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Wednesday, December 31, 2014

C. A. Aguilera sobre Orígenes y Lezama Lima

Para nosotros la mayor diferencia con Orígenes era conceptual e histórica. Ya que no entendíamos la literatura como la expresión de una nación o una genealogía político-social determinada. Además de que todas aquellas tesis de "lo cubano" ―forjadas sobre todo por Cintio Vitier― o de la Isla como un espacio privilegiado, tal y como creía Lezama, donde el gran fuego que vio desde su barco Colón constituiría un numen eterno y secreto, no solo nos parecían ridículas, sino retrógradas, y para mí especialmente delirantes.
   Ahora, no se puede negar que sobre todo Lezama, con todas sus cursilerías y delirios construyó una gran obra, y lo que es mejor, ese delirio le dio pie para conformar una de las cosas más grandes que ha creado cualquier autor en cualquier parte, su Sistema Poético. Un "coso" absurdo y esquizo, un monstruo, pero por eso mismo una maravilla, algo que ha dejado chiquitico todo, hasta a su propia poesía.

(“Un estilo es una manera de ser exacto”, entrevista, Diario de Cuba, febrero 2013)

Tuesday, December 30, 2014

Amir Valle vs. el silencio de escritores cubanos

Finalmente, es necesario que den una respuesta aquellos que han estado bien cerca de Ángel Santiesteban durante casi ya treinta años y que hoy están en puestos de poder o influencia o relaciones suficientes como para poder evitar que sea encarcelado ese mismo Angelito, el escritor, su “hermano” hasta hace poco, alguien con el que compartieron alegrías y tristezas, momentos terribles y de gloria. He jurado muchas veces no escribir en mis artículos críticos el nombre de ningún colega, de ningún amigo o antiguo amigo. Lo he cumplido, salvo en el caso de mis críticas públicas contra la inmoralidad del más inmoral y oportunista de los escritores cubanos: Miguel Barnet, quien también debería hacerse el favor de pronunciarse apoyando a ese Ángel Santiesteban que no por casualidad es miembro de la UNEAC, la institución que Barnet preside.  Pero ahora rompo ese juramento y, para citar sólo a quienes en Cuba sé que estuvieron hermanados con Ángel Santiesteban, pregunto: ¿dónde estás tú ahora, Abel Prieto, que tantas veces mencionaste a Ángel como el mejor cuentista de mi generación y, en dos ocasiones ante mí, elogiaste el gran ser humano que es?; ¿dónde estás ahora Eduardo Heras León, tú, que pasaste años enteros hablándonos de la necesidad de poner la ética y la verdad como única condición válida para alimentar nuestras vidas y nuestras obras con el sello de la autenticidad literaria y humana?; ¿dónde estás ahora Francisco López Sacha, tú, que sabes bien cuán limpio, cuan humilde, cuan grande es el corazón de Ángel Santiesteban? Puedo mencionar a otros, pero ahí lo dejo. Sólo bastaría que ustedes tres se sentaran a conversar (igual que en otras ocasiones se confabularon en acciones nobles e innobles y ahora más que uno de ustedes está al lado del dictador, tú, Abel) para evitar que lancen a Ángel Santiesteban detrás de las rejas. Sé que Ángel intentará convencerme de que no tienen otra opción que la de callar, mirar a otro lado, hacerse los sordos. Sé que los perdonará si no mueven ni un dedo a su favor, incluso en los momentos más difíciles de esa prisión que hoy amenaza su vida. Pero créanme todos, escritores, artistas, intelectuales de la isla o de otras partes, aludidos en estas palabras, si Ángel Santiesteban tiene que cumplir aunque sea un día de esa injusta condena debido al silencio por miedo o conveniencia, sé que siempre que piense en sus nombres, en sus carreras profesionales, en sus libros escritos y por escribir, encontraré como mi respuesta aquellas dignas palabras que el gran Eliseo Diego pronunció ante los desmanes que comenzaba a vivir la gente de nuestro pueblo a causa de la locura enfermiza de poder de esos mismos políticos que hoy desgobiernan a Cuba: “que los perdone Dios, yo no puedo”.

