La crisis de la poesía cubana
debe mucho, a mi juicio, a estos factores:
1) Mediocridad del entorno crítico. Tanto en
la isla como en MIami (el polo libre de la cultura cubana) la crítica es
cenacular, frívola y, con frecuencia, inculta.
2) Imposibilidad de reconocer los valores de
la alta cultura. Esto viene de finales del siglo XIX. El ensayo de Jorge
Mañach, casi a un siglo de distancia, sigue siendo lo más esclarecedor que se
ha escrito sobre el tema.
3) Sublimación acrítica del elemento
autóctono. Obedece a una idea dieciochesca de la identidad nacional. Aquí hay
mayor intención política que literaria. Un género de garibaldismo literario,
aferrado a unos tópicos. Lo cubano en la poesía, de Cintio Vitier, es la piedra
de toque de ese edificio que tratamos de construir a partir del techo. Un
postulado parroquial que ha limitado el vuelo de muchos poetas con talento y le
ha venido de perillas a la oficialidad castrista. En la misma obra de Vitier y
de su esposa, Fina García Marruz, brillan esos defectos.
4) Incultura de los poetas, a secas. Cuando
el creador carece de referencias, dominio técnico, profundidad de la mirada, en
fin, conocimiento poético, no le queda más remedio que hablar de su estrecha
inmediatez.
5) Dos aclaraciones:
a) La dictadura es culpable de perseguir a
los poetas, no de su mediocridad y cobardía. En la Rusia soviética, con régimen
similar, hubo unos poetas de rango universal: Brodsky, Ajmátova. Eso se debe a
la resistencia de su propia tradición y, sobre todo, a la madurez de su
identidad nacional. Nuestra tradición es endeble. Nuestra identidad,
incompleta. Estas carencias hay que verlas como unas características muy
comprensibles y no como una maldición. Los australianos tampoco tienen una
tradición poética que valga la pena. Lo importante, lo saludable, está en que
ellos lo saben.
b) Cuando Alfredo [Triff] habla del yoísmo
no se refiere al uso de la primera persona del singular ni a la premisa
antropocéntrica. Tampoco es un ataque a la lírica. Alfredo critica la reiteración
narcisista, empobrecedora y asfixiantemente autorreferencial de un yo
minúsculo, trivial, reacio a la sustancia, en suma, subdesarrollado. Es la
diferencia, digamos, entre Lord Byron y Víctor Casaus.
(Comentario publicado en la
red, junio 2011)
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