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Wednesday, November 4, 2015

Pablo de Cuba Soria vs. “La vanguardia peregrina”, de Rafael Rojas

Sin embargo, en esa red de analogías ideológico-estéticas y de afinidades elec­ti­vas que con casi total acierto Rojas traza entre los escritores y las ciu­dades –con sus respec­ti­vas cor­ri­entes y per­son­al­i­dades artís­ti­cas par­a­dig­máti­cas– que los “aco­gieron” en su des­tino de exil­i­a­dos, encuen­tro un desliz crítico-factual: afir­mar (o cuanto menos entr­ever) que España fue deci­siva en la con­sol­i­dación del ideario van­guardista de Lorenzo Gar­cía Vega resulta errado. Por demás, se trata de una pifia que Rojas enmienda de cierto modo, cor­rec­ción que acentúa/enfatiza el des­cuido, en el capí­tulo “For­mas de lo sinie­stro cubano”, ded­i­cado al autor de Los años de Orí­genes, y donde exam­ina con juicio mejor fun­da­men­tado el espa­cio geográfico-cultural que fue más deter­mi­nante en la gran obra tardía de Vega: la con­tra­cul­tura neoy­ork­ina de los 70. De hecho, Lorenzo Gar­cía Vega salió de Cuba rumbo a Madrid en noviem­bre de 1968, para luego, casi de inmedi­ato, empren­der su “defin­i­tivo” exilio norteam­er­i­cano, a ini­cios de 1970; es decir, Gar­cía Vega ape­nas fue partícipe de la vida cul­tural española de la época. Incluso, el ambi­ente político de entonces en Madrid le fue en buena medida hos­til y adverso, lle­gando incluso a exper­i­men­ta­rlo como una exten­sión del izquierdismo cas­trista. Una entrada –entre tan­tas que podría citar– de sus diar­ios Ros­tros del reverso (1977), pertenecientes a finales de 1968, así lo demues­tra: “Conozco a Buero Vallejo y éste me dice: –Un con­sejo le doy, es que pro­ceda usted con mucha cautela, al emi­tir juicios sobre la situación de sus país. No se ve bien, aquí en España, entre el mundillo int­elec­tual, cualquier opinión con­tra el sis­tema político imper­ante en Cuba.”
   Además, si hay entre los escritores estu­di­a­dos por Rojas uno de fil­iación neta­mente vanguardista-experimental, inclu­sive con una fuerte pres­en­cia en sus primeros libros de las van­guardias clási­cas france­sas y lati­noamer­i­canas de las primeras décadas del XX, sobre todo el sur­re­al­ismo y el cubismo, los cuales operan en las estruc­turas y for­mas mis­mas de sus poe­mas y escrit­ura en gen­eral, ese es Lorenzo Gar­cía Vega. La vol­un­tad van­guardista en el autor de El ofi­cio de perder, podríamos usar aquí una hipér­bole, le viene de la cuna, desde el ini­cio de sus andan­zas escrit­u­rales, de sus ini­ciales años “leza­mi­anos” en los que soñó unos pas­mosos arle­quines.
   En otro nivel, la defini­ción de van­guardia a la que Rojas se sub­scribe, y desde la que parte para cat­a­logar y pen­sar a escritores que respon­derían a dicho axioma, adolece jus­ta­mente de indefini­ción. Y he ahí mi segundo reparo, éste de mucho mayor peso que el primero: si para Rojas el carác­ter van­guardista está dado por la paradoja de que son escritores que tuvieron que emi­grar de un con­texto “revolucionario-vanguardista”, para poder inser­tarse en las ten­den­cias de van­guardia artís­tica de aquel momento, es decir, que Tejera, Casey, Kozer, Sar­duy, Gar­cía Vega y Cam­pos encon­traron su razón de ser van­guardis­tas en el exilio, y a con­trapelo de la van­guardia política que para muchos sig­nificó la “Rev­olu­ción” cubana, entonces, ¿por qué Antón Arru­fat figura entre los elegi­dos? El argu­mento de “exil­i­ado inte­rior” me parece insu­fi­ciente, en la medida que el autor de Los siete con­tra Tebas pade­ció cen­sura y ostracismo debido a una política cul­tural de Estado durante el lla­mado quin­que­nio gris (o dece­nio negro, para ser más exac­tos), y no por elec­ción propia –de facto, luego de su reha­bil­itación, Arru­fat ha par­tic­i­pado en la cul­tura ofi­cial cubana–, que sería lo que jus­ti­fi­caría la idea de Rojas. Por con­sigu­iente, si seguimos la lóg­ica falaz de “exil­i­ado inte­rior”, cabrían en esa cat­e­goría escritores como Rafael Alcides, César López, Rey­naldo González o Lina de Feria, por sólo citar algunos.
