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Thursday, June 30, 2016

Gilberto Padilla Cárdenas sobre el Premio Nacional de Literatura

Imaginemos una película de dos partes. En la primera hay un grupo de candidatos. Es diciembre. O enero. Da lo mismo. Hay un jurado. Testosterona. Estrógeno. Pasa lo que no tiene que pasar. Lo irremediable. Se hacen grupúsculos impares. Conciliábulos. Intentan ser discretos pero al final todo se sabe. Alguien se entera. Una llamada o un email. La discusión dura dos horas y media de una película de tres. Se elige un ganador. Besos y música de fondo (algún tema de José María Vitier). Termina la primera parte de la película.
   La segunda parte es la que menos nos interesa. El eco en todas las revistas cubanas. La hagiografía. Una nueva sección en la Gaceta de Cuba. En ese lapso el naciente Premio Nacional es acuchillado y sobrevive, es estrangulado y sobrevive, es apaleado y sobrevive. Le sacan fotos. Incluso alguna gigantografía. Naturalmente, la fotogenia no tiene nada que ver con la buena literatura. (Pienso en Thomas Pynchon, el escritor norteamericano con más fama de recluido e invisible: la casi única foto que se le conoce es la del anuario del college. La foto de un nerd.) Pero hay en todo ello una lección interesante: en cierto modo, la danza del Premio Nacional puede ser relatada como una liturgia vaticana: la tensión, los rumores, el humo blanco en los jardines de la UNEAC, las nominaciones inútiles de las instituciones, las habladurías de algunos periodistas sobre el supuesto vínculo de la Semana de Autor de la Casa de las Américas, el secretismo de la Academia Cubana de la Lengua, terminan recordando todos los años al método de elección de un nuevo Papa. Porque sí, algunos de nuestros Premios Nacionales de Literatura huelen más a conspiración de pasillo. A susurro. A cónclave. A ensalmo. A velas encendidas. A Giordano Bruno quemándose en la hoguera. A una novela de Dan Brown, a fin de cuentas. De ahí que sería interesante que este año, gane quien gane, aconteciera con el Premio Nacional lo mismo que pasó luego del cónclave que eligió a Benedicto XVI, cuando unos cardenales filtraron a la prensa lo que sucedió en la elección; todos esos tira y encoge que convirtieron a Ratzinger en Papa.
   Como lector, pienso que por acá falta una versión taquigráfica de las broncas del jurado del Premio Nacional de Literatura. Una versión estenotipia que no esquive el resentimiento; la intimidación; el sociolismo; las anécdotas intercambiables como sexo rápido; los criterios de algunos ensayistas donde suena la insensatez a todo volumen. Esas actas serían, cómo no, un best seller, un libro negro, un verdadero testimonio al filo de la combustión.
   Por supuesto, no sé quién podría publicar tal libro. Qué casa editorial cubana se atrevería a transformar toda esa grasa en literatura, todo ese montón de personalidades –“los grandes escritores disertando/ con camisas de hilo”, como dice Oscar Cruz– en tiro al blanco.
   Los lectores que se llevaron las manos a la cabeza de asombro con Polémicas culturales de los 60 –un libro publicado con un delay de cuarenta años–, no sabrían cómo asimilar tanto presente sin la correspondiente taquicardia. Porque en Cuba no estamos acostumbrados a ser contemporáneos. No hay inmediatez editorial. Vivimos en una especie de flash back. Levemente anacrónicos. Nuestro tiempo es el tiempo de las narraciones de Proust. (El pasado es a los editores cubanos lo que los ponis, estribos, arcos y flechas eran a los mongoles.) Esa sería, parafraseando a Jorge Luis Borges, la supersticiosa ética de las editoriales cubanas. Oyeron que el presente está contraindicado y demorarán veinte o treinta años en publicar las polémicas de hoy; aun cuando no hay ninguna razón para suponer que probablemente los desacuerdos que se originen esta tarde sean menos excelentes que los que se produjeron hace cien años. En realidad, puede haber buenas razones para esperar exactamente lo contrario.
   No estaría mal que pasara eso este año. Que publicaran las verdaderas actas del jurado. Sin hervir. Sin hipoclorito. Hemos estado esperando, año tras año, que le otorguen el Premio Nacional de Literatura a José Kozer, y, obvio, nos corresponde también enterarnos de la enjundia. De la discusión. Quién votó a quién, qué le interesaba, qué odiaba, cuáles pactos podrían haber quedado detrás del asunto. Por supuesto, algunas amistades quedarán rotas. Alguien estará despotricando de ese libro en alguna parte. Alguien hará el papel de Víctor Mesa en las últimas temporadas, guardando su traje de gala, manteniendo a su equipo en el dugout, pensando en todas esas fiestas del mañana que no llegarán, prendiendo el televisor semanas después para ver el documental de Julita Osendi sobre el ganador. No es agradable. La elección –porque sí– de un Premio Nacional de Literatura todos los años tampoco lo es.
   Demasiadas vacantes.

