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Thursday, January 5, 2017

Gilberto Padilla Cárdenas vs. Daniel Chavarría

A pesar del enjambre de reediciones del uruguayo que siempre zumba en la Feria del Libro, ni Adiós muchachos, ni Príapos se encuentran en ninguna librería. Para no hablar de Viudas de sangre (¿alguien se ha detenido en el número de páginas de Viudas…? En la literatura cubana es solo superado por Misiones, de Reinaldo Montero). Es increíble el gusto por el modelo Chavarría. La gente deja de leer a Rubem Fonseca (El gran arte), a Ricardo Piglia (Blanco nocturno), a Cristina Rivera Garza (La muerte me da), para leer a Chavarría. Alguien dirá que si todo el peligro es que los cubanos sigan leyendo a Chavarría, estamos dispuestos a correrlo, y con gusto, pero sucede que es optimista hablar de un mero “peligro”, pues de hecho la situación se congeló, y cientos de cubanos han seguido leyendo sus novelas, intercambiando solo sus novelas de manera endogámica. Y lo peor: se reproducen entre ellos. Han creado un ecosistema: el Chavarría Park, un cantón de lectura incestuosa con el ADN en ámbar del uruguayo. Y ya se sabe —lo notamos por la variedad de malformaciones congénitas en ciertos territorios latinoamericanos— las consecuencias de la redundancia genética: testículos ectópicos, labios leporinos, espinas bífidas, atresias duodenales, etc. Sobre la etiología de estas malformaciones, comenta Umberto Eco en La definición del Arte:

   Uno de los motivos de la deseducación estética del público, proviene del sentido de esa inercia estilística, del hecho de que el lector o espectador tiende a gozar solo de aquellos estímulos que satisfacen su sentido de las probabilidades formales (de modo que solo aprecia melodías iguales a las que ya ha oído, líneas y relaciones de las más obvias, historias de final generalmente “feliz”).

   Creo innecesario aclarar que si esta lógica es cierta, los lectores de Daniel Chavarría dentro de poco serán los espectadores de Tras la huella.
   Cierro con una anécdota. Una vez le escuché comentar a Chavarría que había escrito su novela X (juro que no recuerdo cuál) porque estaba corto de plata. Para mí esa es la mejor declaración de principios estéticos hecha por un Premio Nacional de Literatura: no escribir para sí, ni para la posteridad, ni para el pueblo (whatever that means), sino para los únicos lectores a su altura: los que pagan los derechos de autor.

(Todo Chavarría por un Padura. OnCuba Magazine, julio 2016)

Wednesday, January 4, 2017

Jorge Peré vs. Guillermo Rodríguez Rivera y el Premio Nacional de Literatura (sobre Leonardo Padura)