   Incluso, exten­di­endo un poco la idea ante­rior, el argu­mento de que “el vín­culo que la poética de Arru­fat ha desar­rol­lado con Vir­gilio Piñera es muy pare­cido al que Sar­duy desar­rolló con Lezama” da lugar a un equívoco. Sar­duy leyó, se apropió de Lezama para eri­gir al autor de Par­adiso en una de las colum­nas teóri­cas y con­cep­tuales de su poética. Es más, la lec­tura sar­duyana de la obra leza­mi­ana está pre­sente (es vis­i­ble) en las for­mas y estruc­turas mis­mas que sostienen la escrit­ura del autor de Cobra. La de Sar­duy fue una asim­i­lación y “mala lec­tura” tex­tuales. Sar­duy estruc­tural­izó (Tel Quel de por medio) y neo­bar­ro­quizó (Kepler de por medio) a Lezama. En el caso de Arru­fat, más allá de la amis­tad y de la relación discípulo-maestro a un nivel afec­tivo, no hay ape­nas mar­cas for­males –sí temáti­cas, aunque tam­poco demasi­adas– de la impronta vir­giliana en la obra de Arru­fat. El afán teórico-experimental de Sar­duy, típico de un espíritu van­guardista, está posi­ciona­dos en las antípo­das de las expre­siones de Arru­fat, Casey e incluso de Juli­eta Cam­pos.
   Al mismo tiempo, “ser van­guardista” entraña inex­orable­mente una acti­tud de rup­tura de las for­mas lit­er­arias, un quiebre de las estruc­turas heredadas, una puesta en cri­sis del nivel com­pos­i­tivo (tanto o más que del nivel ideotemático) de la escrit­ura. Ideal trans­for­mador, hasta para aque­l­los van­guardis­tas –Tzara, Marinetti, Ball, Bre­ton– que pre­tendieron superar la dico­tomía arte-vida, que ini­ciaba en y con la Letra. Hasta los man­i­fiestos de las van­guardias fueron, en primerísimo lugar, procla­mas cuyas pre­ten­siones artís­ti­cas e ide­ológ­i­cas prin­cip­i­a­ban en la escrit­ura; es decir, al exte­rior del texto (lláme­sele his­to­ria, cap­i­tal­ismo, bur­guesía o vida) se le declaró la guerra desde el texto. Ya lo escri­bieron Bre­ton y Elu­ard en La inmac­u­lada con­cep­ción (1930): “Todo está anun­ci­ado, todo está pre­visto, todo está inscrito por la Letra.”
   El estu­dioso francés Antoine Com­pagnon señaló en Las cinco parado­jas de la mod­ernidad que “si el arte de van­guardia lo fue por sus temas antes de 1848, el pos­te­rior a 1870 [y que alcanza los años ochenta del siglo XX] lo será por sus for­mas”. Y la obra de Arru­fat es en su total­i­dad ajena a cualquier quiebre o rup­tura, ya que des­cansa en una int­elec­ción tradi­cional de lo lit­er­ario. Pero no sólo la de Arru­fat, tam­bién la de Casey es una prop­uesta lit­er­aria de corte tradi­cional, despro­vista de cualquier ápice van­guardista, desde el punto de vista que se la piense. La prueba de que Mark Twain, como bien afirma Rojas, sea una pres­en­cia “entrañable” en las fic­ciones de Casey, no le otorga en lo abso­luto carác­ter van­guardista a su obra; así como tam­poco el tratamiento del eros y el tánatos, muy dis­tante, por ejem­plo, del de un pen­sador de la con­tra­cul­tura como Nor­man O. Brown, quien sí resultó impor­tante en el imag­i­nario vanguardista-psicoanalítico de Lorenzo Gar­cía Vega.
   En La van­guardia pere­g­rina echo en falta un mayor deten­imiento en el análi­sis de lo mecánico-estructural –o llamé­moslo sim­ple­mente análi­sis crítico-literario– de las escrit­uras escogi­das, inda­gación que sope­saría mejor el carác­ter van­guardista de los escritores anal­iza­dos. Y aunque por lo claro no es obje­tivo de Rojas analizar estilís­tica y for­mal­mente los tex­tos de estos escritores, el hecho de aso­ciar van­guardia con exper­i­mentación exige pre­cisar sobre qué fun­da­men­tos estilístico-compositivos des­cansa dicho exper­i­men­tal­ismo; es decir, mostrar cómo se pro­duce y actúa esa energía van­guardista en la estruc­tura interna de las obras. El ham­bre de “lo nuevo”, idea acuñada por Adorno para definir el espíritu de las van­guardias –enten­di­das éstas como el estado ter­mi­nal del mod­ernism que ini­ció con Poe y Baude­laire–, siem­pre comenzó, repito, expresán­dose en el texto.