(Cónclave. OnCuba Magazine, octubre 2015)

Wednesday, June 29, 2016

Juan Abreu vs. Leonardo Padura (4)

Mi capacidad de indignación está intacta y espero que lo esté hasta el final. No quiero llegar vivo al final quiero llegar airado. A veces me digo que todo lo que no tenga que ver con el trabajo es una pérdida de tiempo y seguro es verdad. Por qué perder tiempo con el mierdecilla Padura, por poner un ejemplo. Pero. Una vida de cobardía no es vida como se dice.
   “Cuando hay cien que marchan en una dirección, el centésimo tiene que ir evidentemente en la dirección opuesta. Sin preguntarse por qué”.
   Oh furia mía, no me abandones.

(Blog Emanaciones, octubre 2015)

Tuesday, June 28, 2016

Jorge Camacho vs. “¿Fue Martí racista?: perspectiva sobre los negros en Cuba y estados Unidos: una crítica a la Academia norteamericana”, de Miguel Cabrera Peña (2)

El señor Cabrera es un crítico tradicionalista que se ha gastado 423 páginas alabando a Martí. A esto agreguemos que el señor Cabrera no sabe citar, o cita mal en su libro y lo hace así ya sea por desconocimiento de las normas mínimas del trabajo académico, porque no leyó los autores que cita o simplemente porque quiere ningunear a los críticos con los cuales está en desacuerdo. Esto lo puede comprobar cualquiera que esté familiarizado con la crítica martiana y lea las cosas que escribe en su libro. Una de ellas, como dije, el levantar fragmentos e ideas de ensayos de otros, sin mencionar la fuente de donde los sacó. Porque si Cabrera ha leído cualquiera manual de la academia debe saber que no basta con citar a un crítico al final del libro en la bibliografía —aun si fuera 10 veces—. Si Cabrera usó mis ensayos o los de cualquier otro autor para escribir su libro, tenía que señalar la procedencia de los fragmentos que cita dentro de la discusión, para de esta forma saber dónde comienzan sus ideas y donde terminan las de los otros.
   Por eso cualquier lector que lea su libro y esté ligeramente familiarizado con lo que se ha dicho sobre Martí comprobará con desasosiego que no solo Cabrera repite argumentos que ya se habían planteado antes, sino que varias veces a lo largo de su libro, afirma con arrogancia y desdén “como escribió un académico en los Estados Unidos” (68), “como afirma un académico en los Estados Unidos” (145), “se le ha criticado a Martí no responder al ataque racista de The Manufacturer” (342). ¿Quiénes son esos académicos? ¿Realmente piensa que esta forma de citar es correcta?
   Además de todo esto, agrego, su interpretación y las citas que usa para hablar de Martí y las razas, es selectiva. Por lo general deja siempre afuera los textos que no encajan con la idea tradicional de un Martí que pide una república “con todos y para el bien de todos” o resalta en otros críticos lo que le conviene. De ahí que niegue la relación entre lo biológico y lo cultural en el cubano, pase por alto o le reste importancia a frases de Martí como estas: “con los calores, que pueden en la sangre negra más que en la blanca, se les ha encendido la fe a las negradas de Georgia” (OC 12, 293). Esta cita y otras por el estilo, afirmo, muestran las diferencias entre las razas en su concepción del negro, y se repite en varios lugares de su obra, como en el fragmento del 20 de agosto, y en su crónica del terremoto de Charleston, donde Martí afirma de nuevo que la reacción de los negros ante el seísmo muestra “lo heredado de su sangre lo que traen en ella de viento de selva” (OC 11, 73).
   Negar estas diferencias como hace Cabrera, plantear la cuestión en términos culturales y argumentar que hay que ver a Martí en su totalidad —como alguien que evolucionó a posiciones más radicales—, es errado, y es otra forma de desviar la atención. Martí veía, repito, lo biológico y lo cultural enyuntados. Como decía en otro fragmento, que Cabrera evita citar o desconoce: “un pueblo crea su carácter en virtud de la raza de que precede, de la comarca en que habita, de las necesidades y recursos de su existencia, y de sus hábitos religiosos y políticos” (OC, 5,262 énfasis nuestro). Negar uno de esos elementos en la conformación del carácter de un pueblo, según Martí, no era posible. Solamente con el tiempo, la cultura civilizada y la educación que recibieran los negros podía evitarse los males que traía como consecuencia de aparecer en ellos “los caracteres primitivos que desarrollarán por herencia, con grande peligro de un país que de arriba viene acrisolado y culto, los sucesores directos o cercanos de los negros de África salvaje” (18, 284). Por eso dijimos que aun cuando Martí es optimista, y cree encontrar un “remedio” para estos males, no escapa de la visión etnocéntrica de los críticos supremacistas blancos que apelaban a estos mismos argumentos (la raza salvaje, la educación, la aculturación, y los valores de la civilización occidental) para hablar de ellos. Es lamentable por tanto no solo que Cabrera se niegue a ver algo tan simple. Es lamentable que siga adorando un hombre que pensaba de esta forma de los negros.