(Angel Santiesteban va a la cárcel y nadie dice nada, Blog Amir Valle, enero 2013)

Monday, December 29, 2014

Argelio Santiesteban vs. “Breve historia de Cuba”, de Jaime Suchlicki

Se dice –con toda la razón capaz de albergarse bajo la bóveda celeste– que la ignorancia es descocada, desaforadamente atrevida. Sí, la estulticia se muestra en cueros, desvergonzada, a calzón quitado.
   Esa idea me vino al occipucio cuando hojeaba el libro Breve historia de Cuba, de Jaime Suchlicki, publicado en la Florida.
   Los dislates, en este engendro infeliz, ya saltan a la vista cuando se pretende historiar los mismísimos días inaugurales. Nos dicen que, en 1492, “Cristóbal Colón descubrió y exploró a Cuba” (p. 229). Y los dos verbos contenidos en la declaración constituyen barbaridades que no absolvería ningún padre confesor.
   En primer lugar, desempolva el manido tópico del “Descubrimiento”. Ya Eduardo Galeano –con su deliciosa ironía– ha dicho que las legiones romanas, cuando arribaron a la península ibérica, no “descubrieron” esa área, pues ya estaba habitada. Y, que yo sepa, los mal llamados indocubanos eran gente, y no jutías ni almiquíes.
   Por otra parte, el Gran Almirante de la Mar Océana no “exploró” a Cuba en su incursión. Dio unas cuantas vueltecitas por la costa nororiental. Envió a tierra a una avanzadilla, primeros europeos que vieron fumar. Dijo aquello de “ninguna cosa tan fermosa vide”, cliché que repetiría en otros parajes, pues la riqueza literaria no era su fuerte. Plantó una cruz en Baracoa. Y se largó hacia Quisqueya. Pero el territorio del archipiélago permanecería inexplorado hasta muchas décadas tras el desembarco de Diego Velásquez.
   Estimados acompañantes en este accidentado viaje libresco: movámonos en el tiempo para saber que “bajo la administración de Carlos III (1759-1788) se convirtió en un monopolio del gobierno” la comercialización del tabaco (p. 22). Cualquier mediano conocedor del ayer cubano sabe que los vegueros protagonizaron, en la primera mitad de los 1700, varias asonadas, por el trato abusivo que sufrían bajo el estanco. Por lo que dice el libro, da la impresión de que a los isleños de Jesús del Monte no los ahorcaron por rebeldía, sino que su diversión preferida estribaba en balacearse al extremo de una soga. (El propio autor se contradice en la p. 36).
   El Papel Periódico de La Havana, que vio la luz en 1790, fue –nos revela Suchlicki– el “primer diario de Cuba” (p. 45). Para empezar, dos publicaciones periódicas le antecedieron: El Pensador y Gazeta. Además, El Papel jamás fue un diario, pues se inauguró como hebdomadario y después tuvo frecuencia bisemanal, nunca cotidiana.
   Ahora sí, sufridos lectores, han ustedes de ajustarse el cinturón de seguridad. Porque este pozo de ciencia nos pone al tanto de que Aponte no terminó con la cabeza sobre una pica, en la intersección de las calles hoy llamadas Reina y Belascoaín, sino que “liberó a los negros” (p. 230). (No comment!, como dicen los anglófonos cuando quieren guardar silencio).
   Desde la Península –ahora la floridana, no la ibérica– el enterado profesor Suchlicki nos hace saber que Juan Gualberto Gómez fue “un distinguido general negro de la guerra contra España” (p. 70). Y a eso sí que le zumba el proverbial merequetén.
   Hallamos en Juan Gualberto a una cúspide inconmensurable del civilismo independentista, lo que le valió dos estancias en el infierno de Ceuta. Fue enemigo jurado de la Enmienda Platt, del entreguista Estrada Palma, de José Miguel –la corrupción en dos patas–, de la hiena que se apellidó Machado.
   Pero bien lejos estuvo de ser un adalid guerrero. Su única participación bélica fue en el fallido Grito de Ibarra, que quizás durase unos diez minutos. Sospecho que jamás tuvo ni la mínima idea de cómo funcionaba un fusil de cerrojo, un bolt action, es decir, un mauser o un remington.
   Ah, pero el historiador miamense nos presenta a Juan Gualberto como si –por ejemplo– él hubiese capitaneado –y no Quintín Banderas– la aguerrida infantería oriental en la oleada invasora maceísta.
   El siglo XX no queda a salvo en cuanto a las meteduras de pata, en las cuales el doctor Suchlicki resulta un indiscutible perito ejecutor. Así, nos informa que la Primera Intervención se mantuvo durante “dos años” (p. 69). La más elemental aritmética de bodeguero permite saber que entre el momento en que se inaugura 1899 y el 20 de mayo de 1902 media un lapso temporal superior a los tres años y cuatro meses. Pero el autor tampoco es diestro en tan pedestre cómputo.
   ¿Qué más? Pues olvidaba decirles que Ramón Grau San Martín fue “un distinguido profesor de Filosofía” (p. 86), y nunca ejerció la docencia en Fisiología. (Estos desatinos… ¿tendrán alguna relación con el estrecho vínculo que Suchlicki mantiene con los Bacardí, y sus espirituosos productos?).
   Ya casi en nuestros días, Ricardo Bofill resulta investido como “vicerrector de la Universidad de La Habana” (p.244). Ese hijo de Madruga, en su trayectoria académica, tuvo como clímax el nombramiento de administrador del cine Actualidades, en la viejohabanera calle Zulueta.
   Dígase que sólo me he referido a dislates históricos. Pero, de la redacción, ni hablar. Esto parece escrito con el último tramo del intestino grueso.

