En su libro, Norberto Fuentes trata de convencernos de que fue algo que salió de él, una actitud verdaderamente desafiante que tomó a todos por sorpresa y que incluso indignó a Fidel Castro, a la vez que quiere hacernos creer que venció a Castro, porque aparte de un ninguneo, no le pudo hacer nada. Sin embargo, no aporta nada más allá de sus propias elucubraciones, pues ese Castro que él tan bien describió en La autobiografía de Fidel Castro, cuando quería deshacerse de alguien no había quien lo detuviera.
   Fuentes siempre tuvo fama de trabajar “para” la Seguridad del Estado, o de ser miembro del Ministerio del Interior. Es una fama merecida pues siempre ha estado trabajando con la policía, el ejército y el Ministerio del Interior, cosa que no niega, al contrario, alardea de ello. Fue muy amigo de altos mandos militares y estuvo presente como reportero de guerra en las campañas del Escambray y de Angola. Fue hombre de confianza de los hermanos Castro y su obra literaria está ligada a esa participación. En este libro se vende como el único héroe de la literatura cubana por lo que dijo la noche de la confesión de Padilla y por su eterna irreverencia que le costó no poder publicar por muchos años. Le da un distante segundo lugar a Reinaldo Arenas. Pero no, Norberto, ignoras que muchos más no fueron solamente ninguneados por lo que escribieron o trataron de publicar fuera del país, sino que fueron apresados y convertidos en no-personas. Sólo te citaré los casos de Manuel Ballagas, René Ariza y Rafael Saumell, que supongo debas conocer bien.
   Fuentes tiene tres héroes que idolatra: Fidel Castro, Ernest Hemingway y Tony de La Guardia. De ellos admira principalmente lo que él ve como sus cojones. Todo en Fuentes tiene su raíz en un machismo pueril, que le da por adorar a los hombres de acción, que no vacilan en apretar el gatillo ante quien sea y que viven felices con sus crímenes (sobre todo en los casos de Castro y de La Guardia). Hemingway es un escritor que atrae a lo peor del machismo de los escritores cubanos, ninguno se cansa de repetir que Ava Gardner se bañaba desnuda en Finca Vigía y muchos quieren escribir como él, pero lo cierto es que todo queda en la envidia de los machos, porque la prosa de ninguno y mucho menos la de Fuentes, se acerca ni remotamente a la de Hemingway.
   Prácticamente toda la obra de Fuentes está hecha en relación a estos tres personajes. Con la excepción de Condenados de Condado y Cazabandido, que surgen de su experiencia en las campanas del Escambray, Dulces guerreros cubanos es el fruto de su romántica amistad con Tony de La Guardia, La autobiografía de Fidel Castro de ya se sabe quién, así como Hemingway en Cuba. Con excepción de sus cuentos, que son bastante buenos, todas sus obras son desordenadas, escritas con descuido, llenas de datos inútiles, de guiños personales, incoherentes a rato, inconclusas y dictadas por la sobrevaloración del machismo y el despotismo. Otro desastre que las recorre es el excesivo narcisismo del autor, que no puede evitar insertarse siempre en el centro de las tramas como un protagonista.
   Todos los defectos de sus libros anteriores, pero peor aún, aparecen en este libro. Hay anécdotas innecesarias, usa cubanismos para luego explicarlos en un largo paréntesis, introduce personajes que no tienen nada que ver con el tema, está lleno de datos erróneos, repite situaciones y frases y la narrativa no fluye (trabajo me costó terminar su lectura). Es un libro al cual le sobran más de doscientas páginas. Casi todo lo que cita es de conocimiento público y tiene muy pocas cosas de interés. Me llamó la atención que mencionara abiertamente la pedofilia de Alfredo Muñoz Unsaín, el periodista argentino conocido como Chango y al cual algunos de las jóvenes generaciones, incluso exiliados, veneran, cuando en realidad no fue más que un agente de la Seguridad del Estado.
   En el libro se dedica a despotricar de muchos otros escritores, muchos no inmerecidamente, entre ellos Eduardo Heras León, pero Fuentes no para de ajustar cuentas. También la emprende contra su objetivo más odiado, el exilio cubano de Miami entre el que vive hace más de veinte años.
   Si con este libro trató de limpiarse como agente de la Seguridad del Estado, no convence a nadie, al contrario. No solo recuenta todas sus relaciones militares y policiales, sino que confiesa que en 1981 fue a ver a Luis Pavón, entonces director del Consejo Nacional de Cultura, para proponerle escribir este texto y que se lo publicaran en Cuba, para desprestigiar a Padilla. Tampoco aclara, lo cual lo hace aun más sospechoso, como después de unos cuantos años en silencio, pasó a estudiar en la universidad y luego fue puesto en contacto con Antonio Pérez Herrero y de ahí volvió a ser puesto en posiciones vinculadas al Ministerio del Interior, hasta que se enredó en el famoso caso Ochoa, por su amistad con Tony de La Guardia.
   Tampoco convence a nadie respecto a su ubicación en la literatura cubana. Quiere elevarse a ser un escritor al nivel de Isaac Babel, debido a su libro de cuentos Condenados de Condado, que fue realmente controversial cuando ganó el premio Casa de las Américas en 1968, pero su prosa está más cercana a la de Aleksander Bek y Konstantin Simonov, a quienes también confiesa admirar. En fin, que ni siquiera puede convencernos de que, como escritor, no es más que una apostilla en la literatura cubana de los últimos sesenta años.