   Pero entiendo que Cabrera no comparta esta opinión. Es más fácil repetir que Martí tenía una visión “cultural” de las razas y descalificar cualquier argumento en contra de esta idea con insultos. Esto es típico de todos los fanáticos. Es más fácil aún levantar ideas de mi ensayo y argumentar que cualquiera pudo analizar el fragmento del 20 de agosto desde la perspectiva que lo hice yo, porque si realmente hubiera sido ese el caso, ¿cómo es que no se le ocurrió a Cabrera Peña hacerlo primero? En su artículo de 2008, donde él comenta este fragmento, nunca lo hace y sin embargo, ahora afirma “estos abordajes son muy comunes en diferentes disciplinas universitarias, incluso de pregrado. Me pregunto, además, quién es capaz de olvidar ‘El Terremoto de Charleston’ una vez leído y al que se han dedicado decenas de ensayos.” ¿Es común que alguien interprete a Martí de esta forma?
   Bueno, que yo sepa él y yo somos los únicos que hemos dado esta explicación apoyándonos en la tesis de Lamore. Solo que Cabrera repite lo que digo, siete años después, sin mencionar mi nombre y solamente aclarando que “se ha dicho que aquí Martí toma distancia y marca a los negros ya de por vida” (57), algo que por supuesto sacó de mi artículo de 2007 en A contracorriente. La diferencia es que donde yo veo una marca de la herencia biológica y una sugerencia de ortopedia social, él ve una “herencia cultural”. Dice “no está en la obra martiana un abordaje del tema desde la herencia de la sangre, es decir, biológico. Aun cuando muy raramente utilice el vocablo ‘sangre’ en este ámbito, lo utiliza como una metáfora para la herencia cultural” (60).
   El problema de fondo, como digo en mi reseña de su libro, es que a Cabrera no le interesa realmente llegar a una conclusión sobre este tema, ni le interesa tampoco responderse la pregunta que él mismo se hace en el título del libro. Su propósito es remachar una tesis tan vulgar y manida, como la que defiende, una idea que viene a apoyar otra más importante, que es el supuesto conflicto que ha producido esta reevaluación de Martí para los negros en Cuba. Por eso Cabrera se empeña en ocultar fragmentos, interpreta a su modo otros que ya habían sido explicados antes, y ningunea a quienes defienden esta tesis. Esto, repito, es el gesto compulsivo de una parte de la crítica martiana que insiste en barrer debajo de la alfombra lo que no es conveniente que se diga, lo que según las palabras de Cabrera y Raúl Fornet-Betancourt, es necesario “confrontar” porque “es una tarea necesaria y urgente para el futuro de la configuración justa y hermana de todos los componentes de la comunidad cubana” (14).
   Si el objetivo de Cabrera era contribuir con algo al debate sobre Martí y las razas con su libro, lamentablemente no lo logró. No dijo nada nuevo a lo que ya se había planteado. Solamente ha añadido alabanzas al Apóstol. Sus argumentos sobre la “desobediencia civil” están en función de cómo pueden servir sus ideas hoy en día para obtener los cubanos nuevos derechos, que es la forma tradicional en que se ha usado a Martí, es decir, como instrumento de un grupo o de una ideología para servirse de él en él presente. No lo lee para entender la forma en que él veía las distintas razas y el complejo dilema que representaba llevar a la guerra un país. Por eso, estoy en desacuerdo con Cabrera y su forma de citar mis artículos y los de otros académicos que él solamente menciona como fantasmas decidores o con una línea al final del libro. No se trata, como él quiere hacer creer, de una cuestión de vulgar ego, se trata de una cuestión de honestidad, de simple disciplina académica, de respeto por lo que han escrito los otros.

(El libro de Cabrera Peña, mi respuesta. Cubaencuentro, septiembre 2015)