Ya Padura ostenta en su vitrina el Premio Nacional de Literatura (2012) y el prestigioso Princesa de Asturias (España, 2014). A sus 61 años, nadie duda que tenga obra e influencia suficiente para sentarse a esperar sin desvelos que le toque su turno en la ruleta del Cervantes. Sin embargo, no faltan los que se cuestionan –sobre todo en la isla– la razón de tanto deslumbramiento y euforia en torno al novelista.
   Prueba de ello, es el texto La literatura invisible (2014), publicado hace un par de años en un sitio digital por Guillermo Rodríguez Rivera, para salpicar de dudas la pertinencia del Premio Nacional de Literatura que le fuera conferido a Padura. Rodríguez Rivera (R.R a partir de ahora), que ha pasado mucho tiempo (ante o detrás de cámaras) haciendo constar su condición de tripulante en la generación del primer Caimán Barbudo, como quien pretende colarse a empujones dentro del hall of fame cubano, deja entrever sin muchas vueltas su incomodidad con el apogeo de Padura en los últimos años (algo que no extraña a nadie, pues sabemos que R.R únicamente revienta su piñata de elogios cuando se trata de Luis Rogelio Nogueras). Para cualquier lector atento, las palabras de R.R suenan como las de un autor resentido, tocado por una especie de “Síndrome de John Doe” (puesto que nadie lo conoce y él mismo no entiende su vida). De manera que sus reproches a la “injusta” adjudicación están condicionados por un tufillo reconocible, mezcla de rencor e inferioridad. Perreta de octogenario. Actitud típica de quien no tuvo quince o casamiento bullanguero.
   Por otro lado, el exabrupto de R.R tan solo confirma una verdad, muy evidente para ser obviada y demasiado ridícula para ser tomada en serio: ciertos premios en Cuba, sobre todo los que apuntan a la inmortalización, responden a una lógica etaria, generacional, donde la vejez –esto es, tener más de setenta años– es un requisito indispensable, exclusivo. Así, cuando cada año se piensa en conceder el Nacional de Literatura, normalmente se maneja un listado de nombres cercanos a la defunción, donde abunda el Alzheimer y el Parkinson. No importa si se trata de un bartleby (Jaime Sarusky, Ambrosio Fornet), o si su obra apenas incide en la franja canónica nacional (César López, Reynaldo González, Humberto Arenal, Leonardo Acosta). Aquellos autores que han vivido lo suficiente como para ofrecer un par de anécdotas con más de cuatro décadas de añejamiento (aquí el yoísmo se da banquete y sobrepasa la delgada línea que separa la realidad de la ficción: “Cuando yo escribí…” “Y entonces yo publiqué…” “Yo estuve ahí…”), cuentan con un plus inmensurable. “La primera vez –comenta R.R a propósito de las dos veces que, según él, ha integrado el jurado del premio–, tuvimos en cuenta la decisiva obra crítica de Ángel Augier, pero también su ancianidad; lo propio ocurrió al concederle el galardón a Humberto Arenal, autor de una obra narrativa un tanto magra”. Luego, hay otro detalle que redondea el casting: lo ideológico. Y a esto se le puede sumar la permanencia en la isla. Usted puede no cumplir con alguno de estos requisitos, siempre que cumpla con los otros dos. Sin embargo, de estas tres exigencias hay una imposible de negociar: la permanencia en la isla.
   En Cuba, el Premio Nacional de Literatura es lo más parecido a un soborno, aunque muchas veces parezca la consolación de quienes no han hecho más que darse sillón y asistir a tertulias en el Sábado del Libro, la UNEAC y la Casa de las Américas.
   Ahora bien, si repasamos en detalle a Padura, el resultado sería un candidato inédito en el proceso de discriminación. Recordemos que el autor no pertenece a la franja más longeva de nuestros escritores en activo, sino a una generación intermedia, post-utópica y adherida al criticismo de la decadencia política en la isla. Padura, además, ha estado desentendido por muchos años de la actividad burocrática institucional y sus derechos editoriales se encuentran repartidos entre los sellos de mayor pedigrí en Barcelona. Algo curioso es que en más de una ocasión ha asegurado que no piensa abandonar la isla bajo ninguna circunstancia, haciendo uso de una ética provinciana que le funciona, de cara al mundo, como garante de marketing. Todo esto, sin dudas, ha contribuido a convertirlo en un autor fetiche, dentro y fuera del espacio cubano.
   Casi puedo entender que R.R, acostumbrado a la vieja, predecible inercia de la oficialidad en Cuba, se advierta pasmado frente el encumbramiento de Padura, el cual estima apresurado al considerar “que tenía tiempo para obtener ese galardón por un trabajo que abarque mejor la obra de toda su vida”. Según parece, R.R no desconoce en absoluto las virtudes del novelista, si bien las exalta con cierta cautela. Al cabo, disgrega sus intenciones de inquisidor y desclasifica un hecho según el cual, el mismo Padura tendría que estarle agradecido: “Mi voto fue el que, en muy reñida decisión, decidió el otorgamiento del premio de la crítica a su obra La novela de mi vida…” Lo de Guillermo es grandioso. Sobre todo porque un poco antes se escuda en la misma estrategia al replicar con igual veneno la concesión del premio a la poeta Reina María Rodríguez: “Puedo decir que, cuando en 1984 fui miembro del jurado de poesía del Premio Casa, me complació contribuir a otorgarle a Reina María ese importante premio por su libro Para un cordero blanco”. Corríjanme si no parece el colmo de la desfachatez; o acaso los adelantos de una posible edición de manos de R.R, bajo el título “Mis memorias”; o siendo más fiel a su tono: “Mis hazañas”.
   Cuando por fin R.R se atreve en su artículo a dispensar un juicio de valor, se inclina hacia dos escritores muy distintos en sus poéticas e historias personales. El crítico postula la deuda que entonces tenía la oficialidad con Eduardo Heras León, y la inconcebible preterición de una “esencial voz femenina” como Lina de Feria. Sobre ambos autores dice lo suficiente –o lo que él considera suficiente, que en realidad es irrazonablemente suficiente– para sustentar su posible beatificación. Esto apunta sobre la poética de Lina: “…representa esa poesía de la oscuridad, del enriquecedor laberinto de la palabra que, en la poesía cubana, permanentemente aparece al lado de la poesía de la claridad” (Lo que sea que signifique semejante galimatías).
   Sin embargo, a R.R le interesa muy poco si Padura ha escrito el doble de libros que Heras, o si la obra de aquel ha tenido mayor fortuna crítica nacional e internacional que la de éste y Lina de Feria juntos. En esencia, lo que defiende el crítico –como si se tratara de un valor literario, estético– es la prioridad generacional, que por motivos obvios favorece a Heras León. Nada más. Tal vez por ello, se torna insultante leer una crítica literaria tan disfuncional que llega a parecer una legislación en favor de los derechos de la tercera edad. R.R guapea y se abre paso a bastonazos, exponiendo sus criterios como si reclamara (para él y sus contemporáneos) el asiento de impedidos en el transporte público.
   Como sea, nadie imaginaba veinte años atrás que un escritor de novelas policíacas – tendencia menor dentro de la propuesta narrativa carpenteriana– pudiera llegar tan lejos. En este sentido, Padura nos ha dado a todos una lección anticanónica.
   Las hombradas de Mario Conde, cuya trayectoria policial ya supera la del “Tabo” en el antológico serial Día y Noche, ofrecen la coloratura de un héroe que sortea la epicidad. En su tiempo libre, Conde, escribe una novela que no consigue terminar, y en ese gesto, acaso se adivina el misterio de su éxito profesional. Porque se es un buen escritor o un buen policía, pero nunca las dos cosas. Sin embargo, Mario Conde disfruta ese fugaz desajuste con la realidad –que al decir de Ricardo Piglia, obedece al instinto de los buenos escritores–, se ofrece como un pobre miserable que trasciende el sentido ordinario de ser policía –aunque sea esto lo único que en realidad sabe hacer– en un país donde las leyes son otra manera de hacer ficción. Padura, por su parte, es culpable de no haber escrito una sola página sin pensar en el destino de Conde, su alter ego contiguo. Ambos se relevan y complementan en una continuidad que, al menos por ahora, no divisa el retiro para ninguna de las dos partes.
   Si algo podemos exigirle a Padura, a estas alturas, es el digno retiro del agente Mario Conde. Una salida victoriosa. Una licencia permanente. Una tregua que le haría bien a todos. A los lectores, al escritor y al propio personaje. He aquí otra cosa que le falta por hacer a Padura.
   Ahora, tengo que elogiar en R.R –por inusual en los de su edad que, normalmente, dejan pasar las cosas sin mover un músculo– la voluntad de quejarse. Nunca está demás la queja, sobre todo en un país donde cada vez más los que se quejan lo hacen susurrando, interiormente. Encuentro positivo el impulso, incluso el pretexto del cual se sirve. No obstante, son los recursos los que se tornan en crisis.
   No podemos, en modo alguno, culpar a R.R por disentir abiertamente con la práctica oficial, si eso le apetece. Sin embargo, sí podemos retribuirle el gesto y apuntar certeramente a sus ideas que, llegado el momento, se vuelven en su contra como una bala perdida.
   De cualquier manera, no dejo de pensar en que puede haber muchos R.R por ahí, pululando a menudo en los centros de la oficialidad, y en ese caso, me temo que nuestro crítico obtendrá su revancha tarde o temprano, cuando alguien se compadezca de su decrepitud y decida compensarlo con el tan discutido Premio Nacional de Literatura.
   Acaso sea eso lo que intenta conseguir R.R antes de irse a descansar en paz.

