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Friday, August 12, 2016

Jorge Camacho disputa la autoría de un cuento de José Martí

Recientemente en la nueva edición de las Obras completas de José Martí, que está editando el Centro de Estudios Martianos de La Habana, se publicó el cuento titulado “Irma” que los especialistas del Centro atribuyen a la pluma del cubano. Este cuento lo dio a conocer Víctor M. Heres en 1942, en la revista Archivo de José Martí, y desde entonces los especialistas han tenido dudas e incluso han negado su paternidad. Porque como se sabe, Martí no era un “cuentista,” ni se movía con facilidad en este género a pesar de que es cierto que escribió y tradujo algunas piezas de este tipo. No obstante, en el año 2000, el crítico Ricardo Luis Hernández Otero retomó unas investigaciones que ya había comenzado en los años 70, y publicó este cuento en el Anuario del Centro de Estudios Martianos, junto con una breve nota donde explicaba por qué él creía que había que considerar este cuento como de la pluma del cubano.
   Las razones que dio entonces eran que no debíamos “continuar ignorando” 1) que “existe un cuento con la firma de José Martí y la indicación al pie Nueva York, donde nuestro José Martí residía desde hacía varios años”, 2) que “dicho cuento fue publicado en 1885 en una revista habanera dirigida por un español a quien nuestro Apóstol había fustigado desde México, había conocido después en La Habana”, 3) que “en la misma revista aparecería en 1888 otro texto suyo, este sí con la indicación precisa de la publicación de donde había sido tomado (de la cual era redactor principal, a veces único, José Martí)”, 4) que “el cuento que se analiza fue dado a conocer como suyo en la revista especializada Archivo José Martí en 1942; y sin embargo, no sólo no se le ha incluido en sus Obras completas…” (11).
   Todas estas razones, que se entenderían mejor si se lee todo el artículo de marras, llevaron a los especialistas del Centro de Estudios Martianos a incluir en su última edición de las Obras completas, “el cuento titulado «Irma», de reciente adjudicación a Martí como autor” (OC 17, 6), con una breve historia al final poniendo por todo lo alto esta investigación. Hasta Encuentro en la red se hizo eco de esta historia y publicó la noticia del supuesto hallazgo.
   ¿Cuál es el problema entonces? El problema es que este cuento NO es de Martí. El cuento fue escrito y aparece con este mismo nombre, en el libro del escritor colombiano Santiago Pérez Triana (1858-1916) Reminiscencias tudescas (1902). Lo único que falta en la versión que se le atribuye a Martí es el primer párrafo del cuento, la cita en alemán que lo encabeza y algunas frases que están modificadas. El resto es exactamente igual. Esto nos dice que no es un cuento de Martí y que seguramente fue una versión anterior que Pérez Triana publicó en algún periódico y luego fue mal atribuida al cubano.
   Juan Valera (1824-1905), el famoso crítico español, fue quien escribió el prólogo de la obra y ya entonces aclaraba que el libro presentaba animadas pinturas de “la vida y costumbres universitarias en Alemania”, adonde fue a estudiar Pérez Triana —y no fue a estudiar, por supuesto, Martí, como alguna vez se preguntó Hernández Otero. Su libro —no sólo este cuento— es una especie de tributo a los alumnos y profesores que conoció en aquel país. Varela explica, además, lo que quienes leían el cuento como si fuera del cubano, no podían entender. El “purismo” de la lengua de este escritor, —purismo entendido como dice Varela, en una forma “amplia y liberal”, pero al fin y al cabo, purismo, que no se aviene con la “selva” martiana, ni con el estilo metafórico de sus crónicas por esta época.
   Todo el libro de Santiago Pérez gira, por tanto, alrededor de su experiencia de estudiante y los títulos de los cuentos nos dan una idea de lo que dicen. “Irma” es el primero y comienza con una cita de Schiller. “Otto” es el segundo, y comienza con otra cita de J. V. von Scheffel. “Karl” es el tercero, y está acompañado de una cita de Goethe. El cuarto, “Hans” comienza con una cita de Uhland. El quinto, “Herrmann” con otra de una canción popular Volkslied, y el sexto y el séptimo, con una de Schiller, y otra de Hoffmann von Fallersleben. Todas están en el idioma original, en alemán, que Martí tampoco hablaba, ni nunca escribió.
   ¿Por qué se publicó entonces este cuento con la firma de Martí en la revista La Lotería de La Habana? No lo sé, pero algo nos debe decir que Martí haya fustigado a su editor, un integrista, desde México. No tengo entonces que repetir que el cuento “Irma” está mal atribuido al cubano, y si algunos críticos lo pensaban pero no tenían la prueba, aquí está. Espero que ahora que sabemos quién es el verdadero autor, los editores de las Obras completas de Martí lo retiren de sus páginas y nunca más vuelvan a mencionar su nombre.