Monday, June 27, 2016

Fermín Gabor vs. Ernesto Hernández Busto

Se sabe que Fermín Gabor es un nombre usado del mismo modo que se usa una máscara. Tacharlo de envidioso o de pedante logra, entonces, poco. ¿Acaso no es demasiado delgada una máscara como para sentir envidia? (Hay máscaras de risa o llanto, de susto o de melancolía, de vejez o juveniles, pero ninguna conocida por mí da expresión a la envidia.) Las cosas cambian, empero, desde que se denuncia un rostro tras la máscara, desde que varios anónimos que bien podrían ser Hernández Busto denuncian a Antonio José Ponte.
   El 10 de junio pasado, tres días antes de que aquél colgara la reseña rusa, aparecían anónimas referencias a Ponte entre los comentarios de ese blog. Eran también menciones caprichosas y, al menos en tiburonística, es técnica muy socorrida la de soltar carne y sangre para ver qué tal danzan los tiburones. (No es preciso siquiera incluir el nombre elegido en alguna entrada de blog, basta con dejarlo caer desde el anonimato en la cola de comentaristas, hasta lograr que el molote prorrumpa en chusmerías.)
   ¿Recurre a tales artes Hernández Busto? No podría afirmarlo. Pero en este punto voy a recordar un par de episodios que lo relacionan conflictivamente con el denostado Ponte. En el primero de los episodios, él publica en Madrid su libro Inventario de saldos (vaya título bodeguero), y Ponte hace circular desde La Habana un mensaje electrónico donde anuncia que ese libro tergiversa trabajos suyos, le empeora la expresión cuando lo cita, y le adjudica juicios contrarios a los que sostuviera.
   Incapaz de rechazar tales acusaciones, Hernández Busto aprovecha una entrevista publicada en Encuentro en la Red para ofrecer excusas. Achaca todo a prisa de escritura, se culpa de atolondramiento. No ha existido mala intención de su parte, pero (y he aquí el segundo episodio) en un texto que publicara diez años antes en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, él mismo se encargaba de plagiar un ensayo sobre Julián del Casal escrito por Ponte.
   (El autor de Inventario de saldos ha llegado al extremo de robarse a sí mismo. Deseoso de publicar libro en España, agarró un volumen suyo aparecido en México, le cosió el virgo, y lo hizo pasar por inédito ante el jurado del III Premio Casa de América de Ensayo, que lo premió sin sospechar violadas las bases del concurso. Nada más ha publicado, fuera de ese libro clonado y del que ostenta título bodegueril. Aunque amenaza con una biografía de José Lezama Lima que, a juzgar por los fragmentos publicados, pone en boca de ciertas figuras lo que éstas dejaron por escrito, con lo cual logra diálogos más almidonados que los de Sir Walter Scott.)
   No hay por qué asombrarse entonces de que una novela extrañamente admirada (entusiasmo constreñido entre una neblina desorientadora y una mueca de profundo disgusto) le sirva ahora, junto a  mis observaciones acerca de ella, para cargar otra vez sobre Ponte. Aunque quizás me equivoque al suponerlo entrando en su blog bajo figura de comentarista anónimo… En cualquier caso, puesto que un comentario firmado por él me endilgaba tareas escolares, quiero reciprocarle con las siguientes recomendaciones: “Ernestico, deja de traducir reseñas dedicadas a otros, y haz lo tuyo, mira que el año próximo vas a cumplir cuarenta. Que no te engañe el espejismo de un blog (el tuyo, con lo poco que escribes en él, es más bien un álbum de recortes), y trata, por favor, de que la desesperación curricular no te haga reincidir en latrocinios”. 

(La lengua Suelta # 42, La Habana Elegante, segunda época)

Friday, June 24, 2016

Yoandy Cabrera vs. “The Cuban Team”, antología de poetas cubanos seleccionada y prologada por Oscar Cruz