(Padura, Rodríguez Rivera y la crítica necia. Incubadora ediciones, julio 2016)

Tuesday, January 3, 2017

Haroldo Dilla vs. La Jiribilla y Ernesto Pérez Castillo

En primer lugar hay un artículo de alguien llamado José Sanz donde se usa como testimonio contra el libro de Rafa una supuesta opinión achacada a Vicente Verdú, quien habría confesado públicamente que no había otorgado su voto (como jurado) a este libro por considerarle "una mala guía telefónica". Lo que, de ser cierto, sería una falta monumental de ética y un derroche de arrogancia que sólo merece el desprecio. Y sólo utilizable por quienes, partiendo de un vulgar pragmatismo arropador de la debilidad, perciben al-enemigo-de-mi-enemigo-como-mi-amigo, sea este Verdú, Sadam Husein o Humala.
   Luego llega otro a cargo de Ernesto Pérez Castillo. Se trata de un cuentista no muy imaginativo, pero simpático, y reconozcamos que no ser pesado ya es una ventaja en este mundo. En este caso el articulista traba un combate heroico contra fragmentos de la obra de Rojas, a veces mezclando cosas ininteligibles, a veces adoptando poses heterodoxas y siempre presentando una argumentación muy poco sofisticada, reñida tanto con el castellano como con la teoría.
   Así, el cuentista considera que clasificar a la intelectualidad republicana en liberales, comunistas y conservadores es propio de los textos de la Academia de Ciencias de la URSS, que el término "guerrillero" enaltece en sí mismo a quien lo posee y ningún "malo" puede ser guerrillero, que Ortiz no era liberal porque empleaba comunistas, y que un ejemplo de la afluencia económica de los terroristas exiliados era que podían pagar ¡2 mil dólares! en efectivo a un salvadoreño por poner una bomba en un hotel habanero.
   Y así, un listado interminable de argumentos retozones, todos (recordando al viejo Marx) "por debajo de la crítica" y tras los cuales habría que reconocer que con semejantes enemigos Rafael Rojas no necesita amigos.
   Concluyo con tres consejos aprovechando que soy más viejo que los tres aconsejados:
   A La Jiribilla, que prescinda de esos arrebatos de virtud excesiva, que sólo conducen al pecado. La sociedad cubana, su cultura y sus intelectuales necesitan el otro tipo de cosas que publican y divulgan.
   A Pérez Castillo, que siga ejercitándose en el cuento —digamos que nos cuente qué pasó con Mariceli tras la muerte del casi/doctor— y no haga más "filosofía barata".

(Las lagartijas decapitadas. Cubaencuentro, abril de 2006)

Monday, January 2, 2017

Javier Marimón recontextualiza a José Martí

En mármoreos pabellones de alma
Por más que a esa idea mil cerrojos echara
Viene a mí de Martí el espíritu
Y en mi lecho, mamámela
Goza, ágil libador de maravillas
Saca zunzún esencias de mi estaca
Decimonónico bigote del poético zumo
Se empapa. Soy el todo, inspiración divina
De la patria orgullosa la tranca.

(Publicado en la red, julio 2016)