(La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio de Rafael Rojas. Crítica, agosto 2014)

Tuesday, November 3, 2015

Fermín Gabor sobre Antón Arrufat

Antón Arrufat recibió la buena nueva de que su novelanga La fiesta del aguanoches estaba entre las finalistas del Premio Rómulo Gallegos y, no más supo la noticia, llamó a la oficina del Ministro de Cultura para chivatearse a sí mismo como premiado. 
   Con ojo puesto en el discurso de aceptación del premio se disparó cuatro novelas de Rómulo Gallegos. Y al terminar con la obra del venezolano repasó la fundación de Roma (por Rómulo) y la inmigración española a Cuba (por Gallegos). 
   Una semana después pasaban cuchilla en el concurso y su novela continuaba en pie. 
   Quienes seguían el acontecimiento se dividían en dos bandos: los que creían que Arrufat aparecía de primero en la lista por las calidades de su obra en cuestión, y los que lo achacaban a simple orden alfabético. Con una u otra razón, lo cierto es que el cubano tenía el cheque en la punta de los dedos, la cita de Gallegos en la punta de la lengua, los nervios de punta.
   Y le arrebataron el galardón (más el llorado chequendengue) para dárselo al colombiano Fernando Vallejo. Por lo cual Arrufat malició que el jurado lo castigaba por vivir dentro de Cuba y por haber firmado carta oficial en la que intelectuales de la isla pedían a intelectuales extranjeros la misma complicidad mantenida hasta entonces. 
   El compañero Arrufat llamó a la oficina del ministro para chivatear la antinoticia, echó un llantén acerca del monto perdido por su puro patriotismo y desde el papel de víctima creyó asegurarse a perpetuidad su estipendio mensual de Premio Nacional de Literatura y avanzar algo en las gestiones para hacerse de una casita en el Vedado.
   Poco después de embolsillarse los cien mil guayacanes americanos (y una medalla de oro), Fernando Vallejo confesó en rueda de prensa en Caracas: “Hace más de veinte años que no leo literatura. Si lo mío es lo bueno pues esto se jodió, cómo estarán los otros”. Y donó toda la plata a una sociedad protectora de perros callejeros en Colombia.

(La lengua suelta # 11, La Habana Elegante, segunda época)