Desde mi punto de vista, llamar a una antología de 11 autores The Cuban team: los once poetas cubanos puede parecer un buen ejercicio de marketing (con inglés incluido), pero es más bien un gesto que carece de rigor y seriedad, algo que, sin embargo, el propio Cruz exige a los grandes catálogos de poesía cubana que incluyen a los autores sin ningún criterio de selección (véase su apartado “La maldita circunstancia de los bodrios por todas partes”, p. 10).
   A pesar de lo categórico y seguro que parece Oscar Cruz en sus páginas de presentación, no todo lo que dice está tan claro y determinado. La división entre los seleccionados por él mismo y el “resto indivisible” (9) es, como mínimo, un procedimiento simplista y poco atendible. Al referirse al cúmulo de antologías poéticas cubanas de cualquier temática que incluye a los autores sin criterio de selección alguno, Cruz dice, por ejemplo, que “la mayoría de estos engendros adolece de lo mismo: no presentan un aparato crítico que haga factible su existencia” (10); creo que lo mismo se podría decir de su selección al juzgar por su prólogo, así que cae en ese mismo error que cuestiona y señala adecuadamente sobre otras antologías. Por otra parte, sobre las mismas selecciones cubanas asegura Cruz que “la calidad de los textos deja mucho que desear” (10), sin tener en cuenta que ya es un lugar común de la teoría literaria (desde antes de Terry Eagleton que lo subraya), que los conceptos de “gusto” y “calidad literaria” son epocales, subjetivos, variables. Por ello mismo, a veces, gestos discursivos semejantes al de Oscar Cruz parecen más bien ademanes vanguardistas trasnochados. Quiera el prologuista o no, detrás de esa división facilista y pseudomesiánica de “los once” por un lado y el “resto” por otro, de lo “real” por una parte y de los “sentimentales” por otra, hay una serie de poéticas y de formas líricas de autores que viven ahora mismo en Cuba que merecen ser tenidas en cuenta, sean más o menos tradicionales, más o menos guerreras, más o menos cuestionables.
   Cuando leí en el prólogo que Oscar Cruz habla (al referirse del “resto”) de “Escritura-Melaza” (10), de “poetines y princesas” (9), el uso del diminutivo despectivo y el femenino me recordó un artículo sobre la obra del propio Cruz titulado “Un duro de matar” y publicado en OnCuba donde el periodista Carlos M. Álvarez dice que “todavía crecen, como marabú de librerías, decenas de lezamianitos disciplinados, tan délficos ellos, tan órficos, tan tóxicos, tan peróxidos, tan peluches” y considera que Oscar Cruz es “generoso con los suyos, con los de su plante, que no es otro que el de la escritura real”. Considerar que existe una “escritura real” opuesta a autores lezamanianos, délficos u órficos recuerda demasiado ciertas rivalidades estériles de los años setenta en Cuba. Criterios sectarios semejantes fueron los que desde la oficialidad y la intelectualidad militante echaron a un lado a autores como Delfín Prats o Lina de Feria. Cuando, para defender una poética, hay que ofender y ningunear al otro, o hay que echar por tierra otros estilos y otras formas de lo literario, es que de algo se carece. Algo falla. Si no pueden convivir “guapos” y “órficos”, si la poesía es una guerra en que hay que anular al otro, ¿qué diferencia a estos tiempos del coloquialismo militante y excluyente de los años setenta? Intolerancias como estas reproducen viejas y absurdas dicotomías, los mismos rezagos del totalitarismo que solemos cuestionar. Me resisto a resumir lo poético a un mero asunto de guapería. Valdría la pena preguntarse, frente a semejantes simplismos divisorios, si no se puede ser valiente y a la vez órfico o ser cobarde y escribir buenos poemas.
   Dentro de las antologías de poesía cubana de cambio de siglo hay dos tendencias principales: (1) las selecciones interminables en que los compiladores no llevan a cabo prácticamente ninguna labor de selección a partir de criterios declarados y (2) aquellas en las que, como la realizada por Oscar Cruz, la selección es mucho más pequeña en número, pero en la que sigue faltando una justificación exegética coherente y rigurosa. De ambas tendencias he hablado en otros artículos que he publicado sobre poesía cubana de cambio de siglo. Los ejercicios más serios de compiladores como Jesús J. Barquet, Jorge Luis Arcos y Milena Rodríguez son más bien excepciones en la actualidad.
   Oscar Cruz diferencia su “coalición” del “resto indivisible que la rodea” (9), de los demás autores cubanos que al parecer confunde en una gran masa indistinguible y que denomina “un charangón de poetines y princesas” (9), “Escrituras-Melaza. Escrituras de Leche. Boberías”, “país de Melancolía” (10). La suya dice ser “una coalición contra la abulia y el gran aburrimiento, contra las formas precocidas de representación” (9).
(…)
   Como suele suceder con estas antologías que pretenden ser hiperselectivas, el problema no radica en la selección en sí, en los autores compilados, que suelen ser de mucho interés y en general suelen tener poéticas atendibles. El error, en mi opinión, suele estar en el texto que las presenta, en este caso en el prólogo titulado “La coalición / algunas ideas” (9-14) y firmado por el propio antologador. La única justificación que me parece creíble, después de leer estas páginas de inicio, es que estamos en presencia de una selección personal de los once autores que más sobresalen hoy mismo en la poesía cubana según el gusto del seleccionador, lo cual me parece válido y positivo. Pero hacer del resto de los autores vivos que hoy mismo escriben poesía y viven en la isla una masa indivisible y descalificarlos con frases irónicas y ofensivas no es solo un error, sino también un acto totalitario, que margina innecesariamente otras poéticas y otras formas del discurso lírico insular. Para hacer resaltar el valor de unos no es necesario cuestionar al resto de manera incompetente y tan generalizadora, sin siquiera proponer ejemplos de lo que se critica o cuestiona. No tiene sentido alguno, al menos para mí, ir de incendiario cuando no se explica y se ejemplifica hasta las últimas consecuencias. En ese sentido, este tipo de antologías (por su justificación y sus prólogos) termina siendo un insustancial golpe totalitario del mismo tipo que pretenden huir y denunciar.