(Originalmente publicado en El Caimán Barbudo, transcrito por Emilio Ichikawa Blog, marzo 2010)

Friday, December 26, 2014

José Prats Sariol sobre Fina García Marruz

Guardo un borroso recuerdo de la conferencia, yo apenas era un adolescente de 17 años. La aguda expositora estaba al cumplir en esos días de abril los 41. Releo para verificar —vivificar— el recuerdo. En efecto, no hay una sola mención en el texto a lo que se llama —y quizás aún existía— la "revolución cubana". Ni siquiera una alusión. Parece que tanto Cintio Vitier como Fina García Marruz, en ese entonces no mostraban aún su fanático apoyo al Gobierno, aunque buscaban algo en los hermanos Castro —ya declarados, aunque no realmente, marxistas-leninistas, ateos confesos— que tributara al romántico ideal martiano. Buscaban…
   "No se pierda de vista —decía Fina— que en Martí todo se tiñe de este fiero eticismo". ¿De qué se han teñido los políticos adictos al castrismo en las últimas cinco décadas? ¿Cuál tinte usan ahora, en 2013, los intelectuales cubanos que se muestran conformes con la perpetuación en el poder de una banda de políticos no solo ineptos, sino carentes de los más elementales escrúpulos?
   Pero la brillantez del análisis que entonces hizo Fina de los versos de Martí mantiene casi todo su esplendor, en la inteligente línea que aprendiera en los autores de la Escuela de Ginebra, sobre todo en Albert Béguin. Basta observar el modo en que rebate algunos juicios sobre la españolidad de su obra y algunos errores apreciativos, sobre todo, de los Versos sencillos. Basta con reflexionar cómo realiza el enlace entre el estudio estilístico y las referencias biográficas; y cuando demuestra que se tratan de "décimas truncas", para considerarlos lo más intenso de su poesía… El ensayo, sencillamente, se  mantiene  entre lo mejor de la crítica literaria hispanoamericana del pasado siglo.
   Lo que crea una penosa, atroz paradoja, cuando repasamos las ideas políticas que ella abrazaría —otra creencia— poco después. Porque resulta difícil suponer que un fuerte talento literario pueda a la vez sucumbir, no dar pie, ante un rudimentario bloque político, para colmo totalitario. Porque citar otros casos de filotiranismo en las principales lenguas occidentales, no le resta asombro a la paradoja.
   ¿Es la misma autora que años después se convertiría, hasta hoy, en una fanática de Fidel Castro, aún tras la humillación en 1971, cuando ella y Cintio Vitier fueron expulsados de la Sala Martí de la Biblioteca Nacional, por considerarlos —en plena sovietización— diversionistas ideológicos, enemigos de la visión materialista dialéctica del pensamiento cubano, de "ese sol del mundo moral" y de la historia del país?
   Ah, el "fiero eticismo" ha desaparecido, como aquel personaje de Proust, como "crear riqueza con la conciencia" y aquellos eslóganes de politiquería barata en los que se envolvieron para mantener el poder.