(Historia de un error. Cubaencuentro, abril 2016)

Thursday, August 11, 2016

Arcadio Díaz Quiñones vs. Cintio Vitier

Pero es difícil, si no imposible, entablar un diálogo abierto sobre estos problemas, si se enmarcan, como lo hace Vitier, en la crispada polarización de “amigos” y “enemigos”, “patriotas” y “traidores”, y si se acepta la premisa inquisitorial de que hay tesis “tan inaceptables como peligrosas”. ¿Cómo leer y debatir si incluso algunas citas pueden delatar imaginarias “traiciones” de un enemigo permanentemente agazapado que se infiltra hasta en los textos de un intelectual tan admirable, y tan respetuoso de la independencia crítica, como Angel Rama? ¿Podré citar alguna vez a Octavio Paz, algunas de cuyas descripciones políticas en ocasiones me parecen tan maniqueas y previsibles, pero cuya obra crítica es tan central y estimulante? ¿Será posible citar a un crítico cubano tan competente como Enrico mario Santí, o a un estudioso tan riguroso y lúcido como Roberto González Echevarría, ambos destacados intelectuales cubanos en el exilio, sin que se me ause de estar al servicio del Sr. Reagan y su política bélica? ¿A quién se puede citar sin ser “sospechoso”? No hay utopía nacionalista ni marxista, ni exilio militante, que justifique tal ejercicio autoritario.

(Cintio Vitier y “La Ciudad letrada”. Revista Contracorriente, año 1, No. 2, 1995)

Wednesday, August 10, 2016

Arturo Arango sobre ataques oficialistas a Leonardo Padura y Reina María Rodríguez

La escalada es interesante. Cuando Leonardo ganó el Premio Nacional de Literatura, nadie, que yo recuerde, se atrevió a cuestionarlo. Al obtenerlo Reina María, algo hizo clic y saltaron contra los dos (y no solo Guillermo [Rodríguez Rivera] fue al ataque). ¿Qué puede enlazar a Padura con Reina, además de la amistad generacional? Lo más visible, a mi juicio, es que ambos han escrito obras inconformes, adoloridas, críticas, centradas en la Cuba que han vivido. Es una cualidad que comparten con la mayoría de los escritores cubanos. Ellos dos, sin embargo, han ganado con justeza un enorme reconocimiento internacional. Por fortuna, el otorgamiento a Reina del Premio Internacional “Pablo Neruda”, en Chile, llegó a tiempo para acallar los ataques contra ella. Parecería que entonces la artillería recibió la orden de disparar sobre Leo.
   Y de verdad que no me gusta ser paranoico, pero las coincidencias son excesivas.

(Carta publicada en la red, mayo 2014)