(“Plaza sitiada”: la idolatría, el egocentrismo y el afán de protagonismo. Cubaencuentro, septiembre 2018)

Thursday, September 27, 2018

Carlos Manuel Alvarez vs. escritores de Miami y Amir Valle

A mí me parece que al campo literario cubano es relativamente fácil renunciar. ¿Qué te pierdes? ¿Te pierdes la UNEAC, el Instituto Cubano del Libro, la Casa de las Américas? ¿Te pierdes uno de esos decadentes clubes literarios de Miami, que no han dado jamás un escritor? ¿Quién quiere eso, sinceramente?
(…)
Estamos en una escena donde El último día del estornino, de Gerardo Fernández Fe, una novela que a mi juicio detecta las zonas que la narrativa cubana actual debería explorar, pasa casi desapercibida, y donde un fantoche como Amir Valle, por ejemplo, se cree autor de culto, seguramente porque tiene quién se lo haga creer.

(“Agradezco a Cuba que no haya tenido nada más que ofrecerme”, entrevista. Hypermedia Magazine, septiembre 2018)

Tuesday, September 18, 2018

Antonio José Ponte vs. Alberto Garrandés (3)

Entre 1995 y 1998 —o 1999, según sea la fuente—, Garrandés fue editor jefe de la redacción de narrativa de la editorial Letras Cubanas del Instituto Cubano del Libro. En 1997 fue censurada en esa editorial, por razones políticas,  Naturaleza muerta con abejas. La mera cronología indica responsabilidad de Garrandés en tal prohibición, aunque su grado de responsabilidad resulte discutible. Según versión suya, fue la presidencia del Instituto del Libro quien determinó que no se publicara la novela, mientras que él mostró cierta resistencia a tal prohibición.
   Omar González presidía el Instituto del Libro. Aire de luz, publicada en 1999, seguramente fue preparada uno o dos años antes. Es decir, recién ocurrida la censura de la novela de Atilio Caballero. Llama la atención entonces que, entre los mejores cuentistas del siglo XX, aparezca antologado allí Omar González.
   El breve prólogo, donde se reconoce que tuvieron que quedar fuera muchos autores, menciona “la mirada original” del cuentista Omar González. He consultado diversas antologías del género sin encontrarlo representado en ellas, y estoy seguro de que, fuera de Aire de luz, no habrá ninguna que lo ubique en lugar tan meritorio. Adular al escritor encontrable en el comisario Omar González tuvo que serle útil a Garrandés para conservar su puesto de funcionario y hacerse perdonar su tibio desempeño como censor. Aprovechó también la ocasión para adularse a sí mismo y colar en la antología un cuento propio, mientras que desestimó a Atilio Caballero, a quien antologaría una década más tarde, cuando hubiera pasado ya el peligro.
   Garrandés se ha referido a las negociaciones con censores que se viera obligado a entablar en Letras Cubanas. A la luz de este ejemplo, donde la novela de Atilio Caballero termina prohibida y no aparece cuento suyo en la antología de cuentística del siglo XX, mientras que Omar González es tomado en serio como narrador y Garrandés consigue autoantologarse y proteger su puesto, me pregunto si el principal beneficiario de tales negociaciones no sería, antes que cualquier autor o libro en aprietos, su propia persona.
   Las primeras entregas de sus memorias se resistían a mentar a Omar González: era el odio que no osa decir su nombre. Al final terminan mencionándolo como némesis, aunque no dan noticia del narrador a quien, en un gesto tan infrecuente, antologara. Garrandés procura quedar, no como el subordinado servil que mostró ser, sino como un objetor de conciencia ante sus superiores.
   En 2008, la editorial Letras Cubanas publicó la “Colección Conmemorativa 50 Aniversario de la Revolución”. Tal colección supuso, entre otros títulos, un compendio de discursos de Fidel Castro, la reedición del libro de Marta Rojas sobre el juicio del Moncada, un tomo de semblanzas de Vilma Espín, una antología de cuentos de ciencia ficción compilada por Yoss, otra de Marilyn Bobes de cuentos escritos por autoras, más La ínsula fabulante. El cuento cubano en la Revolución (1959-2008), antología preparada por Garrandés.
   Abre este último volumen el cuento “En el gran ecbó”, de Guillermo Cabrera Infante. Ya en ocasión de Aire de luz, Cabrera Infante se había negado a ser antologado en Cuba, pero en 2008 llevaba tres años de muerto y el riesgo de publicarlo en contra de su voluntad debió resultar asumible para Letras Cubanas. Asimismo, Garrandés incluyó un cuento de Reinaldo Arenas que había utilizado ya en Aire de luz.
   La editorial Letras Cubanas se arroga los derechos sobre ambos textos en un acto innegable de piratería. Preguntado por la publicación de ambos autores, Iroel Sánchez reconoció que los herederos de Arenas no habían protestado, en tanto Miriam Gómez amenazaba con litigiar. Iroel Sánchez sucedía a Omar González en la presidencia del Instituto del Libro.
   “Nos amenazó”, dijo de Miriam Gómez. “Solo es un cuento, ¿qué daño puede hacer un cuento?”.
   Incluso en su infamia, él podría tomarse por un comisario poco prejuicioso. Cualquiera antecesor suyo en el Instituto del Libro habría aportado una lista de daños a considerar por la publicación de solo un cuento de Arenas o de Cabrera Infante. Pero ahora la censura cambiaba sus procedimientos: se dejaban de tachar autores y obras en pleno, y el poder de exclusión se reservaba para determinadas obras problemáticas. No existía, por tanto, nada en contra de Cabrera Infante, sino de cierto Cabrera Infante.
   Y sí, las cosas habrían cambiado, pero los nuevos comisarios no ofrecerían la más mínima oportunidad para reclamaciones. No iban a explicarse. Aprovecharían las negativas de los autores exiliados, teatralizarían ese desdén, harían un melodrama del acto de alcanzar al público lector. Era el momento de que los comisarios forjaran su telenovela.
