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Monday, December 14, 2015

Gilberto Padilla Cárdenas clasifica a ciertos escritores de la UNEAC

Los vampiros del Hurón Azul: A diferencia de las criaturas librescas de Bram Stoker —que se alimentan de la sangre de otros seres vivos—, los vampiros literarios cubanos son necrófagos: solo chupan cadáveres. Así, de un tiempo a esta parte, uno siempre se encuentra con autores que convierten su relación con los famosos —preferiblemente difuntos— en materia de libros. (La nómina es bastante grande en nuestro panorama editorial, que no abunda en biografías, pero sí en autobiografías solapadas.) Ya saben, la épica de la revista People: “Lezama me regaló personalmente un rollo de papel higiénico”; “yo conocí al negro que sodomizó a Virgilio Piñera en la posada de la calle Amargura”; “yo le sonreí a Guillén y Guillén me sonrió a mí”; “yo me acosté con Wichy Nogueras”, etc. Autores que optan por recordarse todo el tiempo al lado de otros escritores como forúnculos, algo que solo suele ocurrir con los difuntos, los Premios Nacionales de Literatura y los merecedores de una Feria Internacional del Libro. Porque, hay que decirlo: a pesar de que las tres opciones son aciagas, generan cuartillas y cuartillas de memorias y ditirambos.
   (Estas evocaciones por parte de segundos y terceros tienen una invariante: la necesidad de imponer el personaje a la persona. No se publican páginas de los que testifican, por ejemplo, contra la Mirta Aguirre que se convirtió en el terror de la Facultad de Artes y Letras: analizó, calificó y expulsó a todo aquel que pareciera un “homosexual inteligente” —imagino que para Mirta esta categoría era el reverso del “intelectual orgánico”.)
   La cofradía YOnqui: Escritores cubanos que terminan como patéticos adictos a sí mismos, es decir: como YOnquis del yo. Recuerdo a Pablo Armando Fernández entrando y saliendo de cámara en Virgilio Piñera en persona: “La primera vez que lo vi estaba con Severo Sarduy (…). Solo intercambiamos algunas frases. Al día siguiente Severo me comentó: `Oye, impresionaste al Maestro. Tan pronto como te fuiste me preguntó quién era ese joven tan apuesto´”. Y si hay algo que no falta en un texto YOnqui, ese algo es la conversación desclasificada. Cosas del tipo: “Virgilio me contó que todas las noches, antes de acostarse, tiraba al piso sus chancletas y de acuerdo a como cayeran, sabía cómo iba a ser el día siguiente. Si las chancletas pronosticaban un mal día, sus salidas a la calle eran solo para las necesidades lógicas, e iba bajo una gran tensión”. (Desaparecida la crítica literaria dentro del agujero negro de las universidades cubanas, su ausencia deja un espacio libre demasiado grande, tan vasto que cabe hasta la “epistemología de la chancleta”) Porque los escritores YOnquis son como médiums a los que hay que aguantarles la revelación. Y su gran proeza estilística está en, o bien pasar de la tercera persona del singular a la primera, o bien del “nosotros” al “yo”.

(Vampiros y yonquis piñerianos. On CubaMagazine, enero 2015)