Tuesday, August 9, 2016

Camilo Loret de Mola y el testamento de Fernández Retamar

Pero la profesora también ejercía sus funciones habituales de notario: testamentos, declaraciones juradas, matrimonios y declaratorias de herederos. En su afán por relacionarnos, siempre nos llamaba cuando el cliente era especial y así nos permitía conocer a personas extraordinarias como los increíbles Abilio Estévez y Leonardo Acosta, los jefes de la mafia de los “moros” (Elías Fayad, Levi Farah y el doctor Asseff), o los dueños de “paladares” como Manolo Robaina y Julita la China.
   Una tarde me pidió que la acompañara pero con la condición de que le diera duro al cliente que le reclamaba para hacer un testamento. En el camino, constantemente, me repetía que el tipo le caía mal y no podría demostrárselo mientras le leía la futura distribución de sus pinturas famosas y sus muebles de estilo bien restaurados. Me pedía, en resumen, que hiciera el papel del sobrino imprudente, del no invitado que se atraviesa y tumba la fuente o rompe el adorno.
   Roberto Fernández Retamar nos recibió en una vieja casa del Vedado, una hermosa construcción de principios de siglo, meciéndose en el trono de moda entre los poderosos de la Revolución, un sillón nicaragüense con respaldar tejido. El hombre nos dedicó una larga explicación sobre los motivos que lo llevaban a adelantarse a su muerte, contándonos de la enorme biblioteca que el contador de su padre le dejara como herencia y de lo inútil que fue sentirse dueño, de repente, de todos aquellos tomos.
   Luego comenzó a presumir de los grandes intelectuales intestados que le había tocado sufrir y allí mismo se desató mi lengua, molestándolo con el ejemplo de Dulce María Loynaz, a quien le arrebataron los últimos días de una casa familiar. Retamar me ripostaba que aquella casa perdida era una locura, con escaleras de pasamanos que pinchaban cuando te aferrabas a ellos. Le repliqué que aquellos eran los pasamanos que los Loynaz habían preferido diseñar, los que decidieron usar como un laberinto personal y que tal vez alojaban instrucciones para los intrusos que desconocían los códigos.
   Retamar desvió el rumbo como buen dirigente, y empezó a hablar de la dudosa actitud de Dulce María, de amoríos mal vistos o insinuaciones homosexuales que pudieran perjudicarle su estancia en el Parnaso de los poetas del patio. Antes que terminara de referirse a un almuerzo inconcluso con Gabriela Mistral le contraataqué con una metedura de pata del momento, que presumía tenía su rúbrica: un romance mal contado que si había provocado revuelos nada comunes.
   En un intento por rescatar la figura enamorada del segundo jefe de la expedición del yate Granma, la prensa oficial había publicado un epistolario del mártir con su amante, Pastorita, la primera dueña de todas las casas que tuvo la revolución. El homenaje a la veta romántica del periodista, que luego de rendirse en el primer combate fue asesinado en Alegría de Pío, no contó con la reacción airada de la viuda e hija de Juan Manuel Márquez, que obligaron al Órgano Oficial del Partido Comunista a publicar una inusual disculpa pública.
   Retamar, ya bastante molesto a esas alturas, se lavaba las manos: no había sido consultado pero al final le había tocado un poco de la culpa. Pero eso no era una metedura de pata, se había actuado de buena fe; otras cosas eran peores según él, como la traición intelectual, como Jesús Díaz que daba la espalda a su generación y que desde el viejo continente ahora atacaba a la Revolución, era un perro, un oportunista que con su traición había perdió la inspiración y que todo lo que escribía ahora era basura.
   La profesora no se pudo abstener y ripostó asegurando que había disfrutado de ciertas Palabras perdidas, que muchas escenas de esa novela eran un fiel retrato de la Universidad y la guerra por los postgrados y los viajes; hasta se atrevió a identificar por sus verdaderos nombres a los personajes principales de una obra que, evidentemente, molestaba a Retamar. El barbado flaco de piyamas a rayas se levantó del trono: ¡que le dijeran donde había que firmar para que nos fuéramos de una vez!
   Ya en la calle con el testamento bajo el brazo, unos folios donde quedaba claro qué hacer con el Lam que desde la pared de la sala había presenciado nuestra expulsión, mi querida profesora me consolaba: nos echó pero le pegamos.
   La profesora vive hoy en España, trabaja en otra universidad porque la intolerancia le impidió seguir en su querida Habana. Yo repaso en el exilio aquel encuentro casual. Y Retamar, quizás desde el mismo sillón, sigue atacando a los que piensan distinto, ya sea en Valparaíso o en Internet. No distingue si son Sánchez o Montaner, los quiere fuera de su casa, que a veces disfraza como si fuera la de todas las Américas.