(¿Fiero eticismo?, Diario de Cuba, enero 2013)

Thursday, December 25, 2014

Carlos Velazco vs. Enrico Mario Santí

Pero no fue hasta ser recientemente asaeteados por Enrico Mario Santí, que hemos decidido decir “basta”, sin importarnos cuanto nos cueste. Más que nada, al comprobar la impunidad que sienten individuos como él, dedicados a perpetuar una ensoñación aberrada, asumiendo roles (que como toda interpretación, resulta actuación) en un drama que, atemperado por nuestro carácter nacional, tiene mucho de sainete.
(…)
   Una amiga escritora me aconsejó que en caso de contestarle a Enrico Mario Santí, concibiera una respuesta de “altura”. Pero después de acusárseme de agente de la Seguridad del Estado cubana, o cuando menos, de escritor al servicio de esta, y más aún, viniendo esto de un Santí, santo pontífice de la literatura cubana, debo por ende entonces asumir que soy yo un demonio. Y como demonio al fin, reclamo la parte que me corresponde, y no pueden exigírseme valores éticos que me han sido negados de antemano.
(…)
   Decir de las ventajas de Elizabeth Mirabal y mías a la hora de investigar en Cuba, por encima de las de Enrico Mario Santí en Estados Unidos, es cosa de risa. Ninguna de las hemerotecas cubanas que revisamos durante la tesis, entiéndase Instituto de Literatura y Lingüística y Biblioteca Nacional, contaba con la colección completa de las publicaciones que nos interesaban. No solo investigar en Cuba resulta arduo, por la carencia bibliográfica, por la limitada conectividad a internet, hay que preocuparse igualmente, o más, de qué manera llegas a la biblioteca, esperar que ese día haya electricidad y permanezca abierta. Un tránsito por el Purgatorio, y todo, para que al final ni siquiera tengamos la certeza de alcanzar el Paraíso, porque donde menos se le espera, aparece un Santí, envestido de legionario celestial portando su espada justiciera.

(Viejo jardín de las Delicias o Un tema para El Greco, Cubaencuentro, marzo 2012)

Wednesday, December 24, 2014

Jorge Pomar vs. María Elena Cruz Varela

En otras palabras, a María Elena Cruz Varela hay que rescatarla de las garras de su monumental ego. En busca de parabienes y aplausos baratos, la poetisa, otrora dueña de una de las metafóricas más originales de la literatura insular, se engaña a sí misma a sabiendas. Mujer talentosa pero de una ambición desmesurada, su afán de notoriedad a toda costa desvirtúa a ojos vistas aquella diáfana, candorosa idiosincrasia liberal que la llevará a desmarcarse con vertiginoso éxito del resto de los líderes opositores en el 91 y ganarse --a la par con el odio y acoso policial-- la admiración de urbe y orbe.
   Urge que alguien le aclare a que ese desbordamiento del yo lírico notorio en sus últimos textos está siempre irremediablemente fuera de contexto en la prosaica realidad política en la que ella intenta volver a sumergirse.