Friday, December 11, 2015

Emilio Ichikawa sobre “El canon cubano” de Roberto González Echevarría

Roberto González Echevarría se ubica, con saber de causa, al otro lado de aquellos que aseguran que la literatura, el arte en general, es capaz de soportar un escrutinio científico: linguístico, económico, estadístico, sociológico. Aquí, entre los sociologismos, se ubicarían las escuelas marxistas, cuyo contextualismo utiliza González Echevarría ocasionalmente, de modo pragmático, como cuando somete Tres tristes tigres a una suerte de veredicto clasista en la tesitura del más ortodoxo marxismo. Después de captar la esencia de esta novela como una «mueca linguística», afirma: «El discurso de Cabrera Infante emerge de un profundo resentimiento de clase que se manifiesta en un antiintelectualismo virulento —es el querer épater denigrando la literatura en favor del cine, y deformando los nombres de escritores y filósofos hasta el cansancio—» (Encuentro, nº 33, p. 15).
   El profesor confía en el «gusto» literario, un juicio formado en base al disfrute empírico y sostenido de la obra de arte, donde participan elementos tan importantes como la sensibilidad del receptor, la casualidad, la amistad y demás ciclos biográficos de quien, en este caso, lee.
   Y aquí se producen algunas cabriolas («vueltas de carnera», en cubano) que ponen en vilo la previsión de la consecuencia. Resulta que la posición cientificista, que debería proponer una lectura e interpretación con resultado monovalente (una pretensión lógica de «verdad demostrada», como es tradicional en la ciencia), cae en el relativismo: las muchas lecturas y la muchas interpretaciones, que son el resultado obligado de la existencia de «muchas» literaturas. Aparece aquí una ciencia deformada y promiscua respecto a su ideal autónomo moderno, pues ya no trata de ser verdadera o exacta sino justa. El Derecho, por su parte, degenerará en sentido contrario anhelando ser «científico», como el sexo, la cocina y las vacaciones.
   Este resultado le viene al cientificismo relativista literario por la predeterminación política y, en lo epistémico, por tratar de suponer que, en tanto sociedad, la verdad es el historicismo y lo correcto el multiculturalismo.
(…)
   González Echevarría ha estudiado a los «cientificistas» pero escoge otro rumbo. Se afinca en la impresión, el sentimiento intelectual, el amor al arte (en sentido estricto y rigurosísimo) y, sin embargo, no arriba (como parecería lógico) al relativismo que desde Hume otorga el sentimiento, sino al «canonicismo», al «absolutismo».
   Y otra voltereta más, casi de mareo: el ser un «sujeto privilegiado del canon» lo lleva a la proclamación retórica de la modestia, derivando así una ética de la lectura formalmente tolerante si consideramos el método de establecimiento del canon (la libre interpretación, el juego intelectual) pero no el resultado, que es la formulación de un recetario en términos ya no de lecturas correctas e incorrectas, sino de lecturas malas y buenas. En el ejercicio de esta facultad, González Echevarría no es sólo, como él mismo acepta, «el portero», sino más bien el «pitcher». Según cuenta, reseñó cierta vez para el Times una novela de la escritora dominicana Julia Álvarez que calificó como «mala»; uso categorial que nos habla una vez más de una ética de la literatura más que de una ciencia de la obra de arte.
   Es decir, hay una consecuencia moral que deriva directamente del proceso de leer y que funciona más allá del libro. Como vemos en el propio homenaje que la revista Encuentro organiza al profesor, ese desbordamiento moral alcanza cuando menos una ética de la amistad, a una filia de profesión. La simpatía moral que transpiran los textos encargados y escritos a propósito de Roberto González Echevarría, incluyendo el que es de su autoría, nos habla más de una familia letrada que de la ya humildemente utópica ciudad que nos legara Ángel Rama.
   Ahora bien, después de todo esto viene el giro hacia el suelo. Es cuando la autoridad canónica se introduce por la puerta del fondo, a través de un pudoroso ejercicio de inspiración hegeliana. Refiero el restablecimiento del autoritarismo canónico citando las propias palabras de Roberto González Echevarría al final del ensayo «Oye mi son: el canon cubano»: «Mis juicios son míos, pero me inclino a pensar que son los de muchos otros, que obedecen a categorías que trascienden mis gustos, a imperativos que son tan categóricos como puede ser lo humano…» (Encuentro, p. 18).
   Es decir, cuando el espíritu hegeliano adopta su fase estética, específicamente literaria, muy específicamente la fase de literatura latinoamericana y cubana, ese espíritu invade platónicamente el corpus accidental de Roberto González Echevarría; entonces el autor se convierte en canal y, astutamente, lo absoluto empieza a hablar con aparencia singular a través de él desde un hermoso campus de New Haven. O desde sus cielos, a la manera de un criticista Saint Exupery. Lo subjetivo deja de serlo y deviene universal, canónico.