(Prólogo a un testamento. Blog Penúltimos Días, marzo 2010)

Monday, August 8, 2016

Enrique del Risco vs. Abel Prieto

“-¿Viste lo último que dijo Abel Prieto?
   -No. Todavía me estoy riendo con lo penúltimo.
   -¿Lo de que la cultura cubana era una sola, como las madres?
   -No. Que en Cuba los opositores no aparecían muertos en las cunetas. Ahora tiene que demostrar que Payá no era un opositor o que la cuneta donde murió todavía era parte de la carretera.
   -Sí pero todo eso lo dijo cuando todavía era ministro. Ahora en el retiro se ha puesto todavía más imaginativo.
   -¿Y cuál es la nueva ocurrencia de Melena de palo?
   -Ahora dice –y te lo cito textual para que no me digas que estoy inventando cosas- que “En los cubanos no hay un solo chiste que aluda a la Revolución, ni a delaciones ni a presos de conciencia, ni a personajes escindidos", y que los chistes de los cubanos "apuntan a las carencias o a la emigración", pero "de forma benevolente, perdonadora, sin rencor ni hiel".
   -Esa es buena. Como decir que la Tierra es plana.
   -Bueno, eso era más o menos lo que se decía hasta que el viaje de Magallanes lo cambió todo.
   -Pero fue porque la noticia de lo de Magallanes no apareció en el Granma. Si no el titular hubiera dicho: “Elcano, mercenario al servicio del imperialismo, acaba de jorobar la Tierra”.
   -Sí, pero al menos tú miras por la ventana y la tierra te parece plana, sobre todo si estás en Miami o Camaguey pero los chistes… ¿Qué nos queda a los cubanos sin los chistes?
   -Ser Corea del Norte. Ese debe ser el sueño de Melena de Palo: un país en el que a la gente la jodan y en la casa donde nadie los oiga se pongan a alabar la sabiduría del primer Castro que le pongan delante.
   -Sí pero ¿Cómo tú puedes ignorar los chistes? En Cuba los chistes están por todos lados.
   -Es que a lo mejor sabiendo que Abelito era del gobierno los vecinos, además de no decirle quién vendía carne de res  lo mantenían a dieta con los chistes. Le contarían cuentos en que Pepito le decía a Fidel: “Comandante en jefe ¡Ordene!”
   -¿Y dónde está el chiste ahí?
   -En que Abel Prieto siga pensando que la Tierra es plana. Plana y con cunetas por los costados. En alguna parte habrá que meter a los opositores”.

(Chistes. Blog Enrisco, octubre 2012)

Friday, August 5, 2016

Lina de Feria vs. el Premio Nacional de Literatura

Decididamente, y esto no es hablar mal de la literatura cubana, se ha visto en los últimos premios que no hay que ser un buen escritor para ganar el Premio Nacional de Literatura. Eso está determinado por otras circunstancias. A veces, por la decisión del jurado, que decide que alguien de su generación salga premiado. La calidad de ese premio ha estado muy deteriorada en los últimos años.

(“No hay que ser buen escritor para ganar el Premio Nacional, entrevista”. Cubaencuentro, noviembre 2005)

Thursday, August 4, 2016

Juan Abreu vs. la metatranca

Mucha metatranca. Es la mejor manera de definir el pensamiento intelectual del Hombre Nuevo Cubano. La literatura ha desaparecido en la isla, como se sabe, no hablemos ya del pensamiento intelectual. No hay literatura sin libertad y no hay pensamiento intelectual sin libertad. ¿Se escribe en Cuba para las gavetas, como en mis tiempos? No lo sé. Si se hace, naturalmente, habrá que evaluar lo escrito cuando salga a la luz. La literatura de gaveta produjo en Cuba obras maestras en los setenta sólo hay que mencionar Otra vez el mar.
   Pero de lo que quería hablar era de la metatranca. Que ha infectado la literatura cubana sobre todo la ensayística. Es fácil identificar a los escritores cubanos infectados de metatranca: no pueden escribir un párrafo sin citar a diez filósofos o usar veinte veces la palabra postmoderno, que como todos sabemos no quiere decir nada. Es difícil encontrar algo escrito por cubanos educados castristamente, libre de metatranca. La metatranca es el sello de identidad de la intelectualidad cubana si tal cosa existe.
   Lo mejor de la metatranca es, por supuesto, la palabra metatranca, formada por la unión de las palabras metafísica y tranca. Esta última palabra en la pavorosa quiere decir paliza, madero con el que se atrancan las puertas y genital masculino, entre otras cosas. Unida a metafísica, adquiere el significado de verborrea petulante e intragable.
   El chimpancé pavoroso es bruto, cobarde y vulgar, pero no se puede dejar de reconocer que a veces es ingenioso, como prueba la palabra metatranca.