Friday, December 30, 2016

Angel Santiesteban vs. Roberto Fernández Retamar y Laidi Fernández de Juan

Se sabe de intelectuales que han vendido sus almas al diablo. Ese es el caso de Retamar. Y quizá lo que no supieron quienes leyeron aquel primer post, fue que expresé mis críticas con dolor, porque una vez me dijo que, desde hacía años, heredaba las amistades de sus hijas, y que me consideraba su amigo. Pero, una vez que publiqué en mi blog lo que pensaba al respecto, fui tachado de la lista de “bienvenidos” a sus fiestas familiares, algo que acepté con orgullo porque no quería compartir con asesinos.
   A su vez, cuando en la UNEAC comenzaron a recoger aquellas firmas de apoyo al fusilamiento, como suele suceder ante esos llamados oficialistas, muchos, casi la mayoría, fueron a estampar su nombre en aquel cobarde documento, aunque luego, en la sala de mi casa, dijeran que no deseaban firmar, pero que el miedo a que “nos enseñen los instrumentos” (el modo en que estos “intelectuales” se refieren en silencio a la represión oficial), los inducía a traicionar sus pensamientos, sus verdaderos credos. Negarse a estampar su firma de apoyo a tan sádico crimen era, para ellos, algo similar al suicidio. Por mi parte, es obvio, cuando me hicieron la respectiva llamada desde la oficina de la Asociación de Escritores solicitando mi firma, dije que me negaba y recuerdo que la funcionaria escuchó en total silencio mi desacato a la dictadura, seguro que para informarlo después; o, al menos, para no verse involucrada en mi diatriba en caso de ser escuchada.
   Todos los que conocemos a Laidi Fernández de Juan, sabemos que idolatra a su padre, como corresponde hacer a los buenos hijos, por supuesto, y en este caso, a partir de que publicara yo dicho post criticando a su padre, comenzó desde su pináculo oficialista una persecución implacable contra mi persona. Se olvidó de los cumpleaños sorpresivos que me dedicó, de sus cartas de amor por el correo Cubarte ─antes de que me lo clausuraran─, de sus dedicatorias en los libros en las cuales me exaltaba como uno “de los pocos caballeros que conoce”, entre otros lances que “no quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo. La luz del entendimiento me hace ser muy comedido”, cuando quiso que la llevara al río.
   Lo cierto es que, como la dama soez que hoy encarna ─y quienes la conocen me darán la razón, pues saben que fuma, bebe y dice palabrotas como un arriero─, trepadora del oficialismo y ventajista que siempre ha sido, comenzó su labor de sátrapa en mi contra, en contubernio con la Seguridad del Estado, Abel Prieto y Retamar, quienes fueron en mi caza y esperaron el mejor momento. Querían más sangre, la mía ─en alguna parte leí que, una vez que se prueba, se sufre un síndrome de vampirismo, e imaginé a Retamar deleitándose con la mía─. Pero más allá de cualquiera de mis imaginaciones, ese absurdo proceso me hace recordar siempre las acusaciones y persecuciones contra Hannah Arendt, cuando cuestionó el papel de los “consejos judíos” en el holocausto. Y, como ha he dicho, Laidi Fernández comenzó a intrigar en mi contra. Y, junto a ella, hasta los amigos y conocidos, temerosos, pues por salvar sus traseros o hacerle la corte al régimen, son capaces de denunciar a sus propias madres.
   A los pocos días de que la dictadura me llevara a prisión, ya tenían previsto un “Encuentro contra la Violencia de Género”, que estaba ubicado en el mejor lugar del guión: una vez que terminó la Feria Internacional del Libro en La Habana y partieron los extranjeros, me citaron para que ingresara en prisión, y justo en ese momento, cuando comenzara la protesta internacional contra mi encarcelamiento, salían aquellas “Damas de la UNEAC”, como se les llamó, recogiendo firmas para apuntalar esta injusticia perpetrada por el régimen.
   El clan de los Retamar, como he denunciado en ocasiones anteriores, fue el gran promulgador de aquella recogida de firmas en mi contra. El viejo, instigó en los predios de la Casa de las Américas, donde funge como Director vitalicio, ─algo tiene que cobrar por ensuciarse las manos, además de estar emulando con los Castro, como si fuera una apuesta de quién dura más en sus poderes. También es sabido que usó a esa institución cultural para convencer a algunos intelectuales extranjeros, que sí se dejaron engañar y los acompañaron en aquella campaña injusta, pese a que en internet estaban (colgadas en mi blog y circulando en cientos de sitios webs y medios sociales) todas las pruebas de mi inocencia.
   Y hubo también, triste es decirlo, personas que firmaron sin conocer nada sobre el asunto, y siguiendo ciegamente solo el rumor de la oficialidad, que en realidad a cualquier costo político necesitaba acallar mi voz luego de las dos Cartas Abiertas que escribí al dictador Raúl Castro, y de mis acciones públicas en defensa de los derechos y libertades que deberíamos tener según se establece en la Carta Magna de Derechos Humanos de la ONU.
   Esas “Damas” eran mujeres que nunca han condenado las golpizas salvajes que asestan los órganos represivos de la dictadura a las Damas de Blanco, pero el colmo es que tampoco defendieron a Ana Luisa Rubio, cuando fue golpeada salvajemente y sus fotos con el rostro desfigurado fueron exhibidas en todas la redes del mundo, incluyendo la cubana: no se conmovieron ni siquiera porque era miembro del gremio al ser una actriz popularmente conocida. Volvieron a callar, en un acto de vergonzoso cinismo, porque para ellas los abusos del gobierno no son violaciones. Ellas solo funcionan cuando la dictadura le da luz verde, como animales amaestrados para agredir al recibir la orden de atacar.