(En vez de maldecirte. Encuentro de la cultura cubana, Nos. 43/35, otoño-invierno, 2004-2005)

Thursday, December 10, 2015

Fermín Gabor vs. una delegación oficial de escritores

Cintio Vitier, que hubiese quedado tan bien ocupándose de la leyenda del que "sin sacudirse el polvo del camino" corrió hasta la estatua, se encontraba inservible, francamente enfermo. Algunos otros artículos de exportación certificados por el CAME tenían que permanecer en La Habana apostados en los festejos del Premio Casa de las Américas: Retamar, Pablo Armando, Barnet, Nancy Morejón (Dios mío, ¿cómo pueden perpetrarse estos versos suyos que acaba de publicar La Gaceta de Cuba en número dedicado a la escritura femenina: “Las florecitas violeta del breve patio simulador / empujaban sus cuerpecitos violáceos / hacia la puerta abierta de par en par. / Las florecitas no volvieron a hablarse nunca más. / Las ramas estaban desoladas / pero las florecitas aparentaban tener una quietud / la quietud de las madrugadas inofensivas de otra época”?)
   Sin embargo, quedaban suficientes oficialistas de segunda fila de los cuales sacar una linda delegación.
   “Me da lo mismo Venecia que Venezuela”, respondió Lourdes González desde Holguín. 
   Con tal de ganarse un dinerito y salir un rato de la escritura de guiones para las tribunas abiertas de cada sábado, le daba igual arrimarse al Dux de Venecia que a un militar latinoamericano. Iría.
   Mirta Yáñez había elevado sus quejas por no ser invitada, hacía un par de años, a la delegación oficial a la Feria de Guadalajara, y esta vez sí que cogería cajita.  “Voy ahí”, sentenció.
   Para Norberto Codina, director de La Gaceta de Cuba y venezolano de nacimiento, era una vuelta a la patria. Luis Suardíaz, grado 33 de la Logia Hermandad de la Poesía Latinoamericana, saludaría a sus conocidos entre los peores poetas venezolanos. “Y Lisi”, pidió el ministro Abel Prieto a la cabeza de la delegación, “echénme a Lisi en el paquete”. Con este nombre de poesía bucólica se refería a Lisandro Otero. 
   Ambrosio Fornet emprendería viaje sentimental. Tantos años después volvería a regodearse en el encanto de la revolución, sustancia que intentara estudiar en presencia y ausencia y que, como todos sus temas, siempre se le escapaba.
   “¡Y mis Premios Nacionales!”, reclamó el ministro como reclama un niño sus soldaditos de plomo.
   Así que echaron mano a Reinaldo González. Le vendría bien un poco de entretenimiento ahora que se sentía decepcionado después de recibir el Premio Nacional de Literatura. (Imaginó que al obtener el galardón llegaría a creerse escritor y aún seguía en el descrédito.)
   Zézar López (zetas de zuz eztudioz en Zalamanca) y Antón Arrufat, ambos naturales de Santiago de Cuba y cada uno envidioso del aburrimiento que lograba el otro en sus lectores, representarían perfectamente lo polémico de la cultura cubana. Una cultura signada por la controversia, que ha dado nombres señeros como Justo Vega y Adolfo Alfonso, Virulilla y Saldiguera, Arango y Parreño, Clara y Mario, Cecilín y Coti (por citar sólo unos pocos). Enfundaron, pues, a los dos viejos.
   Otro par, pollos de los setenta, Eduardo Heras León y Guillermo Rodríguez Rivera dieron el paso al frente, se personaron en la comisión de reclutamiento. Buenas piezas los dos. El primero con un pasado militar y cuentos de marcialidad sentimentaloide, se entendería bien con un ejército extranjero. El segundo, amén de sus valores intelectuales, contaba con una joroba y en verdad que da suerte disponer de un jorobado. No habría pava (para expresarlo venezolanamente). 
   Más vianda para el ajiaco: Desiderio Navarro, tan buen tratante del papel de los intelectuales en la sociedad y tan desentendido de materializarlo: Desiderio en su blablablá babélico. Sumad a un joven poeta Premio Casa de las Américas, un tal Pérez Boitel, quizás el peor premio de esa institución en una larga carrera de peores premios. Jóvenes dirigentes de la cultura y algunas nulidades maduras. 
   Cabeza del ajiaco, el ministro de cultura propiamente. Y la presencia de Carlos Martí se prestaría para que cuando hablaran de Martí y de Bolívar, los oyentes pensaran en Carlos y en Hugo, no en José y Simón. 