Monday, November 2, 2015

Ernesto Hernández Busto sobre “La vanguardia preregrina”, de Rafael Rojas

Ya luego, en las páginas y casos que siguen, esta noción de vanguardia se desdibuja un poco. Corresponde, en efecto, a las escrituras de Sarduy y García Vega, y a una zona de la poesía de José Kozer, pero sirve menos para caracterizar las obras de Calvert Casey (¿basta insistir en la muerte y el sexo para ser vanguardista?) o Julieta Campos, cuya inicial fascinación por el noveau roman dejó paso a otra prosa más clásica e integradora.
   Más que ajustarse fielmente a los términos del guión inicial, los casos analizados por Rojas exhiben contrapuntos variables de esos rasgos (vanguardia, exilio, tradición), hasta el punto de incluir en su análisis a un escritor no exiliado —ni vanguardista—, Antón Arrufat, que aquí aparece no sólo como depositario de méritos congénitos (heredero de Piñera como Sarduy se declarase de Lezama; fundador de una “prole de Virgilio” donde se cuestiona la tradición) sino como una suerte de héroe secreto de su generación.
   Ese recuento de “la prole de Virgilio” es el momento más flojo del volumen: está pintado con brocha gorda. La historia del revival de Piñera a finales de los 80 y principios de los 90 merecía un estudio más detallado. En otras ocasiones, la tendencia académica de Rojas al name dropping le tiende trampas y sume al lector en perplejidades: ¿cómo se coló, por ejemplo, Eudora Welty, en la lista de “los neovanguardistas estadounidenses”, junto al poeta George Oppen, “pasando desde luego por Wallace Stevens o Paul Celan”? Y ¿qué necesidad hay de echar a perder el inteligente análisis de la obra de Kozer y su sugerente metáfora del “catafalco vacío” para exhibir arsenal teórico y emparentarlo con Le pli, la teorización de Deleuze sobre Leibniz y el barroco?

(De la vanguardia errante. Blog Penúltimos Días, marzo 2014)

Friday, October 30, 2015

Roberto González Echevarría vs. “La consagración de la primavera”, de Alejo Carpentier

Pero La consagración de la primavera no fue, ni con mucho, la novela que todos esperaban, sobre todo en Cuba, y se puede catalogar como el único auténtico fracaso del carpentier maduro. A medio camino entre las memorias que nunca publicó y la fantasía de vidas que quiso haber vivido (como arquitecto, como activista, como revolucionario), la novela culmina con la invasión de Bahía de Cochinos. El modelo histórico sigue siendo el del Big Bang: la Revolución Cubana aparece como la última de una concatenación de revoluciones cuyo origen es la Rusa y que incluye la Guerra Civil española, en la que participa el protagonista cubano. El esquema hegelo-marxistoide es evidente: La consagración de la primavera es maniquea, con personajes acartonados que suenan falsos, mal escrita; la proximidad de los hechos que narra la daña porque se nota que su autor es alérgcio a lo que carece de densidad histórica.

(Oye mi son: Ensayos y testimonios sobre literatura hispanoamericana. Renacimiento, Madrid, 2008)

Thursday, October 29, 2015

Tania Quintero vs. Orlando Luis Pardo Lazo

Disparatado e indigerible, como todo lo que Orlando Luis Pardo Lazo escribe, pero es su opinión. No sé si vale la pena gastar tiempo y dinero con una demanda, a lo mejor eso es lo que está buscando, para coger fama. A OLPL le gustan las provocaciones, cuando Eduardo del Llano le amenazó con partirle la jeta, estuvo en su salsa. Gutenberg Galaxy es una editorial demasiado seria para publicar un libro no escrito por Cabrera Infante, algo que tampoco hubiera permitido Miriam Gómez, su viuda, una mujer muy prestigiosa, quien segura de su veracidad, dio el visto bueno para su publicación. Si alguien tiene dudas, que lea Two Islands, Many Worlds, biografía de GCI escrita por el profesor estadounidense Raymond D. Souza. El año pasado,  falleció en Roma la gran actriz cubana de teatro Myriam Acevedo. Cuando en 2009 la entrevisté, estaba enfrascada en la redacción de un libro, que creo no llegó a terminar y a lo mejor algún día ve la luz. Siempre un libro post mortem provoca el revoloteo de moscas y envidiosos a su alrededor.