   Durante una entrevista radial miamense, Iroel Sánchez se sirvió de Aire de luz para oponer el empecinamiento rencoroso de unos escritores exiliados a la generosidad institucional revolucionaria. Eran aquellos autores quienes se negaban a publicar dentro de Cuba, no las instituciones quienes les negaban tal derecho. Décadas de censura institucional se transformaban, mediante esta argucia, en cuestión de autocensura del escritor. Los comisarios políticos lavaban sus tijeras, y a partir de ahí cualquier responsabilidad por ausencia sufrida caería sobre los autores.
   Una segunda antología de Alberto Garrandés, La ínsula fabulante, valió a Iroel Sánchez para mostrar cómo la generosidad de las editoriales estatales se imponía al rencor de los autores exiliados, llegando incluso a pasar por encima de albaceas y herederos con el fin de publicarlos. Letras Cubanas ejercía la piratería editorial movida por un desaforado respeto a la literatura.
   Al presentar la “Colección Conmemorativa 50 Aniversario de la Revolución”, el presidente Iroel Sánchez declaró: “Nosotros pensamos, viendo las selecciones que los compañeros hicieron, cuánto le deben a la Revolución incluso aquellos que han renegado de ella, aquellos que sin la Revolución no hubieran alcanzado la relevancia que han tenido, incluso no estarían hoy en el lugar al que algunos han llegado por mucho que renieguen de esa obra”.
   Se refería a Arenas y Cabrera Infante, a quienes antes vejaran con prohibiciones y, ahora, con inclusiones forzadas. Garrandés no los antologaba, los implicaba. Los hundía en el homenaje a un régimen tan totalitario que exigía la solidaridad de sus antagonistas. Arenas y Cabrera Infante aparecen allí como los cabecillas enemigos capturados en los trionfi romanos: contra sus voluntades y esclavizados, convertidos en símbolos a mayor gloria del Imperio.
   “50 Aniversario del Triunfo de la Revolución”, reza un cintillo en la portada de La ínsula fabulante. A inicio y final de ese cintillo, a izquierda y derecha, asoma la estrella que llevaba en sus charreteras el comandante en jefe Fidel Castro. Es de suponer que, en tanto escritor, Garrandés sintiera un respeto filial, cuasi confuciano, por estos dos maestros, Arenas y Cabrera Infante. Pero pudo más en él su vocación de auxiliar de limpieza para comisarios políticos, y dejó asentado que, no importaba a dónde hubiera ido a parar, embajada española o retiro hogareño, seguiría a las órdenes del Instituto del Libro y la censura política.
   Iroel Sánchez se mostró tan orondo como si le hubieran antologado un cuento. “No hay uno solo de los compañeros a los cuales acudimos para que trabajaran en esta colección que haya puesto un pero, o que no lo haya acogido como un honor”, confesó.
Enumeró la tropa a su servicio: “Me refiero a Alberto Garrandés, Yoss, Pedro de la Hoz, Radamés Giro, Marilyn Bobes, Omar Felipe Mauri, Félix Julio Alfonso… entre otros. No hubo uno solo de ellos que no trabajara con pasión e intensidad para cumplir su compromiso con las editoriales, y que no le pusiera a este trabajo la mayor seriedad y el mayor empeño. Creo que eso es una muestra también del compromiso que tienen nuestros intelectuales con la Revolución y con la obra de la Revolución, de la cual indiscutiblemente son parte”.
   No me cuesta imaginar una sonrisa cortesana en el rostro del Garrandés que escuchara desde el público estas palabras. Preveo la coartada a la que vendría a acogerse para justificar sus trapicheos. ¿Acaso no ha afirmado que publicaba en La Jiribilla completamente desentendido de los vulgares ataques de esa publicación? Sostendrá entonces que, al conformar una antología, él se concentra únicamente en el valor literario de los autores, hasta perder de vista la efemérides que dicha antología celebre, e incluso el espinoso asunto de los derechos de autor. (Lástima que esa misma concentración no lo asistiera a la hora de leer a Omar González, que no aparece en La ínsula fabulante porque ya no era el jefe).
   Durante cinco y más décadas, el funcionamiento de la censura política en Cuba ha necesitado de personeros como Alberto Garrandés. Y, por descontado, de convencidos comisarios políticos como Luis Pavón, Omar González, Iroel Sánchez, Abel Prieto y Basilia Papastamatiu, por solo citar aquellos que han ido apareciendo en estas discusiones.
   Luis Pavón alegó que él cumplía órdenes. Garrandés, con una hoja de servicios mucho más modesta, alardea de su “negativa total a la censura” sin por ello resistirse al encargo de homenajear a un régimen basado en la censura y la persecución del pensamiento. Escribe unas memorias para ser felicitado por su honradez y dignidad intelectual, y de algún modo parece haberlo conseguido cuando Atilio Caballero tilda de “hombre cabal” a quien mantuvo su puesto político de editor jefe en una editorial donde se censura, se apea ahora con que luchaba contra la censura y oculta cómo premió al comisario jefe.
   Atilio Caballero menciona la cabalidad de Garrandés y este se apura a aportar avales: “estoy seguro de que sigo siendo (lo sé desde hace mucho, así que no me sorprende volver a enterarme) el hombre cabal que Atilio Caballero cree que soy”.  Le falla el ingenio, se le sale la pomposidad que un memorialista tendría que evitar, pero me ahorraré tratar de sus méritos literarios…
   O es José Prats Sariol quien habla de la dignidad y del talento literario de Garrandés y, en su defensa, recomienda dejar “restas y divisiones” a los “fanáticos y mercenarios de la dictadura”. Dada su propuesta, Prats Sariol pareciera interesado en promover la inexactitud y la flojera de pensamiento. Por amistad o agradecimiento por haber sido recordado, prefiere no colegir que quien se presta a componer una antología para la “Colección Conmemorativa 50 Aniversario de la Revolución” no hace otra cosa que desenvolverse, precisamente, como un “mercenario de la dictadura”.
   Los hechos están a la vista de todo el que hojee estas dos antologías. Contrario a la cabalidad que le regala Atilio Caballero o a la dignidad que le adjudica Prats Sariol, yo creo que Alberto Garrandés es un canalla. Era un canalla antes de empezar a entregar sus memorias y ahora, gracias a ellas, se ha convertido en un canalla hipócrita.