(La lengua suelta # 14. La Habana Elegante, segunda época)

Wednesday, December 9, 2015

Anónimo vs. Ignacio T. Granados

Si no encontráis reflejos marmolados
en esta losa gris, concreto umbrío,
es porque cubre un símil de vacío
como lo fuera en vida I.T. Granados.

(Circulado por e-mail, 2010)

Tuesday, December 8, 2015

José Aníbal Campos vs. Orlando Luis Pardo Lazo

Un  poema malo, pésimo, mal concebido, mal estructurado... Otro más que, con el tema de la disidencia, se hace escritor... Nadie podrá respetar en serio nunca la literatura cubana post-lezamiana o post-piñeriana mientras los adalides de la misma sean escritores encarcelados o ex-carcelados... O carceleros que rigen el ritmo de las rejas que se abren o se cierran, que chirrían o guardan silencio (casi siempre cuando le conviene al gobierno cubano). Muy mal poeta.... Creo que este chico debería cultivar más su prosa periodística, que para eso está...

(Comentario en la red, 2014)

Monday, December 7, 2015

Zoé Valdés vs. Antonio José Ponte

He conocido a más de un cubano pendejo, pero ninguno como aquel que se favorece de los favores que uno le ha hecho para impedir que la gente -sobre todo yo- tenga derecho a expresarse y a dar su opinión. Me refiero a La Sombra Ponteficada, otro escritor cubano que se toma por la divina chancleta envuelta en huevo o la última Coca-Cola del desierto.
   Hace 17 años, me hallaba yo sumida en la presentación de La Nada Cotidiana en Francia, que tuvo una gran acogida de público, y Christian Salmon, el presidente del Parlamento Mundial de Escritores me ofreció una beca. La beca consistía en pasar un año en una Villa Refugio, tenía derecho a un apartamento y a 10 mil francos mensuales. Nadie hubiera renunciado a ese chance, sobre todo en mi condición de recién exiliada. Yo lo hice. ¿Por qué? Pues porque dos escritores se hallaban en una situación compleja en Cuba, habían escrito una carta a Fidel Castro, y se decía que estaban siendo perseguidos.
   Al instante, sin reflexionar un segundo, ofrecí mi oportunidad a esos escritores. Mi beca se transformó en dos, y desde entonces me di a la tarea de que esos escritores obtuvieran el espacio que yo me había ganado con mi obra. Me estaba comiendo un cable, pero pensé que ya yo estaba fuera, y ellos no. Uno de esos escritores, poeta a la sazón, era La Sombra Ponteficada, el otro no lo mencionaré porque nada tiene que ver con el tema que abordaré.
   A ese otro le dieron Barcelona, y a La Sombra Ponteficada, Portugal, a donde fue; allí tuvo la mala suerte de que cayera Fidel Castro por aquellos lares. Cuando la prensa se acercó al escritor cubano que se encontraba en la Villa Refugio, sólo pudo toparse a un balbuceante y apocado Ponteficado Pendejo, a un gagueante cero a la izquierda que se deshacía en justificaciones en relación a Fidel Castro. Tanto, que hasta el director del Parlamente Mundial de Escritores me llamó por teléfono para comprobar si realmente este señor era un perseguido de Castro, o no.
   A mí, a decir verdad, la actitud de La Sombra Ponteficada me sorprendió poco, en lugar de escribirme a su llegada a Portugal, le escribió a mi traductora de la época. Ni una letra para mí, que había sido la persona a través y gracias a la cual había recibido esa oportunidad, rara hasta ese instante para los cubanos.