   También son públicamente conocidos los miedos del viejo lobo cuando Fidel Castro lo mandaba a citar para que acudiera a Palacio. Dicen que Retamar se enfermaba del estómago. No era para menos, seguro temeroso de que el tirano hubiera decidido infringirle algún castigo. Estoy seguro de que la vida y la historia le pasará la cuenta al poeta, sobre todo por su cobardía, que es su gran enfermedad; la misma enfermedad de todos aquellos que se alían al poder para salvaguardar sus traseros.
   Alguien me comentó hace pocos días que había visto en la calle a Laidi Fernández y que cierta maldad se le estaba reflejando ya en el rostro, al punto de parecer una bruja. Ese, estoy seguro es el resultado devastador del peso de conciencia, en caso de poseerla, por todos los planes sucios que se cocinan en su casa.
   También puede ser consecuencia de saberse una escritora inflada, inventada, pues ha ganado los premios literarios que ostenta en su currículum únicamente por la presión de su padre a los jurados. Eso es conocido públicamente por el gremio de escritores. Y todos aquellos que han participado junto a ella en esos concursos, lo sufrieron, aunque prefieran callarlo porque sería enfrentar a todo el poder de ese apellido y la oficialidad que representan y ejercen. Además de las presiones de su padre para que su Laidi fuera aceptada en los medios culturales cubanos, a la oficialidad le convenía la cuota de cobardía que llevan en sangre, pues inferían que sería una aliada más para sus actos ruines, como efectivamente luego ha sido. Pero si ella tiene algún talento es el de conseguirse algunos beneficios extra, brincando de cama en cama de funcionarios y de cuanta persona con poder se le pare delante, si ese poder le interesa a ella para su autopromoción.
   Conozco una anécdota convincente, contada en primera persona. Alguien que aún trabaja en la Casa de las Américas hizo una antología de mujeres que escribían el género de cuento. Y, cuando se supo la noticia, fue convocado a la oficina de Retamar. El crítico, sin saber de qué se trataba aquella convocatoria, acudió presuroso pues de todas maneras era su jefe y fue recibido por la secretaria. Apenas segundos después, se vio, intrigado, frente al Director.
   ─Me han dicho ─comenzó Retamar─ que estás preparando una antología de mujeres narradoras.
   El hombre movió la cabeza, confirmando, aún extrañado, pues no tenía la más remota idea del interés de su jefe.
   ─También me han dicho que usted no escogió ningún cuento de Laidi ─dijo, con cierta suspicacia─. En cambio, sí seleccionó un cuento de la escritora Mylene Fernández ─y lo miró con arrogancia─; ellas son muy amigas, ¿sabe?
   El antologador no entendía qué estaba sucediendo. De hecho, no sabía quién era la tal “Laidi” que a la sazón Retamar mencionaba, pues recuerden que en el inicio de su “carrera literaria” utilizaba su verdadero nombre: Adelaida.
   ─Pues mi hija no tendrá ningún inconveniente ─le hizo saber Retamar con la mayor autoridad─ en que usted sustituya el cuento de Mylene y ponga el suyo… Ni Mylene tampoco, se lo aseguro; son muy amigas, ya le dije.
   Me contó el antologador que, de inmediato, a su cabeza llegó, silenciosa, una pregunta: en aquellas condiciones ¿continuaba su interés por seguir laborando en la Casa de las Américas?, y se respondió que sí, con lo cual sólo le quedaba un camino: remplazar los cuentos o pedir la baja de la institución.
   Todo terminó con un movimiento afirmativo de cabeza y se retiró. Y así fue que apareció un cuento de Laidi Fernández en aquella antología.
   Pero esto es solo una de las tantas maniobras de papá Retamar para que reconozcan a su niña. Nadie olvida tampoco lo ocurrido en el concurso David y el disgusto entre los participantes, cuando en realidad el premio, según la calidad del libro, lo merecía Michel Perdomo, que luego descubrió que su libro ni siquiera había sido leído por el jurado amigo del viejo poeta. Esa vez, por suerte, no le admitieron sus fullerías para potenciar a su Laidi.
   El viejo poeta no fue capaz de protestar ante los otros miembros del Consejo de Estado, al que pertenecía, y no se negó a estampar su firma de muerte para aquellos jóvenes que merecían vivir, que eran hijos de otras madres y padres que luego sufrieron y padecen hasta lo indecible aquel horrible acto. Manchó así su imagen para la posteridad. En lo particular, no creo que unos buenos versos borren el color de la sangre.
   No hay que olvidar que cuando unos vándalos agredieron a su hijo en la barriada de El Vedado, donde viven, Laidi se olvidó de los lazos de intereses que la unen a la dictadura y saltó como una loba escribiendo una declaración de ataque al sistema que hizo pública sabiendo que su sangre es intocable. Como ya es costumbre, la gente apoya al totalitarismo mientras no se siente perjudicado directamente, sin importarle que otros sí lo sean. Pero luego, a los dos días, cuando bajó el nivel de enervación y lo releyó, pues ya los funcionarios que ella bien conocía le habían conversado al respecto sobre su mala decisión de criticar al Estado, rescribió el texto para aflojarlo, y volvió a publicarlo con la nueva versión.
   Esta es la calidad de mis enemigos. Estos son los sabuesos de la tiranía que me tocaron. Cubiertos de bajeza, de falta de amor propio que presionaron cuanto y a cuantos pudieron por dañarme. Solo por expresar mi pena ajena con la poesía de Retamar, al caer sobre un artista la culpa de haberse cubierto las manos, y el alma, de sangre joven e inocente.