(Garrandés, siempre al servicio de la censura. Hypermedia magazine, octubre 2017)

Monday, August 27, 2018

Belkis Cuza Malé vs. Norberto Fuentes (3)

Norberto Fuentes es un agente de la Seguridad del Estado cubano. Estuvo "visitándonos" durante 3 días seguidos la misma semana en que Heberto y yo fuimos detenidos en nuestro apartamento de La Habana. Lo conozco bien, pues trabajamos juntos en los periódicos Hoy y Granma. El no era amigo de Heberto, su presencia en nuestro apartamento tenía el solo objetivo de sacar información directa para la Seguridad antes de la detención. Hay que ser un canalla para prestarse a todo esto de ahora. Lo hace porque la tiranía castrista quiere desprestigiar a Heberto Padilla, aún después de 18 años de fallecido. Y Norberto ha sido usado otra vez por la policía cubana. Su estúpido juicio contra Heberto, acusándolo de que " Padilla quería un papel protagónico, dar conferencias, hacer grandes declamaciones, despachar con la prensa extranjera, ser el superintelectual crítico", no sólo es completamente falso sino lleno de malidicencia.

(comentario publicado en la red, agosto 2018)

Wednesday, August 1, 2018

Andrés Reynaldo vs. Leonardo Padura (2)

En el gran esquema del cambio-fraude, Raúl Castro necesitaba un Frankenstein literario. Ahí estaba el novelista Leonardo Padura. Da igual si lo cosieron y atornillaron con siniestra paciencia a lo largo de las décadas en un sótano del Cimeq (quizás hasta recibió alguna víscera del finado Hugo Chávez) o si lo dejaron una fría mañana en el umbral de la estación de policía de Mantilla, arropado en una raída batica blanca con la insignia del equipo Industriales.
   Lo importante a notar es la construcción fragmentaria y residual de la criatura, sus torpes funciones, las incongruencias de su desarrollo, su díscolo y ladino discurso. Fama, por lo menos, ha logrado. Padura es el rostro de la cultura neocastrista. Primero entre sus pares. Una nueva clase (una subcasta, más bien) de escritores, académicos, pintores, periodistas y músicos que operan bajo un vigilado principio de transgresión retardada. Escriben, pintan, disertan y cantan sobre lo que ayer prohibía la dictadura, justo a partir del momento en que a la dictadura le convenga exhibirlo. Aquí no cabe hablar tanto de estética como de prestidigitación. Se escribe sobre el trotskismo en Cuba sin mencionar a los trostskistas cubanos, perseguidos con saña por Fidel. Llueve azufre sobre un par de difuntos funcionarios que implementaron el Quinquenio Gris en medio de los rigores del Quinquenio Prieto. Kcho le regala al Papa Francisco un Cristo de gastados remos dedicado a los balseros de África. ¡Los balseros de África! La magia, ¿quién lo duda?, también es un arma de la Revolución.
   Así, la proposición de que Padura es un escritor contestatario implicaría el escándalo de la calumnia si no tuviera el andamiaje del disimulo. No nos equivoquemos, Padura es un escritor comprometido, no en un sentido sartreano, sino leninista. La suya no es una posición contra el poder sino con el poder. Para su desventaja, la época ha desgastado el aparato teórico de la dictadura. Ya no hay tierra firme, como en tiempos de Silvio y Pablito, para exaltar la opresión en nombre del futuro. La era ya no está pariendo un corazón sino una empresa mixta entre Odebrecht y la familia Castro. Eso deja a Padura y a tantos otros (y otras) con un espurio manual del oportunista zen del raulismo: el chapoteo para atrás y para adelante, la anticuada voltereta postmoderna, la pose de enfant terrible con una jaba de la UNEAC, la hipótesis a media lengua y la crítica pueril del acontecimiento no significativo en un eterno presente de venta de liquidación.
   Contradictorias carnes componen a nuestro Frankenstein. Esto hace que en Padura se observen a primera vista los dos radicales misterios del ente aludidos por Parménides de Elea: en un mismo espacio y al mismo tiempo Padura es y no es. Es el escritor oficialista que accede al Premio Nacional de Literatura por una novelística consagrada a humanizar a un miembro del Ministerio del Interior y es el compungido autor que se queja de no ser suficientemente publicado en Cuba. Es el solícito recipiente del homenaje de sus lectores en Miami y es el virulento comentarista que va por medio mundo acusando a los exiliados de corruptos, anacrónicos y energúmenos. El hemingüeñano corresponsal de la guerra en Angola y el cabo encargado de trucar el número de los muertos. El conformista con sandalias de hereje. El diletante con pausas de pensador. El pícaro con una coartada humanista.
   Muchos y con frecuencia exóticos son los disfraces de Padura. Pero, Frankenstein al fin y al cabo, animado a renuentes retazos al fin y al cabo, no puede evitar que se le vean las costuras.