(Blog Emanaciones, enero 2016)

Wednesday, August 3, 2016

Manuel Sosa vs. Norberto Fuentes y Senel Paz

Desde luego, hay que reconocer que el autor de Condenados de Condado disfruta de ese limbo estamental en que él mismo se situó luego de abandonar la corte isleña. Goza lo mismo que ha de gozar aquel que le presta la esposa al gigoló, sin participar participando, observando cada detalle detrás del cortinaje. Sabe que puede salir y detener las acciones, si quiere. Después de todo, es su esposa.
   Rozando sin rozar, acariciando sin acariciar, paladea la ambigüedad por obligación, y es que su destierro (que ya había comenzado en 1989, dentro de la corte) no vino por hacer cosa contestataria alguna, sino por haber estado donde no debió. De igual modo podría vincularse al escudero con la desgracia del paladín: el sujeto es inconveniente por asociación, sin que haya movido un dedo.
   La crítica hacia sus libros siempre nos estampa esa extrañeza, ese no creer lo que parece ser. A medio camino entre lo servil y lo irónico, escudriñado por lectores y críticos que se quedan con la boca abierta, y se preguntan: ¿Pero, es posible que este hombre pretenda dar testimonio de su propia desfachatez, de esta manera?
   Reconozco que no abunda esa sensación de tratar con un cronista al que leemos más para despreciar más. Y que siempre nos suelta perlas informativas, sólo accesibles a un falderismo de su nivel. Eso está bien; para eso es que se escribe, al fin y al cabo.
   Da gusto ver cómo Fuentes le entra al fomentense Paz, tras desilusionarse del concepto que no llegó a ninguna parte por medio de En el cielo con diamantes. El mismo Norberto de siempre, con su veta de adjutant, usando las terminologías que él solo ha paladeado hasta el cansancio: bandidos, contrarrevolución, combatientes. Su crítica literaria es bien práctica: el fomentense debió definir una franja y no posarse sobre el borde; el fomentense oculta lo evidente gracias a su estilo; el fomentense se limita a darle brillo a la Gran Vitrina. Estamos de acuerdo en que el libro no funciona, como no funciona el fenómeno retórico al que pertenece el fomentense. Pero nuestras razones van más allá de lo que son las expectativas del lector Norberto. La falsedad, por supuesto; es inevitable no reparar en ella. Su prosa tiene conciencia de sí, y persigue un sistema que se funda sobre símbolos y alegorías obvias. El fomentense no da para más.
   Y cómo no sonreir al comprobar que los razonamientos de Fuentes no se alejan de factores corporales “culito, nalgas, verga”. Sabemos que sus análisis comparativos dependen de larguras, abultamientos, grosores. Nadie como él para gastar tiempo anotando esos detalles.
   Hay que advertirle un par de cosas a Fuentes, dejando la novela a un lado. La llamada contrarrevolución sí que ha logrado su “producto literario” en Cuba. Está latente en todo lo que la oficialidad ha negado. Está en todo lo que acecha, y no se publica. Está fuera y dentro, defendiéndose de la retórica positivista que nos meten todos los días. Quizás estemos muy próximos para darnos cuenta.
   La otra cosa: entre Alberto Delgado y Julio Emilio Carretero, me quedo con el segundo. Le regalo el primero a Fuentes, con soga y carné y Corrieri y todo.
   Y tendremos que releer Dulces guerreros cubanos en la primera ocasión que se nos presente. Por eso de la extrañeza y la incredulidad, para que no se nos esfumen.