(‘The Cuban team’: once poetas cubanos para jugar balompié. Blog El Jardín de Academos, enero 2016)

Thursday, June 23, 2016

Alejandro Armengol sobre los intelectuales cubanos

La primera pregunta es hasta qué punto el creador debe sacrificar la realización de su obra frente a una situación transitoria.
   De nuevo el ejemplo de Martí puede resultar contraproducente. La famosa frase del arte a la hoguera no hay que seguirla al pie de la letra. De ser así Cuba sería un páramo cultural, porque siempre han existido razones para el fuego.
   El grupo Orígenes, tan fructífero en martianos, no siguió las palabras del “Apóstol”. Más bien hizo todo lo contrario durante toda la tiranía de Fulgencio Batista y en algunos casos y situaciones también tras el primero de enero de 1959: se alejó lo más posible de las llamas.
   Otra cuestión es el peligro de la manipulación en cualquier sentido. El argumento —no pocas veces usado como justificación— de que los fines políticos de ambos bandos no dejan de ser eso: fines políticos, medios para alcanzar el poder.
   A todo esto se añade que la cultura la hacen los miembros de una comunidad o un país, no un gobierno. Hay que diferenciar entre las acciones individuales y las de un Estado.
   Apoyar a los mediadores culturales del régimen es otra forma de apoyar al régimen, pero rechazar en bloque a todos los creadores es menospreciar la cultura.
   Aquí están presenten las dos principales reacciones ante los artistas e intelectuales, procedentes de Cuba o manifestadas en Miami.
   La primera es de franco rechazo, de oposición abierta, de desprecio y odio. La segunda es la búsqueda pasiva de un espacio abierto que permita el encuentro. Ambas han mostrado su ineficacia. Bajo los términos intercambiables de tolerancia e intolerancia no se ha logrado alcanzar la necesaria delimitación de linderos: el rechazo lleva a la pérdida de la confrontación, por la que a veces vale la pena pasar por alto las trampas del enemigo. Juntos pero no revueltos.
   Queda también la urgencia de debatir una situación que no resulta fácil de comprender fuera de Cuba, y cuya capacidad de asimilación comienza a alejarse desde el día en que uno sale de la Isla: el ambiente de encierro, frustración y desesperanza en que viven quienes no abandonan el país.
   Las respuestas para algunas de estas preguntas vienen forzadas por las mismas condiciones imperantes en Cuba en la actualidad. Aún es difícil —aunque no imposible— crear una obra sólida dando la espalda a la realidad nacional.
   Eso en el caso de un escritor, porque en otros campos de la cultura —música, pintura— no existe duda en que no solo es posible sino frecuente el vivir ajeno al entorno.
   Pero en literatura nadie parece librarse del acecho de “algún poema peligroso”.
   Que el intelectual cubano haya visto relegado su papel en los aspectos políticos no tiene necesariamente consecuencias negativas. Quizá todo lo contrario. Sobre todo a partir de reconocer que esa supuesta función de “intelectual orgánico” fue sumisión y acomodo en los mejores casos; simple desempeño de trabajo burocrático, con disfraz de artista o escritor en otros, y labor represiva o de censor en algunos ejemplos.
   Más allá de la función de conciencia crítica, inherente al acto de creación, la participación de los escritores y artistas en los estratos del Gobierno —aun limitada a los aspectos de orientación— no solo ha resultado en muchas ocasiones errónea, sino incluso contraproducente y hasta peligrosa.
   Pero en un país como Cuba, donde la organización social, cultural, económica y política se caracteriza por el dominio gubernamental —gobierno, no Estado, dueño de todo—, la complicidad adquirió un carácter compulsivo imposible de eludir salvo con el abandono: el exilio o el reino.
   Así que tras los años del intelectual orgánico, el poeta guerrillero y el novelista funcionario, resultó saludable pensar que lo mejor que hacían los escritores y artistas en la Isla era dedicarse a sus libros, películas, composiciones musicales y de artes plásticas; no “perder su tiempo” en otros asuntos, salvo por razones de subsistencia.
   Pareció adecuado entonces mantenerse en la ribera. Cuba continuaba siendo una excepción, pero incluso en este caso se alzaban voces que intentaban propiciar un acercamiento en que la política —si no podía quedar completamente excluida— fuera al menos relegada a un segundo o tercer plano.
   Las intenciones resultaron claras en pocas ocasiones y torcidas la mayoría de las veces.
   Aunque la posibilidad del aislamiento intelectual no debe despreciarse simplemente con un rechazo, tampoco excluye el reproche. Si bien ello no invalida una obra, no necesariamente salva a un autor de un aspecto negativo al considerar su persona.
   El intelectual no tiene que sentirse obligado a emitir criterios sobre todo lo que ocurre, pero tampoco puede librarse de una maldición que arrastra a muchos creadores: opinar y participar de alguna forma en la vida social y política.
   El 1 de enero de 1959 los intelectuales cubanos despertaron con una noticia alegre que pronto se transformó en amarga: el triunfo de una revolución para la que —pronto comenzarían a escuchar la reclamación hasta el cansancio— ellos no habían hecho lo suficiente.
   No es hasta esa fecha que la ejecución política en Cuba adquiere una trascendencia internacional superior a cualquier logro cultural, en cuanto a importancia y nivel de influencia (no se trata ahora de valorarla sino de fijar su alcance), y se abre la posibilidad de un momento en que la cultura y sus creadores se beneficien de este despliegue internacional. Pero en la curva que describe la evolución de ese proceso, durante los últimos 56 años, la cultura se ha mantenido a la zaga: incapaz tras un período de florecimiento inicial de aprovechar las altas y bajas para destacarse.
   A partir de ese inicio de año y durante muchos más, los escritores cubanos lucharon —algunos con honestidad, otros en apariencia— por librarse de una carga que al principio fue culpa existencial y terminó transformada en alabanza, oportunismo y cobardía. De esta forma, buena parte de ellos terminaron siendo “más revolucionarios” cuando precisamente lo fueron menos. Marcharon, hicieron guardias y gritaron consignas. Demostraron una complacencia mayor que nunca con el poder.
   Por encima de la discusión sobre hasta qué punto se impuso la práctica oportunista y cuándo terminó la voluntad revolucionaria, lo que definió las primeras décadas del proceso revolucionario fue la imposibilidad de que los escritores pudieran escapar del debate político.
   No es hasta los años noventa del pasado siglo que se abre en Cuba la posibilidad de definir una labor literaria al margen de la política, y asumir una posición que es tanto un rechazo a la situación en la Isla como un establecimiento de jerarquías. Es posible que este orden de prioridades menosprecie aspectos sociales que deben preocupar a todo ciudadano, pero debe ser considerado como una opción del individuo.