(Hecho en Cuba. El Nuevo Herald, marzo 2018)

Wednesday, July 25, 2018

Angel Santiesteban vs. Orlando Luis Pardo Lazo

Orlando Luis Pardo Lazo, es decir, NADIE, ha disparado sandeces, como acostumbra en sus intentos literarios y en la vida misma, los que a veces, espacios y realidades, parece confundírseles. Es una realidad que a donde todos llegan o se pasan, él ni se acerca. Cegado por un instinto primario hacia una mujer, muerde con ferocidad las manos de las personas que lo auparon y protegieron, y ataca a cuanto le parezca que atenta contra su amada Dulcinea, y lleno de fantasías, se lanza imaginando molinos de viento, porque ese es su único interés, proteger de aquellos de una manera u otra, no admitan la voluntad de su venerada.
   Es una pena que para asuntos tan serios como la libertad de Cuba, NADIE esté inmiscuido, por lo que en vez de apoyar demerita a su defendida, haciéndole el dos al Sexto –Dios los hace y el Diablo los junta o, el poco talento los hace y la mediocridad los junta– y se lanzan con oprobios y bajos instintos, en su desesperación de quitarles méritos a Rodiles. Me hace recordar aquella película de Tin Tan, donde su amigo le pedía “no me defiendas, compadre”, pues en un intento de ampararlo, lo que hacía era hundirlo.
   Pretender citar la biografía de NADIE, sería terminar ahora mismo este trabajo, pues nada ha hecho para justificar su existencia. No es representativo como opositor ni como escritor ni como pareja amorosa de Rosa María; salvo una serie de cobardías y morbos que sí abalan su currículo. Por eso, tras insistentes ataques a mi persona, y no recibir respuesta, vuelve a lanzarse en esta ocasión porque le hagan el favor de réplica y finalmente, llamar la atención. Por eso lo complazco, y por esta vez para complacer su ego, nuestros nombres se juntan.
   Por solo citar algunas pifias, recordar aquellas burlas en La Habana cuando NADIE se le acostó en la oficina de Fidel Díaz Castro, director del periódico oficialista El Caimán Barbudo, con los brazos en cruz, imitando a Cristo, mientras gritaba: ¡crucifíquenme! Al comprender que no le hacían caso, volvió a levantarse, se sacudió la ropa y se retiró. Cuando la bola se regó, se llegó a la conclusión que estaba loco, a aquel acto no se le encontraba la menor lógica.
   Pero no piensen que eso sucedió por algún acto altruista, una acción relevante por los Derechos Humanos, no, fue cuando en la búsqueda de escándalos, pues con el arte literario se le hacía difícil llamar la atención, decidió hacer una serie enferma de fotografías, donde en una de ella, se masturbaba sobre la bandera cubana. ¿Por qué no lo hizo con la foto de su madre?, porque en ese caso no le importaría a persona alguna y su objetivo era que su nombre se repitiera, por bueno o por malo, pero se pronunciara. Y lo logró, hay que reconocérselo, por esos días fue la comidilla, la burla en La Habana. Quizá de las pocas veces en sesenta años de dictadura, unió en un criterio a los comunistas y a la oposición: NADIE es un estúpido.
   Pero su mente enferma ha llegado tan lejos de su inconciencia, que olvida que la golpiza que recibí y que ahora no quiere reconocer y me acusa de haberla fingido, fue por él. Cuando esperábamos fuera de la unidad policial donde mantenían a Antonio Rodiles golpeado y escondido en un calabozo, nos concentramos para exigir su liberación; fue por su culpa, pues en una aparente aparición de NADIE, en la esquina opuesta de donde nos encontrábamos parapetados aquel grupo de opositores, vimos que como a cien metros alguien que se acercaba y que se le parecía a NADIE, y un patrullero lo interceptó para detenerlo y así evitar que se nos uniera, y grité su nombre –no el de NADIE, sino el otro– dije que lo estaban deteniendo, y quien primero salió corriendo para defenderlo fue Yoanis Sánchez, el resto la seguimos.
   Al llegar hasta la patrulla reconocimos que no era él, por supuesto, NADIE no aparecía en lugares calientes como aquellos, y allí comenzó la trifulca, porque con justicia hay que decir que a Yoanis no le importaba quien fuera, cuando vio que no era él, de todas maneras comenzó a forcejear con los policías para sacar al hombre que habían metido dentro del auto.
   Recuerdo que un disidente pudo grabar la golpiza que me dieron, sin embargo, ahora NADIE se atreve a decir que mi camisa tenía “sangre de utilería”. Todos, equivocados o no por aquel intento de sacarlo de la patrulla, fuimos apresados y golpeados por él, y ahora es tan ingrato que no lo quiere reconocer porque prefiere quedar como el amante bueno, olvida esa época cuando existió una alianza de hermandad verdadera, por lo que no reconoce los esfuerzos de entonces.
No importa que ahora estemos en proyectos diferentes, lo que sí debe unir a cualquier opositor es la honestidad, porque entonces sería parecernos demasiado a la policía política, como que la imitamos a la perfección.
   En otra oportunidad quisimos hacer el programa de Estado de Sats, y con las cámaras preparadas dijo que saldría y volvería en un rato, y no regresó. Lo grabamos sin él. Días después confesó que tenía miedo de ser apresado si retornaba a casa de Rodiles.
   Es risible, que su lógica y escritura mal cuidada lo delate, cuando intenta difamar de censor a Rodiles, escapa de su boca, la de NADIE, al catalogarles el mismo de “obscenidades” a la música de Porno para Ricardo y los cuadros de El Sexto.
   Es cierto que Laura está muerta y Yoanis está viva. Oswaldo Payá también está muerto y Antonio está vivo. Yoanis y Antonio están vivos, al menos por ahora y ojalá que no sean asesinados. Pero los cuatro coinciden que se encuentran en Cuba, no se fueron por cobardías para luchar detrás de un teclado plástico para ejercer la calumnia. Todos sabemos que Oswaldo Paya jamás lo hubiera aceptado de yerno a ese ser abyecto y enfermo, que subestima a su amada, reconociendo que sentarla “a la fuerza” en un debate público, sería como un banquillo de acusados.
   Por suerte, este ser mezquino de NADIE, no tiene la menor convocatoria, y termina haciendo el ridículo, imitando las viejas películas del oeste, dispara en todas direcciones de la oposición porque en general, desde su punto de vista, el resto envidia y odia a Rosa María, por lo que intenta justificar ser el escudo de su Dulcinea que, contrario a defenderla, la empaña con su miserable proceder desde la mentira y el desagradecimiento, olvidando que esa es la primera cualidad cuando se quiere a alguien y se pretende ayudar: ser honesto.