(Asesinos, cómplices y víctimas. Blog Los Hijos Que Nadie Quiso, mayo 2016)

Thursday, December 29, 2016

Luis Cino vs. intelectuales oficialistas y el discurso-panfleto “Palabras a los intelectuales”

Aquellas reuniones se convirtieron en un farragoso monólogo del Comandante, que aunque trataba de mostrarse distendido, no lograba disimular su disgusto por tener que dedicar su tiempo a disciplinar a molestos escritores y artistas, que con sus majaderías,  no acababan de acatar las órdenes de los comisarios aferradamente estalinistas del Partido Socialista Popular (PSP) en metamorfosis.
   Así que para no demorarse en algo que ya duraba demasiado, con la pistola sobre la mesa y Alfredo Guevara a su vera, el Máximo Líder, impuso sin cortapisas las reglas del juego: “Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada.”
   Los asistentes, fascinados algunos pocos, desprevenidos o atemorizados los más, solo atinaron a aplaudir las palabras del Jefe. Y todavía la cultura cubana está pagando las consecuencias.
   El Comandante fue lo suficientemente ambiguo para no precisar el límite exacto entre lo que estaba dentro o fuera de la revolución. Los comisarios se encargarían celosamente de delimitar la frontera en cada caso particular, con grueso creyón de censores y siempre con amplio margen a favor de la paranoia del Jefe o de cualquiera de sus muchos jefecillos, más o menos severos y cultos: Alfredo Guevara, Edith García Buchaca, los tenientes Pavón y Quesada, “Papito” Serguera, Ana Lasalle, Fernando Portuondo,  Roberto Fernández Retamar, Carlos Aldana, Abel Prieto, Iroel Sánchez, Luis Morlote, o la mismísima Prima Ballerina en Jefe, Alicia Alonso, quien hace solo unos días, usó sus influencias para impedir la presentación en el Sábado del Libro de las memorias del bailarín radicado en el exterior Carlos Acosta.
   Desde hace varios años, algunos testaferros intelectuales de la dictadura —intelectuales orgánicos, como suelen ser llamados—, como Abel Prieto, se afanan por explicar que la ordenanza del Comandante del último sábado de junio de 1961 no era tan estricta y dejaba bastante campo a la creatividad artística, ya que según ellos, no era  precisamente “fuera de la revolución”, que es como se recuerda y se cita, sino “contra la revolución”. ¡Como si eso variara en algo los resultados! ¿Se podía estar “fuera de la revolución” sin ser considerado un enemigo y tratado como tal?
   Más de medio siglo de aberradas “políticas culturales” han generado un medio intelectual, donde amén de ciertas poses contestatarias que no van más allá de donde dice peligro y alguna que otra tormenta en un vaso de agua, impera, como en el resto de la sociedad cubana, el miedo, la hipocresía, la simulación y el doble discurso.
   El difuso límite entre el dentro y el fuera de la revolución ha permitido al régimen, además de la censura, la proscripción y la condena al ostracismo de los más rebeldes, su recuperación después de muertos (los casos de Lezama y Piñera), engatusar a ciertos autores exiliados, y también  cooptar para el sistema, siempre que no se pasen de rosca, a ciertos críticos como los directores de cine Sara Gómez, Fernando Pérez y Tomás Gutiérrez Alea —a quien Alfredo Guevara, su principal hostigador, calificó cínicamente, después de muerto, como “un revolucionario difícil”—, los represaliados del Decenio Gris a los que les han concedido como muestra de su rehabilitación  el Premio Nacional de Literatura (Lina de Feria, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat, César López) los tolerados a regañadientes cantautores Pablo Milanés y Carlos Varela, los escritores Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez, etc.
   ¿Ya no se acordará el muy fiel Miguel Barnet,  hoy presidente de la Unión Nacional de Escritores Artistas Cubanos (UNEAC), cuando la jauría licantrópica le cayó encima por escribir La canción de Rachel, en vez de algo como Biografía de un cimarrón, que fuera útil a la revolución?
   Cuando hablan de “las políticas culturales de la revolución” uno no puede dejar de evocar, entre otras barbaridades, los intentos de implantar el realismo socialista en el cine y la literatura, el cierre de Lunes de Revolución y de Ediciones El Puente, el éxodo de los mejores escritores y artistas, el caso Padilla, los grises años 70,  la época en que las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) eran las que premiaban los concursos literarios y los poetas se veían obligados a escribir novelitas policíacas donde los héroes eran los agentones del Ministerio del Interior (MININT) y los chivatos de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR)…

(A 55 años de las Palabras a los Intelectuales. Cubanet, junio 2016)

Wednesday, December 28, 2016

Heriberto Hernández Medina sobre los “elogios a la nada”

Puede que estemos pagando, con una larga cadena de equívocos, que dura ya más de un siglo y pareciera no tener fin, el equívoco genésico que sembrara José Martí, como una banderilla en el lomo de la poesía cubana. Escribía el maestro en el prólogo al libro Los poetas de la guerra (Nueva York, Patria, 1893): “Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían.” Nos pone el poeta frente a los ojos el argumento que hemos de usar para negarle razones, reafirmándose en él con todo el peso de su prosa enorme. Ya en unas líneas anteriores se había referido a estos versos, escritos “en los días en que los hombres firmaban las redondillas con su sangre", haciendo ridículo énfasis en una imagen del arsenal simbólico romántico; para por fin aceptar que “rimaban mal a veces” e inmediatamente descalificar a todo el que así los viese argumentando que “sólo pedantes y bribones se lo echarán en cara: porque morían bien.”
   ¿Quien recuerda o lee hoy a “Miguel Jerónimo Gutiérrez y Antonio Hurtado del Valle, y José Joaquín Palma y Luis Victoriano Betancourt, y Antenor Lezcano y Francisco la Rua, y Ramón Roa", como no sea un estudioso, o alguien para constatar cuán mal rimaban (escribían) realmente? ¿Cuántos que no “murieron bien”, en el decir de Martí, son hoy lectura obligada? Juan Clemente Zenea, sobre quien pende la duda de la traición, que ni siquiera Cintio Vitier pudo borrar en su afán de rescatarlo para el panteón de los héroes, es un ejemplo de la inutilidad de los argumentos extraliterarios a la hora de sustentar el merecimiento de los simbólicos laureles.
   No hay que olvidar los falaces ataques desde Lunes de Revolución a los autores de Orígenes, en que se disfrazaba de "lógico conflicto generacional" una crítica encausada en parámetros extraliterarios y se justificaba el resentimiento, la devaluación artera, mezquina y la falta de obra y talento para hacerla (como demostraría el tiempo en muchos casos), escudándose en “el interés público". Tal es el caso de Baragaño, que se suicida poéticamente, ahogado en el lodazal de la retórica revolucionaria, o del olvidable César Leante, que exhibiendo una precariedad multifacética afirmara: “Muchos de nosotros no tendremos una obra, es verdad. Pero, ciertamente, la que poseen la generación de Orígenes está a distancias estelares de ser modelo para otras generaciones."
   La lista sería larga, de casos similares en que se pretende ir a buscar fuera los que no se encuentra dentro, pero en tal trance, resulta insoslayable la habilidosa salida de Roberto Fernández Retamar en el prólogo a Desde mi altura (Editorial José Martí, 2001) de Antonio Guerrero, el “héroe poeta", juzgado, hallado culpable y condenado en el 2001 a prisión perpetua por espionaje en los Estados Unidos. Escribe Retamar, con evidente intención de no meterse en aguas muy profundas y eludiendo comprometer opinión propia en causa de tan poco valor, “…me vinieron de inmediato al recuerdo: "Los poetas de la guerra"(…), que prologó José Martí…", y siguiendo la pauta martiana, útil en grado sumo, cede una vez más a la tentación de descalificar, como Martí, a quien pudiese juzgar su dejadez de la lealtad a la literatura para privilegiar intereses subalternos.
   Pero no sólo se abona el cardo desde el poder, se trenzan muérdagos por laureles en los rincones de la iniquidad personal cada día, cada hora. La historia de la literatura cubana está llena de elogios de la pequeñez, de la intrascendencia, de la falta de talento agazapada detrás de la ausencia de pretensiones, de la libertad de expresión, o de ser sencillo o auténtico. Bajo este proceder, podría justificarse cualquier cosa. Podrían acuñarse argumentos ad hoc para reconocer dones líricos a un batracio, transfigurándolo, melena y espadín incluidos, en un docto príncipe renacentista. Ser un hombre entraña la grandeza (basta de falsas modestias rastreras) de reconocerse parte de una civilización que se levantó definitivamente de la tierra en que intercambian venenos las alimañas. Ser poeta puede incluir un grado más de responsabilidad, pues hacia él han de volverse los hombres, descreídos de dios, del poder, y de la existencia, en busca de una palabra, la primera o la última, no importa, que les aliente para no retroceder a la miseria en que sobreviven las bestias.