(Intelectuales, censura y política en Cuba. Cubaencuentro, enero 2016)

Wednesday, June 22, 2016

Emilio Ichikawa vs. Sindo Pacheco

En La Habana se comenta que el escritor de origen cubano residente en Miami Sindo Pacheco es un fuerte candidato para obtener el Premio Nacional de Literatura que concede la isla. Una decisión de este tipo no sería extraña, más bien se ajusta a la moda. Aunque no por eso dejaría de exigir cierta valentía en el galardonado, si es que no opta por rechazarlo.
   Sindo Pacheco pudiera ir blindándose para que cuando llegue la noticia -si llega- la opinión miamense no se altere demasiado. Por ejemplo, desde ya puede acaparar y lucirse en posiciones bien a la derecha en cuanto foro se monte por el sur de Florida. De hecho parece que lo ha intuido, porque una colega suya cuenta que en la conferencia que recientemente ofreció el Embajador Valladares (creo que en Delio Photo Studio), Sindo Pacheco defendió con vehemencia la idea de no permitir la entrada de musulmanes a EEUU y combatir los radicales donde sea necesario.
   Una posición como esta, que lo desmarca del oficialismo cubano, un tradicional defensor de la llamada “causa árabe”, le va aligerando de sospechas por si el premio llega. El premio o… tareas más necesarias.

(La Habana comenta: Premio Nacional de Literatura puede caer en Miami. Ichikawa Blog, diciembre 2015)

Tuesday, June 21, 2016

Manuel Ballagas vs. Néstor Díaz de Villegas

Pongo mi nombre al pie de este comentario para que no quede duda de la autoría de estas líneas, y de que las digo con indignada sinceridad.
   Hasta ahora, me bastaba con conservar, sin expresarla, una indiferencia absoluta hacia los textos de Néstor Díaz de Villegas, por la simple razón de que ni me gustan, ni los entiendo ni creo que aporten algo a nuestras letras. Son ni más ni menos los balbuceos de alguien carente de experiencias vitales y de cultura.
   Ya quisiera para un día de fiesta Díaz de Villegas haber escrito siquiera cualquiera de los libros de Carlos Victoria.

(comentario publicado en la red, Blog Penúltimos Días, enero 2014)