(comentario en la red, 2014)

Wednesday, October 28, 2015

Emilio Ichikawa vs. Leonardo Padura (2)

Ya sabemos lo que es. Ahora corresponde precisar lo que sin dudas no es Padura. Y esto es más fácil.
   El atributo menos sostenible de todos los que ha manejado el marketing de Padura, es el de “sacerdote de la literatura” o el de “la literatura como sacerdocio”.
   Una persona que no baja de un avión para montarse en otro; que no sale de cocteles y jurados; que tiene ahorita más premios que… que aparece dando entrevistas en cuanto blog, web y sitio online existe; que lo mismo aflora en Cubadebate, Granma, Clarín, La Nación que en Ria Novosti, poco tiene que ver con la sencilla artesanía que supone el oficio (misterioso) de Sacerdote.

(Lo que sin dudas es y lo que sin dudas no es Padura. Blog Emilio Ichikawa, mayo 2014)

Tuesday, October 27, 2015

Reinaldo Arenas vs. Eliseo Diego y Cintio Vitier

Eliseo Diego trataba de orientarme en las lecturas infantiles y Cintio Vitier me decía que tenía que cuidarme mucho de obras como las de Virgilio Piñera y otros autores por el estilo; me hacían una censura culta y delicada. En aquel momento, no aprobaban el régimen y me decían horrores de Fidel Castro y de la tiranía que había impuesto; querían abandonar el país, pero o tenían muchos hijos o no podían hacerlo. Eliseo Diego decía: “Yo, el día que tenga que escribir una oda elogiando a Fidel Castro o a esta Revolución, dejo de ser escritor”.
   Más adelante, sin embargo, tanto Cintio como Eliseo se convirtieron en voceros del régimen de Fidel Castro. Y no una, sino decenas de odas, ha escrito Eliseo en homenaje a Fidel Castro y a su Revolución. Cintio ha hecho lo mismo o tal vez cosas peores. Quizá por eso hayan dejado de ser ya escritores; pero en aquel momento eran personas sensibles que, indiscutiblemente, influyeron en mi formación literaria. Eliseo me regaló su libro En la Calzada de Jesús del Monte, el cual considero como uno de los mejores de la poesía cubana. Cintio ejercía la crítica, siempre más bien con características monjiles, pero era culto y de todos modos valía la pena hablar con él. Fina era una poeta muy superior a su esposo, pero siempre ocupaba un segundo plano con relación a él, de acuerdo con la tradición española y católica que ella representaba; era la mujer paciente, sumisa, resignada, casta; el que brillaba era Cintio, y ella prefería ser solamente la esposa obediente.

(Antes que anochezca. Tusquets, 1992)