(A vueltas con la Carta de los Diez y Criterio Alternativo, Blog El Abicú Liberal, abril 2009)

Tuesday, December 23, 2014

Zoé Valdés vs. Richard Blanco

Richard Blanco es poeta desde hace dos o cuatro años, así lo declaró en varias entrevistas, o sea que empezó tarde y morón en la poesía. Cuando oigo a alguien afirmar que se ha convertido en poeta o en escritor, pero sobre todo en poeta, a edades tan tardías, recuerdo inevitablemente las palabras de una escritora que, como buena hija de un general mambí, jamás claudicó ante el castrismo ni ante nadie, Dulce María Loynaz, Premio Cervantes, cuando recalcaba que empezar a escribir poesía con más de treinta años era de una obscenidad insoportable, que la poesía se escribe de joven, o no se escribe. Pero ya ni siquiera ser joven significa lo que significaba antes, cuando todavía existía la poesía.
   El caso es que nos ha surgido un poeta cubanoamericano, quien por sus propias palabras fue “fabricado en Cuba, ensamblado en España, e importado a Estados Unidos”. Se crió con su madre y junto a una abuela que “hubiera preferido tener a una nieta puta que a un nieto maricón”, también con sus mismas palabras dichas a un periódico español y no en la sala de su casa. Cuando yo ‘escucho’ (perdón Fernando Vallejo, pero el “escucho” era necesario aquí) alardear en tan repetidas ocasiones a alguien en público de que es maricón, pues una de dos, o no lo es tanto, o se está avergonzando de serlo y trata de reafirmarlo de manera zoqueta, o es un vulgar, un soez. Reinaldo Arenas no decía que era maricón, lo era y punto, para poner un ejemplo. Yo suelo ser muy maricona, y muy puta (cada vez menos, lo que es una lástima), y no lo digo, lo soy y punto. En mi literatura soy muy puta, muy mujer y muy hombre, comme il se doit. En la vida real muy maricona.
   Pues Richard Blanco, poeta desde hace dos o cuatro años, con 44 años de edad, no para de soltar a los cuatro vientos que él es maricón, y todo se mueve alrededor de su mariconería. Pues al parecer, fue elegido para leer un extenso poema en la juramentación del presidente Barack Obama, no porque es cubano, no, sino porque es hispano, y tampoco porque sea poeta, eso no importa tanto puesto que su obra es desconocida hasta ahora, sino porque es un poeta maricón, es más, quito el poeta, ha sido elegido porque es un hispano maricón. Los clichés no son míos, son de los que lo eligieron. Aunque no solamente lo eligieron por esas nimias razones.

(La grandeza de Reinaldo Arenas, la vulgaridad de Richard Blanco, Blog Zoé Valdés, enero  2013)

Monday, December 22, 2014

Om Ulloa vs. José Martí

Y ahora me atrevo a deciros, con toda mi irreverencia yanqui, que Martí, ese dios poético cubano, fue un gran comemierda, el pobre, cubanamente hablando, a pesar de escribir más o menos bien, a pesar de estar en todas las antologías, a pesar de haber regresado para que lo tumbaran del caballo. A pesar de ser cubano. O Cubano, si quieren, con mayúscula. Esencia “de lo cubano”, para muchos.
   Cometo la gran blasfemia y digo que a pesar de sus berrinches patrióticos, sus panfletos, su bigote exagerado tanto como las barbas perennes de nuestra era heroica, Martí fue un comemierda más, como todos nosotros cubanos varios, debatiendo hoy como ayer, queriendo ser apóstoles, poetas, libertadores, héroes, siendo sólo carne y hueso, carne de cañón, desplomados versos sencillos. Nosotros los cubanos, que somos sólo fragmentos del exagerado épico “de lo cubano”, sólo versos mal compuestos de un poemita en prosa —eso sí, bien musicalizado y geográficamente mal ubicado. Y de ese poema somos el coro, “cubanos”, la palabra trisílaba que aún espera definición, waiting for us to name it together…