Monday, June 20, 2016

Rafael E. Saumell sobre “El corazón del rey”, de Félix Luis Viera

Cuando tomamos en cuenta las premisas anteriores, se podría llegar a la conclusión de que la novela de Viera puede ser catalogada como muy densa en materia política, que sobran algunos de los comentarios del narrador, que parecen excesivos los berrinches ideológicos de Robertón, que se repiten hasta la fatiga las polémicas con Benito y Maritza; que son largos y reiterativos los episodios dedicados a las colas que hacen sobre todo el Numantino y la Samaritana. Más que narrar hechos en los cuales se involucran los personajes, estos se dedican a comentar lo que sucede en la ciudad por culpa de los gobernantes. De ahí que la mayoría de las acciones son verbales, esto es, se reducen a conversaciones y a narrar las pugnas existentes entre los personajes. Están reducidos a comentar lo que pasa afuera, no tienen ni control ni voz ni voto sobre lo que les ocurre. El gobierno lleva la voz cantante.
   Por eso Robertón, el Numantino y, en ocasiones, la Samaritana se ocupan de desafiar a las autoridades allí donde éstas no pueden ejercer mucha o ninguna influencia. Por ejemplo, lucrar en el mercado negro, hacer trampas en las colas y comprar cualquier cosa que se venda, a especular con los pocos artículos que circulan en la red comercial. Entre tanto, les da por beber cantidades navegables de ron sentados en bares y cabarets de medio pelo, acompañados o no de sus amantes, a acostarse con cuanta mujer lo consienta, caminar y dar paseos a pie, en ómnibus o en taxis dentro de los límites de la ciudad, siempre denunciando lo malas que están las cosas en Santa Clara.
   Ninguno de los personajes le da tregua al lector para que éste pueda apreciar otra cosa que no sea leer las andanadas interminables que ellos arrojan contra el régimen. Lo que se discute sin cansancio es el lado invariablemente feo del país. Con ese tipo de trama y de concepción de los personajes, cualquier obra literaria corre el alto riesgo de ser considerada una tarea narrativa de mucha habladuría y de escasas acciones dramáticas.
   No obstante, a esta objeción podría responderse que la vida en Santa Clara es así de aburrida, predecible y monótona. Casi no hay nada que hacer excepto quizás aventurarse a participar en una de las tantísimas movilizaciones patrocinadas por el gobierno, digamos las tareas agrícolas. En cierto momento, el Numantino y la Samaritana se enfrascan en una competencia –llamada emulación– para cortar cañas de azúcar. Salen mal parados y solo los salvan del ridículo la solidaridad mostrada por los cortadores más diestros.
   La otra tarea programada en las que se meten Robertón y el Numantino tiene que ver con los juegos de béisbol. Sin embargo, ni el uno ni el otro va al estadio para recrearse y apoyar al equipo local sino para poner en marcha un mecanismo de apuestas ilegales.
   Como se ha visto, el narrador no esconde ni sus fobias ni sus rechazos. De manera descarnada y exacerbada destaca en repetidas ocasiones la escasez material, la pobreza, la represión, la discriminación, la persecución contra los homosexuales, las prostitutas y los jóvenes diferentes, la falta de alimentos, los mediocres espectáculos de cabaret, la imposición de normas arbitrarias de conducta y de consumo, la pésima calidad de las bebidas y la rampante doble moral representada por los parientes de la Magalí, primera pareja del Numantino.

(Buscando al rey David en Santa Clara. Revista Otro Lunes # 38, octubre 2015)

Friday, June 17, 2016

Oscar Cruz vs. los poetas de la isla

Cuando aprendes a reírte eres libre. Nadie se merece ni tu odio ni tu rabia. El odio y la rabia se dejan pa’ la escritura. Hay de todo en la viña del señor. Cada día resulta más difícil identificar quién está y quién no en el jueguito. El jueguito es sabroso. Tiene premios, publicaciones, derechos de autor, viajecitos, internet, jurados, homenajes, pueden darte casa o cambiarte la que te dieron por una mejor. Así de bonito. Conozco a varios que llevan años jugando y a pichones de jugadores que tienen una capacidad increíble para el vuelo. Esto puede afectarte hasta el día que descubres que el sistema literario es de juguete. Que todo su aparato de representación, de premios y de eventos es de cartón. Que la mediocridad y el oportunismo político le han hecho metástasis. Hay mucha falta de carácter y seriedad. Lo mejor que puedes hacer es recluirte en tu casa y escribir tus poemetos. Leer tus materiales. Tener una preparación interior lo más severa posible. Publicar cuando se pueda y como se pueda. No exponerte. No esperar absolutamente nada. Solo así estás a salvo y no te dañas como le ha pasado a tantos que después de haber escritos magníficos textos andan por ahí desbarrando de otros porque no le dieron tal o mas cual premiecito, desesperados, enfermos de merecimiento. Llenos de complejos y paranoia. Con una autoestima desbaratada por la falsedad y la hipocresía literaria que los hizo creer unos salvajes. Nada disfruto más que poder reírme cuando leo o escucho disparates. Cuando descubro a un farsante sin vísceras ni órganos con galones de poeta o narrador.
(…)
   La poesía cubana hecha en Cuba —por regla general— es bastante sentimental y noña. Hay voces potentes, claro. Voces que te caminan un juego hasta el séptimo inning sin permitir libertades. El problema está cuando extraes al abridor. Aparece ahí una longaniza de amiguitos que no saca out. Hay tanto poetín de ferias, cruzadas, romerías… Entrar en esas aguas es terrible, banal…

(Reescribir la historia desde escenarios podridos, entrevista. Hypermedia Magazine, mayo 2016)