(Norberto Fuentes le agita la merienda a Senel Paz. Blog La Finca de Sosa, agosto 2007)

Tuesday, August 2, 2016

Jorge Camacho vs. Graziella Pogolotti

Para concluir, aclaro que mi objetivo en un principio era dar a conocer estas crónicas de Carpentier y resaltar la importancia que tienen dentro del corpus general de su obra. Originalmente mi idea había sido publicarlas junto con este ensayo, mi traducción al español de las mismas, y las fotografías que las acompañan. No obstante, la Fundación Alejo Carpentier, que dirige la señora Graziella Pogolotti, puso tantas trabas para autorizarnos a publicar estas crónicas que lamentablemente no lo pudimos hacer. Primero pidieron que se les enviaran las crónicas sin ningún compromiso de publicación. Después, como me negara a hacerlo hasta después de que salieran en la revista, pusieron como pretexto que tenían que autorizar mi traducción y para esto, por supuesto, necesitaban que se las mandara. Les pedí entonces que suscribieran un documento previo, autorizándonos a publicarlas en francés si no autorizaban mi traducción al español. Le dimos como plazo una semana para que la revisaran. Pero finalmente decidieron que no lo harían y que el plazo era muy corto. Por este motivo, no tenemos más remedio, dado que la fundación posee los derechos universales de su obra, --como me indicó en un mensaje electrónico la señora Pogolotti – que citar fragmentos de dos de ellas como corresponde a la doctrina de “fair use” en la academia norteamericana. Todo esto, sin embargo, nos obliga a preguntarnos si realmente la Fundación Alejo Carpentier está interesada en difundir la obra del escritor que representa, o si detrás de estas evasivas y silencios se esconde la política dura y pura de Estado cubano y de sus intelectuales comprometidos a quienes no les interesa ni el surrealismo ni el anticomunismo de Carpentier. Para ello basta recordar lo que escribió Roberto González Echavarría a propósito de las Cartas a Toutouche (2010) publicadas recientemente en La Habana y México. Como dice  González Echavarría en su reseña, el texto introductorio de Graziella Pogolotti está “plagado de omisiones, reticencias, vaguedades y evasivas”. La señora Pogolotti, sigue diciendo, pasa “como gato sobre ascuas en lo referente a la militancia de Carpentier en el grupo, luego partido político antimachadista conocido por el ABC, de centro-derecha y rival de los comunistas, que es el descubrimiento más sorpresivo y revelador en este volumen.” Esta actitud por consiguiente no es fortuita, y tengo para mí que responde al miedo de los burócratas y herederos absolutos de su patrimonio a airear aquellas zonas en conflicto con su propia ideología. Esperemos entonces que algún día se decidan a publicar estas crónicas que merecen figurar en sus Obras completas.

(Alejo Carpentier en Le Phare de Neuilly: Tres crónicas nuevas en francés. La Habana Elegante, segunda época, 2014)

Monday, August 1, 2016

Haroldo Dilla vs. “Antología del pensamiento crítico cubano contemporáneo”, coordinada por Jorge Hernández Martínez