Monday, October 26, 2015

Rafael Rojas vs. Guillermo Rodríguez Rivera

Aquella idea de la democratización cubana surgió en el contexto de las transiciones de Europa del Este y América Latina y, desde un inicio, no se asumió como "contrarrevolución" o "anticomunismo", ya que muchos de sus promotores habían sido revolucionarios y socialistas que, treinta años después, pensaban que el sistema político cubano estaba agotado y debía reformarse.
   Las dificultades de recuperación, en la Isla, de la obra intelectual de ese tipo de exiliados, en las dos últimas décadas, puede personificarse con Jesús Díaz. Recientemente, el poeta, narrador y crítico Guillermo Rodríguez Rivera, desde el blog de Silvio Rodríguez, aprovechó un artículo en que objetaba los dos últimos Premios Nacionales de Literatura, concedidos a Leonardo Padura y Reina María Rodríguez, para demandar el rescate editorial de dos novelas de Jesús Díaz. No de toda la obra publicada de Díaz, que no requeriría de ningún esfuerzo editorial por parte del Estado para ser puesta en circulación en la Isla —el Instituto Cubano de Libro, si quiere, puede llegar a un acuerdo con las editoriales Anagrama, Destino o Espasa Calpe para permitir la venta, en Cuba, de las cinco novelas que ese importante escritor publicó en el exilio—, sino solo de dos: Las iniciales de la tierra y Las palabras perdidas.
   ¿Por qué solo esas dos? Porque ambas fueron escritas en la Isla, antes de que Díaz se exiliara y se opusiera al gobierno cubano, primero, desde Berlín, y luego, desde Madrid, donde fundó en 1995 la revista Encuentro de la Cultura Cubana. Según Rodríguez Rivera, esas novelas —a las que llama "la más importante de la Revolución" y  una "juguetona y trágica obra maestra"— deben rescatarse porque fueron escritas antes de que su autor "decidiera abandonar el país y la Revolución".
   Rodríguez Rivera habla en primera persona del plural, como juez y parte del poder editorial que decide a quién publicar y a quién no: "si hemos publicado textos de exiliados como Jorge Mañach, Lino Novás Calvo y Carlos Montenegro…, creo que es imposible no reeditar obras como Las iniciales de la tierra…"
   La frase es precisa: en Cuba se han publicado "textos" de esos autores del exilio porque toda la obra de los mismos —incluyendo la rica ensayística política de ellos tres y, también, de Jesús Díaz— es impublicable por haber sido escrita en el afuera o el después de la Revolución.
   En un segundo artículo sobre el tema, también aparecido en el blog Segunda Cita, Rodríguez Rivera cuestiona la propuesta de Carlos Velazco y otros jóvenes intelectuales de la Isla de que el Premio Nacional de Literatura comience a ser concedido a escritores del exilio.  Según Rodríguez Rivera, la idea es cuestionable, entre otras cosas, porque los principales autores del exilio ya murieron. Los que aún viven (José Kozer, Nivaria Tejera, Manuel Díaz Martínez, José Triana, Octavio Armand, Abilio Estévez, Orlando González Esteva, Gustavo Pérez Firmat, Néstor Díaz de Villegas, Zoé Valdés, Rolando Sánchez Mejías, Antonio José Ponte, José Manuel Prieto…), casi todos mayores de 50 años, carecen de valor o tienen, como Rosales, la gran limitación de "no ser conocidos". Como si el desconocimiento de esos autores y sus obras, en la Isla, fuera un evento natural, condicionado por la calidad literaria, y no por la existencia de un Estado que controla rigurosamente lo que se edita y lo que, solo a través de una edición estatal, tiene derecho a circular.

(Memorias mutiladas. Diario de Cuba, enero 2014)

Friday, October 23, 2015

Yoandy Cabrera vs. Alberto Edel Morales

La labor de un Rodríguez Rivera entre los escritores la realiza hoy un Edel Morales que afirma y cree necesario borrar, olvidar a todo el que hable desde la otra orilla (aunque se esté dentro de la isla), al adversario, al enemigo con quien no hay posibilidad ninguna de diálogo, de intercambio, de discusión. Desde los sesentas hasta hoy en Cuba es necesario declarar desde dónde se habla, nunca fuera del gallinero: o se habla desde dentro del corral o no se habla. Es inimaginable que alguien pueda emitir un criterio y no estar de acuerdo con el único partido y el único gobierno existentes. Se tiene que discutir desde dentro de la “revolución”; si no, no te dan la palabra, no existes.
(…)
   Edel Morales, por ejemplo, desde las páginas de La Jiribilla, no propone un diálogo con otras formas de pensar; al contrario, quiere para los otros autores, los que se oponen a ciertas ideas oficialistas, el mismo silencio que padeció Piñera. Desaparecerlos, borrarlos. Ellos no son importantes. No hay diálogo posible, según Morales, con Duanel Díaz, Rafael Rojas y Antonio José Ponte. Lo que habría que hacer, propone él, es escribir lo que ellos abordan del modo que él considera correcto y olvidarlos. La memoria y el futuro de Cuba no los incluye, agrega. Morales los llama “refinados vocales entusiastas del parricidio intelectual”, hace una división insalvable entre su posición y la de ellos a quienes llama “adversarios”, no se trata de posiciones contrarias que interactúan aunque sea a distancia. Esto es un campo de batalla, donde uno sobrevive y otro muere, desaparece, es lanzado a la sombra. Morales intenta convencer que él está del lado de la verdad, de los buenos, de la victoria, habla desde esa pluralidad militante propia de los años setenta, incluye sin ningún recato a sus interlocutores en su “nosotros” bélico.