(publicado en la red, mayo 2018)

Monday, July 23, 2018

Dean Luis Reyes vs. La Jiribilla, Fernando León Jacomino y Jorge Angel Hernández Pérez

Sin duda, los teóricos de la guerra fría cultural de La Jiribilla no son demasiado originales. Usan los mismos argumentos que en los 90 e inicios de los 2000 usaban en El Caimán Barbudo contra gente como Emilio Ichikawa, Rafael Rojas, Víctor Fowler, Elvia Rosa Castro… y antes usara Leopoldo Ávila en Verde Olivo, que consiste en desacreditar la honestidad de los juicios de los intelectuales que se desaprueba. En poner en entredicho sus intenciones reales. En dibujar una agenda oculta, que siempre termina donde mismo y que, además, nunca ofrece pruebas definitivas.
(…)
   En verdad, sería bueno creer que Pérez no juzga como procede. Que su cargo de hermeneuta titular para interpretar la intervención en los asuntos de la soberanía nacional de potencias extranjeras a través de la utilización de los artistas e intelectuales -ese grupo influenciable, débil, no confiable, nacido con el pecado original de no ser revolucionarios- tenga mayor hondura y alcance. Porque si es él quien va defendernos de semejantes mercenarismos, que Dios nos coja confesados.
   En ese sentido, es un golpe bajo atacar a un hombre por donde es más débil: por su modo de subsistencia. Cuestionar a Arcos su labor docente y por esa vía invocar su despido, sabemos cómo se llama. Al menos en mi barrio tiene un nombre muy feo.
   Si en verdad estuviéramos equivocados, ¿a qué viene esta obsesión de La Jiribilla con desautorizar, acusar? ¿Por qué sugerir que se trata de un movimiento deshonesto para ganar aprecio del enemigo? ¿Será acaso que no hay argumentos sólidos del lado de quien así razona? ¿A qué viene la amenaza de parte de Fernando León Jacomino, director de La Jiribilla, cuando advierte en su texto “Un insulto a Martí concierne a toda nuesta sociedad” que, “si la vocación de libertad expresiva de ese equipo (el de la Muestra Joven) pasa por comulgar con producciones audiovisuales que afrenten a nuestros próceres, resultará muy difícil mantener el diálogo que hasta hoy ha garantizado la continuidad del evento?”
   A menos que yo no me haya enterado aun, este sujeto todavía no preside ni decide en el Instituto de Cine. Los funcionarios que allí están, por cierto, podrían defender a esa “institución de la Revolución Cubana”, que sabe reconocer Pérez, primeramente de oportunistas como ellos. El ICAIC histórico, el de Alfredo Guevara, jamás dejó solos a los cineastas con jauría de cualquier pelaje; ni siquiera ante cuestionamientos venidos de figuras como Blas Roca o el propio Fidel Castro.
   Ya quisiera La Jiribilla contar con la autoridad moral o intelectual necesaria para emprender una vindicación de esa naturaleza. Cuando se trata de una revista que nació inventándose una política cultural de doble rasero, donde luego se manipuló a una mujer como Lina de Feria, y más tarde a Eduardo del Llano en una entrevista a propósito de su corto Monte Rouge; un sitio donde, en medio de la conocida como “Guerrita de los E-mails”, se publicó un informe parapolicial sobre Jorge Luis Arcos, con fotos sacadas de archivos inconfesables; donde, un par de años atrás, un viceministro de cultura usaba el seudónimo de Cristian Alejandro para tirar puyitas sobre, entre otros, Pablo Milanés y los cineastas que luchaban por una Ley de Cine; donde dos periodistas fueron expulsadas por denunciarlo; donde los comentarios que los lectores subimos a los foros desaparecen misteriosamente -todavía sigo esperando que el mío se publique…
   Esa es la idea de Revolución que estos “intelectuales” tienen. Para ellos, no cabe gente que discrepe sin comulgar con la necesidad de ser premiado por… Trump. Hasta ese punto llega su infantilismo intelectual y su necesidad de borrar al oponente demonizando sin ofrecer una sola evidencia a favor de su tesis.
   Donald Trump, que tanto preocupa a Pérez, debe estar muy feliz por ver cómo nos arrancamos las tiras del pellejo por cuestiones que, definitivamente, deberíamos resolver con un diálogo comprometido. No uno en que una parte decide que la otra es “poco ética” por decir la verdad -aunque se esté equivocado, la verdad nunca es no ética. O donde se desoye y fustiga a un grupo de cineastas prestigiosos que piden entablar un diálogo para crear una Ley de Cine. O donde la contraparte vocifera, manotea, amenaza, trata de enviar al patíbulo a un intelectual que reúne más méritos que todos los comisarios de La Jiribilla juntos. En esas condiciones, es lícito pensar que una parte no crea útil entablar diálogo alguno.