Su introducción, no por equívoca, deja de ser sincera: una antología de lo que denomina “pensamiento contemporáneo crítico cubano” pero limitado a lo que JH llama “…un grupo de figuras cuya producción intelectual se define por el compromiso consecuente con la reflexión sistemática sobre las problemáticas de ese país y del entorno latinoamericano.” Lo que implica —desde su no explicada óptica— descartar a autores que (cito) “…han abrazado un proyecto de vida que les ha apartado de dicho compromiso (¿?), y se han colocado en posiciones de confrontación con el pensamiento crítico” a los que en algún momento llama neoliberales, en otro derechistas y luego antipopulares. De manera que JH, de un golpe censura toda una vastedad de posicionamientos con un par de etiquetas sonoras y ubica en la parcela de los “enemigos” a todos los que disienten de alguna manera de las estructuras de poder que rigen en Cuba, pues al disentir, dejan de ser pensamiento crítico y además cubano. Lo crítico aquí es justamente lo que no es crítico, es decir un espacio quejoso consentido que adorna al poder establecido y opera, para el exterior, como el típico florero en la ventana en las viejas tretas de espionaje.
   Obviamente esto no es culpa de los autores beneficiados por la selección de JH. Entre ellos hay clásicos del pensamiento radical cubano al estilo de Ernesto Guevara, Carlos Rafael Rodríguez y Raúl Roa. Y ensayistas que ciertamente han acompañado decorosamente algunos momentos de inflexión en el pensamiento social cubano, como son los casos de Fernando Martínez, Aurelio Alonso, Carolina de la Torre, Fernández Retamar y Ambrosio Fornet. Todos ellos constituyen lecturas interesantes y fundamentales para entender la evolución postrevolucionaria cubana, no importa si estamos o no de acuerdo con ellos. Pero sus valores no justifican el criterio sectario y anti-intelectual que identifica al pensamiento crítico cubano con su avenencia fundamental con el sistema político insular. Fuera de ellos hay mucho pensamiento, muy crítico, y obviamente muy cubano. Reconocer esto es muy saludable para una sociedad donde sobran los clivajes y escasean los puentes.
   En realidad la poda desprolija decretada por JH es tan excluyente que no sólo deja fuera a quienes antagonizan al sistema desde el mundo de las ideas —lo cual ya es en sí lamentable— sino también a pensadores y académicos —con obras calificadas y respetables— que solo han aspirado a reformas de un socialismo que han considerado perfectible, pero desde decibeles críticos que seguramente molestan los tímpanos de los oficiales de la ideología. ¿Es posible, me pregunto, hablar de pensamiento social en Cuba sin tomar en cuenta lo producido desde Pensamiento Crítico en los 60, desde el Centro de Estudios sobre América en los 90 y desde Espacio Laical en el presente siglo? Obviamente es posible pero a un alto costo, y JH lo acaba de demostrar regalándonos una verdadera amputación ideológica propia de los tiempos grises.
   Hay finalmente un aspecto que me parece particularmente bochornoso. En un momento en que la intelectualidad cubana comienza a identificarse con la naturaleza transnacional de su sociedad, lo que significa echar a un lado los espantajos de quien-se-fue y quien-se-quedó, la antología se aboca a una visión insularista. Que omite una realidad palpable en los documentos online de cualquier biblioteca importante: fuera de los límites territoriales insulares, los intelectuales cubanos han generado un universo de ideas de altísima calidad, y sin el cual no se completa el pensamiento social crítico nacional.
   Lo curioso es que se trata de un libro que prescinde absolutamente de estos autores, sino que los autores invitados omiten —salvo unos pocos casos en que Jorge Domínguez es citado— todo tipo de referencias a pensadores ultramarinos en el tema tratado, a pesar de que lo que escriben estuvo precedido por obras monumentales de estas personas. Manuel Moreno Fraginals, Carmelo Mesa Lago, Eusebio Mujal, Marifeli Pérez Stable, Levi Marrero, Lidya Cabrera, Velia Cecilia Bobes, Rafael Rojas, Carlos Moore, Alejandro de la Fuente, entre otros muchos, jóvenes y menos jóvenes, vivos y fallecidos, son parte de este pensamiento y obviarlo solo conduce a la mezquindad y al empobrecimiento.
   Y por eso, la antología resulta una obra empobrecida. No quiero dejar de reiterar la riqueza de algunos ensayos que marcaron una época en el pensamiento social. Sin mencionar a los clásicos, ensayos como el de Carolina de la Torre o Ambrosio Fornet tienen todas las credenciales para aparecer en una antología del pensamiento social cubano. Aunque más escrupulosamente académico, creo que el artículo de Mayra Espino es una muestra decorosa. Y con seguridad hay otros de alta calidad que no he podido leer. Pero llamar pensamiento social a las construcciones anecdóticas ideologizadas y los diletantismos de buena parte de los autores me parece deplorable. El libro no trascenderá sencillamente porque es fundamentalmente malo, muy por debajo de otras colecciones similares que ya aparecen en la página de CLACSO. Muy por debajo de lo que es el pensamiento social cubano.

(¿Pensamiento crítico cubano?: una antología deplorable. Cubaencuentro, febrero 2016)