(De lo cubano, Blog Penúltimos Días, enero 2013)

Friday, December 19, 2014

Luis Cino vs. Raúl Capote

Capote, en un intento de revivir el realismo socialista en plena posmodernidad, propone crear héroes literarios tomados de la cotidianidad, como por ejemplo, los profesores emergentes. O un personaje como él mismo. Por lo pronto ya tiene un libro escrito sobre sus experiencias como agente. Por suerte para la literatura, advirtió que su publicación puede demorar muchísimo. Explica sin pudor alguno que tiene el libro reposando, “hasta que me digan que puedo publicarlo, si consideran que es literariamente valioso”.  No hizo falta que aclarara quienes hacen tales valoraciones. No deja de ser conveniente que alguien, aunque sea los jefazos de Seguridad del Estado —qué remedio, alguien tiene que hacerlo—, le baje los humos literarios a un escritor tan presuntuoso.

(Un escritor con un ego muy grande, Cubanet, agosto 2011)

Thursday, December 18, 2014

Antonio José Ponte vs. “El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo Padura

A semejanza de La novela de mi vida, El hombre que amaba a los perros termina por desestimar la propuesta geométrica que establece al inicio. La novela frustra un ejercicio de intersección que prometía ser excelente. En ese ejercicio, el asesino de Trostki se acerca a un desconocido, Iván Cárdenas, para confesarse. El encuentro ocurre en una playa habanera y supondría la intersección del estalinismo, que utilizó a Mercader como brazo armado, y del castrismo, que lo acoge como huésped. Pero Padura huye de una posibilidad así y, aunque menos torpemente que en su libro anterior, se apresura a desdibujarla. Intenta que esta pregunta de Trotski citada por él no haga metástasis en la revolución cubana: "¿la dictadura fue una necesidad histórica insoslayable, la única alternativa del sistema?".
   Concluida la novela sabemos por qué Trotski se estableció en México, por qué Stalin ordenó matar a Trotski, por qué Mercader hizo de esbirro, pero desconocemos las razones que llevaron a Mercader a Cuba. Y no es que la cuestión no aparezca en varios momentos, sino que aparece como pregunta retórica, que no aguarda respuesta. O más exactamente, como pregunta horrorizada de encontrar respuesta.
   Nada se conjetura acerca del acuerdo entre partidos comunistas que tuvo que existir para que Mercader fuese a La Habana en 1974. ¿Qué simpatía pudo despertar en las autoridades cubanas el asesino de Trotski para que terminaran facilitándole la vida, con chofer incluido, hasta su fallecimiento? ¿Qué complicidad con Moscú obligó al gobierno cubano a aceptar tal desecho radioactivo del estalinismo?
   A nada de esto contesta Padura. Nada de esto se pregunta en su novela. Pese a su fama de buen cronista periodístico, olvida hacer la averiguación primordial. Pese a su fama de novelista policíaco, se despreocupa del enigma.
   Luego del asesinato de Trotski, El hombre que amaba a los perros, bien estructurada hasta entonces, se lee como una sucesión de epílogos que la hacen perder brío. Los paseos moscovitas del viejo Mercader junto a su antiguo tutor de la inteligencia soviética producen diálogos de mala novela histórica. Ambos recuentan sus campañas como historiadores, no como antiguos participantes. El develamiento de la biografía de Mercader se hace rebuscadísimo al exigir, además de los encuentros con Iván Cárdenas, un libro recibido misteriosamente, un manuscrito de Mercader en herencia y un narrador emergente que lo refiera todo. A lo que habría que agregar la frustración de la vocación literaria de Iván Cárdenas.
   Porque, años antes de coincidir con el hombre que pasea a los borzois, Cárdenas sufrió un encontronazo con la censura política a propósito de su primer y único libro publicado. A causa de ello, abandonó la escritura, y esa vocación frustrada equivale en su biografía a la muerte en la de Trotski, al crimen en la de Mercader.