(Publicado en la red, abril 2018)

Friday, July 20, 2018

Antonio José Ponte sobre los libros de José Martí

Una década después de mi visita, fallecido ya Gastón Baquero, me tocó repetir sus expediciones por librerías madrileñas de viejo. Me tocó tropezar con unos libros publicados en Cuba. Podía distinguirlos a simple ojeada entre montones de otros títulos, los veía antes de verlos. Eran, no otra vida posible como debieron serlo para Gastón Baquero, sino mi pasado. Porque lejos de aquí, océano por medio, en otras librerías, esos libros y yo nos habíamos visto las caras. Tal como soy capaz de detectar en medio de una multitud a quien lleve el rostro del comandante Guevara en su ropa, podía descubrir por el lomo a cualquier librito cubano que intentara escurrirse de incógnito.
   Lograba verlos, al lomo y a la camiseta guevarista, con el octavo o noveno sentido, aquel que sirve para detectar erratas. A diferencia de Baquero, yo no alcanzaba a mostrar compasión. Ni siquiera iba a compensarme abrirlos y mirar dentro y ver toda la porquería que sus páginas contuvieran. La superioridad que podría sacarse de un asomo de lectura así no valía la pena. De modo que los evitaba y todavía, al encontrármelos, sigo evitándolos. Igual que evito a cualquiera que lleve el rostro de Guevara, por joven e ignorante e ingenuo que pretenda ser.
   No es que no compre esos libros, es que ni los hojeo. Con una sola excepción: la de José Martí.
   Los de Martí son, evidentemente, los libros de una secta. Ninguno de ellos prescinde de un estudio preliminar y de notas, han sido organizados por una filología política. Conozco bien la secta que los ha ordenado y no termino de aceptar el hecho de que la más inesperada frase necesite de explicaciones tan groseras, empeñadas en abotargarla, en despojarla de cualquier felicidad que no sea utilitaria.
   Son libros de una secta criminal, hechos para justificar crímenes de Estado. Se imprimieron para justificar la complicidad de José Martí con Fidel Castro, para propiciarle una coartada a este último. Constituyen los pasos previos a ese arreglo funerario en el cual la tumba monolito de Fidel Castro se encuentra lo más cerca posible del mausoleo donde reposa Martí.
   Me tropiezo con alguno de ellos, los intuyo antes de haberlos visto, los agarro, los abro al azar y me asomo a lo irrespirable. A un lugar de crimen cerrado durante mucho tiempo y corrompiéndose. Y, aún cuando son hallazgos que deberían resolverse en una risotada, no consigo nunca soltarla.
   Hay ocasiones en que me sobrepongo por puro pragmatismo. ¿De qué otro modo podría conseguir aquí, agrupado en un volumen manejable, todo lo que José Martí escribió sobre el Caribe? Paso entonces por encima del aparato crítico que ciñe sus textos, acepto del mejor modo posible la estupidez y la mediocridad, y me dispongo a escuchar cuantas mentiras quieran contarme a cambio. Me lo llevo a casa sabiendo que será un huésped tóxico. No servirá para la relectura, y únicamente conseguirá salvarse gracias a alguna que otra consulta, bueno únicamente para lecturas de punción.
   Son otras, por tanto, las ediciones en las que alcanzo a leerlo. Me fío para ello de editores extranjeros, no cubanos. De editores no pertenecientes a la secta. Sus compilaciones cargan prólogos también, pues un autor así se diría necesitado siempre de avisos previos, de alguien que garantice que lo que va a leerse a continuación es literatura. La ventaja es que esos prólogos no establecen complicidades políticas, no les forjan misión actual a sus escritos. No va a salir de allí ninguna república pendiente, no cabría imaginar un gobierno capaz de basarse en tales antiguallas. En caso de que esos escritos tengan consecuencias, habría que buscarlas en el ánimo del lector.
   Sólo así consigo leerlo todavía. Su ensayo sobre Emerson, por citar un ejemplo, alcanza a convertírseme en incomprensible. No acabo de entender a dónde procura ir, ni qué puedan querer decir esas frases que no terminan de suceder una a la otra, que no acaban de cerrarse ni de abrirse, abriéndose y cerrándose todas al unísono. Es a ese punto de no comprensión al que debe aspirarse en la relectura, según creo, y llegar a él, más en el caso de un escritor tan vapuleado como José Martí, está entre los estados de lectura más insostenibles que puedan alcanzarse.

(Martí: los libros de una secta criminal. Diario de Cuba, abril 2018)

Wednesday, July 18, 2018

Néstor Díaz de Villegas vs. Leonardo Padura (2)