   Del mismo modo, la traductora de marras, que armaba una antología de narradores cubanos, con un título también bastante sombrío, me pidió un cuento, y me dijo textualmente que el editor de Autrément le había advertido que sólo publicaría la antología si mi nombre aparecía. Me lo exigió casi y amablemente se lo entregué, pese a que a mí me han seleccionado casi nunca en las antologías del exilio, cosa que me ha hecho más bien que mal. Pero se lo di. Mi nombre de hecho aparece destacado por encima de los demás en la portada de dicha publicación. Entre esos nombres estaba el primer texto de La Sombra Ponteficada aparecido en Francia. Jamás tuvo la amabilidad de hablarme del tema.
   Yo conocía al Pendejo Ponteficado de Cuba, había leído un poema con él en una lectura que se organizó en el Gran Teatro García Lorca de La Habana. Me habían prevenido de que la lectura se hacía en honor a La Avellaneda, y grande fue mi sorpresa cuando me di cuenta que aquella lectura se había transformado en honor de la esposa del momento de Pablo Milanés, la joven Sandra Pérez, a la que los poetas agasajaban, entre ellos Reina María Rodríguez y La Sombra Ponteficada, ya que se comentaba de que Pablo estaba creando una Casa de la Poesía, y quería que su mujer fuese tomada en cuenta como escritora. Lo que me consta, porque el mismo Pablo me llamó a la casa para pedirme que leyera sus lamentables poemas. Lo que no hice, por supuesto. Reina María y La Sombra Ponteficada no se cansaron de jalarle la leva a PM para obtener los primeros puestos en la Casa de los Sarcófagos del Malecón, o de las Cariátides, que se convertiría en la Casa de la Poesía.
   La Sombra Ponteficada, que hoy dirige una publicación del exilio, y que según me entero está detrás de un blog que se dedica a calumniar a los cubanos, llamado La sombra del cubano, y que al parecer antes escribía como Fermín Gabor, en La Habana Elegante, se dedica sistemáticamente a censurar a escritores que no le simpatizan, la primera, yo. ¿Por qué será? Pues porque le hice varios favores, seguramente, y qué favores…
   En el blog La sombra del cubano el personaje que allí escribe, escondido siempre detrás del anonimato, como buen pendejo que es, llama “tontos útiles del castrismo” a todos aquellos que tienen opiniones diversas en contra de una cierta disidencia que se las ha amañado para vivir a costa del dolor de Cuba. La primera atacada soy yo, como por azar.
   En uno de mis viajes a España, más exactamente el que hice a Madrid para recibir al primer grupo de presos políticos que llegó a esa ciudad procedente desde Cuba, La Ladilla Ponteficada se tomó el atrevimiento de agredirme verbalmente porque yo me encontraba en un evento público donde se presentaba el libro de Guillermo Fariñas, al que yo critíco abiertamente. Es mi derecho, como escritora, como periodista, como ciudadana española y francesa, como demócrata,  de opinar y de criticar a quien yo decida, y nadie, ni La Sombra Ponteficada ni Masantín el torero pueden arrogarse el derecho de censurar quoi que c ‘est soi.
   Pero francamente, nada me extraña de este personaje. Ávido de fama, voraz de ser el único que pueda dar una opinión y que se cree el mejor escritor cubano, el más elevado, el más brillante, no puede vivir sin  armar un brete con una recua de locas que se dedican a robar y a aprovecharse de los ancianos. Su fama la consiguió hablando de ruinas, de las ruinas de La Habana, todavía sigue hablando de ellas.
   Escribe menos y chismea demasiado. Obra ha hecho bien poca, es otro inflado de ese mundillo trascendental y grandilocuente de la cubanidá, lo que no le ha impedido devenir el director de una publicación desgajada de la Revista Encuentro. Eso sí, Jesús Díaz ha tenido a un buen sucesor, que en paz descanse.