   Padura reserva para la narración de estos hechos el mismo tono lamentoso que puede encontrarse en La novela de mi vida o en la serie del investigador Mario Conde. Cuando trata de tiempos cubanos más o menos recientes, las formulaciones a medias, el temor a rastrear causas y el pánico a otorgar responsabilidades lo inclinan a crear un ambiente lastimero, de autoconmiseración general. Es el horror que no osa decir su nombre. Con tal de ahorrarse averiguaciones riesgosas sobre el mal, el novelista convierte en pobres diablos a todos sus personajes.
   Lo político resulta aclarable en La Habana de Tacón o en el Moscú de Stalin. En la Cuba posterior a 1959 esas aclaraciones se hacen hipocondría y meteorología. Algo anda mal, y habrá de ser cosa del metabolismo o del clima. La responsabilidad política se volatiliza (de ahí el huracán con que se inicia esta novela y los ciclones y tormentas de otras) o se encona: la úlcera de Mario Conde, la enfermedad terminal de la esposa de Iván Cárdenas… Chacharear con delectación de inválido sobre dolencias y corrientes de aire permite no caer en el diagnóstico, no enunciar las causas. Un hábito francamente contraproducente cuando el autor aspira a la novela de ideas.
   (La relación entre clima político y meteorológico circuló hace unos años como parlamento de una pasajera, anciana y negra, en una guagua de La Habana: "¡Qué calor hace en este gobierno!". Frase con equivalente en el refranero italiano: "Piove, porco goberno".)
   Igual que Trostki y que Mercader, Iván Cárdenas ha sido aplastado. Su caso, sin embargo, queda a medio investigar. Despierta interrogantes de poquísimo alcance, y ni siquiera el propio personaje parece sentir curiosidad por su vida. De manera que resulta depositario del secreto del anciano asesino y es incapaz de sacar de ese secreto las debidas conclusiones. No se atreve (varias veces alude al miedo) a extender hasta él mismo aquella historia.
   Ramón Mercader e Iván Cárdenas se cruzan defectuosamente, no por lo inverosímil que puedan parecer sus encuentros o la confesión que media entre ellos, sino por lo infecundo de sus resultados. Tal como hiciera ya en La novela de mi vida, Padura desvía la atención del problema esencial. Distrae a sus lectores con el escándalo de que en Cuba fue ocultada la terrible historia del comunismo, y deja incontado el escándalo de cuánto se repitió (y repite) allí esa misma historia.
   ¿Qué iba a hacer, si quería publicar su libro dentro del país, si quería cumplir el sueño de aquella tarde en la Feria? No era recomendable entonces que formulara preguntas incómodas (así y todo, la novela contiene varias), habría de ser cuidadoso en sus investigaciones.
   En tanto autor, Padura hizo algunas concesiones que le trajeron satisfacciones de distribuidor. Sacrificó expresividad literaria por dotar a su novela de una tranquilizante circulación nacional. Y después de traicionar a sabiendas la historia que contaba, pudo presumir de ello. Solamente así alcanza a entenderse su confianza en que "la forma en que estaba escribiendo este libro" le proporcionaría edición en el país.
   Sin embargo, podrá convenirse en que la novela habrá de ser útil a quienes desconozcan en Cuba la verdadera historia del comunismo soviético. Y el autor no habría podido alcanzar a ese público de no haber apaciguado (que no complacido) a los censores. Pero una justificación así podrá valer para sociólogos, no para la crítica que se muestre más interesada en la formación de un libro que en la formación de un público.
   En la nota de agradecimiento publicada al final de su novela, Leonardo Padura reconoció su intención de novelar cuán traicionada fue la gran utopía del siglo XX. Entendida de este modo, El hombre que amaba a los perros es la novela traicionada de una utopía traicionada.

(El asesino de Trotski, en una feria de La Habana, Diario de Cuba, marzo 2011)