(Elogios a la nada. Blog La Primera Palabra, enero 2010)

Friday, December 23, 2016

Enrique del Risco sobre Leonardo Padura

Lo realmente interesante en la carta del compañero Padura es su mención a un incidente ocurrido hace casi dos siglos entre el crítico y promotor cultural Domingo del Monte y el poeta José María Heredia. Heredia, “desterrado en México por sus ideas independentistas, pidió un permiso a las autoridades coloniales para realizar la que sería su última visita a Cuba, deseoso de ver a su madre antes de morir” y del Monte, residente en la isla, le afeó la conducta por haber escrito una carta que le pareció servil. Padura insinúa que él es algo así como un Heredia policiaco aferrado al carapacho de la Mantilla de sus amores mientras que los que han rechazado la invitación serían del Montes que por vueltas que da la historia se han quedado en la parte de afuera de la isla. La insinuación llega un tilín más lejos y tal parece que sus contradictores se las han arreglado para delatar la conspiración de la Escalera hacia 1844. La maldad no conoce límites, ni siquiera los que impone la irreversibilidad del tiempo.
   Pero si se quiere que el ejemplo que propone el compañero Padura tenga validez en estos días debería hacérsele ciertos ajustes. Primero, por muchos esfuerzos que haga nuestro querido Padura no hay manera que le sirva el traje de Heredia: ni por su empeño en aferrarse a su residencia en Mantilla (un detalle que en mi opinión lo enaltece, al menos en su capacidad de encontrar alquileres bajos) ni por un éxito editorial que supera en mucho al que tuvo en vida el autor de la “Oda al Niágara”. Padura, compañero o escritor, deberá reconocer que en sus circunstancias geográficas y políticas anda más cerca del Domingo del Monte de 1836 que de Heredia. Es sin embargo un del Monte que ha optado por no recriminar a los desterrados de este mundo que visiten su país ya sea para ver a su madre moribunda o presentar una edición de su último libro sino que en cambio los insta a hacerlo. (Si cursa la invitación a nombre propio o en el del capitán general de la isla ya es otra discusión).
   Si adoptamos una visión circular y budista de la vida y no toscamente anclada en la Historia y la Política, entenderemos que esa actitud indulgente en verdad honra al autor de la “Oda a Párraga”, nuestro estimado Padura. Pero también habrá que aceptar que si los tristes colegas de Heredia que andan regados por medio mundo se niegan a transformar el “Himno del Desterrado” en el “Himno del Poeta Residente en el Exterior” acusarlos de profesionales del odio o jornaleros de la envidia es una banalidad y un  exceso. Un exceso y una banalidad que calumnian los esfuerzos de Padura por dominar el arte de la reconciliación, arte más complejo –y menos rentable- que el de producir libros como “La novela de mi vida”.  

(Dilema 2012: Heredia, del Monte o el Himno del Poeta Residente en el Exterior. Blog Enrisco, marzo 2012)

Thursday, December 22, 2016

Pío E. Serrano sobre Luis Pavón

La selección de Luis Pavón (1930) para que hiciera el trabajo sucio no fue casual. Se escogió para la jefatura del Consejo Nacional de Cultura a una persona que ni por su cultura ni por una destacada posición política respondía a las responsabilidades del cargo. Pavón era un menesteroso cultivador de la poesía, digamos, épica, con un libro perfectamente prescindible, publicado en 1960 (en 1967 publicaría el segundo). Su militancia política se había alimentado en las filas del Ejército. Pero era un joven flexible que cultivaba el peculiar género de la ambición que desborda al afanoso. Quizás fuera esta falta de condiciones lo que favoreciera su nombramiento. El régimen deseaba un ejecutor gris, alguien fácil de olvidar después del crimen. Ninguna virtud singular permitiría su perseverancia en la memoria pública. Como en el Ejército debió aprender una cierta disciplina, estaba dispuesto a obedecer. Tampoco creo que fuera excesivamente perverso. Su conciencia debió acogerse a la obediencia debida. Los jerarcas del régimen habían encontrado el rostro, el instrumento desechable y, como al Golem, lo echaron a andar. En ello, hay que reconocerlo, fue escrupuloso. Fue la primera vez que lo traicionaron.