(La sombra del pendejo. Blog Zoé en el Metro, mayo 2011)

Friday, December 4, 2015

Vicente Echerri vs. Reinaldo Arenas (2)

A Reinaldo Arenas lo conocí en La Habana gracias al poeta Roberto Valero, un ser candoroso como pocos, entusiasta de la gente; pero, al mismo tiempo, con una cierta dosis de fascinación por cualquiera que fuera poseedor de alguna fama, mala o buena, y Arenas tenía ambas. A Reinaldo lo traté mucho en mis últimos años en Cuba e incluso él fue de los que me acompañó hasta el aeropuerto y quien le avisó a algunos de sus amigos de mi llegada a Madrid. Después lo vi en Miami y en Nueva York. En el trato personal era simpático y querendón, y poseía una desbordada imaginación que se refleja, como chispazos, en su escritura. No obstante, hubiera preferido no haberlo conocido. Creo, como dijera Ángel Rama, que era mala persona y peor escritor. En el exilio lo han magnificado aquellos que menos lo han leído. Para mí -y esto tiene todas las limitaciones de la opinión- El mundo alucinante es su única novela que merece ese nombre; todo lo que viene después es hojarasca. Si se hubiera ahogado en el Estrecho de la Florida, la literatura cubana no habría perdido nada.

(Vicente Echerri: 30 años después del Mariel. Artefactus, mayo 2010)

Thursday, December 3, 2015

Ernesto Hernández Busto vs. Armando Añel

Hay un libreto.
   El que se salga, o bien tiene “problemas de personalidad”, o bien está “desorientado”.
   Pero sin duda “lo más recomendable” es repetir todos al unísono.
   “Dejemos por un día la creatividad a un lado.”
   Bueno, en lo que a este señor toca, hace mucho que dejó la creatividad a un lado y se olvidó de recogerla. Ahora sólo le queda el casco y la mala idea, que se diría.
   Con esa gente, ni a la esquina.

(Una invitación de Armando Añel, o cómo razona un oportunista. Blog Penúltimos Días, mayo 2009)

Wednesday, December 2, 2015

Lisandro Otero vs. Lunes de Revolución, Guillermo Cabrera Infante y Heberto Padilla

Lezama Lima sí recibió algunas agresiones después de 1959, pero no provinieron de ningún sector responsable de la Revolución cubana, sino de un grupúsculo ambicioso de poder que se parapetó en el semanario Lunes de Revolución. No todos, aclaro, estaban contaminados de la misma ansiedad de supremacía; en Lunes hubo intelectuales honestos y la publicación, no obstante "snobismos" y descarríos, sirvió parcialmente a fines de información y difusión cultural.
   El dirigente del grupúsculo era Guillermo Cabrera Infante, y fue uno de sus más fieles discípulos, Heberto Padilla, quien escribió: "¿Qué queda, pues, de Orígenes? ¿Dónde está el gran libro de esa generación? ¿Dónde está la originalidad y madurez de ciertos frutos obtenidos? ¿Dónde está el resumen después de veintidós años de tarea...? No hay nada... Diez poetas se reunieron para modelar una muerte sin grandeza... ¿Qué poema puede escribir hoy Lezama que no recuerde su vieja voz hueca y grotesca?... José Lezama Lima terminó ya... como todos esos poetas mediocres que ha desenterrado la avidez de antólogo de Cintio Vitier, su nombre quedará en nuestras antologías ilustrando las torpezas de una etapa de transición que acabamos de cancelar en 1959."
   Padilla publicó lo que antecede en el número 38 de Lunes de Revolución del 7 de diciembre de 1959, en un artículo titulado La poesía en su lugar. Este fue uno solo de los muchos ataques que Lezama tuvo que soportar. Los integrantes del grupúsculo no tenían historial revolucionario, ninguno podía exhibir una sola acción valerosa durante el difícil período de lucha contra la tiranía y se ensañaban con la inofensiva figura del poeta para demostrar su supuesta combatividad militante. Creían que con estas dentelladas de escualo contra el sólido cetáceo acumulaban méritos, cuando sólo ganaban el desprecio histórico hacia su actitud medrosa.
   El 27 de abril de 1971, después de cierta peripecia, que no es pertinente relatar en este artículo, Heberto Padilla, en una comparecencia pública en la Unión de Escritores, le endilgó a Lezama actitudes y criterios de los cuales el poeta estaba muy distante. Dijo Padilla aquella noche:"...yo sé que puedo mencionar a José Lezama Lima. Lo puedo mencionar por una simple razón; la Revolución Cubana ha sido justa con Lezama, la Revolución Cubana le ha editado a Lezama este año dos libros hermosísimamente impresos... Yo me decía: Lezama no es justo y no ha sido justo, en mis conversaciones con él, en conversaciones que ha tenido delante de mí con otros escritores extranjeros, no ha sido justo con la Revolución." Y seguía hablando de la amplitud de una Revolución que publicaba una obra como la de Lezama que "se basaba en otras concepciones políticas y filosóficas". A Cintio Vitier y Fina García Marruz, que no habían estado presentes, le narraron lo sucedido. El poeta palideció de estupor y sólo pudo murmurar: "!Ese hombre es un canalla!"
   Los que ahora acusan a la Revolución de haber hostigado a Lezama son los mismos que no cesaron en sus conspiraciones y asechanzas contra la figura de Trocadero 162. Pero hay otros ejemplos y razones, motivos y fundamentaciones que nos ayudan a definir mejor a Lezama Lima y sus relaciones con la Revolución cubana.
(…)
   En el gran plan para desacreditar a Lezama, y sus relaciones con la Revolución, se ha llegado a extremos deleznables. Guillermo Cabrera Infante, con su habitual e inescrupuloso afán de notoriedad, llegó a publicar un sórdido artículo donde escarba en las intimidades de la vida personal del poeta. Este acto de rapiña en el patio privado ajeno, esta hazaña de buitre(que no era más que la continuación de los viejos ataques de Lunes de Revolución), tuvo una deplorable caja de resonancia en la revista Vuelta, que dirige Octavio Paz, de cuya amistad siempre se ufanó Lezama.