Leonardo Padura no es una creación del castrismo a la manera en que lo son los cantautores y las ciberclarias; pero si no existiera un Padura, alguna dependencia del CIGB tendría que inventarlo. Así Padura contribuye a la nueva economía castrista ahorrándole al Partido unos cuantos experimentos genéticos. Justamente, lo más inexplicable del autor de Herejes es haber aparecido por generación espontánea.
   Padura es la mutación final del hombre sesentista, producto evolucionario del pelú de la época de las recogidas. Debería existir un pulóver que ilustre la transición, desde el hippie del Capri a este personajillo de barbija canosa y chaquetica deportiva.
   Aún otra secuencia podría representar a un barbudo de la Sierra que recorra las diversas etapas revolucionarias hasta llegar al enanito barbado que conversa en Madrid con Pablo Iglesias. Sin dudas, allí Padura se parece al enano Bonachón, aunque igualmente podría ser Gruñón, Mocoso o Tímido. En realidad, Leonardo Padura encarna a los siete enanos del cuento en superposición cuántica, y el castrismo, que es su Blancanieves, lo saca a pasear en cualquiera de los múltiples avatares, según venga al caso.
   Detengámonos un momento en la bonachona barbija paduriana, una barba cubana que ha perdido ya todo heroísmo, todo lirismo, cualquier idealismo. Veremos, de entrada, que la barba padúrica carece incluso de virilidad. Compáresela con la de Huber Matos a bordo del tanque de guerra mágico que trajo la noche, o con la de Gutiérrez Menoyo, en la foto tipo carnet que lo inmortaliza en el episodio del gallego comevacas, o incluso con la de Ernesto Guevara, tan romántica y gauchesca, y tan pletórica de posibilidades.
   La barba de Padura no esconde una barbilla femenina, como es el caso de la de Fidel Castro, no retiene la función dramática de ocultamiento, sino que responde, únicamente, a un vacío maxilar: esa barba es un hisopo para limpiar inodoros de los que venden los chinos en sus Tiendas del Dólar. Es decir, un objeto vulgar, comercial, pero no el original, sino una impostura, un fake, un barbón ersatz. La barba de Padura es una barba mikimaus.
   Añádanse las manchas de nicotina de un millón de Populares, el sarro de mil medias mentiras que caen y resbalan como caldo de sopa por el mentón tupido. Si antes teníamos la perilla lacia de Pablo Armando Fernández, o el barbín español, tipo candado, de Fernández Retamar, o la pilosa cascada de un protopaduriano Eliseo Diego, cabe preguntarse entonces, ¿de dónde ha salido el nuevo tipo de intelectual barbudo? O mejor aún, ¿cuáles son los orígenes éticos y estéticos del nuevo modelo de barba intelectual?
   Y tendríamos que respondernos que de las barracas de las Escuelas al Campo, de los sórdidos retretes del Servicio Militar Obligatorio, de algún abismal atajo de la promiscuidad social, de la sostenida depravación de la hygeia cubana, del colapso de las más elementales normas de aseo, de la tendencia recesiva que sufrió, en las últimas seis décadas, el glorioso amulatamiento prerrevolucionario. La literatura de Leonardo Padura es una rata peluda que salta de las cloacas políticas, el producto de estrecheces morales donde se acumulan pelos y jabonaduras. Y esa caraza extraña, irresuelta, incómoda, baconiana, es la facha cubana del último hombre. Después de esta jeta tenía que venir la cara de tolete de Eliancito o la del policía pinguero que dispara su pistolita en plena vía pública. Pero la cara de Padura todavía retiene la semblanza de cultura, de nuestra cultura.
   Dejémonos de hipocresía: la jeta de Padura produce desagrado, produce rechazo. Ni aún apuntada por las cámaras de la televisión española o por las Hasselblad de fotógrafos estrella, su catadura resulta fotogénica, y esto, porque la cara de Padura es el reflejo del alma de la dictadura. Si las agencias de prensa pretenden pasarlo por el último modelo de intelectual revolucionario, enseguida la cámara lo revela como el revolucionario sin cualidades, uno que ni cree ni deja creer.
   He ahí un problema metafísico digno de nuestra máxima atención. Porque la fascinación que provoca Padura se debe, a fin de cuentas, a la ausencia de cualidades: lo que seduce al público lector, y al espectador entretenido, es el vacío. Lo que resulta fascinante en su conversación con Pablo Iglesias, es que el vacío pudiera ser transmutado en espectáculo.
   La Revolución, esa creadora, empaquetadora y difundidora de maravillas, es capaz de poner a bailar a una escoba, a cargar agua a un balde, y hacer que un hisopo limpie, motu proprio, sus excusados. Que la Revolución pueda hacer de Padura una estrella mediática lo dice todo acerca de sus extraordinarios poderes mágicos.
   Padura como paradigma, he ahí un milagro. Mientras que la oposición requiere de una cierta coherencia política y estética, la Revolución puede coger un mojón y convertirlo en su homúnculo, como ocurrió antes con Kcho, Barnet y los Cinco.
   Shigetaka Kurita creó un emoyi con una pila de excremento y lo hizo estrella de los medios sociales. Padura es hoy el emoyi del mojón castrista: produce asco, pero no deja de encantarnos. Lo consumimos y lo colocamos, como un signo más, como una ironía más, en nuestros ensayos y tesis de grado.
   Cuando Pablo Iglesias dice “¡Eso sí que es ser disidente!”, en relación al cambio de lealtades deportivas del entrevistado, está haciendo uso del mismo procedimiento metonímico. Irónicamente, la “disidencia”, con sus palizas y sus actos de repudio, pasa a ser parte de la lengua franca de la política sucia europea, pero convertida en emoyi. Donde diga “disidente”, ahora podrá leerse “Industriales”, o “Barça”, o cualquier otra bobería. El doublespeak y el diversionismo ideológico se citan en el retrete: el homúnculo que nazca de esta relación incestuosa tendrá peste a mierda, cola de caballo y barba de hisopo.
   La entrevista entre el político bolivariano y el escritor procastrista nos permite mirar de cerca los intrincados mecanismos de la posverdad, analizarlos en vivo, en directo y a todo color, cortesía de los fidelísimos medios de comunicación españoles. Parecería que cuatro décadas de franquismo no fueran suficientes y que el espectador ibérico exigiera renovadas dosis de emoción autoritaria, más chistes jugosos de gallegos aferrados al trono.
   Y esa efervescencia, ese peligro, es por lo que los editores españoles viajan a La Habana. Antes de pasar por el estudio de Pablo Iglesias, las patrañas de Padura las comercializan Tusquets y un batallón de manejadores catalanes. Explicar el éxito comercial del arte de Leonardo Padura resultaría menos complicado si se tomara en cuenta el tipo de cazatalentos que viene a Cuba en busca de aventuras detectivescas. Porque ningún traficante de letras que pretenda actuar con relativa impunidad en la tierra de Mario Conde podrá soslayar unos atavismos –patria, policía y revolución– que ya son parte del sistema y que datan de la época en que Julio Iglesias era portero del Real Madrid.

(la jeta de Padura: un argumento ad hominem. Blog N.D.D.V., marzo 2018)