(Discurso en defensa de Pavón. Revista Otro Lunes, mayo 2007)

Wednesday, December 21, 2016

Roberto Madrigal vs. Guillermo Rodríguez Rivera (2)

Como aterrados copistas medievales, han saltado en defensa de la identidad cultural y de una confusa cubanidad, distinguidos amanuenses oficiales como Graziella Pogolotti, Ambrosio Fornet, Aurelio Alonso y Abel Prieto, entre otros pesos completos de la burocracia cultural. Son los que más destaca la prensa de allá y la de acá, sin embargo, me resultó de gran interés un reciente artículo del profesor Guillermo Rodríguez Rivera, aparecido en el blog Segunda Cita, del cantante Silvio Rodríguez, del cual es colaborador habitual el docente, titulado La cultura en los tiempos que corren, en el cual va más allá de defender la cultura con definiciones abstractas y términos grandiosos, como hacen los anteriormente mencionados, aquí se dedica a redefinir el papel del censor y de la censura en esta batalla.
   Es un artículo que no puede pasarse por alto por varias razones. En primer lugar por aparecer en el blog de Silvio, lo cual le da un carácter de siniestro prestigio y autoridad crítica, ya que se sabe que este es un blog maquillado de aperturista, pero siempre dispuesto a la defensa frontal e inequívoca del sistema, y porque además es probablemente el blog más leído, de todos los blogs apoyados y permitidos por la nomenclatura, dada la inconcebible y persistente popularidad del cantante.
   En segundo lugar porque Rodríguez Rivera, aunque muy olvidado en el parque Jurásico de la isla, es todavía un dinosaurio que ruge con utilidad y que se ha vuelto una especie de ortodoxo racional. Además, el profesor es mucho mejor escritor que Fornet y Prieto, aunque injustamente no goce del mismo prestigio. Fundador de El Caimán Barbudo, fue por un tiempo un buen poeta y un hombre lúcido por cuyas gracias sufrió censura. Fue también, mucho antes que Padura, un exitoso escritor de novelas policiales.
   Después de tener que abandonar la nave caimanera, se sabía en La Habana que tanto él como Luis Rogelio Nogueras, Raúl Rivero y otros, eran los autores de unos epitafios apócrifos de los escritores cubanos. Muy bien escritos y muy mordaces. Pero parece que para poder salir del fango ha tenido (o ha optado), que vender su alma al diablo y enmascararse con las ajenas convicciones del poder.
   En el artículo que me ocupa, comienza recordando el período heroico de la fundación de El Caimán Barbudo, elogia la figura de Haydée Santamaría y obvia mencionar muchos de los fatales episodios represivos del período para saltar al llamado “quinquenio gris” (que ahora tiene la culpa de todo y lo quieren presentar como un traspiés histórico ya superado).
   Tras mencionar la censura sufrida por él y otros caimaneros, durante ese período, pasa a rescatar el “carácter inclusivo de la orientación cultural de 1961”, o sea del famoso discurso de Fidel Castro, conocido como Palabras a los intelectuales. Culpa el “caso Padilla” a la funesta ejecutoria del teniente Luis Pavón como presidente del Consejo Nacional de Cultura, sin mencionar que Pavón no solamente fue nombrado a ese puesto por las máximas autoridades del gobierno, sino que era un hombre de confianza y un favorito de Raúl Castro. Convenientemente olvida mencionar que el caso Padilla había empezado mucho antes de la confesión, en realidad en 1968, cuando fue premiado. Eso sucedió a raíz de la Ofensiva Revolucionaria de ese año, cuando Castro y su pandilla se habían consolidado en el poder, un poco después de los juicios de la Microfracción, sucedido en el otoño de los comunistas viejos, en 1967. Además, el presidente del Consejo Nacional de Cultura en ese momento era Eduardo Muzio, afectuosamente conocido como Muzziolini.
   En su diatriba, culpa a la confesión de Heberto Padilla por el destino sufrido por Lezama Lima, aunque menciona lo injusto de ello, que por supuesto fue culpa del ambiente cultural del “quinquenio gris”. Por cierto, que entre los epitafios cuya posible autoría puede atribuirse al profesor, hubo uno sobre Lezama que decía: “Jamás viajó ni a Nueva York ni a Roma/ José Lezama Lima, vida vana,/entre nosotros, en su vieja Habana/se dedicó a escribir, mató el idioma”. No tiene por qué abochornarse de ello, pero no hay dudas que fue una pequeña contribución a la penosa situación del poeta.
   Luego salta a los problemas creados durante el concierto reclamando la liberación de los Cinco, en el Protestódromo del malecón, causados por las alocuciones “fuera de lugar” de Robertico Carcassés. Tras lo cual salta al más reciente caso del cineasta Juan Carlos Cremata, censurado con motivo de la puesta en escena que dirigió de la adaptación de la obra “El rey se muere”. Una obra de Eugene Ionesco, escrita y representada por primera vez en 1962, pero en la cual los gobernantes cubanos se sintieron aludidos. Comenta incluso el “inaceptable exilio” de Cremata, como si este no tuviera derecho a hacer con su vida lo que le venga en gana. Claro, allá ese derecho no existe todavía.
   La receta del profesor Rodríguez Rivera no es la flexibilización ni la eliminación de la censura, sino su refinamiento. Ofrece el consejo de que todo eso (lo de Carcassés y lo de Cremata) se pudo haber evitado con medidas de censura profiláctica. Se pregunta la razón por la cual se dejó participar a Carcassés en el evento y por qué nadie se dio cuenta del problema de la obra teatral antes de que se estrenara.
   Culpa de lo anterior a la incultura de los encargados de la censura, a quienes llama “funcionarios encargados de aprobar el hecho cultural”. O sea, propone la formación de censores cultos y políticamente probados que puedan utilizar los bozales con eficiencia.
   Tras cincuenta y siete años de castrismo, y ya todo un decenio de raulismo, lo que propone la intelectualidad oficial cubana es un “quinquenio gris” refinado, la censura con efectividad, la censura profiláctica. Es lógico, cuando los represores de ese ayer siguen siendo los gobernantes de hoy. Esos parecen ser los cambios que se piden en el campo cultural.

(Redefiniendo al censor. Blog Diletante Sin Causa, mayo 2016)