(Para una definición mejor de Lezama Lima. La Jiribilla, julio 2001)

Tuesday, December 1, 2015

Lorenzo García Vega sobre Lezama Lima y Orígenes

Sentíamos y yo siento que estábamos frente a algo. Pero todo eso tiene que estar unido a una pasión crítica. Se ha formado un gran desorden con Orígenes, una mitologización enloquecida donde las mentiras ruedan.
   Ahora se habla de la butaca donde Lezama trabajaba, que ha sido sacada de Cuba y vendida en el extranjero. Yo solo vi allí un sillón y una madera de estudiante. Yo nunca vi butaca ninguna, y dicen que se llevaron una butaca.
   La falta de crítica, mal hispanoamericano, es el gran fallo de Orígenes. "Si hay una tarea urgente en la América hispana, esa tarea es la crítica de nuestras mitología históricas y políticas", dice Octavio Paz. También dice Paz: "la corrupción del lenguaje, la infección semántica se convirtió en nuestra enfermedad endémica. La mentira se volvió constitucional, consubstancial".
   La poesía no nos aliviará de esto. Hay una mentira poética como hay una mentira política, así como hay caudillos poéticos, como hay caudillos políticos. Es que la poesía no da para tanto. La poesía puede hacer la crítica, con mayúsculas.
   Volvemos a la deshumanización del arte. Lezama se indignó con esta tesis. No podía aceptar que el poeta fuera un mero artesano. No me gusta hacer crítica, sino paso a paso. Crítica como un rendimiento de lo poco que puedo hacer con la creación. Temo convertir mi crítica en una crítica en mayúsculas, y terminar devorado por una retórica.
   Lezama se ha convertido en un elefante, en un elefante blanco. Tiene vividores y negocios editoriales, butacas que se venden. Creo que alguien dijo que la tradición no era continuidad porque está construida con rupturas. A veces Cintio presenta como eternas, como continuidad, una serie de rupturas, convertidas en remiendos. Cuenta el cuento de Orígenes como una historia de teatro. Se sabe que es una mentira; pero se sabe que no es una mentira. Pero la revolución castrista hizo que la obra de teatro de Orígenes se convirtiera en total mentira.

(“La tremenda mentira que hay en el mito de Orígenes”; entrevista con Enrico Mario Santí. Diario de Cuba, Jun. 2012)