(El quinquenio gris cubano: aplauso y censura. Blog Penúltimos Días, abril de 2014)

Thursday, October 22, 2015

Orlando Luis Pardo Lazo sobre “Mapa dibujado por un espía” de Guillermo Cabrera Infante

Como era de suponer, no es un libro de Guillermo Cabrera Infante. Por eso mismo Guillermo Cabrera Infante nunca lo publicó.
   Nada de mapas. De espías, nada. Mucho menos, escrito por. Una huella lo delata desde el título mismo: estamos ante un libro que no ha sido escrito, sino dibujado. Divertimientos de diario. Apuntes de preliteratura secuestrados de su gaveta original.
   Da gusto ver cómo la tradición cubana poco a poco se va haciendo de un archivo de "testamentos traicionados", género del que Milan Kundera ha escrito uno de sus mejores libros. De nada vale el esfuerzo estético de dejar afuera la mayor parte de lo que un autor escribe. Quod scripsi, is crisis. Y apenas quedemos imposibilitados de poner nosotros mismos un límite, todo cuanto dejemos atrás será leído con luctuosa —y lucrativa— fruición.
   Mitad por morbo y mitad por aburrimiento, el mundo se resiste a acatar el punto final de nuestra bibliografía. La "voracidad de los biógrafos" de que hablara Virgilio Piñera no espera nada para convertirnos en arqueología. Basta con haber tenido familia, por ejemplo, con habernos distraído solo un instante de nuestra máquina célibe en tanto autor, y Galaxia Gutenberg lanza el boomerang de Mapa dibujado por un espía (2013) sin contar con quien lo cartografió.
   Continúa cronométricamente así el complot bienal de La ninfa inconstante (2009) y Cuerpos divinos (2011). Por supuesto, le asiste todo el democratiquísimo derecho de autor, aunque ya no haya autor autentificable en este libro o dibujo, que pudo ser la obra de cualquiera de sus personajes non-fiction. Al respecto, no me extrañaría una reclamación de plagio por parte de los herederos de Carlos Franqui o Rine Leal.
   Hay que buscar entonces la novela fuera de la novela. Es decir, en su historia, que es siempre la parte no específica de toda literatura. Vivimos vidas excepcionalmente comunes. Cómo contarlas excepcionalmente conforma una cuestión de estilo, que cada novelista llega a intuir pero solo en pasajes discretos de su novelística.
   Mapa dibujado por un espía podría ser entonces una imitación de Guillermo Cabrera Infante. Como un remake de otro Vedado del amanecer en el trópico, esta vez no desde las circunvalaciones de un Ford convertible, sino a ras de las mil y una caminatas a pie. Bitácora de bustrofebodrios, silencios serpenteantes, diálogos de TVC, aquí todos se citan con todos para darse el saludo y decirse enseguida adiós. Quiay, chau. Acumulación de acción desdramatizada que, a falta de sexo —"él" se acuesta con algunas mujeres, pero de manera asexuada, con esa pacatería cubana que el castrismo heredó de los cincuenta—, debió tener otro tipo de clímax: acaso en el gaznatón que este diplomático le sopla sin mediar palabra a su hijita.
   Pero la crueldad aborta enseguida en el costumbrismo y en ese llanto llano de los protagonistas perdedores de Leonardo Padura. De manera que nuestro extranjero en La Habana, que como el de Camus también gravita sobre su madre muerta, detecta a lo sumo cierta negligencia médica y jamás sospecha de un asesinato de Estado contra su progenitora, para forzarlo a quedarse en Cuba junto a su hermano, antes que los dos fueran a desertar de la dictadura (aunque en este mapa aún se infiere que es una Revolución).
   Incluso la autopsia la ejecuta un enemigo suyo que tiene atravesado desde Europa. Pero con carácter de Camus, "él" continúa como si nada, con una indolencia imaginativa que desemboca en la esterilidad de un espía que no mata ni se hace matar. O, en todo caso, las muertes se verificarán en otro tiempo. Como unos pichones de totí y de urraca, así en Gibara como en Bruselas (en Milan Kundera es una corneja la torturada también por infantes). Y como el comandante Alberto Mora, suicida asistido en la decadente década de los setenta, de quien Cabrera Infante transcribe un premonitorio guión tipo Hemingway, que vendría a ser el otro intenso instante de estos 400 golpes de páginas.

(Mapa de un testamento traicionado. Diario de Cuba, enero 2014)